Como la sombra que se va
Capítulo 8
H AY otra versión de su llegada al Texas Bar. Es por la mañana, pero tal vez más temprano. Lleva consigo la maleta, la gabardina bajo el brazo, la bolsa de viaje, de modo que no ha pasado por el hotel. La mujer joven que bebía algo en la barra se fijó en eso, dijo luego, en la maleta, en el aire de recién llegado y de perdido que tenía, en el bar no abarrotado todavía pero aun así muy animado para aquella hora, una Babilonia, decían muchos años después los viejos que todavía lo recordaban, camareros jubilados, antiguos libertinos correosos. Dónde habría pasado entonces la noche, desde la llegada a Lisboa, cargado con la maleta, en la ciudad extranjera y desconocida, desierta, sin tráfico, con balcones cerrados, con escaparates sin luz y maniquíes fantasma en las tiendas de tejidos, con el agua de las fuentes resonando en mitad del silencio en la Praça do Rossio y un brillo de charol en los adoquines humedecidos por la neblina de la noche.
En vez de al hotel Portugal el taxi lo llevó directamente desde el aeropuerto al Cais do Sodré. Quizás él había preguntado dónde podían encontrarse a esa hora bares abiertos y mujeres. Después de la oscuridad y el silencio bajó del taxi y se encontró sumergido en las luces violentas de los neones de los bares, en las ráfagas de música que salían de las cortinas rojas entornadas, en el clamor gregario y masculino de los bebedores, los borrachos, los marineros alucinados por el alcohol y la cercanía de las mujeres. Tan distinto él a los otros, tan solo, tan fuera de lugar. Pero en cuántos bares pudo estar antes de llegar al Texas, durante todas esas horas, con su bolsa al hombro y su maleta, con su cansancio de viajes, abriéndose paso entre los marineros juerguistas, las parejas moviéndose al son de la música en las pistas de baile, las mujeres que lo llamaban desde las esquinas o desde los balcones de los primeros pisos, con los anchos escotes apoyados sobre las barandas, rebosando de ellas como los geranios de flores rojas sobre las macetas.
Si no pasó su primera noche en el hotel Portugal no hay manera de rellenar esas horas. Aparece de golpe, completo, exótico, idéntico a sí mismo, en el Texas Bar, con todo el prestigio de su visible extranjería, en una penumbra más protectora porque se había acogido a ella a media mañana o a primera hora de la mañana, sentado delante de una cerveza, mirando de vez en cuando de soslayo a la mujer que le sonreía al final de la barra acolchada. Con un gesto breve y eficiente le indicó al camarero que le sirviera otra bebida. En uno de los pasados volubles que improvisaba charlando con desconocidos había regentado un selecto bar de cócteles en Acapulco durante varios años, bajo un techo de hojas de palma, a unos pasos de la orilla, tan cerca que se notaban bajo las plantas de los pies los golpes de las olas sobre la arena dorada, se oía luego el rumor de las burbujas de espuma deshaciéndose al retirarse el agua. No fumaba pero tenía dispuesto un mechero para darle fuego a la mujer del Texas Bar cuando ella lo pidiera; un mechero o una caja de cerillas: entre sus últimas pertenencias se encontró una caja de cerillas con el letrero y la dirección de un restaurante de Toronto, el New Goravale. El mechero Ronson de James Bond era plateado y liso como una pitillera, como una pistola camuflada. En el espejo que había detrás de los anaqueles de botellas se examinó con cuidado, con satisfacción, con algo de nerviosismo. «Cambiar la cara de un hombre es casi invariablemente cambiarle el futuro», decía en el libro del doctor Maxwell Maltz. En la penumbra del bar, en el espejo parcialmente escarchado, detrás de las botellas, estudiaba de soslayo su propio perfil, modificado por la cirugía estética, la nariz menos puntiaguda, la barbilla menos pronunciada, la cara enigmática y tal vez prometedora que la mujer joven de pelo corto miraba ahora con más descaro. Qué lástima que no le hubiera dado tiempo a corregir las orejas. Había subrayado en una novela de James Bond: Era un solitario, un hombre que caminaba solo y no entregaba su corazón a nadie.
