Como la sombra que se va
Capítulo 18
T E das cuenta de un error justo cuando ya es irreparable, un segundo o una décima de segundo después de haberlo cometido; o antes incluso, mientras lo estás cometiendo, cuando haces algo y sabes que es una equivocación pero lo sigues haciendo, testigo impotente de tus propios actos o de tu inactividad hipnotizada y desastrosa. Luego revives ese momento una y otra vez, lo examinas retrospectivamente como si fuera un insecto bajo una lupa, detalle a detalle y segundo a segundo, en la quietud de una habitación cerrada por dentro, o en mitad del insomnio, bocarriba sobre el somier rígido de una litera en una celda.
Él poseía una memoria infalible para los pormenores de sus equivocaciones pasadas, para distinguir los momentos exactos en los que se engendró una desgracia. Memoria fotográfica. En la secuencia imaginada de los hechos aislaba el fotograma en el que quedó apresado el gesto del error. Con los ojos entornados para no descuidar nunca la vigilancia veía lugares, doblaba pasillos y avanzaba hacia puertas cerradas, como una cámara moviéndose sobre los rieles de un travelling. Pero era una memoria más que fotográfica: era olfativa, táctil. Las asas de la maleta de plástico con las costuras rígidas hincándose en su mano izquierda un momento antes de soltarla, al salir a la calle, después del disparo, cuando llegó a la acera de South Main Street y ya estaba empezando a atardecer, y vio a los policías de uniforme viniendo hacia él, desplegándose sobre la calzada, como si se dispusieran a cortar el tráfico.
Había salido del cuarto de baño con el hombro derecho todavía dolorido y nada más abrir la puerta había mirado ante sí el pasillo con las puertas numeradas de las habitaciones, y al fondo, sobre el hueco de la escalera que conducía a la calle, el letrero rojizo de EXIT, que estaba cubierto de mugre y tenía una letra apagada, formando una extraña palabra, XIT.
Había guardado los prismáticos en la maleta y había dejado la cremallera abierta para poner encima el rifle, que no cabía dentro, y lo había envuelto todo en la misma colcha vieja en la que lo había traído a la casa de huéspedes, al sacarlo del maletero del coche. Sentía un dolor muy agudo en los tímpanos, la cabeza atronada por la onda expansiva en un espacio tan pequeño y cerrado; notaba el olor picante de la pólvora en las aletas de la nariz, el aire espeso de orines y vómitos agrios y ropa sucia en cuartos poco ventilados.
La palabra XIT indicaba como un conjuro el camino de salida. Era tan poco consciente de sus propios pasos como de los sonidos que había a su alrededor. Iba en línea recta como si flotara, la maleta con el rifle en la mano izquierda, envuelto de cualquier manera en la colcha, el rifle disparado una sola vez.
Ni un error hasta entonces. Como un misil infalible que alcanza su objetivo guiado por un cerebro electrónico. Como un plan ejecutado al milímetro en una novela de espías. Avanzaba por el pasillo estrecho sin advertir su movimiento o el sonido de sus pasos, tan en silencio y tan ingrávidamente como aseguraban que caminarían los astronautas cuando pisaran la Luna, ladeando la cabeza para apartarla de la hilera de puertas de las habitaciones.
Un parpadeo y en el corredor, ya muy cerca de la escalera y de la palabra XIT, había una sombra, un bulto, alguien cerrándole el paso. Ladeó más la cabeza, la barbilla casi rozando el hombro, y miró hacia el suelo, apretando más fuerte las asas de la maleta en la palma sudada. Ahora oía de pronto mejor. Continuaba el pitido y el dolor en los tímpanos, pero el mundo volvía a tener sonidos.
Había un hombre sin afeitar junto a la puerta abierta de una habitación, que en un segundo vio desordenada y sucia, con una cama deshecha en la que yacía alguien, con un televisor viejo encendido. La visera de una gorra con un logo comercial ensombrecía la cara del hombre, que movía una boca grande con muy pocos dientes, con una lengua gruesa y muy húmeda, rodeada de pelos de barba, una cara morada de alcohol, con dos ojos saltones detrás de unas gafas de mucho aumento, con una patilla rota y remendada con esparadrapo.
