Como la sombra que se va
Capítulo 25
H ABÍA un frescor limpio en el aire, después del día de calor, que ahora declinaba, el calor húmedo de Memphis, emanando de la vegetación y de la tierra empapadas por el gran diluvio de la tarde y la noche anterior. Había una perfección en las cosas, una liviandad, una aureola de dulzura; era algo presente y tangible y al mismo tiempo una promesa; una seguridad y una plácida lejanía inconcreta.
Lo había notado hacía sólo unos minutos, por sorpresa, cuando salió un momento al balcón, abrochándose los gemelos. Se dio cuenta de que era la primera vez en todo el día que respiraba al aire libre, abandonando la refrigeración excesiva del Lorraine. Lo sorprendió la tibieza táctil de la brisa que venía del río, invisible y cercano, al fondo del terraplén, detrás de los tejados de las casas de South Main Street, los muros traseros que daban a solares abandonados, el derrumbe del interior de las ciudades de América, de los barrios donde sólo seguían viviendo, entre basuras y escombros y en edificios deteriorados que no reparaba nadie, los pobres y los negros, sobre todo los negros más pobres, los más atrapados, los que se le acercaban a veces, cuando recorría sus vecindarios, como mendigos o tullidos o ciegos o leprosos del Evangelio, queriendo tocarlo, tirando de una manga de su chaqueta para llamar su atención o como si esperaran una curación milagrosa; y también los que ya ni se acercaban, los que miraban de lejos o ni siquiera miraban y no se movían, paralizados en el estupor de la miseria, oscilando borrachos o lentos bajo los efectos de la heroína, y los que lo miraban de soslayo, con recelo, con odio, ya no como un hermano, sino como un traidor, un apóstata, un vendido a los blancos.
Había salido sobre todo al balcón para aliviar el olor de su crema de afeitar, que a los más cercanos siempre les provocaba desagradado, una repugnancia en torno a la cual hacían bromas. A quién se le ocurría usar ese engrudo que reblandecía la piel de la cara y debilitaba los pelos, de manera que los retiraba después con una espátula, como esas cremas con las que se depilan las mujeres las piernas. Magic Shaving Powder. Se había puesto la crema delante del espejo del cuarto de baño, mientras Abernathy le pedía desde fuera que cerrara la puerta, y que dejara abierta la ventana.
A él mismo le parecía repugnante el olor, casi tanto como el roce de la sustancia pegajosa sobre su piel demasiado sensible, que se irritaba en seguida y no toleraba la cuchilla. Se recortó con mucho cuidado el pequeño bigote, su coquetería secreta, aunque era consciente de que le quedaba anticuado, con una elegancia como de diez o quince años antes, igual que los sombreros que le seguía gustando llevar. Ahora todo el mundo se dejaba bigotes poblados y patillas, y casi nadie llevaba sombrero. La vida cambiaba rápidamente a su alrededor y uno no se daba cuenta, atareado y obsesionado en sus cosas.
Se lavó luego la cara con agua fría y se puso loción de afeitado. Fue grato el tacto de la camisa limpia y planchada, que se abrochó a medias antes de salir al balcón, apartando la cortina, que flotaba liviana en la corriente de aire. Era un regalo, esa suavidad del lino, de la brisa, y en ella las voces de los que conversaban abajo, esperando en el aparcamiento, todavía sin apuro, porque había tiempo de sobra antes de la hora de la cena, y además era una cena de amigos, sin horario estricto, sin la formalidad de esas cenas en Nueva York o en Washington a las que acudía siempre con la angustia de quien ha de aprobar un examen, superar una prueba en la que el éxito nunca está garantizado, por muchas sonrisas y hasta carcajadas que uno reparta, por muchas manos que apriete y palmadas en la espalda que reciba, un candidato político en una campaña que nunca termina, agradeciendo con discreta aquiescencia los cheques que se le dan, los sobres que ha de guardarse con desenvoltura en un bolsillo interior.
