Bernardo Quesnay
Capítulo XVII
Simona Beix había compadecido mucho a Bernardo al comienzo de la huelga. Le había dicho por carta que se imaginaba sus preocupaciones, que lo amaba sinceramente y que pensaba en él. Bernardo respondió con dos líneas en un papelito, con un tono de general que garrapatea un parte en plena batalla. Luego olvidó por completo la existencia de su querida. La emoción de aquella lucha lo hacía incapaz de sentir otras. Dedicado, en cuerpo y alma, a la búsqueda de los medios con que vencer a Renaudin, no cultivaba los necesarios para retener a Simona. Ésta confiaba en que fuera a verla a París, aunque sólo fuese entre un tren y el siguiente.
Al cabo de diez días, sintióse herida por tanta indiferencia y Bernardo recibió una carta de cierta ironía: «No acabo de entenderlo bien, querido mío. Cuando tu fábrica funcionaba, no podías salir de ahí porque funcionaba; y ahora, porque no funciona. ¿Por qué no te declaras tú también en huelga? Te veo sentado sobre un montón de máquinas destrozadas… Bernardo Quesnay sobre las ruinas de Pont-de-l’Eure… O, a lo mejor, subido a un hito, conquistando con tu elocuencia a las masas obreras y conduciéndolas al trabajo. No, no tendrás éxito como orador popular. Creo que te falta un poco de ductilidad, de abandono. Eres demasiado natural para parecerlo. En serio, querido, ¿qué haces? Es preciso que vengas a París el martes. Estaré libre, completamente libre… Puedo ir a buscarte a la estación y pasar el día entero contigo. Telegrafíame al estudio la hora de tu llegada.»
Bernardo, al leer aquello, se dijo: «Y, ¿por qué no?» Era verdad, no hacía nada. Durante los primeros días, había ocupado varias horas en adoptar las medidas necesarias para conservar en buen estado las piezas, para concertar ciertas expediciones. Los clientes, que desconocían aquella huelga, habían seguido escribiendo. Hubo que contestarles. Al cabo de una semana, la correspondencia fue disminuyendo hasta desaparecer totalmente. Pero las costumbres de los Quesnay ejercían tal dominio sobre ellos, que seguían yendo al despacho a las ocho de la mañana. Allí se estaban hasta la hora del almuerzo; volvían, puntuales, a las dos y no se marchaban hasta la caída de la tarde. Estos días, tan largos, transcurrían en interminables y vanas conversaciones; el señor Lecourbe edificaba sus teorías sobre los salarios; Bernardo exteriorizaba una violencia de sentimientos que su abuelo ridiculizaba con un gruñido. Hallaban cierto encanto en esta angustiada pereza. Se parecía a la pereza que se da en la guerra. Como buenos soldados de centinela en una posición poco peligrosa, pero honrosa todavía, los Quesnay sólo podían sentirse en paz con su exigente conciencia negándose el derecho a abandonar su puesto. Permanecían a la cabecera de esta fábrica moribunda como a la de un enfermo que ya no puede hablar, cuya familia espera —con una mezcla de impaciencia, tristeza y compasión — oírle exhalar el último suspiro, y los parientes menos cercanos — fastidiados— hablan a media voz en la habitación contigua, sabiendo perfectamente que su presencia es inútil, pero que no está bien marcharse.
A veces, una visita de Pascual Bouchet, del alcalde, o del comisario, amenizaba un instante la monotonía de las horas. Al principio, trataron de leer Bernardo y Antonio, pero el abuelo Aquiles les dijo con tal retintín: «¡Libros en el despacho!» que hubieron de renunciar a ello. El carácter sagrado de aquel lugar se les aparecía con mayor relieve en los tiempos difíciles.
Bernardo se guardó en el bolsillo la carta de Simona sin dejar traslucir sus sentimientos. Poco después murmuró con fingida indiferencia: «Quizás vaya a París el martes…» Ni su abuelo, ni el señor Lecourbe, ni Antonio le respondieron; los tres estaban mirando con melancólica atención el paño azul que cubría las paredes. Bernardo hubiera debido limitarse a aquellas palabras, pero un oscuro sentimiento de culpabilidad le hizo continuar: «En realidad, aquí no hay nada que hacer.» Entonces, Aquiles Quesnay, elevando sus cejas espesas y enmarañadas, dijo: «Siempre hay algo que hacer», y Bernardo comprendió en seguida lo indigno de su proyecto. Era vergonzoso pensar en sus placeres en medio de las desdichas de la patria. Llevó muy a mal a Simona el haber sido causa de semejante falta de tacto.
A mediodía, le envió un telegrama: «Imposible abandonar fábrica. Lo siento. Tuyo, Bernardo.» A eso de las cinco, entró un chico de Telégrafos en el despacho de los Quesnay y preguntó por Bernardo. Éste leyó: «Señor, sois rey; aunque llore yo, os quedáis ahí. Berenice.» Con gesto de impaciencia, arrugó el telegrama y se lo metió en el bolsillo. Los otros tres lo miraron con aire de interrogación y reproche. Los Quesnay no admitían que se recibieran telegramas en el despacho sin hablar de su contenido. Pensó: «Desde luego, no iré.»
