Talos de Esparta
El León de Esparta
Entretanto, en las orillas lejanas del Helesponto, bajo la guía de los arquitectos del Gran Rey, miles y miles de hombres trabajaban febrilmente en el inmenso puente. La gigantesca obra debía estar terminada antes de que comenzara el mal tiempo. Los dos cabos de anclaje de veinte estadios de largo, de lino uno, tejido por los fenicios, de papiro el otro, tejido por los egipcios, fijados en la costa asiática, habían sido remolcados hasta la orilla europea por dos barcos de guerra. Una vez allí, después de ser introducidos en las muescas de dos inmensas poleas, fueron tensados. Para elevarlos a la altura necesaria por encima del agua se emplearon sesenta yuntas de bueyes y veinte yuntas de caballos. Entre ambos cabos se dispusieron luego los barcos que debían sostener el plano del puente, una capa de ramas recubierta de tierra apisonada. Al final, los arquitectos del Gran Rey admiraron satisfechos la increíble obra, pero su júbilo fue breve: al cambiar la estación, un viento impetuoso de Bóreas levantó una fuerte marejada contra el puente y así se dieron cuenta del error cometido. La construcción se encontraba perpendicular a la dirección del viento y de la corriente y el cabo de lino, más pesado que el de papiro, desequilibró enormemente toda la estructura al empaparse de lluvia; las anclas que lo sostenían fueron arrancadas de cuajo y los golpes de mar desbarataron en pocas horas la magnífica obra. Enfurecido, el Gran Rey mandó que se flagelara al mar con los látigos y, mientras se cumplía su orden, quiso que se pronunciaran estas palabras:
«Oh, agua amarga, el Gran Rey te inflige este castigo por la ofensa que le causaste sin que de Él hubiera partido hacia ti injuria alguna; justo es que nadie te ofrezca sacrificios, despreciable corriente turbia y salobre».
Los arquitectos fueron detenidos y decapitados para que quienes los sustituyeran prestaran más atención en el cumplimiento de su deber. Y así fue. En primavera se reconstruyó el puente; los cabos de papiro y de lino fueron cuatro y se colocaron de forma alternada para que el peso quedara perfectamente repartido. Se varió la posición de los anclajes en el suelo para que el puente estuviera paralelo a la dirección de la corriente y los cabos quedaran permanentemente tensados. Se cambió el largo de las maromas
que sostenían las anclas en el fondo del mar en función de la fuerza de los vientos que soplaban de septentrión y de los que en primavera venían de occidente.
Trescientos sesenta trirremes y pentecónteros fueron fondeados entre los dos cabos y sobre ellos se apoyaron troncos de árbol cortados a medida para sostener el plano de la calle en tierra batida. A los costados se levantaron cañizos de caña y mimbre a manera de parapetos para que los caballos no se asustaran al ver las olas del mar.
Cuando las cigüeñas comenzaron a aparecer en los cielos de Tróade y Bitinia, la empresa había concluido y el inmenso ejército de Jerjes comenzó a ponerse en marcha. Pasaron los medos, los citeos, los hircanios y luego los asirios, con sus yelmos cónicos y las pesadas mazas herradas; pasaron los escitas, a lomos de pequeños caballos hirsutos de la estepa; los bactrianos con el rostro quemado por el sol de los montes Paropamisos; los indios con las lanzas de caña y la piel tatuada. Pasaron los partos y los corasmios con sus largas cimitarras; los caspios con sus pesadas capas de piel de cabra; los sogdianos del desierto meridional; los etíopes de cabello ensortijado, vestidos con pieles de leopardo y león, armados con largas azagayas; los árabes, envueltos en amplias capas a la grupa de dromedarios; y después los libios, los capadocios, los frigios, los misios, los tracios, los mosinecios, los egipcios, los paflagones, los coicos. Desfilaron durante días y días hasta que por último pasaron los Inmortales, la guardia de Jerjes.
Eran diez mil, vestían largas túnicas caireladas, lucían brazaletes de oro y plata, con los largos arcos y los espléndidos carcajes en bandolera. Eran la flor y nata del ejército del rey, altos, valientes, fieles a su soberano hasta el último sacrificio. En un trono de ébano, el Gran Rey los vio desfilar, y ni él mismo tuvo consciencia de cuántos pueblos y cuántas gentes vivían dentro de las fronteras de su inmensísimo imperio.
En la costa europea, una multitud de pastores y campesinos que habitaban en las aldeas de la zona se había congregado en la playa para contemplar un espectáculo inimaginable. Entretanto, de los puertos de Jonia y Fenicia zarpaban las diversas escuadras que servirían de apoyo y suministro al ejército durante su larga marcha por tierra.
Las poblaciones de la costa vieron desfilar los barcos de Tiro, Sidón, Biblos, Arados, Joppa, Ascalón, las largas naves rostradas de Halicarnaso, Cnido, Esmirna, Samos, Quíos, Chipre, Focea, que avanzaban majestuosas
con las velas desplegadas y los estandartes y las enseñas de los navarcas zumbando al viento en las astas de popa.
Las noticias no tardaron en llegar al cuartel general del rey Leónidas y el rey Leotíquidas, quienes de inmediato pusieron al ejército peloponense en estado de alerta y comenzaron a concentrar una parte en las inmediaciones del istmo de Corinto. Entretanto, desde los puertos de Pireo, Egina y la misma Corinto comenzaron a reclutarse las naves de guerra que tendrían la misión de impedir el paso a la flota del Gran Rey.
