Como la sombra que se va
Capítulo 14
L O atraía la gente sedentaria que espera, la que ve venir a los que están de paso, la que aguarda en vestíbulos, detrás de mostradores de recepción y cajas registradoras, o inmóvil a lo largo del día en un control de pasaportes, o mirando la calle desde el interior de una tienda a la que tal vez durante muchas horas no entra nadie.
Lo fascinaban sobre todo los funcionarios públicos, los empleados en las oficinas; lo atraían y lo amedrentaban, con la omnipotencia que escondían detrás de su inmovilidad; exigían papeles, marcaban plazos inapelables; el tiempo se ralentizaba o se detenía según los designios que ellos impusieran; sentados detrás de una mesa, con trajes oscuros algunos, otros con uniformes, interrogaban a un preso, tomaban notas, murmuraban algo entre ellos; decidían si iban a concederle o no la libertad provisional; meses y años del porvenir de alguien, su vida entera, dependían de esas notas breves, de esas palabras murmuradas.
Al entrar en las oficinas bajaba la cabeza, como quien entra en una iglesia; a no ser que se lo indicaran, no tomaba asiento; esperaba con paciencia a que levantaran los ojos hacia él, a que dieran señales de haberlo visto entrar, abstraídos como estaban en sus tareas o en sus conversaciones, signos al menos de haber oído los golpes con los que llamaba, la puerta de cristales que se cerraba tras él. En algunas tiendas al empujar la puerta sonaba una campanilla.
Tragaba saliva cuando se disponía a entrar; se aclaraba la garganta; se ajustaba el nudo de la corbata y se pasaba la mano por el pelo, con cuidado de no aplastarlo; si tenía oportunidad revisaba su aspecto en un lavabo público; o mirándose en el pequeño espejo que llevaba consigo cuando escapó de la prisión, dándose un toque en el pelo con el peine de plástico. El dependiente de la tienda de armas de Birmingham en la que compró el rifle dijo que daba una impresión de humildad.
Se acercaba al mostrador, al escritorio, y a veces hablaba tan bajo que no oían su pregunta, y tenía que aclararse la garganta otra vez y repetirla, temiendo ponerse rojo, consciente en vano de su nervioso parpadeo. Vivían cobijados y enquistados en sus oficinas como moluscos en el interior de sus conchas, permitiendo como máximo una ligera apertura; agarrados a rocas de las que nada los movía; rodeados de pequeños objetos, instrumentos necesarios para sus tareas, tampones de sellos, almohadillas de tinta, grapadoras con forma de hongo, botes de plástico con pinceles untados en una materia blanca que les servía para borrar errores mecanográficos, fotos enmarcadas de cónyuges o de hijos, detalles personales, alguna estampa religiosa, una jarrita con una flor sobre un armario metálico, un calendario con anotaciones y tachaduras, un monigote junto a la máquina de escribir; tantas cosas al alcance de las manos, dóciles a ellas, guardadas en los cajones, repuestos de grapas, lápices, cintas de máquina, listadas de tinta roja y negra, sacapuntas, instrumentos necesarios para la tarea repetida cada día, durante un número idéntico de horas, de nueve a cinco, de lunes a viernes o sábado, el trayecto regular desde el domicilio, los preparativos de final de jornada, cuando ya falta menos de media hora para la salida y no queda público, y todo el mundo empieza a recoger, a guardar expedientes en los archivadores metálicos, a tapar las máquinas de escribir con sus fundas, dueños sin saberlo de las vidas de otros.
La empleada de la agencia de viajes en Toronto, Kennedy Travel, le tendió con una sonrisa el pasaporte por encima del escritorio pintado de blanco, y junto al pasaporte el billete de ida y vuelta a Londres. Le dijo, «buen viaje, señor Sneyd», y él al principio se quedó atontado, con el pasaporte nuevo y el billete en la mano, la primera vez en su vida que tenía un pasaporte y un billete de avión, trastornado por el asombro de que lo que parecía imposible se hubiera vuelto tan fácil.
