Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 27 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXVI

 

 

Bernardo iba a pasar la tarde con Simona, cuyo marido se hallaba ausente. Hacía varias semanas que no la había visto, ya que apenas si podía salir de la fábrica desde que la situación era tan peligrosa. Varias veces, después de haberle prometido ir a verla, había tenido que aplazar la cita a causa de inesperadas dificultades, de algún trabajo urgente que debía terminar o de los caprichos de su abuelo Aquiles, al que los acontecimientos agriaban el carácter. Se había propuesto verla el domingo, pero este día, precisamente, era el único en que a Simona le resultaba totalmente imposible quedarse libre. Le escribió ésta una carta irónica e ingeniosa y mostrándose bastante descontenta.

—¿Cómo irá a recibirme? —se preguntaba Bernardo mientras el taxi lo conducía hacia el estudio—. Comprendo muy bien su punto de vista. Tiene un marido aburrido y muy casero. Necesita un compañero de existencia que comparta sus aficiones, que salga con ella, que la lleve a los conciertos, al teatro… Lo malo es su convicción de que yo podría vivir en París y que me bastaría con desearlo. No es verdad. Una casa como la nuestra no puede administrarse bien sin vivir en ella… Claro, me respondería que una fábrica no constituye la finalidad de la vida. Quizás; pero entonces hay que decidirse. Lo que resulta de una hipocresía insoportable es aceptar los privilegios de una clase sin aceptar también sus funciones. Preferiría…

Se dio cuenta de estar hablando en voz alta en el coche. «¡Calma, hombre, calma!», se dijo, y trató de imaginarse las delicadas facciones de Simona y el sonido de su voz, que era claro y un poco velado a la vez, como las notas altas de un piano cuando se apoya suavemente el pedal.

No parecía estar demasiado enfadada. Ni siquiera aludió a las citas fallidas. Había preparado un pequeño refrigerio, muy ingenioso, que ella misma sirvió, compartiéndolo con él.

—Ahora —le dijo— quiero que poses una hora para mí. Siempre dije que haría un retrato tuyo.

—¡Qué ocurrencia! ¿Por qué ha de ser esta tarde? No se ve casi nada.

—Veo lo suficiente para dibujar.

Mientras él posaba, le describió Simona un té al que había asistido hacía poco: «Estaba la señora de Noailles… Deliciosa, créeme; dijo cosas muy interesantes sobre Barrés. Además, Jean Cocteau, los Pitoëff…»

Poseía una grandísima habilidad para imitar; no sólo reproducía la voz y los gestos, sino que improvisaba para cada personaje recitados completamente verosímiles: «Había también un poeta español; nos ha recitado unos sonetos. ¿Quieres que te recite un soneto español?»

—Pero, ¿sabes el español?

—Ni palabra, pero como nadie comprendía, resultará igual; te voy a reproducir el ambiente.

—Es verdad —dijo Bernardo cuando ella terminó—, es un magnífico poeta. Enséñame el dibujo.

—Espera aún cinco minutos. Tienes difícil la boca.

—¡Qué encantadora eres! —exclamó de repente Bernardo con evidente e ingenua sinceridad.

—¿De verdad que te lo parezco? Si me perdieras, ¿me echarías de menos?

—No te perderé.

—Bueno, pero en caso de que me perdieras, ¿te acordarías de mí? ¿Por mucho tiempo? ¿Cuánto? ¿Tres meses? No creo que llegara a tanto. Tienes muy mala memoria. Yo, en cambio, podría dibujarte dentro de treinta años, podría imitar tus gestos. En el fondo, no eres artista… No importa, te quiero tal como eres. No querría cambiar nada en ti, ni siquiera ese demonio de carácter que tienes. No intentes mirar la hora; hoy seré despiadada. Puedo volver a casa a la hora que quiera, a las cuatro de la mañana si me parece, pues estoy sola… Sí, sí, ya sé que te levantas temprano. Bueno, todo lo que puede ocurrir es que estés cansado mañana.

Lo tuvo con ella hasta el alba. En la calle Jouffroy encontraron un taxi que iba a encerrar.

—Calle de la Universidad, 24 —dijo Bernardo.

Simona vivía en el 14, pero siempre se apeaba a cierta distancia. Cuando cruzaban el Sena, Bernardo sintió un escalofrío. Simona, muy silenciosa, se acurrucaba contra él, que cerraba los ojos. El auto se detuvo. Bernardo ayudó a Simona a apearse. Era un día gris y triste. Los cajones de la basura se alineaban a lo largo de la acera. La calle estaba desierta.

