Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 16 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XV

 

 

En la puerta de la fábrica Quesnay, una gran lámpara de arco voltaico alumbraba con luz fantástica algunos rostros exasperados que se destacaban con extraño relieve sobre el fondo de la multitud que hormigueaba en la densa sombra. Varios centenares de huelguistas, agolpados ante la puerta, vituperaban a los pocos obreros que se empeñaban en querer trabajar. Al llegar, los hermanos Quesnay vieron de lejos, en el sector luminoso, una mujer que se abría paso a empujones y que por fin consiguió escapar con el mantón roto y con unos desgarrones en la falda.

Pálidos y decididos, dispuestos a luchar, se acercaron a los manifestantes. Pero —con gran sorpresa de ambos— les dejaron paso libre y cesaron en sus gritos en cuanto los reconocieron: tal era la ley de esta guerra, así eran las reglas de este juego. El patrono estaba en su derecho defendiendo lo suyo. Incluso era esto un motivo para estimarlos más. Pero los traidores a la causa obrera quedaban sometidos a la ley de sus ejércitos.

Bernardo recorrió los talleres casi vacíos. Sólo habían acudido los que necesitaban tan perentoriamente su jornal que les era indiferente cualquier humillación: algunas madres solteras que lo precisaban para su criatura, algunas viudas sin ahorros…; y sólo tres o cuatro hombres, de esos que se oponen siempre al régimen que sea.

—Es inútil insistir —dijo Aquiles Quesnay cuando llegó, a las ocho—. Manda pararlo todo.

Entonces, empezó a inspeccionar la fábrica acompañado por sus nietos. Las correas fueron paralizando su movimiento giratorio. Los de fuera oyeron el ardiente soplo de las calderas que se iban vaciando. Luego, se inició un gran silencio. El viejo amo de la fábrica —solitario en aquella sala inmensa donde relucían las máquinas ya inútiles y donde colgaban las correas impotentes— semejaba un gran brujo que, víctima de un ataque de parálisis, contempla con estupor sus miembros inmovilizados. Sin dirigirse una palabra, los tres hombres volvieron al despacho, anonadados por una terrible sensación de tristeza y soledad.

—Y, ¿por qué todo esto? —pensaba Bernardo, andando y con la mirada en el suelo—. Tenemos a toda esa gente contra nosotros. ¡Qué injusticia! También ellos se encontrarán algún día ante las máquinas inmovilizadas. Tendrán tensas sus energías, dispuestos a hacer funcionar los telares, pero no vendrá el carbón de Inglaterra ni la lana de Australia porque se habrá destruido un delicado organismo, por haber destronado a un viejo…

En aquel momento oyó tras él la voz de su abuelo.

—Bernardo, pon derecha esa caja.

Aquiles estaba alineando bien una fila.

En el despacho, encontraron al señor Lecourbe muy excitado y acariciándose precipitadamente su barba de presidente Carnot.

—Los excesos a que se entregan esos agitadores, son incalificables. He visto desde la ventana cómo cogían a Ricard cuando salió de aquí. Le han dado una paliza, le han atado un letrero a la espalda: «Esquirol»; ¡y Renaudin invitó a las mujeres a que lo acompañaran hasta su casa, escupiéndole encima! Hasta cierto punto, y en una cierta medida, no nos conciernen estas querellas entre obreros, y sin embargo…

Bernardo, con los puños crispados, gritó:

—¿Que no nos conciernen? ¿Tratándose del único valiente que se ha puesto a nuestro lado? ¡Qué bajeza! ¡Más vale que cerremos durante un mes! ¡Vámonos de una vez! ¡Marchémonos de Pont-de-l’Eure!

—No digas estupideces —le increpó su abuelo—. Aquí no estamos en el teatro… No hemos sabido llevar este asunto. Ahora hay que esperar los acontecimientos.

El señor Cantaert traía noticias. Renaudin acababa de salir para Louviers, donde se proponía cerrar la fábrica Bouchet.

—Debemos telefonear a la prefectura —dijo Lecourbe— para que lo detengan.

—Con eso le prestaría usted un gran servicio —dijo Aquiles Quesnay.

Luego entabló éste con Bernardo una interminable conversación a propósito de las precauciones que debían tomar para que los tejidos abandonados no se pudrieran en la humedad de los batanes.

Pascual Bouchet —otro gran brujo que llegó por la tarde— fue de la misma opinión.

—Renaudin —dijo— ha desencadenado un movimiento que lo pondrá en un apuro dentro de dos días. El entusiasmo se agota. La semana próxima empezarán sus leales a pedirle cuentas. Si lo convertís en un mártir, lo libraréis de toda responsabilidad. Y los mártires, más pronto o más tarde, resucitan… Hay que esperar.

—Tenga mucho cuidado con el sol, sobre todo —le dijo el viejo Quesnay—; si no se mueven las piezas de vez en cuando, blanquea la parte expuesta a la luz. Luego, con el tinte, quedan en esos sitios unas vetas claras.

—Desde luego —asintió Bouchet—. Yo tenía un antiguo contramaestre de aprestos que contaba siempre cuánto le habían dado que hacer las vetas del tinte cuando dejó unas piezas en el río una noche. «Y, mentira parece, señor Pascual», me decía el buen hombre, «pero fue esa zorra de la Luna la que nos veteó las piezas en el agua».

Aquiles Quesnay, con su característico movimiento de la muñeca, envió a los jóvenes a combatir contra los astros hostiles.

Los dos viejos quedaron solos: Aquiles, reseco y algo amarillento, y Pascual, bastante rollizo, con su eterna rosa en el ojal. El primero, desde que las sacudidas de los telares no agitaban ya su despacho, estaba abatido y daba la impresión de estar enfermo. El segundo, para distraerlo, le ofreció llevarlo a Louviers y enseñarle su fábrica, también parada.

Era la primera vez que el viejo Quesnay penetraba en aquel misterioso reducto, que tanto tiempo había considerado como la caverna del Espíritu del Mal. Se extrañó de encontrarse con unos antiguos pabellones semejantes a los suyos y el mismo olor a churre y a aceite recalentado. Pero la fábrica era más moderna, los muros parecían recién pintados, se entreveían unos lavabos limpios y unos vestuarios con barras niqueladas…

Pascual Bouchet, buena persona y orgulloso de su reino, paseó por sus dominios al gran jefe enemigo dando muestras de afectuosa complacencia. Aquiles, turbado por penosos recuerdos y vagos temores, estuvo allí poco tiempo.

Cuando volvió a pisar el suelo de su tribu, pasó un buen rato en el silencioso patio, cruzándolo en todas direcciones y husmeando voluptuosamente el olor de su lana y de su aceite.

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