Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 12 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XI

 

 

Simona Beix había alquilado por tres meses, en pleno país vasco —en un pueblecito que aún no había sido «descubierto» por el turismo— una antigua casa cuyos balcones eran de madera labrada. Su marido, aficionado a las salas de juego, se cansó en seguida de aquella soledad. A principios de septiembre, fue allí Bernardo para pasar diez días, y se alojó en la posada.

Todas las mañanas, a las once, iba a buscar a su querida en su casa. El mar estaba cerca. Simona dejaba tostar al sol —en un reducido maillot— su fino cuerpo, que adquiría así bellas tonalidades de cerámica etrusca. Tendido junto a ella en la arena, Bernardo —medio desnudo también— lo olvidaba todo menos la dulzura de acariciar, bajo el quitasol chino, un seno duro y pequeño. Hacia el mediodía, entraban en el agua. Bernardo nadaba bien; Simona lo hacía con mejor estilo. Almorzaban al borde de las rocas, en una hostería negra y ocre de amplios tejados asimétricos; luego, buscaba Simona un paisaje que pintar y Bernardo la miraba trabajar. Cuando regresaban, los carros tirados por bueyes volvían también —lentamente— hacia las granjas. Las sombras alargadas modelaban con más fuerza las henchidas curvas de las colinas.

Tres días duró la dicha de Bernardo. A la cuarta mañana, levantóse temprano, con una sensación de impaciencia y ansiedad.

A las ocho, un cartero con boina le entregó una carta de Antonio: «No tenemos suerte, querido; hasta que te hayas marchado para que empiecen las dificultades. Siempre igual: la carestía de la vida. Ayer vinieron varios obreros protestando contra los nuevos jornales. Al recorrer las salas, sólo veo caras descontentas. Desmares me dice que individuos tan buenos como Heurtematte se le han quejado de manera violenta. Lo peor es que le había prometido a Francisca salir fuera este fin de semana y ya no me será posible. El abuelo no quiere ni oírme hablar de ello, con las amenazas de huelgas que hay en el horizonte, y esto ha decepcionado mucho a la pobre Francisca. ¡Qué asco de vida! Sobre todo, no vayas a acortar tus vacaciones por lo que te digo, pero nos dará una alegría tenerte de nuevo entre nosotros.»

Se guardó la carta en el bolsillo y se dedicó a pasear arriba y abajo por la carretera, entre la posada y el frontón del pueblo. «Estoy dando vueltas como un león enjaulado», se dijo. Qué fastidio estar tan lejos. Quizás podría haber creado un movimiento de opinión entre los obreros hablando con Heurtematte o con Ricard. A él le hacían más caso que a Antonio. No sabía por qué, pero así era… ¿Qué podía hacer desde aquel pueblo? Sentarse en la playa a los pies de una mujer… Miró con fastidio el bonito paisaje vasco; colinas verdes por doquier. Tuvo la impresión de que su espíritu encerraba un resorte comprimido que trataba en vano de soltarse. Se desperezó, bostezó y miró su reloj; eran sólo las diez.

Cuando pudo ya ir a casa de Simona y bajó ésta a abrir, sintióse más satisfecho de sí mismo. Llevaba ella un vestido de organdí rosa con un cuellecito «quaker» blanco, puños blancos y un cinturón de cuero también blanco: «Qué bonita es», pensó Bernardo, vencido ya, «y hay en ella algo tan claro, tan enérgico…»

Fue al garaje para sacar el pequeño auto. Se complació —con placer metódico e intenso— en manejar los cambios de velocidad, silenciosos y bien engrasados.

Tendido en la cálida arena, volvió a pensar en la fábrica: «Es curioso; me invaden otra vez sensaciones de cuando la guerra: estaba uno de permiso en París; se salía de una velada agradable y, al comprar el periódico, leía uno en el parte que la situación había empeorado en el sector. Esto le envenenaba a uno toda la alegría que podía haber tenido… Lo que haría falta sería hablar con Laglois, el secretario de esa gente… Le podríamos demostrar… Sí…» Esta última palabra la dijo en voz alta, distraído, contestando a una pregunta de Simona, pregunta que no había oído.

Ella lo miró con sorpresa.

Después del almuerzo, mientras que Simona pintaba, parecía Bernardo estar sumido en una larga y profunda ensoñación. Luego se puso en pie, se acercó a ver lo que hacía ella, alejóse unos cuantos pasos y volvió a acercarse.

—¿Qué te pasa? —dijo Simona.

—¿A mí? Nada, mujer.

—Sí, sí. ¡Qué nervioso estás hoy! ¿Has recibido carta de tu hermano? Huele algo a podrido en el reino de Pont-de-l’Eure.

—Sí, es verdad. ¡Qué bien me conoces!

