Como la sombra que se va
Capítulo 17
S ALGO muy temprano a la calle en la mañana del domingo. Casi no he dormido en toda la noche. Me dormí después de la una y a las dos me despertó un mal sueño. A las tres de la madrugada estaba leyendo en portugués a Mário Cesariny y a Fernando Pessoa con la ayuda de un diccionario. Subrayé en Pessoa: «Tudo começo é involuntário».
A las cuatro observaba tras la cortina medio echada la ventana de enfrente, por la que se veía un estudio en el que un hombre de espaldas escribía en un ordenador o sólo miraba la pantalla, que emitía la única luz en la habitación. Parecía sumido en una concentración absoluta, en el silencio de esa hora. Me habría gustado tener unos prismáticos muy potentes que me permitieran distinguir lo que había en la pantalla de ese ordenador, qué era lo que mantenía despierto y subyugado tan tarde a ese hombre, en el salón grande y sombrío, en ese edificio sin restaurar de la Rua da Conceição donde posiblemente el único inquilino era él.
A las cinco era yo quien miraba una pantalla, de espaldas a mi ventana, absorto en la lectura de un memorándum del FBI que es en gran parte la traducción de un informe redactado originalmente en portugués y firmado el 24 de junio de 1968, por el inspector jefe José Manuel da Cunha Passos, con el membrete y el sello de la PIDE, la policía política de la dictadura de Salazar, el relato completo de sus averiguaciones sobre las actividades del sospechoso Ramon George Sneyd durante los diez días escasos que pasó en Lisboa, entre el 8 y el 17 de mayo, la lista completa de los bares nocturnos que frecuentó, las minutas de los interrogatorios oportunamente practicados a las personas que tuvieron alguna relación con el sujeto de referencia, así como las pesquisas llevadas a cabo, infructuosamente, en las principales oficinas bancarias de la ciudad, con objeto de comprobar si el mencionado sospechoso había procedido a alguna transacción financiera en cualquiera de ellas.
A las cinco de la mañana, en un apartamento de la Baixa, en Lisboa, en la esquina de la Rua dos Fanqueiros con la Rua da Conceição, puedo distraer el insomnio explorando en internet los archivos del FBI, páginas fotocopiadas y escaneadas, copias de copias de copias anteriores, con la letra a veces muy borrosa, letra de máquinas de escribir o mayúsculas de teletipos, tachaduras negras que ocultan un nombre o una frase o una página entera, tampones de fecha y sellos de entrada y salida. La pantalla del portátil y el flexo alumbran el rincón donde está el escritorio, y sobre él mis manos y el cuaderno abierto en el que apunto cosas.
El informe del inspector Cunha Passos se lee con mucha dificultad, como si procediera de una fotocopia apresurada de una copia en papel carbón ya muy gastado. De fijarme tanto me duelen los globos oculares. El 15 de mayo el sujeto estuvo en la delegación de las Líneas Aéreas Sudafricanas informándose de los vuelos a Ciudad del Cabo y a Salisbury, la capital de Rhodesia. El 16 de mayo por la mañana visitó la embajada de Canadá, sita en la Avenida da Liberdade número 198 y a continuación el estudio Foto Lusitania, muy cerca, en Parque Mayer, donde se hizo seis fotos de pasaporte. A las cinco ya hace rato que está apagada la luz en la ventana de la casa de enfrente, y ahora todo el gran edificio está a oscuras. En una columna mecanografiada con letras mayúsculas el inspector jefe Cunha Passos enumeraba los establecimientos de dudosa reputación en los que se ha procedido a constatar la presencia del sujeto: Texas Bar, Arizona Bar, Niagara Bar, California Bar, Europa Bar, Atlantico Bar, Bolero Bar, Maxine’s Night Club, Garbo Bar & Night Club, Fontória Night Club, Tágide Night Club, Nina’s Night Club.
A las seis ha ido surgiendo una claridad azul por encima de los tejados y de los haces de cables de tranvías que se cruzan sobre ellos. Pocos minutos después de las seis ha aparecido el primer tranvía al fondo de la calle, iluminado y vacío como un buque fantasma, un tranvía fantasma. El inspector jefe Cunha Passos tiene la satisfacción de informar que se están revisando todos los hechos delictivos cometidos en la ciudad de Lisboa entre el 8 y el 16 de mayo para comprobar si el sujeto de referencia pudo haber participado en alguno de ellos. Los ojos me escuecen de no dormir y de tanto mirar en la pantalla el resplandor blanco de las hojas escaneadas de los informes. A las siete he apartado los ojos de la pantalla y en la habitación había una claridad entre gris y azulada, y el azul sobre los tejados es ya mucho más claro, el rosa en el perfil de una nube sobre la torre de la iglesia de la Magdalena. A través de la embajada americana en Lisboa el director del FBI, J. Edgar Hoover, hace llegar una carta personal de felicitación y agradecimiento al inspector jefe señor José Manuel da Cunha Passos.
