Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 34 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXXIII

 

—¡Buenas tardes! —dijo Delamain—. Buenas tardes, varón prudente que sabes dar con cuentagotas tu presencia. Los imbéciles creen necesario verse cada ocho días. La verdad es que se renueva uno poco.

Atrajo a Bernardo hacia la luz y lo miró detenidamente.

—Sin embargo, tú sí has cambiado. A ver, vuélvete: tiene gracia. Estás tomando el aspecto de un «capitán de industria».

—¿En qué lo notas?

—¡Ah, querido, para descubrirlo no hay que ser un Balzac! Lo noto en un no sé qué autoritario y bien definido…; el cuello blando, la chaqueta de buen corte, el calzado fuerte… Y, sobre todo, en esa expresión triste, despiadada y tierna de los soldados de Vigny… ¿Qué es de ti? La última vez que te vi por aquí, me dijiste que te aplastaban los negocios.

—Sí —dijo Bernardo alegremente—. Buscaba… buscaba algo muy vago en una dirección donde no puede encontrarse nada. Quería ser «justo». No es posible. Además, ni siquiera significa algo concreto. Puede uno ser fiel a su oficio y a los compañeros; se puede cumplir la palabra empeñada, y —aunque todo ello no deja de estar muy bien— no hay más que eso. Ahora comprendo ya el juego, Delamain, y los profesionales se dignan decirme que soy un compañero honorable… Lo raro es que esto no me impide seguir siendo, en el fondo, el joven bastante tímido e inseguro que tú conoces, gran lector y muy ingenuo… Ahora bien, en cuanto se trata de tejidos, surge en mí un antepasado Quesnay que toma el mando y sabe qué ha de hacerse, sin la menor vacilación… Soy hijo de piloto y conozco los canales peligrosos.

Delamain movió la cabeza.

—Hace mucho tiempo que he notado en ti la presencia de ese antepasado Quesnay.

Fumaron un rato en silencio.

—Lo que debes comprender —dijo por fin Delamain— es que tu solución vale sólo para ti. Te atormentaban ciertos escrúpulos y los has apaciguado con determinados sofismas. Has sacrificado una parte de su inteligencia a la unidad de tu «yo». Está muy bien. Desde luego, para poder vivir necesitamos construir un sistema de ideas que sostenga a nuestro ser… Haces muy bien, pero a condición de no olvidar que, al mismo tiempo que tú, un Ramsay Macdonald, un Romain Rolland, construyen también unos sistemas, radicalmente contrarios al tuyo y que les parecen tan sólidos y nobles como a ti el que te has creado.

—Tan nobles, quizás —dijo Bernardo—; tan sólidos, no.

—Sí, hombre, sí —insistió Delamain—. Has dibujado un tipo de burgués ideal —mezcla de militar e industrial— y procuras vivirlo. Tienes razón. Pero otro ha dibujado un tipo de revolucionario ideal, y también tiene razón… Por otra parte, no debía decirte estas cosas.

—¿Por qué? —dijo Bernardo (y en aquel momento cruzó por su espíritu la imagen de Simona): «También ella pensaba que vivo para un sistema posiblemente falso.» Y continuó—: Además, la belleza no está en las doctrinas, sino en cierta actitud… Tu querido Stendhal lo vio muy bien… Seguramente, me habrás oído hablar del horror que me inspiraba, la fría avidez de los hombres de negocios. ¡Pues bien, amigo mío, el hombre es un animal más complicado de lo que yo creía!… ¿Te he contado la vendetta centenaria entre las familias Quesnay y Bouchet? Después de la gran crisis, se ha recrudecido. Bouchet nos ha declarado la Guerra del Terciopelo de Lana, que merecería —te lo aseguro— alcanzar tanta celebridad como la de Las Dos Rosas o la de los Cien Años… ¿Sabes qué es el terciopelo de lana?

—Tengo una idea —respondió Delamain—, es una tela gris o beige de la que se hacen las mujeres abrigos… Dionisia tiene uno.

—El color no importa —dijo Bernado, con el leve fastidio del técnico ante el profano—; es un tejido cardado, cuyo pelo se tunde después de haberlo sacado… En fin, es el gran éxito de la postguerra. La pequeña-burguesa carece de dinero, la vida está cara y las mujeres cubren la pobreza de sus vestidos con esos abrigos claros, guarnecidos de pieles falsas. Toda la industria textil francesa se dedica a tejer ese género y hay una competencia terrible; sin embargo, durante mucho tiempo, el monopolio de los mejores terciopelos lo hemos tenido entre los Quesnay y Pascual Bouchet. El apresto del Valle era célebre; podíamos ganarnos la vida… Pero como consecuencia de ciertas desavenencias entre ambas familias, que ya obligaron a mi hermano a marcharse de la fábrica…

—¿Tu hermano Antonio? —se extrañó Delamain—. ¿Abandonó el negocio?