Desde el castillo de popa de la nave almiranta, Temístocles vio a su soberbia escuadra recién formada levar anclas entre una confusión de gritos, órdenes cortantes, redobles de tambores que marcaban el ritmo de la boga a los centenares de marineros sentados a los remos, bajo cubierta. Uno por uno salieron de la boca del puerto los espléndidos trirremes, maravilla de la técnica naval ateniense. Bajos, casi a ras del agua, para no ser blanco de los tiros de las balistas y las catapultas enemigas, largos y estilizados para aprovechar al máximo la fuerza del viento y los remos, con el espolón aguzado empernado en la viga maestra de la quilla para hundir cualquier obra muerta sin provocar daño alguno a la estructura de proa. Sus ingenieros habían ideado y construido máquinas formidables que no sería fácil derrotar o aniquilar.
En los espejos de agua que había delante de la ciudad, durante todo el verano anterior y el otoño, hasta que el tiempo lo permitió, las tripulaciones se habían adiestrado en las maniobras más osadas y peligrosas, los remeros se habían dejado las manos en carne viva y se habían partido la espalda con el esfuerzo, pero miles de manos se movían en ese momento, en absoluta armonía, obedeciendo dócilmente las órdenes de los jefes de la chusma. En Esparta, los Éforos y los Ancianos se reunieron con los dos reyes para decidir qué harían. Todos opinaban que no había que arriesgarse a sacar del Peloponeso al ejército espartano. A las Termópilas enviarían un contingente de peloponenses: no se permitió al rey Leónidas llevar consigo más que a trescientos espartanos. A pesar de que discutió con todas sus fuerzas, el soberano no consiguió un solo hombre más, incluso porque le faltó el apoyo del personaje más cercano por sus ideas a la postura de los Éforos y los Ancianos. Estos eligieron uno por uno a los trescientos espartanos que irían a las Termópilas . Entre ellos figuraban casi todos los componentes de la duodécima sisitia del tercer batallón que, a partir de aquel momento, quedaron al servicio de la guardia real. Aguías, Brito, Cleándridas, Crésilas
y los demás compañeros recibieron con entusiasmo la llamada que les daba la posibilidad de ser los primeros en entrar en contacto directo con el enemigo. Ni siquiera se les pasaba por la cabeza la idea de que para ellos eran escasas las posibilidades de sobrevivir contra un ejército tan poderoso como se decía que era el del Gran Rey.
Por su valor y su experiencia, Aristarcos fue nombrado ayudante de campo del rey y así padre e hijo volvieron a encontrarse en el mismo contingente con rumbo a septentrión.
Hasta las montañas llegó la noticia del enrolamiento inminente y todos se dieron cuenta de que no se trataba de murmuraciones sino de que la guerra había comenzado de verdad. Era preciso disponerse a partir. Un día, un heraldo subió al Taigeto y proclamó el enrolamiento de todos los ilotas en condiciones de cumplir con su deber. Talos también tuvo que despedirse de su madre y bajar al llano junto con muchos de sus compañeros.
Una vez en la ciudad, los guerreros espartanos los elegirían, uno a uno, como ordenanzas y porteadores. Talos estaba convencido de que no partiría, de que lo rechazarían por su defecto físico: ningún guerrero iba a querer en su séquito a un ilota tullido.
Fueron conducidos a la plaza de la Casa de Bronce y formados en tres filas. Los guerreros, desplegados frente a ellos, salieron de sus hileras y, por turnos y edades, fueron pasando entre las filas para elegir un sirviente y un escudero. Al final les tocó elegir a los guerreros más jóvenes. Talos se quedó de piedra cuando vio que Brito abandonaba su hilera y cruzaba la plaza. Comenzó a dar vueltas entre las filas hasta que llegó ante él; lo reconoció y lo miró con una expresión burlona que le heló la sangre y después, dirigiéndose al oficial de reclutamiento, dijo:
—Quiero a este.
—Pero Brito —le dijo el oficial acercándose—, ¿estás seguro? ¿No ves que está cojo? Deja que lo usen en los servicios de impedimenta donde puede ser útil. El ordenanza personal debe ser un hombre apto.
—No te preocupes —repuso Brito—, este es muy apto, lo conozco bien.
Y así, Talos volvió a encontrarse en medio del torbellino después de haber vivido años tranquilo, aunque no feliz. De camino al campamento situado en las afueras de la ciudad, pensó con gran pesar y melancolía en Antinea, a quien no veía desde hacía años, y a quien tal vez no volvería a ver más; pensó en su madre, que esperaba verlo regresar a la cabaña del
Taigeto; en su abuelo Critolao, que yacía en su tumba cubierta de hojas de encina, en las lindes del bosque, y en el pobre Crío. Todo había acabado.
Apartado de su casa, de su gente, de su madre, estaba solo por completo y prácticamente en manos de un enemigo despiadado. Intentó darse ánimos y no abatirse. Lo importante era salvarse y su nuevo amo tendría mucho que hacer si lo que había oído comentar era cierto. Y llegó el momento de partir sin que hubiera ocurrido nada especial. Vio a Brito apenas un par de veces, cuando fue a la sisitia a retirar su equipo y al campo a darle las instrucciones para el viaje. Talos estaba con centrado en la colocación de correas nuevas en el interior del escudo. Brito entró, se desató la coraza, la apoyó en un rincón y luego se sentó en un escabel.