En ese momento sonó el teléfono y la empleada contestó y ya no siguió haciéndole caso, ajena al golpe de fortuna que acababa de depararle, jugando con el bolígrafo entre los dedos de uñas largas y pintadas mientras explicaba itinerarios y posibilidades de viajes, en su cubículo confortable, rodeada de carteles a todo color, cielos muy azules y playas con palmeras, castillos de torreones y tejados de pizarra sobre montes boscosos, a las orillas de ríos por los que navegaban barcos de turistas.
Él siguió allí un rato, cansado, temporalmente absuelto, con su aire formal y sus gafas de concha, la misma cara exacta que en la foto del pasaporte, incrédulo todavía ante la inminencia y la facilidad de su huida, porque esa cara no se parecía en nada a la de los carteles de búsqueda y captura y ese nombre nuevo no podía asociarlo nadie con el del fugitivo, ni con ninguna de sus falsas identidades sucesivas, John Larry Rayns, John Willard, Paul Edward Bridgman, Harvey Lowmeyer, Eric Starvo Galt. La empleada de la agencia colgó el teléfono y miró frente a ella la silla vacía, y luego la puerta de cristal que acababa de cerrarse detrás de la silueta del hombre pálido y huraño al que le había ayudado a solicitar y conseguir el pasaporte. Había dejado de verlo hacía apenas un minuto y ya no se acordaba de su cara. Dijo luego que había sido como si se disolviera en el papel de las paredes.
Ahora esperaba en otra oficina, en Lisboa. Su vida futura estaba de nuevo en manos de esa gente sedentaria que escribía a máquina y examinaba documentos. El funcionario del Ministerio de Ultramar lo vio entrar de nuevo, empujando con cautela la puerta de cristal escarchado, con un gesto de deferencia, de timidez más bien, una mano en el pomo y en la otra, bajo el brazo, la gabardina color tabaco, tan excesiva en la temperatura de mayo como el traje oscuro.
Pero si el gesto, la actitud, eran de deferencia, la mirada transmitía otra cosa, en los segundos fugaces en que los ojos del funcionario se cruzaban con ella, cuando no la dejaba fija en el suelo o perdida en el vacío, los ojos de un azul muy claro, en los que se percibía simultáneamente la malevolencia y el miedo, la obstinación y la cercanía del derrumbe, la falta de sueño, la fatiga en los párpados enrojecidos, y también algo más, una burla privada, un principio de sarcasmo. Era como si estuviera en el interior de una urna, o detrás de un muro de cristal, aislado en su extranjería y en su completa ignorancia del portugués, sentado dócilmente en un banco corrido, frente a los mostradores de las oficinas, sin moverse del sitio que le habían indicado, con el letargo permanente de quien duerme mal, la espalda recta contra la pared de un verde pálido administrativo y deteriorado, la gabardina doblada pulcramente sobre las rodillas, severo como en un velatorio o en la sala de espera de un abogado o de un médico, los bajos del pantalón demasiado cortos, sin embargo, mostrando unos calcetines negros escasos, la pantorrilla muy blanca, y ese par de zapatos sin cordones, con su dibujo de escamas de cocodrilo.
El otro funcionario de rango superior se fijó en ellos nada más verlo, el que le daría la información sobre visados para las colonias, cuando pasó por el corredor de camino hacia su despacho, con una carpeta de fuelle bajo el brazo, fumando el cigarrillo sabroso de después del café de media mañana, complacido visiblemente de su lugar en el mundo, veterano, con su nombre y su título inscritos en el cristal escarchado de la puerta y en una placa sobre su escritorio, entre bandejas de entrada y salida, carpetas de expedientes, hojas de instancia con sellos y pólizas, dictámenes pendientes de su rúbrica, trazada siempre con su estilográfica de capuchón dorado, que sobresalía del bolsillo superior de su chaqueta, su pequeño brillo de oro resaltando en la luz igual que el de la insignia honorífica que llevaba en el ojal, premio discreto a sus muchos años de servicio.
Revisaba el mundo a su alrededor tan puntillosamente como los expedientes que le presentaban a la firma, con movimientos breves de cabeza, examinándolo todo para conceder o no su preceptiva aprobación. Inspeccionaba la limpieza de las anchas escaleras de piedra que subían a las oficinas y la corrección indumentaria de los subalternos con los que se cruzaba, los puños dorados y los galones en los uniformes de los ordenanzas. Comprobaba la cercanía o la divergencia entre la hora marcada en su reloj de pulsera y los relojes en las paredes de las oficinas. Hablaba inglés y francés y se encargaba personalmente de atender casos especiales, solicitudes de extranjeros.
