Como la sombra que se va
Capítulo 6
C ÓMO ve las mismas cosas que estás viendo tú quien no se te parece nada; quien es tan distinto de ti y tan desconocido que casi no sabes imaginarlo, por mucha información que acumules maniáticamente sobre su vida; quien salió del hotel una mañana de mayo a la calle estrecha y umbría y al llegar a la gran claridad de la plaza en la que había un alto pedestal con un rey a caballo cerró los ojos porque se los hería esa luz repentina, muy blanca, reverberando en la piedra caliza de los edificios y en las fachadas, en las teselas menudas del pavimento en las aceras, un pavimento que él no había visto nunca. Él sólo había pisado hasta entonces las aceras de placas cuadradas de cemento que son iguales en todas las ciudades de América. Cómo ve Lisboa nada más salir del hotel quien no ha estado nunca aquí, quien pisa ahora por primera vez en su vida una ciudad europea, quien la vio anoche deshabitada, pobre y oscura por la ventanilla del taxi que lo traía del aeropuerto, quien tal vez ha dormido mal por culpa del exceso de cansancio y del vuelo transatlántico, quien lleva no sabe cuántas noches durmiendo apenas o no durmiendo nada, por la urgencia de huir, por el hábito de quedarse hasta muy tarde esperando los últimos noticiarios en la televisión y en la radio, o leyendo de la primera página a la última todos los periódicos.
No queda nada de quien ha sido antes salvo lo que no puede borrarse, las huellas dactilares. Pero para tomárselas deben primero detenerlo, tener alguna sospecha sobre él. Eso, por ahora, es muy improbable, más todavía aquí, al otro lado del mundo, en esta ciudad a la que tal vez vino por una ocurrencia súbita. Desde Lisboa le sería más fácil saltar a esas zonas del mapa de África que vienen en los periódicos ilustrando noticias de revoluciones o de guerras civiles, de mercenarios blancos luchando en guerras coloniales, nombres poderosos, llenos de vocales rotundas, Angola, Biafra, el Congo, Rhodesia, bravos soldados de fortuna con uniformes de camuflaje y boinas ladeadas que lo acogerán como un héroe cuando sepan quién es, cuál fue su proeza. En un libro de geografía que leyó en la cárcel se aprendió de memoria los nombres de las colonias portuguesas. Memorizaba listas de países y de capitales y se las repetía para aliviar el insomnio o el tedio de las largas formaciones y recuentos de la prisión, capitales políticas y capitales económicas, ríos navegables, bahías, puertos naturales. Aprendía listas de trucos infalibles para seducir a las mujeres, términos de navegación a vela, marcas de vinos, nombres y fechas de batallas en la guerra mundial, de islas del Pacífico, los nombres de los planetas del sistema solar y de los satélites que giraban en órbita alrededor de algunos de ellos.
Ya olía a puerto, nada más salir del hotel. A humo de carbón, a grasa de pollo asado. Nada es más específico que un olor, más fugitivo. Olía y sonaba a África y había colores africanos en esa esquina de una plaza a la que llegaría en unos minutos desde la Rua João das Regras, buscando un kiosco: mujeres negras con túnicas de colores y turbantes en las cabezas, hombres sentados en los bancos, conversando en grupos, como confabulados, en cuclillas, fumando al sol, junto a las verjas de una iglesia, con gorros de lana, con trajes muy usados, casi formales, con una calma que él no había visto en los negros de América, moviéndose sin desafío ni recelo, mientras de alguna parte llegaba un humo espeso de fritura, y con él una música que se mezclaba con las voces, un tambor que era un cubo puesto bocabajo, golpeado con unos palillos, sonando en un tono que se parecía al de las voces africanas y se diseminaba entre ellas.
