Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 11 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 11

 

B USCABA un hospital con corredores de baldosas frías y sonoras y de techos muy altos de los que colgaran lámparas globulares pintadas de blanco; un club nocturno con un letrero de una sola palabra, BURMA, que diera paso a laberintos de escaleras metálicas, lentos montacargas, a sótanos o almacenes de ladrillo rojo con olores a humedad y a sacos de mercancías tropicales; una casa aislada en la que viviría una mujer sola, y a la que llegaría hacia medianoche un hombre fugitivo y probablemente herido; un club de jazz o un teatro en el que un músico viejo y muy enfermo tocaría por última vez.

Quería un tren en el que tuviera lugar una persecución y un precipicio al filo del cual pelearían dos hombres, uno de los cuales caería al vacío, su silueta gesticulante haciéndose más pequeña contra un fondo de olas que rompían contra los arrecifes en altas llamaradas de espuma, en un mar de transparencia cinematográfica, en una noche azul marino de diorama y de mal sueño.

Buscaba exteriores para mi novela pero sobre todo un impulso visual que me guiara hacia los encuentros y los descubrimientos que les sucederían a los personajes. No trasladaba a la Lisboa verdadera los hilos de la trama que ya se habían urdido anticipadamente en la Lisboa conjetural de mi imaginación. La trama cobraba forma según yo iba por la ciudad, con los ojos muy abiertos, con la cámara de fotos y el cuaderno, en una búsqueda que se parecía mucho a la de alguien que recorre sin descanso una ciudad y mira una por una todas las caras con las que se cruza con la esperanza de encontrar a una sola persona, de reconocer de lejos entre la multitud una silueta que lo traspasa con un sobresalto de emoción, un relámpago de intriga y deseo; la cara que uno ama tanto que no sabe recordarla y se le borra de la memoria en cuanto deja de verla; la que es capaz de seguir buscando en vano durante horas o días; la que es siempre inesperada cuando aparece por fin, en cualquiera de esos lugares de tránsito en los que la posibilidad de la inminencia actúa como un campo magnético: esquinas que no se pueden doblar sin una punzada en el estómago; escaleras, umbrales, vestíbulos, calles que se vuelven propicias porque alguna vez hubo en ellas una presencia repentina, una sombra.

 

Lisboa era una ciudad real y una maqueta de Lisboa. El orden estricto de las calles de la Baixa tenía la pulcritud de un simulacro de ciudad hecho a escala, las líneas de ventanas idénticas, los volúmenes simplificados de las casas. La Praça do Rossio era un hervidero de transeúntes, de comercios y oficios, y también era una plaza abstracta, un modelo de plaza, con su eje de simetría que se prolongaba hacia el sur en la perspectiva de un arco triunfal y de un rey a caballo, su teatro neoclásico a un lado, su columna coronada por la estatua de un rey en el centro, sus letreros caligráficos, rosados y azules, que se encendían en el anochecer sobre los tejados. Subiendo sin aliento por la Calçada do Carmo vi un gran hospital de muros rosas descoloridos, con ventanales muy altos que daban al este. Quizás era allí donde el discípulo joven encontraba a su maestro, muy enfermo y desalentado de la vida, tendido en una cama de hierro con los barrotes pintados de blanco, en una habitación fría al final de un pasillo, su cara amarilla contra la blancura de la almohada, el cuerpo casi sin volumen bajo la colcha. Los sonidos de Lisboa llegarían hasta la habitación como un rumor marítimo.

Por detrás del Rossio la boca de un callejón daba paso al letrero intermitente y rojizo y a la cortina aterciopelada de un peep-show, tan espesa que amortiguaba un latido de bajos muy amplificados, que lo golpeaban a uno en las sienes y en el centro del pecho cuando pasaba al interior. De manera inmediata aquel lugar que acababa de descubrir por pura casualidad pasaba a formar parte de mi novela. Sentía la impunidad de estar haciendo algo excitante y reprobable en una ciudad en la que nadie me conocía. En una taquilla una mujer cambiaba billetes en monedas de veinticinco escudos. Yo era uno más entre los desconocidos que deambulaban como sombras bajo las luces rosadas o verdes, hombres solos y opacos con chaquetones de invierno, con cigarrillos encendidos, en una especie de sótano con el suelo de cemento y cortinajes negros en las paredes, con un olor muy fuerte a ambientador y a humedad, la música retumbando en el techo muy bajo.

