Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 15 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 15

 

U NA novela es un estado de espíritu, un interior cálido en el que uno se refugia mientras la escribe, como un capullo que va tejiendo hilo a hilo desde dentro, encerrándose en él, viendo el mundo exterior como una vaga claridad al otro lado de su concavidad translúcida. Una novela se escribe para confesarse y para esconderse. La novela y el estado particular de ánimo en el que es preciso sumergirse para escribirla se alimentan mutuamente; una particular longitud de onda, como una música que uno oye de lejos y que intenta precisar escribiendo.

El estado de espíritu nace con la novela y se extingue con ella. Es una casa que uno siente como suya pero en la que nunca volverá a vivir, una música que dejará de existir cuando se termine de tocar. Quedará el libro, desde luego, la novela impresa, igual que queda una grabación, pero lo terminado ya se ha vuelto ajeno, y habrá durante algún tiempo un vacío doloroso, casi un sentimiento de estafa, una desolación de intemperie.

Cada día de trabajo lo sostiene a uno la expectativa del final, su cercanía prometedora. Cada día uno se sienta a escribir queriendo que se reavive el fuego de la invención, que el alma llegue al rojo blanco, como dice Emily Dickinson. Cada día teme que ese trance no suceda, que las tareas y las distracciones cotidianas y la prisa y la simple y mezquina pereza y la costumbre del desánimo y el veneno de la inseguridad hayan malogrado el estado de espíritu. Porque la novela es un ascua que ha de seguir brillando bajo la ceniza enfriada mucho después de que se hayan apagado las llamas, un tizón que uno ha de llevar consigo, encendido y secreto, como un nómada primitivo, mientras cruza por todo lo que no es el acto mismo de escribir o de nutrirse de los alimentos necesarios para su novela; mientras acude a una oficina y pasa en ella siete horas, mientras toma café con compañeros de trabajo, mientras ayuda a hacer la comida y recoger la mesa, mientras lleva a la escuela a sus hijos o les prepara la merienda o comprueba la temperatura del agua en la bañera, mientras habla por teléfono y lee el periódico y viaja en un coche cargado para ver a la familia o completa distraídamente un encargo.

Cuantos más días pasan, cuantos más obstáculos se alinean impidiendo con sus complicaciones sucesivas el regreso a la novela, más crece el miedo a perderla, a que cuando por fin pueda uno sentarse a solas en su cuarto el ascua se haya extinguido, se haya disipado en el aire el estado de ánimo, la casa que había sido tan protectora, como se disipan de golpe, por un error trivial, los tesoros o los palacios en un cuento antiguo, como se borra un sueño en el despertar. Hay un remordimiento de todas las páginas que se han dejado de escribir, una contabilidad negativa de las palabras que habrían existido sobre el papel al final de una tarde precisa si en vez de haber llevado a un hijo al pediatra o haber acudido a un acto público uno se hubiera quedado trabajando.

 

Volví a Granada con mi mujer y mis hijos después de las vacaciones de Navidad y la carpeta con los folios escritos estaba en el mismo lugar en el que la había dejado antes de ir a Úbeda y a Lisboa, junto a la máquina de escribir tapada con su funda, en nuestro piso enfriado.

Las imágenes que había vislumbrado tan poderosamente como sueños lúcidos o fotogramas de película mientras estaba en la ciudad ahora parecía que hubieran perdido sus colores tan vívidos, su brío de existencia real. Tenía que levantarme pronto cada día y que fichar en mi oficina y quedarme en ella hasta las tres. Dormíamos mal porque el niño se despertaba mucho por la noche.

Por unas cosas o por otras yo iba postergando el día y el momento de ponerme a escribir. Sobre la mesa de trabajo, delante de la ventana, tenía la máquina y la carpeta de los folios escritos y la de los folios en blanco y el paquete de cigarrillos y el encendedor y el cenicero, y ahora también el cuaderno de apuntes y el sobre con las fotos que había tomado en Lisboa.

Ni un solo día en mi vida me he sentado a escribir sin una sensación abrumadora de imposibilidad y desánimo. Era así hace veintisiete años, en aquel piso de protección oficial de Granada, y es así ahora, esta misma tarde, ahora mismo, un anochecer de principios de febrero de 2014, delante de una ventana que da a una calle nevada de Nueva York.

