Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 21 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 21

 

U NA historia exige un final. En lo que consiste una historia es en el progreso imparable hacia una conclusión. Hay que sentir su impulso, no el de avanzar uno mismo sino un dejarse llevar, inmóvil y en marcha, guiado por una fuerza impersonal y superior, aunque no abrumadora, la velocidad de un tren o la de un coche, el deslizarse hacia delante tan poderoso como el ir dejando atrás.

El punto final es una raya en el tiempo. El gesto puede ser rotundo pero en el fondo tan irrisorio como una raya trazada en el agua o en la arena. Es difícil encontrar un principio pero es más difícil todavía encontrar un final. Más allá no habrá nada. El niño acata con mucha resistencia que se haya terminado un cuento, aunque la anticipación del desenlace era el imán irresistible que aguzaba su atención. Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero el niño no ve ninguna razón por la que el cuento no pueda o no deba continuar indefinidamente, ni siquiera cuando la muerte parece imponer un final irreversible. El lobo feroz se come a Caperucita pero luego el cazador que lo ha matado lo abre en canal y de su vientre sale la niña ilesa. El cuento llega a su fin pero el niño exige oírlo una vez más y la historia comienza intacta de nuevo.

En los primeros tiempos del cine las películas por episodios establecían duraciones que se prolongaban de una sesión a otra, interrumpidas por trances de peligro máximo, de tensión en suspenso. El coche de caballos desbocado en el que huía la heroína se aproximaba a un precipicio. Al inocente condenado por equivocación estaban a punto de fusilarlo o de ahorcarlo. La mecha de una bomba se consumía rápidamente, sin que los personajes advirtieran el peligro. Las manos del héroe empezaban a escurrirse en el filo de un acantilado. A un paso de un final desastroso la historia cambiaba de rumbo y seguía proliferando, como una planta trepadora que no pierde su vigor si le amputan alguna de sus ramificaciones. La música europea traza siempre un arco cerrado del principio al final, lo mismo en los tres minutos de una canción que en la hora larga de una gran sinfonía. La música africana dura indefinidamente, como el gamelán indonesio, atravesando fases de mayor o menor complejidad, como una lluvia en un bosque que es más o menos intensa a lo largo de las horas pero que no llega a detenerse, y que si para lo hace sin aviso, sin que haya indicios de que estaba a punto de escampar.

 

Éste es un final posible, con la austera nitidez de los hechos. El 17 de mayo de 1968 el ciudadano canadiense Ramon George Sneyd pagó temprano su cuenta en el hotel Portugal y tomó un taxi hacia el aeropuerto. Sólo las fechas y el escenario de la ciudad dan algo de consistencia a su estancia en Lisboa, la proveen al menos de un arco temporal, una unidad de espacio, un principio de simetría. Había llegado nueve días antes en un vuelo de madrugada desde Londres. Volvía a Londres en un vuelo que salía a las once de la mañana. Al venir había facturado una maleta que pesaba doce kilos. Cuando facturó para la vuelta la maleta pesaba dos kilos más.

En el control de salidas el policía que inspeccionaba su pasaporte observó que no había en él sello de entrada en Portugal. Por fortuna hablaba inglés. Sneyd, nervioso, servicial, algo atolondrado, buscó por los bolsillos del traje marrón y de la gabardina que llevaba bajo el brazo hasta encontrar su otro pasaporte, abriéndolo por la página en la que venía el sello de entrada, y señalando también la errata que había en él, la que le había obligado, dijo confusamente, a visitar la embajada de su país para solicitar un pasaporte nuevo. Ponía los dos pasaportes iguales encima del mostrador, se ajustaba las gafas, sujetaba la gabardina que tendía a desordenársele y a escurrírsele entre las manos. La foto de uno y la del otro, aunque tomadas con un mes de diferencia, eran casi idénticas entre sí. El mismo principio malogrado de sonrisa, el mismo aire de mansa formalidad oficial, la misma corbata, las gafas. Quizás ya había tenido tiempo de encontrar su rastro perdido y el policía intentaba distraerlo mientras subrepticiamente pulsaba un botón de alarma.

Él miraba a un lado y a otro, con un gesto peculiar, disimulando el escrutinio, como si obedeciera un tic nervioso, aunque tal vez por entonces ya lo era, como tantos otros que había ido adquiriendo, la cara torcida hacia un lado y a otro y la barbilla contra el pecho, la mirada que apenas se detenía una fracción de segundo en los ojos del interlocutor. El policía miraba un pasaporte, luego el otro, lo miraba a él, deletreando el nombre, las dos versiones casi idénticas, Sneyd, Sneya, la mínima diferencia suficiente como para dejarlo atrapado y enredado, mientras se acercaba la hora límite para el embarque.

La tensión lo volvía consciente del peso del revólver en el bolsillo del pantalón, la posibilidad insensata de empuñarlo y salir corriendo, hacia dónde, de romper a tiros el cerco que estaría formándose a su alrededor, en la sala neutra del aeropuerto y en el pasillo que llevaba hacia la puerta de embarque.

El policía le devolvió un pasaporte, el antiguo, luego selló el otro con un golpe seco de ese aparato metálico que tenían siempre en las oficinas, en los controles de entrada y salida, una marca de tinta con una fecha, en las aduanas, en los escritorios de los juzgados y de las comisarías, en los cobertizos donde se alojaban como animales parásitos los encargados del papeleo en la prisión. Le devolvió el pasaporte y le hizo el gesto que también hacen siempre, para el que llevan toda la vida entrenándose, la mano que autoriza a pasar adelante, a cruzar el límite hasta ahora vedado, un gesto entre de fatiga y desprecio, como el que hacía el guardia de la cárcel después de inspeccionar el carro de los panes cargado en el camión, al mismo tiempo que hacía levantarse el portalón de salida, mientras él aguardaba encogido bajo la chapa metálica, entre los panes pisoteados, esforzándose para no estornudar, porque el polvo de la harina le daba picores en la nariz y en la garganta, hacía un año y catorce días tan sólo, una vida entera o varias vidas.

 

El avión despega en el aeropuerto de Lisboa una mañana reluciente de mayo y ése es un posible punto final. El alivio de no haber sido atrapado se confunde con el sobresalto en el estómago, el vértigo sobre el vacío, la trepidación de los motores mientras la cabina se inclina hacia arriba al levantarse mucho el morro y él se aferra con las dos manos a los brazos del asiento, viendo por la ventanilla el horizonte torcido, la mancha blanca de la plaza como una maqueta volcada hacia el curso ancho y metálico del río, la última vez en su vida que iba a ver Lisboa.

