Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 2 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 2

 

E RA más pálido cuando salió de la sombra de los soportales, apartándose instintivamente de un policía de uniforme azul que avanzaba en dirección a él, con una pistola al cinto y correaje blanco, con una carpeta de tapas azules entre las manos, más un oficinista que un policía, con barriga prominente bajo el cinturón de la guerrera, un empleado en aquella zona de edificios gubernamentales. Miró la pistola en la funda de cuero aunque no pareció que sus ojos se movieran hacia ella en la cara tan pálida como cera cruda, en la claridad de la plaza que era más inmensa porque uno de sus lados daba al mar. Se apartó, aunque nadie hubiera dicho que lo hacía con brusquedad, y en cualquier caso había mucha gente en los soportales, saliendo y entrando de las oficinas: carteles sobre las grandes puertas, ventanales protegidos por verjas de hierro de los que venía un ruido continuo y apagado de máquinas de escribir.

Escriben siempre, nombres, fechas de nacimiento, apellidos, domicilios, nombre del padre y de la madre. Preguntan sin levantar la cabeza y escriben rellenando a máquina los espacios en blanco de los formularios. Aprietan las teclas para que lo escrito quede nítido en las copias sucesivas en papel carbón. Anotan cosas a mano en cartulinas rayadas, en fichas que llevan una foto pegada en un ángulo o asegurada con una grapa, y que luego guardan en los cajones de muebles metálicos. Número de tarjeta de identidad, de permiso de conducir, de pasaporte, número de la seguridad social, número de preso, tiempo de condena. Cuando se equivocan detienen la máquina y con un pequeño pincel untado en un líquido blanco borran la letra o el número que no es y soplan para que se seque cuanto antes.

 

Al apartarse hacia un lado antes de llegar a la altura del policía cruzó la línea oblicua de sombra de los soportales. Le dio en la cara el sol picante que resaltaba su palidez y hacía más claro su pelo pajizo. Más claro y más escaso, a pesar de la onda sobre la frente que le alargaba la cara y le hacía parecer algo más joven. En el pasaporte ponía 1932 como año de nacimiento pero había nacido en 1928. Estaba convencido de que aparentaba menos edad de la que tenía. La edad de un hombre depende en gran medida de su decisión de verse a sí mismo joven y fuerte o mayor y acabado, decía el profesor Maxwell Maltz. Como tú te ves a ti mismo, así te verán los otros. Te pisarán si tienes cara de recibir pisotones. Te perseguirán si pareces un fugitivo.

Los rieles de los tranvías que se entrecruzaban sobre el pavimento adoquinado de la plaza relucían al sol con un brillo húmedo. Había una humedad tenue en el aire, sobre todo cuando se miraba a lo lejos, al fondo de la plaza, donde estaba el mar, el mar o un río muy ancho, porque había una silueta de colinas en la distancia, colinas y casas bajas. Era una humedad llena de olores, parecida a la de Nueva Orleans o Saint Louis, o Memphis, pero no tan espesa. El río o el mar no tenía color de barro como el Mississippi. En Montreal también hay un río tan ancho que no se ve la otra orilla. Ríos y puentes de hierro en la distancia, riberas portuarias, almacenes y fábricas, silbidos de locomotoras, sirenas de barcos. Sobre los rieles sinuosos los tranvías chatos, amarillos o rojos, avanzaban oscilando, con un ruido de viejos armazones de madera. Dejó pasar uno delante de él y aprovechó la pausa para ponerse las gafas de sol. Se había adiestrado delante del espejo para hacerlo deliberadamente. A las mujeres les parecía distinguido. Sacaba las gafas del bolsillo superior de la chaqueta y separaba las patillas al mismo tiempo que las acercaba a los ojos. Al hacer el gesto equivalente e inverso parpadeaba demasiado, lo cual malograba en parte el efecto. Se miraba al espejo para contener el parpadeo pero no lo lograba. Era difícil darse cuenta de lo claros que tenía los ojos azules porque casi nunca miraba de frente. Consideraba la posibilidad de comprar unas lentillas que le cambiaran el color.

El tranvía lo ocultó un momento mientras parpadeaba por culpa de la claridad excesiva y un momento después, cuando se deslizó hacia su derecha, él ya tenía puestas las gafas. Le había dado tiempo a verse un momento en el cristal de las ventanillas, anónimo entre la gente que esperaba a cruzar, más alto que los otros, cinco pies y once pulgadas. Cristales sucios que retemblaban, como el tranvía entero, un artefacto viejo a punto de descuadernarse, viejo y lento y gastado, la pintura amarilla agrietada por el sol y saboteada por la humedad, letreros y dibujos de anuncios antiguos. Algunas ventanillas no tenían cristal y los pasajeros apoyaban el codo en el marco como si se asomaran a la ventana de una casa.