Desde su esquina de la barra la mujer alzó con un gesto de brindis la copa que el camarero acababa de servirle. Se habían distinguido, casi reconocido, desde el momento en que él cruzó la cortina roja y se quedó inmóvil y parpadeando para acostumbrarse a la penumbra súbita, a la amplitud inesperada del Texas Bar, decorado con maquetas de barcos, timones, redes, panoplias de remos, ojos de buey, idéntico a la Neptune Tavern de Montreal, tan lejos, casi al principio de la huida, en el tiempo remoto, el que dejó de existir en el momento del disparo. En medio de la gente y del ruido de las conversaciones, los gritos y la música, los dos se reconocieron en su mutua rareza. Ella sola en la barra, muy erguida, aislada, novata todavía, sosteniendo un cigarrillo que apenas fumaba, con una vaga intención novelesca o cinematográfica, de novela sentimental o de revista ilustrada de cine, delante de una copa de color de fruta artificial y de sabor alcohólico que casi no había probado, porque el alcohol la mareaba tanto como el tabaco, le daba náuseas, le hacía perder el sentido del tiempo, más aún en ese lugar al que no llegaba la claridad del día, en el que siempre era la misma hora, la misma noche prolongada.
La imaginación no sabe predecir nada. Esa mujer se llamaba, quizás se llama todavía, Maria I. S. He escrito el nombre compuesto y el apellido y luego los he borrado. Cuando se escribe sobre personas reales cuesta hacerse a la idea de que son vulnerables, a diferencia de los personajes inventados, y de que lo que decimos sobre ellas puede afectar a sus vidas. Tampoco es un estereotipo: resaltaría más entre la bruma de caras y voces y humo de tabaco del Texas Bar porque no tiene aspecto de prostituta. Hay una foto de ella en la revista Life, tomada sólo unas semanas después. Es mucho más joven de lo que uno habría imaginado. Tiene el pelo corto y moreno, peinado a la manera de los años sesenta. No está maquillada, ni muestra un escote ceñido, sino una blusa ligera, de cuello alto, de un corte sofisticado, que resalta la delgadez de su figura, una blusa con las mangas recogidas por encima de las muñecas, una pulsera, un colgante largo en el pecho, quizás con un crucifijo o una medalla religiosa. Tiene unas manos largas de uñas ovaladas, una osamenta distinguida. Mira con una sonrisa joven, inteligente, complacida. Está contenta de que la fotografíen unos americanos, un poco nerviosa. Cuando llegó a Lisboa ese número de la revista, a finales de junio, había dueños de kioscos y camareros en el Cais do Sodré que la reconocían por la calle y le decían que era igual que una artista de cine.
Guardará muy bien escondido un ejemplar de la revista durante muchos años. En esa época lleva prostituyéndose muy poco tiempo. Ha de mantener a sus padres y a sus hermanos, una familia pobre de Lisboa, los padres viejos y torpes, los hermanos haraganes o enfermizos. Ella finge que va a trabajar a una tienda cada mañana, y por eso está tan temprano en el Texas Bar. Le gustan más esas horas del día, casi siempre tranquilas, sin las multitudes y los alborotos que se hacen más violentos según avanza la noche. Los clientes de esas horas además suelen ser hombres menos jóvenes, más educados, aunque también con frecuencia más raros. Nunca se queda en el bar ni está con un cliente después de las cinco de la tarde, para volver a casa a tiempo, como si hubiera terminado la jornada laboral en una oficina o en una tienda. Si nadie en su familia ni en su vecindario tiene idea de a qué se dedica y ni siquiera podría imaginarlo, acostarse con hombres a cambio de dinero será menos vergonzoso, una mancha que ella borra de sí cuando se lava con mucho cuidado y vuelve a vestirse y sale sola de la pensión con su dinero guardado en el bolso. Unos pasos más allá, al doblar una esquina, ya es una mujer de Lisboa como otra cualquiera, con su cabeza ligeramente inclinada y sus pasos cortos sobre los mosaicos de la acera. Las cosas más raras suceden en la vida sin que uno se dé mucha cuenta.