—Sí, ¿no lo sabías? Ha comprado una casa en el Sur y vive allá desde hace varios meses. En realidad, últimamente casi no hacía nada, así que no ha supuesto un gran trastorno… El señor Bouchet, sintiéndose desligado de toda consideración hacia nosotros al abandonar el campo su yerno, rompió las hostilidades ofreciendo a los Almacenes del Louvre un terciopelo soberbio a un precio completamente ridículo. «¡Muy bien! —dijo mi abuelo —, si Pascual quiere jugar esta partida, seré yo quien la termine. Tengo más riñones que él.» Así que contraatacamos al día siguiente y ganamos gloriosamente la batalla de las Galerías Lafayette. Luego siguió la campaña con diversas alternativas, en el «Printemps», y en la «Samaritaine». El combate del «Bon Marché» quedó indeciso y cada bando creyó haberlo ganado. En un principio, ambos beligerantes habrían deseado circunscribir la lucha, pero resultaba imposible. Los precios se difunden en seguida. Se establece una cotización. Y acaba uno vendiéndolo todo por debajo del precio de coste. En el balance de diciembre, descubría Pascual Bouchet que había perdido varios millones. Nosotros, naturalmente, perdíamos otro tanto, pero a él le resultaba más duro porque carecía de reservas. Antes de iniciarse las hostilidades sufrió ya una pérdida enorme al hundirse un tal Vanekem y a consecuencia del cambio rumano, así como por los tremendos gastos que realizó para restaurar su castillo de Fleuré, que ha pertenecido a Inés Sorel… Tenías que haber oído a mi abuelo explicando todo esto y hablando de Inés Sorel con un encogimiento de hombros inimitable. A pesar de todo, Bouchet resistía y confiaba en el porvenir. Lo sostenía una banda local; le hubiera bastado una temporada con suerte para rehacerse.

»Desgraciadamente, el banquero se vio muy necesitado de dinero y tuvo que exigirle el inmediato reembolso de parte de la deuda. Pascual Bouchet solicitó una moratoria; al otro le fue imposible concederla… Y, hace unos días, la fábrica Bouchet parecía abocada a la suspensión de pagos a fin de mes. Desenlace trágico, bajo su aparente vulgaridad, si piensas que el señor Bouchet tiene setenta y ocho años, que se ha pasado toda su vida trabajando y que ha sido considerado, muy justificadamente, Cómo el más honrado de los hombres; en fin, era para él un final de carrera triste e inmerecido. En cambio, para mi abuelo, era la realización de todas sus profecías, la ruina del enemigo hereditario, la gran victoria.

»Pero Pascual Bouchet, al verse en este inmenso peligro, ha hecho lo último que pudiera preverse. Le ha pedido una entrevista a mi abuelo, con quien no había hablado desde hace muchos meses, le ha planteado su situación y le ha dicho que contaba con su apoyo.

—Me recuerda a Napoleón a bordo del Bellerophon —interrumpió Delamain—. «Vengo, como Temístocles, a sentarme en el hogar del más poderoso, más constante y más generoso de mis enemigos.»

—Exactamente… Pero mi abuelo se ha portado mucho mejor que los ingleses. En primer lugar, no manifestó alegría alguna; ni siquiera dijo, lo cual hubiera sido legítimo: «¡Siempre lo estuve anunciando!» Permaneció silencioso toda la tarde, e incluso bastante sombrío. A la mañana siguiente, fue a Louviers y se encerró con Bouchet. Cuando regresó, nos dijo: «He visto su último inventario. Aún puede salvarse. Se necesitan cuatro millones; podemos dárselos.» Y ha puesto en pie a este competidor, cuyo aniquilamiento persiguió durante cuarenta años… ¿Eh, qué te parece?

Delamain miró a su amigo con divertida atención.

—Me parece que encajáis perfectamente en la tradición militar… Se lucha por espacio de cuatro años, de treinta años, de cien años; luego se arruina todo el mundo y el vencedor le presta al vencido lo poco que le queda… Ya ves que, en el fondo, el gran error de todos los economistas — desde Ricardo y Bentham hasta Marx— es el de creer que los negocios se realizan para ganar dinero. La finalidad que persigue un hombre como tu abuelo, no es hacerse rico, sino llegar a serlo a fuerza de luchar con un rival. Si el rival desaparece, se acaba el juego… Como dice ese inglés… creo que es Russel…: «Si dos equipos de fútbol se pusieran de acuerdo, podrían marcar muchos más goles; pero no habría fútbol.»

—Te has dado perfecta cuenta —le dijo Bernardo—. En realidad, es un juego muy triste.

—Todos los juegos son tristes —le replicó Delamain—. Los hombres verdaderamente alegres, no juegan nunca.

—No seas paradójico. He trabajado toda la mañana y estoy cansado.

Bernardo miró su reloj. Cenaba con Lilian Fontaine. Ésta le había rogado que fuera puntual, porque ella entraba en escena a las nueve.

La escalera de Delamain era incómoda, estaba mal alumbrada… ¿Y la cena?… Lilian iba a hablarle de su carrera artística… Indudablemente, se estaba haciendo famosa. «En mi generación —decía la Fontaine— no contamos más que Falconett, Gaby Morlay, Blanca Montel y yo… Cabemos todas.» También decía: «Lástima que el Français pague tan mal, porque me encantaría interpretar Phèdre en él.» En el fondo, no le gustaba Bernardo. Sólo pensaba en su propia carrera. Lo mismo sucedía a Bernardo. Pero Lilian tenía un cuerpo delicioso. Para qué más.

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