Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 37 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXXVI

 

 

El anciano sufrió el tercer ataque en diciembre, y murió de él. Antonio y su mujer llegaron de Saint-Tropez para asistir al entierro. Se alojaron en Fleuré, pero almorzaron con Bernardo, que halló muy cambiado a su hermano. Tenía mejor color y más agilidad. «Un aspecto de Bonjour,

monsieur Courbet [7] », pensó Bernardo. Francisca estaba encinta y parecía feliz. Aunque la cara se le iba ajando, estaba aún muy hermosa.

Sentíase extraña al ambiente de Pont-de-l’Eure y todo se le aparecía con una novedad insólita.

—¡Cómo ha envejecido Bernardo! —le dijo a Antonio a media voz, mientras Bernardo telefoneaba.

—Es que acaba de pasar unos días muy pesados.

—Ya sé; pero tiene grises los cabellos y bastantes arrugas: fíjate en esos dos pliegues acentuados entre la nariz y la boca. Tú pareces mucho más joven.

—Ya veo adonde vas a parar —le dijo su marido sonriéndole tiernamente.

Bernardo —en pie y con el receptor en la mano— vio desde lejos aquella sonrisa y le molestó.

—(Esa vida en el Sur —pensó—. Despertarse tardísimo, bajo los mosquiteros… Almorzar en la terraza, al sol, Antonio en pijama, Francisca en kimono… Los niños en la playa… La siesta, una novela… El té, unos ingleses o unos rusos de Cannes… Las tostadas, un trozo de tarta… Me repugna esa felicidad…)

Cuando volvió junto a ellos, Antonio le pidió noticias de la fábrica.

—¿Trabajáis? ¿Y la lana? ¿Qué tal los precios? Debéis de tener muchas dificultades.

—¿La lana? —dijo Bernardo—. Sube, baja…, ya empezamos a acostumbrarnos a ese vaivén; no se especula ya, se efectúan las compras al día; se equivoca uno, acierta; en realidad, lo mismo da. Lo verdaderamente grave es el cambio y, sobre todo, los impuestos… Todo anda tan confuso, tan mal regulado…

—¿Y los obreros? ¿No tenéis ya huelgas?

—No; ahora tenemos un sistema para aumentar automáticamente los salarios a medida que sube el coeficiente del coste de la vida. Lo hacemos honradamente. Los obreros, en el fondo, son muy buenas personas. Cuando juega uno limpio con ellos, lo reconocen. Todo esto es mucho más sencillo de lo que suponíamos… Ahora me ocupo, sobre todo, de la ampliación de nuestros asuntos.

—Sí, ya sé —dijo Antonio—; tu negocio de lanas en Roubaix y la filatura que instalas en los Estados Unidos… Debes de tener un trabajo horrible.

—¡No, no creas! Rogerio me ayuda mucho… Se ha hecho eficacísimo… Además, me gusta trabajar. ¿Qué vamos a hacer con la vida si no trabajamos? Se piensa en uno mismo, se analiza uno y se atormenta. Es delicioso regresar a casa a última hora de la tarde, aplastado por el cansancio, y acostarse a las nueve para dormir como un animal.

Francisca, que escuchaba esta conversación, intervino con cierta acritud:

—Pero, Bernardo, ¡ésa es una filosofía propia de desgraciados!

—En absoluto —replicó Bernardo, en tono de reto.

Todavía le agradaba contemplarla, pero había ahora entre ellos cierta hostilidad latente. Ella se dio cuenta y, al encontrarse un instante sola con él, lo miró con mucha coquetería:

—It’s funny, Bernard, to see you turned into a big man of business. Everybody says you are one.

—Don’t believe them. It’s all a game[8].

Francisca tuvo la sensación de estar despegándole del rostro una careta y que iba a sorprender en él un ser más auténtico, pero en ese momento entró Rogerio Lecourbe acompañando a su hermana.

Los Lecourbe habían hecho venir de Inglaterra a Yvona, para que asistiera al entierro. Bernardo no la había visto desde hacía mucho tiempo. De primera impresión, parecía basta, y mucho más por vestirse con una tosquedad monacal. Tenía bonitos ojos —algo miopes— y una voz agradable. Era seria, muy concreta en cuanto decía, pero nada pedante. Un rasgo de ella que agradó mucho a Bernardo fue el que no afectase una pena que no sentía. Estuvo muy correcta, pero casi en seguida dejó de comentar la muerte de aquel anciano a quien apenas había conocido, para explicar a su hermano y a Bernardo las condiciones del trabajo en Inglaterra.

—Creo —dijo Bernardo— que el gran error de aquella gente ha sido querer mantener a todo precio el valor oro de la libra. El resultado ha sido que los salarios son casi dobles que los nuestros, que sus precios son excesivamente elevados, y que ya no están en condiciones de exportar.

—Exactísimo —asintió Yvona Lecourbe—, y de ahí les viene el paro. Están orgullosos de su restablecimiento financiero; en el fondo, sólo se trata de una prima a la riqueza adquirida.

—No soy de vuestra opinión —dijo Rogerio—. Es inevitable llegar a la crisis del paro más pronto o más tarde. Ahí tenéis el caso de Alemania… Los ingleses han pasado antes la enfermedad… Esto les conviene, pues así hay menos peligro… Es como el sarampión, vale más haberlo pasado… Además, si es verdad que los franceses trabajamos y exportamos por ahora, también lo es que lo hacemos por bajo del precio mundial. Nos devoramos lentamente.

—No es enteramente cierto —dijo su hermana—, en todo precio entran dos elementos: la materia prima que, comprada con oro, debe ser vendida por oro; y la mano de obra… Si el obrero francés puede vivir con un salario mínimo, tan bien como el obrero inglés, esto no supone empobrecimiento para Francia, puesto que los alimentos conseguidos se producen en el país.

—Al contrario, mujer —insistió su hermano—. Yvona lleva este razonamiento al absurdo. El franco papel ha caído casi hasta cero… Admitiendo que el campesino francés sigue alimentando al tejedor francés, el cual vende su trabajo a clientes ingleses o americanos… llegamos a la conclusión de que Francia se convierte en un país de esclavos al servicio de la libra y del dólar.

—Evidentemente —dijo Yvona—, lo sensato sería pararse en seco, estabilizar el franco… ¿Nos atrevemos a hacerlo?

Hablaba con mucha animación, cruzando a veces las piernas en un movimiento brusco que descubría, hasta las rodillas, unas medias de lana gris.

La discusión económica se prolongó bastante, y en el mismo tono. Cuando se marcharon los hermanos Lecourbe, dijo Bernardo con entusiasmo a Francisca:

—¡Esta Yvona es admirable! Me recuerda a los buenos coches: por mucho que acelere uno la marcha, nunca fallan…

—¡Qué manera tan rara de vestirse! —comentó Francisca.

Y suspiró.

Luego habló de su casa.

—Tengo unas higueras, Bernardo, y naranjos… Y rosas entre los olivos, y un jardín a la italiana con grandes jarrones de barro… Tiene usted que ir a vernos.

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