Talos de Esparta
Cleidemo
La taberna olía a pescado y a aceite quemado; desbordaba de marineros del puerto y peregrinos que iban al santuario de Delfos. El brillo trémulo de las luces de la ciudad sagrada se divisaba en mitad de la pendiente del monte.
Efialtes entró con la cara casi oculta por el gran sombrero de ala ancha que le caía sobre la frente. Se apoyó un momento en la pared de cañizo y yeso y echó un vistazo a su alrededor. Sentado a una mesa larga un grupo de árcades comía carnero asado y, de vez en cuando, con las manos chorreando grasa, se servían puñados de aceitunas de un plato común. En el centro de la gran estancia llena de humo, tinos montañeses tesprocios, de cabellos rizados cubiertos de cascabillo, sudaban bajo las capas de pieles de cabra mientras devoraban salchichas medio crudas y morcillas de cerdo.
En el banco de una esquina, un hombretón barbudo, probablemente cargado de vino, roncaba y de tanto en tanto soltaba sonoros eructos.
Efialtes se sentó en cuanto dos marineros de Corinto se levantaron blasfemando para seguir a su jefe de chusma, que acababa de asomar en ese momento por la puerta.
—¿Quieres comer o beber? —le preguntó el posadero cuando se le acercó con una jarra de vino en la mano.
—Las dos cosas —respondió Efialtes sin levantar la cara de la mesa—.
Deja aquí el vino y tráeme un trozo de cordero.
—No hay cordero.
—Entonces carnero y pan de salvado.
—De eso sí que hay —dijo el posadero mientras iba hacia el antro que hacía las veces de cocina—. No nos queda más que salvado. Con tanto ejército y tanta flota que alimentar solo queda salvado.
Regresó al cabo de poco a la mesa del parroquiano con el plato de carne y un trozo de pan.
—Son cinco óbolos —le dijo, y tendió la mano pringada.
—Aquí tienes los cinco óbolos, ladrón —le dijo Efialtes sacando las monedas.
Sin rechistar, el posadero se metió el dinero en el bolsillo que llevaba sobre la barriga. Debía de estar acostumbrado a semejantes apreciaciones.
Efialtes se puso a comer de mala gana la carne; para ayudarse a tragar cada bocado tomaba un sorbo de vino. De vez en cuando miraba la puerta como si esperase a alguien. Casi había terminado cuando entró un muchachito de unos dieciséis años que fue directamente a su mesa.
—El comandante del mercante Aella te manda decir: «El precio está bien. Embarcamos más o menos dentro de una hora en el muelle pequeño.
La nave parte mañana hacia Corcira Melania». El jefe de chusma te espera en la puerta, síguelo —le dijo, y se escabulló entre un grupo de marineros megarenses que entraban en ese momento gritándole cosas al posadero.
Efialtes se levantó, se echó al hombro la alforja y salió. El hombre que estaba apoyado en la pared de la taberna llevaba larga capa y en la cabeza una capucha ancha de tela encerada. En cuanto lo vio salir le hizo señas para que lo siguiera y enfiló hacia el puerto. Caminaron un trecho por callejuelas tortuosas y oscuras que llevaban a los muelles; Efialtes fue el primero en romper el silencio:
—¿Crees que habrá dificultades en la travesía? —le preguntó a su taciturno compañero.
—No lo creo —respondió el otro—. Si bien es cierto que en esas rutas hay más piratas que pulgas tiene un perro, no es menos cierto que nuestro comandante es muy conocido en la zona y siempre sale airoso de las dificultades.
—Mejor así —dijo Efialtes—. De por sí, los viajes largos suelen estar plagados de peligros, ¿no es verdad?
Entretanto, habían cruzado una plazoleta y doblaban la esquina del viejo almacén situado en una calleja oscura y desierta. El hombre se detuvo, se volvió y se descubrió la cabeza.