Cuando llevó su negativa a Correos, la encargada de Pont-de-l’Eure sonrió; seguía con interés los amores del señor Quesnay y se había preguntado varias veces, desde por la mañana temprano, si cedería éste o no, pero había perdido el hilo cuando Berenice —otra mujer— había entrado en la trama.
No pesó a Bernardo el haberse quedado, pues el martes tuvo lugar un pequeño drama. Hacia las diez de la mañana, el señor Cantaert llegó al despacho, muy conmovido, enjugándose el sudor de la frente y jadeando, pues era muy grueso y había corrido.
—¡Señor Aquiles! —exclamó—. ¡Un muerto!
Todos se levantaron.
—¿Cómo? ¿Un muerto? —dijo Bernardo.
—En la hilatura que está a orillas del río… Es el viejo Leroy; lo han matado.
—Pero, ¿quién? ¿Los huelguistas?
—Sí, señor… Ese Renaudin.
Lo explicó. En aquella hilatura, antiguo edificio de estilo Luis XV a cuyos muros se apoyaban los rosales, quedaban aún algunos telares movidos a mano. Cantaert quiso utilizarlos con objeto de fabricar con ellos las muestras necesarias para preparar la temporada siguiente. Había antiguos tejedores retirados y los había reclutado. Los tejedores a mano pertenecían a una época en que se desconocían los sindicatos y las huelgas. Acudieron con entusiasmo. Los vigilaba el tío Leroy, el viejo a quien Aquiles Quesnay salvara del suicidio. Renaudin estuvo quince días sin saber nada de aquello. La fábrica, movida a vapor, estaba parada, y nadie pensaba en los telares a mano; ¿cómo inquietarse por una chimenea que no despedía humo? Luego, probablemente, los delató el ruido de los telares, o quizás un espía. De pronto, aquel martes por la mañana, una multitud compuesta por mil quinientos huelguistas había cercado la hilatura, gritando «¡Abajo los esquiroles!» y rompiendo los cristales a pedradas. Los viejos, estupefactos, pararon los telares y trataron de salir. Al verlos aparecer, los huelguistas los acogieron con una borrasca de injurias y silbidos. En aquel momento, se desplomó el viejo Leroy. Como esto pasó inadvertido, la gritería no se interrumpió durante un rato. Luego, al verlo inmóvil, y a sus compañeros inclinados sobre él, se asustaron los manifestantes y dejaron de vociferar. El conserje se atrevió a acercarse y dijo con estupor: «Pero… si está muerto…» Las primeras filas lo habían oído y, como una bandada de cuervos espantados, se alejaron de este cadáver a todo correr.
—¿Lo ha visto usted? ¿Está usted seguro de que estaba muerto? — preguntó Aquiles Quesnay, que desconfiaba de todas las informaciones indirectas.
—Completamente seguro, señor Aquiles. Además, he mandado venir al médico.
—Un muerto —dijo Bernardo—. Esto se pone grave. Lo que es esta vez, ese Renaudin…
—¿Renaudin? —le interrumpió su abuelo—. Es muy probable que Renaudin no tenga nada que ver con eso. Además, no comprendo esta historia. ¿De qué ha muerto Leroy? ¿Le ha puesto la mano encima alguno de los manifestantes?
—No, señor, no. Estaba a diez metros de aquella gente.
—Entonces, le han disparado —dijo Bernardo.
—¡Disparar! —exclamó el viejo Quesnay—. ¿Le tiraron, Cantaert?
—No, señor, claro que no. Ha debido morir de un ataque al corazón.
—No deja de ser cierto —dijo Bernardo— que esa emoción ha sido la causa inmediata de su muerte… Es Renaudin quien lo ha matado… Hay que gritarlo a los cuatro vientos y anunciarlo en letreros en todos los muros de Pont-de-l’Eure.
—Lo que puedes hacer es ir a ver qué ha pasado —le dijo su abuelo.
Bernado fue allá. A través de la verja de la hilatura, vio cómo abrochaba una camisa el doctor Guerin. Se acercó y miró el rostro del muerto. Era un buen viejo de bigote y perilla blanca. En un árbol, cantó un pájaro. Bernardo, impresionado, se destocó.
—¿De qué ha muerto este hombre, doctor?
—No sé, amigo mío. No lo conocía… No encuentro herida alguna, ni contusión. Supongo que ha sido un accidente cardíaco.
Llegó el comisario de policía y preguntó si era preciso telefonear a Evreux para que acudiera un juez de instrucción.
—¿Por qué? —dijo el doctor—. No se trata de un asesinato… Háganlo llevar al hospital; voy a hacer la autopsia.
Por la tarde, fue Bernardo a informarse del resultado; conservaba todavía una vaga esperanza de poder probar la culpabilidad de Renaudin.
—Bueno, doctor, ¿qué hay de eso?
El doctor Guerin se frotó las manos con aire de coleccionista que acaba de hacer un excelente hallazgo.
—Una magnífica angina de la coronaria —dijo con satisfacción.
Bernardo vio al salir que los muros del hospital estaban cubiertos de grandes pasquines rojos. Se acercó y leyó un titular en letras de enorme tamaño:
¡UNA VÍCTIMA DE LOS PATRONOS!
LA RAPACIDAD PATRONAL HA CAUSADO POR FIN UNA VÍCTIMA. UN DESGRACIADO OCTOGENARIO…
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