Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 16 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 16

 

N O haría nada, si pudiera, si lo dieran por muerto y no siguieran buscándolo, ese cadáver en el aeropuerto de Atlanta o en una playa de México, con los ojos y las yemas de los dedos comidos por los cangrejos; no haría nada más si atracara un banco o una joyería y obtuviera un botín suficiente, veinte o treinta mil dólares, para vivir el resto de su vida, bien escondido, invisible, frugal, porque se había acostumbrado a mantenerse con muy poco, desde que empezó a ganar algo de dinero, a calcular bien todo lo que gastaba, nunca más de lo que podía permitirse, de lo que asignaba de antemano para cada necesidad y cada vicio, la habitación en una casa de huéspedes barata, la comida simple, las pilas para el transistor que oía pegándolo mucho al oído, los libros y las revistas eróticas de segunda mano, el pequeño gasto diario de uno o dos periódicos, un par de cervezas por la noche en la habitación, y las mujeres, desde luego, putas casi siempre, las más baratas que encontraba, lo más seguro y lo más rápido, sin incertidumbre, sin rodeos, incluso sin necesidad de entenderse, unas cuantas palabras muy parecidas en cualquier idioma, gestos universales, el idioma universal del amor, dijo con una carcajada la mujer rubia a la que conoció en el Maxine’s de Lisboa, no la otra, la primera, la del Texas Bar, a la que le regaló un bañador y le prometió que la llevaría a la playa, aunque se arrepintió luego, no porque no le gustara sino por evitar el peligro. Era siempre más seguro encontrarse con las personas una sola vez, hombres o mujeres, no darles la oportunidad a que se formaran un recuerdo, a que se familiarizaran con una cara lo bastante como para reconocerla luego en un periódico o en las noticias de un televisor.

Le dijo que la esperaba a las nueve de la mañana, al día siguiente de su llegada a Lisboa, el 9 de mayo, pero un rato antes, volviendo del desayuno, le pidió al recepcionista que cuando ella llegara le dijera que el huésped había tenido que marcharse urgentemente de Lisboa, por un asunto de negocios, el extranjero al que ella imaginaba rico por el simple hecho de que era americano o canadiense y hablaba inglés, y bebía whisky con hielo en la barra del Texas Bar. Estuvo un rato sentado cerca del balcón, detrás de la cortina entornada, mirando hacia la calle, con sus escaparates de ferreterías y zapaterías y sus letreros de pensiones. Unos minutos antes de las nueve la vio venir, desde la gran claridad de la plaza por la que pasaban los tranvías, con un vestido ligero, como de verano, con una chaqueta de punto y un bolso formal al hombro, con zapatos planos, sin pintar.

Miró hacia los balcones del hotel pero no podía verlo porque estaba oculto detrás de la cortina y porque ella no tenía manera de saber en qué habitación se alojaba. Se quedó un rato sin moverse de la silla, severo como en un funeral, sin apartar los ojos de la franja de la calle empedrada que se veía desde el balcón, esperando hasta que la vio aparecer de nuevo, ahora de espaldas, alejándose, desde la penumbra húmeda de la calle a la claridad de la plaza contigua, a un paso más lento. En los demás días que estuvo en Lisboa, aunque siguió yendo al Texas Bar, ya no volvió a encontrarse con ella.

 

