Bernardo Quesnay
Capítulo XVI
Los quince días que pasaron los jóvenes Quesnay en la fábrica aletargada, les parecieron interminables. No había perspectivas de paz. De una y otra parte, se habían pronunciado tantos juramentos que la palabra «conciliación» era considerada vergonzosa en ambos campos. Las calles de Pont-de-l’Eure, asombradas, veían pasar por ellas tumultuosas manifestaciones. Bernardo, que las presenciaba desde las ventanas de la fábrica, admiraba aquel entusiasmo y sentía no poder seguirlas.
En primera fila marchaba Renaudin, con los brazos enlazados a los de dos camaradas y el semblante transfigurado por una especie de éxtasis. «En el fondo —pensó Bernardo—, quizás no sea mala persona; y esa popularidad debe de ser tan embriagadora…» Tras él iba un numeroso grupo de muchachas, bonitas, y luego, llevando una bandera roja, el fogonero Ricardo.
—Pero, oye, Antonio, ¿se nos ha vuelto ése también revolucionario? ¡Y yo que lo creía trompeta del cuerpo de bomberos y suizo de la iglesia de San Luis!
—Y es cierto —dijo Antonio—. No puede ver un desfile, sea de lo que sea, sin ponerse a la cabeza de él.
—Sería una lástima que no lo hiciera —dijo Bernardo—. Es el tipo ideal de tambor mayor.
La muchedumbre se escalonaba, por orden de entusiasmo decreciente, de manera que al final del cortejo —donde iban a la zaga los viejos y los cochecitos de los bebés— no se sabía ya si veía uno manifestantes, paseantes o contramanifestantes.
Un grupo de sindicados que cerraba la marcha, impresionó a Bernardo por sus hoscos semblantes. «¡Qué cabezas de septembrinos!», pensó. En aquel momento, uno de ellos descubrió a los hermanos Quesnay tras la ventana y dijo en voz muy alta, con ingenua sinceridad: «¡Qué jetas tienen de explotadores!» Esto sumió a Bernardo en interminables reflexiones.
Al regresar a casa, encontró a Heurtematte y le dio las buenas tardes.
—Perdóneme, señor Bernardo —dijo el obrero—. No puedo seguir andando a su vera. Dirían que me he vendido… Es horroroso el odio que hay.
Llegó el domingo. Bernardo, después de misa, acompañó a Francisca a casa de ésta. En el jardín, las primeras rosas —perfectas— cincelaban la plenitud de sus formas. Un confuso murmullo musical se elevaba de la pequeña ciudad adormilada y ardiente.
—¡Qué calma! —dijo Bernardo—. ¿Quién creería que ese apacible poblacho pueda envenenar así nuestra vida?… Qué bien está eso que cantaba usted ayer… «Dios mío, Dios mío, ahí esta la vida, tranquila y sencilla…» ¿Creerá, usted, Francisca, que a veces echo de menos la guerra? Era horrible, desde luego; se padecía. Pero, a pesar de todo, ¡qué felicidad sentirse «de acuerdo»! Sabía que mis hombres me respetaban; yo corría los mismos peligros que ellos; estaba satisfecho de mí mismo. Aquí siento que desconfían de mí, que me envidian. Y, ¡es tan injusto! En fin, un hombre como mi amigo Delamain, que sólo trabaja en lo que le apetece y a quien sobra el tiempo, puede permitirse ser socialista y amigo del pueblo y, si se le antoja, hacer que lo aclamen. Y a mí, que en el fondo sólo llevo adelante este estúpido negocio para permitir a unos obreros que sigan trabajando (pues ya sabe usted lo poco que me importa el dinero), a mí me detestan… ¡Ya está bien! Me repugna todo esto; estoy harto… No crea usted que bromeo… Me voy a desentender de todo, me sacudiré de los hombros definitivamente el peso de la fábrica, con sus ladrillos y sus máquinas.
—Y yo, ¿cree usted que no estoy harta? No sé, Bernardo, pero a veces tengo la impresión de que todo esto es una inmensa locura. ¿Por qué viven así todos ustedes? Fíjese en su abuelo; dentro de cuatro o cinco años habrá muerto; pero, ¿qué ha conocido de la vida?, ¿qué hizo en ella? Es un desgraciado maniático, un loco, se lo aseguro, y Antonio también está loco. En cuanto a usted… usted enloquecerá como ellos. Me dice el corazón que mi pequeño, Bacot, está ya sacrificado. Y yo, por mi parte, soy una desgraciada.
