Bernardo Quesnay
Capítulo XXII
Estaba citado a las cinco con Simona, en un estudio que ésta había alquilado y donde solía recibirlo. A mediodía lo llamaron por teléfono desde Pont-de-l’Eure para decirle que el señor Roch deseaba verlo y lo esperaba a las cinco en punto.
—Eso sí que no —pensó Bernardo—; Roch me está fastidiando. Ya lo visité esta mañana. ¿Qué puede querer ahora? No iré… o, si acaso, iré mañana. Pero mañana me esperan en la fábrica y le he prometido al señor Cantaert ir a ver con él a ese ingeniero de las calderas. Aunque es verdad que el señor Roch nos interesa mucho… (¡Cómo me revientas —le dijo su otro yo—; me estropeas todos mis placeres!)… A lo mejor estará libre Simona un poco antes. Ésa sería la solución.
A las tres y media llamó a la puerta del estudio. Abrió ella y le dijo: «¡Cómo te agradezco que hayas venido tan temprano!» y se puso muy contenta y animada. En un caballete había una silueta de mujer rubia, vestida de negro y con una cintura estrecha surcada de rayas rojas y de azul vivo.
—¡Qué bonito vestido! —exclamó Bernardo.
—Me alegro de oírtelo; más que a la mujer, quise pintar el vestido. Llevo una temporada loca por las telas y por los sombreros. Creo que hay en esto toda una poesía no expresada aún por nadie. Incluso me he entretenido pintando escaparates del bulevar; mira…
—Sí, es estupendo —dijo Bernardo con sinceridad—. Pero, ¿no temes que parezcan ilustraciones de modas?
—Querido mío, salvando las distancias, es como si le hubieras preguntado a Monet: «¿No teme usted que la catedral de Chartres resulte “tarjeta postal”?» Nunca hay que asustarse de la vulgaridad de un tema si le conmueve a uno verdaderamente. ¿Crees que antes de Berta Morisot y Monet se habría atrevido nadie a pintar los objetos caseros, los bancos de los jardines, las locomotoras…? Cuando ve una por primera vez unos Utrillo, se dice: «Qué idea tan extraña; esto no tiene belleza.» Luego, de repente, yendo por los arrabales de París, le encanta una escuela, un hospital, un café… y se comenta: «¡Caramba un Utrillo…!» Tú, que eres normando, ¿no has visto en el museo de Ruán ese magnífico lienzo de Blanche en el que se representa un almacén de Londres?
—Lo que me gusta de tu talento —dijo Bernardo— es que pintas con mucha honradez. No conozco los términos técnicos, pero quiero decir que tu pintura no está hecha a golpes, no es voluntariamente brutal. En la naturaleza, las transiciones me parecen siempre suaves y creo que muchos pintores (a veces los más grandes) se niegan a verlo para resultar más vigorosos. ¿Comprendes lo que quiero decir?
—Muy bien. Soy, como tú, muy sensible a la tersura de las cosas… Pero hay que tener cuidado, pues existen dos clases de tersura, la de Vermeer o de los grandes italianos, que cubre un relieve expresado ya, y que es auténtica, y luego la de Bourguereau o la de Cabanel, que es una pintura tersa porque es plana… Yo me esfuerzo en hacerlo lo mejor posible… Mira, estoy bastante satisfecha de los hombros de esta mujer…
Bernardo, que estaba detrás de ella, apoyó los labios delicadamente en su nuca y, desabrochándole la blusa, dejó al descubierto los hombros rayado cada uno por una cinta color «parma».
—Querida, cómo me gustas…
Media hora más tarde, Bernardo libró suavemente su brazo de la cabeza de Simona, que reposaba en él, y elevando la muñeca por encima del cuerpo de su amante, la giró levemente. Ella abrió los ojos.
—¿Ya estás mirando la hora?
—Sí —dijo Bernardo un poco avergonzado—; no me había atrevido a decírtelo, pero he de marcharme antes.
—Hace tiempo que lo sabía… Llegó usted a las tres y media. Bueno, y ¿a qué me sacrificará usted esta tarde?
Se lo explicó con toda exactitud.
—Y, ¿no podía usted haber dejado a ese Roch para mañana? ¿Siempre me ha de tocar a mí quedar en segundo lugar? ¡Ah, qué odioso sabe usted hacerse a veces! Tenga cuidado, Bernardito, que esto se va a romper el día menos pensado. No se lo pienso anunciar con tiempo, sino que recibirá usted una carta y se acabó.
—Eso probará que no me ama usted.
—Claro que no le amo. Esto es una comedia bien representada, y nada más. Me pasaré muy bien sin usted. Y, ¿por qué iba a quererlo? No es usted amable, ni divertido, ni me presta atención. Conozco cien hombres más seductores que usted. Si no lo hubiera conocido durante la guerra —en un momento en que necesitaba yo amor y en que era usted muy distinto— francamente, no me habría fijado en usted.
Bernardo la miró, un poco inquieto. Los Quesnay no comprendían bien la ironía. Simona se divirtió un instante viéndole tan sorprendido, y, luego, apelotonándose entre sus brazos, le dijo:
—Sí, hombre, sí te quiero.
El señor Roch esperó inútilmente aquella tarde. Pero Bernardo, cuando tomó el tren de Pont-de-l’Eure en la estación de San Lázaro, sintióse muy descontento de sí mismo. «Eso no volverá a suceder», pensaba.
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