Se quedaría en Lisboa, si pudiera, si tuviera alguna manera de conseguir dinero, mejor todavía que en Puerto Vallarta, más seguro. Puerto Vallarta al fin y al cabo estaba cerca de Estados Unidos, y aunque era un sitio apartado era también un sitio pequeño en el que un americano no pasaría inadvertido, y en el que los turistas americanos no faltaban, los que podían reconocerlo, los que oirían hablar de él en las cantinas de bebedores y en los prostíbulos, en la Casa Azul y en Casa Susana, con su patio de tierra entoldado y sus canciones de varias temporadas atrás en la máquina de discos. Mejor Lisboa, desde luego, donde lo único que hacía falta para perderse era subir por la escalinata de un callejón estrecho, o quizás encontrar un cuarto de alquiler en alguno de esos edificios grandes y lóbregos y medio deshabitados en las calles laterales que iban hasta la orilla del río o del mar, o instalarse durante unas semanas en una casa de huéspedes todavía más escondida, en una plaza diminuta y silenciosa, como la que había visto cuando subió con ella en un taxi nada más salir de la penumbra del Texas Bar, más fatigado que excitado, tan cansado que casi se dormía mientras el taxi daba tumbos por parajes confusos, por calles retorcidas y estrechas, con zonas bruscas de sol y de sombra, con mujeres que gritaban y guirnaldas de ropa tendida de balcón a balcón y tranvías amarillos que aparecían de frente a la vuelta de la esquina.

El taxi se había detenido en una plaza pequeña dominada por la sombra de un árbol. Yo he estado en ella: Travessa do Fala-Só. Él había pagado, y mientras ella lo esperaba afuera, junto a la entrada de una casa, diciéndole algo en su idioma incomprensible, intercalando palabras simples en inglés, ayudadas de gestos, room, cheap, clean, bath, money. Había subido tras ella por una escalera iluminada desde muy alto por una claraboya, con peldaños de madera pintados de azul, el mismo azul brillante de la baranda por la que ella deslizaba la mano con las uñas sin pintar mientras ascendía, sin volverse hacia él, que perdía el aliento en los peldaños tan empinados, ansioso ahora, impaciente por llegar, por conseguir lo que buscaba, siempre lo mismo, dijo con sarcasmo uno de sus hermanos, Jerry, la mujer arrodillada delante de él y su cabeza moviéndose a una velocidad creciente, que él regulaba con la presión de sus manos, sin el inconveniente de mirar muy de cerca una cara, de preguntarse lo que verían en él esos ojos extraños, quizás alertados por el recelo y la sospecha, ni siquiera dilatados por una ficción de deseo.

 

Se quedaría en una habitación como ésa, con la ventana abierta sobre los tejados, frente a la copa del gran árbol estremecido de pájaros, sin oír nada más, ni siquiera el tráfico de la ciudad que de pronto se había vuelto remota, una bahía o un lago de silencio, en el confín del mundo. Sería como haber cavado aquel túnel en el suelo de la celda, continuando cada vez más hondo por conductos secretos y tuberías, encogiéndose y doblándose con elasticidades de yoga para deslizarse por los subterráneos más angostos, y luego más abajo, por la tierra oscura, tener hocico y uñas y cavar como un roedor, como un topo, como en las fotografías del National Geographic tomadas con cámaras especiales, en las que se ven galerías y madrigueras cálidas y seguras para el invierno, almacenes de grano y de castañas y nueces, mientras arriba, en la superficie, las ventiscas del invierno azotan la tierra, los reflectores de las torres de vigilancia barren con sus conos vengativos de luz los patios de las prisiones y los descampados por los que huyen los fugitivos que han logrado saltar sobre los muros. Imaginaba un túnel tan largo que llegara a Virginia, recordaban que decía, que desembocara en lo hondo de una cueva, en lo más tupido de un bosque, una cueva tan a salvo de perseguidores y depredadores como los refugios de los topos, las madrigueras en la profundidad de la tierra o en el interior de los troncos huecos donde invernaban los osos o las ardillas.

 

No haría nada si pudiera, si estuviera a salvo y no lo minara por dentro el goteo del dinero que se iba tan rápido. No haría nada más que observar a los otros, ahora sin miedo, viendo sin ser visto. Se sentía cada vez más seguro en la destreza de hacerse invisible o al menos disolverse en una niebla vaga de distracción en la que nunca destacaba, mirando con curiosidad y sin envidia, incluso con desdén, pasando de largo por los lugares donde los demás permanecían uncidos a sus horarios, sus obligaciones, sus hijos, sus mujeres quejumbrosas y romas, sus tareas repetidas día a día durante toda la vida.