Algunas cartas importantes en vez de dictárselas a su secretario las escribía a máquina él mismo. Escribía a máquina de pie, decían que para no estropearse la raya del pantalón. Gozaba de una leyenda de seductor a la antigua entre el personal femenino, de aventuras con mujeres casadas y viudas pasionales aún vestidas de luto en quintas recónditas a las afueras de Sintra.
La máquina de escribir estaba sobre un atril, delante del ventanal que daba a la esquina de la plaza, a la balaustrada y al río, la escalinata enmarcada por las dos columnas que se internaba en la corriente como una proa inmóvil. A veces los dedos índices se inmovilizaban encima de las teclas porque seguía con la mirada el paso de un barco por el río o el de una mujer por la orilla. Escribía con dos dedos de uñas pulidas y amarillas de nicotina y con las gafas de cerca escurridas casi hasta la punta de la nariz.
Se había fijado al pasar, con censura instintiva, en los zapatos de cocodrilo del visitante que aguardaba en el corredor, el evidente extranjero del que le habló luego su secretario, que al ver entrar al superior se puso de pie y se apresuró a abrirle la puerta de su despacho, haciéndole paso con una inclinación, casi una reverencia efusiva, como un botones de hotel que se aparta para que el huésped entre primero en la habitación. «Es canadiense —dijo, obsequioso y parado delante del ancho escritorio, mucho más grande que el suyo, de madera oscura y no metálico, presidido por un crucifijo y por una foto dedicada del jefe del Estado—. Quiere ir a Angola para hacer negocios, o para buscar a un hermano que vive en Luanda, pero no se explica bien, no habla portugués.»
El apresuramiento malograba el respeto. Había que dejar unos minutos para que la magnanimidad de la audiencia se hiciera más evidente. Los extranjeros siempre tenían prisa. Creían que sus pasaportes les daban derecho a todo. Llamaban por teléfono sin respetar los cauces ni los plazos administrativos. Hablaban muy alto en sus idiomas poderosos dando por supuesto que se les comprendería, que se les obedecería aunque no se les comprendiera.
Así que el jefe de servicio dejó pasar unos minutos antes de pulsar el timbre que avisaría a su secretario de que estaba dispuesto para recibir al visitante. Timbres de llamadas y de carros de máquinas de escribir al final de una línea se mezclaban con los murmullos de las voces y al repiqueteo de las teclas en la atmósfera sonora, en las salas comunes de los funcionarios y en los despachos, pisadas en los suelos de madera y en los peldaños resonantes de las escalinatas.
Por las ventanas entornadas entraban graznidos de gaviotas, campanadas de iglesias. Cada pocos minutos marcaba el tiempo la sirena del ferry que recién llegaba o partía del muelle. Solo en su despacho, próximo a la jubilación, dotado de excelente apetito, confortado por la pequeña taza de café y el corto paseo y el cigarrillo que habían aliviado la duración de la mañana, facilitando de paso el tránsito intestinal, el jefe de servicio pulsó el timbre y se frotó las manos de palmas muy suaves recostado en su sillón. Esperó con menos curiosidad que fastidio a que se abriera la puerta, después de los golpes preceptivos del secretario, el cual se haría a un lado con su destreza de botones de hotel para dejar paso al visitante, y a continuación preguntaría si su superior necesitaba algo más. Y habiendo recibido una respuesta negativa murmuraría «obrigado» y saldría cerrando desde fuera con tiento extraordinario, sin dar un portazo pero también sin permitir que la puerta quedara entornada o en peligro de abrirse.
Ahora que lo tenía de frente el extranjero le pareció familiar. Le daba en la cara la claridad de la mañana y apartaba los ojos. Como tantos extranjeros había cometido el error de venir a Lisboa con ropa de invierno. Esa corbata tan apretada, ese traje de lana oscuro, la gabardina. Y abajo del todo el absurdo de los zapatos de veraneante. Se acercó más al escritorio, algo dubitativo, como quien no está seguro de que sea ya su turno de sobrepasar la raya de seguridad ante el inspector de pasaportes en un aeropuerto.
