Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 15 de 23

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Talos de Esparta

Asia

Desde Bizancio el ejército de Pausanias, apoyado por la flota que cruzaba el Quersoneso tracio, se dedicó a ocupar todos los territorios situados al norte y a oriente del Monte Sagrado hasta los campos de Salmideso, en campañas que duraron más de tres años y en las que Cleidemo participó siempre bajo las órdenes del rey, incluso cuando los atenienses y los aliados reclamaron el mando de las fuerzas navales. Día tras día la guerra fue endureciendo el corazón del muchacho, entristeciéndolo cada vez más: casi sin que se diera cuenta, la férrea disciplina espartana lo había convertido en un exterminador lúcido e implacable, pero ¿acaso no era así por voluntad de los dioses? Un destino inexorable lo había llevado a un punto sin retorno; la vida que llevaba había borrado cuanto de ingenuo y generoso había en su corazón. Las secciones bajo su mando, los hombres que a centenares se movían a sus órdenes, se habían convertido en sus manos en una fuerza monstruosa. Cual imparable máquina, su batallón arrasaba con todas las defensas, aplastaba toda resistencia y en el espíritu atormentado de Cleidemo ardía el mismo fuego que devoraba las aldeas, los campamentos, las cabaña s de los desventurados que osaban resistirse a la potencia de Esparta.

Por las noches, cuando se sentaba bajo su estandarte y veía desfilar a los prisioneros con los cepos puestos, su vida no era más que la conciencia de poder: con un solo gesto destruir a tantos hombres, conceder la esperanza o administrar el tormento, la tortura, la muerte.

«El tullido...», así lo llamaban sus hombres, pero sin escarnio, sin desprecio. Esa palabra encerraba todo el temor que sienten los hombres ante quien ha sido golpeado por los dioses, ante quien ha sido marcado, pero no domado. Sobre él se contaban las historias más extrañas, que nadie lo había visto crecer en las palestras de Esparta ni bañarse en el Eurotas. Se preguntaba la gente qué tipo de miembros eran los suyos que los colmillos de los lobos del Taigeto no habían podido con ellos, con esos miembros ágiles, grises como el hierro, sucios de sangre y sudor, incansables; ni con esa mano, siempre cerrada en la empuñadura de la espada, y esos ojos siempre gélidos... ¿quién era en realidad Cleidemo?

El dragón que lucía en su escudo proclamaba que pertenecía a la estirpe de los Cleoménidas, pero debía de ser hijo de un peñasco de la gran montaña o quizá era cierto que había sido criado por los lobos... Nadie lo había visto nunca llorar o reír. Solo los hombres que montaban guardia ante su tienda lo habían oído gritar y agitarse en sueños. Y las mujeres que eran conducidas hasta él salían de su tienda aturdidas y llorosas, como si hubieran yacido con un ser monstruoso. Las comarcas bárbaras y primitivas donde había combatido largo tiempo sembrando la destrucción habían hecho que su espíritu se volviera duro como la piedra. A ojos del rey Pausanias, estaba preparado para desplazarse por la inmensa Asia, llevar hasta muy lejos la voluntad de quien había vencido al Gran Rey y llevar a la práctica un plan que habría cambiado la suerte de Esparta y con ella la suerte de griegos y bárbaros.

Había un solo hombre en el mundo en quien basar ese plan: Cleidemo, y sabía cómo atarlo a él de forma indisoluble.

Lo había sumergido durante cuatro años en el infierno de una horrible guerra, lo había convertido en una máquina de matar: le bastaría con ofrecerle la posibilidad de volver a sentirse humano —de pensar, de experimentar otra vez los sentimientos que, a pesar de todo, debían de continuar vivos en el fondo de su corazón— y lo tendría con él para siempre.

Un frío amanecer de finales del invierno Cleidemo estaba envuelto en su capa bajo una encina solitaria que elevaba sus ramas desnudas hacia el cielo gris de Tracia. A su alrededor, en los campos desiertos y húmedos, se oía el canto de los gallos a pesar de que hasta donde alcanzaba la vista no se veía un solo caserío.