El hombre de cincuenta y ocho años y el padre atribulado y muy joven que yo era casi sólo tienen eso en común, la incertidumbre que nada apacigua, el desaliento que ha de ser vencido con un esfuerzo igual; también, con mucha frecuencia, la fluidez gradual que va imponiéndose sobre el desánimo, el regreso del estado de espíritu en el que va creciendo por sí misma la historia, unas veces a pasos breves, con pequeños avances, con un gota a gota de grifo mal cerrado durante la noche, y otras en espasmos, en golpes de arrebato, en inundaciones súbitas que lo arrastran a uno entre jubiloso y asustado, olvidado del tiempo, confundido con su tarea y olvidado de sí mismo, como el corredor que ha logrado una concentración y un impulso tan vigoroso que ni se acuerda de que está corriendo.

 

Cuando me sumergí de nuevo en la novela ya no salí de ella. Con la disciplina recobrada se hacía cada tarde más rápido el tránsito del desaliento a la euforia, de la inmovilidad silenciosa frente a la máquina al redoble de lluvia rápida o pulso de batería de la escritura desatada. Recuerdo tardes y noches de placidez doméstica, de una cierta dulzura conyugal y familiar; domingos por la mañana en el paseo de la Bomba y en el paseo del Salón, con nuestro hijo mayor de la mano, el pequeño tapado hasta la barbilla en su cochecito con capota. Escribir fluidamente me serenaba. El trabajo ha sido siempre mi remedio más poderoso contra la angustia. A nuestro hijo mayor el nacimiento de su hermano le había otorgado, a los tres años y medio, una cierta suficiencia de persona más crecida, de solidez protectora. Después de haber mantenido un apego parcial pero también muy firme al biberón —un amigo decía que lo manejaba con una desenvoltura de adulto sosteniendo un gintonic—, de un día para otro renunció a él. Al ver que se le daba a su hermano recién nacido debió de pensar que un biberón ya no era propio de un niño mayor.

Cada noche yo lo acostaba y le contaba un cuento, antes de taparlo bien en su dormitorio en penumbra, alumbrado por la luz de mi cuarto de trabajo. Me pedía que no cerrara del todo su puerta ni la mía hasta que él se hubiera dormido. Le leía cuentos españoles antiguos, que ya los dos casi nos sabíamos de memoria después de haberlos leído y escuchado tanto. La repetición no amortiguaba el hechizo. El conocimiento anticipado de lo que iba a suceder alimentaba la emoción de la intriga en vez de debilitarla. Cualquier variación, causada por mi descuido o mi aburrimiento, era inaceptable. En el cuarto contiguo yo pasaba varias horas cada día urdiendo los pasos de una trama que debería sostener la atención y la curiosidad del lector con el relato acuciante de lo inesperado. Lo que a mi hijo lo sobrecogía de expectación era el relato de lo que ya sabía. Para él la repetición de lo mismo era una novedad que no se gastaba nunca, una música que le gustaba más cada vez que la escuchaba.

Pero casi más que los cuentos antiguos quería que le contara los que yo iba inventando sobre la marcha para él, cada noche, con arreglo a pautas muy poco flexibles, en las que el margen de variación era muy limitado. Los personajes eran en parte fantásticos, tomados de películas o series de dibujos animados que le gustaran, y en parte muy próximos a la realidad: un niño que aunque tenía otro nombre era claramente él, con unos padres parecidos a su madre y a mí, aunque dotados ocasionalmente de superpoderes, con una amiga idéntica a la hija de los vecinos de al lado, con un hermano que acababa de nacer y que por una limitación misteriosa todavía no hablaba.

Con poco más de tres años mi hijo, como cualquier niño de su edad, ya calibraba las conexiones y las diferencias entre la realidad y la fantasía y era capaz de distinguir los elementos fijos y las variaciones azarosas en un sistema narrativo. Formulaba deseos sobre posibles argumentos, pero intuía que una ficción arbitrariamente moldeada a su capricho perdería todo valor, aunque se ajustara a sus exigencias. No es convincente un relato si no da la impresión de existir de una manera autónoma, de suceder con la naturalidad y el azar de la vida, aunque al mismo tiempo se perciba por debajo la trabazón de sus reglas, y no se tolere su ruptura.

Terminado el cuento, el niño se resistía al sueño y pedía otro más, o mejor aún la repetición meticulosa del mismo. La ficción tenía sobre él un efecto físico visible y era adictiva: un cuento avivaba y no saciaba las ganas de escuchar otros cuentos. En mitad de una historia el niño se quedaba dormido con la misma expresión de tranquila saciedad que había en la cara de su hermano pequeño cuando terminaba de mamar. Yo salía despacio para no despertarlo y un momento después ya estaba escribiendo.