Todo eso lo veía, lo revivía luego, reconstruyéndolo como si lo dibujara, como si estudiara una foto bajo la lupa exigente del recuerdo. De la boca del hombre vino un gruñido al mismo tiempo que de su cuerpo desnutrido llegaba un olor a inmundicia. Llevaba un pantalón de pijama que se le escurría en las caderas y una camiseta de tirantes bajo una camisa a cuadros abierta. El cuello flojo de la camiseta tenía un cerco de mugre. El graznido del hombre le llegó como una pregunta o una afirmación incompleta que incluía, repetidamente, la palabra disparo. «Ha sido un disparo, sin duda», dijo él, asintiendo, mientras pasaba rápido por el espacio estrecho entre el cuerpo del hombre y la pared muy rozada del corredor, alzando la mano derecha para taparse con ella la cara, con un gesto como de protegerse del sol.
Había seguido y eso era un acierto, porque la escalera y el letrero de XIT eran la única salida posible. No había cedido a la tentación instintiva de retroceder al ver ante sí al huésped que le cortaba el paso, que habría podido intentar retenerlo e incluso identificarlo, aunque había poca luz en el corredor y estaba borracho, y no debería de ver muy bien con aquellos cristales de aumento. Parecía que su misma determinación le iba despejando el camino a medida que avanzaba. El borracho se hizo a un lado casi con deferencia, como se cede el paso a alguien con autoridad. Si creas una imagen mental de ti mismo como un hombre que impone respeto acabarán respetándote y hasta temiéndote. El borracho habría visto la boca del rifle sobresaliendo de la colcha. Igual que la puerta del baño había cedido a la presión de sus dedos y el borracho se había apartado a su paso, ahora los peldaños empinados de la escalera facilitaban su descenso y el cristal translúcido de la puerta de la calle le alumbraba el camino trayendo la claridad exterior.
Entraba la claridad pero no se veía nada tras el cristal escarchado. Daría apenas dos pasos desde el último peldaño adelantando la mano derecha y al otro lado de la puerta estaría la acera, y frente a ella los ventanales de las tiendas y los talleres del otro lado de South Main, la esquina en la que la calle bajaba en cuesta de pronto y torcía hacia el este, hacia el final de la ciudad y la estación de trenes y la carretera despejada que en unos pocos minutos, después de subir al Mustang y arrancarlo y pisar el acelerador dejando entrar el aire húmedo del río por la ventanilla abierta, lo llevaría a la frontera de Mississippi.
Sólo tenía que continuar por la acera hasta la esquina, y luego un poco más allá, sin volver la cara hacia el Lorraine Motel, hacia el balcón donde el cuerpo caído estaba desangrándose, desde donde ya se oían gritos de socorro y quizás sirenas de ambulancia, sólo veinte pasos, treinta pasos, hasta llegar al Mustang aparcado en la acera, hasta guardar la maleta y el rifle en el maletero o echarlos en el asiento de atrás envueltos en la colcha y emprender el viaje, lo visualizado tantas veces, en el laboratorio de la imaginación.
Anticipaba lo que sucedería o lo que haría él mismo unos segundos después. Imaginando las cosas con detalle haría que sucedieran. El doctor Maxwell Maltz tenía toda la razón. Extrañamente aún no sonaban sirenas policiales. El sol se había puesto pero aún duraba una claridad estática en la tarde. Había pasado por delante de la ventana del Jim’s Grill, en la que parpadeaba el letrero en cursiva rosa del nombre, adornado con tréboles irlandeses en neón verde. Ahora estaba llegando a la esquina, junto a una tienda polvorienta y oscura que tenía máquinas de discos e instrumentos musicales en el escaparate, Canipe Amusement Company.
Entonces vio venir a los policías, demasiado mayores y corpulentos para apresurarse con éxito, desplegados a través de la calle, viniendo hacia él, alguno de ellos sacando con dificultad la pistola de la funda. Miraban hacia las ventanas altas, hacia las terrazas. De pronto el Mustang, unos metros más allá, su blancura reluciendo en la luz que declinaba, estaba lejísimos. La maleta con el rifle pesaba más que nunca, gravitando hacia el suelo. Las costuras del asa de plástico se le clavaban en la mano izquierda. De un momento a otro repararían en él y le apuntarían con pistolas gritándole que dejara caer la maleta y levantara las manos y todo habría terminado.
El peligro de imaginar algo con tanta intensidad es provocar que suceda. Te equivocas y sabes que lo estás haciendo y un segundo después ya no hay remedio. El instante que acaba de pasar, que ni siquiera se ha extinguido todavía, ya forma parte del pasado irreparable. Lo revives a cámara lenta, bajo una lupa, en el insomnio. Descompones el movimiento en cada una de sus imágenes invisibles para el ojo humano, como esas fotos del disparo de una bala o del aleteo de un pájaro que venían en Modern Photography. Identificas así la fracción precisa de tiempo, la diferencia mínima que traerá la ruina y en vez de la salvación, el cautiverio y la huida, el precio exorbitante, veinte años de prisión por el minuto de error en un atraco, la silla eléctrica por un revólver que se disparó al azar.
