Talos de Esparta
Itome
Dejó atrás el descampado del acebo grande, entró en el claro y llegó a la base del túmulo. Allí estaba sentado Caras, envuelto en su capa, cerca de un fueguecillo de hornija, inmóvil como una piedra berroqueña.
—Te esperaba —dijo poniéndose en pie—; ven, entremos.
Apartó las piedras que cerraban la entrada al túmulo, sobre las que el musgo y los helechos habían tendido un tupido manto. Desde la noche lluviosa en que Critolao había visitado aquel lugar, nadie había vuelto a tocar aquellas piedras.
Caras cogió un palo envuelto en estopa, lo encendió en el fuego y entró en la gruta seguido de Cleidemo. Clavó la antorcha en la pared de la celda interior y abrió la tapa de la gran arca. La fantástica armadura brilló en la semipenumbra y Cleidemo se quedó mirándola sin parpadear. Caras sacó la coraza formada por la unión de tres grandes placas, después el escudo de bronce guarnecido de ámbar con la figura de una cabeza de lobo y luego el yelmo coronado por colmillos de lobo. Por último tendió la mano hacia la espada mientras a Cleidemo lo recorría un repentino estremecimiento. Caras sacó la antorcha de la pared y la acercó al filo. El sebo que la recubría se prendió fuego y el arma pareció convertirse también en antorcha. Cuando la breve llama se hubo apagado, el hierro templado despidió leves fulgores azulados.
Caras se cubrió la cabeza y murmuró:
—Él será fuerte e inocente y lo impulsará un amor tan grande por su pueblo que acallará la llamada de su propia sangre...
—Escuché esas mismas palabras en boca de Critolao —dijo Cleidemo.
—Son las palabras de una antigua profecía que se hace realidad en este momento. Tú, que sacrificas tu sangre espartana por tu pueblo... Tú eres el último lobo de Mesenia, Talos, hijo de Esparta e hijo de tu gente... Ha llegado el momento de que empuñes la espada de Aristodemos, rey de los mesenios, heredero de Néstor, pastor de pueblos. Ha llegado el momento de que caiga la antigua maldición.
El ojo de Caras brillaba bajo la frente poderosa; tal vez fueran lágrimas, pero su rostro seguía impasible. Dirigió la punta de la espada
hacia el pecho de Cleidemo, que no se movió, e hizo brotar la sangre; después alzó el arma con ambas manos. La gota roja se deslizó despacio por el canal central hasta tocar el arriaz de ámbar. Caras hundió entonces la espada en el suelo, se arrodilló y apoyó en la empuñadura la frente perlada de sudor; luego, con voz temblorosa, pronunció palabras que Cleidemo no comprendió pero que, sin embargo, se le grabaron a fuego una tras otra en la mente.
Levantó la frente hacia Cleidemo, que parecía petrificado, y añadió:
—Ahora tómala.
A Cleidemo le dio un vuelco el corazón; tendió la mano hacia la empuñadura de ámbar, la ciñó, la extrajo de la tierra y la apoyó sobre su pecho. Caras se puso de pie.
—Critolao fue el último guardián de la espada; yo soy el guardián de las palabras... Palabras que fueron transmitidas durante ciento ochenta y cuatro años. Ahora tú posees la espada y conoces las palabras... Tú eres el lobo.
Hacía horas que todos los hombres aptos de la montaña se encontraban reunidos en el gran claro de la fuente de arriba; iban armados y formaban por tribus. Miraban el bosque y hablaban entre sí, como si esperaran a alguien. De pronto, algunos señalaron un encinar y gritaron:
—¡Ya llegan!
Apareció entonces la imponente figura de Caras, la lanza en la derecha, un escudo de cuero en el brazo izquierdo. Detrás de él, un guerrero completamente armado, la cabeza cubierta por un yelmo coronado de dientes de lobo, el enorme arco de asta en bandolera. Del cinturón que le cruzaba el pecho colgaba una espada con la empuñadura de ámbar. Al verlo, los ancianos se postraron de rodillas levantando las manos al cielo mientras Caras, que se había acercado más, alzaba la lanza gritando:
—¡El lobo ha vuelto, rendidle honores!
Los hombres cerraron filas y comenzaron a golpear las espadas contra los escudos. Se produjo un estruendo poderoso y confuso que poco a poco se fue haciendo más fuerte y ritmado, un fragor inmenso cuyo eco se propagó sobre las cimas de alrededor.