A lo largo de un pasillo había estrechas puertas numeradas. Encima de cada una de ellas había una bombilla roja que se encendía cuando entraba alguien. Se apagaba una bombilla y salía un hombre cabizbajo y furtivo. Empujé una puerta y me encontré en una cabina casi a oscuras. Nunca había estado en un sitio así. Me acuerdo del ojo de buey del que venía una claridad débil y de un crudo rollo de papel higiénico sobre una repisa, junto al aparato en el que se depositaban las monedas, y de la música que atronaba más los oídos en aquel espacio tan estrecho.

Según las monedas sonaban al caer el cristal se volvió transparente, como si se disipara una capa de escarcha. Al otro lado había una mujer desnuda sobre una cama circular con cojines que era una plataforma giratoria. En torno a ella había un círculo de ojos de buey. Cada uno era para la mujer un espejo en el que se vería sucesivamente reflejada, sabiendo que detrás de cada cristal había un hombre emboscado mirándola.

Era delgada, atractiva, flexible. Se contorsionaba y se abría alzando las caderas sobre la cama circular, o apoyando en ella las rodillas y las manos, con movimientos demorados y rítmicos, con una expresión de disciplinado aburrimiento en la cara, indiferente a la procacidad que ella misma ejercía, como repitiendo las posturas de una tabla gimnástica, de un manual. La rodeaban las miradas y ella no veía a nadie. Giraba despacio delante de los ojos de buey y no podía distinguir detrás de cuál había alguien, cuál de ellos daba a una cabina vacía. Tumbada de espaldas sus pies descalzos se agitaban en el aire como peces o pájaros, las uñas pintadas de rojo, los talones rosados.

 

Años después, en Madrid, un recién conocido me contó una historia. Estábamos tomando algo en la cafetería de un hotel. Era de esas personas que necesitan contar algo; algo que los ha colmado y los desborda, una felicidad que será más completa si se transmite, si adquiere testigos, si rompe en parte el secreto del que se alimenta, la suprema conjura entre dos amantes. Era media mañana, en enero. Yo aún no sabía situarme bien en Madrid. El ventanal de la cafetería daba a la calle Goya. Nadie sabía que tú habías venido a encontrarte conmigo y que en ese momento me estabas esperando en una habitación.

Llovía mucho. Había mucho tráfico, mucha gente en la acera delante del hotel. Había lámparas bajas encendidas y zonas de sombra en las proximidades de la barra. Mi interlocutor dejaba a veces de hablar para tomar un sorbo del café con leche que se le habría enfriado hacía rato. Era muy delgado, flaco, algo más joven que yo, con los pómulos muy pronunciados, las manos huesudas. Hablaba y miraba como un converso, un iluminado. Hablaba sin mirar, sin mirarme, tan poseído por la intensidad de su relato que se sumergía en él olvidándose de todo lo demás, del café tibio y de la fea luz gris de la mañana de invierno y del hecho de que apenas nos conocíamos.

Para él no se extinguía el asombro de lo que estaba sucediéndole; ni la incredulidad, ni el agradecimiento. Si me miraba era para buscar el efecto de lo que estaba contándome; inseguro de que yo pudiera comprender, aprobar; desafiante en caso necesario.

Me contó que estaba viviendo el gran amor de su vida. Nunca le había gustado tanto una mujer; nunca había ido tan lejos con nadie en la mutua entrega sexual. Pero no podía confesarle a nadie cómo se habían conocido. Era un secreto que los unía más y también era un castigo. Tenían que ponerse de acuerdo para inventar historias verosímiles. La realidad era que la había conocido en el peep-show donde ella bailaba durante varias horas cada tarde o cada noche, según el turno. Él estaba haciendo un reportaje sobre el submundo de las tiendas eróticas, los locales de striptease, los cines X, los negocios del sexo que entonces empezaban a proliferar abiertamente en Madrid. La vio a ella tras el cristal de la cabina del peep-show y se enamoró de inmediato. Se llenaba los bolsillos de monedas y las iba echando una a una en la ranura para no dejar de verla, poseído por una mezcla de excitación sexual y ternura que lo dejaba tan sin voluntad como un narcótico muy poderoso. Pegaba la cara al cristal para mirarla más codiciosamente. Se imponía la tarea de fijarse en cada rasgo de su cara, en cada particularidad de su cuerpo gimnástico, a la vez ofrecido y vedado, remoto en su tentadora cercanía.