—Para ti no habrá más peligros, Efialtes, aquí se termina tu viaje.
—¿Cómo sabes mi nombre, quién eres? —balbuceó el desgraciado sintiéndose perdido—. Eres espartano...
—No —repuso el hombre con tono sombrío, se echó la capa detrás de los hombros desmesurados y tendió hacia él dos manos que parecían garras de oso.
—Entonces... ¿Por qué...? —dijo Efialtes, asombrado, mientras las manos se cerraban como un par de tenazas alrededor de su cuello.
Su rostro se tornó morado, los ojos se le saltaron de las órbitas. Trató de liberarse con un último coletazo de vitalidad y luego se desplomó inerte en el charco de orina que su cuerpo había expulsado con el espasmo de la agonía.
Así murió Efialtes, hijo de Euridemo, traidor de Leónidas en las Termópilas , a manos de un desconocido.
La primavera estaba avanzada y en Esparta, dado que Cleómbroto había muerto, la regencia fue confiada a su hijo Pausanias, pues el hijo de Leónidas todavía no había alcanzado la edad para gobernar. Leotíquidas, el otro rey, estaba en Asia con la flota aliada para hacer frente a un nuevo ataque que el Gran Rey deseaba lanzar contra Grecia. El enfrentamiento sería, sin duda, decisivo, de manera que el gobierno de Esparta reclutó todos los hombres que pudo, incluidos los ilotas, a los que se les entregó armamento ligero. En cuanto concluyó la concentración de tropas, el ejército se puso en marcha y recogió por el camino a los demás aliados.
Puesto sobre aviso de lo que estaba ocurriendo, el general persa Mardonio, que volvía a conducir a su ejército hacia el Ática, se retiró a Beocia, donde podía contar con el apoyo de los tebanos, que le eran fieles.
Después de cruzar el istmo Pausanias penetró en Beocia, donde desplegó sus tropas cerca del río Asopos. Se trataba de un ejército hasta entonces jamás visto. En Atenas, Corinto, Megara, Egina, Trezena y Eretria se habían reunido miles de hoplitas para expulsar de una vez para siempre a los persas de Grecia y vengar a los caídos en las Termópilas y Salamina. Sin embargo, en aquel terreno más bien abierto la caballería persa, veloz y agilísima, tenía buen juego y, con frecuencia, el ejército heleno se veía obligado a ponerse a la defensiva. Lejos de los lugares de aprovisionamiento, el gran ejército no lograba mantener las comunicaciones y corría el riesgo de quedarse sin víveres. Además, con sus incursiones, los caballeros persas repelían a cuantos se acercaban al río para aprovisionarse de agua, pues habían enterrado y envenenado la fuente de Gargafia, de manera que sobre Pausanias pesaba también la amenaza de quedarse sin agua. Envió un destacamento de siervos y porteadores para aprovisionarse de víveres, pero jamás regresaron: la caballería de Mardonio debió de eliminarlos en el paso del monte Citerón.
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Todo esto lo supo Talos a través de los ilotas que trataban de suministrar agua a lo largo del torrente Oeroe que, al encontrarse un poco más alejado, estaba menos expuesto a los ataques de la caballería persa.
En lo alto de una colina, cerca de la aldea de Creusis, escrutaba las fogatas de los campamentos griegos situados en la llanura: estaban dispersos sin orden ni concierto y revelaban la situación de desaliento y abandono que se iba extendiendo entre las filas de combatientes. Brito, que estaba a su lado y observaba la escena, se dio un golpe en el muslo y exclamó:
—¡Maldición! Los van a exterminar. O se marchan de ahí o presentan batalla y acaban con todo.
—No debe de ser fácil —rebatió Talos—. Una retirada podría transformarse en un desastre. Pausanias se ha quedado prácticamente sin caballería y aquí no estamos en las Termópilas . De todos modos, creo que mañana será el día decisivo.
Se volvió hacia su compañero, que de pronto se había quedado callado.