Pensaba en la muerte. Creyó seguir su destino cuando retomó su lugar en la casa de los Cleoménidas, cuando recogió la herencia de su padre Aristarcos y de su hermano Brito, pero no había gloria en lo que hacía: matar, saquear, fornicar, esa era la vida que Esparta le había ofrecido. En ninguno de cuantos lo rodeaban había visto nobleza, grandeza, fuerza de ánimo. Tal vez la época de los héroes había acabado en las Termópilas con el rey Leónidas y su vida carecía de significado.

¿Volver atrás? ¿Adonde? Pensó en la mujer que había considerado su madre durante tantos años... pensó en Antinea... y deseó morir en ese mismo instante.

Un viento húmedo y frío soplaba de septentrión agitando las pocas hojas secas de la encina; miró el cielo plúmbeo que se ennegrecía, miró los campos empapados y grises, el sendero embarrado, y sintió que el corazón se le encogía en el pecho y que una inmensa congoja le llenaba de hielo el espíritu. Se sintió desesperadamente solo en aquel páramo desolado: le habría gustado tener un amigo cerca para que lo ayudara a morir.

Desenvainó la espada despacio y pensó en Critolao, el más sabio de los hombres, pensó en el pecho tibio de Antinea, en sus ojos profundos...

cuánta esperanza, cuántos sueños en los pastos altos, en la montaña, en las noches de otoño cuando el viento hacía caer las hojas rojas de las hayas y las golondrinas se iban lejos (pero ¿acaso la tierra no temblaba?, ¿no se oía un ruido lejano...?). Se arrodilló dirigiendo el arma contra el pecho (había algo en el horizonte... un punto negro en movimiento... ¿Por qué habían dejado de cantar los gallos?). Tuvo miedo del reino de las sombras del que no se regresa... vio la calavera burlona de Tánato (se oyó un galope...

Tánato-Tánato-Tánato...). De pronto un rayo se retorció como un áspid en el horizonte, seguido de un trueno fragoroso; levantó la frente perlada de sudor: un caballero... un caballero iba hacia él espoleando con saña a su caballo.

Como un odre podrido que de repente se parte, el cielo liberó un chaparrón, pero el caballero continuaba azuzando a su cabalgadura y corría a uña de caballo mientras agitaba una mano y gritaba: «¡Dos Nombres!

¡Dos Nombres! ¡Dos Nombres!». Tiró de las riendas, a punto estuvo de derribar al animal y se abalanzó sobre él, que había dejado caer la espada en el barro.

—¡Dos Nombres! ¡Te he encontrado, te he encontrado! —gritaba mientras lo abrazaba bajo la lluvia.

Cleidemo levantó la cara cubierta de agua y le dijo:

—Lahgal, eres tú... es increíble... ¿De dónde vienes? ¿Cómo has hecho para encontrarme? ¿Por qué estás aquí?

—Te lo contaré todo. Escúchame, tengo una gran noticia para ti, debo hablar contigo, por eso me dirigía a tu campamento. Pero ¿qué haces aquí, a estas horas, tan lejos?

Cleidemo respiró hondo y respondió:

—Nada, no podía dormir y llegué hasta aquí andando.

Lahgal lo miró fijamente.

—Mientes, Dos Nombres, tus ojos están colmados de desesperación, de espanto, no sé cómo he logrado reconocerte... has cambiado.

Cleidemo clavó la mirada en el suelo; su espada limpia brillaba bajo la lluvia.

—Recógela —le dijo Lahgal—, vuelve a meterla en la vaina... No sé cómo logré reconocerte desde lejos... bajo la lluvia. Y ahora súbete al caballo conmigo, iremos al campamento.

Enfilaron por el sendero cubierto de barro, bajo la lluvia.

Anduvieron un trecho sin decir palabra y fue Lahgal quien rompió el silencio.

—No sé por qué pero tengo la sensación de que llegué a tiempo para salvarte de algo horrendo... ¿No es así, Dos Nombres? —Cleidemo no contestó—. ¿No es así?

—Así es, Lahgal... Gracias por venir.

