Bernardo Quesnay
Capítulo V
Desde la muerte de su mujer, Aquiles Quesnay comía en casa de Antonio todos los domingos. Hablaba poco, aparte de las dos o tres bromas que gastaba a Francisca sobre sus gustos Pascual-Bouchet. Después de comer, fumaba un puro mientras lanzaba hostiles miradas a ciertos objetos que le eran más odiosos que otros: una silla de manos pintada de verde, un modelo de fragata, un barómetro antiguo. En las paredes, los violetas pálidos de los lienzos de Jouy, y, en las ventanas, los visillos de un amarillo pajizo, parecían difundir por el salón una luminosa serenidad.
Antonio leía El Consulado y el Imperio o reparaba algún timbre, o un plomo fundido; sólo era feliz con Thiers, Taine, Tocqueville, o teniendo en la mano un destonillador o un martillo. En la fábrica, se pasaba todo el tiempo en el taller de los mecánicos e inventaba pequeños e ingeniosos perfeccionamientos para las máquinas. Cuando su abuelo se hallaba presente, Antonio parecía azarado y como a la defensiva. Lo miraba de vez en cuando, y sabía que el viejo estaba pensando: «¡Vaya un salón para un nieto mío, y vaya una mujer!», convencimiento que le hacía sufrir un poco, en silencio.
Francisca, mientras tocaba distraídamente unos acordes sueltos, los miraba con una triste extrañeza que dos años de experiencia no habían conseguido apaciguar. La vida sombría de los Quesnay la asfixiaba. En casa de su padre, en Fleuré, estas reuniones de la tarde resultaban casi siempre vivas y alegres; había invitados, se organizaban juegos, se leía en voz alta, se tocaba algo de música… Pero estos Quesnay, fuera de las horas de trabajo, eran como máquinas desembragadas. Estaban esperando el momento de volver a la fábrica y sólo recobraban alguna vida cuando uno de ellos evocaba un detalle olvidado: cliente descontento, obrero enfermo, pieza averiada…
—Qué distinto era Antonio durante nuestro noviazgo —pensaba Francisca—. Pero entonces era oficial, y apenas si veía a su abuelo; miraba de lejos, con indiferencia, a esta fábrica que detesto. Le quedaba tiempo para pensar en mí. Me prestaba libros; me los explicaba. Era tierno y atento.
Recordó sus citas a orillas del río, a medio camino entre Pont-de-l’Eure y Louviers. En aquella época, se enorgullecía de poder acercar a los Mónteseos y Capuletos del Valle. Antonio le había dado una magnífica edición de Romeo y Julieta, encuadernada en piel de gamo, violeta, con esta dedicatoria: «To Juliet». Siempre le había gustado ese color «parma». Hacía dos años de aquello, y un entusiasmo tan delicioso había venido a parar en veladas como ésta. Sus dedos, deslizándose suavemente por las teclas, esbozaron una melodía de Schumann.
—«Las rosas, las azucenas, él sol, las palomas…» —tarareó Bernardo, y sonrió a su cuñada.
El joven se levantó, fue a sentarse junto a su abuelo, y contó la visita de las cardadoras.
—En realidad —concluyó— tienen razón.
—¿Que tienen razón? —refunfuñó Aquiles—. Es muy fácil decirlo. Todos tienen razón.
—No se trata de todos —dijo Bernardo, un poco nervioso—. Si concediera usted veinte céntimos por hora a esas mujeres, seguiría la tierra dando vueltas.
—Veinte céntimos por hora y por obrero —dijo el anciano— representa un millón al cabo del año.
—Pero vuelvo a insistir —recalcó Bernardo— en que no se trata de toda la fábrica.
—No puedes aumentarles el sueldo a unos —dijo Antonio, abandonando a Thiers— sin aumentárselo a los demás. La jerarquía de los telares es sagrada. Una zurcidora quiere ganar más que una cardadora; y un hilador más que un tejedor.
—Y, ¿por qué? —preguntó Bernardo—. Tienen los mismos estómagos y las mismas necesidades.
—No hay por qué que valga —dijo el abuelo encogiéndose de hombros —. Es así porque sí.
Estaban dando las nueve. Se levantó. Nunca se despedía de ninguno de ellos. Antonio lo acompañó hasta la verja. Bernardo quedó solo con su hermosa cuñada, la cual, girando en el taburete del piano con una especie de juventud liberada, lo miró sonriéndole amistosamente y casi con complicidad. Antes de la guerra, lo había tratado poco, pero lo venía viendo con bastante frecuencia desde que el armisticio hizo más fáciles los permisos. Inspiraba a Bernardo un sentimiento muy curioso, mezcla de admiración, simpatía y temor. ¿Temor de qué? No habría sabido decirlo. Parecía siempre dispuesta a tomarlo como confidente; quizás fuera de eso de lo que tenía miedo. Concedía una gran importancia a la lealtad que debía a su hermano. Pero, ¿qué podía confiarle ella? Antonio adoraba a su mujer; era un marido perfecto.
— [3] Well, Bernard, how are you getting on? —dijo Francisca.