—¿ Quieres decir que también para mí ha llegado el día decisivo? —le preguntó Brito.
—Si tu decisión sigue siendo válida, sí; mañana tus compañeros y tu rey sabrán quién es realmente el hombre al que han alejado de sí por cobarde.
Brito se sentó en la hierba seca. Hacía una noche hermosísima, miles de luciérnagas volaban entre los rastrojos y el canto intermitente de los grillos se propagaba en el aire perfumado de heno.
—¿En qué piensas? —le preguntó Talos.
—En los meses pasados... en mañana. Estoy vivo porque tú impediste que me matara y me diste un objetivo para seguir adelante; mañana entraré en la batalla y, si salimos victoriosos, si consigo redimirme, volveré a mi casa, a mi ciudad.
—Entiendo lo que quieres decir —lo interrumpió Talos—. Volverás a ser un espartano y yo un ilota. ¿Acaso insinúas que tu alma está triste?
—No lo sé —respondió Brito—, me sudan las manos, algo que nunca me había ocurrido, ni siquiera en las Termópilas . Llevo meses esperando este momento y ahora querría que no hubiese llegado; hay tantas cosas que me gustaría saber de mí y de ti, pero ya no queda tiempo. Si venzo mi batalla, tu vida y la mía seguirán por caminos distintos. Si la pierdo, de todas maneras jamás sabré lo que quería. Peleamos juntos; el uno protegió
la vida del otro en cien ocasiones, matamos para vivir o para sobrevivir, como me dijiste aquella noche, junto al mar; sin embargo, sigo sin saber por qué ocurrió todo esto, por qué un ilota me salvó la vida, un hombre que se encontró una vez con la punta de mi jabalina en la garganta. Sigo sin saber por qué dejaste a tu madre y a tu gente y sigo sin saber por qué ese arco antiguo y terrible está en tus manos…
Apoyado en el tronco de un olivo silvestre, Talos volvió la espalda a su compañero y se sentó también: entre los dedos le daba vueltas a un tallo de avena. Arrugó entonces la frente, como si tratara de recordar algo, y luego habló:
El dragón y el lobo con odio
implacable se atacan,
pero cuando, domado por el dardo
que el medo de larga cabellera
lanza con tremenda fuerza,
el león de Esparta yace traspasado,
empuña la espada aquel que ha temblado,
empuña el arco curvado el guardián
de rebaños, y con gloria inmortal corre...
Instigados por la memoria, los versos surgieron imprevistamente claros, los versos de Perialla, la profetisa fugitiva.
—¿A qué vienen esas palabras, Talos? —le preguntó Brito saliendo de su ensimismamiento.
—Es una profecía, Brito, que en este preciso instante me resulta clara.
El dragón de los Cleoménidas y el lobo del Taigeto se atacan con odio implacable y después corren juntos en pos de la gloria. Aquel que ha temblado y el pastor de rebaños... somos nosotros.
—¿Quién pronunció esas palabras... cuándo? —volvió a preguntar Brito.
—Son las palabras de una profecía verídica... ¿Recuerdas a la profetisa Perialla?
—Sí —murmuró Brito—. También recuerdo el fin atroz del rey Cleomenes.
—Yo la vi, en la cabaña de Caras, y me hizo esta profecía. Estos versos permanecieron sepultados durante mucho tiempo en mi memoria, pero no tenían sentido y solo ahora noté que resonaban en mi interior. Brito, hay algo que une nuestros destinos, ese algo que detuvo tu mano aquel día en el llano y que a mí me impulsó a detener la tuya aquella noche en el bosque.
Es todo lo que sé, no logro ver más, los dioses saben, Brito, pero rara vez nos permiten conocer sus pensamientos.
—¿Qué más te dijo la profetisa?