—¿Hasta cuándo? —dijo Bernardo.

Ella, sacando rápidamente una carta de su bolso, se la tendió y salió corriendo. Un instante después se oía un ruidoso portazo. Bernardo permaneció un momento en la acera, extrañado, y luego, subiendo de nuevo al coche, dijo al chófer: «Estación de San Lázaro», y abrió el sobre.

«Ésta, Bernardo, es una carta de despedida, de verdadero adiós, pues no volverá usted a verme… No vaya al estudio, porque no hallará a nadie. No me escriba; no leeré sus cartas. He sufrido demasiado, y no quiero sufrir más. No creo que haya comprendido usted hasta qué punto lo he amado. Tengo yo un poco de culpa; como me horroriza el melodrama y el énfasis, me ponía a bromear cuando me sentía demasiado desgraciada. Lo terrible en usted es que no tiene dónde sujetarse. Su verdadera vida está ausente mientras está usted conmigo; esto no lo puedo soportar. A pesar de todo, le quiero. Le quiero a usted por razones que le sorprenderían mucho. Le quiero porque sus espaldas se parecen a las de las estatuas egipcias, porque es usted ingenuo y joven, incluso en esos escrúpulos que me parecen tan estúpidos. Le quiero por las frases tan bonitas que me ha dicho sobre mi belleza, frases que habrá usted olvidado ya, pero que yo recordaré durante toda mi vida. Te amo porque el placer te sienta bien. Podría amar hasta su frialdad, pero lo que me exaspera, lo que me separa de usted, es cuando quiere convencerse —y convencer a los demás— de que son virtudes esa frialdad de sentimientos y esa devoción por su oficio. Lo único que ocurre, querido, es que son innatas en usted. Se complace en decirse a sí mismo: he nacido para ser un filósofo ocioso, y cree usted estar ejerciendo toda esa actividad industrial como un martirio. No es verdad. En el fondo, le encanta. Nació usted para ello. Me hizo una semblanza de su abuelo; no tardará usted mucho en ser como él. Créame, soy muy clarividente tratándose de usted. Esa abnegación suya es una forma de egoísmo, aunque con un nombre más bonito.

»Tenía interés en decirle todo esto porque admito que sea usted tal como es, pero no que juegue a dos barajas. Mucho más adelante, si no me ha olvidado usted por completo (contigo no sabe una nunca a qué atenerse; es posible que ocurra así), quizás empiece a comprender que ha desperdiciado un gran amor y que, al fin y al cabo, es una lástima. Se casará con una jovencita de por allá. Será horriblemente desgraciada. Quizás se dé menos cuenta de ello que otras mujeres, por desconocer a qué sabe la dicha. Tardaré muchísimo en hacerme a esta separación, pero más vale una añoranza que se extingue lentamente que esta vida de duda, espera y decepciones que he llevado desde que lo conozco a usted. Adiós, queridísimo mío; me alegro de haber tenido este valor; sólo te he amado a ti; te amo.»

Bernardo leyó tres veces la carta, y se encontró frente a su hotel. Subió a su cuarto, se tendió en la cama sin desnudarse y lloró un poco. Luego, se durmió. Soñó que cruzaba una sala de tejido y que se le acercaba una obrera. Ésta le enseñó un número de la Illustration que contenía reproducciones de cuadros. «Mire usted, señor Bernardo, le he hecho a usted este retrato y no han querido publicárselo porque no soy más que una obrera.» Bernardo miró el dibujo y le pareció muy bueno; su rostro resultaba rudo y benévolo a la vez. Así era como él solía verse a sí mismo. «Es natural —pensó—; si este retrato lo hubiera realizado Francisca o Simona, lo admitiría toda la gente, pero como es de una obrera, lo han rechazado. —No se preocupe —le dijo a la mujer—, escribiré al Presidente de la República.» Y, esperanzada, volvió al telar.

 

Se despertó a las ocho. Cuando salió del hotel hacía un tiempo despejado y frío; las gentes andaban de prisa, contentas. Bernardo sintió el impulso de actuar, de trabajar, y notó de pronto cómo bullía en él la vida. «¿Cómo es posible que me sienta así?», se dijo. «Tengo una pena intensa, adoro a Simona, mi vida ha perdido todo su significado…» Largas pandillas de muchachas salían de la estación de San Lázaro; las contempló con agrado: algunas de ellas corrían torpemente, pero con gracia. Él también salió en dirección a la ciudad, con paso seco y decidido. A las nueve en punto llegaba a casa del señor Roch.

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