Se quedaría en su cuarto de pensión, delante de una ventana, o echado en la cama, leyendo novelas, escrutando cada página y cada apartado de los periódicos, en busca de pistas posibles sobre la cacería, o mejor aún, en una mesa al fondo de un café, de cara a la entrada, quizás con la precaución añadida de una salida por la puerta de atrás, o en esa terraza de la Pastelaria Suiça, a la sombra del toldo, distrayendo con un solo café una mañana entera, cerca del frescor y del sonido de la fuente de taza y de las cantinelas de los pedigüeños, frente a la columna blanca con el rey o el emperador en lo alto, cagado por las palomas y las gaviotas. Así de desinteresadamente se sentaba todavía algunas tardes y noches en los bares del Cais do Sodré, en una esquina de la barra, bebiendo una cerveza a sorbos muy cortos para que le durara más, sin importarle que se quedara tibia o perdiera la espuma, aislado como un buzo en el fondo del mar, en los rojos y azules de acuario que diseminaban los espejos y que volvía más fluidos y móviles el humo de los cigarrillos, un buzo que observara tras el cristal de su escafandra los animales y las plantas marinas, las plantas que en realidad eran animales, los peces que movían las bocas abiertas sin que surgiera de ellas ningún sonido, sólo burbujas de aire.

Veía flotar caras y bocas muy pintadas en el humo, en la penumbra coloreada y acuática, volutas blancas de cigarrillos, risas y palabras dichas en idiomas desconocidos. Observaba las borracheras y la lujuria de los otros, hombres y mujeres, como los cortejos y los apareamientos de animales exóticos. Como no había tardado nada en difundirse la información de que era muy difícil o del todo imposible sacarle dinero ya no había mujeres que se esforzaran en darle conversación o le pidieran fuego o lo importunaran. Era como un inspector de algo, un pervertido tímido, un mirón desalentado. Desde que tenía memoria había observado el mundo y las vidas de los otros como si asistiera a una película que sucedía tridimensionalmente en torno a él pero en la que no estaba incluido, o como miraba los anuncios a todo color de los semanarios ilustrados, que le gustaban tanto, que seguía comprando en Lisboa aunque llegaban con retraso y eran tan caros, esas vidas felices, inventadas, risueñamente falsas, desvergonzadamente cargadas de promesas. Detrás de lo que ofrecían — coches, botellas de alcohol, cigarrillos mentolados con filtro, acondicionadores de aire, televisores en color y con mando a distancia, cremas bronceadoras— había algo más en lo que todo el mundo parecía creer, todos los personajes de los anuncios, una felicidad desatada, una plenitud de aventuras, un cumplimiento inmediato de todos los deseos, los visibles y secretos, las fantasías sexuales, mujeres en bikini rendidas ante hombres maduros que sostenían copas de licores dorados con cubitos de hielo o llevaban en las muñecas varonilmente peludas relojes de acero, grupos de jóvenes saltando como simios alegres en torno a hogueras encendidas, en playas al atardecer, cada uno con una botella de coca-cola helada en la mano, una morena de pelo liso y busto prominente inclinándose con los ojos entornados sobre un hombre que la atrae hacia él acariciándole un mechón embellecido por una marca de champú.

 

