Como la sombra que se va
Capítulo 9
S ALÍ de la estación de Santa Apolonia y eché a andar sin saber bien hacia dónde iba, sin el apuro de tomar un taxi y de llegar al hotel. Eran las ocho de la mañana, el cielo estaba muy claro y el aire era templado y ligeramente húmedo, la luz tenía una suavidad que casi podía tocarse, que le rozaba a uno la cara y lo acogía con la delicadeza de una bienvenida. Yo venía del frío seco invernal, de la dura claridad helada de Granada y Madrid. Una luz como la de Lisboa no la habían visto nunca mis ojos. Alumbrados por ella los colores tenían una cualidad atenuada: el azul del cielo y el rojo de los tejados, los azules y verdes y amarillos y ocres de los muros castigados por la intemperie marítima; el brillo de los azulejos; las flores rojas y abiertas en las copas de grandes árboles tropicales con troncos como lomos de paquidermos.
Con mi bolsa de viaje en la mano pasé sin detenerme junto a la fila de los taxis. El sol recién salido más allá de los edificios portuarios y la lámina del río relumbraba en los azulejos de las fachadas y en las ventanas de los edificios, en la ropa tendida, en las terrazas escalonadas que ascendían por una ladera. De los pequeños cafés y las pastelerías me llegaban aromas cálidos de desayuno. Caminaba junto a muros de almacenes abandonados; por calles con nombres antiguos de mercancías, Ribera del Trigo, Jardim do Tabaco. La sensación de lejanía era más acentuada que en París o en Italia, los únicos lugares fuera de España que yo conocía. Todo el mundo tiene imágenes claras de París, de Florencia, de Roma. Quien no ha estado en Lisboa no sabe cómo es. Oía al pasar conversaciones delante de los kioscos o a la puerta de los cafés o las tiendas olorosas de ultramarinos y el idioma tenía una equivalencia acústica con la luz: un volumen mucho más bajo que en España, un tono murmurado, muy familiar y al mismo tiempo indescifrable, de vocales como evaporadas al final de las palabras.
A mi izquierda estaban los espacios anchos, el río, los muelles, los edificios del puerto, las proas muy altas de los buques; a la derecha, al pie de la colina que iba ascendiendo hacia campanarios blancos de iglesias y aleros con una curvatura de tejados chinos, veía los pequeños negocios, los arcos como túneles a la entrada de callejones en cuesta, tan estrechos como los del Albaicín, con un olor parecido a humedad de zaguanes y rincones sombríos, a alcantarillas, a basura.
Pensar que nadie me conocía y nadie podía saber en ese momento dónde estaba me concedía una sensación de ligereza ebria, una impúdica felicidad que se bastaba a sí misma, que no precisaba resultados ni consecuencias. Me había desprendido de todas las ataduras, las obligaciones, los horarios, las lealtades de mi vida, como los aeronautas de las novelas de Julio Verne que tiraban por la borda de la barquilla del globo todas las cosas pesadas e innecesarias que les impedían ascender. Recuperaba una capacidad antigua que había tenido muy pocas ocasiones de ejercer en mi vida: la capacidad de irme radicalmente de un lugar o de una situación; de sumergirme de golpe en lo sobrevenido; de olvidarme por completo de lo que acababa de dejar; de perderme como en una jungla o como en un batiscafo en cualquier cosa que me gustara mucho, en una novela o en una película o en una música o en una emoción; perderme del todo, sin dejar rastro, ni un hilo que me pudiera guiar en el regreso, sin remordimiento, sin nostalgia, sin memoria; como un espía que se adapta de inmediato a su nueva identidad ficticia; como un perjuro o un impostor que no vuelve la cabeza hacia su pasado tan próximo ni escucha siquiera la puerta que se acaba de cerrar a su espalda.
Yo no añoraba a nadie ni distraía aquel momento presente con ningún recuerdo. No pensaba en mi mujer agobiada con los dos niños, ni en mi hijo de tres años y medio ni en el que ese mismo día iba a cumplir un mes, ni en el trabajo al que debería incorporarme al cabo de sólo tres días, en Granada.