Un viejo de larga barba blanca avanzó con paso inseguro, se plantó delante del guerrero, levantó los ojos anegados en lágrimas y balbuceó:
—Señor, hace mucho tiempo que esperamos este día. Que los dioses estén contigo y te den la fuerza de guiar a nuestro pueblo. —Le cogió la
mano y se la besó.
Cleidemo se quitó el yelmo y levantó la mano para pedir que hicieran silencio.
—¡Pueblo de la montaña! —gritó—. ¡Escuchadme! Muchas señales de los dioses y el cumplimiento de muchos presagios me han impulsado a vestir esta armadura y a empuñar la espada que perteneció a Aristodemos.
Estuve alejado largo tiempo para conocer la verdad sobre mi vida y el mundo que nos rodea. He sufrido muchas penurias y dolores porque los dioses me reservaron un duro destino, pero ahora mis raíces espartanas se han secado y mi camino está trazado. Os guiaré, pues, con la ayuda de Caras, el guardián de las palabras, a quien mi abuelo Critolao me dio por compañero hace muchos años. Hace dos días os vi luchar en el llano y vi también a Esparta y lo que os está preparando. No debemos tentar más a la suerte y atacar la ciudad; hace tiempo que habéis perdido el hábito de combatir mientras que Esparta cuenta todavía con numerosos guerreros perfectamente armados y adiestrados, guiados por dos jóvenes reyes muy valerosos. Además de esto sé que la ciudad está a punto de recibir ayudas y refuerzos de sus aliados, entre los que se encuentran los atenienses, que ahora son los amos del mar. ¡Creo que deberíamos alcanzar Mesenia, la antigua patria de este pueblo, y reconstruir Itome! —Un murmullo recorrió las filas de los guerreros—. Los espartanos pasarán mucho tiempo ocupados en reconstruir su ciudad devastada y en reorganizarse, y nosotros dispondremos de todo el tiempo necesario para llegar a Itome y restaurar sus murallas. El lugar es formidable por su posición natural, fácilmente defendible: no necesitaremos batirnos en campo abierto contra las falanges del Peloponeso. Reactivaremos los pozos y las cisternas, fortificaremos los baluartes; las manadas de vacas y los rebaños de ovejas que siempre habéis cuidado para vuestros amos nos servirán de sustento. Mandad que vengan vuestras familias, las mujeres y los niños, y preparaos porque mañana mismo nos pondremos en marcha.
Un grito se elevó de mil bocas, todos levantaron las lanzas y de inmediato Caras se puso a distribuir las tareas: apostó centinelas en todos los senderos y en todos los puntos desde los que se podía vigilar el llano, dividió en grupos a los hombres aptos y eligió a los mejores como comandantes. Mandó reunir todos los animales de carga disponibles, todos los carros y bueyes para tirar de ellos y ordenó que cada uno llevara sus enseres al claro grande para cargarlos junto con las provisiones.
Esa noche Cleidemo durmió en la casa de Critolao, con la que le había hecho de madre durante tantos años. Conservaban aún el redil para los animales y en su interior todo estaba en orden, como si nunca la hubiesen abandonado. Estaba el escabel en el que Critolao se sentaba las largas noches de invierno para contarle historias maravillosas, mientras iba trenzando cestos con las delgadas ramas de retama. Estaba todavía la cama en la que había dormido de niño y soñado tantas veces despierto en el duermevela, donde en las mañanas de estío había escuchado el canto de las alondras que, desde los arbustos, levantaban vuelo hacia el disco del sol, y el gorjeo de los mirlos enamorados.
En dos días de marcha llegarían a casa de Antinea y se uniría a ella para siempre. Exhausto después de tantos días de fatigas y excesos, se durmió; junto a él estaba la armadura del rey de Mesenia, creada por un maravilloso artífice en un espléndido y antiguo palacio, enterrada durante generaciones enteras en la caverna de la montaña. No muy lejos, en las lindes del encinar, bajo un modesto túmulo, dormía Critolao. Junto a él, una mano pía había plantado un joven fresno silvestre cuyos brotes henchían las ramas bajo el soplo tibio de los vientos del mar.
La larga marcha comenzó al amanecer cuando los centinelas, después de abandonar sus puestos de guardia, corrieron la voz de que todo estaba tranquilo. Cleidemo formó a los hombres armados en dos columnas de cinco, una al frente y otra al final. En medio colocó los carros, los animales de tiro, a las mujeres, los viejos y los niños con sus enseres. En posición avanzada iban grupos montados de reconocimiento que vigilaban el camino y otros, más separados, cerraban la larga procesión de hombres y animales, dispuestos a dar la alarma en caso de ataque por la retaguardia.