—Eres tan transparente, querido. De cuantos seres conozco, eres el que menos sabe disimular su fastidio. Por otra parte, resulta simpático. Es tu «faceta» de niño… Bueno, ¿qué quieren? ¿Te reclaman?

—No, en absoluto; pero tienen dificultades y me pregunto hasta qué punto tengo derecho a…

—¡Eres terrible! —dijo Simona con cierto apasionamiento—. Sí, sí, terrible, te lo aseguro… Te preguntas si tienes derecho a pasar diez días con tu querida, ¿sabes? Es casi increíble.

—No, mujer; esto es cosa corriente hoy en todos los hombres. También tu marido está ocupadísimo.

—A mi marido no lo quiero, y me da igual lo que haga… Además, no se trata de eso. Admito perfectamente que un hombre esté muy ocupado… Es más, lo admiro… Pero necesito tener la sensación de que yo también ocupo un lugar en tu espíritu. Contigo, sé muy bien que el acontecimiento más insignificante de tu fábrica puede más que lo más importante de nuestro amor. Reconocerás que resulta triste y humillante… Cuando se me ocurrió telefonearte a Pont-de-l’Eure… si pudieras oír ahora el tono exasperado con que me respondiste por miedo a escandalizar a tu abuelo o al empleado que estuviera junto a ti. Lo que te reprocho es la vergüenza que te da tu propia ternura… ¿Comprendes?

—Comprendo —dijo Bernardo, sorprendido—, pero creo que te equivocas. Haces un retrato de mí ridículo e inexacto Yo mismo me digo lo que tú acabas de expresar, y mi fábrica también me harta.

—No, querido mío; es que te lo crees… Lo que haces no te aburre nunca con tal de poder actuar, dar órdenes; en fin, con tal de creerte útil. Durante la guerra, todos tus camaradas me decían que eras un oficial

modelo. Tienes una «faceta» [5] Simón el Patético, una faceta de buen alumno, eres «honrado». Eso no es un crimen, pero sí un fastidio… Si, por lo menos, tuvieras esa misma conciencia respecto a nuestro amor…

—Es que en amor no necesito conciencia. Te amo de un modo natural, sin esfuerzo.

Simona puso a un lado los pinceles, se levantó y fue a sentarse a los pies de Bernardo, en el césped.

—Nada se consigue sin esfuerzo —dijo—. Por mi parte, intento convertir en una pequeña obra maestra cada momento de mi vida. Quiero que el encuentro matinal sea bello, que mi vestido vaya con el tiempo y con la hora, que la última frase pronunciada por la noche constituya un buen «fin de acto», un buen «telón». Y guardo rencor a mi pareja si me estropea mis efectismos… Siempre fue así… Recuerdo que cuando tenía quince años (era muy bonita a los quince años) tenía un primito que estaba enamorado de mí. Una noche —con un cielo magnífico— estando los dos en el balcón de casa de sus padres (bulevar Maillot) me dijo que me amaba. Los árboles del bosque temblaban a la luz de la luna. Aquello estaba muy bien… Entonces, pensé: «Para que todo sea perfecto, es preciso que me envíe mañana unas rosas blancas.» Y, como sabía que no lo iba a hacer, se lo dije… Cuando las recibí, me proporcionaron tanto placer como si no hubiera sido idea mía el hacérselas enviar… Tus rosas, querido, no me llegan nunca.

—Dime que te las mande.

—Si te lo estoy diciendo. Estas vacaciones aquí, en Cambo… Es la primera vez que paso diez días contigo. Soy muy, muy ambiciosa. Quiero que resulte tan hermoso como las grandes citas románticas… Sí, hombre, es posible… Pero necesito tu ayuda. Olvida tus telares, tus clientes y tu abuelo durante diez días… Anda, dime que esto no significa nada para ti; total, diez días con una mujer como yo, que se esfuerza en serte agradable… ¡Vamos, dígame usted algo!

—¿Me hablas de usted de pronto? ¿Te has enfadado?

—No; qué disparate. Sólo que me gusta variar; no hay que abusar del tuteo. ¡Es tan agradable que no pierda, con el uso, su encanto!

Apoyó la barbilla en la mano y murmuró:

—«El suave tuteo, suave como un pie desnudo…»

—¿De quién es eso?

—De Paúl Drouot, claro está… ¿No conoce usted nada de él? Bernardo, tiene usted que leer Eurydice; es admirable. Ahí tiene usted un hombre que era un amante de verdad.

—¿Por qué me dice usted eso en tono de desafío? ¿Acaso no soy yo un verdadero amante?

Simona lo miró con melancolía un momento. A la izquierda de ellos se extendía una especie de arenal cubierto de heléchos y brezos; a la derecha, un bosquecillo de encinas bajas y ahorquilladas.

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