El avión se estabiliza y él se quita las gafas, pasándose un pañuelo por la frente sudada, y el breve alivio vuelve a dar paso a la alarma, porque dentro de sólo dos horas tendrá que hacer cola de nuevo en un control, tendrá que mostrar su pasaporte y quizás también dar explicaciones, contestar preguntas que le será difícil entender por ese acento de los funcionarios británicos.

Un avión que despega o un tren que abandona la estación son excelentes indicadores de un final. En Casablanca Ilse y Victor Laszlo suben a un avión de fuselaje reluciente en la niebla, con las hélices en marcha, y en ese mismo instante han dejado de existir. Su destino que hasta ahora tanto nos importaba ya no es asunto nuestro. Los personajes ingresan en un limbo de inexistencia del que no estamos autorizados a rescatarlos. A diferencia de las personas reales disponen de la potestad de desvanecerse sin rastro. No habrá detectives que examinen la última habitación de hotel en la que se alojaron en busca de huellas dactilares claras, que busquen en los cajones y en la papelera y recojan con guantes de goma y pinzas los pelos atrapados en el sumidero de la ducha o restos de barba entre los filos de una maquinilla de afeitar desechable. Lo único que Ramon George Sneyd o Sneya dejó en la habitación del primer piso en el hotel Portugal donde había pasado nueve días fue un desorden de periódicos ingleses y americanos atrasados y un ejemplar de la revista Life. El recepcionista Gentil Soares lo vio salir sin decir adiós, empujando torpemente la puerta giratoria en la que casi se le quedaba atascada la maleta y pensó no sin alivio que no volvería a verlo nunca.

 

Un final es un reposo. Un desenlace tiene una parte de absolución. El fugitivo ya no necesita seguir huyendo. Rick Blaine se pierde en la niebla en la que se dibuja THE END en letras mayúsculas y el dolor de haber perdido a Ilse y la incertidumbre del porvenir se extinguen sin huella.

La huida de Ramon George Sneyd no termina. Se desbarata en indecisiones, en errores, pasos en falso y callejones sin salida. Cuando viajó de Toronto a Londres y de Londres a Lisboa pudo sentirse propulsado en una dirección indudable, en la culminación de una escapatoria que lo conduciría a África, a la libertad definitiva. En sus horas de más insensato optimismo había llegado a especular con una gloria de justiciero, de refugiado político. En Sudáfrica o en Rhodesia recibirían con esplendor a quien había ejecutado con impecable limpieza, con solitario heroísmo, al gran enemigo de la raza blanca. Un puñado de hombres en armas acaba siempre salvando a la civilización, había dicho con su acento de afeminado inglés el negro de uniforme falso en la delegación de Biafra. Pero ahora volvía sobre sus pasos y volaba a Londres con la sensación debilitadora de estar retrocediendo hacia la boca del lobo, hacia un callejón que terminaba en un muro o en una alta valla metálica erizada de puntas espinosas. Era como ser de nuevo un ladrón incompetente y echar a correr justo hacia la esquina en la que estaban aguardando los policías, hasta la calle cortada por un coche patrulla con todas las luces giratorias encendidas. Era arrastrarse en la oscuridad durante horas como un topo por una cañería angosta en el subsuelo de la prisión y encontrar una reja inamovible y tener que regresar con la misma dificultad y mucho más cansancio al punto de partida.

Después del final en Lisboa, Ramon George Sneyd vuelve a Londres y se instala en uno de esos vecindarios dudosos en los que acaba recalando siempre. Hay muchos negros, muchos indios o pakistaníes o árabes con turbantes y barbas, quién puede distinguirlos. El único desenlace que se le presenta inexorable es la miseria. El dinero se le escapa cada vez a más velocidad entre las manos, los billetes y monedas inglesas que no entiende y que probablemente le roban taxistas, camareros, vendedores de periódicos. No habla con nadie. Casi no duerme. Compra periódicos y se encierra con ellos en una habitación de hotel con moqueta inglesa raída y cortinas a cuadros de tejido sintético, con una ventana que da a una pared de ladrillo oscuro por la que chorrea la lluvia. De día no cesa el ruido del tráfico y de las músicas de los moros y los negros en la calle. De noche se oyen los aviones que despegan del aeropuerto en los vuelos de larga distancia, en dirección a África o Asia, al Extremo Oriente, al Pacífico.

 

Lee libros que traía consigo de América y otros que ha ido comprando a bajo precio en puestos callejeros. Lee una y otra vez los mismos capítulos de Psico-Cibernética pero no logra concentrarse. Lee un folleto muy manoseado y encuadernado con grapas que se titula «Cómo Hipnotizar», escrito por el doctor Adolf F. Louk, del Instituto Internacional Louk de Hipnotismo. Adolf F. Louk es un nombre más dudoso que Eric S. Galt o Ramon G. Sneyd. Se queda rígido en la cama, intenta aspirar y espirar el aire hasta el fondo, tal como indica el folleto, cierra los ojos, se repite mentalmente los primeros pasos del autohipnotismo y la cabeza ya se le ha ido a otra cosa. La cabeza le duele tanto como si alguien golpeara por dentro uno de esos tambores que les gustan tanto a los negros. La cabeza, las palpitaciones en el corazón, el dolor agudo en el estómago, o quizás en el intestino, ahí también puede alojarse un cáncer.

Mientras repasa los periódicos echado sobre la colcha y sin quitarse los zapatos y muchas veces tampoco la gabardina mordisquea una barra de chocolate o mastica con la boca abierta patatas fritas muy saladas que escarba en una bolsa. Se adormila con el periódico sobre la cara y lo despiertan las palpitaciones del corazón. Le duele tanto la cabeza, agudos cuchillos o tuercas taladrándole de parte a parte el cráneo, que está seguro de reconocer los síntomas de un tumor cerebral. Mastica de dos en dos aspirinas de textura arenosa y las traga bebiendo agua del grifo en el vaso de plástico que hay sobre el lavabo. Parece uno de esos vasos en los que se sumergen dentaduras postizas.