Pero durante todo el viaje, que duró cinco días, no hubo sorpresas y el pueblo de la montaña avistó las ruinas de Itome la tarde del quinto día.
Cleidemo los hizo acampar al pie de la colina donde se podía conseguir agua y donde no muy lejos un bosque les suministraría leña en abundancia.
Los herreros y los carpinteros montaron de inmediato sus herramientas y en pocos días estuvieron listos los refugios; mientras tanto, los hombres aptos y muchas mujeres trabajaban por turnos en el interior de la ciudad para reparar sus muros y las grietas de la muralla, construir los techos, limpiar de escombros las calles. Hasta los más jóvenes, incluso los niños, se prestaban a hacer cuanto podían para ayudar a sus padres. Antinea y el viejo Pelias se unieron a la columna migratoria cuando esta había pasado por su tierra;
Caras los hizo subir a un carro y les contó lo sucedido. Cleidemo, que iba al frente de la columna, la saludó con la mano y con una larga mirada, pero no abandonó su puesto. Ya tendría tiempo para hablarle y estar con ella. Lo más importante era conducir a toda aquella gente a un lugar seguro antes de que los espartanos decidieran atacar. Por extraño que pareciera, los espartanos no dieron señales de vida en casi tres meses, y el día en que un pequeño grupo de reconocimiento a caballo fue avistado en la entrada del valle por los centinelas, Itome había vuelto ya a la vida y estaba en condiciones de acoger a toda la gente llegada del Taigeto. Eran tres mil ochocientas personas, de las cuales ochocientas estaban en condiciones de llevar armas.
Cleidemo los sometía a continuos ejercicios para enseñarles todas las tácticas de combate aprendidas en los años en que había sido guerrero de Esparta. Una noche, mientras inspeccionaba las murallas con Caras, se detuvo en una torre para escrutar el valle iluminado por la luna.
—¿En qué piensas? —le preguntó Caras.
—En el momento en que por allí veamos aparecer al ejército espartano.
—Tal vez no ocurra —dijo Caras—. Tal vez nos dejen en paz.
—No —repuso Cleidemo moviendo la cabeza—. Sabes bien que jamás tolerarán que una ciudad independiente y hostil esté a cinco días de camino de la suya. Lo único que deseo es que los Éforos tengan en cuenta la posibilidad de negociar. Podríamos reconocer su soberanía formal sobre estas tierras a cambio de la paz. Por desgracia, no sabemos nada de lo que está ocurriendo en el valle del Eurotas, pero no me hago ilusiones...
—Esta ciudad no debe morir —dijo Caras después de un largo silencio
—. Ya he oído a los viejos contarles a los niños la historia de la gran marcha desde el monte Taigeto, la historia de Talos, el lobo. Dentro de unos años este acontecimiento será cantado como las empresas de los antiguos reyes.
—Sé qué quieres decir —repuso Cleidemo—. Elegí conducir contigo a la gente hasta este lugar porque pensaba que era la única manera posible de salvarnos y ser libres, pero ahora tengo miedo.
—Los mesenios nos han aceptado, no hubo hostilidades por parte de ellos, al contrario... los ancianos de las ciudades y las aldeas cercanas nos hicieron saber que nos consideran de su sangre, descendientes de los mismos padres.
—Es cierto y eso constituye una gran ventaja, pero si los espartanos nos atacaran, dudo que bajaran al campo de batalla por nosotros... Pero es inútil que intentemos prever el futuro. Debemos prepararnos para lo peor; si luego la suerte se pone de nuestra parte, todo será aún más hermoso. Ver resurgir la ciudad muerta ha sido en sí mismo algo maravilloso. El sueño de Critolao... Ojalá pudiera verlo...
—Critolao era el guardián de la espada —le dijo Caras—. Su espíritu está siempre con los suyos.
—Todo parece imposible, tanto que a veces pienso que lo he soñado.
Volver a encontrarte a ti, a Antinea, a mi madre... y toda esta gente dispuesta a luchar quién sabe desde cuándo.
—Desde siempre —dijo Caras—. Cuando los griegos vencieron en Platea, esa misma noche muchos de los nuestros saquearon las riquezas del campamento de los persas y las tuvieron guardadas largo tiempo. Sirvieron para comprar las armas de nuestros guerreros, las armas con las que defenderán su libertad al precio de sus vidas. Esta gente jamás volverá a ser esclava, recuérdalo, jamás. Preferirán morir... todos.