Eso lo fascinaba, en las anchas páginas de la revista Life, el resplandor de todo: un coche de morro reluciente, exagerado por la perspectiva, con algo de hocico de tiburón, contra un fondo de palmeras, bajo un cielo azul en el que vuela un helicóptero, un nombre que restalla igual que una mancha de color, Pontiac Firebird; un espray para el sudor de los pies; un ejecutivo o vendedor de seguros que sonríe con toda la sobria firmeza de quien no lo abandonará a uno nunca, «Siempre contigo cuando nos necesites»; sofás de dos y tres cuerpos; una pareja joven y muy atractiva bebiendo whisky JB; una familia jovial alrededor de una mesa de desayuno levanta al unísono grandes vasos de una marca de zumo de naranja; un despliegue a doble página de nuevos modelos de Chrysler, incluyendo no sólo coches, sino también cohetes, carros de combate, tráileres, excavadoras, autobuses escolares; una sobreabundancia que multiplica las páginas de la revista y casi se desborda de ellas; copas altas de cerveza muy rubia rebosando espuma, con gotas de condensación en el cristal; un Volvo de resplandores metalizados; un acondicionador de aire Frigid-Air, esparciendo una brisa helada en pleno verano entre personas agradecidas y felices; el aftershave Redwood que le hace a un hombre sentirse todo un hombre y a una mujer una mujer de verdad; los veintiséis sabores distintos del dentífrico Crest; el tabaco y el alcohol son atributos enérgicos de la masculinidad; el humo de los cigarrillos Marlboro ensancha los pulmones y refuerza el vigor de los vaqueros agrestes montados a caballo; «un whisky sour helado Four Roses en un vaso alto es el nuevo refrigerador del verano y te enfría de dentro afuera»; un hombre con un blazer azul que baja de una avioneta con una bolsa de palos de golf es recibido por una azafata tentadora que le ofrece una petaca de whisky Old Crow; los coches tienen nombres que aluden al fuego y al trueno: unas páginas más allá del Pontiac Firebird está el Ford Thunderbird.

 

Leía encerrado en la habitación número 2, tendido sobre la colcha, sin quitarse los zapatos, dejando caer las revistas y las hojas de los periódicos al suelo cuando se quedaba adormilado. Nada más entrar echaba la llave y aseguraba el pestillo. El sonido seco del pestillo al cerrarse le daba una sensación inmediata de seguridad. Permanecía atento a los ruidos exteriores, escondido y vigilante como un ratón o una cucaracha, pensaba, porque había leído artículos sobre la extrema sensibilidad para el peligro de esas dos especies, el olfato y el oído, las antenas móviles de las cucarachas, su actitud de recelo y alerta cuando se encendía la luz del cuarto de baño y se las sorprendía inermes, desafiantes, rápidas en la huida, muy cerca de la rendija donde se ocultarían sin peligro, desde donde podrían continuar su vigilancia, las antenas moviéndose, los sensores en las patas y en el vientre detectando con anticipación los pasos que se acercaban.

El mundo exterior le llegaba de una manera indirecta, con un grado de distorsión del que era consciente pero que no sabía calcular, como si estuviera todavía en la cárcel y cualquier información valiosa viniera filtrada, fragmentaria, transmitida por canales inseguros, de boca en boca, de segunda o de tercera mano, en periódicos incompletos y tan atrasados que ya habían perdido casi todo su valor. A la cárcel el mundo exterior llegaba con la confusa vaguedad de los clamores de voces y los ruidos metálicos y los ecos multiplicados bajo las bóvedas de las galerías. Como en un campamento militar, en la cárcel el mundo exterior quedaba borrado o enmudecido, y uno se acostumbraba a vivir como si no existiera plenamente. Uno vivía obsesionado las veinticuatro horas del día por volver al mundo de afuera, pero al mismo tiempo perdía muy rápido cualquier contacto fiable con él, por el puro aislamiento y la estrechez mental a los que se adaptaba, y porque las personas del exterior, incluso las más próximas, se le volvían ajenas, aunque le enviaran cartas y paquetes, aunque lo visitaran de vez en cuando, afligidas y remotas detrás de la reja de separación, incómodas, impacientes por irse, por escapar al contagio sórdido de los olores y los sonidos de la cárcel.

 

En la cárcel o en libertad, desde niño, cuando iba a la escuela, desde que tuvo conciencia de que existía un mundo exterior a su familia que no tenía nada que ver con ella, hacía acopio de toda clase de información, leída o escuchada, aprendida en libros de saldo o en hojas de periódico que recogía por la calle, en programas de radio, en conversaciones espiadas de adultos. Pero era una información parcial, no comprendida en gran parte, por su ignorancia lastimosa de muchas palabras, por su falta de referencias que para otros eran obvias, y además muchas veces caducada cuando él la recibía, como los atlas que consultaba en la escuela primaria o en el instituto y luego en la prisión, en los que aún aparecían imperios o países extinguidos hacía tiempo, o colonias que habían alcanzado la independencia y cambiado de nombre.

