Bernardo Quesnay

André Maurois · Capítulo 5 de 38

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Bernardo Quesnay

Capítulo IV

 

 

Aquiles instaló a su nieto en su despacho particular, antro obscuro, atestado de centenarios registros, y le confió la tarea de comprobar unos precios de coste. Un profano no hubiera visto en estos cálculos —que son los ritos más secretos de la magia industrial— sino unos problemas vulgares; en cambio, los iniciados sabían la parte que desempeñaba en ellos la inspiración poética. Sólo el genio de los Quesnay podía dictarle a Aquiles —en una especie de delirio sagrado— la súbita decisión de olvidar sus gastos generales para quedarse con una contrata ansiada por Pascual Bouchet, o aumentar su precio de hilatura, hasta extremos disparatados, para librarse de la peligrosa solicitud de los «exóticos».

Pero, Bernardo, novicio sin vocación, no se daba cuenta de la grandeza de su ministerio. Frente a él le tapaban el horizonte los ladrillos cochambrosos de un largo pabellón plagado de ventanas. Sobre el traqueteo de los telares, siempre perceptible en el aire móvil, bordó el comienzo de la Pastoral. Luego, meneando la cabeza, volvió a sumirse en el trabajo:

—12 kilos de urdimbre a 56 francos… 672 francos…; 14 kilos de trama a 27 francos… 378 francos… Hilatura: 82.000 duchas a… ¿a cuánto?

Tarareó la Ronda de los campesinos.

—Y serían capaces Delamain y sus amigos de decir que tengo mal gusto. ¿Qué puede importarme que Beethoven se repita si me agrada lo que repite? Lo que ocurre es que esto les resulta demasiado sencillo… También yo comprendo a Stravinsky, pero eso no le resta valor a Beethoven… Bueno, mi precio de coste… 82.000 duchas… El sábado tocan obras de Wagner en la Sala Pierné, y por la noche ponen una comedia de Molière en el Vieux-Colombier. Podría llevar a Simona… Avisándola a tiempo, se zafaría del marido. Pero me haría falta salir mañana mismo por la mañana; loca ilusión… las sacudidas de los telares me recuerdan, al agitar esta mesa, que he de respetar las leyes de Pont-de-l’Eure. En el cristal de mi puerta repiquetea la mano temible del señor Cantaert, quien no parece estar satisfecho de mí. Aquí está ya el señor Cantaert con su blusa blanca.

Cantaert, director de compras, trataba con severidad a sus jóvenes patronos.

—Señor Bernardo, es absolutamente necesario que le hable usted a Desmares, el director de hilados. No es una persona seria. Me lleva pedidas tres llaves inglesas en tres días.

—Se lo diré, señor Cantaert.

—Sí, hay que decírselo. Además, señor Bernardo, quisiera que echara usted una ojeada a esta nota del papel de embalaje. Dígame: ¿es posible consumir una tonelada de papel en diez días, teniendo en cuenta…?

—Señor Cantaert, los embaladores son unos criminales, y se lo diré en su cara.

—Todo lo que estoy diciendo es en interés de la casa. Pone usted cara de aburrido cuando le cuento esos detalles; sin embargo, todo esto tiene su importancia.

—Claro, claro, señor Cantaert.

—Por las economías que se hacen gracias a mí, me gano dos veces el sueldo. No me comprenden como yo quisiera. Y, para poder controlar, necesito el apoyo del patrono.

—Lo tendrá usted, señor Cantaert.

La blusa blanca de Cantaert desapareció en el recodo de una bóveda. Bernardo, aplicado, se sumergió en el registro de los precios de coste.

—… 82.000 duchas a 0,60 fr, más diez céntimos por carestía de la vida…, 65 francos. Cardadura, urdimbre, encoladura…, 50 francos… ¡Adelante!

Entró el señor Desmares, enrojecido por la indignación.

—Señor Bernardo, ¿es cierto que le ha dicho usted a Cantaert que me llame la atención sobre mi consumo de utensilios?

—Señor Desmares, sería más exacto decir que el señor Cantaert ha venido a quejárseme…

—Si no tiene usted confianza en mí, señor Bernardo, tendré que dejar de dirigir su hilatura. No me como las llaves inglesas; si las pido, es porque las necesito. ¡Ese Cantaert!… ¡No quiero tener nada que ver con él!

—Señor Desmares, sólo tendrá usted que ver conmigo.

—De usted, señor Bernardo, lo acepto todo. ¡Pero de ese…!

Calmado por fin, se marchó. El joven suspiró:

—Gobernar a los hombres es un oficio complicado. Para triunfar en ello hay que estar totalmente desprovisto de tozudez. La psicología de estos directores es la misma que la de los héroes de Homero. El libro más útil para un jefe industrial, no es el baremo de Taylor, sino los Caractères de La Bruyère. Sustituyendo la lucha por los cargos por la de la fortuna, el capítulo «De la Corte» se convertirá en uno admirable «De los negocios»… Dentro de cinco minutos me reciará el abuelo Aquiles su precio… Tinte… 22 kilos a 6 francos, 132 francos… Aprestos… 50 francos… Gastos generales… ¡Vaya, otra vez!… ¡Adelante!

Llamaron dos veces, con timidez.

—¡Adelante! —gritó más fuerte—. ¡Pasen de una vez, por amor de Dios!

Unas manos temblorosas hicieron girar con dificultad el pestillo de la puerta. Entraron cinco viejas, con las manos nudosas entrelazadas sobre el delantal negro y los honrados rostros pálidos de emoción. Este coro de suplicantes se alineó y esperó un poco para tomar aliento.

—¿Señora Petitseigneur? ¿Señora Quimouche? ¿Qué puedo hacer por ustedes, señoras cardadoras?

—Señor Bernardo, aquí hemos venido porque no nos atrevemos a ir al señor Aquiles. Espero que no nos guardará usted rencor por haber venido a hablarle de aumento de sueldo al día siguiente de su regreso, pero es que, ¿sabe usted?, no puede una vivir. Los campesinos, señor Bernardo; sí, los campesinos son los que nos devoran. Vaya usted, vaya usted al mercado de Pont-de-l’Eure: un conejo, cuatro francos y cinco perras chicas; los guisantes… ¡ni hablar! ¡Mientras más nos paga usted, más sube todo! Los tejedores que cobran ochenta, cien francos, no se paran a pensar si es caro o no; pero nosotras… ¡nosotras estamos siempre sacrificadas! Las cardadoras son viudas la mayoría, pero son indispensables para la fabricación, señor Bernardo…

Les sonrió, azarado. Era evidente la angustiosa buena fe de aquellas mujeres. Le habría encantado distribuirles riquezas que las hubieran dejado asombradas y contentísimas, pero la sombra de Aquiles Quesnay flotaba, temible y prudente, en el vapor de las calderas que empañaba los vidrios del despacho. Dijo algunas frases vagas: acababa de llegar, no estaba al corriente, tenía que consultar a su abuelo.

—No faltaba más, señor Bernardo, tómese el tiempo que quiera para pensarlo. Esté tranquilo, no vamos a declararnos en huelga… No nos gusta hacer de monas por las calles.

Con las manos entrelazadas sobre el delantal negro, se alejó el coro de suplicantes.

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