—¿Está todo dispuesto? —le preguntó sin mirarlo.
—Sí, señor, todo está dispuesto; he cambiado las correas del escudo porque estaban flojas. El arma debe adherirse bien al brazo.
Brito le lanzó una mirada indagadora.
—Para ser un pastor que no se ha movido nunca de la montaña sabes muchas cosas.
—Los ancianos de mi pueblo me enseñaron cuanto hay que saber para este trabajo.
—Los ancianos de tu pueblo deben de haberte enseñado también otras cosas —continuó Brito sin dejar de mirarlo fijamente—, y sabes bien a qué me refiero. No lo he olvidado aunque han pasado unos cuantos años, y tú tampoco, creo.
—No, señor —respondió Talos secamente mientras seguía con su trabajo—, no lo he olvidado.
—Pero eres sabio, la lección que se te dio te ha quitado de la cabeza ciertas ideas, por lo menos eso parece. Aunque de todas maneras no tengo la plena certeza —prosiguió mientras se desataba las grebas—, hay algo en ti que no me convence del todo y cuando te vi en la plaza junto a los demás ilotas sentí ganas de descubrir de qué se trata.
—No hay nada que descubrir —murmuró Talos sin apartar la vista de su trabajo—. No soy más que un pobre pastor.
—Ya lo veremos —dijo Brito gélidamente—. En esa montaña ocurrieron cosas extrañas en los últimos años. Hace apenas un mes encontraron un ciervo que fue a morir a orillas del Eurotas, después de haber sido herido con una flecha de un tipo raro, jamás utilizado por nosotros. Tengo la impresión de que tú puedes saber algo.
—Te equivocas, señor, yo no sé nada, de lo único que me he ocupado siempre es de cuidar mi rebaño.
—¿ Cómo te llamas ?
—Talos.
—¿Sabes quién soy?
—Eres Brito, hijo de Aristarcos, Cleoménida.
Brito se levantó, comenzó a pasearse por su tienda y de pronto se detuvo dándole la espalda.
—¿Qué fue de tu amada, de aquella campesina?
—La familia de Pelias siguió al noble Cratipo a Tegea y después a Mesenia, creo.
Talos se levantó y cuando Brito se dio la vuelta se lo encontró de pie, ante él. Tenía las mandíbulas contraídas y lo observaba con mirada firme.
—Sigue trabajando, pastor, quedan muchas cosas por preparar y mañana partimos.
Se echó sobre los hombros la corta clámide militar y salió.
Al día siguiente el ejército formó en perfecto orden; al frente iban los trescientos espartanos formados de cuatro en cuatro con una profundidad de ocho hombres por compañía, seguían los aliados peloponenses y por último los siervos ilotas con los carros y los bagajes.
Rodeado de sus oficiales, el rey llegó cuando todavía no había amanecido; tras él apareció el cortejo de madres de los nuevos guerreros.
Ellas debían oficiar la antigua ceremonia de la entrega del escudo. Vestidas de blanco y con la cabeza cubierta se colocaron delante de las formaciones de hoplitas. A un toque de trompeta los jóvenes abandonaron las filas y se detuvieron unos pasos más adelante; a un segundo toque, apoyaron en el suelo los escudos con la lambda roja que habían recibido de sus padres el día de la iniciación. A una señal del rey, la primera mujer se acercó a su hijo, recogió el escudo y se lo colocó en el brazo al tiempo que recitaba con voz firme la fórmula tradicional:
Volverás con él o encima de él
que significaba «vencerás y regresarás con tu escudo o morirás y sobre él te traerán de vuelta». Le tocó el turno a Ismene: la ciudad le había concedido un terrible honor al infringir la regla habitual de no formar nunca en el campo a todos los hombres de una misma familia para que ese nombre no corriera el riesgo de perderse, y le había llevado al marido y al hijo.
Ismene se arrodilló, recogió el escudo y se levantó delante de Brito. La luz
gris del alba iluminaba el perfil oscuro del muchacho endureciéndole los rasgos; por un instante Ismene tuvo la impresión de ver los rostros de los héroes Cleoménidas esculpidos en el ciprés. Por eso al pronunciar la fórmula sintió un escalofrío y le tembló la voz. El sol asomaba detrás de las montañas cuando la última mujer regresó a su sitio y la masa oscura e inmóvil de los guerreros se encendió con destellos siniestros bajo los ojos de las madres de Esparta. Contemplaban a sus hijos con los ojos secos, conscientes de haberlos parido mortales, y desde entonces habían guardado en la oscuridad de sus vientres el llanto y el dolor.
El rey se colocó el yelmo de tres cimeras y dio la señal de partida. El redoble de tambores y el toque de las flautas se ahogó en el polvo del camino que llevaba a septentrión.
Leónidas llegó al desfiladero de las Termópilas unas dos semanas después de la partida y de inmediato mandó reparar el viejo muro fortificado que cerraba el desfiladero. Envió luego un grupo de setecientos hoplitas a guarnecer el sendero de Anopea, que podía permitir al enemigo doblar el desfiladero, y se dedicó entonces a organizar los turnos de guardia y aprovisionamiento. Al saber que la flota persa había doblado la Calcídica y se dirigía hacia el sur, Temístocles se apostó en el cabo de Artemision para proteger las espaldas a Leónidas desde el mar. Por las noches, desde la popa de la almiranta, mandaba enviar señales con una antorcha y un espejo para mantener informado a Leónidas de lo que ocurría.
