Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 36 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo XXXV

 

 

Un criado llegó al despacho para avisar que el señor Aquiles Quesnay estaba enfermo y había de guardar cama. A la hora de almorzar, fue Bernardo a interesarse por la salud de su abuelo. Encontró al médico en la escalera.

—¿Es de gravedad? —le preguntó.

—Por esta vez —dijo el doctor Guerin— no es muy grave, pero sí una advertencia bastante seria. No debe seguir trabajando.

Le había dado una congestión leve. Estaba extendido en una chaise-longue, con el rostro excesivamente enrojecido y con este aspecto de extremada seriedad que imprimen la proximidad de la muerte y el esfuerzo de la lucha; respiraba precipitadamente y miraba a los visitantes con ojos inquietos y vidriosos. Bernardo observó este dormitorio en el que no había vuelto a entrar desde muy niño. La cama de su abuela estaba aún allí. Los muebles se hallaban cubiertos con terciopelo granate. Grandes botones punteaban el enfundado de los sillones. Había en las paredes unos daguerrotipos y, sobre la chimenea, una figura de bronce regalada por los obreros el día en que se casó Aquiles Quesnay. También había caracolas y piedras pintadas, recuerdos de Dieppe y de Étretat.

—Buenas tardes, abuelo —dijo Bernardo.

—Buenas tardes —le respondió una voz notablemente débil—. ¿Qué hay de nuevo?

—Nada de particular. Todo marcha bien. Hemos recibido esta mañana un magnífico pedido del Brasil.

—¿Y la libra?

—A más de 100 francos.

—¿La lana?

—Cara.

En este momento entraban de puntillas el señor Lecourbe y su hijo.

—¿Qué hay de nuevo? —repitió el anciano con cansancio.

—Nada —dijo Rogerio—, todo está cada vez más caro. He visto hoy un 2-70 a 80 francos. Y no habrá más remedio que comprarlo.

—¿Para las gabardinas? —preguntó Aquiles.

Y casi llegó a sonreír, feliz de poder recordar.

Luego se callaron todos. Sentados alrededor del antepasado, buscaban en vano un tema que pudiera distraerlo de su angustia. «¿Marruecos?», pensó Bernardo… «No, le importa poco… ¿Las huelgas de los mineros ingleses?… Tampoco… ¿Qué he visto ayer en París?… ¿Le hablo de la Santa Juana, de Shaw? ¡Menudo roción me llevaría!… Es curioso, quizás esté a punto de morir y sin embargo me parece inconcebible que pueda hablársele con ternura, ni siquiera con naturalidad… Creo que me ha querido… ¡Pobre viejo!…»

Un rápido desfile de pensamientos le presentó de pronto un tema de indudable interés para el enfermo.

—El batanero del señor Bouchet le ha dicho a uno de los nuestros que han salido mal todos los abrigos fabricados allí para la nueva temporada.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo el abuelo con una débil sonrisa de su boca torcida —. Ese Pascual no ha sabido nunca enfurtir… nunca.

—Las cardadoras —intervino el señor Lecourbe— reclaman un aumento de jornal.

—Y tienen razón —murmuró Rogerio Lecourbe.

Bernardo le lanzó una mirada de censura y le replicó:

—Que tienen razón… es muy fácil decirlo.

En ese momento, el sonido de su propia voz le recordó que su abuelo le había respondido con aquella misma frase, exactamente la misma, hacía seis años, y enrojeció. Aquiles Quesnay se había quedado dormido. Todos salieron de puntillas.

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