Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 19 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XVIII

 

 

Al día siguiente por la mañana, telefonearon a Pascual Bouchet que el Prefecto deseaba verlo.

El prefecto, señor Caumont, gran artista en lo administrativo y gran conocedor de los hombres, estaba dispuesto, desde varios días antes, a ofrecer su mediación. Pero, así como los obispos ingleses esperan a que baje el barómetro antes de ordenar las rogativas para la lluvia, así había esperado él, para intervenir, a que la tormenta hubiera producido sus bienhechores efectos.

Sólo el cambio puede sostener el entusiasmo; y a esto se debe el que sea tan difícil el oficio de agitador. En tiempos de guerra, los jefes de gobierno tienen a mano mil atracciones momentáneas para atizar el cebo de sus pueblos: entrada en escena de nuevos aliados, pequeños ataques, notas diplomáticas. También Renaudin hacía por su parte cuanto podía para mantener la exaltación de sus tropas. Pero no le era tan fácil. A veces, bastaban las canciones y las manifestaciones. La Internacional les gustaba; luego se cansaron de ella. A falta de otra cosa, se pusieron a cantar «¡Vivan los estudiantes, madre mía!», y, cuando ya no quedó otra cosa, La Madelon. Aquellos cuantos días de reposo físico y de violencia verbal les calmaron bastante los nervios. La vehemente elocuencia de los oradores llegados de París desagradó a las masas tranquilas de Pont-de-l’Eure. Los obreros deseaban verse otra vez en los telares y los patronos en su despacho. Lo único que hacía falta era «salvar la cara».

Y ésta era precisamente la admirable especialidad del señor Prefecto del Eure. Una larga experiencia le había enseñado los saludables efectos de una elocuencia «seria». Si dos grupos se hallaban enfrentados y creían odiarse, al verse colocados por aquel orador inimitable en presencia del fondo común de la humanidad, habían de reconocer que al fin eran hombres y que sus nervios vibraban movidos por la misma llamada.

El señor Prefecto, después de reunir alrededor de una mesa en herradura a los patronos —a su derecha— y los obreros —a su izquierda—, pronunció un breve discurso «del trono». «No siendo sino un simple administrador, sin competencia técnica, se guardaría bien de entrar en el fondo de la cuestión. Si creyó deber intervenir, fue sólo en consideración a las víctimas inocentes causadas por un conflicto entre intereses igualmente respetables; numerosas madres y sus hijos (vivos rumores de aprobación entre los obreros) se hallarían pronto expuestos a los horrores del hambre… En un momento en que nuestro país, tan postrado ya por crueles pérdidas (fuertes rumores de aprobación entre los patronos), necesitaba la cooperación de todas las fuerzas vivas patronales…, era indudable que el respeto hacia esos deberes sagrados pospondría, en todos los espíritus, los impulsos de la violencia (entusiasta aprobación unánime)».

Sin embargo, quedaba por resolver el verdadero problema, esto es, el de los fogoneros. Renaudin, que había dicho: «El quince por ciento, o nada…» quería batirse en retirada, pero no podía. Pascual Bouchet había sentenciado: «Quod dixi, dixi…», y deseaba ahora conceder el siete o el ocho por ciento, pero no sabía cómo hacerlo sin caer en el ridículo. Y es que ninguno de estos dos «líderes» estaba acostumbrado al parlamentarismo. En cambio, para el prefecto Caumont aquello era cosa de juego. Los jornales que unos querían obtener y los otros no podían consentir, los concedió él sin concederlos, los negó sin negarlos. Los negó como jornales, pero los concedió como «primas». Los negó sin herir la susceptilidad del obrero; los concedió sin debilitar la autoridad patronal. Los negó a la vez que alababa la moderación proletaria; los concedió exaltando al mismo tiempo la buena voluntad burguesa.

El proyecto efectuó, naturalmente, varios viajes de patronos a obreros y de obreros a patronos; igual que viaja el presupuesto entre la Cámara y el Senado, sabiendo todo el mundo desde el comienzo de la ceremonia que, después de algunos remilgos de vieja púdica y ofendida, aceptará la Alta Asamblea una «fórmula de transacción».

En un breve discurso final, el señor Prefecto felicitó a los industriales por su iniciativa fecunda y generosa, y a los obreros por su inteligente comprensión de los problemas corporativos.

Alrededor de la mesa menudearon los abrazos y los apretones de manos. Renaudin, muy sonriente, estrechó la mano del señor Bouchet, diciéndole:

—No se guardan rencores.

—Seamos amigos, Cinna —respondió Pascual Bouchet.

 

Los obreros se reintegraron al trabajo al día siguiente, dichosos de reanudar su vida habitual después de aquellas vacaciones.

Se había firmado la paz, y los trabajadores volvían con la mano abierta. Este candor desarmó a Bernardo. Le costaba mucho creer fuesen aquellos hombres los mismos que, la víspera, aullaban ante la fábrica muerta. Interrogó a los que él había considerado, hasta la huelga, como verdaderos amigos, los que se habían hecho acreedores a su estimación y cuya confianza creía merecer.

—Bueno, y usted, Heurtematte, ¿por qué nos abandonó al segundo día? Nos conoce usted de sobra para saber que no somos capaces de obligar a trabajar a unos niños ni de arriesgarnos a que salte la fábrica hecha pedazos. ¿Eh?

—¿Yo, señor Bernardo? ¡Si yo no he creído esos infundios…! Sólo que, como es natural, tampoco quería que me tomarán los camaradas por un juanlanas.

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