Todo era viejo en la ciudad y ruinoso. Los carteles de los ministerios en los soportales y los uniformes de los ujieres a la entrada de las oficinas y las mesas en las que escribían los funcionarios y las máquinas de escribir que usaban y los armarios en los que archivaban carpetas de documentos. En los despachos del Ministerio de Ultramar había viejos mapamundis de hule colgados de las paredes. Había preguntado con dificultad cuánto tardaría un visado para Angola y el funcionario se lo había quedado mirando por encima del volumen negro de su máquina y se había quitado el cigarrillo de la boca y lo había depositado en el filo de la mesa, que tenía un rastro de quemaduras anteriores. Angola es el nombre de una colonia portuguesa en África y de una prisión en el Sur. El funcionario le preguntó su nacionalidad y le dijo que volviera más tarde para informarse con la persona que se ocupaba directamente de esos asuntos. La oficina estaba llena de legajos y tenía el techo muy alto, oscuro de mugre. La mesa del funcionario estaba junto a un balcón desde el que se veía el río o el mar. Mientras él esperaba de pie a que el funcionario acabase lo que tenía que hacer vio pasar despacio un gran buque de carga. Encima de una pila de libros de registro con tapas de cartón muy gastadas en los ángulos giraba un pequeño ventilador. Las palas se movían tan despacio que no aliviaban el calor de la oficina.

En el centro de la plaza había una estatua de un rey a caballo con un casco guerrero coronado por un penacho de plumas. El rey estaba subido sobre un pedestal de mármol en el que había esculpido a un lado un caballo y al otro un elefante asiático. Los elefantes asiáticos tienen las orejas más pequeñas que los africanos y a diferencia de ellos se pueden domesticar fácilmente. En una portada en color de la revista Men’s Real Adventures un elefante enfurecido ha atrapado a una mujer casi desnuda con la trompa y la levanta en el aire justo en el momento en que un cazador blanco le dispara con su rifle para salvarla a ella. En regiones de pantanos y selvas los elefantes asiáticos avanzan chapoteando en las aguas cenagosas obedeciendo mansamente a guías que manejan bastones de bambú y que se llaman cornacas. Cornaca es una palabra extraordinaria que la mayor parte de la gente no sabe que existe y no comprende si la encuentra.

Los cascos del caballo del rey pisoteaban serpientes de bronce. A los lados del pedestal el caballo y el elefante pisoteaban también a unos individuos despavoridos. Sobre el penacho de plumas del rey de bronce se había posado una gaviota. Las botas con espuelas colgaban a los lados de la panza del caballo. En las granjas penitenciarias del Sur los guardias patrullan a caballo y en vez de cascos con plumas llevan sombreros de ala ancha y gafas de sol, y apoyan en el costado de la silla las culatas de los rifles. A los presos blancos ahora quieren humillarlos todavía más forzándolos a compartir los dormitorios y los comedores de los negros. Al avanzar en línea recta a través de la plaza después de abandonar la zona de sombra de los soportales se detuvo un momento a la alta sombra de la estatua ecuestre del rey, en medio de la claridad blanca, el cielo y el mar o el río de color ámbar tras los cristales de las gafas, la cara más pálida que el cuello de la camisa, tan apretado que su filo le presionaba la piel. Le dejaría una señal roja cuando se quitara la corbata y luego la camisa y se mirara en el espejo de la habitación del hotel. Doblaría los pantalones, colgaría la chaqueta en su percha, antes de extraer de los bolsillos cualquier cosa que hubiera dejado o guardado en ellos. Recibos de lavandería con su nombre y la fecha de entrega y de recogida, cartas enviadas a nombre de alguien que no se llamaba como él había empezado a llamarse en las tres últimas semanas, antes del viaje a esta ciudad, Lisboa, antes del viaje anterior a Londres, cuando esperaba escondido en Toronto y aún no había montado en avión. En el fondo de un bolsillo guardaba un trozo de periódico con un anuncio por palabras de vuelos baratos a capitales de África. Ese trozo de periódico puede verse ahora, enfundado en plástico, en una vitrina de un museo de Memphis. En los noticiarios de la televisión se veían las ciudades americanas iluminadas de noche por los incendios de las revueltas. A la luz del fuego brillaban las caras oscuras de los negros que rompían a pedradas y con bates de béisbol los escaparates de las tiendas y salían de ellas cargados con el fruto de sus saqueos, corriendo por aceras cubiertas de cristales rotos en las que ardían coches aparcados. Era prudente romper los recibos en pedazos diminutos y arrojarlos no a la papelera de la habitación sino a la taza del retrete, y no olvidarse luego de tirar de la cadena. Había que frotar cualquier superficie pulida en la que pudieran quedar impresas las huellas dactilares.

 

Sintió el rugido del despegue y el pánico le abrió un hueco en el estómago y le empalideció aún más la cara mientras sus manos se aferraban a los brazos del asiento. Tomó el vuelo de BOAC de Toronto a Londres el 6 de mayo a las diez y media de la noche. «Tranquilo, hombre, que no pasa nada», le dijo con sorna el hombre gordo que viajaba a su lado, y que ya lo había humillado previamente explicándole cómo se abrochaba el cinturón de seguridad, aunque él había negado que necesitara ayuda. Luego no se movía por miedo a desequilibrar el avión. Pasó corriendo un niño por el pasillo y estuvo tentado de cruzarle la cara de un bofetón para que se estuviera quieto. El pasajero gordo había comprendido que a pesar de su buen traje y su corbata y sus zapatos de cocodrilo estaba viajando en avión por primera vez en su vida. Supo lo que sucedería a continuación y miró al frente encogiéndose y entornó los ojos pero no pudo evitarlo.