Habría comida simple, abundante y sabrosa, y después habría algo de música, en el acto de homenaje público a los huelguistas del servicio de basuras. A Abernathy le pedía siempre que hiciera en su lugar lo que a él le daba pereza o apuro; esta vez, hacía un rato, que llamara por teléfono a la anfitriona de la cena, la señora Kyles, para asegurarse de que el menú no incluiría rarezas gastronómicas, salsas francesas o verduras al vapor o puré de espinacas y cosas similares, cosas verdes de una consistencia tan dudosa como la de la crema de afeitar. Comer y beber con amigos era uno de los grandes placeres de la vida. Para los griegos el ágape era el banquete del amor, la expresión suma de la concordia humana, la ebriedad golosa de la carne y el espíritu.
Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón, dice el Eclesiastés. Le gustaban los platos suculentos del Sur, las raciones desmedidas de los restaurantes de Memphis, las pilas de filetes de pez gato rebozado y frito, las costillas requemadas con olor a carbón y con el brillo acaramelado de la barbacoa, la delicadeza suprema del sabor del cerdo ahumado, la textura pulposa de las manitas de cerdo; y el té helado y azucarado, y la cerveza muy fría, en grandes vasos rebosantes, con la espuma que había que limpiarse con el dorso de la mano, y las judías negras y el arroz y los cremosos boniatos, toda la gloria de los dones de Dios, la providez de la tierra, más fértil que en ningún otro sitio en esta llanura del Mississippi, un paraíso terrenal malogrado por la injusticia y la ceguera de los seres humanos, asolado por una miseria más irracional aún porque no había razón para que existiera. También a Dios le era grato el olor de la grasa de las carnes asadas crepitantes en los altares de los sacrificios, la que ascendía desde las hornillas de las barbacoas de Memphis.
Era un buen signo que pensara en la comida, que le volviera la intensidad de los apetitos humanos después de una sucesión de días tan sombríos como túneles que desembocan unos en otros y no terminan nunca, días y meses de una noche oscura del alma que ya nunca llegaba a aliviarse del todo, que perduraba oculta como un tumor debajo de las obligaciones, los viajes, las rachas de abatimiento y de alegría, el esfuerzo enorme y probablemente destinado al fracaso de poner en pie la marcha más populosa que se había visto nunca, como la del pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida, la gran marcha universal de los pobres sobre Washington; no sólo los negros, porque la miseria y la injusticia no reparan en tonalidades de piel: también las tribus indias, los jornaleros y los ilegales mexicanos, los puertorriqueños del Harlem hispano de Nueva York, los esquimales, los indígenas de Hawaii, los blancos despojados de todo de las montañas estériles y de las regiones mineras de bosques talados y desventrados y ríos hediondos.
Con Abernathy había compartido para almorzar una gran bandeja de pez gato frito bien untado en salsa picante. El camarero del Lorraine se equivocó y trajo un solo plato rebosante, en vez de dos, pero ellos casi lo preferían. Como David y Jonatán, llevaban años compartiéndolo todo, más unidos que hermanos de sangre; como David y Jonatán y como Moisés y Josué, como don Quijote y Sancho Panza, como Pablo y Timoteo por los caminos y las rutas de navegación del Imperio romano. Comiendo los trozos de pescado frito con las manos, porque no esperaron a que el camarero trajera cubiertos, se habían llenado los dedos de salsa y de grasa y habían manchado docenas de servilletas de papel para limpiarse, dejándolas luego por el suelo de la habitación, porque subieron a ella el plato sin terminar para seguir comiendo, riéndose el uno del otro con la boca llena, de los churretones de salsa y los lamparones en las camisas, hasta tirándose trozos de pescado.
Era un bochorno el desorden de la habitación, veinticuatro horas después de haber llegado a ella, las maletas abiertas, la ropa a medio repartir por los armarios, los ceniceros llenos de colillas, los periódicos por los suelos y encima de la cama, los informes, los borradores de sermones, las botellas de cerveza, la botella de whisky empezada la noche anterior y ya más que mediada, la cubitera con un fondo de agua tibia, los vasos de plástico y las pajitas con las que habían sorbido tan ruidosamente el té helado mientras comían.