Me he forzado a salir sobre todo para no seguir mirando la pantalla. El exceso de lucidez de la noche entera sin sueño me daba una rara ligereza, una lejanía de mí mismo acentuada por la novedad de encontrarme en Lisboa. Los pequeños bares y confiterías y la tienda de ultramarinos atendida por emigrantes indios o pakistaníes que suele estar abierta hasta medianoche siguen cerrados.
Bajo por la Rua dos Fanqueiros y doblo en la Rua do Arsenal para llegar a la Praça do Comércio, hoy casi deshabitada, sin las oleadas de gente que la cruzan al salir de los ferries en las mañanas laborales. Me gusta la cualidad callejera y errante que tienen los poemas de Mário Cesariny, mucho más terrenales que los de Pessoa, habitados por presencias humanas reales que no sólo son la suya, multiplicada en el desvarío algo autista de los heterónimos. «Em todas as ruas te encontro, —dice Cesariny—, em todas as ruas te perco».
En la distancia del río se recorta alguna figura solitaria. En el mirador de la escalinata que se adentra con su forma de proa en el agua casi siempre hay alguien que dibuja o que lee o escribe o mira al horizonte, incluso a esta hora tan temprana. Alguien que escribe en un cuaderno. Alguien que manda mensajes o los lee en el teléfono móvil, absorto en la pantalla diminuta que abarca en la palma de la mano, sin levantar la cabeza, ajeno a todo este lujo de la playa y del horizonte del río y del puente rojo del 25 de Abril, a lo desmedido de las obras humanas y a lo más desmedido todavía de la naturaleza, el río que llega al océano de donde viene esta brisa salada, cargada de olor a cieno y a algas porque ha bajado mucho la marea.
Los peldaños del Cais das Colunas se convierten en una rampa estriada para evitar los resbalones sobre la piedra cubierta de algas, de una especie de esponjoso musgo marítimo. El agua ha retrocedido hasta más allá de las columnas, descubriendo al costado de la escalinata una playa primero de arena blanca y luego, hasta bastante lejos, una extensión pedregosa de limo y de algas en la que se mueven a zancadas y picotean con gestos secos y eficientes gaviotas y cigüeñas. Los largos picos afilados se hunden en el limo y luego sacuden en el aire a la presa ganada, un alevín o un cangrejo que mueve las patas, rápidamente engullida, para seguir la cacería. Bajo a la playa y las suelas de los zapatos se me hunden en la arena humedecida, y luego en el barro oloroso entre las piedras. Hay conchas de moluscos, hay cangrejos que huyen oblicuamente entre los guijarros, hay burbujas diminutas de aire que revelarán a las cigüeñas una presa escondida.
La marea baja ha descubierto un gran neumático de camión con el disco oxidado, cubierto de algas y de racimos rocosos de mejillones. Hay trozos de ladrillo redondeados y pulidos como guijarros, larvas de peces cabrilleando en las pozas de agua, maderos viejos que deja y vuelve a llevarse la marea, fragmentos de azulejos. Hay medusas muertas de gelatina translúcida, de anatomía inexplicable, como criaturas extraterrestres naufragadas.
Justo aquí está la frontera, en esta escalinata y en la playa contigua; éste es el reino de la vida primordial que da el salto del mar a la tierra reptando en el limo, dejándose llevar y traer por los golpes débiles de las olas y por el vaivén de las mareas, por el oleaje más fuerte que provocan los buques grandes al pasar por el río. La vida primordial y la basura humana, una guirnalda de detritus que deja marcado en la arena el contorno máximo de la marea alta: filtros de cigarrillos, bolsas de plástico, mecheros desechables, condones, pinzas de ropa, chapas de refrescos, una bolsita de mostaza de McDonald’s, un paquete de tabaco estrujado, una tarjeta de crédito intacta. En la arena lisa y mojada se han impreso nítidamente las huellas cuneiformes de las cigüeñas y las gaviotas. Piso con cuidado para no estropearlas, seguido por mi sombra alargada. Recojo trozos de azulejos con los cantos muy redondeados y me los guardo en el bolsillo con algo de codicia furtiva. No hay nada que de un modo u otro no sea memorable.