—¿Usted? —dijo Bernardo cruzándose de brazos y mirando a su cuñada—. ¿Y por qué? Usted no tiene una fábrica parada y unos obreros en huelga. Cuenta con todo lo necesario para ser feliz: dos niños encantadores, una bonita casa y una vida fácil.
—¡Qué extraordinarios son ustedes! —dijo Francisca (y ese «ustedes» designaba sin duda a los Quesnay)—. Creen que para tener contenta a una mujer, basta con darle cuanto dinero desee y un beso en la frente de cuando en cuando. No es suficiente. Su abuela y su madre…
—No creo, Francisca, que nuestra abuela haya sido muy desgraciada. Nuestra madre sí, porque era parisina; nunca llegó a acostumbrarse a Pont-de-l’Eure.
—¿Su abuela? Estaba enterrada viva. Su abuelo de usted parecía no enterarse de que la tenía al lado tardes enteras. Durante el primer año de mi matrimonio, me espantaba su vida. Cuando yo me aburría, se asombraba: «¿Por qué no trabaja usted?», me decía; «en mis tiempos toda mujer joven, tenía siempre entre manos la labor». En efecto, ella fue quien hizo esos horrorosos visillos de encaje que están en la casa donde usted vive. Tenía un salón que siempre estaba cerrado por miedo a que el sol estropeara las cortinas. Nunca salía; no llegó a ver Chartres ni Dreux, que están ahí a dos pasos. Cuando yo le decía: «¿No echa usted nada de menos? ¿No ha sentido ganas de ver Italia, Egipto… en fin, de divertirse?», me respondía: «La vida no está hecha para divertirse. He ayudado a mi marido; no me presentaré ante Dios con las manos vacías.»
—¿Y no le parece eso muy bien? —dijo Bernardo con bastante orgullo.
—¿Muy bien? Quizás. Sin embargo, yo no lo comprendo; lo que deseo es ser feliz.
«Son tan iguales —pensó Bernardo—, Simona diría lo mismo.»
—Pero, ¿no cree, Francisca, que ese afán de felicidad característico en las jóvenes de su generación, es más bien una debilidad, un indicio de pobreza interior?
—Es usted como Antonio —dijo ella un poco irritada—. Se conceden ustedes el derecho al descontento y decretan que para las mujeres todo está bien.
Detrás de ellos, rechinó el sendero. Volvieron la cabeza.
—¡Ah! —exclamó Francisca con alegría—, ¡si es el Pachá!
Era el nombre que los hijos de Pascual Bouchet daban a éste. Lo querían mucho.
Se unió a ellos, sonriente, con su enorme rosa en el ojal.
—¡Vaya cara que ponéis los dos! ¿Algún inconveniente, Bernardo?
—¿Le parece poco lo que hay? —replicó éste.
—Todo va a arreglarse.
—¿Cómo va a arreglarse? Ambos bandos han jurado…
—¿Jurado? ¡Dónde iríamos a parar, amigo mío, si hubiera que cumplir lo que se jura! ¿Que no transigiremos nunca? Eso quiere decir: no dentro de cinco minutos, ni en todo el día de hoy… Ahora bien, mañana… Mañana puede llegarse a un acuerdo.
—¿De qué manera, señor Bouchet?… Si es para continuar sosteniendo con nuestros obreros una lucha sorda, prefiero hacerme chófer de taxi… Necesito sentir que me tienen afecto.
—Un jefe —dijo el señor Bouchet— no es una persona a quien quiera o deteste la gente; es un jefe, es decir, un responsable.
—Bueno, pues convengamos, si así le parece mejor, en que se me han quitado las ganas de ser jefe.
—Afortunadamente, no se le pide a usted su opinión —dijo Pascual Bouchet dándole unas palmaditas en la espalda—. Francisca, niña, ¿dónde están Bacot y Michelina? Por mi parte, Bernardo, aprovecho la huelga para ver a mis nietos. Renaudin nohis haec otia fecii.
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