La depresión era un pecado porque lo volvía a uno indiferente a los dones de Dios, resentido contra ellos. En esos momentos le venían a la memoria, como si alguien se los dictara al oído, los versículos terribles del Eclesiastés. Y aborrecí la vida porque toda obra que se hacía debajo del sol me era fastidiosa porque todo era vanidad y aflicción de espíritu. Ahora que emergía de la negrura se daba cuenta de lo hondo que había caído en ella, en el secreto y vengativo desengaño de todo y el disgusto de sí mismo. Y yo aborrecí todo mi trabajo en el que trabajé debajo del sol, el cual dejaré a otro que vendrá después de mí.
Mientras se afeitaba había sido capaz de mirarse sin remordimiento ni vergüenza en el espejo del cuarto de baño, sin ver en él la cara de un impostor, un pecador devorado por deseos ilícitos, el libertino de las murmuraciones y los chantajes de sus enemigos, los agentes del FBI que ahora mismo, probablemente, en una furgoneta aparcada cerca del motel, estaban escuchando lo que sucedía en la habitación con sus micrófonos ocultos.
Ahora, desde la noche anterior, más todavía esta tarde, se sentía inmune a la culpa y al peligro, y agradecía más esa calma interior porque sabía lo frágil que era.
Atravesaba la puerta del balcón y la cortina y la brisa le rozaban la cara. Al salir encontró la tarde silenciosa a esa hora y en ese vecindario de Memphis, cuando la gente ya se había marchado de las fábricas y de los almacenes, en el trance entre el final de la jornada de trabajo y la hora de la cena, el respiro diario de las vidas fatigadas. Sonidos de sirenas de barcos llegaban desde el gran río invisible. Se acordó de ese pasaje misterioso del Génesis en el que Dios se paseaba en el huerto, al aire del día. Apoyó las dos manos en la barandilla y el metal estaba todavía tibio después del día de sol.
Las cosas duran y suceden a su ritmo. El sol aún no se habría puesto sobre los bosques de Arkansas, al otro lado del río, pero desde el balcón del motel ya no podía verse, aunque su fulgor ocupaba toda la anchura del cielo, como una lámina de oro, oscureciendo por contraste la línea de los edificios. El tiempo se apaciguaba, esos minutos todavía sin prisa, antes de que lo llamaran desde abajo porque ya era hora de salir, de que volviera la urgencia agotadora de llegar a alguna parte, a una cita, a una cena, a una marcha, a la puerta de embarque de la que estaba siempre a punto de salir ese avión que él debía tomar.
Trece años consumidos así, toda su vida adulta, cada vez con menos fuerzas y cada vez más atrapado por la angustia de las obligaciones, multitudes que pasaban horas esperando su llegada en el calor de las iglesias del Sur, posibles donantes y benefactores poderosos a los que no estaba permitido hacer esperar, sus propios hijos y su mujer, en la casa familiar en la que ya apenas paraba, técnicos y maquilladores de programas de televisión que lo guiaban por traseras de estudios y pasillos con el suelo atravesado de cables, siempre deprisa, acuciándolo, señalando con impaciencia relojes de pulsera.
Cuanto más sentía que le faltaban las fuerzas más ingente se volvía la tarea que tenía ante sí, más cruenta la injusticia, más improbable el éxito, que en otras épocas, cuando era más joven, había parecido casi al alcance de la mano. Ahora, inesperadamente, los minutos duraban, en un paréntesis de quietud grato como un regalo, tangible como la firme tibieza del metal en las palmas de las manos o la sensación de la camisa limpia sobre la piel.