—Dijo más cosas pero no sé interpretarlas ahora; seguramente es porque aún no ha llegado el momento. Me preguntas por qué está el gran arco de asta en mi poder. Bien, un día alguien me lo dio para que lo cuidara y me enseñó a usarlo, como también me enseñó a usar mi pie tullido y a mover el cuerpo. Y educó mi corazón y mi mente. Ese arco encierra un secreto de mi gente. No me pidas que te lo revele porque eres espartano, Brito, y tu estirpe mantiene sojuzgado a mi pueblo.
—Eres un guerrero, Talos... eres un guerrero, ¿no es verdad? Un guerrero, y entre los tuyos, un jefe. Tal vez es esto lo que nos unió y lo que mantiene separados nuestros destinos; aunque nuestro espíritu lo quiera, no podemos violar los límites que los dioses nos impusieron.
—Los dioses, no, Brito, los hombres... Mírame, nadie nace esclavo.
¿Me has visto temblar? ¿Me has visto traicionar? Sin embargo, me pasé años llevando a pastar los rebaños del viejo Cratipo, cultivé sus campos y obedecí sin rebelarme, lloré en secreto por las humillaciones recibidas, lloré de miedo, de dolor. Aquella noche terrible, tu dogo destrozó entre sus fauces a mi perro Crío, pero, ¿cuál de los dos fue más valiente? ¿Mi pequeño bastardo, que dio la vida por defender a su rebaño, o tu monstruo negro, sediento de sangre?
»A veces, mi pueblo recoge a los niños que vosotros abandonáis para que sean pasto de las fieras y los cría, lo cual exige una valentía mayor que la vuestra. ¿Quién merece entonces ser siervo? No, Brito, no me digas que el hado nos ha hecho siervos, que los dioses os dieron el poder de dominarnos.
Brito lo miró con el espíritu turbado, y, si Talos hubiera visto la expresión de sus ojos, habría vuelto a ver la mirada cargada de doloroso estupor del guerrero del dragón, allá en el llano, un día lejano de su niñez.
—Talos —le dijo Brito con una extraña emoción en la voz—, Talos...
entonces tú...
—Brito, mi padre se llamaba Hilas, hijo de Critolao, el ilota; cuando la comadrona me sacó del vientre de mi madre, me torció el pie. Esta es la verdad que me contó Critolao, mi abuelo, el más sabio y sincero de los hombres, y de esta descendencia proviene el que vosotros, los espartanos, llamáis «el tullido», que para su gente es Talos, el lobo.
Los dos muchachos guardaron un largo silencio mientras miraban las fogatas de la llanura. Los gritos de los centinelas llegaban de vez en cuando hasta ellos mezclados con el canto de los grillos. Talos continuó diciendo:
—Por eso, con la luz del nuevo día, nuestros caminos se separarán.
Mañana te ayudaré a vestir la armadura, como corresponde a un ilota, pero irás solo, porque en ese campo no habrá gloria para los míos... Solo muerte.
Pero recuerda que detrás de la coraza de bronce, junto al tuyo, latirá también el corazón de Talos.
Calló porque un nudo le cerraba la garganta; esa noche, Brito lloró largamente, en silencio.
Después de consultar a sus oficiales y a los comandantes de los aliados, Pausanias se dio cuenta de que ya no era posible continuar en esa posición, en la que la infantería de hoplitas no soportaría las incursiones continuas y letales de la caballería persa. Era preciso retroceder a posiciones más protegidas y ventajosas para presentar batalla. Aceptó entonces poner en práctica un plan de retirada. Los aliados serían los primeros en moverse aprovechando las tinieblas, sin apagar las fogatas para hacer creer al enemigo que continuaban acampados en el mismo lugar; intentarían llegar a la zona más estrecha al abrigo del Heraion de Platea; por último, en dos columnas paralelas los seguirían los peloponenses y los atenienses, que ocupaban la parte derecha de la formación. Sin embargo, si por una parte la oscuridad los protegía en la maniobra de retirada, por otra les obstaculizaba la marcha, y el rey de Esparta no tardó en darse cuenta de que había perdido el enlace. Solo los atenienses avanzaban como refuerzo con sus tropas a un estadio de distancia: marchaban a lo largo de la línea de colinas, manteniéndose a media pendiente para poder, en caso necesario, defenderse de la caballería enemiga.
