Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 31 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXX

 

En tiempos del Paraíso de los Locos, Aquiles Quesnay y Pascual Bouchet se habían ensañado al alimón contra la insensata competencia que ambos se hicieran mutuamente hasta entonces: «Francia es grande, y en ella hay sitio para todos.» De pronto se habían puesto de acuerdo con increíble facilidad sobre cuanto los tuvo separados durante tantos años.

De común acuerdo, habían disminuido los descuentos, suprimido los créditos y negado las muestras gratuitas. Hubieron de felicitarse por la energía con que supieron acabar en varios meses con abusos centenarios.

Sobre todo, convinieron en no disputarse ciertos clientes que —en los días, casi olvidados ya, de la anteguerra— manejaban a cada uno de ellos valiéndose del otro, aprovechándose así de ambos.

—¿Qué sacábamos con aquello? —decía Aquiles.

—Quid prodest? —corroboraba Pascual.

De manera que se había establecido un convenio entre los dos amos de la lana, por el cual se distribuían el Reino del Paño en «esferas de influencia» inviolables. Aquiles Quesnay vendería género a Roch y a Lozeron, mientras que Pascual Bouchet conservaba a Delandre. Esperaban que de este pacto emanarían grandes venturas.

Sin embargo, el señor Roch, observador desconfiado y sagaz, no tardó en notar que los precios de Pascual Bouchet seguían siendo —con asombrosa persistencia— un poco más elevados que los de Quesnay y Lecourbe. Mientras necesitó de «estos señores», se guardó muy bien de decir nada y esperó su hora. Cuando llegó ésta, el hábil maniobrero renovó entre ambos aliados la maniobra favorita del Emperador y, para combatirlos, los dividió.

En primavera, las mujeres, siguiendo la costumbre de su sexo, adoptaron un uniforme. Era un traje sastre en mezclilla blanquinegra, tela difícil de fabricar y cuya realización era uno de los éxitos de Aquiles Quesnay. Roch, que deseaba encargarle un centenar de piezas, fue a Pont-de-l’Eure y le pareció excelente el precio.

—Señor Quesnay, ya sabe usted que nunca le regateo; pero tenga cuidado, porque sé dónde encontrar mezclilla estupenda a dos francos menos que la de usted.

—Imposible… O se trata de un camelote sin los aprestos del Valle.

—Perdone —dijo el señor Roch con tono misterioso—. Me refiero a un género que se parece al de usted como a un hermano y cuyos aprestos no están lejos de aquí.

—¿Pascual Bouchet? —preguntó Aquiles levantando las cejas, invadido de repente por atroz sospecha.

Roch separó las manos y sonrió discretamente: era un método ingenioso que solía emplear para insinuar una falsedad sin tener que mentir. Aquiles Quesnay lo vio todo rojo.

—Ese hombre es incorregible —dijo con amargura—. Su padre era un embaucador; y su abuelo, otro embaucador. No se puede fiar uno de él… ¿Le pone a usted dos francos menos que yo?… Dígale de mi parte que, sea cual fuere su precio, el mío será siempre diez céntimos menos.

Aquella misma tarde, le escribió el señor Perruel, representante suyo en París, para que fuera a enseñar la colección Quesnay a Delandre, cliente exclusivo y coto reservado hasta entonces para Pascual Bouchet.

Así terminó tan prolongada tregua. En cuanto se enteró Bouchet de lo que podía considerar justificadamente como una traición, ya que se sabía inocente, vio reaparecer las rencillas anteriores a la guerra, que aún conservaban su rescoldo bajo la ceniza y que brillaban ahora con tétrica lumbrarada. El placer del odio y el deseo de pelear animaron a este viejo luchador. Una sombría historia de abrigos y un horroroso drama de franelas, resurgieron en sus ensueños, despertándole jadeante y furioso a altas horas de la madrugada, cuando le estaba diciendo cuatro verdades a un Aquiles espectral que se desvanecía con las primeras luces del alba. Fue a París, corrió a casa de Roch y de Lozeron y les ofreció un millar de piezas al precio que se les antojara, fuese cual fuese. Había estallado la guerra.

 

Pronto hubo de escuchar Francisca las quejas alternadas de su padre y de Aquiles Quesnay. Cada uno de los dos viejos se las arreglaba para acudir a verla a la hora en que sabía no estaba el otro. Cuando por casualidad coincidían, salían huyendo los dos.

Francisca, yendo valerosamente de uno a otro campo, intentaba conseguir la paz. Era inútil que le dijera a su padre:

—Te aseguro que hay un lamentable error en todo esto. Les he preguntado a Antonio y a su padre; obran de buena fe, y creen que eres tú quien ha faltado a sus compromisos…

—Arcades ambo —sentenció el señor Bouchet—. Ya sabrán cómo las gasto.

Y también fue inútil que le suplicara al viejo Quesnay:

—Mi padre afirma que la lucha comenzó por culpa de usted… Parece estar convencido honradamente de llevar la razón. ¿Por qué no tienen ustedes una explicación? ¿Puedo invitarlos a los dos a comer?

—¡No! ¡No! No necesito sus explicaciones. Conozco a su padre de usted hace ya cuarenta años y eso me basta.

Cuando partió el abuelo Aquiles, miró Francisca reposadamente a su marido, con ese aire de intensa seriedad que aterraba siempre a Antonio.

—¿Por qué no dijiste nada? —le preguntó su mujer.

—¿Qué querías que dijese? Ya conoces al abuelo.

