Bernardo Quesnay
Capítulo XIII
Brillaban las estrellas en un cielo de terciopelo negro cuando Bernardo Quesnay, animado por una emoción bastante agradable, atravesó la pequeña ciudad dormida. Hacía aire fresco. De vez en cuando, a lo lejos, resonaban unos pasos en el pavimento. AI llegar ante la fábrica, adivinó —más que vio— su negra masa en la densa oscuridad.
Cuando cruzaba el patio, una voz saltó de la noche a su encuentro:
—Buenas días, señor Bernardo.
Reconoció el firme acento del capataz de los mecánicos.
—Buenos días, Cazier… ¿Qué, nos abandonan?
—Eso temo, señor Bernardo, puesto que no se han presentado todavía… Han votado a favor de la huelga; 40 votos contra 30. Los nuestros votaron en contra, pero no se atreven a venir. Aunque no estoy sindicado, hablé con algunos de ellos. Tienen miedo de que les partan la cabeza… ¿Quiere usted que dé la luz? Es preferible, por si hay gresca.
Hizo funcionar un conmutador. De pronto, se iluminó brillantemente toda la fábrica; y aunque la maquinaria estuviese inmóvil, tomó el local entero un aspecto vivo, como un enfermo cuyos ojos conservan aún el reflejo de la vida. Inmediatamente dieron las cinco.
—No vendrán —dijo el corpulento mecánico—. ¡Qué banda de bueyes! Y, ¿qué vamos a hacer?
—Buscar unos fogoneros improvisados y poner esto en marcha.
—Me extrañaría que los encontrase usted… Este pueblo no se distingue por su valentía. Aquí, cuando le atacan a uno, vale más gritar «¡Fuego!» que «¡Socorro!» si quiere uno que se asome la gente a las ventanas.
—Mi hermano y yo, con algunos empleados, podremos ocuparnos de las calderas…
—No resistirían ustedes mucho tiempo.
Hacia las seis, empezaron a formarse grupos delante de la verja; estaban indecisos, y Bernardo se dirigió hacia ellos. Lo saludaron de mala gana. Las mujeres se daban con el codo, riéndose.
—¿Trabajamos, señor Bernardo?
—Naturalmente que trabajamos… Pero necesito unos cuantos hombres de buena voluntad para las calderas. Los maquinistas están ahí dentro… ¿Van ustedes a consentir quedarse parados mil por falta de cuatro voluntarios?… ¿Y tú, Ricard, tienes miedo?
Ricard, un coloso con medalla militar, se puso muy colorado.
—Miedo no, pero no puedo quitarles el puesto a esos hombres.
—¿Quién habla de quitarles el puesto? Cuando vuelvan, lo ocuparán de nuevo.
—No es precisamente por eso, sino porque no quiero líos con nadie.
—Y, ¿qué te importa lo que te puedan decir? Eres más fuerte que un roble.
—Precisamente por eso, señor Bernardo; me conozco. Mataría a dos o tres… Sería una pena.
A fuerza de razonamientos, reclutó a unos cuantos hombres que bajaron a las calderas. Pronto se convenció de que los camaradas de éstos no los consideraban como héroes, sino como unos traidores. Sufrió por ellos y por sí mismo.
Vio cómo subía la presión en las calderas.
—Cuesta trabajo, ¿eh?
—No, señor, está todavía caldeado; unos cuantos haces más de leña y prenderá la lumbre.
Aprendió el oficio junto a los fogoneros improvisados. Una hora después el pito de la fábrica anunciaba triunfalmente la resurrección de ésta. Bernardo recorrió la hilatura. Las salas estaban casi vacías. En una sala de cuarenta telares, discutían tres mujeres, indecisas.
—¡Dios mío, qué silencio! ¡Da una pena verse tan solas! Si estuvieran aquí todos, quizás nos armaríamos de valor.
—¿De valor, señoras? ¿Qué temen ustedes?
—Claro que tememos… Los que están ahí abajo no son del oficio… Si estallan las calderas…
También ellas, como el mecánico Cazier, temían y deseaban a la vez que ocurriera alguna desgracia, como los habitantes de una ciudad ocupada por el enemigo, quienes temen y desean al mismo tiempo que sobrevenga un bombardeo.
—¡Qué ocurrencia! Los maquinistas están en su puesto y les aseguro a ustedes que saben manejar las calderas.
—De todos modos… Más valdría pararlo todo que trabajar así.
Un sentimiento de clase, oscuro y vigoroso, les hacía odiar los jornales que iban a ganar. Cuando Bernardo bajó otra vez al patio central, le comunicó el señor Cantaert que uno de sus equipos se le había desbandado, vencido por el remordimiento. En aquel momento, llegó Antonio.
—Antonio, ¿quieres que nos encarguemos de una caldera entre los dos?
—De acuerdo.
Con el torso desnudo y pantalones de basta tela azul, pusiéronse ambos hermanos a servir su caldera.
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