Esa noche Cleidemo se acostó al lado de Antinea y la estrechó largo rato contra su cuerpo.
—Mi padre se está muriendo apaciblemente —dijo Antinea—. Siente que la vida lo abandona, pero no lamenta nada. Tú le has enseñado la ciudad de sus antepasados, has hecho realidad el sueño de toda su vida.
Cleidemo la estrechó con más fuerza.
—Antinea, oh, Antinea, querría que este sueño no acabara nunca, pero me atérralo que nos espera... Esparta es implacable.
—Lo que nos espera no cuenta, ni cuenta vivir mucho si se es esclavo.
Todos están dispuestos a combatir y todos se sienten felices de haberte seguido. Mi padre se muere, pero en mi vientre germina un hijo: es una señal de la vida que sigue, no de la vida que acaba.
Cleidemo buscó sus ojos en la oscuridad y sintió que un nudo le cerraba la garganta.
—Un hijo —murmuró—, un niño nacerá en la ciudad muerta....
Y la besó largamente acariciándole el vientre blando.
Las primeras tropas de Esparta aparecieron a comienzos del verano, pero se trataba de un modesto contingente. Los Éforos solo querían vigilar de cerca la ciudad de los ilotas para impedir que los demás, que habían quedado en Laconia, se unieran a los rebeldes, y pasó tiempo antes de que
los guerreros intentaran forzar su entrada en el valle, que había sido fortificado con un terraplén. La gente de Itome había sembrado y quería cosechar antes del invierno; por eso noche y día el terraplén estaba bajo estrecha vigilancia para impedir el paso del enemigo. Cuando las mieses comenzaban a amarillear los espartanos enviaron una embajada a pedir la rendición de la ciudad y el regreso de los ilotas al Taigeto. Estaban dispuestos a renunciar a toda venganza y al castigo con tal de que todos regresasen a sus trabajos del campo y las dehesas. Desde el terraplén Caras les contestó:
—Este pueblo ha sufrido la esclavitud desde antaño, muchos de los nuestros han muerto en la batalla al servicio de vuestros guerreros, pero su sangre fue despreciada y considerada vil. Por eso abandonamos Laconia para regresar á nuestra antigua patria y reconstruimos esta ciudad. Entre nosotros no hay casi ninguno que no haya padecido injusticias, golpes o torturas, pero no es nuestro deseo vengarnos. Lo único que deseamos es vivir libres y en paz. Si abandonáis estas tierras no tendréis nada que temer de nosotros, pero por nada del mundo aceptaremos que vuelvan a colocarnos el yugo sobre los hombros. Preferimos defendernos y arriesgar la vida, pero jamás nos rendiremos.
—¡Tened cuidado! —le gritó el espartano—. Nuestros antepasados destruyeron una vez esta ciudad y nosotros haremos lo mismo.
—¡Vete! —aulló Caras, enfurecido.
El espartano lo miró con gesto burlón y volviéndose a los hombres de su séquito les comentó con sorna:
—¡Un tuerto y un tullido, vaya jefes han elegido esos harapientos!
No tuvo ocasión de añadir nada más. Caras levantó un enorme peñasco por encima de la cabeza y lo lanzó con un rugido. El espartano se percató demasiado tarde de lo que era capaz la fuerza del gigante y levantó el escudo de bronce como inútil defensa. El peñasco lo aplastó contra el suelo hundiéndole el tórax y haciendo que sus vísceras asomaran entre las uniones de la coraza. Asombrados, los demás bajaron las lanzas, recogieron el cadáver en un escudo y se alejaron en silencio.
Caras envió un grupo de reconocimiento a las colinas cercanas para que comprobaran la magnitud de las tropas enemigas y cuando volvieron le refirieron que su número era más bien reducido. En efecto, los Éforos no se atrevían a desguarnecer demasiado Esparta pues temían que los arcadios y los mesenios se sublevaran. Habían solicitado ayuda a los atenienses,
esperaban que les enviasen un fuerte contingente desde Ática y confiaban sobre todo en el apoyo de Cimón, jefe del partido aristocrático y partidario de una estrecha alianza entre las dos principales potencias de Grecia. En esos momentos habrían podido lanzar el ataque decisivo y aplastar a los ilotas atrincherados tras los muros de Itome. Después de superar con gran dificultad y gracias a su prestigio personal la fuerte oposición de los democráticos, Cimón consiguió obtener de la Asamblea de Atenas el envío a Mesenia de cinco batallones de hoplitas, pero entonces el verano ya tocaba a su fin y difícilmente podía esperarse expugnar la ciudad antes de la época de las lluvias. Con mal tiempo habría sido difícil, si no imposible, mantener el asedio.