Uno se encoge, cierra los ojos, se queda inmóvil, apenas respira, pero da lo mismo, siempre lo acaban encontrando. Siempre no. En la prisión se escondió en el fondo del carro del pan, tapado con una bandeja de bollos olorosos y calientes, las piernas juntas y encogidas, abrazándose a ellas, la frente contra las rodillas, la boca abierta para respirar algo mejor, el aliento humedeciendo la tela de los dos pantalones, uno superpuesto al otro, el pantalón de preso y encima el de paisano.

Con la adecuada autosugestión un faquir aguanta mucho tiempo sin respirar bajo la tierra. Oía voces muy cerca, el ruido de las ruedas sobre el piso de cemento de un corredor, luego el motor de un camión, justo cuando por encima del olor del pan se impuso el del aire libre. Notaba el corazón como un tambor en el pecho apretado contra las rodillas. Le dolía el vientre y tenía miedo de que le entrara una cagalera. El autohipnotismo permite un control absoluto sobre las funciones corporales. Al no saber cuándo volvería a comer había engullido uno tras otro doce huevos fritos, aprovechando el tumulto de la cocina, donde nadie se fijaba en nadie. Por los bolsillos del pantalón y los de la camisa y en la pequeña bolsa de aseo llevaba repartidas veinte barras de chocolate. Sobre su cabeza notaba la bandeja caliente en la que iban los panes. Un guardia levantó la tapa metálica del carro cuando el camión se detuvo en el último control y él se encogió más y se concentró en enviarle ondas hipnóticas para que no intentara mirar debajo de la bandeja.

 

Pero ahora, en el asiento del avión, atrapado por el cinturón de seguridad, no podía escabullirse ni esconderse. El pasajero gordo extendió la mano y le dijo un nombre, nombre y apellido primero y a continuación un diminutivo. Con qué tranquilidad extraordinaria dice la gente el nombre que ha llevado siempre. No dudan nunca ni un segundo, no tienen miedo a equivocarse cuando lo escriben. Llamaría más la atención si se negaba a aceptar la mano tendida. Adelantó la suya, separándola del brazo del asiento, y no miró al otro a los ojos, aunque lo tenía tan cerca. Una cara se olvida antes si no se han encontrado sus ojos. La mano grande apretó la suya, floja y un poco húmeda, muy blanca. Cuanta menos fuerza se ponga al tocar las cosas más fácil será no dejar huellas dactilares. Más práctico aún es adherirse a las yemas de los dedos óvalos recortados de esparadrapo.

Pero él no lo hizo antes de sostener el rifle, antes de asomar el cañón por la ventana del cuarto de baño y apretar el gatillo una sola vez. Dijo en voz baja el nombre al que todavía estaba acostumbrándose. Sneyd. Lo dijo tan bajo, separando tan poco los labios, que probablemente el gordo no llegó a escucharlo, y por lo tanto después no lo recordaría. El rugido de los motores ahogaba aún más las voces. «¿Schneider?», dijo el gordo, haciéndose pantalla con la mano ahuecada en el oído, con una mímica que quizás quería ser humorística. Su expansiva amplitud lo confinaba a él todavía más en la estrechura de su asiento.

El gordo le contó que era propietario de una cadena de pastelerías en Toronto y que iba a Londres a visitar a su hija, estudiante de economía. La gente va derramando por ahí información que nadie le ha pedido. A veces se puede aprovechar algo, quedarse con un tipo de oficio o negocio para decirlo luego con la misma naturalidad. Él dijo que trabajaba como mánager del departamento de publicidad de una editorial. Había leído un rato antes ese título en un periódico dejado por alguien en un asiento de la sala de embarque. En los periódicos se aprende toda clase de cosas. También había considerado por un momento la posibilidad de decir que se ocupaba de los cuidados veterinarios en un zoo.

El oficio que más le gustaba inventar era el de marino mercante, piloto en uno de los buques de carga que hacen la ruta del Mississippi, desde Saint Louis a Memphis y Nueva Orleans, de Nueva Orleans a La Habana y las islas pequeñas del Caribe, playas de arena blanca y palmeras en las fotografías a todo color de las revistas de viajes. Piloto, primer oficial, cocinero jefe, barman. Largas guardias en cubierta, manejando la rueda del timón, las gafas de sol bajo la visera de la gorra de plato, la camisa blanca con las insignias de capitán en las hombreras. En los anuncios a todo color de las revistas ilustradas aparecían con mucha frecuencia veleros y yates de lujo.

Uno dice cualquier cosa y la gente se lo cree. Pero estaba fatigado y nervioso y le faltaba concentración para mentir bien, así que se quedó callado cuando amortiguaron las luces después de retirar la cena. Lo primero que hacía James Bond al sentarse en un avión era encender un cigarrillo Morland con su mechero Ronson de metal muy pulido y pedir a la azafata un dry martini doble.