Volvió a la habitación, inundada por esa claridad rojiza del poniente que alargaba las sombras. Terminó con dificultad de abrocharse la camisa. No lograba introducir el último botón en el último ojal, se le escapaba entre los dedos. Había engordado en los últimos tiempos. No por los placeres de la comida y la bebida, sino por algo más sombrío: comer con ansia y sin deleite, beber más de lo que debería, beber por apaciguar la angustia, por hacer algo, fumar hasta que le dolían los pulmones, y despertar a la mañana siguiente temprano en una habitación de hotel en la que huele a humo enfriado y a ceniza, a alcohol aguado en los vasos, y no saber en qué ciudad estaba, porque la habitación era idéntica a cualquier otra, igual que el cansancio, y que la pesadez de la resaca y de las pastillas de dormir.
Sentía vergüenza al verse hinchado en las imágenes de televisión, desconocido, con ese brillo insalubre en la piel, sudor inducido por los focos, transpiración del alcohol y la angustia. Notando la presión del cuello de la camisa en la papada se hizo el nudo de la corbata. Le gustaba el tacto fluido de la seda entre las manos.
Había en el movimiento luchadores fervorosos que se entregaban al ascetismo como a una áspera penitencia perpetua, como si cualquier deleite fuera una frivolidad, una traición a la causa de los oprimidos. Habrían querido vestir de pelo de camello, como Juan Bautista, y llevar un cinto de cuero alrededor de sus lomos, y alimentarse de langosta. Pero Jesucristo, en las mismas vísperas de la Pasión, había agradecido que la mujer de Betania le derramara sobre la cabeza un vaso de alabastro de perfume de gran precio, reprobando el enojo de los discípulos, que se quejaban del desperdicio de un dinero que podría haberse dado a los pobres.
Él amaba las buenas colonias, la mezcla sutil de perfumes que emanaban las mujeres muy atractivas, los empeines y los tobillos gráciles en los zapatos de tacón. Se puso la chaqueta agradeciendo la maestría del sastre que había sabido adaptar sutilmente las hechuras del traje a su nueva abundancia corporal, disimulándola sin molestia. A las personas que se encontraban por primera vez con él les sorprendía que no fuera alto.
Dobló con cuidado el pañuelo de hilo y lo deslizó en el bolsillo superior de la americana, asegurándose de que sobresalía su forma triangular. Los zapatos negros estaban limpios, porque no había salido en todo el día del motel, pero aun así les pasó una gamuza para abrillantarlos. Eran los zapatos lustrosos de los oficios dominicales, no los zapatones con suelas de goma de las grandes caminatas al ritmo vivo y solemne de los himnos, por las calles de las ciudades y por los arcenes de las carreteras del Sur, caminatas tenaces como las que dieron los israelitas siguiendo a Josué alrededor de las murallas de Jericó, hasta que Dios les concedió el milagro de que se desplomaran.
Él había visto con sus propios ojos muros formidables que caían abatidos por el gran trastorno sísmico de la rebelión popular y otros muros que seguían siendo impenetrables o que aparecían levantados de nuevo al poco de su derrumbe. Quizás hasta tendría tiempo para fumar un cigarrillo antes de salir hacia la cena, al fresco, en la baranda, al menos unas caladas, mientras Abernathy volvía al interior de la habitación porque se le había olvidado ponerse desodorante o colonia. Abernathy siempre se acordaba de cosas en el último momento. Le reñía porque llegaban tarde, y entonces resultaba que era a él a quien había que esperarlo. Como el Gordo y el Flaco, inseparables, siempre peleándose.
Era asombroso que las personas se parecieran tanto a sí mismas. Estaba bien que fuera así. Que uno sienta que conoce tan bien a un amigo que puede predecir sus actos, que las cosas buenas sucedan de acuerdo a un orden previsto, según su naturaleza, como dice en el Génesis, la naturaleza particular y hasta caprichosa de cada una. Ya vestido formalmente, hasta con el alfiler de la corbata en su sitio, salió de nuevo al balcón con el cigarrillo en la mano, sin encenderlo todavía, disimulado en el hueco de la mano, complaciéndose también en esa pequeña anticipación, ese placer modesto y seguro, el filtro en los labios, el olor delicado de las hebras de tabaco, el chasquido del encendedor, la primera calada, honda en los pulmones.