Lahgal se volvió hacia atrás y riendo exclamó:

—¡Menudo agradecimiento! ¿Así recibes a un amigo que viene a visitarte después de tanto tiempo? ¡Y yo que esperaba ser recibido por una falange perfectamente equipada y verte a ti brillar con la armadura de gala!

—Espera a que lleguemos al campamento y verás que sabré atenderte dignamente... En realidad, aquí no tengo grandes cosas...

Rieron al unísono mientras la lluvia escampaba y hacia oriente el cielo partido dejaba pasar los rayos límpidos del sol que asomaba por el horizonte. La luz inundó la tierra, incendió los charcos que cubrían la llanura, cruzó los ralos arbustos vistiéndolos de perlas y plata, embistió la gran encina solitaria golpeando su silueta de gigante desesperado, envolvió sus enormes brazos verdes de musgo goteante. Cleidemo pensó en el día en que junto con Lahgal niño sentado, como en ese momento, delante de él, sobre el dorso huesudo del asno, recorrieron las colinas de Paphos... Se había convertido en un muchacho en la flor de la edad.

—¿Quién te envía, Lahgal? —preguntó de pronto.

El muchacho miraba al frente, al campamento espartano que se perfilaba a los pies de una colina baja, detrás de una curva del sendero; después, sin volverse, contestó:

—Pausanias, el rey.

Y espoleó al caballo.

—La última vez que te vi eras un niño; ¿cuántos años tienes, Lahgal?

—Más o menos dieciséis —repuso el muchacho.

—De esclavo en un baño público a mensajero del rey de Esparta en apenas cuatro años... no está mal —comentó Cleidemo—. ¿Cómo lo has conseguido?

Lahgal sonrió.

—¿Precisamente tú me haces esta pregunta, Dos Nombres? ¿Acaso hace unos años no eras un oscuro pastor ilota, tú que ahora estás al frente de un ejército espartano y siembras el terror entre los tracios indomables? El destino de los hombres está en manos de los dioses... Pero dejemos estas chácharas. Hace dos años que estoy al servicio personal de Pausanias y puedo decirte que siempre ha seguido con suma atención todos tus movimientos; le han dado noticias de cada una de tus hazañas. Ahora está seguro de tu fuerza y tu inteligencia y te necesita a su lado para confiarte una tarea muy importante y secreta.

—¿Sabes de qué se trata?

—No, aún no tengo tanta confianza con el rey como para saberlo. Pero puedo decirte que cuando hayas cumplido con la misión que pretende confiarte, podrás regresar a Esparta y volver a ver a la mujer que llamas madre.

Cleidemo dio un brinco.

—¿Estás seguro de lo que dices? ¿No será otro engaño? ¿Qué sabes de mi madre?

—Está viva y goza de buena salud, aunque tu ausencia la consume.

Sigue viviendo en su cabaña de la montaña. Sabemos también que recibió la visita de un hombre... Un gigante barbudo.

A Cleidemo le dio un vuelco el corazón. «¡Caras!», pensó para sus adentros tratando de disimular la emoción.

—¿Lo conoces? —le preguntó Lahgal escrutándolo con mirada indagadora.

—Lo vi alguna vez... Es un pastor de la montaña, creo. Pero cuéntame más cosas de mi madre, te lo ruego.

—No tengo mucho más que contarte aparte de lo que te acabo de decir.

Solo puedo añadir que se te permitirá tomarla a tu servicio... en la casa de los Cleoménidas.

Cleidemo aferró la mano del joven.

—¿Son estas las palabras del rey?

—Lo son —respondió Laghal—, puedes creerme. No he hecho un viaje tan largo para contarte mentiras.

Se quedó un instante mirando fijamente los ojos de Cleidemo, que se habían vuelto brillantes y ardientes como si la luz glacial que resplandecía en ellos momentos antes se hubiera transformado en fuego.

—¿Qué debo decirle al rey?

—Que acepto —dijo Cleidemo de un tirón—, dile que haré cuanto quiera. Márchate enseguida, te lo ruego, vuelve junto al rey y cuéntale...

—¿Es esta la hospitalidad que me prometiste? —inquirió Lahgal riendo—. Más me habría valido tomármelo con calma.