Por no pensar no pensaba ni siquiera en el libro que me había traído a Lisboa. Era una mirada, era todo oídos, era una cámara objetiva, era el vigor de las piernas y el gozo de respirar el aire húmedo y fresco, olores portuarios y marinos, graznidos de gaviotas y sirenas de barcos; era la mano que apretaba el asa del bolso de viaje; era la simple felicidad impersonal de estar sentado en un café, detrás de la cristalera, mirando a la gente en la calle, oyendo voces cercanas, de beber un café con leche que caldeaba el estómago después de toda la noche de mal sueño en el tren, de probar un bollo recién hecho y tocarlo mullido y caliente y aprender su nombre, Pão de Deus.
Los tres días que me quedaban por delante eran un cuaderno en blanco tan favorable de promesas como el cuaderno intacto que llevaba en el bolsillo. La llegada a la ciudad en el tren y la salida a la mañana fresca y a la luz que restallaba en el río y se apaciguaba en los tejados y en la perspectiva de las calles era el principio limpio y definitivo de algo, la primera página de una novela, la plenitud del mundo recién iniciado.
Andaba sin cansancio y sin saber a dónde iba, hipnotizado por la ciudad y mareado por la noche de sueño pobre y malo en el tren. Llevaba apuntados en mi cuaderno el nombre y la dirección de mi hotel, pero no sabía si estaba lejos o cerca y no tenía un mapa. Me dejaba guiar por la orilla del río en la misma dirección de un velero que se movía hacia el oeste, hacia donde distinguí con emoción novelera la silueta del puente 25 de Abril. A las personas de interior y de secano nos afecta mucho la cercanía del mar y la belleza de los puentes que atraviesan ríos mucho más caudalosos de lo que nos prometía la imaginación.
Doblé una esquina y me encontré sin aviso en la plaza más despejada que había visto nunca, porque uno de sus lados estaba abierto a la amplitud del Tajo, más ilimitada y cegadora en esas mañanas en que el sol incide sobre el agua con un brillo móvil de mercurio, con la lisura de una lámina de metal muy pulido. Reconocía lo que me había contado en mi oficina el pintor Juan Vida, esbozándolo rápidamente a lápiz sobre una hoja de papel: el arco de triunfo justo en el eje de los soportales, y en el centro exacto de la plaza el pedestal rodeado por una verja de hierro, y sobre él el elefante y el caballo y las figuras alegóricas con trompetas, y más arriba todavía, muy alto, el rey sobre su opulento caballo de bronce, cabalgando inmóvil hacia el sur, la cara girada hacia el oeste, hacia la desembocadura del río, el rey con el casco y el tocado de plumas barroco como un surtidor o un géiser encima del cual casi nunca falta una gaviota vigía, los cascos del caballo pisoteando serpientes de bronce. Las perspectivas de la plaza tenían una desmesura austrohúngara. La gente salía en oleadas de los ferries recién atracados y se dispersaba con prisa laboral bajo los arcos de los soportales, hacia las esquinas umbrías y la entrada de las calles. Acordándome del boceto que me había dibujado Juan para explicarme cómo era la Praça do Comércio identifiqué las dos columnas a los lados de la escalinata que desciende hacia el agua. Encima de cada columna hay una bola de piedra y encima de cada bola una gaviota de perfil. La plaza se interna en el río como una proa de barco. La ciudad entera queda a la espalda.
La marea se ha retirado pero no se puede seguir avanzando por la rampa estriada porque las algas y el limo verde la vuelven muy resbaladiza. El viento en la cara tiene una frescura húmeda y un olor de alta mar. A una distancia de metros el que permanece inmóvil delante del río parece estar mucho más lejos, empequeñecido por el telón oceánico del paisaje, aislado, alucinado, anónimo en su silueta de viajero en una orilla, como una figura de Friedrich, puesto allí por el pintor o por el fotógrafo que capta su imagen de espaldas para dar una idea de la escala inmensa del espacio.