El avión de pronto parecía no moverse. El gordo se había dormido con un periódico sobre la cara y roncaba sonoramente, moviendo las hojas con cada resoplido. Se lo quitó con mucha cautela y lo examinó meticulosamente, de la primera página a la última. La foto ni siquiera venía a un tamaño grande, ni la habían destacado mucho. Era la de una antigua ficha policial, sólo de frente, la misma de otras veces. Borrosa, mal impresa, más borrosa aún a la poca luz de la cabina. Una oreja más grande que la otra. El pelo rapado a la brutal manera carcelaria. Y el nombre, el antiguo, el primero, tan ajeno a él como esa cara a la suya de ahora, el mentón sucio de barba, los ojos asustados y desafiantes de preso. En el periódico decían que era probable que estuviera muerto. Para deshacerse de él y evitar que diera nombres y contara lo que sabía sus cómplices o sus instigadores lo habrían ejecutado.

 

De pronto las luces se encendieron y las azafatas empezaban a repartir los desayunos y en la ventanilla oval era de día. Pero apenas había dado una cabezada, y en su reloj era la una. El periódico con el que el gordo se había tapado la cara estaba ahora en el suelo. La hoja con la foto él la había doblado y se la había guardado en el bolsillo del pantalón. Cuanto menos sabían más embustes fantásticos se inventaban. Una avioneta Cessna había despegado de una pista clandestina en los pantanos de Florida llevándolo a él como único pasajero con destino a Cuba. Aunque estaba oscuro, cuando quitó la hoja miró a su alrededor con recelo automático para asegurarse de que las azafatas no lo veían. Por los altavoces dijeron que faltaban treinta minutos para aterrizar en el aeropuerto de Heathrow. Los pasajeros tenían que llevar preparados sus pasaportes y sus declaraciones de aduana. Miró el formulario que le había entregado unos minutos antes la azafata, después de retirarle la bandeja del desayuno, y rellenarlo le pareció de pronto una tarea imposible. A su lado el gordo escribía jovialmente en los espacios en blanco, rellenando casillas con letras mayúsculas, nombre, fecha de nacimiento, país de ciudadanía, dirección en el país de origen, dirección en el Reino Unido, número de vuelo y compañía aérea, aeropuerto de partida, número de pasaporte.

En el bolsillo trasero del pantalón llevaba un revólver. James Bond guardaba su Beretta en una sobaquera de piel de antílope. Si casi todos esos datos estaban ya en el pasaporte por qué hacía falta repetirlos de nuevo. Ramon George Sneyd. Nacido en Toronto, Canadá, el 8 de octubre de 1932. En el pasaporte había un error en su nombre. Sneya, no Sneyd. Culpa suya por haber rellenado la solicitud tan atolondradamente, con la mano temblando, en la agencia de viajes, nervioso por la atención excesiva que le prestaba la empleada, la simpatía servicial, como la que se ofrece a un tullido. El gordo consultaba su pasaporte para copiar el número y mientras lo hacía chupaba apaciblemente el capuchón del bolígrafo. Pensó con asco que un momento antes él se lo había pedido.

Por algún motivo ahora el gordo recelaba de él. Hay individuos que llevan dentro de sí la condición de chivatos. No han estado nunca en la cárcel. Nunca los han empujado contra una silla con las manos atadas a la espalda. Nunca los han encajonado en el rincón de un cuarto de duchas vacío ni los han visto encogerse desnudos contra el suelo de cemento tapándose los testículos ni los han golpeado con porras de goma. Nunca les han ofrecido una reducción de condena o una celda sin cucarachas o sin ratas a cambio de una información, de un testimonio aprendido de memoria ante un juez. Son chivatos, por nacimiento, por afición, por gusto, por instinto. «Desde que lo vi me di cuenta de que había algo raro en él. Lo saludé y no me contestó. Le pregunté cosas y no quiso contestarme, como si tuviera algo que esconder. Dijo que se llamaba Schneider, pero luego vi que en el formulario que había rellenado antes del aterrizaje había otro nombre. Cómo no voy a reconocer esa cara. No la olvidaré mientras viva. Esa manera de mirar que tenía.» Le harán fotos y sonreirá como un héroe. Cien mil dólares de recompensa. Y, además, todo el dinero que le paguen por contar embustes para una revista, en la televisión, muy maquillado, hinchado de gozo, estrechando la mano del presentador, llamándolo por su nombre de pila. Todos se rasgan las vestiduras y lloran hipócritamente por el muerto y se llenan de justa ira de linchadores contra el que designan como asesino pero todos quieren sacar beneficio si se les presenta la oportunidad. Ojalá le dé a ese gordo un cáncer.

 

La cabeza de mármol del rey con el penacho de plumas como un surtidor apuntaba hacia el mar, o lo que fuera. La cara altiva estaba ligeramente vuelta hacia la derecha. Olía a mar en todo caso. Un buque de carga con alta proa roma y casco recién pintado de negro pasaba ahora a menos distancia de la orilla. En la cubierta había grúas pintadas de amarillo, altas como palos mayores. En el costado había pintado un nombre: Jakarta. Jakarta es la capital de Indonesia. Kuala Lumpur es la capital de Malasia. La capital de Mongolia es Ulán Bator. En la escuela a la maestra le sorprendía que él se supiera nombres de países y de capitales y fechas de acontecimientos históricos y alturas de montañas. La maestra no disimulaba el asco que le producía verlo y no tenía reparo en reírse de él delante de los otros. Iba descalzo o con unas botas viejas que le estaban grandes y con una chaqueta raída de su padre con las mangas remangadas. Antes de entrar a la escuela la maestra le inspeccionaba la cabeza y si tenía piojos no lo dejaba entrar.