Antinea parió un varón a principios del otoño y, por deseo de los Ancianos, le fue impuesto el nombre de Aristodemos.
Era un niño sano y fuerte, de cabellos negros como los de su padre y ojos verdes como los de su madre. Cuando la comadrona se lo llevó en una cesta a Cleidemo, este lo tomó entre sus brazos con el alma embargada por la emoción, lo apretó contra su pecho, lo tapó con su capa y desde lo más profundo de su corazón rogó:
—Oh, dioses que vivís eternamente y tenéis poder sobre la vida y la muerte, vosotros que me reservasteis una suerte tan amarga y pequeño e indefenso me arrancasteis de los brazos paternos, si estaba escrito que con mis sufrimientos se expiara una antigua culpa, consideraos pagados, os lo suplico, con el duro castigo infligido a un inocente y perdonad a este niño que engendré con inmenso amor.
Así rogaba con el alma llena de esperanza y temor.
La llegada de las tropas atenienses no hizo adelantar en exceso las operaciones y los oficiales espartanos no tardaron en darse cuenta de que muchos de sus aliados pertenecían al partido democrático y luchaban de mala gana para reducir a la esclavitud a los ilotas rebeldes. Comenzó a decirse que algunos de los comandantes atenienses habían mantenido contactos con los mesenios de los campos de alrededor, sometidos a Esparta y vinculados a la ciudad por férreos pactos de alianza, pero que admiraban el valor que impulsaba a los defensores de Itome.
Escamados e incómodos, los Éforos terminaron por despedir al contingente ateniense con el pretexto de que ya no necesitaban su ayuda y el ejército de Atenas regresó a Ática. El gesto de Esparta suscitó gran indignación en la Asamblea y Cimón, considerado responsable de la
afrenta, fue atacado con violencia por sus adversarios, que solicitaron para él la destitución y el exilio. La propuesta se sometió a votación y el valiente comandante, vencedor de tantas batallas por tierra y por mar, tuvo que abandonar su ciudad. Los democráticos retomaron el poder y a partir de ese momento las relaciones entre Esparta y Atenas se tornaron cada vez más frías y difíciles. Entretanto, los Éforos y los Ancianos recuperaron el control de la situación en Laconia y después de reparar gran parte de los daños causados por el terremoto decidieron lanzar un ataque decisivo contra Itome, pues por entonces muchos de los mesenios se habían unido a los rebeldes y existía el peligro de que perdieran toda la región.
La primavera siguiente un ejército de cinco mil hoplitas rodeó la ciudad y la sometió a asedio. Cuando los veinte calores del sur secaron por completo la tierra el rey Arquídamo ordenó que se lanzara el ataque final.
Hacía un día sofocante de principios del verano y el rey había dividido sus tropas en cuatro grandes batallones precedidos por arqueros cretenses y una infantería ligera que tenía por misión atacar las murallas con todo tipo de proyectiles mientras la infantería de línea se ocupaba de escalarlas. Al salir el sol los guerreros iniciaron la marcha y desde todos los rincones aparecieron en la base del monte de Itome.
Completamente armados, Cleidemo y Caras distribuyeron sobre las murallas a todos los hombres aptos, mientras mujeres y niños se encargaban de transportar piedras y arena para llenar unos escudos que se calentaban al sol. Antinea auxiliaba a su hombre, le alcanzaba las flechas para el gran arco de asta. Cuando Arquídamo hizo sonar las trompetas, los guerreros comenzaron a subir las laderas del monte en silenciosa marcha compacta, hombro contra hombro. Los primeros en llegar al pie de las murallas fueron los arqueros, que comenzaron a lanzar nubes de flechas hacia las escarpas, donde los defensores intentaban protegerse tras los escudos. Cuando los hoplitas, más lentos y pesados por las armaduras, llegaron a las inmediaciones del muro, los arqueros y los honderos se abrieron sin interrumpir el tiro para dejarles paso. Comenzó a soplar un fuerte viento que levantaba nubes de polvo de las pendientes de la montaña y, en medio de aquella bruma, los guerreros de Esparta avanzaron con las cabezas inclinadas, las ropas y las cimeras blanquecinas, como horribles espectros portadores de muerte.
