Bernardo Quesnay
Capítulo VII
La señorita Liliane Fontaine llevaba el cabello hacia atrás y completamente liso; tenía hermosos ojos negros, era más bien delgada de pecho y llevaba anudado un pañuelo amarillo limón en la muñeca derecha. Bernardo le dijo haberla admirado cuando interpretaba a doña Sol en Pont-de-l’Eure, por donde pasó de turné.
—¿Pont-de-l’Eure?… ¡Ya lo creo! El Hotel del «Cabrito de Plata»… ¡rebosa suciedad!… Y aquel público de viejas con bertas de auténtico encaje, medallones, vestidos color violeta y capotas de cuclillo… En el gallinero, se desternillaban de risa los obreros…
—Es cierto —dijo Bernardo— que el público de Pont-de-l’Eure es poco romántico… Pero usted gustó mucho… De quien se rieron fue de su pareja…
—¿Quién era? ¡Ah, sí! Pouroy… el viejo ese que estuvo en el «Odeón». Es verdad, declama a la antigua, muy hueco… Y además, ¡tiene unas mañas!… Figúrese cómo puede una decir: «Sois mi león magnífico y generoso» pensando esto: «¡Cómo me gustaría que no me escupieras en la cara!» Pouroy es uno de esos tipos de antes de que no saben nunca cuándo van a acabar una frase. Es terrible. Trabajé en El Cid con él, que hacía el papel de Don Diego. Me dejó una hora a sus pies; no sabe una qué hacer en esa postura.
A Bernardo le encantaba esta frívola charla de actriz. Escuchándola, le parecía que el batir de los telares —que todavía le zumbaba en la cabeza— se iba ensordeciendo hasta no ser sino un apagado son, como de violines en sordina. El abuelo Aquiles, silencioso y brutal; el señor Lecourbe, solemne y pedante; Cantaert y Desmares, hermanos enemigos; en fin, todas las figuras que flotaban con tan vivos colores en sus melancólicas ensoñaciones, se difuminaban, y convertíanse poco a poco en lejanos personajes de unas Escenas de la vida provinciana.
—¡Hombre! —dijo la señorita Fontaine—. ¡Si está ahí la Sorel!… Y Susana Caruel con su griego.
Bernardo miró en torno suyo. En la mesa de la derecha había dos parejas que, hablando muy alto, trataban de asombrarse mutuamente lanzándose a la cara Rolls, Delage, Monet, Corot… Dos hombres solos, en la mesa de la izquierda, «edificaban» un negocio: «Fíjate bien, querido: la corona húngara vale tres céntimos. Puedo conseguir, por diez millones de coronas, la concesión de una casa de juego en el lago Balakon. Se puede atraer allí a…»
—¿Y nuestro asunto? —dijo el señor Vanekem a Bernardo—. He pensado en ello. No hay motivo para limitar el capital a dos millones…
—Es que nosotros —dijo Bernardo— no disponemos del dinero necesario… La lana está tan cara…
—¿Cómo? —dijo Vanekem, sorprendido—. Pero, ¿es que tenían ustedes la intención de invertir dinero propio? No se les ocurra nunca hacer eso, querido… No; constituyan una pequeña sociedad con un capital de seis millones, tres de ellos en acciones de aportación, que repartiremos entre ustedes y yo. El público suscribirá las demás… Fíjese; yo, cuando monté mi negocio de importación de nuez de coco, reuní un capital de diez millones; y no disponía de barcos ni de plantaciones… Pero todo fue a pedir de boca.
Bernardo, pensativo, admiró el genio poético del señor Vanekem, quien, de plantaciones ideales y de cocoteros quiméricos, sabía extraer collares auténticos para el lindo cuello de la señorita Fontaine. La orquesta tocó El Relicario; entre las mesas bailaban las parejas, mejilla contra mejilla. Una mujer muy guapa, medio desmayada de languidez, rozó un vaso de cristal con los flecos de jade de su vestido atorbellinado, y el vaso vibró delicadamente. En el ritmo monótono de los violines creyó oír la obsesión de Bernardo el batir de los lejanos telares, como una melancólica llamada. La música lo entristecía siempre, dándole la viva sensación del tiempo fugitivo. El triste cinismo de los seres que le rodeaban chocaba con su puritanismo ancestral de Quesnay.
El señor Vanekem, que conocía a los dos individuos de la mesa de la izquierda, se había inclinado hacia ellos, entablando conversación profesional. Bernardo se volvió hacia el encantador rostro de la señorita Fontaine.
—¿No le parece —le dijo— que la música, incluso la más vulgar, inspira siempre un afán de soledad?… ¡Qué artificial es esta vida! ¿No le gustaría vivir en alguna isla lejana, en Fidjy, en Tahití, por ejemplo, donde no supieran que existen máquinas ni el dinero tuviera valor, pero donde unos salvajes, felices y desnudos, bailaran en un divino clima tropical?
—«Niña mía, hermana mía, piensa en lo dulce que sería ir juntos allá…» Me parece que esto también se canta.
—¿Se burla usted de mí? En cuanto me hallo, como en este momento, entre mujeres elegantes, iluminación moderna y hombres demasiado bien alimentados, experimento en seguida «ese no-sé-qué amargo que se desprende de los placeres»… He visto demasiados desventurados.
—¿Es usted bolchevique? —dijo ella.
—¡No, por supuesto! —protestó Bernardo enérgicamente—. Soy absolutamente leal a mi clase; mi ideal es el Senado romano de los primeros tiempos, o ciertos conservadores ingleses que tienen plena consciencia de sus deberes… Pero me estoy poniendo en ridículo ante usted y la aburro.
—¡No, hombre! —dijo la señorita Fontaine—. Ahora, que lo único que existe para mí en el mundo es el Teatro. Lo demás…
En este momento se animaron los hermosos ojos negros de la señorita Fontaine.
—Fíjese en ese chico que entra ahora —dijo a Bernardo—. ¿Verdad que es guapo? Un perfecto querubín. Quisiera lograr que me acompañara en mi turné de este verano, para que representase Las bodas conmigo. Pero está muy despreciativo el angelito. Su sueño dorado es el Polyeucte. Vamos, es como para troncharse de risa.
—¡Un puro! —ofreció el señor Vanekem—. ¿Saben ustedes que he encontrado en los stocks americanos unos Larrañagas estupendos?
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