Bernardo Quesnay
Capítulo XXVIII
En la fábrica «Quesnay y Lecourbe» los tejedores sólo trabajaban tres días por semana. Bernardo —como un buen médico que se alegra de oír los latidos, por débiles que sean, de un corazón amenazado— recorría las salas escuchando con delicioso placer los pocos telares sobrevivientes. Informado perfectamente de las verdaderas energías que quedaban a la fábrica agonizante, pensaba en las cantidades tan pequeñas que habían de fabricarse antes del colapso final.
—Estos telares podrán tejer gabardinas durante quince días más… Para esas mujeres, me quedan aún cien piezas de «soldado servio»… Después, nada… Las pobres no se dan cuenta de lo frágil que es todo esto. ¿Qué haremos? ¿Dónde podríamos buscar…?
Los obreros lo veían pasar, curiosos y confiados, como la gente civil que encuentra a un oficial en una ciudad bombardeada. En tiempos de paz, lo han juzgado, a menudo, sin indulgencia. Han contemplado su uniforme asociándolo a recuerdos de huelgas y de cuartel. Ahora, felices al verlo, confían en que los defenderá. Este cambio de actitud —tan impresionante, tan profundo— le resultaba a Bernardo agradabilísimo.
Todas sus fuerzas tendían ahora hacia un objetivo pequeño, que antes le hubiera parecido muy poco interesante: buscar compradores, seguir funcionando. En Francia era inútil insistir. Pero quizás estuviera mejor la situación en América, en el Este europeo o en los países —de alta cotización— del Norte.
Habló de esto con su abuelo, que lo miró indignado:
—¿Con los «exóticos»? ¡Nunca! Antes cerrar.
En vano atacó Bernardo durante varias semanas a su antepasado.
—No, no —le respondía éste—. Nunca lo hemos hecho.
—Pero, en resumidas cuentas —argumentaba Bernardo—. Inglaterra y los Estados Unidos no son países de salvajes ni de bandidos. Allí se hacen miles de millones en los negocios. ¿Qué teme usted? ¿Que no le paguen? Tenga en cuenta que allá hay tribunales como aquí.
—Gente a la que no se conoce… —gruñó Aquiles Quesnay.
Las aventuras le aterraban más que la muerte. Por fin encontró su nieto el arma que necesitaba.
—Pascual Bouchet trabaja ahora cinco días por semana… Tiene pedidos importantes de Holanda y de Rumania.
—¿Pascual? —dijo el viejo irguiendo la oreja—. ¡Ah, conque trabaja cinco días! No me lo había dicho.
Al día siguiente, sin que Bernardo abordase de nuevo el tema tabú, fue el viejo quien comenzó tímidamente:
—Después de todo, Holanda, si bien se mira, no está tan lejos… No se perdería nada con que fueras tú a ver…
Antes de marchar, tuvo Bernardo que ir a despedirse de Francisca. No había vuelto a verla desde aquel beso nocturno. La verdad era que había huido de ella. Se había negado, por dos veces, a comer en su casa. En la fábrica la vio de lejos un día, pero en vez de acercarse a saludarla, como hacía siempre, se refugió en el cuarto piso, en el taller de las cardadoras, y no reapareció en el terreno peligroso hasta mucho después. No sabía qué decirle. ¿Qué pensaría de él? ¿Esperaría que aquel gesto fortuito señalase el principio de un verdadero amor? ¿Anhelaría otras veladas semejantes, citas más secretas; o, por el contrario, se habría visto sorprendida, como él, por lo ocurrido? «Pero, ¿qué nos pasó aquella noche?», se repetía. «Nunca me he sentido más ajeno a un acto mío… Ni siquiera puedo sentir remordimientos… Ni por un momento he pensado: “Ahora voy a besarla”; sino que de pronto me he sorprendido a mí mismo besándola.»