Desde lo alto de las escarpas Cleidemo desenvainó la espada para dar también la señal y sus arqueros comenzaron a tirar sobre el enemigo con
desesperado ardor. Muchos de los infantes ligeros que apoyaban a las tropas espartanas cayeron, pero la nube de flechas parecía estrellarse contra los escudos de los hoplitas que continuaban avanzando en el polvo. El sol, alto ya en el cielo, arrancaba destellos a sus armaduras y las distintas secciones, situadas ya en la cima de la montaña, se unían con firmeza y atenazaban Itome. Desde lo alto de las torres parecían una horda de insectos monstruosos, encerrados en sus cascarones metálicos. Los defensores comenzaron a lanzar piedras y a volcar sobre ellos los escudos llenos de arena hirviente que tapó a los asaltantes y se coló entre las uniones de las corazas haciéndolos retroceder, atormentados por las quemaduras. Pero otros avanzaron para ocupar sus lugares y reemplazarlos mientras los infantes de armadura ligera, protegidos por el nutrido tiro de los arqueros cretenses, portaban decenas de escaleras. Al ver que era inútil seguir atacando con flechas pues al enemigo lo protegían los salientes de los bastiones, Cleidemo abandonó el arco de asta y se volvió hacia Antinea para pedirle una lanza.
En ese momento la flecha de un arquero cretense describió una larga parábola desde arriba y alcanzó a Antinea, que se desplomó con un gemido.
Cleidemo dejó caer el escudo, se precipitó a su lado y la levantó en brazos; entretanto, centenares de hoplitas espartanos, después de apoyar las escaleras en las murallas, comenzaron a asomar por las escarpas desde todas partes y los defensores a duras penas conseguían contenerlos. Un grupo de infantes ligeros que había saltado el bastión rodeó a Caras, que se encontraba a poca distancia. El gigante traspasó a uno con la espada y el hombre se precipitó de las escarpas con el hierro clavado. Al verse desarmado, aferró a otro de los asaltantes que se había lanzado sobre él, lo levantó bien alto, lo estampó contra los compañeros que subían tras él y todos fueron arrollados en la caída. El coloso se volvió hacia la izquierda y en lo alto de la torre oriental vio a Cleidemo, que llevaba en brazos a Antinea con el pecho manchado de sangre; tras él iba un grupo de espartanos que lo atacaba con las espadas desenvainadas. Caras se horrorizó al ver la escena, como si se le hubiese aparecido el mismo rey Aristodemos con la hija sacrificada en los brazos a punto de ser engullido por los infiernos, y gritó ensanchando el inmenso tórax, imponiéndose al fragor de la batalla y a los gritos de los heridos:
—¡Salvad al rey!
Se lanzó entonces a la carrera y arrancó una lanza de un cadáver que yacía en el adarve. Cleidemo depositó a Antinea en el suelo y, rodeado de atacantes, se volvió y desenvainó la espada. Caras derribó cuanto obstáculo encontró en su camino y llegó justo a tiempo para romper el cerco de los enemigos. Uno de ellos se abalanzó sobre él, pero Caras le tiró la lanza, le traspasó el escudo y la coraza y lo levantó, espetado en la punta, para estamparlo contra los demás, que retrocedieron aterrados. Cleidemo se colocó a su lado revoleando la espada y los asaltantes retrocedieron más allá del parapeto.
Al ver la escena los demás combatientes se animaron, reconquistaron el bastión, repelieron al enemigo, echaron hacia atrás las escaleras, sepultaron bajo una lluvia de piedras y dardos a los que continuaban subiendo y les arrojaron vigas arrancadas de los parapetos. Cleidemo levantó entonces a Antinea y la llevó a un lugar seguro, donde las mujeres se ocupaban de curar a los heridos.
Los espartanos enviaron una delegación a solicitar una tregua para recuperar a sus muertos. La obtuvieron y los porteadores subieron a paso lento bajo las murallas de Itome, recogieron a sus guerreros caídos, recompusieron como mejor pudieron las piernas destrozadas y los brazos majados por las piedras. De pie en la entrada de su campamento, el rey Arquídamo asistió con la cabeza inclinada al triste desfile de los porteadores que volvían con los cadáveres de sus hoplitas. Los miró uno por uno, con las mandíbulas y los puños apretados; después, cuando hubieron pasado todos, levantó los ojos hacia la ciudad. El sol poniente teñía de rojo las laderas del monte, de un rojo oscuro como la sangre de sus guerreros.
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