Pero en el placer del tabaco también había una parte de culpa, y él procuraba no fumar en público. Abajo, junto a los coches, los amigos bromeaban, intercambiaban cigarrillos y fuego, fingiendo peleas entre carcajadas, ganchos de boxeo, ya dispuestos también para salir hacia la cena, formales, con sus trajes oscuros, sus delgadas corbatas negras, los sombreros, aquel aire entre de jazzmen y de profesores que a él le gustaba, porque compensaba en cierta medida la propensión de los pastores baptistas a parecer ampulosos dueños de empresas funerarias.
Sólo Jesse Jackson iba con cazadora de cuero y jersey de cuello cisne. Pero eso era también de acuerdo con su naturaleza, y en esta ocasión a él no lo irritaba. Jackson era más joven, desde luego, aunque no tanto como fingía ser, por estar a la moda, porque ahora la moda consistía de pronto en exhibir impúdicamente la propia juventud o en celebrarla o adularla, en imitar su jerga, copiada del habla de los rufianes y los traficantes de drogas, la jactancia agresiva.
Tener treinta y nueve años lo convertía a él en un viejo, y para mucha gente además, inapelablemente, en un reaccionario. Tan solemne, con su título de doctor siempre por delante, su premio Nobel, su anticuada oratoria. Pero por debajo de la indulgencia hacia Jackson persistía la punzada del recelo, un fondo de prevención hacia él, y eso le hizo sentirse desleal y avergonzarse un poco de sí mismo. Levantaban a un hombre hacia una santidad que él no había deseado ni solicitado y luego renegaban de él por no estar a la altura imposible que le habían atribuido. Lo convertían contra su voluntad en una estatua heroica y a continuación la apedraban y la derribaban, lo lapidaban a él. La vergüenza era una de sus aflicciones secretas más asiduas, latiendo siempre en él a una mayor profundidad que la angustia de las obligaciones, alimentada por la tensión de la vida pública, el desequilibrio entre quien los demás veían o querían ver y quien era él realmente. No hay figura pública que no sea la de un impostor.
Quizás entre los discípulos Judas Iscariote se distinguía de los otros por algo, algo que les hacía desconfiar sin motivo, y que lo empujó hacia un rencor que de otro modo no habría sentido. Pero Jackson no era traidor: sólo ambicioso, lleno de ansiedad, impaciente, tan exasperado como cualquier otro veterano de la lucha por la lentitud de los cambios y la persistencia de la iniquidad. Quizás sentía la tentación de vestirse con las cazadoras negras y las boinas cubanas de los Panteras Negras, de esgrimir pistolas o fusiles como ellos y alzar el puño cerrado.
Pero a Jesse Jackson también le importaba mucho estar aquí, formar parte del círculo de los íntimos, de los veteranos del movimiento. ¿No había forzado esa misma tarde la situación para hacer que lo invitaran a la cena? Un rato antes él le había dicho, no del todo en broma, que debería ponerse un traje y una corbata para ir a casa del reverendo Kyles, y Jackson había contestado con rapidez, casi con descaro, que para presentarse en casa de alguien a cenar lo único que hacía falta llevar era apetito. Ahora lo miraba desde el balcón, fornido, ansioso, con sus patillas largas y su cazadora, su pelo muy rizado, esforzándose en participar en las bromas de los otros, y el recelo que seguía sintiendo a pesar de todo le parecía indigno frente a la evidencia tan visible del amor de Jackson hacia él.
Reconocía cada una de las voces, les asignaba caras y nombres, historias de muchos años atrás, desde el principio, en el 55, en Montgomery, durante el boicot a los autobuses. Pero había una que resaltaba más porque no la oía, una presencia más valiosa porque estaba escondida, invisible y muy cerca de allí, aguardando también la señal de partida para subir en el último momento al último coche, deslizándose de la habitación en la planta baja al asiento trasero, con la destreza de lo clandestino, la habitación de la que no se había movido desde la noche anterior, cuando apareció agotada y jovial después de un viaje de diez horas, con los labios recién pintados, los labios tan rojos y la piel tan clara, la cara redonda.