Llevaba un mapa en el que el recepcionista le había señalado la dirección del puerto, pero él casi no lo necesitaba, porque tenía un instinto para dejarse derivar hacia esos lugares, sin necesidad de buscarlos, para llegar a una ciudad y encontrar los almacenes portuarios, las calles de los hoteles baratos y las tiendas de empeños y los bares de putas y las tiendas de novelas y revistas pornográficas de segunda mano y las de licores especializadas en el alcohol ínfimo de los borrachos. Hay ciertos sitios por los que no se pregunta al primero que pasa igual que se pregunta por la oficina de Correos o por una farmacia. Cómo verían esos ojos lo mismo que tú ves, distinguiendo signos que para ti son invisibles; cómo el oído capta frecuencias que tú no oyes y las aletas de la nariz olores en los que tú no reparas, olores a desinfectante barato, a sumidero, a agua estancada en los muelles, a fruta y a pescado podrido, a brea. Cómo será vivir en un estado de alerta que no se apacigua nunca y que ya se ha convertido en la manera natural de estar en el mundo. Vivir como un espía en misión secreta en un país hostil, como una sombra, con nombre supuesto, con una tapadera insegura, abandonado a su suerte, rotos los canales de comunicación, sin un transmisor ni un buzón clandestino donde dejar mensajes, cada vez con menos dinero, en un país que seguirá siendo enemigo por muchas fronteras que cruce. Calcular cada paso, medir cada palabra; asomarse a la mirilla de la habitación antes de abrir, no olvidarse de echar el cerrojo, aunque ha estado en hoteles que no tenían cerrojo ni mirilla y casi ni puerta; dormir a veces sin quitarse la ropa ni apartar la colcha, una de esas colchas muy rozadas de los hoteles que frecuenta, los que sabe encontrar nada más llegar a una ciudad sin preguntarle a nadie; bajar al vestíbulo y fijarse con disimulo en las caras; escoger una esquina en penumbra en la barra de un bar y no perder de vista la puerta; ir al baño y comprobar si hay o no salida de emergencia, si el retrete tiene o no un ventanuco practicable que dé al callejón trasero; beber una cerveza y luego otra y uno o dos vasos pequeños de bourbon y notar un principio de borrachera pero decir que no cuando el camarero ofrece una ronda más a ese cliente nuevo que no se parece a los habituales, que llegó una primera noche y no volvió más o que siguió viniendo durante varios días, semanas, tan callado, tan fuera de lugar, atento desde su esquina al televisor al que nadie más en el bar hace caso, en el que ahora mismo están poniendo ese programa nocturno de todos los domingos, «FBI, The Ten Most Wanted Criminals», con el miedo a que una de las diez caras de ficha policial o de retrato robot sea la suya, el miedo y en el fondo una cierta vanidad siempre frustrada, salvo la última vez, el Número Uno de los Diez Criminales Más Buscados. Entonces la vanidad fue orgullo y el miedo, terror y vértigo, exaltación de impunidad, de temerario desafío. Ofrecían a quien ayudase en su captura una recompensa de cien mil dólares.
Cómo percibe la agitación tranquila de una calle cualquiera de esta ciudad quien ha pasado en la cárcel más de la mitad de su vida adulta, siempre en guardia, vigilando a un lado y a otro, moviéndose con el sigilo suficiente para no llamar la atención de manera peligrosa pero también con una actitud no de desafío pero sí de determinación, una señal de aviso a quien intentara humillarlo o agredirlo, una prisión inmensa y lóbrega con bóvedas resonantes y torreones con almenas en las que se encienden de noche los reflectores y relucen los cañones de los rifles de los vigilantes.
Aquí, en Lisboa, no parecía que existiera ninguna amenaza. La gente hablaba murmurando en su idioma incomprensible. Una limpiadora le dio los buenos días con una sonrisa y una breve inclinación de cabeza cuando salió de la habitación del hotel. La limpiadora se llamaba Maria Celeste. Tenía el pelo negro y una cara portuguesa severa y amable. En una foto tomada en la misma habitación en la que él se hospedó se apoya en una cómoda y lleva un uniforme negro y un delantal blanco plisado. Dijo después que vestía muy bien y no desordenaba la habitación pero que no se duchaba ni se bañaba, y que salía cada mañana a la misma hora.