—Tienes razón. Me comporto mal contigo, pero debes comprenderlo: no hay nada más terrible que la soledad y he vivido solo todos los días de esta vida terrible. Pero dime, ¿cómo ocurrió todo esto, cómo es que estás al servicio de Pausanias?

—El rey me compró a mi amo cuando vuestra flota partió para Chipre.

Lo serví siempre lo mejor que pude, aprendí vuestro dialecto y la lengua de los persas. No tardé en comprender que el rey no podía fiarse de nadie, lo espiaban los aliados y su propio gobierno, y que necesitaba a alguien que le fuera absolutamente fiel. En eso radica mi gran fortuna. Día tras día el rey me fue confiando tareas cada vez más importantes y ahora se fía de mí incluso para las misiones más reservadas, como la que desempeño en este momento.

—¿Cuándo podré abandonar el mando?

—De inmediato. Si consideras que puedes regresar conmigo a Bizancio. Tu lugarteniente asumirá el mando a la espera de que el rey envíe a otro oficial para dirigir la nueva campaña.

—Bizancio... Me parece imposible que vaya a abandonar esta vida... y regresar a Esparta...

—Espera, creo que la misión que debes cumplir no será ni fácil ni breve.

—No me importa... Cualquier cosa será mejor que continuar con esta matanza, que pasar otro año en estas tierras salvajes y desoladas. Partamos de inmediato, Lahgal... mañana mismo.

—Como quieras —repuso el joven. Sacó un rollo de cuero de la capa y le dijo—: Aquí tienes las instrucciones para tu lugarteniente, debes leerlas en la escítala.

—De acuerdo —dijo Cleidemo—, lo mandaré llamar ahora mismo.

Se asomó a la entrada de la tienda e impartió una orden al guardia, que se alejó para regresar poco después con el taxiarca del primer batallón. El

oficial saludó y a una señal de Cleidemo se quitó el yelmo y se sentó en un escabel. Cleidemo sacó de un arcón la escítala, un bastón pulido en el que había marcadas dos líneas paralelas dispuestas en espiral, las guías en las que debía aplicarse el rollo de cuero para que el mensaje fuera legible.

Cleidemo fijó el rollo en la tachuela superior, luego hizo girar el bastón, enrolló en él la tira de cuero siguiendo las líneas de guía y fijó luego el extremo inferior con la otra tachuela que había al final del bastón. El mensaje, escrito horizontalmente en otro bastón de igual largo y espesor, resultó entonces legible: «Pausanias, rey de los espartanos, a Cleidemo, hijo de Aristarcos, comandante del ejército de Tracia, ¡salve! Alabamos tu gran valor, digno del nombre que llevas, y te agradezco los servicios prestados a la patria al dirigir muchos combates victoriosos contra los bárbaros. Mas ahora tu obra es necesaria en otros lugares. Dejarás el mando en manos de tu lugarteniente Deuxipo y emprenderás viaje lo antes posible». Cleidemo se lo tendió al oficial, que lo deslizó a su vez hasta el final, donde estaba el sello a fuego de Pausanias.

—¿Cuándo partirás, comandante? —le preguntó Deuxipo.

—Mañana al amanecer. Prepárate pues para asumir el mando... —El oficial se puso en pie dispuesto a salir—. Sé que lo dejo en buenas manos

—añadió Cleidemo tendiéndole la diestra.

—Gracias, comandante —respondió Deuxipo estrechándosela casi sorprendido—, intentaré ser digno de este honor.

Se colocó el yelmo y salió.

—Dormirás en mi tienda —le dijo Cleidemo a Lahgal—. No dispongo de un pabellón para huéspedes... no recibo muchas visitas.

Cansado por el largo viaje, Lahgal se desnudó para acostarse. Ya era un hombre, pero sus piernas bruñidas resplandecían con la extenuante belleza de los jóvenes orientales. Cleidemo notó que el muchacho cuidaba de su cuerpo como para atenuar su virilidad en pleno vigor, se depilaba los muslos y el pubis. Cuando Lahgal se durmió, él siguió con la vista clavada en los carbones del brasero que ardía en el centro de la tienda, tendió hacia él las manos para calentarse y reparó entonces en el brazalete adornado de tachuelas que un día lejano le regalara Fidípides, el campeón de Olimpia, y en el que había pegado la conchilla de colores que Lahgal le diera cuando era niño en una playa de Chipre. La arrancó, la tiró al suelo y la pisoteó hasta hacerla pedazos.

