Bernardo Quesnay
Capítulo VI
Gracias a la firmeza de Bernardo, aumentaron el sueldo a las señoras cardadoras; siguieron las señoras zurcidoras; los tejedores, cuyos jornales elevados habían irritado a los otros gremios, reclamaron a su vez, pues había que mantener las distancias y la antigua jerarquía de los telares.
El alza de los jornales acarreó consigo, una vez más, la de los tejidos. Bernardo Quesnay recibió el encargo de ir a París para informar a los clientes de la casa Quesnay y Lecourbe.
Los antiguos recuerdos le hacían temer esta misión. Antes de la guerra, los clientes —seres augustos de quienes sólo se hablaba con respetuoso terror— imponían sin esfuerzos sus crueles caprichos a los industriales, que por entonces andaban divididos y siempre hambrientos de pedidos. Al menor indicio de rebelión, amenazaban a Quesnay con Pascual Bouchet. En aquella época se necesitaba una diplomacia complicada, sacrificios, y hasta súplicas para aplacar a estos amos salvajes.
—Los tiempos han cambiado, señor Quesnay —dijo el anciano señor Perruel, representante de los Quesnay en París.
En efecto, el señor Roch —de la casa Roch y Lozeron, la más temida por Bernardo (pues compraban cada año más de un tercio de la produción total de los Quesnay)— lo recibió con una dulzura completamente insólita en aquel hombre irascible. El despacho del señor Roch era una especie de cubo formado por delgados tabiques de madera y apenas amueblado, que se ocultaba, como con vergüenza, detrás de las pila de piezas que llegaban hasta el techo. Este almacén había sido construido para guardar telas, y el paño imponía allí enérgicamente su superioridad sobre el espíritu.
—Mi querido Bernardo —le dijo el señor Roch— (bien puedo llamarle así por la amistad que me unía con su padre de usted), mi querido Bernardo, no le regateo, nunca le regatearé… Pero no puedo pagarle las amazonas a más de quince francos…
—Nuestros obreros nos piden aumentos de jornal, señor Roch; tenemos que contentar a todo el mundo…
—No, mi querido Bernardo, a todo el mundo, no. A los antiguos amigos no debe usted sacrificarlos nunca. ¡Ah, si su pobre padre viviera aún, seguro estoy que me dejaría las mil piezas a quince francos cada una! Me parece que lo estoy viendo… Ahí sentado donde está usted, vestido con aquel abrigo negro tan grande, que siempre llevaba encima… ¡Él sí que tenía el sentido de los negocios; y eso, o se tiene o no se tiene!… Bueno, bueno, iré a ver a su abuelo de usted a Pont-de-l’Eure y llegaremos a un acuerdo, estoy seguro. Él y yo siempre hemos acabado por entendernos.
El señor Roch deprimía mucho a Bernardo, que lo encontraba impermeable y poderoso. Cuando iba a verlo, salía siempre suspirando.
El señor Delandre, de la Casa Delandre y Compañía, describió así la dictadura de los fabricantes:
—A las tres de la tarde telefoneo a la casa de Lapoutre; les pido el precio de una pequeña diagonalina, y me dicen que 13 francos 32. Espero a que llegue mi socio y le pregunto: «¿Nos quedamos con el género?» «Sí.» Vuelvo a telefonear… Ya son 13 francos 47. ¿Por qué? ¡Porque sí!… Pero el peor autócrata de todos es ese amigo de ustedes, Pascual Bouchet. Le cita a usted para el 23 de julio a las 9 y 45. Le hacen entrar a usted en un despachito. A las 9 y 45 en punto, aparece el señor Bouchet. Si llega uno tarde, ni lo recibe. Si se llega en punto, va y dice: «Señor mío, le he asignado cuarenta y ocho piezas a 29 francos. Aquí tiene usted las muestras; le doy un cuarto de hora para escoger los dibujos.» Un cuarto de hora después, vuelve a pasar por allí y hay que tenerlo todo decidido. ¡Así está hoy el comercio! ¡Reconocerá usted que es absurdo!
El señor Perruel lo llevó inmediatamente después a casa de Cavé Hermanos, que exportaban tejidos a Túnez y Argelia.
—No nos importa el precio, señor Quesnay; lo que necesitamos es un paño pesado, que pueda sustituir el género que vendían allá los austríacos antes de la guerra, para los albornoces árabes.
—Podríamos hacerlo —dijo Bernardo—, pero tenemos ahora tanto trabajo…
—¿Ve? ¡Siempre iguales! —protestó indignado el señor Cavé—. Se lo he dicho muchas veces a su padre de usted: «En su fábrica se pasan la vida contemplándose el ombligo.»
