Bernardo Quesnay
Capítulo XXIX
—Señor Desmares, dígale usted al jefe de tintorería que estoy harto… Ya llevamos diez piezas rechazadas en los Estados Unidos, porque el color pierde.
—No es culpa mía, señor Quesnay. Los tintes no sirven ahora para nada. Es imposible conseguir los tonos gris-rosa y los beige.
—No tengo que ver con eso; no soy tintorero. Yo sólo he de juzgar los resultados. Señor Leclerc, esta mañana he recibido una queja de un cliente rumano por los defectos en el tejido de sus gabardinas. Le he dicho a usted que no tolero más de tres defectos por pieza. Si tiene usted tejedores que no saben su oficio, que vayan a aprenderlo a otro sitio.
—Ya me he informado, señor Quesnay… El hilo venía en malas condiciones…
—Eso no me interesa; a usted atañe revisar el hilo cuando llega. Necesito piezas bien hechas. Además, de aquí en adelante las veré yo mismo. Hay una competencia terrible en todos los mercados extranjeros. Sólo hay un medio de triunfar: hacerlo bien… Además, hay que acabar pronto las piezas. En época de baja, los clientes están deseando anular sus pedidos: hay que entregar a tiempo.
—Es fácil decirlo, señor Quesnay; se conoce que no está usted en el interior del asunto. Cuando le corre prisa una pieza, le cuelga usted el cartelito: «Urgente»… Y, en los lavaderos, se meten cuatro piezas a la vez en una máquina, y no hay más remedio que quitar el cartelito…
—Pues no hay sino volvérselo a poner en seguida.
—¿Y si cae en manos de uno a quien le dé igual o que no sepa leer? Habría que andar tras ellos todo el santo día. En la tintorería, si le pedimos un gris a un buen hombre que ha preparado sus cubetas en azul o en verde, ¿cree usted que va a interrumpirlo todo por una pieza? Reconozca que estaría mal que lo hiciera. ¡No, no, no es tan fácil!
Suspiró, fatigado y nervioso.
«En el fondo —pensó Bernardo— tiene razón.» Pero lo que dijo en voz alta fue:
—Todo eso me es por completo indiferente, señor Leclerc. Necesito las piezas; lo demás le incumbe a usted.
—Se está formando —dijo Leclerc al salir del despacho.
—Sí —le contestó Desmares—. Los pajaritos cantan como les enseñaron.
Ellos también —indulgentes en los años de abundancia porque sus jefes lo eran con ellos— se volvían severos para la calidad del trabajo y se maravillaban de encontrar a los obreros —hasta ayer tan reacios— dóciles a sus exigencias.
—Es extraordinario —dijo el señor Desmares—. Les pedimos cosas que, hace seis meses, habrían provocado una revolución… Y nadie rechista… Todo les parece bien… El hombre cree dirigirlo todo, y es el trabajo quien lo conduce.
Bernardo, dichoso, veía alejarse y desaparecer en un pasado ya casi invisible aquel nubarrón de hostilidad que se había cernido, desde su regreso del servicio, sobre todas sus actividades e intenciones.
Al sentir apoyarse sobre sus jóvenes hombros el peso de esta máquina inmensa —de la que vivían tantísimas personas— experimentaba una alegría absurda y embriagadora.
La caída de Vanekem, la baja de la lana y la catástrofe bursátil, habían abierto una enorme brecha en la fortuna de los Quesnay. Pero la pérdida de esa riqueza artificial, los aproximaba a la humanidad media, proporcionándoles el placer de la amargura compartida, de los sufrimientos gregarios. Los obreros, privados de pronto de una parte de sus jornales y de la relativa abundancia de que habían disfrutado durante varios años, hallaban un poderoso consuelo a sus males imaginándose los de sus patronos.
—Sí —le decía Heurtematte a Bernardo—, para el que tiene millones y millones, esta baja debe de hacerle mucha mella.
—Es bastante duro —contestaba el patrono orgullosamente (como un herido que enseña su herida)—. Pero para ustedes resulta mucho más penoso. ¿Qué gana usted ahora por semana? ¿Cincuenta, sesenta francos, en vez de ciento treinta? ¡Qué desastre en una casa modesta!
—Desde luego… Los que han visto venir esto y han ahorrado algo, pueden ir tirando; pero los demás… Tengo una cuñada, señor Bernardo, viuda, que no puede sacar a sus niños de la cama en todo el día, por no tener camisa que ponerles. Yo la ayudo cuanto puedo, y puedo hacer poco, porque mi mujer está esperando el séptimo… Me dirá usted que no están los tiempos para eso. Pero ya sabe usted cómo son las cosas… Cree uno que le va a salir de una manera y sale de otra… Por eso, ¿comprende usted?, con una paga de tres días a la semana no puede uno ir muy lejos… En fin, también ha tenido el obrero sus buenos momentos; ha disfrutado de cosas que nunca podía permitirse… Siempre es un buen recuerdo…
Ambos, saboreando inconscientemente la dulzura de la compenetración recobrada, olvidaban de buena fe que la próxima oleada de prosperidad traería otra vez consigo la discordia, y se complacían en creer espontáneos los sentimientos que la humana riqueza decreciente abandonaba al retirarse, como queda al descubierto durante las horas de bajamar el olor de liqúenes y algas.
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