Bernardo Quesnay
Capítulo XXV
El señor Lecourbe y su sobrino Bernardo se encontraron con Pascual Bouchet al tomar el tren de París. El sol matinal hacía brillar los tejados blanquecinos; una bruma rojiza envolvía los árboles con ese ligero vaho característico de los paisajes de Turner.
Lecourbe, deprimido, habló de «la situación».
—Es espantoso. Las mejores casas peligran… ¿Sabe usted que Cavé ha convocado a sus acreedores? Les pide que esperen cinco años; tiene treinta millones en stocks. ¡Una casa que data de 1805! ¡Un hombre que no encontraba nunca cuellos duros lo bastante altos para él!… Y también hablan de Roch y de Loceron. Pero, ¿de quién no se habla? Mi primo Vanekem, un muchacho que no tenía un céntimo antes de la guerra, y que luego ha ganado una fortuna, estoy viendo que se queda otra vez con los bolsillos vacíos, por imbécil. En fin, por lo menos tengo la satisfacción de haberlo juzgado en su justa medida… ¿Qué quiere usted que le diga? Todo el mundo ha tirado demasiado de la cuerda, hasta que se ha roto. Hasta cierto punto y en cierta medida, había que esperar lo ocurrido.
—No se ha roto —dijo el señor Bouchet—. Esta Europa de la postguerra es más bien como una cuerda de violín que se estira con excesiva brusquedad; se pone a vibrar. Ahora presenciamos sólo la primera oscilación; por espacio de veinte años veremos una serie de altibajos de amplitud decreciente. Luego, volverá a quedar todo en calma hasta la próxima sacudida. Todo puede arreglarse.
—Nada se podrá arreglar —dijo el señor Lecourbe—. El paro engendra más paro. El único consumidor es el obrero, y no gana. El campesino tiene dinero, pero el campo nunca compra; sólo atesora. Vamos al desastre. Los economistas más notables han predicho una catástrofe mundial. Además, esto ocurre siempre después de todas las grandes guerras: en 1817, en 1876…
—El mundo no se ha acabado todavía —replicó Pascual Bouchet—. Ahora se produce muy poco. La fábrica de ustedes sólo funciona a medias, y lo mismo la mía. Pronto aumentará la demanda. Todavía hay gente que se viste.
A través del cristal de la ventanilla, contemplaba Bernardo la inmensa llanura que cruzaban lentamente un hombre y un caballo. Le infundía confianza escuchar las lamentaciones del señor Lecourbe, infalible en el error.
—Vivimos en una triste época —dijo Lecourbe con acento trágico.
—¿Triste época? —protestó Bouchet—. No estoy de acuerdo con usted; estos tiempos me parecen admirables. Antes de la guerra, no podía abrirse paso el hombre de negocios genial. Hoy, en cambio, para sostenerse se necesita inteligencia y sangre fría. ¿Vivimos en plena tempestad? Muy bien, pero sabemos nadar. ¿Estamos en una hondonada? Esto prueba que volveremos a elevarnos… Los imbéciles venden cuando todo baja y compran cuando todo sube; luego les asombra verse arruinados… Mire, amigo Bernardo, es usted joven y tiene facultades; le voy a proporcionar el secreto de la fortuna… Haga lo contrario de sus compañeros… Como la mayoría de los hombres son imbéciles, puede usted tener la seguridad de haber operado bien.
Estaban llegando. Ya se erguían las casas de cinco pisos, aisladas en los campos pelados, como piedras que esperan a ser utilizadas en la construcción de una ciudad de nueva planta. Cézanne sucedía a Watteau. Bajo el sol de junio, algunos rincones arrabaleros —de horrible belleza— proyectaban sombras angulosas y duras. La estación de Asnières, importante y ridicula, enmarcó al tren con sus andenes desmesurados.
—Vamos —dijo Pascual Bouchet—. Hemos llegado. Volveremos a ver a estos buenos clientes.
—Es necesario… —dijo Lecourbe, mientras se arreglaba un poco—, es necesario que se estabilice la situación en un sentido o en otro.
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