Finalmente, un día en que inspeccionaban la fortificación, el rey vio llegar a galope tendido a uno de los hombres que normalmente patrullaban el camino del desfiladero. El hombre descabalgó de un salto y se presentó jadeante ante el rey para darle el parte.
—Oh, rey —dijo con un hilo de voz—, ya llegan, son centenares de miles, los ríos se secan a su paso; por las noches sus fuegos iluminan el horizonte; nadie había visto jamás un ejército de tales proporciones.
El rey impartió de inmediato una serie de órdenes cortantes: las secciones con equipo de guerra tomaron posición tras el muro mientras algunos de los espartanos se demoraban en la vanguardia para vigilar mejor la situación. Entretanto, hacían ejercicios gimnásticos para calentar los músculos y prepararse para la batalla.
En un momento dado, en la cima de una colina, apareció un caballero persa. Se lo distinguía fácilmente por los anchos pantalones bordados y el yelmo cónico que le adornaba la cabeza. Los jóvenes espartanos apenas se
dignaron mirarlo y siguieron con sus ejercicios como si nada hubiera ocurrido. Después de observar la escena, el persa espoleó a su caballo y se lanzó al galope colina abajo.
—Dentro de poco los tendremos encima —le dijo Aristarcos a Leónidas.
—Yo también lo creo —respondió el rey—.No tienen motivos para entretenerse.
Sin embargo, casi una hora más tarde, apareció en el camino un pelotón de caballeros que portaban un estandarte.
—Van desarmados —observó Aristarcos—, debe de tratarse de una embajada.
En efecto, así era. Los caballeros se pusieron al paso y avanzaron lentamente detrás del estandarte hasta detenerse a los pies del muro. Se adelantó un intérprete que hablaba griego.
—Esta es una embajada de Jerjes, Rey de Reyes, señor de los cuatro rincones de la tierra. Queremos hablar con vuestro comandante.
Aristarcos salió de detrás de la muralla y fue al encuentro del intérprete anunciando:
—Nuestro comandante, Leónidas, hijo de Anaxándrides, rey de los espartanos.
Se hizo a un lado y dejó pasar al rey, que se mostró ante los recién llegados: en el yelmo, las tres cimeras rojas de crin de caballo ondearon al viento que soplaba desde el mar.
Envuelto en una capa de finísimo lino azul, el embajador persa llevaba en la cintura el sable de los Inmortales con la empuñadura de oro finamente cincelada. Con tono grave pronunció un largo discurso, después del cual hizo una inclinación de cabeza para indicar que había terminado. El intérprete, con su pronunciación jónica, un tanto cadenciosa, tradujo:
—Jerjes, Rey de Reyes, señor de los cuatro rincones de la tierra, amo nuestro, te manda decir: «Abandonad este desfiladero, oh, hombres de Grecia, para no desafiar inútilmente nuestra ira; todos los pueblos y naciones se han sometido a la vista de nuestros soldados, más numerosos que los granos de arena en la playa del mar. Deseamos ser clementes: estamos dispuestos a concederos la vida si os rendís y deponéis las armas».
—Hizo una pausa tras la cual preguntó—: ¿Qué debo responder?
El rey Leónidas, que había permanecido inmóvil con la vista clavada en los ojos del persa sin dignarse echar una mirada siquiera al intérprete
griego, contestó en su duro dialecto laconio:
—Que venga a buscarlas.
El intérprete palideció, luego se volvió al embajador y le tradujo la respuesta. El persa miró asombrado al hombre que tenía ante él y, con un gesto de fastidio, dio una señal a su séquito, hizo dar la vuelta a su cabalgadura y se alejó envuelto en una nube de polvo.
Poco después, arrodillado con la frente pegada al suelo, le refería a su rey la respuesta. Demarato, que se encontraba en el pabellón regio, avanzó hacia el trono y dijo:
—Te lo había advertido, aunque todos se sometieran, los espartanos combatirían.
El Gran Rey, lívido de rabia, convocó de inmediato a sus generales y les ordenó que lanzaran el ataque; quería que los llevaran a su presencia, vivos y encadenados. En el campo no tardaron en oírse gritos y órdenes inflamadas, las trompetas tocaron a reunión y la inmensa horda se puso en movimiento para doblar el desfiladero.
El rey Leónidas condujo a sus tropas fuera del muro y él mismo se colocó en primera fila, sobre el ala derecha, mientras que Aristarcos formó en la izquierda. En un momento dado se oyó el redoble lejano y siniestro de los tambores, mezclado con el relincho de los caballos y el ruido de las ruedas de hierro de los carros de guerra. En el fondo del sendero apareció entonces el gigantesco ejército.
Los guerreros espartanos, desplegados a la derecha, cerraron filas acercándose entre sí para crear un muro impenetrable de escudos erizado de lanzas relucientes. Con un grito espantoso, los persas se lanzaron imprevistamente al ataque y cayeron sobre la primera línea de los griegos.
La contienda fue terrible: encajonados en poco espacio y habituados a una guerra de movimiento con armas ligeras y caballería, los persas cayeron por centenares atravesados por las pesadas picas completamente cubiertas de bronce de los hoplitas. El combate se hizo salvaje y los griegos, abandonadas las lanzas inutilizadas, desenvainaron las espadas y entraron en el cuerpo a cuerpo.