Esta última, por lo demás, no se hizo esperar mucho: en cuanto los rayos del sol iluminaron la llanura, los soldados de reconocimiento de Mardonio descubrieron que el campamento griego estaba desierto; el general puso inmediatamente en movimiento a sus tropas y lanzó a la caballería en persecución del enemigo. En cuanto entró en contacto con la
retaguardia de Pausanias lanzó una serie de cargas devastadoras. Los caballeros se lanzaban por grupos sobre las columnas en marcha convirtiéndolas en blanco de una nube de flechas y jabalinas. Muchos guerreros cayeron sin poder hacer nada para repeler a los atacantes, que evitaban el contacto directo y confiaban en el gran alcance de sus arcos.
La situación era difícil. Enfurecido contra los aliados, porque creía que lo habían abandonado, Pausanias dio orden de presentar un frente compacto al enemigo y las dos columnas en retirada consiguieron unirse, no sin pérdidas. Se alinearon los hoplitas espartanos y tegeos, los infantes atenienses y plateenses de pesada armadura. Una formidable determinación y el deseo de venganza animaba a estos últimos, que combatían teniendo a sus espaldas las ruinas aún humeantes de su ciudad devastada por los persas.
Pausanias dio orden de cerrar filas y la orden, al pasar veloz de hombre a hombre, hizo que el frente se tornara compacto de manera que la acción de la caballería comenzó a disminuir. Entretanto, un heraldo llegaba a galope tendido hasta los aliados formados delante del Heraion y los conminaba a regresar de inmediato hasta las líneas de combate, pero se negaron a obedecer: si les habían ordenado dirigirse al Heraion, que los otros fueran a reunirse con ellos; volver a quedar en descubierto habría sido una locura. El ejército de Pausanias, que no podía continuar la retirada y se veía sometido al control de la caballería enemiga, siguió esperando refuerzos, mientras la infantería adversaria avanzaba desplegando su superioridad numérica, apoyada como estaba en primera línea por los traidores tebanos.
Llegó el heraldo a lomos de un caballo empapado de sudor y anunció que los aliados esperaban formados delante de Platea y que de allí no pensaban moverse. Pausanias se sintió perdido y el desaliento se difundió entre la tropa, cansada de la marcha y de los continuos ataques de la caballería enemiga. Al darse cuenta de que tenía delante un ejército confundido, presa del miedo, Mardonio se dispuso a asestar el golpe de gracia. Avanzó en su caballo blanco para dar la orden de ataque: un gran silencio se cernió sobre el campo cubierto de muertos y heridos.
En ese momento, un grito que parecía salir de las entrañas de la tierra reverberó en las laderas de las colinas que rodeaban el campo de batalla:
¡ALALALAI!
Todos se volvieron hacia el lugar de donde venía el grito, pero solo vieron un peñasco calcinado por el sol. Los hoplitas griegos volvieron a encararse al enemigo. El grito de guerra se dejó oír otra vez:
¡ALALALAI!
Todos se volvieron hacia el lugar de donde provenía pero no vieron más que un escollo quemado por el sol. Los hoplitas griegos se encararon otra vez con el enemigo. El grito de guerra volvió a resonar:
¡ALALALAI!
En la piedra gris apareció un hoplita que comenzó a bajar la pendiente a la carrera y, en pocos instantes, se plantó en el espacio que separaba a los dos ejércitos: en la cabeza llevaba el yelmo con las tres cimeras y embrazaba el escudo del dragón. Levantó la pica hacia el ejército griego y con voz atronadora volvió a gritar:
¡ALALALAI!