Casi cuarenta años después, con sus ojos de color de leche agria fijos por azar en una imagen de san Antonio colgada en la pared que ella no ve, Maria I. S. recuerda que se metió a puta un domingo por la noche. Salía del cine y volvía sola a su casa, vagamente triste, acordándose de la película, cuando pasó delante de un taxi que estaba parado junto a la acera. El taxista la miró venir, apoyado en el morro, fumando. De soslayo ella vio que había alguien en el asiento trasero, una figura ancha, masculina y oscura, un cigarrillo encendido. Le producía una duradera perplejidad la importancia del tabaco en todas aquellas transacciones. El taxista evaluaba desde lejos su cara fragante, el dibujo de sus labios, la barbilla, los pómulos, los ojos rasgados, los tacones torcidos, la chaqueta insuficiente de lana, la falda sin lustre. Le preguntó algo al azar, tan sólo para retenerla, si vivía por allí, si venía del cine, la marquesina y los carteles pintados a mano relucientes al fondo de la calle.
Le ofreció un cigarrillo, americano auténtico, dijo, y ella negó con la cabeza. Cerca del cristal, en el interior del coche, como en una urna funeraria, un hombre enlutado de cara carnosa la examinaba. El taxista se acercó más a ella y le dijo en voz baja, en un tono afable de algún modo desconectado del brillo de sus ojos y la expresión de su cara, que si quería ganar quinientos escudos no tenía más que entrar en el taxi y sentarse al lado del viajero que esperaba en él, todo un caballero, conocido suyo, de toda confianza. Él mismo, el taxista, los llevaría a los dos a una pensión discreta y limpia, no lejos de allí. Cuando ella entró en el taxi el hombre se removió sobre el cuero del asiento para hacerle sitio, las dos manos abiertas sobre el pantalón, una de ellas con un anillo grueso en el dedo anular. La luz del techo le iluminaba las manos pero no la cara.
El paso de los años no le debilitó los recuerdos. Al sumergirse en la ceguera se le borraba el tiempo más cercano, pero se volvían más vívidas las imágenes de cuando era joven y tenía la vista intacta. Era como encontrarse en la oscuridad protectora de un cine y ver en la pantalla películas en color, o como ver de nuevo los anuncios a toda página en colores vibrantes de aquel número de la revista Life en el que sacaron su foto, sonriente y tranquila, junto a la entrada del Texas Bar. Guardaba la revista en lo más hondo del cajón de una cómoda, debajo de sábanas amarillentas que habían pertenecido a su madre, y que ya no usaba. Pero su hija crecía y era muy despierta, y le gustaba curiosear por los armarios y los escondrijos de la casa, y a ella le dio miedo de que encontrara la revista y viera la foto, y reconociera a su madre, aunque en poco tiempo había cambiado tanto, incluso antes de que la vista empezara a debilitarse, cuando aún podía trabajar limpiando en casas de gente de dinero.
La imaginación no sabe simular lo inesperado de la vida, los golpes repentinos, los cambios que suceden a lo largo de mucho tiempo. El porvenir puede ser muy largo. En mayo de 1968 Maria I. S. tenía veinticinco años. A diferencia de los personajes de las novelas, las personas reales siguen viviendo cuando ha dejado de proyectarse sobre ellas el foco de una narración. En 2006 es una mujer gruesa, lenta, ciega, con una escarcha blanca en los ojos abiertos. Un periodista de Lisboa, Vladimiro Nunes, ha dado con ella. Por primera vez en no recuerda cuántos años alguien vuelve a acordarse de lo que pasó, y eso le produce, a medias, alarma y halago. Vive con su marido en una barriada de las afueras, habitada sobre todo por emigrantes, en una calle con basura en las aceras y garabatos de grafiti en las paredes desconchadas y en las persianas metálicas de las tiendas en quiebra, con cuadrillas de jóvenes africanos en las esquinas. De vez en cuando pasa rugiendo a toda velocidad el todoterreno de un traficante de droga, las ventanillas de cristales ahumados a medio bajar, dejando salir un estruendo monótono de hip hop. Su casa está en la tercera o la cuarta planta de un edificio sin ascensor. Es un piso cuidado pero pobre, con adornos de ganchillo en las cortinas, con pañitos bordados sobre los sillones de tapicería sintética, con muebles frágiles y estampas enmarcadas en las paredes, san Antonio con el niño Jesús y la Virgen de Fátima adorada por los pastores, fotografías familiares que ella no puede distinguir, aunque sabe dónde está cada una y las tantea con cuidado al quitarles el polvo, la foto de su hija muerta con un marco de plata encima del televisor.