Sin embargo él tenía parte de culpa. Había deseado y buscado, durante todo aquel atardecer, contactos imperceptibles, pero deliciosos. ¿Era esto un crimen? ¿Era desleal? Muy poco, en verdad. Lo desleal habría sido continuar conscientemente lo que había empezado sin saberlo. Era imprescindible olvidar ese minuto. No formaba parte del resto de su vida; se le podía extirpar sin peligro. Desgraciadamente, experimentaba un placer tan intenso representándoselo, que lo volvía a vivir a veces en pleno trabajo. De repente, en una avenida de telares, entre los batanes que secretaban un agua amarillenta, sentía el húmedo frescor de aquellos labios y el contacto de aquel cuerpo entre sus brazos.
Lo que también le extrañaba era no sentirse distinto en presencia de Antonio. No le costaba esfuerzo dar sensación de naturalidad. Antonio — hermano suyo— y Francisca —su cuñada— no parecían tener relación con los personajes de la minúscula aventura. Seguía hablando con Antonio del aprovisionamiento de carbón que había de hacerse antes de la subida, de la nueva colección de invierno, de los precios de coste, y mientras, no lo turbaba ningún remordimiento. Ésa era, en verdad, la única realidad: la unión profunda del trabajo en común, de toda aquella larga convivencia fraternal, de las lamentaciones sobre la estupidez del señor Lecourbe, la preocupación por el paro, la fábrica…
El paseo nocturno y aquella mujer —joven y enamorada— eran como esos ensueños cuya fugaz imagen reaparece alguna vez en medio de lo verdadero, ilusiones que deshacemos con una sonrisa.
Temía a Francisca. El oscuro rencor de su abuelo hacia la raza Pascual-Bouchet, flotaba sin que él lo supiera en la idea que se formaba sobre ella. Raza alocada, liviana, insegura. ¿Poseía Francisca el firme concepto de la lealtad propio de los Quesnay? Quizás le dijera: «Bernardo, nos queremos; ¿qué importa lo demás? ¿Antonio? Ya no lo amo, y, además, no es preciso que se entere.» El amor… Las mujeres empleaban siempre esa palabra como si con ella pudiese explicarse algo. ¿Qué era el amor? Existe el deseo, cuya fuerza puede ser dominada, y existen también el afecto, la amistad, la fe conyugal y fraterna. ¿Cómo es posible la convivencia humana si no tiene uno confianza en su mujer ni en su hermano? Desde luego, hay que contar con la resistencia de la carne a los compromisos morales; pero, ¿hay algo más despreciable que un hombre incapaz de comprometerse lealmente?
Cada vez que se embarcaba en esta corriente de ideas, acababa odiando a Francisca.
La víspera de su partida para Holanda le dijo Antonio:
—Supongo que irás a despedirte de Francisca. Me ha dicho que cómo no vas. ¿Quieres venir a casa?
—No, gracias —le respondió Bernardo—; tendré que hacer el equipaje; procuraré pasarme por tu casa a las cinco.
Francisca lo recibió con resignada dulzura. Mientras que Bernardo hablaba —bastante mal, por cierto— de su viaje, de Holanda, de su esperanza de traer trabajo, lo miraba ella con aire interrogante y melancólico, sin responderle. Por fin, le dijo:
—Había preparado una carta para usted, Bernardo, explicándole… Luego la he roto… Resulta demasiado difícil…
—Ha hecho usted muy bien.
A continuación, despiadado, le habló de sus niños. Francisca parecía estar sufriendo, pero no intentó insistir sobre aquello.
Amsterdam. Las pintorescas casas se reflejan en el agua lisa de los canales. Un barquero transporta, en una inmensa gabarra, un minúsculo fardo de té. Unas puertas macizas de madera, barnizadas por el roce de muchos años, cierran la entrada de establecimientos centenarios. Los hombres hormiguean por las calles sin coches.