La moqueta muy rozada apagaba sus pasos. Las voces que le hablaban y las que oía por la calle lo envolvían en una especie de gasa entre adormecedora y sofocante porque no entendía nada. Toda su vida había visto el mundo como al otro lado de una pantalla de cristal, desde la ventana de un cuarto donde no había nadie más que él. Cómo es encontrarse rodeado de pronto por un idioma que no es el inglés, una gasa o una pantalla opaca entre uno mismo y el mundo, no entender nada de los letreros en las calles ni de los rótulos de los escaparates, ni una sola palabra en las melopeas de los vendedores ambulantes o en las conversaciones atravesadas al paso. De manera imprudente habría pensado que en Lisboa se hablaría español o que el portugués y el español serían muy parecidos. Pero tampoco había aprendido en español más que algunas frases sueltas, palabras sucias sobre todo. Pasaba junto a ventanas de cafés o casas de comidas en las que veía grandes ollas de cosas hirviendo. Miraba las cartas pegadas a los cristales y los pequeños carteles escritos a mano en los que sin duda se anunciaban platos del día y precios. Se moría de hambre y al mismo tiempo le producían rechazo aquellos olores exóticos. Desconfiaba de internarse en alguno de aquellos antros diminutos, con manteles de papel en las mesas, todo como encogido, recóndito, ajeno a cualquier cosa o lugar que él hubiera conocido y que le permitiera un término de comparación, un indicio. Había tiendas de alimentación con estanterías como de bibliotecas y dependientes con guardapolvos grises detrás de los mostradores de mármol. De sus interiores umbrosos venían aromas que su olfato no había percibido nunca, a café recién tostado y molido, a bacalao seco, a especias, a toneles de carne de cerdo en manteca y cajas abiertas de arenques en conserva, a aceite de oliva.
Olía a grasa frita de carne y se moría de ganas de comer una hamburguesa. Le gustaba sentarse en las barras de las cafeterías abiertas veinticuatro horas y pedir una hamburguesa medio cruda y pringosa con mucho kétchup y mostaza y una Pepsi. Había conservado el hábito de la prisión de comer muy rápido con la cara en el plato, mirando de soslayo a los lados. Era chocante verlo entrar en esos sitios con su traje, su corbata y sus gafas, pero era más raro todavía verlo y oírlo comer, verlo meterse las patatas fritas en la boca a puñados.
Había quien recelaba que fuera un policía de paisano o un confidente de la policía. Ahora, en la luz de la mañana, con brillos tenues de neblina, en la plaza con un jinete a caballo en el centro, un rey antiguo con una armadura, desfallecía de hambre, y le faltaban las fuerzas para seguir buscando el kiosco de los periódicos extranjeros que le había indicado el recepcionista. Llegó a otra plaza más grande que en vez de un rey a caballo tenía otro rey o lo que fuera en lo más alto de una columna. Un antiguo compañero de celda dijo admirativamente de él que se jactaba de ser ateo y que leía un libro de un filósofo llamado Nietzsche. La acera era más ancha y por ella pululaban vendedores ambulantes y mendigos, hombres renegridos que enseñaban pústulas al sol o se arrastraban por el suelo con las piernas cortadas, entre las mesas de un café. Desde lejos reconoció con un sobresalto las anchas hojas del Herald Tribune y del Times colgadas con pinzas entre los periódicos y los colores vibrantes de las revistas en un kiosco, moviéndose en la brisa ligera como ropa tendida. En todo aquel mundo indescifrable sólo esos periódicos contenían palabras que él comprendiera, que reconociera visualmente en los titulares. Compró el Times, el Tribune, Life, Newsweek. Al vendedor lo desconcertó que le pagara sin mirarlo ni un momento a los ojos, ofreciéndole un puñado de monedas en la mano abierta.
Aturdido, hambriento, hizo algo que no había hecho nunca. Se sentó en el velador de un café, a la sombra de un toldo, un café de gente que parecía distinguida, con un relumbre de espejos en el interior, mostradores de madera oscura y mármol, camareros de chaquetillas negras y pajaritas, como los de las películas antiguas. Se sentó con intranquilidad, incluso con alarma, porque no sabía cuál era el procedimiento, temiendo que lo expulsaran de un sitio así, donde no se dejarían engañar por su aspecto digno. Los agentes secretos de las novelas saben desenvolverse en los mejores cafés y restaurantes internacionales y nada más mirar la carta de vinos eligen sin vacilación el mejor y con frecuencia el más caro. El camarero se acercó con una bandeja plateada en la mano y le dijo sonriendo algo de lo que no comprendió ni una palabra. Tenía los hombros encogidos y el brazado de periódicos apretado contra el pecho. Dijo «café». Volvió a decir «café» cuando el camarero le respondió con una frase murmurada en la que no se podía distinguir el contorno de una sola palabra. Sólo más tarde comprendió que le había hablado o intentado hablar en inglés. Dijo «coffee» de nuevo, sin mirar al otro. Con un filo de grosería que el camarero no dejó de advertir le señaló con la mano una vitrina en la que había pirámides de tartas. Tuvo un arranque de salir corriendo cuando el camarero se dio la vuelta.