Para alguien que mire hacia el río desde el centro de la plaza, desde los soportales, en esta hora todavía sin nadie, seré una silueta solitaria, del todo abstracta, el jeroglífico de una presencia humana, una sombra. Pienso de golpe que él pudo ser alguna vez esa misma silueta, una mañana de mayo de hace cuarenta y cinco años, en este paisaje invariable, el cuadrilátero despejado y los arcos de piedra blanca, el río enfrente, el caballo de bronce sobre el pedestal y el rey con el penacho de plumas, una de esas veces que pasaba la noche entera en los bares o en una pensión con una prostituta y volvía hacia el hotel cuando estaba amaneciendo, aletargado por la resaca y la falta de sueño, su ansiedad de fugitivo anestesiada temporalmente por el alcohol, protegiéndose con las gafas de sol de la primera claridad del día.
Para despejarse venía hacia la escalinata. Si la marea estaba baja llegaba a la playa. Se quedaba inmóvil, de espaldas a la plaza, mirando el río y oliéndolo, acordándose del Mississippi, hechizado por la semejanza, el horizonte llano y verde al otro lado, el puente a la derecha y a lo lejos, como en Memphis, la misma calina violeta, los buques lentos que pasaban.
Bajar a la playa y respirar el aire atlántico oloroso de cieno y de algas apacigua el cansancio de no haber dormido pero no alivia la intoxicación, la fiebre. Cómo serían las huellas que dejaban en este mismo lugar, sobre la arena, las suelas de los zapatos de Ramon George Sneyd. Quién puede saber de verdad lo que sucede en la conciencia de otro, lo que parecería este mismo lugar visto por sus ojos. Lleva consigo en secreto la monstruosa distinción de ser el criminal más buscado en el mundo, el número uno, un domingo tras otro, en la escala de celebridad infame del FBI. La vanidad y el terror le pertenecen de manera exclusiva. Lo que hizo unas semanas atrás probablemente se le disgrega en la banalidad de lo inmediato, de las cosas diarias, en la fatiga de estar huyendo siempre, en el estupor imprevisto de estar siendo perseguido con tanta saña, cuando hasta ahora apenas ha habido en el Sur ejecuciones de negros que no quedaran impunes.
Cuando vuelva al apartamento seguiré una parte del mismo trayecto que lo llevaría a él al hotel Portugal. Me sentaré en el escritorio y en cuanto se encienda el portátil volverá a la misma página de los archivos del FBI en que lo dejé antes de irme. Si me quedo dormido después de desayunar su presencia obsesiva se filtrará en el sueño, malogrando en parte la dulzura del dormitorio con las cortinas echadas en el que durará todavía el calor de tu cuerpo.
Yo creía entonces, en esos años en los que aún no te conocía, que la tarea de la literatura era inventar formas perfectas, hechas de simetrías y de resonancias que dieran a la experiencia del mundo un orden y un significado del que de otro modo carecía. Me apasionaba urdir argumentos, enigmas policiales, giros sorprendentes, desenlaces inesperados, historias con principios rotundos y finales como secos redobles, como cuchilladas o relámpagos que alumbraran de golpe todas las oscuridades de la intriga. Amaba los cuentos policiales de Chesterton. Estaba convencido de que algunos de los mejores cuentos policiales de Chesterton los había escrito Borges. Estudiaba los argumentos de Bioy Casares como un arquitecto habría estudiado los planos de un edificio riguroso y transparente de Le Corbusier o de Mies van der Rohe. Quería inventar desenlaces que estuvieran a la altura de la enunciación del misterio que resolvían.
Muy poco a poco, en otra vida futura, me fui dando cuenta de que la belleza, la armonía, la simetría, son propiedades o consecuencias espontáneas de los procesos naturales, que existen sin necesidad de una inteligencia que las vaya organizando, igual que la selección natural actúa sin una dirección ni una finalidad, y desde luego sin un Ser Supremo que determine de antemano sus leyes. La simetría de una hoja o de un árbol o de un cuerpo se organiza sola, en virtud de instrucciones codificadas en el ADN. La curva sinuosa de un río o las ramificaciones de los canales de un delta se dibujan a sí mismas en una llanura igual que las venas en una mano o que los hilos de agua en retirada sobre la arena de una playa cuando baja la marea. A lo más que puede aspirar lo inventado no es a mejorar mediante la ficción la materia amorfa de los hechos reales sino a imitar lo que mirado con atención es su orden impremeditado y sin embargo riguroso, a convertirse en una maqueta de sus formas, en un modelo a escala de sus procesos. Dice Emily Dickinson en una carta: «La naturaleza es una casa encantada; el arte es una casa que quiere ser encantada».