Lee novelas cuando lo hastía el periódico o cuando recapacita con sarcasmo que los autores del libro de hipnotismo y del de psicocibernética son dos estafadores evidentes. Jugarse la vida atracando bancos o traficando con drogas son oficios de pringados. Sin el menor esfuerzo y sin ningún peligro se pueden hacer millones escribiendo libros para engañar a ignorantes e incautos. Lee novelas de espías que se ven envueltos en arriesgadas intrigas internacionales. Lee Misión en Tánger, donde el agente secreto al servicio de Su Majestad se llama Robert Belcourt y tiene como cobertura un trabajo desahogado de productor de cine que vuela por el mundo en primera clase y se instala en hoteles de lujo mientras busca localizaciones exóticas para sus películas. Robert Belcourt es un nombre extraordinario, a la vez masculino y distinguido. Belcourt produce películas y también las escribe. En las playas de palmeras y arena blanca y en las piscinas de los hoteles encuentra a mujeres espectaculares que toman el sol en bikini bebiendo cócteles y que caen a sus pies sin que les haga falta la promesa de un papel en una de sus películas.

Leyendo se acuerda de los días en Puerto Vallarta y le parece que está rememorando pasajes de la novela y cosas que a él no han podido haberle sucedido. El jefe del servicio secreto británico le da cita a Belcourt en lugares insospechados del planeta para encargarle misiones que exigen la máxima confidencialidad, y de las que no pueden quedar pruebas que involucren al gobierno. Belcourt habla francés, español, italiano, alemán. Es su dominio del italiano lo que le permite infiltrarse en la organización de la mafia que controla el tráfico de estupefacientes en Tánger, aunque su misión verdadera es ejecutar al jefe del espionaje soviético en todo el norte de África.

 

Tiene sueño y le duelen los ojos pero sigue leyendo. Sabe que en cuanto deje a un lado el libro y apague la luz la somnolencia prometedora se habrá disipado. Entre las cosas que seguirá llevando consigo hasta el final hay otra novela, además de Misión en Tánger. Se titula La directiva número nueve. Un miembro de la Familia Real Británica va a llegar en visita de buena voluntad a Bangkok y hay una amenaza de atentado contra su vida. En alguna parte, entre las doradas cúpulas aguarda un mortífero asesino. Para descubrirlo el servicio secreto envía a Tailandia al agente Quiller. Quiller es un cínico solitario que hace las cosas a su manera y se busca siempre problemas con sus superiores, que lo temen y al mismo tiempo no pueden prescindir de él. Nadie más que él puede encontrar a tiempo al asesino armado en el laberinto selvático de Bangkok, por el que Quiller se mueve como pez en el agua. En la Agencia, el nombre neutro de la organización secreta de contraespionaje, lo tienen clasificado en la máxima categoría, Agente de nivel nueve. Nivel nueve quiere decir que se puede confiar en él aunque el enemigo lo torture. Las iniciales tienen un sonido más técnico, administrativo: R. U. T. Reliable Under Torture; un sonido semejante al de la clasificación especial de James Bond, L. T. K, Licence To Kill. Resistirá siempre sin confesar ni delatar. Lo demostró cuando dirigía un grupo de comandos al otro lado de las líneas alemanas durante la guerra. Ni la Gestapo pudo doblegarlo. Quiller es también un nombre admirable. Quiller Killer. Se reúne en secreto con el director de la Agencia y recibe instrucciones, nunca escritas, un sobre sin marcas lleno de billetes flamantes, libras esterlinas, dólares, bahts, la moneda de Tailandia. En Bangkok Quiller tiene confidentes nativos y viejos contactos de los tiempos de la guerra, veteranos desengañados como él, fumadores de opio, héroes proscritos que beben acodados en la barra de los bares del puerto y están dispuestos a hacer cualquier trabajo que se les encargue con tajante eficacia, a cambio de la cantidad adecuada de dinero, sin hacer preguntas, o sólo las imprescindibles. Tienen amantes jóvenes nativas que les ofrecen dócilmente sus milenarios secretos eróticos.

 

Cuenta monedas y billetes ingleses y los apila ordenados en la mesa de noche. Escarba como un mendigo en las cabinas de teléfonos buscando monedas olvidadas. Va por la calle mirando al suelo y si ve una moneda se inclina muy rápido para recogerla. En la multitud de las aceras y en el interior de las tiendas y de los puestos de periódicos casi no hay caras de blancos. Hay negros, pakistaníes, mujeres indias con saris, barbudos de piel aceitosa con turbantes. Huele a comidas muy especiadas que le revuelven el estómago y de las tiendas salen ráfagas de músicas caribeñas o asiáticas. Al pasar junto a un puesto de periódicos vuelve bruscamente la cabeza porque cree haber visto su nombre en las grandes letras negras de un titular sensacionalista, su cara en la foto de ficha policial de un ladrón o un asesino buscado por la policía.

A él ya no parece que lo esté buscando nadie. Una parte del dinero que se le está acabando tan rápido la gasta en comprar todos los días todos los periódicos, en puestos de venta distintos, para no llamar la atención. Empieza a leerlos por la calle y tropieza con la gente. Aunque esté lloviendo pasa rápidamente páginas en una primera inspección y las gotas de agua corren la tinta.

Mira a la derecha antes de cruzar una calle y en ese momento viene un coche negro o un alto autobús rojo por la izquierda y está a punto de atropellarlo. No deja de desconcertarlo la dirección cambiada del tráfico. No se aclara con el valor de las monedas y se equivoca si intenta calcular su equivalencia en dólares. Los indios o pakistaníes con turbantes de los puestos de periódicos lo engañarán siempre que puedan al darle el cambio. Las razas orientales son taimadas y traicioneras por instinto. Desde que hablara en Lisboa con la mujer del Texas Bar no ha tenido una conversación con nadie, aparte de los cruces breves de palabras con camareros o recepcionistas de hotel. Vive en el interior de su identidad fingida como un náufrago en una isla desierta en medio del océano, como un preso castigado en una celda de aislamiento, un simio en una jaula, piensa, viéndose a sí mismo en el espejo cariado sobre el lavabo de la habitación, enfrente de la cama. El espejo es la mirilla a la que se asoma. Es el cristal blindado de un locutorio al otro lado del cual el visitante que ha venido a verlo es él mismo. Se mira en el espejo y ya no tiene paciencia para una nueva tentativa de autohipnosis. Busca bares en los que haya televisión por si encuentra un canal en el que pongan el programa del FBI. Quizás él ya no ocupa el número uno en la lista de los diez criminales más buscados.

No encontrar en ninguna parte la menor noticia sobre la búsqueda internacional que se anunciaba tan pomposamente hace sólo un par de semanas lo angustia en vez de aliviarlo. Le acentúa una sensación rara de no existir, una sorda frustración que no para de minarlo. Acabará borrándose o desvaneciéndose como se desvanece el dinero en sus bolsillos y en sus manos.