Estudiaba con un empeño sin recompensa enciclopedias médicas o manuales de derecho en gran parte obsoletos, con grabados antiguos en vez de fotografías, con disquisiciones escritas en un lenguaje tortuoso que no comprendía sobre normas legales abolidas muchos años atrás. Miraba revistas o almanaques eróticos con fotos de mujeres desnudas que habían sido jóvenes antes de la guerra de Corea. Leía con atención fanática ejemplares del National Geographic en los que los exploradores árticos de las fotos aterrizaban en dirigibles en las llanuras del Polo Norte, o en los que había nativos desnudos y pintados que pertenecían a tribus ya extinguidas, habitantes de selvas de las que no quedaban ni los nombres.

 

No podía fiarse de las informaciones que le llegaban. No había manera de estar seguro. El gobierno había declarado alto secreto el hallazgo de una nave extraterrestre accidentada en Nuevo México. Una gran parte de lo que publicaban los periódicos era propaganda y mentira. El presidente Roosevelt había dejado que los japoneses atacaran Pearl Harbor para empujar a Estados Unidos a la guerra contra Hitler. Los predicadores negros que clamaban en los púlpitos contra la segregación racial en el Sur eran agentes al servicio de la Unión Soviética. El FBI, infestado de dobles agentes comunistas, no hacía nada por desenmascararlos.

Cuando era niño y su padre lo sorprendía absorto en uno de esos periódicos que recogía por la calle se lo quitaba de un manotazo y se burlaba de él. Para lo único que servía un periódico era para limpiarse el culo. Las noticias eran mentira. Los anuncios sólo servían para engañar a los idiotas. Los que escribían en los periódicos estaban tan comprados y eran tan ladrones como los médicos, los abogados, los curas católicos, los judíos.

Él imaginaba, solo en su celda, o sentado en un banco de la biblioteca, o en las habitaciones sucesivas de motel en las que vivió después de huir de la prisión, que tendría que existir un método, un código que permitiera comprender todo aquello, distinguir la verdad de la mentira, lo todavía actual de lo anacrónico o lo desacreditado, como las máquinas de descifrar mensajes enemigos que tenían los servicios de espionaje durante la guerra, un procedimiento seguro para distinguir lo que era cierto y fiable, muy poco, de lo que no, casi todo, para separar el grano de la paja, y quizás hasta para interceptar los mensajes que se intercambiaban entre sí los dueños del mundo, los poderosos, los judíos, los que mangoneaban todo sin dejar huella, los comunistas.

Cuando era más joven y sabía menos aún, durante una de sus primeras estancias largas en prisión, la que aprovechó para aprender mecanografía, había escuchado con fervor en la radio y seguido en los periódicos al senador Joe McCarthy, el único político que había tenido el coraje de decir la verdad, de señalar con el dedo a los traidores a su patria, a los emboscados en sus privilegios. Mientras los demás gritaban jugando a las cartas en la sala común o le exigían que cambiara la sintonía en busca de estúpidas músicas de baile, él pegaba el oído a la radio anticuada y enorme, por la que llegaba muy lejana, pero muy poderosa, interferida por ruidos estáticos, la voz vehemente del senador McCarthy clamando en directo, desenmascarando a enemigos mucho más poderosos que él; y lo imaginaba, sin haberlo visto más que en alguna foto borrosa de periódico, como un fiscal heroico en una película, el que acusa y desenmascara a los verdaderos culpables, de los que nadie más había sospechado. Era inevitable que fueran a por él, igual que habían ido a por Hitler y a por Mussolini, que lo calumniaran y lo arruinaran como a ellos, que pagaran su sacrificio con ingratitud y venganza. Y la mayor parte de la gente, idiotizada, aplaudía la caída del mismo al que había celebrado, escupía al cadáver de quien hasta no mucho antes admiraban y temían, aclamaban multitudinariamente en las plazas.