Hay fisonomías proféticas, dice Balzac. También hay lugares narrativos, que estremecen nada más llegar a ellos con un latido o un presentimiento de historias que estuvieran a punto de hacerse visibles en la imaginación como recuerdos súbitos, recuerdos inventados más persuasivos y ricos de detalles que los verdaderos, sueños lúcidos, fantasiosos, verosímiles, que un brusco despertar salva del olvido.
Lo que yo vivía ya estaba trasladándose a las páginas todavía futuras de mi novela interrumpida. Era urgente hacer fotos y tomar notas para que nada se olvidara. Desde el centro de la plaza hice una foto del Cais das Colunas que repetía el boceto de Juan Vida. En el centro había una figura de espaldas que podía ser yo mismo delante del río o un personaje de mi historia. Me gustaría saber contar de la misma manera despojada en que cuenta un fotógrafo, o como cuenta sin contar Edward Hopper, suprimiendo todo tipo de detalles argumentales, yendo a la médula, a lo que ya no puede depurarse más, al puro esquema de los relatos orales, que existen y se transmiten sin que nadie los escriba, invariables en sus rasgos básicos pero no contados nunca con las mismas palabras, modificados por el carácter de cada voz narradora y a la vez siempre idénticos, como una canción de jazz que sigue siendo la misma y nunca suena igual, tan impersonal como las palabras y los giros del habla y tan capaz de expresar en cada caso lo más íntimo, pública y compartida y secreta.
Soy el que recuerda casi veintisiete años atrás esa mañana de enero y soy y no soy el hombre joven recién llegado a Lisboa con una bolsa de viaje y un chaquetón de invierno que está parado en la escalinata de la Praça do Comércio, a unos pasos de las olas débiles que golpean los peldaños y retroceden como resbalando sobre la piedra muy pulida y verdosa de algas. Soy el que hace una foto en la que aparecerá una figura de espaldas y soy también esa figura, que puede ser la de un viajero anónimo y la de un personaje inventado. En un cuadro o en una foto no hay ninguna necesidad de que la figura tenga nombre o de que se le vea la cara cuando se da la vuelta y menos aún de que pueda asignársele una historia más allá de lo inmediato y visible. Hay una equivalencia exacta entre la falta de información y el misterio. No existe un antes ni un después. La mayor parte del dibujo está hecha de espacio en blanco. La plaza y el embarcadero y el río y la figura de espaldas dicen sin palabras todo lo que hay que decir. La poesía es no ir más allá y que en la historia respire y pese lo que no se cuenta.
Mi hotel era barato y estaba lejos del centro, en una calle monótona que he olvidado, más allá del parque Eduardo VII. Me acuerdo de la cama estrecha, con una colcha azul algo gastada, frente a una ventana alta que daba a un horizonte de tejados. No me cansaba de mirar esa luz sin aristas, el rojo suave de las tejas y el azul atenuado del cielo, ligeramente desleído, hecho de veladuras, no de un fulgor unánime.
Porque había llegado muy temprano a la ciudad se me dilataba la mañana. El tiempo tenía en Lisboa una duración apaciguada, no hiriente, una serenidad parecida a la de la luz. Dejé la bolsa sobre la cama, sin abrirla, impaciente, me lavé la cara, no exactamente yo mismo en el espejo del lavabo, en mi soledad de recién llegado, limpio de fatigosas añadiduras biográficas, un huésped que rellena su ficha y muestra un documento de identidad, una fotografía y un nombre que daría igual si fueran ficticios, una dirección, lugar y fecha de nacimiento, nada más, una firma al pie de la ficha.
Salí llevando conmigo la cámara y el cuaderno. Le pedí al recepcionista un mapa de la ciudad. Tenía el día entero por delante, y el día siguiente y el otro, el último, hasta las diez de la noche, apurando cada hora, hasta que saliera mi tren de vuelta a Madrid. Era el 2 de enero. Mi hijo pequeño cumplía justo un mes. Quizás había pasado una mala noche y llorado hasta ponerse rojo, había extendido su diminuta mano abierta en la oscuridad buscando la de su madre. Era tan pequeño que sólo llenaba hasta la mitad el bolsón del pijama. Sus uñas eran transparentes y frágiles como alas de insecto. Tenía el pelo rubio y tenue, la frente muy ancha, los ojos claros y atónitos. Es posible que yo apenas me acordara de él.