—Y ahora dime, Cleidemo, tú que has nacido dos veces, que has recibido dos nombres, ¿quién eres en verdad? ¿Puedes decirme si eres hijo de Esparta o de la gente que te recogió en el Taigeto?

El rey Pausanias esperaba una respuesta, pero Cleidemo seguía mudo y confundido.

—Lo comprendo bien, no puedes contestarme porque tu corazón está con quienes has amado, pero al mismo tiempo no puedes ahogar en ti la fuerza de tu verdadera estirpe, la sangre de Aristarcos, el dragón. Por eso sé que entenderás y apoyarás mi plan: en estos tiempos Esparta ya no puede seguir viviendo como lo hacía cuando fue fundada por los descendientes de Heracles. Año tras año disminuye el número de los Iguales. Un día no muy lejano nuestro ejército no contará con suficientes guerreros como para repeler los ataques externos: los ilotas, cada vez más numerosos, podrían representar una amenaza. Por eso Esparta debe cambiar y todos los habitantes de Laconia deben convertirse en sus ciudadanos, sin más distinciones.

—Es un proyecto imposible: los ilotas os odian —respondió Cleidemo con frialdad.

—Mientras dure este estado de cosas, sí, pero si les damos la dignidad de hombres libres, la propiedad de las tierras y el ganado, el foso que los separa de los Iguales se llenará, quizá lentamente, pero se llenará. En muchos otros estados de Grecia hace ya cien años que se hace lo mismo.

Por eso Atenas está edificando un imperio en el mar y prospera en riquezas.

Mi proyecto puede y debe realizarse —prosiguió el rey con apasionamiento

—, pero para que sea posible, los guardianes de nuestras instituciones deben desaparecer. Si es preciso, deberán ser eliminados.

Cleidemo reaccionó con asombro ante las palabras de Pausanias, que continuó con tono más mesurado:

—En esta empresa estoy prácticamente solo, Cleidemo, y no dispongo de la fuerza suficiente para llevarla a cabo. Necesito un aliado poderoso... el más poderoso que exista. —Permaneció absorto un instante y después de lanzarle a Cleidemo una mirada relampagueante, añadió—: ¡El Rey de Reyes!

El muchacho dio un brinco.

—Mi padre y mi hermano murieron para expulsar de Grecia a los persas y no te ayudaré a traicionar su memoria —le dijo, y se levantó para marcharse.

—Siéntate —le ordenó el rey con tono decidido—. Tu padre y tu hermano, igual que Leónidas y sus hombres, fueron sacrificados inútilmente en las Termópilas por la ciega torpeza de los Éforos y los Ancianos de Esparta. Ellos son los verdaderos responsables de la muerte de los tuyos.

Las leyes inhumanas de las que son guardianes impusieron a tu padre que te abandonara en el monte Taigeto. Se ha cerrado una época y comienza otra nueva: Esparta debe cambiar o morirá y arrastrará a la ruina al pueblo de los ilotas. Por eso te necesito; sé que ellos te seguirán y te escucharán.

»Ha llegado el momento de que te revele una cosa: sé lo que es el arco que empuñabas en Platea. Vi la señal que lleva grabada: la cabeza de lobo de los reyes de Mesenia. El hombre que creías tu abuelo, el viejo Critolao, lo sabía y sin duda te lo dijo. Sé muchas cosas, Cleidemo... Estuve al frente de la Cripteia durante diez años. Aquella noche, cuando tu hermano Brito subió a tu cabaña con su dogo, yo lo sabía, y sé también de un guerrero de Esparta que se pasó años vagando por la montaña envuelto en una capa gris, con la cabeza oculta tras una capucha...

—Mi padre... —dijo Cleidemo, tembloroso.