Se había acostumbrado a hacerse invisible y a esperarlo en habitaciones de hotel que nunca estaban a su nombre, en apartamentos de terceras personas que ella casi nunca sabía quiénes eran. Podía haber fotógrafos con teleobjetivos vigilando, policías con prismáticos en cualquiera de las ventanas o en las terrazas de los edificios cercanos. Podía haber micrófonos en la habitación, quizás en la lámpara de la mesa de noche, o detrás del cuadro sobre el cabecero. No se molestan en protegernos de nuestros enemigos pero nos mantienen vigilados, le dijo él, alguna de las primeras veces, en otro de aquellos encuentros que se repetían con una exactitud de la que sin embargo no estaba excluido el arrebato, la intensidad máxima de la espera, de los timbrazos del teléfono a una cierta hora acordada, los golpes quedos en una puerta de motel, a deshoras, el tiempo apurado entre la llegada y el adiós, tan escaso que apenas quedaba margen para un preludio, para el reposo grato de después, el cigarrillo fumado pensativamente en la cama, el largo apaciguamiento del deseo colmado y cumplido.
En la habitación hablaban en susurros. Cuando él iba a soltar un largo quejido respirando muy fuerte ella le tapaba la boca. Se abrazaba a ella y se quedaba dormido y habría podido seguir durmiendo la noche entera. El amor saciado era el único somnífero eficaz. La dulzura del deseo era más poderosa que la culpa, que la evidencia irrefutable del pecado. Porque los labios de la mujer extraña destilan miel y su paladar es más blando que el aceite. Pero despertaba a los pocos minutos, a la media hora, y ya era el hombre inquieto que tenía prisa, el que miraba hacia el exterior apartándose de la ventana y se deslizaba por el pasillo del hotel hacia otra habitación próxima.
Ahora, uno o dos minutos antes de las seis, en el balcón, caía en la cuenta de que se había arreglado más cuidadosamente porque iba a encontrarse con ella y porque iba a buscar en sus ojos inteligentes y risueños algún signo de su aprobación. Georgia Davis, Georgia on my mind, le decía en broma, al oído. Nadie más sabía que la corbata que llevaba se la había regalado ella. Se la había puesto esta tarde como una contraseña que sólo ella podía captar. Se sentarían en lugares bien separados en la mesa de la cena, y procurarían no mirarse ni hablarse demasiado, pero eso haría más excitantes las miradas que se cruzaran, los signos que cada uno dirigiría al otro. Le gustaba un verso en un poema de T. S. Eliot: With private words I address you in public.
Le hablaría en público durante la cena con palabras privadas. Le haría saber a escondidas de todos que esa noche, cuando volvieran al motel después de la cena y de la asamblea pública y el concierto en beneficio de los huelguistas, él bajaría a su habitación igual que había bajado la noche anterior. No tendría ni siquiera que llamar a la puerta porque ella la dejaría entornada. La voz de mi amado que toca a la puerta, dice el Cantar de los Cantares. Versículos no para declamar en un sermón sino para murmurar en la penumbra rozando el oído. Ábreme, hermana mía, compañera mía, paloma mía, entera mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche.
Habría echado la cortina y apagado la luz, pero su silueta y su volumen serían visibles en la claridad de las farolas del aparcamiento, teñida de los rojos, amarillos y azules intermitentes del letrero en lo alto del mástil del motel. Él era de verdad quien casi nadie o nadie más que ella veía, desnudándose ágilmente en silencio al mismo tiempo que ella se desnudaba sin dejar de mirarlo, impúdica y carnal, sin recelo de mostrarle su cuerpo más tentador todavía porque ya no era joven, halagada por la contundencia visible del deseo masculino, un hombre y no una fotografía ni un símbolo ni una de esas imágenes policromadas de los cristos y los santos católicos. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.