Aflojó los dedos doloridos pero no soltó la maleta. Viniendo en dirección a él con la pistola apuntando al aire uno de los policías pasaba justo a la altura del Mustang. Buscó en el bolsillo las llaves del coche y tardó un momento de pánico en reconocer su contorno con las yemas de los dedos. Justo en la esquina, más allá de la cual la acera por la que él iba se convertía en un descampado, el escaparate de la tienda de música formaba un ángulo de sombra, un hueco en el rincón en el que habría sido posible resguardarse, o esconder algo. Los policías avanzaban ocupando la anchura de la calle sin tráfico, congestionados en su corpulencia, desconcertados por no saber lo que buscaban, las barrigas sobresaliendo de los cinturones muy ceñidos, de los que colgaban pesados transmisores de radio, cartucheras, juegos de esposas.
Quizás no habría soltado la maleta si no hubiera visto ese rincón favorable de sombra en la esquina, justo unos pocos metros antes de su coche aparcado, al pie del escaparate de la tienda de música que parecía abandonada. Los dedos se aflojaron sin que él detuviera ni apaciguara su paso, sin que caminara más rápido, sin que los policías repararan en él, como si se hubiera vuelto invisible. Y en el mismo momento en que soltaba la maleta envuelta en la colcha que cayó sin ruido en el rincón de la acera comprendió que estaba equivocándose, que ya no había remedio, que su precaución había sido inútil, porque los policías ya habían pasado de largo junto a él, dejando despejado el camino breve hacia el coche, y empujaban con estrépito la puerta de la casa de huéspedes.
El coche estaba en la acera, quieto y fiel como un perro, con su hocico deportivo afilado. Ahora que no había peligro inmediato y que aún no se había alejado de la esquina más de unos pasos habría podido dar la vuelta y recoger la maleta y guardarla en el Mustang en unos pocos segundos.
Pero volver hacia ella era tan imposible como retroceder un minuto en el tiempo. Cometes un error que dura un instante y lo estarás pagando el resto de tu vida. En los dedos entumecidos y en la palma de la mano notaba todavía la presión de las asas de plástico. Flexionaba los dedos acercándose al coche y ahora escarbaba en el bolsillo del pantalón para tener las llaves dispuestas. Podían habérsele caído y ahora estaría perdido. Sirenas de policía y de ambulancias se escuchaban muy lejos. Si volvía la cara hacia la izquierda vería el letrero del Lorraine Motel que ya estaba encendido y el balcón donde hombres despavoridos se agrupaban y se atropellaban los unos a los otros queriendo asistir al ya herido de muerte, el que había rebotado contra la pared un instante después de que el retroceso del rifle impulsara el cañón hacia arriba.
Volver la cabeza era una tentación casi tan irresistible como la de soltar la maleta un momento antes, un error que se sumaría al otro agravando el desastre. Iba como borracho, aterrado, exaltado, sobrecogido por el cumplimiento irrefutable de lo imaginado tanto tiempo, incrédulo de que de verdad hubiera sucedido. Aún podía volver, apenas dos zancadas, y recoger la maleta, el rifle, la colcha, guardarlo todo en el coche y salir huyendo y hacerlo desaparecer sin rastro en cuanto tuviera una oportunidad, ganando tiempo, eliminando todas las pistas que sin duda encontrarían, las que poco a poco les permitirían identificarlo y darle caza.
Las largas líneas agudas de la sirenas se entrecruzaban cada vez más cerca. Por qué no se había puesto guantes de goma o trozos de esparadrapo en los dedos. Estaba parado junto al coche y no acertaba a introducir la llave en la cerradura. En la chapa de un amarillo tan suave que parecía blanco duraba el calor acumulado del sol. Se abrió la puerta cuando ya le temblaban los dedos. Se sentó frente al volante y vio ascender por la cuesta en curva de South Main Street los destellos rojos y azules de coches policiales. Giró la llave y el motor se encendió a la primera. Bajo la suela del zapato vibraba poderosamente el acelerador.
Fue hacia el sur por la calle que parecía más despejada porque los edificios eran más bajos, hacia el final de Memphis, dejando atrás la gran mole de ladrillo sombrío de la estación de ferrocarril, acelerando por la carretera en seguida rural que lo llevaría a la frontera del estado en unos pocos minutos. A los dos lados un espesor horizontal de jungla oscurecida al final de la tarde, interrumpida por campos de algodón, casas toscas de madera entrevistas en claros del bosque, edificios industriales con filas de ventanas de cristales rotos en las que quedaba un rescoldo de poniente. En el espejo retrovisor había visto alejarse las últimas luces de Memphis. La velocidad multiplicaba sin esfuerzo la distancia. En la radio había ráfagas de música, anuncios, sermones, más anuncios. Apagó la radio y por la ventanilla abierta no entraba más que una brisa silenciosa de anochecer en el campo. En el rincón junto al escaparate el bulto con la maleta y el rifle tal vez había quedado oculto en la sombra y nadie se fijaba todavía en él.