—Sí, tu padre. Escúchame, llevas uno de los nombres más ilustres de Esparta y al mismo tiempo eres heredero de Critolao, jefe de los ilotas. Un día volverás con ellos y los convencerás para que lleven a cabo nuestro proyecto. Entretanto, sabré cómo deshacerme de los Éforos y los Ancianos y también del rey Leotíquidas, si fuera preciso... con la ayuda del rey de Persia. Jerjes está dispuesto a apoyarme con medios ingentes, seguro de que un día seré el fiel sátrapa de Grecia, reducida a provincia de su inmenso imperio. Pero en Platea vencí a su ejército y sabré vencerlo otra vez...

aunque ahora necesite de su dinero.

»Quiero que sepas que cuento con poderosos amigos en otras ciudades de Grecia... incluso en Atenas. Por desgracia, ahora debo regresar a Esparta porque los Éforos sospechan, debo tranquilizarlos y asegurarles mi lealtad, pero mientras tanto tú llevarás mi mensaje al rey de Persia. Se lo entregarás al guardián del palacio imperial de Celenas, en Frigia, donde estarás el tiempo necesario para obtener la respuesta y luego regresarás a Bizancio.

Calculo que estarás de vuelta a principios del próximo otoño: me encontrarás aquí, en mi puesto.

Cleidemo estaba sumido en sus pensamientos: cuanto había oído era para él casi increíble, pero comenzaba a pensar que el mundo que Pausanias deseaba construir era desatinado. En ese mundo él habría podido vivir y

rescatar sin sangre a la gente que lo había acogido cuando era niño, y así, perpetuar sin mancha el nombre de los Cleoménidas.

—Partiré cuando desees —dijo de repente.

Pausanias lo acompañó hasta la puerta. En el momento de despedirse le puso la mano en el hombro y le dijo:

—Hay algo que desconozco de ti y que me gustaría saber. ¿Quién es Antinea?

—Antinea —murmuró Cleidemo desviando la mirada—. Antinea...

Y salió bajo la noche estrellada.

Vio la rica Cícico a caballo entre dos mares y las populosas Adramitio y Pérgamo, y luego Éfeso con su puerto, donde hormigueaban los barcos.

Remontó el majestuoso Meandro hasta Hierápolis, donde desembocan fuentes calientes. Conoció Sardes, inmensa y riquísima, y el templo medio en ruinas de la Gran Madre de los dioses, incendiado por los atenienses durante la revuelta de Jonia.

Lahgal lo acompañaba y le servía de intérprete con los bárbaros que los escoltaban en ciertos tramos para que no fueran presa de los ladrones que infestaban las regiones del interior. Asia era hermosa y grande: las colinas descendían dulcemente hacia las llanuras verdes cubiertas con las flores purpúreas del cardo y las rojas de las amapolas, cuya savia sume en profundo olvido. Cuando el sol descendía en el horizonte, el cielo se inflamaba y las nubes escarlata se esfumaban en un tono violáceo que se confundía con el azul intenso de la bóveda celeste. Rebaños inmensos desfilaban entonces hacia los rediles levantando densas nubes de polvo que se veían desde lejos; la lana de los corderos y las ovejas brillaba como el oro y los balidos se desvanecían despacio en la llanura silenciosa cuando el ojo del sol se apagaba con un último resplandor. Entonces el cielo, increíblemente límpido, se poblaba de millones de estrellas titilantes mientras de la tierra subía el canto monótono de los grillos y de los caseríos se elevaba de vez en cuando el aullido de los perros. El olor de Asia era intenso y penetrante: era el aroma de la retama amarilla, a veces tan fuerte que embriagaba; o el otro, áspero y amargo, del ajenjo; solo el perfume penetrante de la salvia silvestre le recordaba su juventud en la montaña. A veces, en plena noche, pasaban hombres silenciosos, con el rostro velado, a la grupa de monstruosos animales con la cara parecida a la de una oveja y dos enormes jorobas en el lomo. Extrañas bestias que emitían una especie

de lamento sin gracia cuando se arrodillaban para permitir que sus jinetes bajaran.