Tan cansado que estaba, ayer por la tarde, después del madrugón y el vuelo desde Atlanta y la hora perdida en el aeropuerto por la amenaza de bomba, una más, y la llegada de nuevo a Memphis, sólo una semana después del viaje anterior, y la rueda de prensa, las preguntas malévolas o directamente agresivas, las caras recorridas con la mirada en busca de unos ojos o de una expresión que avisaran de un peligro inmediato, las reuniones sin fin, los ríos de palabras innecesarias y siempre repetidas. Cansado y abatido, con el cansancio latiendo en la oquedad del cráneo, doliéndole en el interior de los huesos, tan sin fuerzas y sin ganas de nada que a la caída de la tarde se había derrumbado en la cama de la habitación, oyendo el viento que arreciaba contra el ventanal y luego la lluvia violenta y sonora como granizo. En otra habitación de otro motel de Memphis otro hombre solo escuchaba esa misma lluvia.
Había desfallecido el domingo anterior en el púlpito cuando empezaba a predicar y en vez del sermón que traía preparado se sorprendió a sí mismo haciendo una confesión pública ante los fieles asombrados de su iglesia de Atlanta. «Estoy cansado de todos estos viajes que tengo que hacer. Me estoy matando y estoy matando mi salud. Estoy ahora muy cansado. Me siento desalentado muchas veces y tengo miedo de que todo mi trabajo sea en vano. Pero entonces el Espíritu Santo revive mi alma de nuevo.»
En el Lorraine Motel el Espíritu Santo parecía haberlo abandonado. Tenía fiebre, o al menos se tocaba la frente con el deseo de tener fiebre y de saberse absuelto de las obligaciones de la noche, los compromisos que no acababan nunca, las salas llenas de gente que aguardaba su llegada, y él siempre retrasado, detenido en cualquier otra parte, en camino, en medio de un atasco de tráfico, remordido por una angustia que se repetía muchas veces en los sueños. Soñaba que estaba en el púlpito y tenía que dar un sermón y no había preparado nada. Soñaba que, camino del auditorio o de la iglesia donde aguardaban los fieles, se perdía por escaleras o pasillos y no llegaba nunca.
Le dijo a Abernathy, con remordimiento, con culpabilidad anticipada, que se encontraba mal, que no tenía fuerzas ni para incorporarse en la cama ni para sostener los ojos abiertos o encender un cigarrillo. Y su amigo, que lo conocía tan bien, y que probablemente estaba igual de cansado, le dijo que no se preocupara, que esa noche él hablaría en su lugar y lo disculparía ante el público del templo masónico, los trabajadores de la limpieza en huelga y sus familias. Y quién iba a atreverse a salir esa noche, además, con la tormenta que ya había empezado, la alerta reiterada en la radio y en la televisión de vientos huracanados sobre Memphis, de lluvias torrenciales e inundaciones.
Quedarse solo había sido una bendición inconfesable. Quedarse en la cama, a salvo de la tormenta, sin ver a nadie durante unas horas, sin hacer nada, quizás viendo una película en la televisión; quedarse dormido, pensando si acaso, con anticipada lujuria secreta, en la mujer que venía viajando hacia él desde hacía ya varias horas, que venía en un coche desde Florida porque él la había llamado. Le había dicho en voz baja, respirando muy cerca del auricular, que necesitaba verla, que la necesitaba con él ese día, esos días en Memphis, así de claro, más que nunca hasta entonces, con esas palabras justas, te necesito a mi lado.
Era una petición de ayuda que no contenía ninguna promesa. Ninguno de los dos le pedía al porvenir algo más de lo que habían tenido hasta entonces. El disimulo, la clandestinidad, el tiempo breve de cada encuentro, daban forma al único mundo en el que podían o deseaban estar juntos. Cada llegada era un regalo mutuo pero no había desgarro en la despedida. Su mirada femenina de inteligencia y de guasa veía lo que tal vez nadie había visto en él desde hacía mucho tiempo: un hombre real, no un símbolo, ni un mártir probable, ni un profeta.