Pero no hizo nada, sólo mirar la acera más allá de la sombra del toldo, el pavimento brillante de piedras muy pequeñas, los árboles al otro lado de la calzada, las figuras de piedra blanca o de mármol en la base de la columna que tenía en lo más alto la estatua de un rey, verde oscuro de bronce contra el cielo azul, la gente que pasaba. Era como estar en una foto en blanco y negro, en una de esas películas viejas que ponían en la cárcel, películas de gente de época en las que un hombre con el pelo aplastado fuma un cigarrillo en un café y levanta los ojos cuando aparece una mujer con un sombrero o un velo corto sobre la cara, o en las que el hombre que espera es un espía, tiene una cita en la que le van a entregar documentos importantes o a transmitirle una consigna, una información secreta o el encargo de una misión. Pero también ha de tener cuidado porque la cita podría ser una emboscada, y la mujer el cebo, y cuando vaya a levantarse aparecerá un policía o un traidor con un acento raro, extranjero, con perilla, con un alfiler de corbata.
Se comió la tarta a grandes bocados. Pasó tan rápido y con tanto descuido las hojas del periódico que varias de ellas acabaron manchadas de nata. La cara y el nombre estaban en una de las páginas interiores. Una de las caras antiguas, de unos meses atrás, en Los Angeles. Estaba más gordo, irreconocible, con gafas de sol, la papada encima del nudo de la corbata. La sombra lateral resaltaba la hendidura en la barbilla. Hay que engordar y que adelgazar mucho cada cierto tiempo, hartarse de comer y de beber cerveza y batidos y refrescos azucarados y luego someterse a una dieta severa. Quien te recuerde más gordo te reconocerá con más dificultad si te ve luego delgado. La gordura o la delgadez quedan exageradas en las fotografías. Levantó los ojos instintivamente hacia un espejo en el café y la cara que vio era más afilada y angulosa, la de un hombre más delgado, más joven.
Esta vez decían en el periódico que un testigo lo había identificado en la cafetería del aeropuerto de Caracas y que llevaba una gabardina verde y un maletín de hombre de negocios. Decían lo mismo que casi todos los días anteriores cambiando algún detalle para que pareciera que progresaban en su investigación. Decían que lo habían visto en un restaurante lujoso en Ginebra, acompañado de una mujer con el pelo teñido de rubio, que los dos se reían a carcajadas, que él pidió con ademanes de experto algunos de los platos y de los vinos más caros, que la mujer le ofrecía sin bajar la voz detalles sobre servicios y precios de prostitutas. Decían que había cruzado en taxi por una zona de selva y de malos caminos embarrados la frontera entre México y Guatemala; que lo habían visto en el aeropuerto de San Juan, en Puerto Rico, queriendo comprar un billete para Jamaica; que una avioneta tripulada por un exmercenario lo había llevado desde Key West a Cuba, donde estaba previsto que de un día para otro Fidel Castro anunciara que le concedía asilo político; que lo habían matado a golpes y enterrado en una playa de Acapulco.
Cómo sería sentir, por un momento, el alivio de haber escapado y de que sus perseguidores se hubieran quedado muy atrás, mirar la plaza, oír las conversaciones y los pasos de la gente y el ruido de cucharillas y platos en el interior del café, el caudal del agua en una fuente de taza, las cantinelas de los mendigos y los vendedores ambulantes, saberse a salvo y muy lejos, transitoriamente, en una ciudad en la que no comprendía a nadie y en la que nadie parecía interesado en reconocerlo. Cómo vio la Praça do Rossio, la primera mañana, recién llegado a Lisboa, ese hombre del traje oscuro y las gafas de sol que leía periódicos en inglés sentado en un velador de la Pastelaria Suiça, o que fingía leerlos y los usaba como pantalla delante de la cara muy pálida, confundido entre la gente que ocupaba las otras mesas, aunque habría bastado fijarse un poco para advertir su singularidad, no por un rasgo que destacara en él sino por algo que no llegaba a saberse lo que era, un aire de extranjería, una soledad tan definitiva como la de un animal o una estatua; o como la de uno de aquellos maniquíes de caballeros en los escaparates de las hondas sastrerías oscuras junto a las que pasó un rato después, cuando bajó con el puñado de periódicos bajo el brazo por una calle recta al fondo de la cual había un arco de piedra blanca o de mármol y un resplandor brumoso en el que se recortaba de espaldas la silueta de otro rey de bronce sobre otro caballo en lo alto de otro pedestal; o cuando fue encontrando sin que nadie lo guiara el camino hacia los almacenes y los bares del Cais do Sodré, hacia callejones en los que olía a cerveza y a meados y a los desperdicios de pescado y verduras podridas del mercado próximo y apenas entraba la luz del día.