—Por Dios, señor Cavé, ¡si eso es lo mejor que podríamos hacer! Los sabios de la India lo pasaban divinamente mirándose el suyo, según se dice.
El señor Perruel dio con el codo a su jefe. Y, una vez fuera, le sermoneó:
—Señor Quesnay, hay que tomar en serio a los clientes. Ahora no los necesita usted, pero quién sabe cómo pueden ponerse las cosas. Además (si por mi edad me admite usted un consejo), no hable tanto. En los negocios se habla siempre demasiado. El primer vendedor de la plaza de París es un inglés. Nunca dijo más que good morning y good bye. Llega con su caja: Good morning. Saca las muestras, muy despacio, ante el cliente. Si le dicen que no, vuelve a empaquetar. Si le hacen algún pedido, lo anota. No discute; no se defiende. Sabe lo que hace. Y lo más curioso: es de Montmartre y no sabe inglés. Otra cosa: siempre me está usted pidiendo que diga la verdad a los clientes. Señor Quesnay, ¡a los clientes les molesta la verdad!
—¡Por desgracia, señor Perruel, a todo el mundo le molesta la verdad!
—Créame, los clientes presumen de saber lo que traen entre manos. No hay que quitarles esa ilusión.
Lo llevó luego a almacenes más «nobles». La plaza de las Victorias, la calle Étienne-Marcel, la calle Réaumur y la calle Vivienne encuadraban la vieja ciudad de la aristocracia pañera.
Allí reinaban nobles mercaderes, de hijos atléticos y prudentes. En sus techos de roble hubiera querido Bernardo pintar la Cortesía y la Amistad sacándole una sonrisa al Comercio. Después de explorar durante toda la tarde la Ciudad del Paño, recordó haber prometido a su tío Lecourbe visitar al señor Juan Vanekem.
El despacho de este personaje era de estilo Directorio. Por una puerta entreabierta se veían otros despachos, con mecanógrafas rubias, bonitas todas ellas, y una máquina de calcular, relucientes con su barniz rojo y negro.
El señor Vanekem, muy joven, con el cabello cepillado para atrás, y de una vivacidad muy norteamericana, recibió a este Quesnay provinciano con una mezcla de buena voluntad y altanería.
—¿Me perdona usted un momento? —le dijo—. Es la hora en que reúno a mis jefes de servicio.
Hacía girar rápidamente la manivela de un pequeño teléfono interior, y daba órdenes breves con voz tajante:
—Señor Perrin, al consejo… Señor Eurand, al consejo… Señor Chichard, al consejo… Señor Meyer, al consejo…
Por las tres puertas del despacho afluyeron unos individuos con chaqueta negra, deferentes y lujosamente ataviados.
—Estadística A —llamó el señor Vanekem—. ¿Hungría?… —2.000 metros, señor. —¿Inglaterra?… —5.000 metros, señor. —¿Rumania?… ¿Ve usted? —dijo luego a Bernardo—. Sé exactamente todo lo que se vende en el día, el stock que me queda en los diferentes países y el total de mis pedidos a los fabricantes. Todo es matemático.
—Sí —pensó Bernardo con admiración—, he aquí el verdadero hombre de negocios. Es posible que acabase tomándole afición a este oficio si no tuviera que desempeñarlo en ese vulgar despacho de Pont-de-l’Eure donde disputan el señor Desmares y el señor Cantaert por una llave inglesa.
—¿Quién se ocupa —preguntó el señor Vanekem— del banato de Temesvar?
Cuando el coro de estadistas abandonó la escena, expuso Bernardo, tímidamente, la petición del señor Lecourbe. Vanekem sonrió:
—¿Que le ayude a encontrar capital para montar una fábrica de productos de tintorería? ¡Eso es como un juego de niños para mí!… ¿Cuánto necesita? ¿Dos millones?… ¡Ah, eso es más difícil…! Ya comprenderá usted que un capital de dos millones no interesa a los banqueros… Pídame diez, veinte, treinta millones, y los tendrá usted mañana… ¡En cambio, dos!… En fin, voy a ver qué puedo hacer… ¿Quiere usted cenar conmigo, señor Quesnay? Seguiremos hablando de su negocio; sólo vendrá con nosotros una amiga mía, Liliane Fontaine, una actriz poco conocida todavía, pero que tiene mucho talento.
—¡Si la conozco! —dijo Bernardo—. Fue a Pont-de-l’Eure y trabajó en Hernani. Iré con mucho gusto.
OceanofPDF.com