Veintinueve mil treinta y cinco pies es la altura del Everest. Ottawa es la capital de Canadá. En Sudáfrica están las minas de oro y diamantes más ricas del mundo y se pagan sueldos muy altos a hombres blancos expertos en el manejo de armas de fuego para que vigilen a los mineros negros. En Biafra o el Congo un mercenario blanco es un héroe, un soldado de fortuna.

En invierno, para alimentar la estufa, su padre arrancaba las tablas del suelo, y luego las del tejado. Previamente había talado todas las ramas de los pocos árboles que había en la finca estéril que durante algún tiempo pensó convertir en tierra de labor. Acabó usándola como almacén a cielo abierto o vertedero de chatarra. A medianoche meaba o vomitaba en alguno de los cubos que habían puesto para recoger las goteras. Su padre descuadernó las tablas de la litera en la que dormían amontonados él y sus hermanos pequeños y desde entonces durmieron en el suelo, tapándose la cabeza para no asfixiarse con el humo de la estufa.

La capital de Australia era Camberra. En la cárcel obtenía un pequeño ingreso alquilando a otros presos noveluchas del Oeste o de marcianos o revistas muy manoseadas con fotos en blanco y negro de mujeres desnudas, con portadas a todo color de mujeres atacadas por nativos o por animales salvajes, con los pechos estallando por las camisas desgarradas. Alquilaba también una baraja de póquer en la que cada carta traía una foto de una mujer desnuda, con algún aderezo colonial: un salacot, una piel de leopardo, una lanza.

Él leía el Reader’s Digest, la revista Time, la enciclopedia médica, el National Geographic, ejemplares viejos y atrasados que llegaban cualquiera sabía de dónde a la biblioteca de la cárcel. Había leído varias veces cada una de las novelas de James Bond. Recibía todos los meses la revista True, llena de reportajes sobre travesías en veleros, sobre expediciones de caza mayor en África, de cacerías de tigres en la India, sobre lugares donde perderse en islas del Caribe o del Pacífico, en la costa de México, sobre la sensualidad de las nativas con pareos de flores y pechos desnudos en Tahití, sobre cetrería, sobre avistamientos de naves extraterrestres.

En Doctor No, Bond se despierta en una playa del Caribe y ve de espaldas a una mujer desnuda que lleva sólo un cinturón de cuero con la cartuchera de un arpón. Cetrería es el arte de cazar con halcones domesticados. El nombre técnico de lo que llaman vulgarmente platillos volantes es Objeto Volador No Identificado. Leía libros de yoga y de hipnotismo y para enriquecer su vocabulario se aprendía de memoria columnas de palabras por orden alfabético. Vehículos interplanetarios llevan mucho tiempo dedicados a la observación de la Tierra, según el Comité Nacional de Investigación de Fenómenos Aéreos, NICAP. Aprendía los significados de siglas largas y difíciles. Se fijaba en las fotos de glaciares y de playas lejanas y aprendía los nombres de los lugares para imaginarse mejor a sí mismo en ellos, cuando hubiera escapado. Puerto Vallarta, Acapulco. Playas de ensueño a la orilla del Pacífico.

La capital de Rhodesia es Salisbury. La capital de Angola es Lourenço Marques. En Angola también había guerra y hacían falta mercenarios blancos. Brasil no tiene tratado de extradición con Estados Unidos. Volvió un día de la escuela y su madre había usado la mitad de las páginas del libro de geografía para encender la hornilla de la cocina. Las otras acabaron colgadas de un gancho en la caseta del retrete. En Rhodesia un hombre blanco es todavía un hombre blanco orgulloso de serlo y de defender por las armas la libertad de su patria.

 

El funcionario del Ministerio de Ultramar lo había mirado quizás con demasiada atención. Ahora se acordaba de que sobre el desorden de los legajos había visto un periódico doblado. Fuera como fuera, no quedaba más remedio que volver a su despacho. Había sido un alivio que el funcionario hablara inglés. Se le notaba complacido de construir bien las frases, aunque el acento era muy raro. Entender aquí a la gente, hacerse entender por ella, era un tormento, un fastidio, una sucesión de malentendidos y rodeos, de gestos, de palabras sueltas que no significaban nada. Esa gente hablaba con palabras oscuras que apenas salían de los labios y pocas veces miraba a la cara. Era como haber llegado a otro planeta. Ni siquiera entendía el nombre de la ciudad cuando la decían ellos. Las palabras se abreviaban antes de tiempo en un susurro.