Pudo preguntar a un taxista y ser guiado por él. El hotel y la comida y el café eran muy baratos, y al cambiar dinero en el aeropuerto le habían dado un fajo inusitado de billetes, que le permitía la sensación pueril de haberse enriquecido de golpe. Pero el dinero se le acabaría pronto y no imaginaba una manera de conseguir más y aún tenía que comprar un pasaje para África y que seguir viviendo hasta la partida del barco.
Fue en taxi al Cais do Sodré su primer día en Lisboa o quizás subió a un tranvía. Fue caminando por la acera estrecha de la Rua do Arsenal o por la orilla del río, protegiéndose con las gafas de sol de la claridad de la mañana. Se fue aproximando y antes de llegar ya reconoció los primeros signos de lo que buscaba, una cierta sordidez, un espesor en el aire, portales oscuros y letreros de hoteles baratos, bares con nombres extranjeros, tiendas y casas de comidas dudosas, como empotradas en túneles, portales entreabiertos hacia escaleras que ascendían a rellanos en sombras. Incluso a media mañana había mujeres paradas en las aceras. Mujeres viejas muy pintadas, mujeres muy jóvenes, mujeres gordas escotadas asomándose a ventanas bajas con geranios plantados en latas de conservas, mujeres negras, mujeres que parecían indias, o árabes.
Según se internaba en el barrio iban espesándose los grupos de hombres, las hordas de marineros, forzándolo a apartarse de la acera. Marinos de uniforme, soldados en el último permiso antes de la salida hacia las colonias de África, una masculinidad bronca y ávida, gregaria, pendenciera, alcohólica. Buscaba con la vista a algún marinero borracho que anduviera solo, que se perdiera en un callejón sin nadie, al que no costara nada robarle la cartera y la documentación. Era como estar en Montreal, en Saint Louis, en Nueva Orleans, una espesura parecida, una jungla de olores y presencias humanas, una promesa de disipación y viajes y nombres de barcos y de ciudades que volvía verosímiles las mentiras más queridas. Era jefe de cocina en un carguero que hacía la ruta del Mississippi. Era primer oficial y estaba pasando una temporada tranquila en tierra después de una serie agotadora de travesías. Era reportero y buscaba un pasaje para llegar a las zonas de combate entre el ejército y las guerrillas rebeldes de las colonias. En su misión secreta en la isla del doctor Julius No, James Bond dice llamarse John Bryce y dedicarse a la ornitología. Se oían conversaciones beodas en inglés y resaltaban los rosas, los rojos, los azules de los letreros de neón, nombres brillando con intermitencia tentadora en muros corroídos por la humedad del mar, sobre puertas entornadas y cortinas espesas de las que venían olores familiares, bajo balcones con ropa tendida y agitada por el viento: Jakarta, Oslo, Copenhaguen, Burma, Arizona Bar, Niagara Bar, California Bar, Bolero Bar.
Parecía que examinaba a las mujeres de las aceras con la meticulosidad de un profesor digno y depravado, de un médico experto en enfermedades venéreas. John Bryce suena a nombre verdadero. Ornitología es el estudio de las aves. Cómo sería reconocer por fin olores indudables, el de los ambientadores y las moquetas a la entrada de los bares de cortinas rojas o negras y luces rosadas, el olor a patatas fritas en mantequilla y no en aceite y a grasa de carne de ternera tostada viniendo de la zona de sombra en el interior de un arco hondo como un túnel donde parpadeaba el letrero más tentador de todos, un sombrero tejano, un cactus y una jarra de cerveza dibujados en neón, un nombre que todavía existe, en el mismo lugar, cuarenta y cinco años después, TEXAS BAR.