Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 11 de 38

Páginas del PDF

Bernardo Quesnay

Capítulo X

 

La inspección de las piezas de tela una vez fabricadas la realizaba, en la Casa Quesnay y Lecourbe, el tío Leroy —a quien temían los obreros negligentes. Aquiles Quesnay lo había entrenado, de joven, como sólo él sabía hacerlo.

—¡Ah, señor Bernardo! —decía—. ¡Otra vez han manchado las telas con el aceite de engrasar! Se lo he advertido veinte veces al contramaestre, pero estos jóvenes de hoy son unos vagos, no saben más que cuatro cosas para salir del paso, y a veces ni siquiera eso. Lo que yo digo: «Cuando se hace una cosa así, hay que hacerla.»

Este Leroy entraba ya en una venturosa ancianidad cuando cometió la imprudencia de «charlar» con una linda joven que trabajaba a sus órdenes y codiciaba sus ahorros. «Charlar», en el idioma de Pont-de-l’Eure, es una palabra escandalosa y enérgica. Así, por ejemplo, la frase «Hablo con él, pero no charlo» significa «Somos amigos, pero nada más».

El tío Leroy hablaba y «charlaba» con su ayudanta. Era un hombre honrado y la muchacha consiguió casarse con él.

Su mujer gastó medias de seda y lo engañó cínicamente. Mal casado, mal alimentado, mal cuidado, el viejo se dio a la bebida para consolarse. Se hizo sucio y mísero.

Una mañana, las dos mujeres que le ayudaban en su tarea vieron llegar a este hombre —tan sobrio antes— completamente borracho. La víspera, había encontrado vacía su casa; se le había fugado la mujer con un albañil. Cuando llegó al trabajo, se puso cuidadosamente la blusa blanca, quitó el polvo a sus alpargatas, se las calzó, y, subiéndose repentinamente a lo más alto de un gran montón de piezas preparadas para que él las revisara, sacó una pistola que había heredado de un tío suyo soldado y anunció a las dos mujeres:

—Me voy a saltar la tapa de los sesos.

—¡Jesús! —gritaron aquéllas, tapándose los oídos—. ¡No haga usted eso, tío Leroy, no haga usted eso!

—Sí —dijo—, mi mujer me ha abandonado y no quiero que se salga con la suya. Lo leerá en el periódico y se le requemará la sangre… Me voy a saltar la tapa de los sesos.

—Eso no está bien, tío Leroy… Vamos a buscar al señor Bernardo.

Disciplinado ante todo, esperó, pistola en mano, a su jefe. Pero como no encontraron a Bernardo, acudió en su lugar el mecánico Cazier, el amigo más antiguo que tenía el desgraciado.

—¡A ver si le quita usted el revólver! —le gritaron las mujeres.

—Cállense… Hay que convencerlo por la persuasión… Un borracho es capaz de matarse si se le contraría… Oye, tú, escúchame unas palabras… Mujeres no faltan, hombre. A mí, cuando regresé de la guerra, me dijeron que la mía me había salido rana… En el primer momento, se me revolvió algo por aquí dentro. Pero, cuando fui al Tribunal y vi que estábamos allí por lo menos doce para lo mismo, nos miramos y tomamos la cosa a broma… Haz como yo; recuerda que te quedan los compañeros.

—No, no —dijo el infeliz—. ¡Mi mujer es una zorra! ¡Me voy a saltar la tapa de los sesos!

En el instante en que buscaba el gatillo con un dedo temblón, llegaron corriendo el señor Cantaert y Langlois, secretario del Sindicato obrero. El secretario, con su bella y patética voz, se dirigió al viejo militante, diciéndole que no podía dejar plantados de semejante modo a sus camaradas. El director, hombre del Norte y muy religioso, habló con horror del suicidio. El tío Leroy los escuchó. Meneó la cabeza y volvió a levantar la pistola. El corpulento Cazier intentó en vano asaltar su posición. El borracho lo vio venir y lo amenazó con su arma. En aquel momento entró por fin Bernardo.

—¿Qué es eso, Leroy? ¿Se va a matar? Y, ¿qué sería de nosotros, sin usted? ¿Quién va a revisar nuestras piezas? Y todo eso, por una mujer que no es digna ni de ayudarle a ponerse la blusa…

—Señor Bernardo, no sabe cuánto siento dejarlos a ustedes desaviados… Lo siento muchísimo, pues de sobra sé que no podrán ustedes reemplazarme. Los jóvenes de hoy día son unos vagos. Pero le he dicho a esa zorra que me mataré. No quiero que se salga con la suya… Voy a saltarme la tapa de los sesos.

Aquiles Quesnay, que pasaba por allí, fue informado de lo que ocurría.

—¿Qué significa esto? —dijo a Leroy, severamente—. Te prohíbo terminantemente que te mates aquí… Me ensuciarías las telas.

Entonces, bajó el tío Leroy de su percha y lo desarmaron fácilmente.

Bernardo contó esta historia a Delamain, quien se divirtió mucho oyéndola.

—Es un símbolo sorprendente de tu propia existencia —comentó.

—No creo que encaje por completo con mi caso —dijo Bernardo.

Sin embargo, permaneció pensativo un buen rato.

OceanofPDF.com