La cara curtida y ancha no conserva ni un rastro de la mujer joven en la foto de Life. Los ojos sin mirada se mueven en espasmos nerviosos, volviéndose hacia la voz que explica y pregunta, deteniéndose en la claridad que viene de la ventana. A veces tarda en contestar no porque no recuerde sino porque la distraen los sonidos de los animales en la casa tan pequeña: jaulas de canarios en la terraza y en la cocina, dos perros, uno de los cuales gruñe al visitante, dos tortugas medianas. La mujer se mueve a tientas por los senderos angostos entre los muebles y ha de pisar aún más cautelosamente para no tropezarse con alguna de las dos tortugas, que no dejan de ir de un sitio a otro, lentas y agazapadas en sus conchas, haciendo un sonido peculiar con sus uñas sobre el linóleo. De la calle vienen ráfagas de música con bajos muy amplificados, escapes de motos. La mujer habla monótonamente, con la misma falta de expresión en la voz que en la cara, contra el fondo de los gorjeos y los revuelos de los pájaros. Una de las tortugas se ha quedado encajonada en el rincón que hay detrás del televisor. Quiere avanzar pero el hocico escamoso de saurio choca contra la pared, y las uñas se escurren sobre el linóleo.
Se acuerda de cuando frecuentaba el Texas Bar y se ganaba la vida y sostenía a su familia acostándose con hombres con un remordimiento atenuado por los años y por una sensación creciente de irrealidad. Esa mujer joven, delgada, morena, era ella misma y también era otra. Cuando sacó la revista del fondo del cajón aprovechando que no había nadie más en la casa y salió a la calle para tirarla a la basura ya empezaba a ver con dificultad. No distinguía bien las caras en las fotos, y mucho menos las letras, los titulares y las palabras incomprensibles en inglés. Ya no veía bien la medalla que se había puesto para posar ante el fotógrafo extranjero, aunque se acordaba de ella, como de la pulsera que llevaba en la muñeca izquierda, un regalo de un cliente, de oro, un cliente joyero.
Tampoco se acordaba de dónde había guardado el bañador que le regaló el americano del Texas Bar, cuando iban por la calle buscando un taxi que los llevara a la pensión, él muy pálido de pronto a la luz cruda del día, algo menos atractivo, con los labios tan finos, la nariz afilada, la hendidura en la barbilla. Un bañador verde, sí, señor, dice, con una sonrisa extraviada que le hace apretar los párpados, de un tejido moderno que se ajustaba muy bien al cuerpo y que se secaba muy pronto. Le parecía que lo estaba tocando sobre el mostrador de la tienda donde había entrado con él después de pararse a mirarlo en el escaparate, en el que le había gustado verse reflejada con el americano alto a su lado, americano o canadiense, eso ella no podía decirlo, no sabía que hubiera una diferencia, con sus gafas de cristales oscuros, las manos en los bolsillos del pantalón, porque había dejado en el guardarropa del Texas Bar la gabardina, la bolsa de viaje y la maleta, diciendo que volvería más tarde a recogerlas.