Pero sabe que buscan, tenaces como termitas, agregando cada día pequeñas informaciones mezquinas, huellas dactilares que no consiguió borrar, quizás una solicitud de pasaporte que parece dudosa, o el testimonio de un recepcionista o del dependiente de una de las tiendas de fotos de carnet. Anunciaron que habían encontrado una huella indudable en el rifle, luego la etiqueta de una lavandería en una camisa, un poco después el número de identificación de preso que él había creído raspar por completo en la carcasa del transistor. Ahora estarán tan cerca que no quieren dar la menor pista que pueda ponerlo en guardia. Tres mil setenta y cinco agentes había dicho la radio que tenía el FBI asignados exclusivamente al caso. Tres mil setenta y cinco agentes contra un hombre solo y no han logrado atraparlo, piensa en momentos de caprichosa exaltación que acaban en seguida, y que tienen algo de accesos de fiebre; a pesar de sus laboratorios y sus microscopios, sus teletipos y conferencias internacionales, sus redes de soplones, sus pistolas ostentosas en las sobaqueras, sus placas doradas, sus computadoras electrónicas. Cuántos agentes más lo estarían buscando en Canadá, en México, o aquí mismo, en Londres. Si han descubierto el nuevo nombre que hay ahora en el pasaporte ya habrán dado la alerta en los puestos de control de los aeropuertos. Pero aquí ya no hay forma de buscarse una nueva identidad. Ahora no tiene más remedio que seguir llamándose Ramon George Sneyd. El nombre se le vuelve más desagradable cada vez que tiene que decirlo o que lo escribe con letras confusas en una ficha de hotel, más improbable, más contaminado de peligro.

A pesar del idioma Londres le resulta una ciudad todavía más extranjera que Lisboa. Los cien mil dólares de recompensa para quien facilite su captura los han ofrecido el Ayuntamiento de Memphis y el periódico principal de la ciudad. Fue un titular de verdad, un anuncio a toda página, no un rumor como el que aseguraba que habría un botín secreto de cincuenta mil dólares para quien hiciera lo que tantos se declaraban deseosos, capaces, impacientes de hacer; lo que nadie más que él había hecho. La cabeza en la cruz exacta de la mira telescópica, el disparo que no había sido una explosión sino un dolor en los oídos y el choque violento de la culata contra el hombro, que lo había hecho resbalarse en el interior de la bañera oxidada, a pesar de que había tomado la precaución de abrir bien las piernas. Su hermano se lo había avisado: no se ganaba dinero matando a un negro. En la traducción se pierde la vileza de las palabras originales: «There ain’t no money in killing a nigger.»

Se acordaba de cuando los fajos de billetes de cien y cincuenta y veinte dólares le abultaban en los bolsillos, amortiguaban sus pasos cuando los llevaba escondidos en las suelas de los zapatos. Separaba billetes del mazo como deshojándolo, contándolos muy rápido, con sus dedos de yemas suaves y uñas rosadas de manicura. Una parte del cerebro y de la mirada llevaba la cuenta y la otra vigilaba. Al palurdo que le vendió el Mustang del 66 ahora hace un año justo le pagó dos mil dólares en billetes de cien y de veinte, contándolos a plena luz del día, en la acera, delante del banco, con un desparpajo que al otro lo admiraba y lo amedrentaba. Miraban el dinero los dos, el palurdo y su hijo, tan palurdo como él, también con gafas de miope, casi igual de viejo el hijo que el padre, con el mismo principio de barriga y de calvicie, la misma cara de ir a la iglesia los domingos y cantar himnos, los dos comidos por la impaciencia, por la piadosa codicia de echar mano cuanto antes al dinero, aunque dijeran luego que el comprador nunca les pareció de fiar, que tuvo que insistirles mucho para que le vendieran el coche, embusteros, posando juntos para los fotógrafos, padre e hijo, aceptando sin duda el dinero que les pagaran los periodistas por hablar, desde el principio nos dimos cuenta de que había algo sospechoso en el hombre que se hacía llamar Eric Starvo Galt, Antiguos Dueños del Ford Mustang Rememoran Un Año Después Encuentro con Asesino Despiadado.

 

La recepcionista le sonríe animosamente en cuanto lo ve bajar al vestíbulo por la escalera enmoquetada o entrar de la calle con su aire diligente y sus periódicos bajo el brazo. Era muy joven y se llamaba Janet Nassau. No se desanimaba nunca en su empeño de empezar una conversación con él. Sobre el tiempo, sobre el tráfico, sobre Canadá, país del porvenir, con sus grandes espacios abiertos, sus riquezas naturales. Cada vez que llegaba o se iba era como la primera vez. No había en él ni siquiera un grado mínimo de familiaridad, la modificación gradual y automática de quien pasa varios días en el mismo sitio, viendo a las mismas personas, subiendo las escaleras hacia la misma habitación. Siempre parecía desconcertado como el que acaba de entrar de la claridad de la calle a un sitio más oscuro. En diez días no recibió ninguna llamada, ni una visita ni una carta. Al pedir la llave decía el número de la habitación como si no esperara que la recepcionista pudiera recordarlo de una vez para otra.

A ella le daba lástima. Sentía un impulso urgente de protegerlo, de defenderlo de cualquier agravio, el que fuera, del infortunio que lo habría llevado al hotel, a Inglaterra. Podía ser un viudo reciente. Tenía cara de llevar un brazalete negro en la manga de la gabardina, un botón negro de luto discreto en la solapa. Podía haber salido de la cárcel después de cumplir una condena corta e injusta, un cajero que sustrae del banco la modesta cantidad necesaria para costear el tratamiento de una esposa o un hijo enfermo, una hija en silla de ruedas. Lo imaginaba empujando con mansedumbre y devoción una silla de inválido.

El dolor y la soledad podían haberlo empujado a la bebida, pero no le olía el aliento y no guardaba botellas en su habitación. Se enfadaba consigo misma si sospechaba en él algo indecoroso. Que rondaba los parques o los colegios de niñas a la hora de salida con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina, que se acercaba a alguna que jugaba sola ofreciéndole un caramelo en una mano, la otra oculta en el bolsillo, moviéndose a rápidos espasmos. Cosas así había visto ella.

Él nunca le sostenía la mirada pero a veces se quedaba como absorto o ido y sus ojos permanecían fijos en su cara, quizás sin verla, muy claros, azules, muy abiertos detrás de los cristales de las gafas. Se marchaba como para ir a una oficina, un poco antes de las nueve de la mañana. Dejaba la llave en el mostrador y ella le pasaba revista con un interés afectuoso. Si estaba lloviendo le advertía que no saliera sin paraguas. Él escuchaba un momento con la cabeza ladeada, como si no entendiera bien el idioma. Habría querido bajarle el cuello levantado de la chaqueta, aconsejarle que no se echara tanto desodorante, sacudirle los pelos caídos en los hombros y las solapas de la gabardina, las motas de caspa. Si estaba pasando un momento difícil y necesitaba encontrar un trabajo le convenía presentarse en los sitios con el mejor aspecto posible.