Al principio lo había aturdido como un golpe en la cabeza el hecho de encontrarse en una ciudad donde no se hablaba en inglés. Cómo no se le había ocurrido pensar antes en ese detalle. Por mucho que se planeen las cosas todo acaba sucediendo de otra manera. Era como vivir rodeado de una niebla que no se disipaba, muy espesa, como los sonidos que hacía esta gente, con sus ojos huidizos y sus caras cetrinas, sus frentes estrechas, sus cuerpos chatos, su cortesía reservada. Como encontrarse en el centro de una numerosa conspiración en la que sólo él no participaba.

En el Ministerio de Ultramar el funcionario miraba su pasaporte sin acordarse del cigarrillo que había dejado sobre la mesa y ya empezaba a quemar el filo. Nada les hacía tener prisa. Él permanecía de pie, ahora detrás del mostrador, ya algo nervioso, alarmado por la atención con que el funcionario miraba las páginas del pasaporte, un lápiz pequeño y mordido detrás de la oreja, diciendo cosas en su lengua indescifrable, luego en su extraño inglés artificial. Que volviera al día siguiente, entendió por fin que decía, señalándole el reloj, con el dedo índice manchado de nicotina, como si le hablara a un retrasado mental.

Dio media vuelta, ya con un principio de pánico, como tantas veces, la sensación de que le hacían perder tiempo para retenerlo, la urgencia de salir de allí siguiendo el recorrido que había imaginado de antemano. Nunca entraba en ninguna parte sin observar desde el principio las posibles salidas. Se marchó, no sin decir en inglés una grosería que le aliviaba algo la ira aunque su destinatario probablemente no la comprendiera. Iba por un pasillo que hacían más estrecho los armarios metálicos llenos de legajos buscando la puerta de salida, y una voz a su espalda, que llevaba rato llamándolo sin que él hiciera caso, sin que comprendiera lo que decía, le hizo detenerse. El funcionario le tendía algo y él tardó un poco en saber lo que era: Senhor, o seu passaporte. Se había ido dejándolo sobre la mesa. Parecía mentira que incluso ahora se le olvidaran tan fácilmente las cosas, como a un idiota.

 

El barco pasaba despacio, de derecha a izquierda, de una esquina de la plaza a la otra, la plaza inmensa que acababa en el agua, en el mar, hacia la que cabalga el rey con su cortejo de elefantes y su casco emplumado. En la cubierta se veían figuras de marineros. Alguno estaba acodado en la barandilla mirando la ciudad que muy pronto se habría quedado atrás. Sostenía algo entre las manos: unos prismáticos. Él había dejado los suyos en el mismo lío de ropa vieja en el que iba envuelto el rifle recién disparado; lo había dejado caer sin pararse a pensarlo, abriendo la mano que apretaba fuerte el asa de la maleta, y justo cuando lo hacía se daba cuenta del error y no podía ya dejar de cometerlo.

Esforzando la vista se distinguía que el marino de la cubierta era un oficial, con su gorra de plato negra con bordados en oro, con una camisa blanca de uniforme, mirando quizás con arrogancia a la gente varada en tierra, la que se iba quedando atrás, en la ciudad lenta y ruinosa. Vería con los prismáticos a ese hombre de traje negro y corbata y cara muy pálida, con unas gafas de sol, parado casi al filo de la plaza, muy cerca del agua, al principio de una escalinata de mármol en la que golpeó débilmente una ola desplazada por el paso del barco.

Había dejado caer la maleta de plástico y el rifle envuelto en la colcha vieja en el aturdimiento de la huida, después del único disparo, después de atravesar el pasillo estrecho que olía a orines y a desinfectante y bajar las escaleras y empujar la puerta para salir a la calle en la que ya estaba atardeciendo. Había notado el retroceso en el hombro derecho pero no era capaz de recordar la detonación. Parecía que todo hubiera sucedido silenciosamente de una manera atenuada, con una falta de realidad que se acentuaba en el recuerdo.

Tampoco era que se acordara mucho. Y si lo hacía era como si viese las cosas desde fuera. Desde fuera y desde lejos, a una distancia segura que las lentes poderosas de los prismáticos convertían en proximidad secreta y sin peligro. El vendedor le había asegurado en la tienda que con ese rifle podía derribar a un ciervo a una distancia de trescientos metros. A un ciervo o a un rinoceronte que cargara contra él a galope.

Como estar viendo una película, o como guiñar un ojo para aplicar el otro a aquellos aparatos que había en las ferias. Se veía siempre muy lejos una playa con palmeras, un castillo oriental. Por los prismáticos vio al hombre que salía del interior de la habitación a la terraza, pasándose la mano por la cara, como si acabara de afeitarse, la misma cara negra de las fotografías y los noticiarios, los pómulos anchos y los ojos asiáticos, la piel brillosa de loción.

Qué raro era estar viéndolo por primera vez de verdad, con tanto detalle. Detrás de él la corriente de aire removía la cortina de la habitación del motel, la hinchaba como una vela de barco. En la distancia los labios se movían en silencio. Tenía un cigarrillo sin encender. En la mano negra resaltaba más el oro del anillo y el del reloj de pulsera, el blanco impoluto de los puños de la camisa, unos puños de verdad distinguidos que no se gastarían nunca, cuidados en las lavanderías de los mejores hoteles.