Kalverstraat, que evoca —con su bullicio— los suks orientales. Olores de especias en un sombrío almacén, un tipo mulato entrevisto en el rincón de una calleja, la fotografía de una sucursal exótica en el escaparate de una tienda, nos recuerdan que estos burgueses poseyeron, antes que nadie, el Imperio de las Indias orientales. Las riquezas de Java han adornado estas casas.
El representante holandés se disculpa, de antemano, de la mediocridad de la vida mercantil.
—Muchos stocks. La baja asusta a los compradores. Aquí tiene usted la Nederlandsch Maatschappij… un negocio enorme… muchos stocks… entraremos sólo a dar los buenos días.
El comprador, señor Loewekamp, es amigo mío; juego con él al billar en el café todas las noches… Goede morgen, herr Loewekamp… Der herr Quesnay van Pont-de-l’Eure…
—Wij Koopen niet —dice el señor Loewekamp, individuo muy gordo y con el cráneo afeitado.
Luego, en un francés macarrónico mezclado de inglés, se disculpa cortésmente.
—Situación difícil… Más tarde… Another time.
Bernardo sonríe, amable. El hombre gordo también sonríe. Vuelve a abrirse la puerta barnizada.
El joven francés, con su paquete de muestras bajo el brazo, sigue recorriendo con paso rápido la orilla de los hermosos canales, tan relucientes. El holandés le va hablando:
—Aquí queremos a Francia. Yo conozco París… la rue Blanche, ¿conoce usted la rue Blanche?… Mire usted esa placa; ahí, en esa casa; la pusieron por un francés: «Aquí vivió René Descartes…» ¿Quién es Descartes? ¿Lo conoce usted? ¡Ah!, ¿y al señor Langlois, el comisionista que vive en la calle de Hauteville, lo conoce usted también? Vamos a entrar aquí… Export Maatschappij… Gran business… Pero, muchos stocks… Sólo les diremos buenos días… El comprador, señor Croninghem, es amigo mío: juego a los bolos con él. Se ha casado con una mujer muy guapa.
—Wij Koopen niet —dice el señor Croninghem, excelente persona, muy benévolo y con el cráneo rapado—. Más adelante…
Más canales, más pisos y mostradores; tranvías tomados al vuelo; claustros agradabilísimos; síndicos de pañería —en carne y hueso— palpando con sus manos expertas los paños tejidos por las mujeres normandas. Mercaderes desconfiados y benévolos a la vez, que despreciaban las lanas mediocres.
—Nos interesa calidad… El precio, lo mismo da… Dibujos sencillos, tonos oscuros… Aquí, necesario trabajar moda del país. ¡Las faldas que mandan aquí los comerciantes de París! Las caderas de nuestras mujeres hacen así, y estalla tela… Aquí, mujeres fuertes, muy deportivas. ¿Viene usted a tomar un curaçao en casa de Focking? Todos van allí, los banqueros y los cocheros… Luego veremos a Sitjhof… Enorme negocio…
Bernardo se lleva de este país sólido unas cuantas promesas de verdad, un poco de trabajo inmediato. La Duval alimentará a sus crios tejiendo los pantalones de los jardineros de Haarlem; el tío Leroy revisará las franelas blancas que contendrán los robustos pechos de las hermosas patinadoras de Amsterdam.
Aquiles Quesnay, desconfiado, ve salir su paño hacia tantas direcciones extrañas:
—¿Loewekamp? ¿Groninghem? ¿Sitjhof? ¿Estás seguro de que son casas antiguas y acreditadas?
Bernardo describe por décima vez a aquellos mercaderes robustos y parecidos a su abuelo. Y, casi en seguida, llegan los cheques. Al ver los nombres de las casas de banca tan conocidas, se apacigua el viejo Aquiles.
—¿Puedo ir a Inglaterra?
—¡Buen negocio!
Es su manera de decir «buen viaje».