En la densa polvareda que se había levantado se divisaban las cimeras rojas del yelmo de Leónidas, que, seguido de sus hombres, avanzaba a la carga con ímpetu irrefrenable. Los trescientos consiguieron abrir una brecha en las líneas enemigas caminando sobre los montones de cadáveres, en un terreno resbaladizo por la sangre de los caídos.
Al ver el peligro de que rodearan su centro, el comandante persa dio la orden de retirada. Entre los gritos de los heridos, los relinchos de los caballos enloquecidos de terror, la masa comenzó a recular lentamente para no descomponer demasiado las filas. En ese momento Leónidas dio también la orden de retirada a sus hombres, que, después de echarse los escudos a la espalda, huyeron veloces hacia el muro.
Ante aquella vista, el comandante persa creyó que el enemigo estaba exhausto y deseaba retirarse tras el muro. Por esa razón mandó que tocaran la orden de ataque. Alentados, sus hombres se lanzaron al ataque al tiempo que gritaban y descomponían el frente de la formación. Era precisamente lo que Leónidas quería: al llegar al muro, los espartanos dieron una veloz media vuelta y volvieron a plantar cara al enemigo en formación compacta.
Los persas llegaron a la carrera en grupos, en oleadas, desordenados, y fueron despedazados. Presas del terror, comenzaron a retirarse, pero sus oficiales, situados a sus espaldas, los obligaban a volver al frente a latigazos, profiriendo sus órdenes en mil lenguas diferentes. La confusión fue total y en aquel infierno de gritos, polvo y sangre, la masa compacta al mando de Leónidas avanzó arrollando cuanto encontraba a su paso. Las trompetas tocaron al final la retirada y, heridos y exhaustos, los soldados del Gran Rey abandonaron el desfiladero.
El rey Leónidas se volvió hacia sus tropas, se quitó el yelmo magullado y cubierto de sangre y lanzó el grito de victoria, que, unido al de sus hombres, se propagó en un eco repetido por las gargantas rocosas del Oeta.
Detrás del muro Talos había seguido la escena completa a pesar de que todos sus compañeros se turnaban para recoger las armas despuntadas, las lanzas partidas y llevar las nuevas a los guerreros situados en la línea de combate. Cuando vio que el frente se replegaba corriendo hacia el muro se asomó de un salto por las escarpas y estuvo a punto de empuñar la primera arma que tuvo a mano y lanzarse de cabeza a la lucha.
Jamás pensó que podía sorprenderlo semejante impulso. En varias ocasiones, durante el curso de la batalla, sintió la sangre hervirle en las venas y el deseo irrefrenable de participar en la batalla, invadido por un entusiasmo inexplicable ante aquella resistencia desesperada, ante aquel valor sobrehumano que veía relucir en las magníficas filas que, compactas, seguían las cimeras ondulantes del rey Leónidas. Grande fue la rabia que sintió por no poder formar parte de aquel ardor formidable, de aquella
llamarada poderosa que encendía a los combatientes desplegados en defensa de la libertad de tantas naciones. Vio regresar tras el muro a los guerreros de Esparta, de Traquis, de Tegea, empapados de sudor, cubiertos de sangre y polvo, heridos, cojeando; vio a los infantes de Mantinea y Orcomenes con las barbas blancas por el polvo, las lanzas partidas, los escudos rasgados. Vio a Brito con la espléndida coraza de bronce con guarniciones de cobre y a su padre, Aristarcos, con el rostro oculto tras la celada corintia, el gran escudo con el dragón abollado, y deseó ser uno de ellos.
El supervisor llegó jadeando e inmediatamente se puso a impartir órdenes para que prepararan el agua y la comida con las que los combatientes se lavarían y repondrían fuerzas. Los heridos fueron conducidos a una tienda donde eran curados y vendados. Los ilotas salieron al otro lado del muro a recoger a los caídos y a prepararlos para unas rápidas exequias.
El rey Leónidas recorría infatigable el campo dando órdenes y organizando los turnos de guardia en el muro. Mientras descansaba un momento sin que le hubiera dado tiempo a quitarse la armadura, llegó un heraldo con un despacho para el rey. La flota había hecho frente al enemigo por primera vez y había conseguido contenerlo. Temístocles mantuvo su palabra y vigilaba por mar para cuidarle las espaldas al pequeño ejército que defendía el desfiladero. No llegaba ninguna señal de la senda de Anopea, donde los focenses guarnecían el único camino por tierra que conducía a la retaguardia del contingente griego. El rey mandó a su vez un despacho a Esparta para pedir refuerzos y hacer saber que el paso se podía defender si contaba con tropas de recambio. No sabía que su suerte estaba echada y que por ningún motivo su gobierno quitaría hombres del istmo de Corinto.
Jerjes no dio crédito a sus ojos cuando vio a sus tropas regresar en semejante estado; cayó en la cuenta de que su ejército no tenía manera de desplegar su aplastante superioridad en ese estrecho paso que un puñado de hombres decididos a todo guarnecía con tanto valor. Demarato tenía razón; había sido un gran error infravalorar a los griegos y en particular a los espartanos. Dio orden inmediata de atacar a lo mejor de sus tropas: los Inmortales. En el campo desde el que se elevaban los gemidos y las lamentaciones redobló el tambor y, al cabo de poco tiempo, diez mil guerreros persas, magníficamente pertrechados, formaron fila para lanzarse
sobre el desfiladero y arrollar de una vez por todas la obstinada resistencia de los defensores. La noticia no tardó en llegar al campo griego; un centinela apostado en la entrada del paso se encargó de darla:
—Oh, rey, llega un segundo ataque, pero estos son diferentes, marchan en silencio, compactos, parecen un cuerpo disciplinado y temible.