Empezó a montar guardia en un bar de al lado para verla salir. Era consciente de que tenía que limitar sus visitas para no volverse sospechoso ante los empleados del peep-show. La primera vez que la vio en la calle le costó reconocerla. Se enamoró más aún viéndola vestida, abrigada contra el invierno, con un chaquetón oscuro, un bolso grande al hombro, un gorro de lana ladeado, el cuerpo menudo, no especialmente llamativo, la cara más joven sin maquillaje, sin los violentos claroscuros de los cambios de luz.

Una noche se atrevió a abordarla. Le mostró su carnet del periódico, su cámara de fotos. No sin recelo ella accedió a escuchar su proyecto de reportaje. Tomaron algo en la barra del mismo bar donde él había esperado tantas veces a verla salir, pálido y ansioso bajo las luces fluorescentes, ajeno al barullo de los bebedores, al ruido del fútbol en el televisor y al tintineo de las máquinas tragaperras. Ni él ni ella reparaban en lo que había alrededor. Aquella misma noche se hicieron amantes.

Ahora llevaban una semana viviendo juntos en un piso alquilado y medio vacío. Él no tenía contrato en el periódico y sólo cobraba por reportaje publicado. Ella bailaba en el peep-show y algunas mañanas posaba desnuda para una clase de dibujo en Artes y Oficios. No tenía otra manera de costearse los estudios de danza. De vez en cuando, sin decirle nada, él volvía furtivamente a la cabina donde la había visto la primera vez, la espiaba muerto de deseo y de celos.

Yo lo escuchaba contarme su secreto y preservaba el mío, insospechado para él. Aún no se había ido y yo ya anticipaba el momento de cruzar el vestíbulo, tomar el ascensor, ir hacia la puerta numerada de la habitación en la que tú estabas esperándome.

 

No había tiempo que perder. Llenaba carretes de fotos y páginas en mi cuaderno. Ebrio de imágenes y extenuado de caminatas, la primera noche en el hotel no podía dormirme. Me quedaba un día entero y otra noche y sólo un día más. Apagaba la luz y el sueño se me iba de golpe. Mis recuerdos del primer día en Lisboa estaban ya contaminados de ficción. El insomnio era una pantalla de cine en la concavidad de los ojos cerrados. Había llamado por teléfono a casa y al fondo se oía el llanto sin pausa de mi hijo. Era raro sentirse tan lejos al cabo de menos de dos días de viaje. Era más raro todavía pensar que sólo tres o cuatro días después yo estaría de vuelta en mi oficina de Granada.

Había que apurar cada hora, cada minuto. A la mañana siguiente subí muy rápido la escalinata de la estación del Rossio y tomé un tren a Cascais. Iba buscando un paisaje pero sobre todo la resonancia de un nombre, Boca do Inferno. Asomándose a aquel acantilado me había dicho Juan Vida que se tenía la sensación de haber llegado a un límite del mundo.

Había un faro, pero no cilíndrico, sino en forma de prisma, rodeado de palmeras, listado de blanco y de azul. Había un restaurante que se llamaba Mar do Inferno. Salí de la estación y eché a andar por una carretera, en la mañana luminosa y azul. Antes de llegar al acantilado ya daba vértigo el viento y la amplitud cegadora del mar. Yo nunca me había asomado a un abismo tan hondo. Daría igual haber llegado allí en busca de algo o queriendo huir de algo: no era posible dar un paso más allá. Era la intuición antigua del finis terrae, de la frontera última entre lo conocido y lo desconocido. Grandes buques de carga desfilaban en dirección a mar abierto, opacos en la superficie reluciente del agua, rizada por el viento. Yo me asomaba medrosamente al precipicio vertical y tomaba fotos, la cara humedecida por chispas invisibles de espuma. Imaginaba novelescamente ese lugar de noche, el rugido del mar, las olas blancas rompiendo contra un fondo de negrura, el fulgor intermitente del faro. Aún no sabía con exactitud cómo ni por qué, pero alguien iba a despeñarse de noche en ese acantilado.

Tomaba luego notas ávidamente, solo y feliz, sentado junto a un ventanal del restaurante Mar do Inferno, hambriento después de mucho caminar, un poco mareado por el vinho verde que bebía mientras esperaba la comida, dejándome llevar por la suave ebriedad simultánea del vino y de la imaginación, por la pura plenitud del mundo real, de aquel momento simple y claro de mi vida, por el sabor de los alimentos y la amabilidad reservada de los camareros, con mi pequeño diccionario de portugués al lado, mi cuaderno, mi lápiz, la cámara de fotos, la novela cobrando forma por sí misma, rica en detalles no anticipados, completa como otra vida igual de mía, escribiéndose sola.