De eso se acordaba bien, como de tantas cosas de antes de la ceguera, más vívidas por contraste con ella. Había rodeado el contorno de la barra para acercarse a él, insegura todavía sobre los tacones altos, la copa en una mano y el cigarrillo en la otra, la copa de la que no bebía y el cigarrillo al que apenas daba unas chupadas rápidas, echando el humo despacio entre los labios curvados, como había visto que hacían las artistas de cine. Más de cerca vio mejor sus ojos azules muy claros y las canas en las sienes que le daban un aspecto tan distinguido. Él le hablaba al oído rozándole el pelo con la cara y las palabras en inglés le parecían más excitantes y llenas de misterio porque no las entendía, una embriaguez acústica de promesas. Usaba de vez en cuando palabras en español, poniendo mucho cuidado al pronunciarlas, pero ella unas veces las comprendía y otras no, aunque asentía siempre, sonriendo, la cabeza echada hacia atrás, una huella de carmín en el cigarrillo que se quitaba de la boca, poniéndole a él por un momento la mano en el codo, rozándole las rodillas, cada uno sobre su taburete alto, de perfil en el espejo iluminado detrás de las botellas, donde a ella le gustaba mirarse de soslayo, mirarlo a él y darse cuenta de lo poco que se parecía a los otros bebedores, a cualquiera de los clientes habituales del Texas Bar y del Cais do Sodré, tan serio, tan tímido que apenas la tocaba y casi no le sostenía la mirada, recién llegado de no se sabía dónde.
Él le dijo o ella entendió que le decía que había desembarcado esa mañana temprano en el muelle de los cruceros, pero no cuál era su puerto de origen ni cuánto tiempo pensaba quedarse, ni qué había venido a hacer a Lisboa. Podía ser un hombre de negocios y tener mucho dinero. Un hombre con los ojos azules y con traje y corbata y hablando inglés sin duda sería rico, con zapatos de cocodrilo, con una desenvoltura particular al sacar del bolsillo billetes de diversos países y al darle fuego con su encendedor, con un gesto a la vez retraído y firme, aunque no parecía un encendedor caro. El bar se iba llenando de gente y había cada vez más ruido y la música estaba más alta, pero ellos dos permanecían aislados de los demás, diferentes a ellos, muy cerca el uno del otro y apenas tocándose, con momentos difíciles de silencio en los que él ladeaba la cabeza y miraba al suelo o al fondo de su copa, o se quedaba con los ojos cerrados, o en los que empezaba a preguntarle o a proponerle algo y ella no lo entendía: transacciones con palabras crudas y simples en inglés o en español, ayudadas por gestos de los dedos, complicadas por el cálculo lento que él tenía que hacer sobre los cambios de moneda, tan cansado como estaba, tan impaciente, acercándose más, la voz más oscura en el oído de ella.
Caminaba luego con torpeza a su lado, un poco detrás, falto de la costumbre de acordar sus pasos a los de otra persona, y más todavía de andar por calles de pavimento desigual, con cuestas y aceras muy estrechas, con callejones laterales y arcos y escalinatas. La vio pararse ante el escaparate de la tienda de tejidos. Maniquíes de sonrisas heladas y antiguas y miradas perdidas se alineaban delante de un torpe horizonte de palmeras recortadas con soles de cartón colgando de hilos de plástico. Fue él quien se ofreció a comprarle el bañador, aclaró ella luego con un pundonor retrospectivo, todavía intacto treinta y ocho años después. Le dijo, «Like it?», y ella asintió, y repetía esas palabras para mostrar que no las había olvidado: like, yes, beach.
El vendedor la trató con un respeto inusitado al verla en compañía de un extranjero tan bien vestido, tan serio, con las gafas de sol que no se había quitado al entrar en la tienda, inclinándose un poco al cruzar la puerta, porque era muy alto, más todavía en el recuerdo. Sacó un puñado de billetes no de una cartera sino directamente del bolsillo de la chaqueta y dejó al vendedor que los contara y aceptó la vuelta sin mirarla. Con la misma soltura pagó después el taxi, y el cuarto de la pensión, y los trescientos escudos que había acordado con ella. Veía irse el dinero entre sus propias manos con desapego y estupor, como si no fuera del todo dinero de verdad, con el fatalismo de lo irremediable, como había visto tantas cosas suceder en su vida.
Maria se quedó callada un momento, opaca contra la claridad de la ventana filtrada por los visillos, mientras las tortugas se movían vagamente bajo las sillas y la mesa, en el estrecho espacio oscuro debajo del sofá. Dijo que ella no sentía nada con los hombres que le pagaban pero que con él había disfrutado. Dijo palabras aprendidas en las telenovelas, a las que seguía siendo fiel aunque ya no las viera: dijo que se había entregado a él, que habían hecho el amor. Cruzó las manos anchas sobre el regazo del mandil y volvió la cara hacia su visitante que desde hacía un rato ya no había necesitado hacer preguntas. Dijo, más bajo, con un descaro inesperado: «Era un pedazo de hombre».