En ese momento, Talos se asomó al saliente de piedra y al ver la escena se estremeció: ¡Brito atacaba solo al ejército enemigo! Se lanzó colina abajo sin dejar de gritar y dando voces desesperadas, como un loco.
Se detuvo sobre los pies cortados y cubiertos de sangre y empezó a disparar flechas como una furia hacia el lugar adonde Brito se dirigía en su enloquecida carrera.
Todo ocurrió en un instante y se cumplió el prodigio: cuarenta mil lanzas descendieron amenazadoras y la inmensa falange, erizada de púas como un puerco espín horrendo, se balanceó un instante y luego estalló con aquel grito como el crepitar seco de un trueno:
¡ALALALAI!
y sin esperar la orden, los infantes de Atenas y Platea, los hoplitas de Esparta, Makistos, Amicles y Tegea se lanzaron contra el frente persa como un río desbordado que de repente se sale de sus márgenes. Alcanzaron a la infantería enemiga embistiéndola con un fragor que cortó el aire plúmbeo y un grupo de hoplitas atenienses intentó de inmediato abrir una brecha en el punto en que las crestas negras ondulaban en medio de un mar de picas.
Rodeado por la masa de enemigos, Brito revoleaba el escudo y la espada segando a cuantos se le ponían delante pero, oprimido por todos los flancos, con el corazón que le estallaba en el pecho, empapado de sudor y sangre, sintió que se le doblaban las rodillas. Con un último grito expulsó de su pecho toda la fuerza de su juventud, volcando la potencia de su brazo en los enemigos que tenía delante. Entonces cayó, desjarretado por la
espalda. Cayó de espaldas y tendió el escudo para seguir defendiéndose y golpear con el último destello de energía; después, traspasado en los muslos, las ingles y la garganta, quedó tumbado en un lago de sangre.
Pero las lanzas griegas comenzaban a rechazar la marea aullante, Mardonio era sacado a rastras de su soberbia cabalgadura y la avalancha de bronce atropellaba a los infantes medos y kiseos, derribaba por el ala izquierda a los valientes saces para cerrarse como una tenaza mortal en el centro.
Talos avanzó afanosamente entre los montones de cadáveres y cuando llegó hasta Brito todavía respiraba; presa del frenesí, lo liberó de los cuerpos de los enemigos caídos, del escudo cubierto de sangre y le levantó la cabeza. La sangre le salía a borbotones por una larga herida de la garganta y su rostro tenía la palidez de la muerte.
—Has querido morir... Has querido morir el día de tu triunfo...
Con un esfuerzo atroz el guerrero moribundo logró levantar la mano y apoyarla en su coraza ensangrentada.
—¿Qué... qué hay... detrás de esta coraza... Talos, qué hay? Y echó la cabeza hacia atrás, ya sin vida.
El sol se ponía sobre el campo ensangrentado de Platea, sobre los cuerpos destrozados por las heridas, sobre los cadáveres amontonados y la tupida polvareda, atravesada por los rayos del sol poniente, parecía de oro.
Talos se levantó y miró a su alrededor como si despertase de un sueño; a lo lejos vio una silueta maciza que avanzaba a la grupa de un asno: Caras.
—Llegas tarde —dijo, sombrío—. Todo ha terminado.
Caras observó el cuerpo de Brito, compuesto como para las exequias.
—Murió como deseaba, después de haber recuperado su nombre. Le darán sepultura con todos los honores.
—No —respondió Talos—. No, ellos no. Yo le prepararé las exequias.
Recogieron el cuerpo y lo llevaron hasta las lindes del campo; Talos fue entonces al río a buscar agua para lavarlo, mientras Caras reunía picas rotas y ruedas de carro en el cercano campo persa para usarlas como leña y construir una modesta pira. Se sentaron uno al lado del otro y velaron el cadáver que yacía en unas andas rústicas en lo alto de la pira, cubierto con la capa negra que Brito había lucido en el funeral de Aguías y que había llevado consigo todos aquellos meses.