—Sí, pero tú… En fin, tú sabes cómo es el Pachá, te consta que es el hombre más honrado de la tierra. Es incapaz…

—Naturalmente, mujer… El Pacha es delicioso, yo le aprecio muchísimo… Pero, ¿qué adelantamos con ello?

—Y, ¿por qué no le dijiste eso mismo a tu abuelo?

Antonio se puso en pie, se arrodilló ante la pequeña estantería, y dedicóse a ordenar los libros.

—No puedo encontrar —dijo con tono de afectada indiferencia— ese folleto de Siegfried: Cuadro político del oeste de Francia… A lo mejor…

—Antonio —le dijo Francisca con pasión—, no puedo soportar verte hecho un cobarde.

Se volvió hacia ella, pero en cuclillas aún.

—¡Vamos! ¡Vamos! —exclamó—. Qué terrible eres… Te empeñas en dramatizarlo todo… ¿Qué importancia pueden tener para ti estas complicaciones de los negocios? No te preocupes. A tu padre, es igual que lo veamos en Fleuré en vez de aquí… Al contrario, es muy desagradable para ti tener que oír las cosas que suele decir mi abuelo de tu padre. Es preferible separarlos lo más posible.

—No quiero —dijo Francisca—. Eso me parece una estupidez y una cobardía. (Se había puesto en pie y daba la impresión de estar blandiendo una pequeña lanza de amazona; estaba muy hermosa. Antonio la admiraba en ese momento.) Sí, una cobardía… Desde luego, en esta querella hay uno que no lleva razón; quiero saber cuál de ellos es, quiero que el culpable se disculpe como Dios manda, que el otro acepte esa disculpa como corresponde a un caballero, y que podamos vivir en paz sin que tu abuelo —ni Bernardo— parezcan estarme mirando como si fuera la hija de un monstruo.

Antonio suspiró y no dijo nada. Luego, una vez hallado el libro que buscaba, sentóse en un sillón e intentó leer. No podía asirse a unos caracteres tan duros y lisos como los de Bernardo y Francisca… Era curiosa aquella teoría de Siegfried sobre la superposición del mapa físico y del mapa político, curiosa y cierta. Por ejemplo, en Pont-de-l’Eure… Levantó prudentemente los párpados para ver qué hacía Francisca. Pensó en el faro de la Heve, cuyo haz luminoso aparecía y desaparecía en Deauville aquella noche; pensó en aquella arena, en las estrellas… ¡Qué ternura le había producido entonces su heroica humillación!

—Hace como que lee; está demasiado agitada. Tengo que hablarle… ¿Cómo empezaré?

Sabía muy bien que mientras más se prolongase el silencio, más se agudizaría la discordia. Pero su mujer no levantó la vista y Antonio no supo dónde tomar pie, así que se fueron a acostar sin haber encontrado ocasión de dirigirse ni una palabra, aunque ambos lo deseaban. A la mañana siguiente, mostróse Francisca muy amable al despertarse y no aludió a la discusión de la víspera. Pero, en cuanto salió su marido, telefoneó a Bernardo para que fuese a almorzar con ellos. Cada vez parecía huir más de ella.

La lluvia —barrida por el viento— curvaba los negros esqueletos de los rosales. Las hojas de los sicómoros y de los tilos, pudriéndose ya, ofrecían a los pasos una alfombra dorada. Bernardo, enfundado en su impermeable, e inclinándose hacia adelante para proteger su rostro empapado, recorrió lentamente la larga avenida.

Después de almorzar, su cuñada se instaló a su lado en un diván, mientras que Antonio encendía silenciosamente su pipa.

—Quería hablarle de una cosa, Bernardo… De esa estúpida riña entre mi padre y todos ustedes. No sé quién tiene razón, ni a quién le falta, pero me parece que todo eso es de lo más pueril… Ya comprenderá usted qué fastidio, e incluso qué pena, representa para mí esta situación.

Lo miró a los ojos; pero Bernardo se negaba a tomarla en serio y a comprender qué recuerdos quería sacar a relucir, sin lograrlo, con sus palabras. Así, sonriendo embarazosamente, dijo:

—¡Pobre Francisca! ¡Troyana cautiva entre los griegos! Sois encantadora, hija de Príamo, pero vuestro padre nos ha provocado. Le pondremos clavos en el camino. Bueno, en serio, Francisca: todo esto no cambia en nada nuestro afecto hacia usted, pero los negocios hay que dejarlos al margen de la zona afectiva… en interés de los afectos, precisamente.

El tono empleado quería ser bromista y simpático, pero Francisca conocía lo bastante bien el alma de los Quesnay para comprender que perdía el tiempo tratando de convencer a su cuñado.

Cansada de las lamentaciones de los jefes enemigos, fue a sentarse al piano. Una composición fantástica, quebrada y melancólica, le sirvió para exteriorizar su irónica tristeza.

Sentado a la larga en un sillón, hojeaba Antonio un catálogo de utensilios; Bernardo, en pie junto a la ventana, contemplaba a través de sus confusos ensueños las praderas, jalonadas de manzanos negros, que descendían en suave pendiente hacia Pont-de-l’Eure.

De repente, surgió de la alta corona de las chimeneas un chorro finísimo de vapor blanco que se elevó hacia las nubes; el prolongado pitido de la fábrica cubrió el canto del piano. Bernardo se acercó a su hermano, le dio una palmada a la espalda y, sin poderlo remediar, puso en marcha una máquina invisible con un rápido movimiento de la muñeca.

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