Hablaba tan bajo, con un acento tan raro, que costaba mucho entenderlo. Habló de alguien, un hermano, o un cuñado, que vivía en Angola, que no había escrito en varios meses a la familia, todos preocupados. Dijo que se había alistado como mercenario en la guerra o que su negocio de importación y exportación tenía algo que ver con mercenarios, y entonces el jefe de servicio se irguió, separando la espalda del sillón, muy serio, mientras el otro continuaba murmurando y buscaba algo por todos sus bolsillos. Dijo, en su inglés pulcro y algo en desuso, aprendido cuando escuchaba las emisiones de la BBC durante la guerra: «Portugal no tiene colonias. Tiene provincias de Ultramar. Y en las provincias de Ultramar de Portugal no hay guerra, y desde luego no hay mercenarios».
Pero el otro no lo escuchó o no lo comprendía, seguía buscando por los bolsillos, los del pantalón, los de la chaqueta. Desplegaba la gabardina y buscaba también en ella, nervioso, con un brillo de sudor en la cara, oliendo a transpiración y a desodorante. En su maleta se encontró luego un bote de desodorante en espray de la marca Right Guard. Sacaba cosas de los bolsillos y volvía a guardarlas o las depositaba en el filo del escritorio, sin fijarse en la mirada de inaudita reprobación del jefe de servicio. Un mapa mal plegado de Lisboa, una caja de cerillas, una cuchilla de afeitar desechable, el posavasos de un club.
Por qué tenía que estar siempre olvidándolo todo. Por fin algo se le cayó al suelo. Lo recogió y al incorporarse se lo tendió al funcionario, con un gesto de alivio que aún no borraba la alarma. El pasaporte, dijo, y a continuación sacó o encontró otro documento que el jefe de servicio examinó por encima, las gafas en la punta de la nariz, y descartó con un ademán, qué falta le hacía a él que el titular de un pasaporte canadiense le enseñara su partida de nacimiento, y además otra tarjeta que no supo al principio lo que era, un certificado de vacunación. O no traían los documentos necesarios o traían más de la cuenta y lo confundían todo más. Palpó con sus dedos expertos las tapas flexibles del pasaporte, plácidamente absorto en su comprobación documental, con una cierta sospecha de que pudiera tratarse de una falsificación, y que por eso el extranjero estaría tan nervioso, ofreciendo confirmaciones que no se le reclamaban, tan inseguro, de pie, ahora ya más apaciguado, las cosas de nuevo guardadas en los bolsillos, aunque sin duda en un desorden mayor del que tenían un momento antes.
Pero el tacto no engañaba, el grano y las aguas del papel, la tipografía, las letras doradas ligeramente rehundidas en la tapa, los sellos, la tinta de las rúbricas. Y desde luego la foto no dejaba duda, aunque daba la impresión, derivando los ojos hacia el modelo original después de haberla revisado en cada detalle, de que hubiera sido tomada hacía mucho más tiempo del que indicaba la fecha de emisión del pasaporte, unas semanas atrás, en Toronto.
El hombre de la foto, Ramon George Sneya tenía un aire tranquilo y seguro, como de alguien razonablemente satisfecho, bien instalado en la vida, con su buen corte de pelo y sus gafas, con un principio de sonrisa que atenuaba la posible gravedad de la indumentaria, un profesor de universidad, o eso que ahora parecía que estaba diciendo que era, aunque no se le comprendía bien, el responsable de expansión internacional de una fábrica de yates de lujo, en busca de nuevos mercados en África.
Pero ahora se le veía mal afeitado, y hasta un poco sucio, y sobre todo envejecido, o más bien desgastado, como quien de pronto, por una enfermedad que todavía no conoce o por una desgracia se deteriora a una velocidad mayor de la normal. Por eso tendría esos tics, que habría costado atribuir al hombre de la foto, esa manera de parpadear tan rápido y rascarse la piel irritada por el cuello de la camisa, o de pellizcarse el lóbulo de la oreja derecha, más despegada que la izquierda, por cierto, quizás hasta más grande.