Leónidas tuvo un momento de abatimiento: ¿cómo pedirle a aquellos hombres exhaustos que volviesen a empuñar las armas que acababan de deponer? ¿Cuántas tropas frescas podría desplegar el rey contra sus hombres extenuados ? Mandó que tocaran a reunión; en silencio, los hombres formaron delante del muro. Quienes habían combatido en primera línea pasaron a la tercera y quienes habían ocupado la retaguardia se colocaron en línea de combate. Los persas comenzaron a avanzar a paso sostenido y en formación cerrada.
—Se han desplegado en falange —le dijo Leónidas a Aristarcos—, pero llevan lanzas más cortas que las nuestras. Ordena que cierren al máximo los espacios entre hombre y hombre, solo deben asomar las picas.
Aristarcos gritó la orden y el frente del ejército se cerró con un retumbo metálico: del muro de bronce de los escudos solo asomaban las pesadas lanzas de fresno que formaban un cercado impenetrable. El rey hizo una señal hacia el muro y un grupo de ilotas tocó las flautas y comenzó a redoblar los tambores. La falange se dirigió hacia el desfiladero levantando una nube de polvo del camino, que seguía obstruido. Los soldados dejaron atrás el trecho cubierto de cadáveres para alcanzar la zona descubierta y luego, a una orden del rey, que seguía en el flanco derecho, iniciaron la carga. Las dos formaciones chocaron con un clamor temible: por un instante, el frente de los dos ejércitos onduló incierto, porque ninguno de los dos conseguía hacer retroceder al otro; de tanto en tanto se oía el sonido tenso, casi desesperado, de las flautas y el redoble de los tambores, hasta que el rey Leónidas se lanzó a la carga con un rugido, seguido de los trescientos iranes. Atravesó de parte a parte al oficial persa que tenía enfrente, cortó en dos a otro que le impedía el paso y avanzó como una furia desencadenada mientras, con el inmenso escudo, Aristarcos lo protegía de los ataques laterales.
Jerjes, que había mandado colocar su trono en una pequeña loma no muy alejada para contemplar la victoria de sus tropas, se levantó de un salto al intuir lo que ocurría. El rey Leónidas lo había visto e intentaba abrir una brecha en la formación persa para llegar a él. Palideció: la poderosa cabeza
con las tres cimeras bermejas penetraba cada vez más en el cuerpo de su ejército, que comenzaba a abrirse pavorosamente. Unos instantes más y se habría abierto una brecha por la que todo el ejército griego se habría lanzado para dar muerte al Gran Rey y decapitar a la horda de invasores.
Aterrado, Jerjes mandó que tocasen a retirada y las diezmadas filas de los Inmortales se replegaron precipitadamente hacia la colina, donde volvieron a formar la falange, para continuar retrocediendo poco a poco de modo que la retirada no se convirtiera en desbandada.
El enemigo no volvió a dar señales de vida en los cinco días que siguieron y Leónidas empezó a abrigar la esperanza de recibir refuerzos.
Una noche sin luna sus centinelas vieron una señal luminosa lanzada desde la superficie del mar: poco después, una barca atracaba en la playa. El hombre que bajó de ella pidió hablar de inmediato con el rey. Leónidas estaba en su tienda discutiendo con Aristarcos. El heraldo entró y con una reverencia dijo:
—Oh, rey, debo referirte cosas destinadas solo a tus oídos.
—Habla libremente —repuso el rey—, este hombre es el guerrero más valiente de Esparta y muy fiel a mí.
—Temístocles, mi comandante —dijo el heraldo—, te envía sus saludos y quiere que sepas que jamás ha faltado a su palabra. Sin embargo, en estos momentos sobre la flota entera pende la amenaza de que el enemigo la rodee y es preciso que se retire. Además, ha sabido que de Esparta no os enviarán refuerzos porque los Éforos y los Ancianos no quieren restar hombres a las tropas del istmo. Tu valentía ha sido grande y tu muerte no sería ninguna ventaja para los griegos, de manera que reúne a tus hombres en la playa y esta misma noche sus naves llegarán para embarcarlos y ponerlos a salvo en el istmo de Corinto.
El rey Leónidas palideció ante la certeza de que lo habían abandonado por completo. A pesar de ello, sin traicionar sus emociones, respondió con tono mesurado:
—Le referirás a tu comandante que el rey Leónidas te manda decirle cuanto sigue: «¡Salve! Tu mensaje ha sido un gran consuelo para nosotros pues la palabra de un amigo siempre es un bien precioso incluso en los momentos supremos, pero no aceptaré tu invitación. No nos está permitido desobedecer las órdenes recibidas. Por tanto, combatiremos hasta que nos queden fuerzas y después caeremos con honor, como corresponde a los grandes guerreros». Vete ahora y que los dioses te ayuden.
El heraldo se despidió, confundido ante aquella firmeza sobrehumana, se internó en la noche y llegó hasta su embarcación. Poco después, lo izaban a bordo de la trirreme almiranta y refería la respuesta obtenida a su general, que velaba en el castillo de popa a la luz de una linterna.
