Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 28 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXVII

 

Antonio Quesnay presidía la Sociedad de Antiguos Combatientes y Mutilados de Pont-de-l’Eure, cargo que le obligaba a salir solo —una vez al mes— después de cenar, para asistir a las reuniones. Se había establecido la «tradición» de que esas tardes cenase Bernardo en casa de Antonio para acompañar a Francisca. Ésta esperaba impaciente estas veladas porque Bernardo las solía aprovechar informándola de los nuevos acontecimientos de su vida sentimental. Las relaciones amorosas de su cuñado divertían a Francisca: le gustaba figurarse a este Quesnay tan Quesnay apartado de su trabajo por obra de una mujer, y, además, le proporcionaba esta aventura una satisfacción bastante parecida a la que puede dar una novela. A menudo, Bernardo no tenía novedades que contarle; entonces hablaba de la fábrica, de música… Antonio regresaba a las diez sin que en su ausencia se hubiera pronunciado el nombre de Simona Beix. En tales ocasiones, Francisca se iba a acostar decepcionada. Pero cuando Bernado tenía confidencias que hacerle, ya lo adivinaba ella durante la cena, pues lo veía muy silencioso, sin interesarse por ningún tema de conversación, mirando con impaciencia su reloj y tratando de apresurar la marcha de Antonio.

Una de estas cenas tuvo lugar poco después de la carta de ruptura que le entregara Simona. Bernardo, en cuanto se levantaron de la mesa, se puso a recorrer la biblioteca en todos sentidos; cogía un libro, lo hojeaba, volvía a ponerlo bruscamente en el estante. Antonio se retrasaba; fumaba un puro y contemplaba el jardín, tranquilo y feliz. Sentíase en disposición de charlar y encontraba mudos a los dos. Por fin, se levantó: «En fin», dijo, «tendré que ir a la reunión… Tengo muchas ganas de presentar la dimisión».

—Hasta luego —le dijo Bernardo en seguida.

—Hasta ahora, querido —dijo Francisca alegremente.

Oyóse un fuerte portazo (todos los Quesnay cerraban las puertas violentamente); luego, el motor del coche, el leve chirrido de los cambios de velocidad y el roce de los neumáticos sobre la arenosa avenida.

—¿Un cigarrillo? —dijo Francisca.

—Sí, encantado… ¿Quiere usted dar una vuelta por el jardín, Francisca? Hace una tarde estupenda.

Salieron; el sol se ponía en el eje de la prolongada rosaleda. Los perros les salieron, alegres, al encuentro; ambos se inclinaron para acariciarlos y luego se dirigieron en silencio al vergel. Francisca se volvió hacia Bernado y le sonrió, mientras un vientecillo tibio le alborotaba un poco los cabellos. Tenía su cara una expresión de feliz curiosidad. Dijo:

—¿Well? ¿Qué gran noticia va usted a comunicarme?

—¿Cómo sabe que le voy a dar una gran noticia?

—Porque es usted el hombre menos capaz de saber ocultar esas cosas… Desde que llegó usted a casa, estaba deseando echar al pobre Antonio… Bueno, ¿qué? ¿Qué ocurre? ¿Se casa usted por fin con ella? Me parecería estupendo.

—¿Casarme con quién?

—¿Con quién? ¡Bernardo! Con su amiga, claro está.

—Al contrario, Franscisca. Me ha abandonado… Sí; anteayer, cuando la llevé a su casa, me entregó esta carta en el momento de despedirse… La he traído para que la lea.

Francisca cogió la carta, se detuvo debajo de un manzano y empezó a leer para sí. Bernardo, de pie a su lado, trataba de seguir la estela de impresiones que la lectura producía en el rostro de ella. Cuando llegó a la frase: «Te amo porque el placer te sienta bien», la vio suspirar. Volvió Francisca la página, y Bernardo le puso la mano en el hombro para continuar leyendo conjuntamente. Le sorprendió la placentera sensación que le daba aquella tibieza a través de la seda y retiró la mano con brusquedad. Francisca no hizo movimiento alguno para separarse de él. Al terminar de leer la carta, se la devolvió.

—¿Eh? —dijo Bernardo—. ¿Qué le parece? ¿Cree usted que volverá?

Francisca reanudó la marcha lentamente.

—Es difícil saberlo… No creo… Parece muy orgullosa y no querrá humillarse. Además, que no lo quiere a usted. No es una carta de enamorada… Escribe demasiado bien… Y tiene el valor suficiente para no seguir con usted.

—Creo que se equivoca usted —dijo Bernado—. Siempre es absurdo que un hombre diga de una mujer: «Te quiere.» Da uno impresión de ser un tremendo fatuo, pero sinceramente, tengo razones para creer que me ha querido. Si no, ¿por qué lleva tanto tiempo…? En cuanto tenía yo una hora disponible, se ponía a mi disposición… Además… no se lo puedo explicar bien… Le aseguro que tuve yo la culpa, me he portado muy mal con ella. La he pospuesto a todo lo demás que hay en mi vida, a la fábrica, a los clientes… ¡Dios mío…, qué bruto he sido algunas veces! Un día la dejé plantada del modo más grosero —a una mujer tan hermosa— para ir a discutir con un hilador… Durante la huelga, ni siquiera le escribí… Me enviaba cartas de cuatro carillas y yo le contestaba con telegramas… Si no me hubiese querido, hace dos años que me habría escrito esta carta. Todo ha sido culpa mía.