Y ahora cayó el jefe de servicio en la cuenta de lo que le había resultado tan familiar en el extranjero desde el mismo momento en que lo vio entrar en su despacho, o incluso antes, cuando pasó a su lado volviendo de tomar el café. Era la palidez de la cara, la ropa formal de invierno en mayo, los ojos de desconfianza y de miedo y de un atisbo de súplica, el contraste entre la cara y la foto del pasaporte, el modo de buscar documentos por los bolsillos demasiado llenos de cosas, la inercia de esperar, la carcoma de la impaciencia masticando por dentro, incluso el modo de quedarse mirando por esa misma ventana en dirección a la escalinata del muelle y a los buques que pasaban. A quien se parecía el extranjero, aunque fuera más raro que cualquiera de ellos, era a los refugiados a los que el jefe de servicio veía llegar a estas mismas oficinas cuando era más joven, casi al principio de su larga y honrosa carrera administrativa, cuando era todavía un escribiente subalterno y le faltaba todavía mucho para tener un despacho propio, en 1940, a principios de verano, los huidos de países más fríos que no habían tenido tiempo de cambiarse la ropa de invierno, algunos dignos y harapientos y otros semejantes a los personajes de las revistas de modas, hombres y mujeres, mundanos y deteriorados, mujeres que se llevaban largos cigarrillos a los labios pintados de rojo, hombres imperiosos acostumbrados a mandar que se derrumbaban en las salas de espera tapándose las caras con las manos. Todos anhelaban lo mismo. Mostraban documentos inútiles, verdaderos o falsos. Hablaban de fechas de salidas de buques y aviones. Solicitaban lo que solicitaba este extranjero de ahora, un visado. Aguardaban en las salas de espera de todas las oficinas. Daban vueltas bajo los soportales de la plaza, en el aire húmedo y el sol del verano. Rondaban el vestíbulo del edificio de Correos, en espera de cartas, de partidas de nacimiento, de certificados sin los cuales no les sería posible conseguir esa hoja de papel que les permitiría irse muy lejos de Europa.
Él los había visto y se acordaba bien. Los tacones torcidos de las mujeres, las maletas apretadas con mucha fuerza, los archivadores de cuero muy rozado. Las caras aparecían por primera vez, con expresiones idénticas a pesar de las diferencias menores de origen o rango, y seguían apareciendo día tras día en las mismas salas de espera, abajo, en los soportales, en la escalinata junto al mar, entre el humo de los cafés baratos; y de pronto un día no estaban y ya se habían ido para siempre, y su lugar había sido ocupado por otros, caras y siluetas en tránsito contra el fondo de la ciudad que no cambiaba nunca; en la que él, el jefe de servicio, entonces un funcionario joven al comienzo de su carrera, con el mérito de su letra excelente y su mecanografía impecable, de sus horas nocturnas estudiando manuales de inglés y escuchando la BBC para aprender pronunciación, cumplía cada día el mismo horario y los mismos trayectos, aplicado y sedentario, examinándolo complacida o reprobadoramente todo a su paso, y explicaba a quien tuviera a bien pedir un visado para las provincias de Ultramar las normas y los plazos inmutables de la administración.
Con sumo gusto indicaría a su secretario que ayudara al señor Sneyd a rellenar el formulario de solicitud de visado y le explicara los documentos que se requerían además del pasaporte. Hablaba despacio, inseguro de su inglés, más aún porque el otro escuchaba sin mirarlo a los ojos, con gestos que parecían de asentimiento pero que bien podían no ser más que espasmos nerviosos. ¿Cuándo zarpaba ese carguero para Angola, había dicho el visitante? ¿Al cabo de tres días? Alzó tres dedos ante la cara huidiza, repitió «three». Sus dos manos se abrieron en un gesto de abatimiento, casi de queja ante los contratiempos de la administración colonial, del destino. Por mucho que él y el personal a su servicio se esforzaran, el visado para Angola no podría estar listo antes de siete días, seven days, repitió, aunque el visitante no lo miraba, enlutado y de pie frente a él como en un velatorio, mirando de soslayo a un lado y a otro, como buscando con disimulo un camino de salida que no fuera la puerta.