 

Cuanto más me acercaba al final se hacía más rápido el ritmo de la novela. La velocidad de la escritura se correspondía con la de las búsquedas y las huidas de los personajes. El tiempo de balada de los primeros capítulos se aceleraba ahora hacia un vértigo entrecortado de bebop; hacia ese momento en que las manos de un músico se mueven muy rápido y parece imposible que haya algo de premeditación o de control en lo que hacen, cuando el músico echa hacia atrás la cabeza y entorna los ojos y sonríe como en el interior de un sueño.

La Lisboa de la realidad se simplificaba en una ciudad abstracta, una maqueta hecha a la medida exacta de la trama que sucedía en ella: a la manera de las maquetas de Rímini o de Roma que se hacía construir Fellini en Cinecittà, o de esa Nueva York tenebrista y sumaria de los thrillers en blanco y negro que se rodaban en Hollywood. El narrador sin nombre de la novela no había estado nunca en Lisboa, de modo que para él era una ciudad completamente imaginaria, como lo había sido para mí y lo sería para la mayor parte de los lectores que llegara a tener el libro. En paralelo a los mundos de las ciudades reales están los de las ciudades de la literatura y el cine o la música, que existen en la imaginación de quienes no las conocen y muy probablemente no las visitarán nunca. Yo quería que en mi novela un lector intuyera Lisboa como yo intuía Bruselas escuchando a Paquito D’Rivera tocar Brussels in the Rain; que pudiera entreverla como se entrevé la Viena espectral de El tercer hombre: un zaguán, un cementerio, una carretera, un club nocturno, una alcantarilla, escalinatas barrocas que se desmoronan en laderas de ruinas.

Estaba tan empapado de películas que no me di cuenta hasta mucho después de que la imagen final de la heroína de la novela, la mujer espejismo que aparecía irrumpiendo cuando ya no se la esperaba y desaparecía en cuanto se la buscaba, la había copiado de la última escena de Laura: un hombre solo en una habitación casi a oscuras, y Gene Tierney parada en el umbral, no recién llegada sino recién aparecida, como las aparecidas de los cuentos de fantasmas, no con una túnica de gasa sino con una gabardina abierta, con el pelo y los hombros mojados.

No se trataba de una cita visual, ni de un guiño posmoderno. Era una impúdica declaración de amor, una capitulación sin ironía y sin reserva y probablemente sin disculpa al romanticismo de una adolescencia mal curada. Hace muchos años que no he abierto esa novela. Me da la impresión de que leerla será tan embarazoso, tan desconcertante, como lo sería observar de cerca a quien yo era entonces: en presente, no con el filtro de lejanía del tiempo, con las correcciones y las indulgencias de la memoria. Lo que recuerdo son flashes, imágenes, planos de una cámara en movimiento: el último de todos, una acera de la Gran Vía de Madrid vista desde arriba, desde una ventana del segundo o el tercer piso, la Telefónica iluminada y una lluvia de cine que lustra los paraguas abiertos, la mujer de espaldas y la mancha blanca de la gabardina desplegada, desapareciendo entre la gente en la boca del metro, desapareciendo de esa manera súbita y tajante que tiene algo de culminación y es el privilegio exclusivo de los personajes inventados.

 

Escribí el punto final y saqué el folio de la máquina. Lo puse bocabajo en la pila ya cuantiosa que había ido creciendo casi milímetro a milímetro en los últimos cinco meses. No siempre que se llega a la última página de un libro se tiene una sensación limpia e indudable, el alivio inmenso de haber terminado, de haber completado una tarea obstinada y solitaria que venía durando años, largos meses como mínimo. Ha llegado el momento que uno deseó tanto y no sucede nada, uno no siente casi nada, salvo fatiga. La habitación es la misma, la ventana, el escritorio, el ruido de la calle. De pronto cae sobre uno una sospecha de futilidad y de error, y el agotamiento se le vuelve desolación al pensar en que tendrá que volver al principio y revisarlo todo, y probablemente descubrirá debilidades inaceptables en la trama, rutinas de estilo, contradicciones y despistes, palabras repetidas con monotonía, porque en cada novela hay una palabra que se habrá estado repitiendo infecciosamente sin que uno lo advirtiera, omnipresente e invisible, como esas equivocaciones idénticas que uno no para de cometer en la vida.

Aquella vez lo que sentí fue una gran ligereza, una alegría tranquila. Salí del cuarto y mi mujer estaba dándole la cena a mi hijo mayor. El pequeño dormía en la cuna. Saqué una cerveza de la nevera y me senté a beberla con ellos, cenando algo también, aunque no tenía hambre. Ella me vio la cara y me preguntó sonriendo si había terminado. Parecía mentira, pero sí. Siempre parece mentira.