En cuanto lo vio salir le pidió al botones que se quedara un momento a cargo del mostrador y subió a la habitación del huésped misterioso, como le llamaba para sí. Era arriesgado. Él tardaba a veces todo el día en volver y otras estaba de vuelta al cabo de media hora, con su ración de periódicos, como un profesor que vuelve cargado de libros de la biblioteca. Un profesor en alguna universidad canadiense apartada y respetable. De teología, de lenguas semíticas, algo ajeno a las vanidades del mundo.

Abrió con cautela respetuosa y cerró por dentro de inmediato, examinando sin moverse la habitación diminuta, con tan poca luz natural. Era un detalle humano conmovedor que antes de salir él hubiera hecho la cama. Una costumbre de hombre solo, un viudo, o de un marido que a causa de la enfermedad o la invalidez de su esposa no tiene reparo en encargarse de las tareas domésticas. Había alisado a la perfección la colcha azul eléctrico. El filo del embozo tocaba justo la línea recta de la almohada. Una camisa recién lavada por él mismo colgaba de una percha delante de la ventana. Sobre la mesa de noche había un transistor y una novela de bolsillo con el lomo y los cantos gastados. Un hombre solo tiene sus debilidades comprensibles. En la portada de la novela estaba dibujada una mujer de espaldas, en bikini, volviendo la cara por encima del hombro, la boca entreabierta y los labios carnosos, los ojos grandes marcados con rímel, una melena negra alborotada. Al acercarse más a la mesa de noche pisó inadvertidamente hojas de periódicos. Tenía que marcharse cuanto antes de la habitación. No sabía cuántos minutos llevaba en ella. De alguna parte venía el ruido de una aspiradora. Abrió a medias el cajón de la mesa de noche. Estaba tan oscuro que no distinguía nada. Encendió el flexo, cuidando de no alterar la posición de la novela ni del transistor.

Lo que había en el cajón era una revista pornográfica. Debía de ser de segunda mano porque no tenía portada. La foto en color que ocupaba la página entera era un primer plano tan próximo que Janet Nassau tardó unos segundos en comprender lo que se veía en ella. Cerró el cajón de golpe, con un escrúpulo como de mancharse con algo las puntas de los dedos. En el armario había colgada una chaqueta y un pantalón de sport. En el suelo estaba la pequeña maleta cerrada que él había traído cuando llegó. El bote de espray desodorante Right Guard estaba en la repisa del lavabo junto al vaso de plástico del que sobresalían un cepillo de dientes y un tubo de dentífrico con el logo de una compañía aérea.

Abrió el pestillo con sigilo para salir cuanto antes, arrepentida, asustada por la posibilidad de que él hubiera vuelto justo en ese instante. Volvió a su sitio detrás del mostrador y tardó un rato en tranquilizarse. Cuando lo vio entrar al cabo de varias horas notó en los músculos rígidos de la cara la dificultad de sonreír. Al darle la llave le entregó un sobre con el escudo del hotel y su nombre mecanografiado. Era el gerente quien le había indicado que se lo entregara al huésped, pero no por eso se sentía ella menos culpable. El huésped tenía el sobre en la mano y lo miraba sin entender, quizás pensando al principio que se trataba de una carta. «Tengo que ir a mi banco —dijo, sin mirarla a ella, como si se hablara a sí mismo—. Iré hoy mismo a mi banco para sacar dinero.»

 

Sentado en la cama sin quitarse la gabardina miraba la pared, el armario. Se quitó las gafas y se frotó los ojos. Eran las dos de la tarde de un lunes a principios de junio pero según el frío y la llovizna de la calle y la poca luz de la habitación podía estar anocheciendo en diciembre. La habitación no era mucho mayor que una celda. Sólo faltaba el retrete sin tapa junto al lavabo. En un bolsillo de la gabardina tenía aproximadamente veinticinco libras en billetes y monedas. En el otro, junto al sobre de la cuenta del hotel, notaba el peso del revólver. Había masticado dos aspirinas y las había tragado sin beber agua y ahora esperaba a que se apaciguara el dolor de cabeza. Si cerraba los ojos y permanecía inmóvil en la penumbra las pastillas actuarían más rápido. Si cerraba los ojos y se concentraba en notar los globos en las cuencas y se enviaba a sí mismo las señales eléctricas de la autosugestión psicocibernética. Quizás si no daba resultado era porque en realidad no había seguido paso por paso todas las indicaciones del libro, no había tenido fe, no había puesto empeño suficiente en proyectar la imagen adecuada de sí mismo, la que era preciso que él viera con claridad a fin de que pudieran verla los otros. La rubita pava de la recepción, por ejemplo. Si la hubiera mirado a los ojos con la suficiente intensidad y le hubiera ordenado telepáticamente que no le entregara el sobre ahora dispondría de algún tiempo más de plazo. Podía haber vuelto a la habitación y encerrarse en ella y quedarse todo el resto del día y toda la noche a salvo de cualquier peligro o urgencia, un día entero más, o casi, leyendo una de sus novelas, buscando en el periódico algún artículo más de ese reportero que escribía con tanto conocimiento sobre las guerras de África y los ejércitos de mercenarios. O podía salir con su maleta en la mano y su gabardina bajo el brazo, hipnotizando al botones y a la limpiadora y a la recepcionista y a cualquiera que se cruzara con él, de modo que no le exigieran el pago de la habitación, que no le impidieran marcharse, dóciles a la fijeza de su mirada, aletargados en un trance de sonambulismo.

 

Salía tan absorto que se le olvidó dejar la llave. La recepcionista iba a llamarlo pero se contuvo, el gesto detenido a la mitad, la boca ya entreabierta, a punto de articular el nombre, la sonrisa iniciada. Tendría que darse prisa para llegar a su banco antes de que cerraran. Había dejado de llover y la acera se llenaba de nuevo del barullo habitual, las caras aceitosas, las caras negras, los saris, los turbantes, las patillas y pelucones de rizos africanos, las camisas abiertas, los collares dorados, los grupos de turistas japoneses siguiendo una banderita, un paraguas levantado sobre las cabezas juntas y obedientes.