—Si lo hubiera amado, nunca le habría escrito… Sí, Bernardo, por lo visto es usted un amante odioso, con esa frialdad, esas doctrinas y sistemas, y esa moral que lo caracterizan a usted; pero una mujer enamorada soporta aún más… Yo, si amase a un hombre…

—¡Francisca!, ¿si lo amase…? Supongo, claro, que ama usted a un hombre. Pues, ¿y Antonio?

—No comprende usted a las mujeres, Bernardo. Ni las comprenderá jamás… Sí, de acuerdo, estoy casada, quiero mucho a mi marido, quiero mucho a mis niños, quiero mucho a mi casa… Y ésta será siempre mi vida… Pero, ¿cree usted que no sé que existe otra cosa… un sentimiento tan fuerte que la familia, el amor propio, la dignidad, en fin, todo, quedan relegados por él? Le extraña oírme hablar así; sé que no le soy simpática; es usted púdico… un Quesnay… Pero eso es hipocresía. Usted sabe lo que es para el hombre el deseo… Bueno, pues, para la mujer, amiguito, es exactamente lo mismo; y ante esta realidad, no cabe hacer nada… Y si su Simona lo quisiera a usted, ya podía usted hacerla de menos, engañarla, humillarla, que nunca le habría escrito esta carta… Nunca.

Para pasar del vergel a la huerta, había un sendero que se iba estrechando entre dos vallas, y ambos hubieron de avanzar muy juntos. Bernardo sintió contra su brazo doblado el firme contacto de un seno joven. Prolongó este contacto un instante más de lo necesario. Cuando la senda volvió a ampliarse y quedaron separados, respiró Bernardo profundamente. Una larga cenefa de claveles blancos esparcía en el aire un perfume intenso. Ya no había sol y los murciélagos volteaban en el crepúsculo.

—¿Y usted? —dijo Francisca, aspirando la fragancia de los claveles—. ¿La echa usted de menos?

—No sé… Tengo la impresión de haber perdido algo muy hermoso y de gran valor… En cuanto me quedo solo, recuerdo aquel cuerpo… Me digo: «Nunca volveré a verlo», y me parece inconcebible. La necesitaré de un modo terrible… y, sin embargo, tengo a veces como una sensación de alivio… Me he liberado de algo… Cuando esté en París, y den las cinco, no tendré que decirme: «Voy a llegar tarde, Simona se va a enfadar.» Puedo trabajar tranquilamente, sin turbación. Si vuelve a mí, me encontrará tal como era… Tan insoportable como siempre; sería el mismo.

—Y ¿por qué se empeña en serlo? Sabe usted muy bien que es absurda esa actitud.

—Porque no puedo ser de otro modo; porque hay que hacer las cosas bien… ¿Recuerda usted ese relato de Kipling titulado El Hombre que quiso ser rey?… ¿No?… Sí, mujer, aquel aventurero inglés que llega a ser rey de un pequeño país del Himalaya y a quien todos respetan profundamente hasta el momento en que quiere unirse a una mujer… Entonces, sus súbditos se dan cuenta de que es hombre… En eso radica todo… El hecho es que a Simona me atrevía a decirle: «No vendré el sábado porque mi abuelo me necesita en Pont-de-l’Eure.» En cambio, nunca me habría atrevido a decirle a él: «No volveré el lunes porque mi querida necesita que almuerze con ella…» ¿Comprende usted ese matiz?

Apenas si la veía ya en el camino, pero frecuentemente, al pasar ante un grosellero mayor que los otros, no podía evitar el rozarla. Hubo un momento en que tropezó ella y, sujetándose fuertemente en el brazo de Bernardo, continuó cogida de él.

—No, no lo comprendo —contestó—. Dice usted: hay que hacer las cosas bien. Pero, ¿por qué dar preferencia a las de Pont-de-l’Eure? No hay razón alguna para ello… ¿Quién ha decretado que esté usted ligado a Pont-de-l’Eure para toda la eternidad? Ha nacido usted aquí; nada más. Es una casualidad como otra cualquiera. De no haber sido usted, hubiera sido otro.

—Ésa no es manera de razonar —dijo Bernardo.

Ya estaban de vuelta en el mismo paso estrecho de antes. Ahora formaban los arbustos laterales, bajo la bóveda de los tilos, una especie de túnel totalmente oscuro. Penetraron en él. Bernardo tropezó con una rama y, al extender los brazos, encontraron sus manos la cadera de Francisca. De repente sintió un voraz deseo de estrecharla contra sí. Sintió que una cabeza se recostaba en su hombro. Apoyó los labios a la casualidad y halló el frescor, delicioso y húmedo, de otros labios. Se le borró de pronto el mundo.

—¡Uuu! ¡Uuu! —gritó una voz lejana.

Era la llamada habitual de Antonio a Francisca. Ésta se desprendió lentamente de aquellos brazos y, sin turbación alguna, con mucha naturalidad, respondió:

—¡Uuu! ¡Uuu!

Luego, anduvo con más rapidez. A lo lejos, se oían los pasos de Antonio sobre la arena.

—¿Dónde estáis?

—Aquí, hombre —dijo Francisca—. Atraviesa por el césped.

Bernardo iba tras ella, furioso contra sí mismo, y pensaba: «¿Qué nos ha pasado?» Para no ver a Antonio a plena luz, le dio las buenas noches en la oscuridad y se negó a entrar un rato en la casa.

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