No pensaba en nada ni en nadie que estuviese fuera de mi breve isla de tiempo y ficción, de mis tres días de huida y refugio en Lisboa. Iba a cumplir treinta y un años y nunca había tenido una sensación tan plena de respirar en libertad, de estar volcándome del todo en mi vocación y mi capricho, en lo que tanto me gustaba y tan poca ocasión había tenido de hacer, andar solo por ahí, explorar por mi cuenta una ciudad extranjera, hospitalaria para mí y afín a mis inclinaciones desde el momento en que la pisé, en que me dejé llevar por sus aceras onduladas y resbaladizas y por sus cuestas empedradas y sus escalinatas.
Comprendí desde el principio que ésa era la ciudad que yo necesitaba. Había venido a ella guiado por el impulso de mi novela en marcha y tenía que aprovechar el tiempo y abrir al máximo los ojos y los oídos y la imaginación para descubrir todo lo que ignoraba todavía. El mapa de Lisboa que llevaba en el bolsillo era también el papel en blanco sobre el que se dibujarían los itinerarios todavía confusos de los personajes, los encuentros y persecuciones y huidas que se iban volviendo más nítidos a medida que exploraba la ciudad, cobrando forma gradualmente sobre la trama de sus calles como palabras de escritura invisible al calor de una llama o imágenes en el proceso obsoleto del revelado fotográfico.
Quizás desde que era niño y me perdía por dormitorios y desvanes en penumbra jugando solo durante mañanas o tardes enteras no había dispuesto de tanto tiempo para dedicarlo holgazanamente a mis ensoñaciones.
Tiempo y dinero. En Lisboa las cosas eran mucho más baratas y yo tenía por primera vez en mi vida una sensación de desahogo económico. Podía volver en taxi al hotel y comer sin remordimiento en buenos restaurantes, con manteles almidonados y cubiertos de plata, con camareros de uniforme que lo atendían a uno con una cortesía reservada y experta, una amabilidad cordial que acentuaba el placer de la comida. En lugares así yo era casi un personaje imaginario, un extranjero que viaja solo y estudia el menú y la carta de vinos, asombrado en secreto de poder permitirse sin dificultad lo que no ha estado nunca a su alcance, fingiendo con cierto éxito una desenvoltura de la que hasta ahora carecía.
Descubrí que me gustaba comer solo y observando a la gente. Me agasajaba con festines privados. A mediodía, muy hambriento por el madrugón y las caminatas, probé mi primer arroz caldoso de marisco, mi primera media botella de vinho verde muy frío, mi primer aguardente velha. La dulce somnolencia se disipó cuando volví a caminar, ahora ya con las sombras más húmedas, con el sol más dorado en las fachadas y las terrazas que daban al oeste.
Lisboa era mirar la claridad desde la sombra y la amplitud desde lo recóndito, encontrar lo exótico contiguo a lo provinciano, la caras oscuras y los colores y los olores de África junto a las confiterías y los puestos ambulantes de castañas asadas, su aroma disolviéndose en el aire un poco más frío de la tarde en declive. En la Praça do Rossio, desde la acera soleada de la Pastelaria Suiça, distinguí la extraña torre de filigranas metálicas del elevador de Santa Justa. Subir en él era como montarse en un artefacto futurista del siglo XIX, en una máquina voladora de Julio Verne, en la cabina del submarino del capitán Nemo. En lo más alto de su mirador, apoyado en la barandilla, vi frente a mí la colina de la Alfama, las torres cúbicas del castillo de San Jorge sobre su ladera boscosa, las verticales sombrías de los cipreses, los muros altos de jardines, el río al fondo, el brillo de cobre del sol poniente. Me pareció que veía la colina de la Alhambra a esa misma hora de la tarde, desde el mirador de San Nicolás. Hasta la torre del convento de Graça me recordaba la de Santa María de la Alhambra. El horizonte del Tajo era plano y brumoso como el de la Vega. Estaba viendo lo que había imaginado cuando tanteaba los primeros borradores de la novela, mi ciudad espejismo, una Granada con mar.