A medida que pasaba el tiempo y el sol recorría un arco mayor en el cielo, también cambiaba el aspecto de aquella tierra, que se volvía amarilla y ocre, estriada de un intenso verde allí donde un arroyo o un río cruzaba en indolentes volutas la llanura soleada. El calor se hacía entonces casi insoportable y al caer la tarde soplaba un viento furioso que, en el altiplano sediento, levantaba decenas de remolinos, columnas de polvo que se retorcían y se escurrían aquí y allá para esfumarse como fantasmas entre las ásperas rocas agrietadas por el sol.

Ni siquiera la caída de las sombras conseguía apagar aquel aliento hirviente; el silbido incesante duraba horas y sobre la hierba árida se veían pasar, cual monstruosas arañas, los arbustos secos del amaranto. Cuando por fin el viento se calmaba, el vasto altiplano se poblaba de murmullos, crujidos y soplos. A veces, en la oscuridad brillaban los ojos de los chacales; y se oía su triste llamada desde lo alto de las rocas si la gran luna roja se elevaba lenta entre los picos solitarios e iluminaba con sus tenues rayos sanguíneos las siluetas retorcidas de las higueras silvestres y las frondas carnosas de los algarrobos.

En la distancia, aquí y allá se erguían los negros perfiles de los volcanes que, según decían, llevaban siglos dormidos. En las vísceras de uno de ellos se decía que habitaba Tifón: de su boca horrenda era de donde tal vez saliera el aliento caliente que agostaba la hierba y las flores y debilitaba las piernas cansadas de los viandantes.

Un día, cerca ya de la meta, Cleidemo vio algo que jamás olvidaría: en medio de la llanura polvorienta se alzaba un plátano colosal, un gigante que jamás había visto en su vida. El tronco, liso y blanco, se bifurcaba casi de inmediato en cuatro ramas cada una de las cuales era gruesa como una planta adulta. Se acercó con la intención de admirar de cerca semejante maravilla y descansar bajo su sombra. Su estupor aumentó cuando advirtió que debajo del árbol inmenso y solitario había un hombre armado.

Cleidemo conocía bien esas armas y esos ornamentos: ¡era uno de los Inmortales de la guardia del Gran Rey!

Llevaba una sobreveste bordada, abierta a los costados y, debajo los pantalones, también en tela preciosa, estrechos en la pantorrilla y finamente adamascados con rositas de hilo de plata. La barba, rizada y negra, enmarcaba un rostro cetrino y, a la altura de las sienes, se unía con una

tupida cabellera igualmente cuidada y perfumada. De los lóbulos de las orejas le colgaban anillos de oro y en bandolera llevaba el carcaj de cuero de colores, el arco adornado de plata y la lanza brillante en la mano derecha.

—Salve —le dijo Cleidemo mientras Lahgal traducía sus palabras—, soy Cleidemo de Esparta y querría descansar con mi amigo a la sombra de este árbol. ¿Acaso tú también estás viajando, noble señor? Aunque no veo a tus sirvientes ni a tus compañeros.

El guerrero sonrió dejando al descubierto bajo el bigote azabache unos dientes blanquísimos.

—No —respondió en su lengua—, no estoy viajando, sino que he venido por orden de mi señor, Jerjes, Rey de Reyes, luz de Ariah, predilecto de Ahura-Mazda. Al regresar de Yauna, cuando cruzaba este territorio árido encontró descanso a la sombra de este árbol cuya belleza y grandeza lo encandilaron y por eso quiso que fuera siempre vigilado por un Inmortal de su guardia para que no le hicieran daño alguno.

Cleidemo se volvió con cara de asombro hacia Lahgal, que le había traducido las palabras del soldado persa.

—¿Quieres decir que un hombre de la guardia del rey custodia permanentemente un árbol?

—Así es —respondió Lahgal.

Dedicaron unos instantes a saciar la sed en la fuente que brotaba al costado del plátano y, de vez en cuando, miraban al Inmortal que estaba sentado en un escabel con la vista clavada en el horizonte. Después reemprendieron viaje. Al cabo de una hora de camino se volvieron para mirar atrás: se divisaba el árbol en toda su majestuosidad imponente mientras que al guerrero apenas se lo veía en el aire tembloroso; embestida por el sol, la punta de su lanza despedía destellos de plata.

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