—¡Espartano obcecado! —estalló Temístocles dando un puñetazo en el parapeto en cuanto hubo oído el mensaje—. Se dejará inmolar como un toro ante el altar. No quiere comprender que lo han sacrificado para poder reprocharnos el derramamiento de su sangre cuando llegue el momento de defender el istmo de Corinto con nuestra flota.
Después de despedir al heraldo comenzó a pasearse nerviosamente por el estrecho espacio del puente de popa. Salió al alcázar y miró hacia tierra.
A su derecha vio el fulgor de miles de fogatas que llegaba del campamento persa; a su izquierda se divisaban los vivaques casi apagados del pequeño ejército griego condenado al exterminio. Se mordió el labio y, como hablando consigo mismo, le dijo al oficial que se le había acercado:
—No podemos esperar más, dad la orden de partir.
De los escalamos de la borda los remos recubiertos de sebo se hundieron silenciosamente y la enorme trirreme se deslizó ligera sobre las aguas del canal del Euripo. Amanecía.
Antes de acostarse, el rey Leónidas impartió las órdenes para el día siguiente e hizo transportar hasta la aldea cercana de Alpeni al joven Crésilas, que padecía una infección en los ojos. Medio ciego como estaba, le habría sido imposible luchar. Después de despedirse de Aristarcos se había echado en su yacija para descansar un poco. Llevaba pocas horas durmiendo cuando el centinela lo despertó bruscamente.
—Señor, estamos perdidos, nos ha llegado la noticia de que un traidor ha conducido a un ejército persa hasta la senda de Anopea. Los focenses que lo guarnecían se han retirado hacia la cima del monte para resistir mejor, pero el enemigo no los ha tocado siquiera y se ha lanzado por el sendero hacia el otro lado de la montaña. Los tendremos encima cuando el sol esté alto.
Leónidas salió de la tienda sin armarse siquiera y después de haberse echado sobre los hombros una clámide mandó reunir la tropa.
—Guerreros de Grecia —dijo—, grande y digno de admiración ha sido vuestro valor, pero poco puede el valor contra la traición. Alguien le ha indicado al enemigo el sendero de Anopea y dentro de poco nos veremos rodeados. Es inútil que miles de valientes guerreros mueran en vano. Sus
lanzas podrán volver a golpear al bárbaro en las batallas que se sucederán sin duda en toda Grecia. Que se retiren, pues, los aliados y que cada grupo regrese a su ciudad para exhortar a todos a tener valor y a no someterse al enemigo. Los espartanos se quedarán aquí para proteger su retirada. No temáis ser viles, ya habéis demostrado vuestro coraje y nadie puede acusaros de haber tenido miedo. De hecho obedecéis una orden de vuestro comandante. Marchaos ahora, porque es poco el tiempo del que disponéis.
Un pesado silencio recibió las palabras del rey; poco a poco, los guerreros abandonaron en grupo la asamblea para aprestarse a partir. El rey Leónidas regresó a su tienda y se dejó caer extenuado sobre una banqueta.
Al poco tiempo entró Aristarcos.
—Oh, rey —dijo con voz firme—, hasta el último de nosotros luchará a tu lado. Nuestros guerreros no temen la muerte.
—Te lo agradezco —dijo el rey—. Nunca he dudado de tu valor ni del coraje de nuestros guerreros, pero ahora vete, debemos prepararnos para la última hora.
Se sentó, de una caja sacó un rollo de cuero de los que utilizaba para escribir los mensajes y después mandó llamar al guardia y le impartió una orden. Pasaron pocos instantes y se presentaron en la tienda Brito y su amigo Aguías; los dos iban armados. Saludaron en posición de firmes y a una señal de Leónidas se sentaron.
—El paso está perdido y nos quedan pocas horas de vida —dijo el rey
—. Pero quiero que los Ancianos, los Éforos y el rey Leotíquidas reciban este mensaje. —Señaló el rollo de cuero apoyado sobre su mesa—. Es muy importante y no podía confiárselo más que a dos guerreros valientes como vosotros, pero también a dos hombres hábiles y astutos, capaces de evitar las asechanzas de un largo camino de aquí a Esparta. Habéis formado parte de la Cripteia y sois los hombres adecuados para esta misión. Recordadlo bien, el mensaje debe llegar directamente a manos de los Éforos y en presencia del rey Leotíquidas.
Brito palideció.
—Pero señor, ¿cómo puedes ordenarnos que te abandonemos en este momento y, permíteme que te lo pregunte, no sabrán de todos modos en Esparta que las Termópilas se han perdido en cuanto nuestros aliados lleguen a sus casas ? Te hemos seguido para no abandonarte jamás —vaciló un instante, confundido—, ¿o será tal vez que... que mi padre, Aristarcos, cegado por el amor que me profesa...?
El rey Leónidas lo interrumpió poniéndose en pie de un salto y con el rostro encendido le gritó:
—¿Cómo te atreves a hacer semejantes insinuaciones sobre el honor de tu padre? Él ignora que te he llamado; no le he dicho nada porque estoy seguro de que se habría opuesto. ¡Basta ya, habéis recibido una orden clara de vuestro rey; cumplidla!
Se sentó y con gesto nervioso se cubrió las rodillas con la capa.
—Oh, rey, si existe una sola posibilidad de que mudes de parecer —
Brito encontró la fuerza para insistir—, te suplico que mandes a otro con Aguías, mi padre morirá como todos vosotros y querría estar a su lado en el momento supremo.
Con el rostro tenso por la ira, el rey se acercó al joven guerrero y le puso una mano en el hombro.