El escaparate que buscaba lo había visto unas cuantas veces al pasar. Era una joyería angosta, empotrada entre dos negocios más grandes y visiblemente más prósperos, como estrujada por ellos, un sitio antiguo, estrecho y hondo entre una tienda de televisores en color y otra de tejidos, con maniquíes indias o negras en el escaparate, como una de aquellas diminutas joyerías y relojerías de Lisboa, en las que se veía detrás del cristal a un relojero viejo y medio jorobado examinando un mecanismo con una lupa cilíndrica incrustada en un ojo.

Se detuvo junto al escaparate, queriendo distinguir el interior. Vio a un hombre canoso y pálido que le mostraba a un cliente una cajita negra en la que relucía un punto luminoso. Cuando empujó la puerta sonó una campanilla. Al fondo del mostrador había una puerta de cristal entornada, y se entreveía una mujer de perfil, vestida de oscuro, con el pelo gris, con gafas, delante de una mesa estrecha de taller. Mientras el joyero atendía al otro cliente él dio vueltas mirando por los anaqueles. Al oír la campanilla la mujer se había asomado a medias a la tienda. De las patillas de las gafas le colgaba una cinta negra. Era una mujer con cara de enferma, como de haber envejecido prematuramente. Él apretaba la culata del revólver en el bolsillo de la gabardina, la palma un poco húmeda en contacto con el forro de cinta aislante.

Cuando vio que el cliente iba a salir se hizo a un lado para que no pudiera verle la cara. Se abrió la puerta y con el sonido de la campanilla entró el ruido del tráfico, el clamor de la calle. Detrás del mostrador, con las manos apoyadas sobre el cristal, el joyero le preguntó en qué podía ayudarle. Tenía diminutas venas moradas en la nariz prominente, las mejillas de una palidez rosada, los hombros débiles. La camisa de manga corta dejaba al descubierto unos brazos flacos de viejo.

Con la mano izquierda lo agarró por la pechera de la camisa y con la derecha le clavó el cañón del revólver en el cuello. Era un cuello flojo de pavo. Los ojos pequeños del hombre lo miraban con menos miedo que estupor bajo las cejas de pelos blancos largos como alambres. Torciéndole un brazo le hizo volverse contra la pared mientras seguía clavándole la pistola en el cuello.

De pronto la mujer ya no estaba en la puerta entornada del taller. Exigió y amenazó hablándole al hombre muy cerca del oído. Con un poco más que apretara el brazo escuálido se partiría. De un empujón lo hizo acercarse a la caja registradora. En alguna parte tenía que haber una caja fuerte, probablemente en la trastienda. Una sombra y una respiración lo alertaron cuando ya era demasiado tarde. Detrás de él la mujer levantaba entre las dos manos un objeto que él no sabía lo que era. Para protegerse la cabeza soltó al viejo y retrocedió instintivamente hacia la salida. Tuvo que apoyarse en el mostrador para que el golpe en la nuca no lo derribara. Oía muy cerca en el silencio la respiración agitada de la vieja y del hombre, que ahora se había vuelto hacia él y le arañaba la cara y estaba a punto de arrancarle las gafas y de meterle los dedos en los ojos. Rompió a sonar una alarma estridente que le hería los tímpanos y exageraba el dolor de cabeza.

De un empujón se desprendió del hombre y tiró a la mujer contra una vitrina. Al salir notó que la gabardina se enganchaba a algo y que se le desgarraba un bolsillo. En un instante de pánico temió que fuera el bolsillo en el que llevaba el pasaporte. Echó a correr por la acera sujetándose las gafas. Oía voces a su espalda y la alarma que seguía sonando pero no se volvía. Apretaba el revólver para que no se le cayera del bolsillo desgarrado. Vio una boca de metro y corrió abriéndose paso entre la multitud que bajaba por las escaleras en la hora punta, como alguien angustiado a punto de perder un tren.

Encerrado en el retrete de unos lavabos públicos recuperó el aliento, se ordenó la ropa, comprobó el contenido de sus bolsillos, el revólver, las monedas sueltas, los pocos billetes estrujados, alguno de ellos todavía portugués, la cuenta del hotel, el pasaporte. A quién se le ocurría intentar un atraco llevando consigo toda su documentación.

Salió a la zona de los lavabos y se echó agua fría en la cara, se arregló el pelo con su peine de plástico, restaurando la raya, la onda sobre la frente. Cuando volvió al hotel se sujetaba con la mano el desgarrón del bolsillo, pero la recepcionista lo advirtió. Ya había imaginado ella que no llegaría al banco antes de la hora de cierre.

A la mañana siguiente observó con aprobación, casi con alivio, que el bolsillo de la gabardina ya estaba cosido. Un hombre que se hace su cama y se lava sus camisas sabrá usar en caso de necesidad la aguja y el hilo. Cuando le entregaba la llave le dijo sin mirarla, aunque en un tono de excusa que a ella la sumió en oleadas de lástima, que pagaría la cuenta en cuanto volviera, que ahora mismo iba a su banco, eso dijo, no al banco, un hombre infortunado pero digno de confianza, al que los empleados reconocen y saludan, aunque saben que está pasando una mala racha, quizás la muerte de la esposa enferma, viudo inconsolable, o el abandono de una esposa frívola y aprovechada que lo ha echado de la casa y se ha quedado con ella, forzándolo a instalarse transitoriamente en un hotel.

 

Lo vio volver tres horas más tarde. Habían estado sonando en el vecindario sirenas de coches de la policía y de ambulancias. Un botones que llegaba de la calle le dijo muy excitado que había habido un atraco a mano armada en una sucursal cercana de una caja de ahorros. Había oído contar que el cajero se había resistido y que el atracador le disparó o le dio un golpe con la pistola en la cabeza. Ella pensó con aprensión que quizás a esa sucursal había ido el huésped a sacar su dinero. Se atrevió a preguntarle cuando lo vio aparecer. Le tendió la llave sonriendo, antes de que él se la pidiera. Él escuchó la pregunta y fue una de esas veces en las que daba la impresión de no entender el idioma en el que se le hablaba. Miraba aturdido, intrigado, ladeando la cabeza, con cara de estupor. Se encogió de hombros y dijo que él no había oído nada. Visto más de cerca el remiendo en el bolsillo de la gabardina era muy tosco, muy evidente. Olía a sudor. Tenía la onda del pelo mojada de sudor y pegada a la frente. Sacó algo del bolsillo con un gesto brusco. Algo cayó al suelo y cuando se inclinó para recogerlo se le resbalaron las gafas. El bolsillo remendado de la gabardina lo deformaba un objeto que debía de ser pesado.

