Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 2 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo I

 

—Monsieur Aquiles —dijo el notario—, cuando ustedes quieran.

—Señor Pelletot, puede usted empezar.

El notario se ajustó los lentes y comenzó su cometido:

«—En este día, quince de marzo del año mil novecientos diecinueve, ante Maître Pelletot, Alberto-Amadeo, notario de Pont-de-l’Eure, han comparecido:

»Aquiles Quesnay, fabricante, domiciliado en el castillo de la Cruz de San Martín, en Pont-de-l’Eure;

»Camilo-María Lecourbe, caballero de la Legión de Honor, fabricante de Pont-de-l’Eure;

»Antonio-Pedro Quesnay, fabricante de Pont-de-l’Eure;

»Y el teniente Bernardo Quesnay, movilizado actualmente en el 15.º Batallón de Cazadores;

»Los cuales han establecido del siguiente modo las cláusulas y condiciones de la Sociedad regular colectiva que han decidido constituir entre ellos, bajo la razón social “Quesnay y Lecourbe”, y que tendrá por objeto la fabricación y venta de tejidos de lana.»

Bernard Quesnay contempló la escena con ojos de aficionado a la pintura.

Frente a él, el rostro de su abuelo —rosa vivo bajo los cabellos blancos — se destacaba sobre el sombrío tapiz con la nítida brillantez y el contorno de un Holbein. A la derecha y a la izquierda del anciano, respectivamente, su yerno Lecourbe y el mayor de sus nietos, Antonio, personajes secundarios y velados de sombra, escuchaban con resignación el mamotreto del notario. El monótono batir de los telares de la fábrica comunicaba a las facciones y manos un temblor, una vibración mecánica que prestaba a estos tres hombres la pasiva apariencia de las máquinas.

«El fallecimiento de uno u otro de los socios no implicará la disolución de la Sociedad, que continuará de pleno derecho entre todos los socios sobrevivientes, sin que la viuda o los derechohabientes del socio difunto puedan aspirar más que a las cantidades inscritas a cuenta de aquél en el inventario precedente.»

—Sí que es un tema agradable —pensó Bernardo—; sólo se habla de nuestra muerte… Pero el fuego sagrado tiene que arder eternamente bajo las calderas de la familia. Este notario acumula precauciones para asegurar la perduración del culto. ¿Qué haría el abuelo Aquiles si supiera que había de morir mañana? Seguramente dictaría la correspondencia y prepararía su liquidación…

«La presente Sociedad se constituye por una duración de veinte años, que se comenzarán a contar a partir del primero de julio de mil novecientos diecinueve. En caso de liquidación anticipada…»

—Maitre Pelletot es el capellán de mi abuelo… Ya tenemos asegurados veinte años de paz con los dioses… y yo, amarrado veinte años a este oficio. ¿Hago bien?

«—… Otorgado en Pont-de-l’Eure, en el domicilio social de la Empresa, a quince de marzo del año mil novecientos diecinueve…»

—Comprar lana, vender lana… Ésa será mi vida, esta vida mía breve y única… Dentro de veinte años habrá terminado el juego, habré perdido toda esperanza de aventuras, y se habrá evaporado toda posibilidad de dicha. Recorreré, cada mañana, los talleres; por la tarde, en el despacho, dictaré: «En respuesta a su estimada…» Y lo más terrible es que ya no me dolerá hacerlo… Después de todo, ¿quién me obliga a firmar?

Lo envolvió una densa melancolía. Tornó a decirse:

—Mi vida breve y única. ¡Dios mío! ¡Qué feos son esos ventanales! Y las paredes, cubiertas con esta tela azul ribeteada de rojo; qué horroroso… Sin embargo, tengo que prestar atención. Comprometo mi vida entera en este acto y no consigo que me interese. Mi tío Lecourbe es de lo más ridículo. Hasta cuando está inmóvil, se da importancia.

«—… Y, una vez verificada su lectura, lo han firmado los comparecientes, así como el notario.»

La voz del señor Pelletot subió de tono al pronunciar la última frase, como se eleva la gama de las últimas gotas de agua que repletan un jarro. Se levantó.

—Señor Bernardo, permita a este viejo amigo de su familia felicitarle por su entrada en una Empresa que no ha cesado de prosperar y desearle el buen éxito que tanto merece y que siempre sonrió a su abuelo y al pobre de su padre de usted.

El anciano estaba ya sentado, para firmar el acta, en el sillón donde lo había estado el notario.

El señor Lecourbe, amable y solemne mientras se acariciaba su barba cuadrada, quiso explicarle a Pelletot la situación económica del momento. Como gran lector de revistas financieras, edificaba, sobre estadísticas movedizas, unas teorías que en seguida se le agrietaban. La deslumbrante evidencia de sus errores no restaba autoridad a sus profecías.

—Las industrias —dijo— van a pasar por un largo período de prosperidad. Esto ocurre después de todas las grandes guerras. Lo mismo que en 1815 —y que en 1871— son inmensas las necesidades de la mutilada Europa.

—Inmensas —aprobó el notario, que se miraba tristemente las mangas abrillantadas de su levita.

—Los economistas más distinguidos —dijo Lecourbe acariciándose la barba— predicen que este período de las vacas gordas durará por lo menos treinta años. Piense usted, maître Pelletot, que habremos de reconstruir las regiones devastadas de Francia, Bélgica e Italia, sin contar Austria y Rusia. Nunca se han visto las actividades humanas ante una tarea como ésta.

Bernardo y su hermano Antonio se miraron, sonriendo. Les divertía la elocuencia del señor Lecourbe por el ropaje científico de su incoherencia. En la familia eran célebres sus «hasta cierto punto y en cierta medida», y sus «a este respecto y en otro orden de ideas». Los Quesnay, raza ruda y silenciosa, se asombraban de haber podido acoger a este charlatán.

—Los stocks de lana —continuó el señor Lecourbe— han sido agotados por los pedidos militares. En el Japón…

Aquiles Quesnay oía impaciente este inútil palabreo. Su huesuda mano, poblada de vello, esbozó unos giros rápidos, poniendo en marcha una máquina invisible. Ante tan ruda señal, al serles recordados repentinamente los derechos del engranaje sobre el hombre, desaparecieron en seguida su yerno y sus nietos, como si un cable poderoso hubiera tirado de ellos hacia la fábrica.

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