Una vez cometido el error sigue sucediendo con una obstinación irreparable, como el tictac de una bomba de tiempo. Lo revives luego tan lúcidamente que parece mentira que no puedas corregirlo. Quieres recordar cada una de las cosas que has dejado atrás y podrán delatarte y el esfuerzo es tan intenso que la memoria se confunde, acaba bloqueándose. Poner tierra por medio queriendo alejarse del error no es una solución sino un espejismo. Por muy rápido que vayas eso que parece un lío de ropa vieja tirado en un rincón aguarda en perfecta inmovilidad para ser encontrado.
Eran las seis y veinticinco y ya estaba en Mississippi. Ascuas de luces blancas de gasolineras en la noche, altos letreros de moteles, neones rosas, azules y verdes contra el fondo oscuro de los bosques. De pronto se moría de ganas de orinar. Te paras a mear en una gasolinera y esos minutos que pierdes pueden bastar para que pases todo lo que te queda de vida en la cárcel o te asen con las descargas toscas de la silla eléctrica. Desde el principio de la huida, en cada una de sus noches en vela, en Toronto, en Lisboa, se esforzaba por recapitular todo lo que había ido dejando en cada uno de los lugares por los que pasaba, como si un inventario completo de lo abandonado o lo perdido le ofreciera alguna ventaja, lo hiciera merecedor de una absolución.
Una funda de almohada; un par de sábanas; unos calzoncillos; una camiseta de algodón; una sandalia de goma; una chaqueta ligera, a cuadros blancos y negros; una camisa de manga corta marca Arturo Rossetti; un pantalón corto de deporte marca Diplomat Hong Kong; un cuchillo con la hoja oxidada; una colcha muy gastada de un tejido parcialmente sintético; unos alicates; una caja de esparadrapo; un mapa de Georgia y otro de Alabama, de los que regalan en las gasolineras Standard Oil; el cuadernillo principal del Memphis Commercial Appeal, con una columna en primera página sobre la visita de Martin Luther King a la ciudad, y en una página interior una foto en la que está apoyado en la baranda del Lorraine Motel, delante de una puerta en la que se ve con mucha claridad el número de la habitación 306; un rollo de papel higiénico; un kit Gillette de viaje que incluía maquinilla, crema de afeitar, loción, desodorante, brillantina para el pelo, cuchilla de repuesto; una toalla blanca y amarilla; un pañuelo blanco no muy limpio; un tubo de dentífrico marca Colgate; un par de calcetines negros; un frasco de desodorante marca Right Guard; una radio de bolsillo marca Channel Master, con un número de serie rayado en el interior de la carcasa; un frasco de pastillas Bufferin contra el dolor de cabeza; un tubo de crema Brylcreem para el pelo; una pastilla de jabón Cashmere Bouquet; un cepillo de dientes de mango rojo marca Depsodent; un cepillo para el pelo; un bote pequeño de champú Head & Shoulders; una lata de betún negro para zapatos Kiwi; un bote de espuma de afeitar Palmolive Rapid-Shave; un botón suelto de color marrón; dos alfileres; dos latas de cerveza Schlitz; dos perchas de plástico; restos de tierra grumosa y oscura; pelos castaños de hombre blanco en el cepillo; un palillo de dientes mordido; unos prismáticos; un rifle Remington modelo 760 Gamemaster calibre 30.06 con una mira telescópica Redfield, vendido el 29 de marzo en una tienda de armas de Birmingham, Alabama, a un hombre pálido y nervioso que dijo llamarse Harvey Lowmeyer. En el rifle había una huella dactilar idéntica a la que fue encontrada en una de las latas de cerveza Schlitz, impresa con claridad en la superficie lisa de aluminio, tan nítida que sería fácil buscarle una equivalencia en el gran archivo de huellas dactilares del FBI, huellas de varones blancos entre los treinta y los cuarenta y tantos años. Cometes un error y sabes que lo estás cometiendo y no tiene remedio, pero el error también será letal aunque no te hayas dado cuenta de que lo cometías, cuando arrancaste una lata de cerveza del paquete de seis y notaste con agrado el frío del metal en las yemas de los dedos.