Desde el otro lado del aparcamiento y de la calle, en el hostal inmundo, en el cuarto de baño que tenía costras de mierda en el retrete, él separó los pies en el interior de la bañera sucia, asegurándose de que no resbalaría. Las huellas de las suelas quedarían impresas en la superficie mugrienta. El olor a grasa y a metal del rifle cuando se lo acercó a la cara se superpuso al del retrete en el que alguien había meado o vomitado sin molestarse luego en tirar de la cadena. O quizás era que el depósito de agua no funcionaba. El calor hacía fermentar los orines.

Alguien, uno de los huéspedes tarados o alcohólicos, intentaba girar el pomo y golpeaba la puerta del cuarto de baño. En una habitación cercana el volumen exagerado de un televisor se mezclaba con los gritos de un hombre y una mujer que discutían con un habla arrastrada de borrachos. A partir del cuarto o el quinto hijo, el que nació retrasado, su madre empezó a beber tanto que al levantarse de la mecedora en la que se pasaba las horas bebiendo cualquier cosa que tuviera a mano se derrumbaba en el suelo y se quedaba dormida bocabajo, respirando contra el piso de tierra del que hacía mucho que habían arrancado las tablas para quemarlas. Después tuvo cuatro hijos más. Si lo viera ahora, con su traje oscuro, con su corbata, con sus zapatos de cocodrilo, con sus gafas de sol, con sus modales nuevos, no lo reconocería. Si hubiera vivido para verlo. Tenía cincuenta y un años cuando murió de cirrosis. Estar preso fue una excusa perfecta para no asistir a su entierro.

 

Ahora mismo nadie en el mundo puede saber dónde está. Por mucho que aseguren que le siguen la pista, que no hay la menor posibilidad de que haya salido del país, roto el cerco que le impedirá escaparse por la frontera de Canadá o la de México. Sólo dicen mentiras. Miles de agentes federales siguiendo cada pista que haya dejado en su huida, detectando cada huella digital, pelo atrapado en un peine, recibo firmado, factura de compra de un rifle de caza mayor, unos prismáticos, varias cajas de balas, latas vacías de cerveza, prendas de ropa con etiquetas de lavandería. Las balas tenían la punta redondeada y no aguda para desgarrar bien los tejidos y triturar los huesos sin posibilidad de herida limpia. Por mucho que digan, lo que han ido encontrando era ya tan irrelevante en el mismo momento en que lo encontraban como la vieja piel cuarteada de una de esas serpientes que escapaban tan rápidas en la espesura de la orilla fangosa del río. El rifle, la caja de munición, el coche, el transistor, el traje que se quedó en una lavandería, todavía con el otro nombre. El transistor es lo único que de verdad echa de menos. Lo llevaba bien apretado entre las piernas cuando se encogía en el interior del carro del pan, bajo la bandeja con los bollos recién hechos que le daban todavía más hambre, que le hacían pensar en todo el tiempo que pasaría hasta que pudiera comer de nuevo.

Si tuviera ahora la radio quizás podría escuchar emisoras en inglés, y no ese zumbido sombrío que sonaba aquí por todas partes. Si le daban a tiempo el visado para Angola se marcharía en ese barco parecido al Jakarta que aún estaba amarrado en el puerto.

La palabra Angola es excitante, como la palabra Rhodesia o la palabra Moçambique. En las portadas en color de la revista Men’s Real Adventures hombres curtidos y atléticos salvaban a mujeres casi desnudas de los peligros que las acechaban: nativos emplumados, leopardos de grandes fauces abiertas, serpientes que se les enroscaban a las mujeres en los muslos. En las calles umbrías a la espalda del puerto los bares de marineros y de putas tenían nombres de ciudades de países lejanos, o de estados de América. La lista diaria de nombres de barcos que llegaban al puerto o zarpaban de él y la de lugares de destino y puertos de tránsito desataban su imaginación como cuando intentaba pronunciar los nombres en los viejos mapas de hule cuarteado de la escuela: Moçambique, India, Beira, Sofala, Angola, Luanda, Veracruz.

En algunos callejones no entraba el sol y los letreros parpadeaban incluso de día. El letrero del Texas Bar estaba decorado con un cactus y un sombrero tejano. Había un bar que se llamaba Alabama. La primera vez que lo vio le pareció muy raro encontrar allí ese nombre. En cuanto volviera al hotel miraría en el mapa del mundo el lugar exacto de África en el que se encuentran las dos colonias portuguesas. Cada vez tenía menos dinero y seguía gastándolo en mapas y en periódicos. Había dado unos pasos hacia delante, bajando por los peldaños que desembocaban en el agua, al final de la plaza, ensimismado en el paso del barco y en la silueta del oficial que miraba por unos prismáticos desde el puente de proa. Al final de los peldaños de mármol continuaba una rampa de piedra estriada, resbaladiza de algas. El agua había subido, empapándole los zapatos y los calcetines, los bajos del pantalón. A los lados de la escalinata había dos columnas y encima de cada una estaba posada una gaviota.