—¿Crees de veras que tu rey no ha pensado en todo esto? Brito, nuestra patria solo puede vivir si sus hijos siguen cumpliendo con su deber sin anteponer sus razones al interés de todos. Nuestro deber es quedarnos y morir si así lo quieren los dioses, el vuestro es salvaros para llevar este mensaje. Llévate contigo a tu ilota. Fue precisamente tu padre quien me hizo notar lo hábil y fuerte que es a pesar de ser tullido. Te hará falta durante el viaje. Y ahora marchaos porque el tiempo que nos queda es exiguo.
Los dos muchachos saludaron al rey y salieron de la tienda. Poco después, cuando Talos hubo conseguido un mulo y dos caballos, estuvieron listos para partir. Al intuir lo que ocurría, Aristarcos acudió al centro del campamento donde ordenaba las tropas espartanas a las que se habían agregado todos los tespienses que se negaron a partir.
—El rey quiere que vayamos a Esparta a entregar un mensaje —le dijo Brito—. Nada he podido hacer para disuadirlo. Te dejo con la muerte en el corazón, padre.
Aristarcos lo miró con ojos brillantes.
—Si el rey te ha dado esta orden, significa que debes obedecerla. No pienses en mí, hijo, es la muerte que todo guerrero desea para sí. —Le tembló ligeramente la voz al añadir—: Dile a tu madre que el corazón de Aristarcos luchó por ella hasta el último momento con ardor inalterable.
Miró a Talos, que esperaba a un lado, montado en su mulo, lo miró con una pena intensa y desesperada, como aquel día en el llano, luego se encasquetó el yelmo crestado y se alejó para ocupar su sitio en las filas.
El sol ya estaba alto cuando el rey Leónidas salió de su tienda, se recogió los largos cabellos cobrizos en lo alto de la cabeza, se puso el yelmo, tomó la lanza y el escudo que le tendía el ilota y ocupó su puesto en primera línea del ala derecha. Aristarcos ya había impartido órdenes a las secciones. Iban a lanzarse de inmediato al descubierto para infligir al enemigo las mayores pérdidas posibles.
Poco después, los persas aparecieron en la boca del desfiladero. El rey Leónidas hizo una señal y las flautas comenzaron a tocar. La música uniforme y obsesiva se difundió por el valle en el que solo se oía el eco del paso pesado del ejército persa. El rey Leónidas levantó la pica y la pequeña sección se puso en marcha para la última batalla. Cuando estuvieron casi en contacto con el enemigo bajaron las lanzas y cargaron. Como una fuerza desencadenada de la naturaleza, el rey mató a todo aquel que se cruzó en su camino. El escudo del dragón se levantaba a sus costados como un escollo de bronce cada vez que los persas intentaban golpearlo de lado; detrás de él, Aristarcos, que se destacaba en medio de multitud de enemigos, repartía altibajos a diestra y siniestra con su espada haciendo el vacío a su alrededor.
Cada vez que los persas se encontraban a punto de rodearlos, los griegos retrocedían a la carrera hacia el estrechamiento del desfiladero y, una vez allí, daban media vuelta de repente y atacaban de nuevo con salvajismo como si en sus cuerpos ardiera una energía inagotable. Desde su trono, Jerjes observaba pálido la escena mientras Demarato, con las mandíbulas apretadas, mantenía la vista clavada en el suelo.
La increíble maniobra se repitió varias veces sin que los persas consiguieran controlar los movimientos rápidos e imprevistos del pequeño contingente; después, en un momento dado, las energías de los espartanos comenzaron a mermar y los guerreros se replegaron poco a poco, ahogados casi por la horda que los perseguía. Una flecha fue a clavarse en el brazo derecho de Aristarcos, que dejó caer la espada. Un compañero ocupó de inmediato su puesto, pero en ese instante, un sable persa se hundió en el costado descubierto de Leónidas. El rostro del rey se convirtió en una máscara de dolor, pero hasta que tuvo fuerzas, su brazo siguió sembrando la muerte. Extenuado y cubierto de sangre, Leónidas se desplomó y de inmediato una nube de enemigos se abalanzó sobre él para rematarlo y apoderarse de su cuerpo. En ese momento, Aristarcos, que se había arrancado la flecha del brazo, empuñó el escudo con ambas manos, se abalanzó con todas sus fuerzas sobre la multitud de enemigos, los derribó y
liberó así el cuerpo de Leónidas. Sus compañeros formaron un muro y, alrededor del rey caído, se inició una lucha encarnizada. Entretanto, a espaldas de los guerreros espartanos, se oyó el eco de un grito salvaje: era el contingente persa que descendía por el sendero de Anopea.
Aristarcos gritó una orden y todos comenzaron a replegarse hacia la cima de una loma, a la izquierda del sendero, donde formaron en cuadro para presentar la última resistencia. Los persas se lanzaron al ataque desde todos los flancos, mientras los espartanos, agotadas sus fuerzas, continuaban batiéndose enfurecidamente con las espadas, con dientes y uñas los que habían quedado desarmados, hasta que los oficiales del Gran Rey, para no perder inútilmente más hombres, mandaron replegar a la infantería e hicieron avanzar a los arqueros. Extenuados y cubiertos de heridas, los sobrevivientes levantaron los escudos para proteger la agonía de su rey hasta que, uno tras otro, fueron cayendo sobre la tierra bañada con su sangre.
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