Lo miraba dormido de golpe junto a ella, los pies sobresaliendo de la cama tan estrecha, después de haberse derrumbado con una especie de ronco quejido, en la habitación pequeña, más bien sórdida, que ella ya conocía de memoria, al cabo de tantas veces, el techo con manchas de humedad, la cómoda con un espejo en el que se reflejaban turbiamente los cuerpos, el colchón escaso y el somier ruidoso que se hundía hacia el centro.
Se derrumbó como fulminado al apartarse de ella y se quedó dormido, respirando por la nariz con un sonido raro, con la boca abierta, con breves espasmos a lo largo del cuerpo, murmurando cosas, un desconocido de nombre improbable para una persona de habla inglesa, Ramon, americano o canadiense, con una pequeña cicatriz en la frente, con la barbilla hendida como un actor de Hollywood.
Pero ella tenía que irse, tenía que llegar a su casa no mucho después de las cinco, para que sus padres y sus hermanos inútiles siguieran creyendo que trabajaba en una oficina o en una tienda, o siguieran fingiendo que lo creían. Pasó a lavarse al cuarto de baño diminuto, con un ventanuco desde el que se veían tejados y gatos, el cielo claro de Lisboa.
Cuando salió él estaba despierto. Le preguntó si tenía algún hijo. Ella se acordaba también de la palabra que había usado: Bambino? Pero ella no le hablaba a nadie de su hija. Murió joven y ella no explica de qué, aunque le señala al periodista la foto que hay sobre el televisor, enmarcada, como sobre un altar, la cara y la sonrisa que van quedándose antiguas, con el anacronismo de los muertos.
En el taxi de vuelta hacia el Texas Bar ella miraba con disimulo el reloj. Si no se daba mucha prisa llegaría tarde. Lo esperó en el taxi mientras él recogía su equipaje en el guardarropa. Al verlo salir con la maleta y la gabardina bajo el brazo, tan pálido a la luz del día, tuvo la intuición de lo raro que era, de todo lo que no sabía ni iba a saber nunca sobre él. Fue ella, recordó luego, quien le recomendó que se alojara en el hotel Portugal.
Llevaba sobre las rodillas el paquete con el bañador. Él miraba por la ventanilla trasera del taxi y de vez en cuando se miraba a sí mismo en el retrovisor, o la miraba a ella, muy derecha a su lado, con las rodillas juntas, ya despojándose de todo lo que había sido en las últimas horas, volviendo a ser la que verían sus vecinos y sus padres, cuando se acercara caminando a su casa, porque habría hecho que el taxi la dejara unas esquinas antes, para fingir que había tomado el tranvía al salir del trabajo.
Le dijo que quería verla con el bañador. Que irían juntos a la playa al día siguiente, bien temprano, tomorrow, beach. El taxi se paró en la esquina de la Rua João das Regras. Ella le indicó el letrero del hotel Portugal. Antes de despedirse establecieron laboriosamente los pormenores del encuentro a la mañana siguiente: nueve, puerta del hotel, bañador, beach.
A esa hora se presentó ella en el hotel, insegura de su aspecto al atravesar el vestíbulo, temiendo sospechas y miradas de soslayo. El recepcionista examinó el libro de registro y le dijo con aire de pésame y de burla que el señor Ramon se había marchado del hotel y de Lisboa tan sólo una hora antes, que había recibido un telegrama urgente y había reservado por teléfono un billete de avión, él no sabía hacia dónde.
A lo largo de varios días y noches lo vieron en otros bares. Lo recordaban solo casi siempre, en una esquina de la barra, bebiendo una cerveza despacio, para que le durara más tiempo. Los nombres de los bares brillan con sus garabatos de neón en la lejanía del tiempo, como en bruma ligera de una noche de Lisboa, con sus nombres sonoros y exóticos, apagándose y encendiéndose, como con las intermitencias de un código secreto: Arizona Bar, Niagara Bar, California Bar, Europa Bar, Bolero Bar, Tagide Nightclub, Maxine’s.