 

De noche, a oscuras, en la celda, la cabeza contra la tela sucia y áspera de la almohada, en las horas en las que no pensaba obsesivamente en posibilidades de fuga, el mundo exterior había llegado a él a través de la radio, el transistor japonés de carcasa de plástico y antena extensible que había comprado en el economato. Oía las voces, pegando mucho el oído, los anuncios de cosas, las canciones de Johnny Cash que lo estremecían, las noticias sobre gente desconocida que sería plenamente familiar para los de fuera. Oía en directo sirenas, ecos de disparos, cánticos, sermones de predicadores, gritos airados de ciudadanos blancos del Sur. Y entre ellos, cada vez más familiar, la voz hipócrita, la voz bien timbrada y solemne, la del mayor farsante de todos, el negro de raza tan turbia que tenía boca y nariz de negro de África y ojos de asiático, el que alzaba la voz en invocaciones bíblicas, enfervorizando a las multitudes de piel oscura que lo seguían, lanzándolos como ejércitos bárbaros a la conquista de las ciudades del Sur, el profeta de los trajes de seda cortados a medida y los gemelos de oro y los alfileres de corbata de oro, al asalto de las escuelas y los autobuses y los mostradores de las cafeterías, la oveja con piel de cordero, el comunista emboscado que citaba de memoria la Biblia, el predicador licencioso que se acostaba con mujeres blancas indignas, como aquellas mujeres a las que él había visto en Alemania, durante su servicio militar, cuando empezó a comprender de verdad la profunda corrupción del mundo, la mentira de todo lo que parece más sagrado, mujeres rubias que se tiraban sin reparo a soldados negros a cambio de un par de medias o de un paquete de cigarrillos, tan infectadas por ellos que luego contagiaban sus enfermedades venéreas a los blancos incautos a los que seducían.

 

Huyó de la cárcel y lo primero que se aseguró que no olvidaba antes de esconderse en el carro del pan fue su pequeña radio, guardada entre las piernas, pegada luego al oído para no dormirse cuando caminaba durante noches enteras. En las habitaciones de los moteles se quedaba dormido sin apagarla y la seguía escuchando en sueños. Los titulares y las frases entrecomilladas que leía en los periódicos, comprendiendo sólo una parte de ellos, se le volvían más claros si les atribuía voces, si los leía en voz alta, pronunciando despacio, articulando con cuidado las palabras difíciles, extemporáneo, neurofisiología, realpolitik, extrasensorial, telepático.

Conduciendo el Mustang en silencio durante noches enteras a través de los desiertos de Arizona y Nuevo México y Texas las únicas voces humanas que había escuchado eran las de la radio. Cuando una emisora empezaba a desvanecerse movía el mando del dial buscando otra cuanto antes, sin apartar los ojos del túnel de luz que abrían los faros en la carretera. Oía voces de mujeres insomnes que llamaban de madrugada a los programas de radio para avisar de que iban a suicidarse o para reclamar a un hombre que fuera a buscarlas a sus habitaciones solitarias. Oía a predicadores que anunciaban la inminencia del Apocalipsis o la llegada de Jesucristo en una nave extraterrestre. Oía la transmisión en directo de los disturbios que provocaban los negros en las ciudades durante las noches de verano, explosiones de bombas y fragores de incendios y de cristales rotos de comercios asaltados, sirenas de policía y temblores de edificios quemados que se derrumbaban.