Lo que se le había caído era el pasaporte. Lo que apretaba en la mano era un puñado de billetes nuevos de cinco y diez libras. Los billetes despedían un olor fragante. Dijo que quería pagar la cuenta, que por fin había retirado algo de dinero del banco, de su banco. Dijo que dejaba la habitación porque tenía que tomar un vuelo hacia Alemania esa misma tarde. Ella le dijo que esperaba que el motivo de ese viaje tan precipitado no fuera una emergencia, un contratiempo familiar. Él de nuevo la miró un momento como si no comprendiera e intentara hacerse una idea de lo que ella decía fijándose mucho en el movimiento de los labios, no en los ojos.

El botones estaba acodado en el mostrador pero no se ofreció a ayudarle a bajar la maleta. Lo despreciaba porque en los diez días que había pasado en el hotel no le había dado ninguna propina. El sonido de una sirena se acercó y se alejó después de haber alcanzado una máxima intensidad. Estalló un trueno tan poderoso y tan cercano que estremeció los polvorientos abalorios de cristal de la lámpara del techo e hizo vibrar la campanilla sobre el mostrador.

La tarde se había oscurecido de pronto. Al mismo tiempo que el trueno había estallado un diluvio súbito. La lluvia o el granizo redoblaba en las ventanas y en la marquesina del hotel. La recepcionista Janet Nassau pensó con lástima, casi con remordimiento, que cuando el huésped quisiera salir hacia el aeropuerto no encontraría un taxi. En ese momento apareció en el rellano del vestíbulo, con su maleta y una bolsa de costado de plástico, subiéndose las gafas que se le deslizaban hacia la punta demasiado fina de la nariz por culpa del sudor, con la cámara de fotos al cuello, con un fajo de periódicos bajo el brazo, como un turista asolado por la calamidad.

Ella miró reprobadoramente al botones, sumido en el examen de los pliegues de una cortina. El huésped palpó todos los bolsillos, del pantalón, de la chaqueta, de la gabardina, antes de encontrar la llave. El bulto en el bolsillo mal remendado pesaba más que la llave del hotel con su apéndice de bronce. A los hombres desdichados se les desfondan los bolsillos. Janet Nassau preparó la sonrisa disponiéndose a preguntarle si necesitaba algo, si quería que le llamara a un taxi, si no sería más prudente esperar un rato, hasta que cesara la lluvia, al menos hasta que se debilitara la tormenta. Un trueno crujió todavía más cerca y borró de sus labios lo que ella estaba empezando a decir. Vio al huésped de espaldas, atascado en la puerta giratoria con su maleta, su bolsa de costado, su cámara, su montón de periódicos. Un momento después ya no estaba.

 

La lluvia le mojaba las gafas enturbiando su visión de la calle. Veía círculos de faros, confusas manchas amarillas, rojas y verdes de semáforos. Hilos de agua chorreaban de su frente y le inundaban los ojos. Dobló una esquina al azar y se encontró en una calle sin tráfico, con las casas más bajas, fachadas iguales con ventanas iluminadas y entradas con columnas, puertas pintadas de negro o de rojo con llamadores dorados. Siguiendo por allí no era probable que encontrara otro hotel. Pero no podía haberse quedado en el otro después del atraco. Sólo al salir corriendo de la caja de ahorros mientras sonaba la alarma a su espalda se dio cuenta de lo cerca que estaba. Lo había confundido como tantas veces la retorcida topografía de las calles de Londres.

Creía haberse alejado a una distancia segura y en realidad había acabado volviendo casi al punto de partida. Pero lo había hecho todo tan atropelladamente que se había olvidado de recortar óvalos de esparadrapo y pegárselos en las yemas de los dedos. Se había acercado a la ventanilla y le había apuntado al cajero con el cañón del revólver asomando por un pañuelo. El cajero lo miraba a él echándose hacia delante porque era duro de oído o porque él hablaba demasiado bajo. Al principio no reparaba en el revólver. Se fijó en que llevaba una corbata de lazo torcida. Tuvo que apartar un poco el pañuelo para que el cajero viera el cañón. Aparte de sordo parecía cegato. Cuando entendió por fin le temblaban las manos y no acertaba a recoger los billetes que había estado contando. Él introdujo el cañón del revólver entre los barrotes de la ventanilla y se lo aplastó al cajero contra la frente calva, roja de pánico y sudor. Le arrebató el puñado de billetes y se lo guardó en el bolsillo. Le ordenó que le entregara también todos los que hubiera en una caja metálica entreabierta que tenía al lado. Pero al cajero le temblaban tanto las manos que lo volcó todo en el suelo, provocando un ruido formidable de metal y de monedas rebotando en las losas de mármol.

No había sido consciente hasta ese momento del silencio en el que sucedía todo, el murmullo como de iglesia de las voces de los empleados y los clientes en la sucursal de la caja de ahorros. Pareció que el ruido los despertaba. Todos miraron en la misma dirección, hacia el hombre de la gabardina y las gafas y el revólver en la mano que cruzaba muy rápido la oficina hacia la salida sin que nadie le cortara el paso ni gritara todavía ni hiciera sonar una alarma. Unas veces el tiempo transcurría muy despacio y otras muy velozmente. En medio de la velocidad y la agitación había un núcleo, un paréntesis de lentitud, una sensación de cosas sucediendo a cámara lenta, la mano derecha que se adelantaba para empujar la puerta y todavía no llegaba a rozarla con los dedos extendidos, la repentina trepidación de la calle.

Era como estar huyendo de nuevo de la joyería, una repetición casi exacta del día anterior, o del mismo día unas horas antes, con esta misma luz perpetua de primera hora de la mañana o de atardecer de llovizna, ahora con rachas de una claridad de fósforo que anticipaba una tormenta. Corría apretando en un bolsillo de la gabardina el revólver, en el otro el puñado de dinero, lastimosamente escuálido al tacto.

Lo contó en la habitación del hotel, sentado en la cama, sobre la colcha azul eléctrico que había estirado sin dejar una arruga después de levantarse. Hizo el cálculo laborioso de la equivalencia entre libras y dólares. El alivio de la miseria inmediata no duraría más allá del fin de semana pero ya no lograba pensar con una anticipación de dos o tres días. Mañana era una repetición de ayer igual que la habitación nueva a la que llegaba en otro hotel era idéntica a la del hotel anterior.