Había sido educada por una institutriz inglesa y siempre había hablado en inglés con sus hermanas. Era para ella el idioma del misterio, de la intimidad. Bernardo, que había pasado un año en Londres, también gustaba de emplearlo frecuentemente, y esto les había aproximado. Antonio comprendía bastante, pero con dificultad.
—Pues, ya ve usted —dijo Bernardo—. Trato de hacerme otra vez a las costumbres de Pont-de-l’Eure. No es muy divertido…
—¿Divertido? —interrumpió ella con indignación—. Desde luego que no. Pont-de-l’Eure no tiene nada de divertido. Yo, por lo menos, estaba algo preparada. Louviers no está tan lejos ni es tan diferente. Pero si se casa usted con una francesa, tendré que compadecerla.
—No tendrá usted que compadecer a nadie, Francisca. Tranquilícese, no pienso casarme.
—¿Cómo puede asegurarlo?
—¿Es usted discreta? ¿Sabe guardar un secreto?
—No es ningún secreto, mi pobre Bernardo; todos saben aquí que tiene usted un apaño, que se le ve por París, y por otras partes, con una mujer muy bonita. Pero eso no puede ser eterno.
—Claro que no, puesto que no soy inmortal, pero durará todo el tiempo que ella lo desee.
—¿De verdad? —dijo Francisca, animada y dichosa—. ¿La quiere usted mucho? ¿Es guapa?
—¿Qué puedo decirle yo? Soy parte en el asunto. Pero he de reconocer que desde que la conozco no he encontrado una mujer que pueda comparársele, salvo usted, quizás, Francisca. No, no es un cumplido idiota; se parece a usted. Incluso he pensado muchas veces que es curioso se hayan enamorado los dos hermanos Quesnay de mujeres del mismo tipo. Sólo que Simona tiene una cierta audacia que le falta a usted. La expresión que la caracteriza a usted, es más bien una resignada dulzura.
—¿Tengo yo aspecto de «dulzura resignada»? —se preguntó Francisca con curiosidad. ¡Me siento tan poco resignada! Me entran ganas de…—. Pero, Bernardo —dijo—, ¿por qué no se casa usted con ella?
—En primer lugar, porque está casada. Además, no creo en el matrimonio.
Francisca lo miraba, inclinada hacia delante, con el codo apoyado en la rodilla y la barbilla sobre la mano. Era su actitud habitual durante sus ensueños.
—(¿Le escribirá? ¿Todos los días? ¿Puede ser «novelesco» un Quesnay? ¿Por qué tengo en este momento la impresión de haber frustrado mi vida? Antonio me ama sólo a mí. Lo único malo es que me aburro…) ¡Cómo lo siento! —dijo en voz alta—. Contaba con usted para que me proporcionara una compañera de harén. ¿Sabe usted que aquí hay toda una conspiración para que se case usted con su prima Lecourbe?
—¿Yvona? Si es una criatura, ¿no? Hace años que no la veo. Estaba siempre en el internado cuando yo llegaba aquí con permiso. El último recuerdo que tengo de ella es de haberla columpiado en el jardín de los Lecourbe. Pesaba mucho.
—No es tan niña. Tiene diecinueve años y es muy interesante. Es muy instruida; tiene el título de bachiller y prepara la licenciatura de lengua inglesa. Ahora está en Oxford… ¿Verdad que es curioso? Los dos hijos de Lecourbe son inteligentes. Rogerio es un portento en sus estudios.
—Bueno, después de todo —replicó Bernardo— son medio Quesnays… ¿Y cómo es mi prima? ¿Bonita? ¿Fea?
—Es difícil explicarlo; tiene bonitas facciones, pero es muy «fuerte». Es atrozmente deportiva, ¿sabe usted?; creo que desarrolla demasiado ciertos músculos. Intelectualmente, tiene una autoridad que espanta.
—¡Buen retrato! —dijo él, riendo—. Entonces, ¿me la destinan?
Entró Antonio. Traía las manos negras de grasa.
—Perdón —dijo—, me he llegado al garaje. El auto ha subido muy mal la cuesta esta tarde y he ido a examinarlo con Carlos.
—¿Qué le pasaba? —dijo Bernardo.
—No llegaba la gasolina.
Discutieron un rato sobre los problemas de la mezcla explosiva, y luego se despidió Bernardo.
Habían decidido la víspera que viviría en casa de su abuelo.
—Este Bernardo es el mismo de siempre —dijo Antonio a su mujer cuando se quedó solo con ella—. Durante una huelga, teniendo solamente diez años, preguntaba: «Abuelo, si vendiera mi bicicleta, ¿podría darles lo que piden?»
—¡Qué detalle! —dijo Francisca—. ¿Qué respondió tu abuelo?
—Lo ha estado contando por espacio de diez años. Nunca he llegado a saber si era por orgullo o por desprecio.
—Me pregunto —dijo Francisca, pensativa, mientras empezaba a desnudarse—, me pregunto si se hallará Bernardo aquí a gusto, después de una ausencia tan larga.
—No tendrá más remedio —dijo Antonio mirándola con cierta inquietud.
Antes de acostarse, estuvo un buen rato reparando el grifo de agua caliente del baño. Francisca leía una novela y, de cuando en cuando, miraba la hora.
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