Ni siquiera cuando compró el televisor portátil en Los Angeles dejó de escuchar la radio. El televisor perdía las imágenes o los sonidos con facilidad y había que estar moviendo de un lado para otro las antenas, cambiándolo de orientación. Lo dejaba encendido y miraba las imágenes silenciosas con la voz de la radio en el oído. Lo conectaba a media tarde o en mitad de la noche y allí estaba esa cara, cada vez más omnipresente, igual que en las portadas de las revistas semanales y en las primeras páginas de los periódicos. El profeta, el Moisés de su pueblo, el premio Nobel, el comunista descarado que ya no disimulaba la decisión de traicionar a su país, poniéndose de parte de las hordas amarillas de Vietnam del Norte, de los saboteadores del Vietcong, el campeón de los pobres que viajaba en primera clase y se hospedaba en hoteles de lujo, el que mordía la mano que le había dado de comer, el que anunciaba ahora otra marcha sobre Washington, cientos de millares o millones de negros subiendo desde el Sur, invadiendo los parques y las anchas plazas de la capital, descendiendo como una plaga desde las ciudades ya incendiadas y arrasadas del norte.

 

Desde que tuvo el televisor pudo estudiar más de cerca su cara. Una cámara de televisión actuaba como unos prismáticos. Antes había sido una galería de fotos de periódico, un nombre en las letras grandes de un titular, una voz amenazadora y untuosa en la radio. Puso el televisor sobre una repisa en su habitación del hotel Saint Francis en Los Angeles y cuando los turbiones blancos y grises se precisaron en imágenes lo primero que vio fue esa cara, en primer plano, en el blanco y negro tembloroso de la pantalla abombada, la cara sudorosa bajo los focos de las cámaras, o bajo el sol del mediodía en una tribuna, una cara ancha, carnal, de labios gruesos, con papada de comilón muy apretada por el cuello de la camisa, un cuello irreprochable de camisa a medida y muy bien planchada. En un titular sobreimpreso vio que el negro estaba hablando justo en ese momento, allí mismo, en Los Angeles, tan cerca que podría llegar conduciendo el Mustang en menos de diez minutos, quizás escuchando mientras tanto la voz en la radio del coche, la perorata que no se interrumpía nunca, acompañada por ese fondo como de oleaje de multitud humana, de chusma fervorosa. En la parte posterior del televisor, en la carcasa barata de plástico, hizo una incisión con la punta del cortaúñas: Martin Luther Coon.

 

Había conectado en seguida la radio cuando salió de Memphis, el 4 de abril, ya anocheciendo, tranquilo de repente, desde que cruzó la línea del estado de Mississippi y ya no se oían las sirenas, ni se veían faros ni luces giratorias de coches de policía en el retrovisor. Escuchaba la radio del coche, pero de golpe se dio cuenta, con alarma y contrariedad, como si hubiera olvidado un talismán, que en la maleta que había dejado caer al mismo tiempo que el rifle estaba su pequeño transistor. Haberlo perdido lo inquietaba casi tanto como haber dejado atolondradamente huellas dactilares. Durante esa última noche que pasó conduciendo sin descanso el Mustang, camino de Atlanta, por carreteras secundarias, sin detenerse más que una vez a echar gasolina, venciendo el sueño a cada momento con más dificultad, a pesar de las pastillas que masticaba y tragaba con tan poca saliva que le picaba la garganta, oyó en la radio voces confusas, angustiadas, vengativas, que hablaban de alguien todavía sin nombre que sin duda era él, que vestía un traje oscuro y tenía alrededor de cuarenta años, pero a quien no sabía relacionar del todo consigo mismo, con una lejanía o una desconexión que le deparaban un espejismo exaltador y peligroso de impunidad. Un locutor dijo que el sospechoso había huido en dirección a Mississippi conduciendo un Mustang blanco con matrícula de Alabama.