Londres. Las manchas rojas de los automóviles, el negro azulado de los policemen («¿De dónde les viene todo este paño negro?», piensa Bernardo) animan el gris de la City. Desde lo alto de un bus, admira las viejas casas del Strand. Vaporosas humaredas negriblancas que deforman a las estrechas casas de piedra, convierten a esta ciudad comercial en una ciudad de ensueño. A su lado, un gentleman, capitán retirado y representante de los Quesnay, le va enumerando —no sin erudición— las antiguas tabernas, los rótulos más ilustres…
En los almacenes, más atestados de piezas que los de París, entra uno sin llevarse siquiera la mano al sombrero. Un pañero de los más antiguos, de cómica y encantadora dignidad, inclina sus cortas patillas y sus gafas de concha sobre los tejidos franceses.
—Well, sir… Esto podría interesarme, no para el Home Trade, sino para el Canadá y el Japón.
Enamorado de la buena lana (como otros de su raza se entusiasman con la buena madera o el buen cuero) palpa amorosamente una ratina suave.
—Very fine, indeed… I’m sorry I can’t buy now. Venga a almorzar a mi club, míster Quesnay.
Ante una mesa de maciza caoba («Fíjese en esta mesa, míster Quesnay; tiene trescientos años»), obliga a Bernardo a beberse varios vasitos de un Oporto de 1856 («Fíjese, míster Qesnay, entre los retratos de nuestros presidentes. Ése lo pintó Reynolds; ese otro, Sargent»), Con estas libaciones cumple el viejo gentleman, sin compras peligrosas, con lo que considera su deber hacia la amistad francesa.
Después del almuerzo, el capitán retirado pasea a Bernardo por los grandes almacenes —admirables por su orden y riqueza— de las Islas Afortunadas. Las vendedoras, lindas como chicas del Gaeity, sonríen al oír el acento francés. Los compradores al por mayor acogen favorablemente a Bernardo:
—¿Sarga? ¿Gabardina?… All right. Quizás podamos comprar.
Desde el puente del barco donde regresa a Francia, contempla Bernardo con alegría a Dieppe, las casas del Pollet, los torreones del Casino, y los delgados hilos del semáforo que, emergiendo de la bruma, se concretaban en la pantalla del cielo diáfano. Animado por el aire tonificante y salado, se imagina claramente su regreso a la fábrica.
—¡Trescientas piezas!… No está mal para los tiempos que corren. El abuelo me concederá un gruñido de satisfacción. Antonio estará encantado… ¡Y tendrá valor de decir el ciudadano Renaudin que hacemos todos los esfuerzos posibles para prolongar el paro! ¡Qué disparatados me resultan los hombres!… Todavía queda un cuarto de hora.
Calándose la gorra, se envolvió bien las rodillas con la manta de tela alquitranada e intentó seguir leyendo el libro que tenía entre manos, El Príncipe, que era, desde hacía algún tiempo, uno de sus preferidos.
«De la crueldad y de la clemencia, y de si vale más ser amado que odiado. —Me ocuparé ahora de las demás cualidades que han de poseer los gobernantes. Un príncipe, sin duda alguna, debe ser clemente, pero con tiento y cuando convenga. César Borgia pasaba por cruel, pero precisamente debió a su crueldad la ventaja de…»
A pesar suyo, se le fue el pensamiento a sus trescientas piezas.
—Cincuenta para Selfridge… Ciento para Scott… Ciento para Graham… Cincuenta para Robinson… Eso es, trescientas. Las sargas las harán en la tejeduría de las mujeres y los cueros azules en los telares de la ribera. Cantaert podrá ahora…
Se esforzó en vano por pensar en otros temas.
—Simona… Los únicos seres que pueden amar de verdad son los que entregan su vida entera al amor… Pero, ¿es anormal eso?… No lo creo… Cincuenta para Selfridge… Ciento para Scott…
El barco se deslizaba a lo largo del muelle. Una capa de musgo oloroso y verde tapizaba el alquitranado maderaje.
—Cincuenta para Selfridge… Ciento para Scott…
Bernardo musitaba su breviario.
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