 

Las cinco de la tarde del miércoles 5 de junio y el cielo de la tormenta era tan oscuro que ya estaba anocheciendo. Caminaba pegado a las paredes, buscando en vano el refugio de los aleros contra la lluvia sesgada que ya le había empapado los zapatos y los bajos del pantalón, el pelo, las hombreras de la gabardina. Vio un pequeño letrero intermitente y rosado en un edificio en el que no había ningún indicio de que fuera un hotel. «HABITACIONES». Pulsó el timbre y lo oyó resonar débilmente hacia los fondos de la casa. Seguía lloviendo y nadie salía a abrirle. El letrero luminoso era la única señal de que el lugar estuviera habitado. Una mujer rubia y alta abrió por fin. Nadie es una silueta pasajera, un extra, una figura auxiliar en las historias de otros. La mujer se llamaba Anna Thomas y había nacido en Suecia. Hotel Pax era el nombre de la casa de huéspedes silenciosa y recóndita que administraba. Vio en la acera, al pie de los peldaños de ladrillo, en la luz pobre del vestíbulo, a un hombre empapado, con una maleta en la mano, un macuto de plástico al hombro, periódicos y libros bajo el brazo.

Le dijo que pasara rápido, que no siguiera mojándose. El hombre no se decidía a entrar, parado en el umbral, atribulado por mojarlo todo, por manchar de barro la alfombra, los pies chapoteando en el interior de los zapatos, que eran unos zapatos absurdos para un tiempo así, de cocodrilo o similar, como de turista en el Caribe.

Le preguntó a Anna Thomas si tenía una pastilla para el dolor de cabeza. Tiritaba y le brillaban los ojos como si tuviera fiebre. Le costaba mucho articular algunas palabras. Movía los labios sin que saliera de ellos ningún sonido.

A la mañana siguiente Anna Thomas le trajo el desayuno a la habitación, añadiendo zumo de naranja caliente con miel y un tubo de aspirinas. Prestó atención delante de la puerta cerrada y no distinguió ningún sonido. Llamó suave con los nudillos, luego un poco más fuerte. Como no había respuesta dejó la bandeja en el suelo. No se había alejado más que unos pocos pasos cuando la puerta se abrió. El huésped recogió la bandeja con gestos rápidos y furtivos. Anna Thomas observó que llevaba el traje y la gabardina.

Se quedó tres días en el hotel Pax. El papel pintado de su habitación era de pavos reales azules. Salía hacia las nueve de la mañana y regresaba media hora o una hora después, cargado de periódicos y revistas, y ya no se ausentaba el resto del día. La segunda mañana Anna Thomas le señaló la primera página de uno de los periódicos que había traído, ocupada entera por la foto de Robert Kennedy, y le dijo que era terrible, que parecía mentira que a él también lo hubieran asesinado. El huésped hizo un ademán confuso de pesar —asintiendo gravemente, la cabeza ladeada— y desapareció en el interior de su habitación. Había pagado una semana por adelantado. El sábado por la mañana Anna Thomas encontró su habitación vacía.

Hay un final posible, una raya definitiva en el tiempo. Esa mañana, el 8 de junio, Ramon George Sneyd, o Sneya, según el otro pasaporte que seguía llevando, fue detenido en el aeropuerto de Heathrow, cuando estaba a punto de tomar un vuelo que salía hacia Bruselas a las once cincuenta. Le habían dicho que era en Bruselas donde había un centro de reclutamiento de mercenarios para la guerra en el Congo. Los policías que lo llevaron amablemente a una oficina para revisar sus documentos le dijeron casi disculpándose que en principio se trataba de una simple formalidad, una comprobación rutinaria. Uno de ellos mostró una sorpresa dolorida al descubrir cuando lo cacheaba un revólver cargado en el bolsillo trasero de su pantalón. Más tarde el revólver fue incluido oportunamente en la lista de las pertenencias que llevaba consigo cuando lo detuvieron, y lo que había en la maleta que ya había sido facturada y embarcada en la bodega del avión de Bruselas.

 

Un revólver Liberty Chief de calibre 38. Una cámara Polaroid. Una radio de transistores Hi-Fi de luxe. Una gabardina marca Noveline. Un traje de lana marrón. Una gorra azul. Una camisa azul. Una chaqueta y un pantalón de sport. Dos pares de gafas de sol. Un diccionario Collins de bolsillo. Un peine de plástico. Un monedero de plástico. Una moneda portuguesa de cincuenta céntimos. Veintiún sobres de correo aéreo. Un rollo de cinta adhesiva. Un folleto titulado «Cómo hipnotizar», del doctor Adolf F. Louk, director del Instituto Internacional Louk de Hipnotismo. Un abridor de botellas. Un cuaderno en blanco. Una caja de cerillas del restaurante New Gonevale, de Toronto. Un cortaúñas. Un mapa de Portugal. Un desodorante en espray marca Right Guard. Un frasco pequeño de champú. Un mapa de Londres. Un certificado de nacimiento a nombre de Ramon George Sneyd. Dos pastillas de jabón. Una cartera con sesenta libras en billetes de cinco libras. Un tubo de crema para el pelo. Una novela en edición de bolsillo titulada La directiva número nueve. Un bote de espuma de afeitar. Una novela, también de bolsillo, muy usada, con el título Misión en Tánger. Un cepillo de dientes. Un libro titulado Psico-Cibernética. Un inhalador. Un espejo de mano. Una lata de betún de color negro.

 

Le presentaron la lista mecanografiada y le pidieron que la leyera y la firmara si le parecía oportuno. Buscó las gafas, primero en la gabardina, luego en los bolsillos de la chaqueta, y leyó despacio, murmurando las palabras, los nombres más difíciles. Dio las gracias profusamente al policía que le pasó el bolígrafo para que firmara. Dudó un segundo antes de escribir, «R. G. Sneyd», subrayando el nombre con una rúbrica corta. Uno de los policías de paisano volvió a entrar en la oficina, bastante pequeña, sin ventanas, en la que casi no se oían los murmullos y las voces metálicas del aeropuerto, el bramido de los aviones despegando. Vino hacia él y le dijo, como si formulara con cortesía de profesor una hipótesis aventurada, que quizás su nombre no era Ramon George Sneyd, sino más bien, dijo dubitativamente, James Earl Ray.

Él no respondió nada. Estaba echado hacia atrás, con las piernas abiertas, la nuca recostada contra la pared pintada de un triste color verde claro, el bolígrafo con el que acababa de firmar todavía entre los dedos de la mano derecha, posada en el regazo, sobre un faldón de la gabardina, cerca del bolsillo cosido con un hilo oscuro. Quizás pensaba con asombro, todavía con incredulidad, casi con gratitud, que no tenía que seguir huyendo.