 

Pero aún tuve más la impresión de estar sumergiéndome en mi mundo inventado cuando esa tarde o al día siguiente salí de la estación de Sintra y eché a andar por un camino al costado de quintas con jardines, viendo al fondo el caserío disperso de la ciudad, una ladera de pinares oscuros, dos extrañas chimeneas ovoides que sobresalían como torres o como excrecencias geológicas de los tejados de un palacio. Caminaba oyendo el crujido de la grava bajo mis pisadas. La memoria me impone un sol dorado de final de la tarde, un olor a tierra húmeda y fértil, a humo de leña en el aire enfriado, luces encendiéndose en los muros ocres o rosados de las casas de campo, de edificios altos y aislados como sanatorios en laderas de sierra, al final de carreteras estrechas. Había quintas al fondo de jardines abandonados y otras que sugerían un lujo recóndito, un retiro sereno y definitivo, largas convalecencias suntuosas como de La montaña mágica.

En Sintra y no en Lisboa estaría el sanatorio que yo había ido a buscar. Hice fotos de torreones, de miradores, de jardines, de verjas, de nombres de casas escritos en azulejos. Salté una tapia y me aventuré en el túnel de verdor selvático de un jardín abandonado y en un vestíbulo con una puerta entornada, sin atreverme a empujarla, pisando cristales rotos.

Un nombre me gustó más que todos: Quinta dos Lobos. Casi oía el sonido de una verja al abrirse de noche, en el aire muy húmedo con olores de bosque.

No he vuelto a Sintra desde aquella vez. No sé si recuerdo lo que vi entonces o lo que escribí en uno de los capítulos finales de la novela. Al tomar el tren de vuelta a Lisboa observé que los vagones eran muy viejos y estaban conectados entre sí por plataformas con barandillas, no corredores cubiertos. Cuando el tren tomaba velocidad era difícil mantener el equilibrio sobre aquellas planchas móviles de metal.

Entonces vi que los dos hombres enamorados de la misma mujer que se han vuelto a encontrar por sorpresa en Lisboa después de haberse odiado durante mucho tiempo no pelearán al filo de un acantilado en Cascais, sino en esa plataforma entre dos vagones en el tren de Sintra. Sin que interviniera mi voluntad las imágenes venían en oleadas hacia mí, tan sin esfuerzo como los paisajes desde la ventanilla del tren. En una estación intermedia hubo una parada y vi muy de cerca el interior iluminado del tren que venía en dirección contraria, las caras de la gente que miraban hacia mí igual que yo hacia ellas, en el instante breve y preciso en el que los dos trenes se cruzan. En ese momento el héroe de mi novela vería al otro lado como en un sueño o en un espejismo a la mujer de la que no había sabido nada en los últimos años, con la que había emprendido desde San Sebastián un viaje frustrado a Lisboa.

Tuve que ir en ese tren para inventar ese reconocimiento, ese cruce de miradas. Pero hiciera lo que hiciera no se interrumpía la ensoñación de la novela. Yendo por la ciudad transitaba por ella. Bajé del tren en la estación del Cais do Sodré aturdido por la soledad y la ficción. En el andén un hombre se inclinaba para besar apasionadamente a una mujer que iba en silla de ruedas. Cuando me perdí por las calles cercanas vi encenderse como luciérnagas en el atardecer los letreros de neón de los bares de marineros y los clubes nocturnos, las luces rojas de los interiores manchando las aceras, los nombres de ciudades portuarias, Oslo, Copenhaguen, Jakarta, o de estados o lugares de América, con esa sonoridad exótica que misteriosamente va asociada a promesas sexuales, Arizona Bar, California Bar, Niagara Bar, Texas Bar. La ficción unas veces quiere suplantar la realidad y otras se conforma con añadirle pormenores secundarios. En aquel vocabulario de nombres iluminados en la noche de Lisboa, en las esquinas, bajo pasadizos y arcos, al fondo de callejones, casi no habría costado nada agregar un nombre más, inventado o anticipado o dibujado por mí, parpadeando desde lejos como una invitación, varios meses después de haber aparecido por un error mecanográfico sobre una hoja en blanco, Burma.