Ni siquiera ahora, tan lejos, tan casi a salvo, en la transparencia de la luz de Lisboa, se disipaba la opacidad del mundo exterior, la consistencia turbia de las palabras y las imágenes que percibía, del cristal que lo separaba de los otros. Rejas invisibles y paredes de aire lo sitiaban, tan indudables como una opresión en el pecho, como la punzada en el cráneo que podría ser un indicio de tumor cerebral. Por mucho que lo intentara no encontraría una fisura, una vía posible de escape. Contaba billetes gastados y monedas sobre la mesa de noche queriendo calcular para cuántos días más le quedaba dinero, qué viaje podía permitirse. Veía un buque apartarse del muelle desde un parque elevado, con una baranda de hierro y bancos de madera que daban al río, a los haces de vías por los que pasaban trenes viejos y lentos, a los hangares portuarios. Hacia el oeste los arcos rojos del puente se difuminaban en la bruma. La distancia, el espacio diáfano, la orilla del otro lado, con sus arboledas y sus grupos de casas blancas, eran los muros que le cerraban el paso. En los anuncios a toda página de la revista Life hombres bronceados pilotaban veleros en ruta hacia las islas del Caribe o los mares del Sur, fortalecidos por el humo de cigarrillos extralargos o por largos vasos con hielo de whisky Canadian Club o ron Bacardí. Podía extender las manos desde el mirador del pequeño parque junto al museo de Arte Antiguo, en el que no reparó, y notar el vidrio liso que lo separaba del mundo y apoyar en él la frente pálida y sudada en la que había una pequeña cicatriz. Los periódicos ingleses y americanos que compraba en un kiosco del Rossio llegaban con días de retraso. Había comprado en Toronto otra radio portátil, pero ahora era inútil que la conectara, porque todas las voces que sonaban en ella hablaban en portugués. Poniendo mucha atención había llegado a distinguir alguna vez su propio nombre antiguo, sin entender qué decían sobre él, el nombre ahora vinculado para siempre al del otro, The Big Nigger, le había gustado repetir, el mártir inesperado, el héroe, la víctima, el santo merecedor de que se anunciara una recompensa inaudita de cien mil dólares para quien ayudara a encontrar a su ejecutor.

 

Con mucho menos de cien mil dólares él podría desaparecer para siempre, borrarse sin rastro de la superficie de la Tierra, escondido en esa habitación, en la pequeña plaza a la sombra de un árbol, al final de una escalera con el pasamanos pintado de azul. Se encerraba en la otra, la del hotel Portugal, la que al cabo de unos pocos días ya no podría seguir pagando, durante muchas horas, en silencio, con el crepitar de las hojas de los periódicos, el deslizarse más lujoso de las páginas de las revistas, y prestaba una atención de animal al acecho a los sonidos exteriores, exagerados y pormenorizados por la imaginación. Unos pasos venían a medianoche por el corredor del hotel, acercándose a su puerta, alejándose de ella después de lo que le había parecido un silencio de peligro. Voces en las habitaciones contiguas, una risa ahogada, el estertor ronco de un hombre que se corre y se derrumba de golpe sobre los muelles de una cama, rachas de música viniendo desde un balcón abierto al otro lado de la calle, el ruido de cubiertos y conversaciones de una cena familiar. Y dos o tres noches, hacia la misma hora, de madrugada, una mujer que gemía, casi aullaba, maullando, con un grito gatuno, al otro lado de la pared, tan cerca que él oía el movimiento de la cama, el choque rítmico del cabecero contra el tabique común.

Imaginaba que la mujer al otro lado era la que había conocido el primer día en el Texas Bar. Todo estaba sucediendo siempre para él al otro lado de un muro, visible o invisible, todo a distancia, como cuando iba conduciendo el Mustang por las carreteras del Sur y veía el interior de otro coche al que adelantaba, o cuando observaba a una pareja en uno de los espejos del Texas Bar o el Maxine’s o el Niagara Bar o el California Bar o el Arizona ahora que ya no tenía dinero para pagarse mujeres ni casi para tomarse una copa. Miraba en secreto y de soslayo, como desde la distancia clandestina y segura de unos prismáticos, o desde el otro lado de uno de aquellos espejos que había imaginado que usaría cuando rodara películas pornográficas, en otra vida ni pasada ni futura que no llegó a existir, como le parecería tal vez, al cabo de los años, que no habían existido estos días de Lisboa en los que no hizo nada ni casi fue nadie, Ramon George Sneyd, ni siquiera eso, Sneya.