En el Maxine’s conoció a Gloria S. R. Pasó con ella por lo menos una noche. Era rubia, esbelta, con el pelo corto y rizado. Quizás fue con ella con la que apareció en el vestíbulo del hotel Portugal y no pudo subirla a su habitación. Le ofreció un vestido y un par de medias y ella pensó que era un regalo, un detalle de aquel cliente extranjero tan formal, tan reservado y tímido. Pero no era un regalo sino una tentativa de pagarle en especie. Recordó luego que tenía el hábito nervioso de pellizcarse el lóbulo de la oreja derecha y que andaba siempre en busca de periódicos americanos y británicos. Cuando le preguntaron cómo se entendían si ella no hablaba inglés ni él portugués contestó con una carcajada que conversaban en el idioma internacional del amor.
Quién sabe cómo son los recuerdos de los desconocidos, cuántos pasados sucesivos esconden. Se hablaban en voz baja, en la pensión a donde ella lo llevó cuando no los dejaron quedarse en el hotel, y ninguno de los dos entendía al otro. Era un alivio para él decir en voz alta todo lo que había hecho y por qué llevaba un mes y una semana huyendo y escondiéndose, escucharse a sí mismo contar quién era de verdad y cuál era su crimen y que no sucediera nada. No inventar nada. Decir quién era y seguir siendo invisible y permanecer impune. Decir palabras que se correspondían exactamente con actos, nombres precisos de personas y lugares, el rifle de caza mayor apoyado en el marco de la ventana del cuarto de baño inmundo, la mira telescópica ajustada, la yema del índice que se enrosca en torno al gatillo en el momento en que los prismáticos abrevian la distancia hasta acercar con nitidez la imagen del hombre de traje azul marino que se reclina sobre la baranda en la terraza de su habitación, al otro lado de un aparcamiento y de un solar de maleza y ruina.
Lo que mostraban los prismáticos adquiría una precisión absoluta en la mirilla telescópica. Podía ver la boca del hombre moviéndose, sus ojos asiáticos, sus anchos labios de negro. Veía el brillo de la loción en la cara recién afeitada, el bigotito bien recortado y cuidado, los pliegues en la tela cara de su traje de seda, los gemelos en los puños opulentos de la camisa, el gran farsante, el santo predicador y simio lujurioso, riendo tan cerca con su carcajada silenciosa, justo en la cruz de la mirilla.
Lo decía todo en su voz murmurada, mientras la mujer desnuda se afanaba cumpliendo instrucciones que él impartía con gestos, con secas palabras españolas mal recordadas de los días en México, la columna vertebral arqueada y visible y la melena rubia despeinada rozándole las ingles, la melena teñida que le cubría la mitad de la cara cuando se incorporó al final, un mechón sudoroso en la frente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, mientras él hablaba y hablaba, en el cuarto escuálido de pensión en el que nadie podría encontrarlo, en una calle muy estrecha al final de una escalinata, junto a una ventana abierta hasta la que ascendían voces de borrachos y olores portuarios, sirenas de barcos en la niebla del río.
Del techo colgaba una bombilla pintada de rojo. La cama y los dos cuerpos estaban repetidos en la luna de un armario de alcoba burguesa de treinta años atrás. Ella fumaba mirándolo hablar, fijándose en los finos labios incoloros de los que brotaban palabras que no comprendía, en los ojos huidizos que no se encontraban con los suyos, en las orejas prominentes y el pelo que no se había despeinado, que no se despeinaba nunca. Cuando varias semanas después empezaron a llegar los investigadores extranjeros, los policías de paisano que le hacían preguntas y luego se quedaban callados hasta que las traducía el intérprete, aprendió a esperar el momento en el que sacaban la foto y se la quedaban mirando, a hacer un gesto de coquetería y reserva instintiva antes de asentir, intimidada y halagada, compasiva, pensando con lástima y quizás algo de asco retrospectivo en el hombre que ahora estaría vestido de nuevo con uniforme de preso en una celda de Londres, más pálido que nunca, esperando la deportación y muy probablemente la silla eléctrica.