En Lisboa, a lo largo de un mes, he bajado a diario a la playa pequeña que hay a un costado del Cais das Colunas. Hasta este viaje no me había fijado en ella. Cada día el punto máximo de la marea queda dibujado por una orla discontinua, como las que marcan los estratos geológicos, hecha de cosas diminutas, unidas, como por un hilo de collar, por el rizo del agua en la arena: pequeñas conchas, fragmentos de conchas, restos de plástico de colores, bolitas o cuentas, trozos redondeados de azulejos, esquirlas de madera. Hay líneas sucesivas, como fugaces impresiones fósiles de cada estadio de la marea, aproximadamente paralelas entre sí, como las líneas de las dendritas en el tronco de un árbol. Las líneas se entrecruzan formando contornos de paisajes montañosos en un dibujo chino; ese trazo de apariencia insegura y de pulso certero que podía estar hecho con un pincel mojado en tinta sobre una lámina de papel de arroz lo ha hecho el mar o el río sobre la arena igual de tersa, arrastrando y abandonando cosas mínimas que previamente ya había arrastrado, molido, desmenuzado, abandonado muchas veces, durante años, siglos.
Bajo a la plaza y a la playa a primera hora de la mañana, a media tarde, bien entrada la noche. Recorro el mismo camino como si repitiera un breve motivo musical explorando variaciones sucesivas, marcadas por la luz, la hora, el olor del aire, la gente, el paso de los tranvías. Por la mañana temprano hay indigentes o hippies tardíos arrebujados bajo mantas o en el interior de sacos de dormir. Cada pocos días llega un hombre joven y como alucinado que trabaja sin descanso y en completo aislamiento y silencio durante largas horas para erigir más acá del límite de la marea complicadas esculturas de arena: una sirena, un Neptuno con corona y tridente, una ballena, una tortuga enorme, una familia de ranas sentadas en un sofá, con las piernas cruzadas. El escultor va descalzo y con los pantalones remangados. Es peludo y barbudo, muy cobrizo de piel, desgreñado como un náufrago, un náufrago que al cabo de años de soledad en su isla desierta hubiera perdido la capacidad de comunicarse con otros seres humanos. La marea alta va socavando las esculturas, a pesar de sus fundamentos macizos. El viento les va borrando los rasgos, como a esfinges o estatuas de faraones en las arenas de Egipto.
Siempre hay gente al fondo de la plaza, de pie ante la escalinata, como al filo de un escenario que tiene la anchura del horizonte y del río, su amplitud marítima. Siempre hay alguien tomando fotos. Siempre hay parejas. Algunas muy arrimadas, otras que mantienen una separación cautelosa, inseguras de las posibilidades o los límites invisibles de la cercanía. En los muros bajos hay personas sentadas. También en los bancos de piedra a lo largo de los parapetos. Dos mujeres conversan, sentadas en uno de los peldaños a los que llegará el agua en cuanto suba un poco más la marea. Han dejado entre ellas una botella de vino blanco y una bolsa abierta de patatas fritas. Se sirven el vino la una a la otra en copas de plástico y no dejan de mirarse. Beben vino y conversan, dos mujeres atractivas de mediana edad, apartándose de la cara las melenas grises que la brisa del río despeina. Se miran entre sí o miran hacia el río, hacia un velero o un buque de carga que pasan, hacia uno de esos ingentes cruceros pintados de blanco que parecen grandes hoteles turísticos.
En un lugar tan poderoso se vuelven simultáneas presencias muy separadas entre sí en el curso del tiempo. En la torre del lado oeste de la plaza hemos ido a ver una exposición sobre los refugiados de toda Europa que llegaban a Lisboa en el verano y el otoño de 1940, en la gran onda sísmica de la caída de París y la ocupación alemana de Francia. Lisboa en tempo de guerra, A última fronteira. De las aguas del Tajo partían los hidroaviones camino de Inglaterra o de América, llegaban los de Casablanca y Tánger. Desde la playa del Cais das Colunas veo brillar el sol en los ventanales de salas de exposición que debieron de ser hasta hace no mucho oficinas ministeriales. Las siluetas paradas de espaldas en la escalinata al filo del agua pueden haber sido las de Erich Maria Remarque o Arthur Koestler, las de fugitivos sin nombre que lograron escapar y no dejaron rastro. También la mía en enero de 1987, la de Ramon George Sneyd en 1968, quizás la de Ilse y Victor Laszlo en 1941, en uno de esos universos quiméricos en los que las novelas y las películas continúan sucediendo después del final.