 

El recepcionista del hotel Portugal lo miró a los ojos al entregarle la llave de su habitación y él apartó la mirada murmurando algo que podía ser un saludo. En los ojos está la identidad de una cara. En cuanto a un muerto se le cierran los ojos es como si le hubieran borrado los rasgos y quienes se acercan a mirarlo ya no lo reconocen. En la foto del pasaporte el viajero canadiense llevaba gafas como de profesor o de abogado y también las había llevado la noche en que llegó al hotel, pero después ya no había vuelto a ponérselas. A veces llevaba las otras, las de sol, y cuando entraba del fulgor de la calle y se las quitaba tenía los ojos enrojecidos.

En los ojos había una irregularidad difícil de precisar, una falta de simetría, como en las orejas. Una era más grande y más colgante que la otra. El recepcionista se esforzaba en hablarle en inglés con la intención de practicar el idioma pero el huésped no entendía o no oía bien. Asentía, o sólo movía la cabeza, mirando hacia un lado, contrayendo las esquinas de la boca, como si contuviera un dolor, y lo poco que decía era incomprensible, salvo cuando estaba interesado en saber algo: cómo llegar a la embajada de Sudáfrica, a la de Canadá, al puerto, dónde encontrar periódicos en inglés.

El puñado de periódicos que traía bajo el brazo al llegar acentuaba el aire de profesor dudoso que había tenido la primera noche, el que era evidente en la foto del pasaporte pero ya mucho menos en la cara real, según pasaban los días; un profesor fraudulento, que ha falsificado el diploma, o al que han pillado metiéndole mano a una alumna, rozándose contra una estudiante. Un director de funeraria con alcohol en el aliento. Unos testigos que lo vieron en Atlanta el 5 de abril, por la mañana temprano, algo más de doce horas después del disparo, dijeron que tenía aspecto de agente de seguros, o de predicador.

Se encerraba en la habitación y leía periódicos tumbado en la cama. En la mesa de noche había un manual de hipnotismo, una novela de espías titulada Misión en Tánger, un cuadernillo del curso de cerrajería a distancia, un libro con un título en letras grandes que ocupaba toda la portada, Psico-Cibernética. El suelo, a los pies de la cama, estaba lleno de periódicos ingleses y americanos descuadernados. Había una hoja de un periódico portugués en la que venía la lista de los barcos que llegaban al puerto o salían de él. En la mesita junto a la ventana, en un cajón, había guardado folletos turísticos de África del Sur con nombres de ciudades subrayados, y con series de cifras en los márgenes. Eran cuentas, sumas y restas, siempre pequeñas cantidades, operaciones aritméticas para calcular la equivalencia entre dólares y escudos. En una cuartilla con el membrete del hotel había tentativas variadas de firma: Ramon Sneyd, Ramon George Sneyd, R. Sneyd, R. G. Sneyd, Ramon G. Sneyd. En diez días no recibió llamadas ni visitas, ni dejó cartas ni postales para ser enviadas. Le llegó una carta de la misión de Rhodesia, su nombre y el del hotel y la dirección pulcramente mecanografiados en el sobre. A la mañana siguiente el sobre estaba abierto y tirado junto a la carta, una breve comunicación oficial, en la papelera de la habitación.

 

Una noche, una de las primeras, el recepcionista, que estaba adormeciéndose, oyó una risa estridente que venía de la puerta giratoria del hotel y a continuación vio salir de ella a una mujer muy pintada, joven, con un escote exagerado, con tacones muy altos que se le torcían al caminar sobre la moqueta gastada. Detrás de la mujer entró el huésped serio, con sus gafas de profesor esta vez, la cara tan pálida como cera o tiza, un cigarrillo en la mano. La mujer lo tomó del brazo, algo más alta que él, inclinándose para decirle cosas al oído, a las que él asentía como si las entendiera. Le quitaba de entre los dedos el cigarrillo que él había sostenido para ella mientras se empolvaba la cara o repasaba el carmín de los labios. Se desprendió de ella y se irguió perceptiblemente antes de pedir la llave, con el mismo gesto huidizo, aunque mirando por un momento al recepcionista a los ojos. Eran más pequeños, muy azules, casi incoloros, y mostraban que había bebido. Tenía el aplomo un poco oscilante de un borracho a punto de caerse. Un borracho muy pálido, con traje de profesor, con gafas de mucho estudio, un profesor al que sorprenden a media mañana saliendo de un peep-show o de una tienda de revistas pornográficas, un funerario disoluto.

El recepcionista tragó saliva y dijo pulcramente en inglés que no estaban permitidas visitas de mujeres en las habitaciones. Por un momento el huésped lo miró directamente a los ojos, con un gesto que parecía de sorpresa o de sonrisa no lograda, como la de alguien que no tiene pleno control de los músculos faciales. Se quedó parado, aturdido, y entonces la mujer pronunció un insulto en portugués dirigido al recepcionista y le tiró del brazo, explicando, ahora en un inglés sumario, que ella conocía un sitio mucho mejor, una verdadera suite. Lo arrastró hacia la calle y los dos se enredaron en la puerta giratoria. Atrapado entre dos hojas, el huésped miraba al recepcionista, detrás del cristal, los ojos claros y pequeños, sin ninguna expresión en la cara lívida.