—Me habría gustado llegar a tiempo —dijo Caras—. Pero fue un viaje largo y plagado de peligros.
—Aunque hubieses llegado a tiempo, nada habrías podido hacer —
dijo Talos con tristeza—. Había decidido morir, no existe otra explicación.
¿Tu misión? —le preguntó entonces.
—Cumplida está: Efialtes ha muerto; lo estrangulé con mis propias manos.
—Bien, y ahora, mi buen amigo, demos nuestro último adiós a Brito, hijo de Aristarcos, Cleoménida... Aquel que ha temblado —añadió con amarga sonrisa.
Caras fue al campamento persa, que seguía ardiendo, y regresó con un tizón en la mano. Algo distrajo de pronto su mirada; le dio un golpecito en el hombro a Talos.
—Mira —le dijo.
El muchacho se dio la vuelta en la dirección que le indicaba y vio una silueta encapuchada, con los hombros cubiertos por una larga capa gris, que avanzaba despacio en medio del campo de batalla y que después se detenía para quedarse inmóvil, a treinta pasos.
—Es él —dijo Talos—, parece el mismo que estaba delante de tu cabaña aquella noche...
—¿Quieres que me ocupe de él? —preguntó Caras.
—No, no me importa nada, déjalo estar.
Tomó el tizón de sus manos y prendió fuego a la hoguera. Las llamas se elevaron vigorosas, alimentadas por la brisa de la noche, y no tardaron en llegar al cuerpo envuelto en la capa negra. A lo lejos, el humo se levantaba de las grandes piras que los griegos habían erigido en su campamento y en las que comenzaban a arder los cuerpos a medida que eran conducidos desde el campo de batalla. Talos se cortó los cabellos y los lanzó a las llamas, y después lanzó su cayado de cornejo, fuerte y flexible, el que eligiera Critolao para él.
En ese momento notó una mano sobre su hombro. Se dio la vuelta con los ojos bañados en lágrimas y se encontró ante el rey Pausanias: en las manos llevaba el gran escudo del dragón; en el borde, con la punta del puñal había grabado un nombre: Cleidemo Aristarcos Cleoménida.
—Éste es tu nombre —le dijo—. Esparta ha perdido a tu padre y a tu hermano, dos grandes guerreros: una familia tan noble no puede extinguirse. Llevas mucho tiempo lejos: ha llegado el momento de que vuelvas con tu gente. Mira —añadió al tiempo que con el dedo señalaba hacia el campo griego.
Una larga columna de soldados salía del campamento; formados en fila, cubiertos de sangre y polvo, marchaban al son de las flautas y el redoble de los tambores.
Formaron en silencio delante de la hoguera casi apagada. Un oficial desenvainó la espada y dio una orden: los soldados se pusieron firmes y saludaron levantando las picas que brillaron bajo los últimos rayos del crepúsculo. Tres veces lanzaron al cielo el grito de guerra que les había dado el coraje para vencer la última batalla, el grito de Brito, «aquel que ha temblado».
Se retiraron y el sonido de las flautas se fue apagando en la lejanía.
Caras recogió las cenizas y los huesos de la hoguera apagada, las dispuso sobre el escudo y las cubrió con su capa. Miró las nubes rojas del horizonte y después a Talos mientras murmuraba:
La fulgente gloria como el sol se pone.
Al pueblo de bronce él vuelve la espalda
cuando Enosigeo de Pélope el suelo agita.
Al grito de la sangre él hace oídos sordos
cuando poderosa, en la ciudad de los muertos,
la voz del corazón lo llama...
»Recuerda estas palabras, Talos, hijo de Esparta e hijo de tu gente, el día en que vuelvas a verme.
Cogió al asno por el cabestro y desapareció en las sombras de la noche.
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