Sonó el teléfono y se había dormido tan profundamente que los timbrazos se repitieron varias veces en el interior de un sueño antes de que él se despertara, adelantando a tientas la mano hacia la mesa de noche. Quizás era ella quien llamaba. Quizás llamaba desde una cabina en una gasolinera para decir que había tenido una avería y que no podía llegar esa noche, o que había cambiado de parecer, que había decidido quedarse con su marido o no arriesgarse a un escándalo, que ninguno de los dos podía permitirse la irresponsabilidad de una aventura.
Pero era Abernathy. En el teléfono sonaba la misma tormenta, acompañada por un clamor que parecía de diluvio y era el de una multitud. Batían palmas y cantaban himnos y consignas. Repetían rítmicamente un nombre que era el suyo. Abernathy dejaba de hablarle y extendía el auricular para que él oyera mejor lo que sucedía, el vendaval de la muchedumbre que se había congregado desafiando la tormenta, queriendo escucharlo a él. Cómo podría defraudarlos. Cómo iba a quedarse en el hotel mientras ellos se cansaban de corear en vano su nombre y desalojaban lentamente el templo en silencio, millares de hombres y mujeres con las cabezas bajas, con sus dignas ropas de iglesia y domingo, trabajadores negros de la limpieza que ni siquiera tenían uniformes ni guantes, ni seguro médico, ni días de descanso, que no cobraban el jornal si se ponían enfermos un día o si hacía tan mal tiempo que los camiones de basura no salían a la calle, que no cobraban una pensión si se accidentaban en el trabajo, ni la dejaban a sus viudas y a sus hijos si morían, como habían muerto los dos hombres que se refugiaron de la lluvia en el remolque de un camión, cuando el conductor puso en marcha la trituradora de basura y ellos quedaron atrapados en su mecanismo.
No había límite para el espanto, ni para la injusticia. El clamor del sufrimiento no se apaciguaría nunca. No podía haber descanso ni tregua. Y tornéme yo y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol, y he aquí las lágrimas de los oprimidos, y que no tienen quien los consuele, y que la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consuelo. Colgó el teléfono y se quedó un momento sentado en el filo de la cama, los codos sobre las rodillas, la corbata floja colgando del cuello. El cansancio era un fardo de plomo sobre los hombros y un gran pantano en el que a cada paso que daba se le hundían los pies y ya no tenía fuerzas para seguir avanzando.
Decía, como Job: Nunca tuve paz, nunca me asosegué, ni nunca reposé, y vínome turbación. Pero la sospecha de la inutilidad de todo era lo más destructivo. Qué podía darle él a toda esa gente que había salido de sus casas en una noche así para ir a escucharlo, para mirarlo desde lejos o acercarse a él y agolparse a su alrededor hasta quitarle el aire y estrecharle la mano o tocarle la ropa o quedarse mirándolo en espera de algo, un favor, una relevación, algo vital que nadie sabía lo que era, y él mismo menos que nadie, algo que nunca iba a serles concedido y que tal vez no existía.
Lo miraban con ojos suplicantes muy abiertos y él no sabía a quién estaban viendo. Cerca de ellos, viéndolos descalzos y vestidos de harapos, acogido por ellos con deferencia religiosa en sus cabañas de madera podrida sin agua ni luz, se avergonzaba de sus buenos zapatos, de su traje y su corbata y su cara lustrosa. Le acercaban libros suyos para que los dedicara, le tendían fotos pidiéndole que estampara en ellas una firma rápida, como si fuera un actor, portadas de revistas o recortes de periódico en los que aparecía él, hojas de cuadernos, papeles sueltos, oraciones impresas, libros de poemas con dedicatorias para él, mensajes manuscritos en hojas con muchos dobleces, retratos toscamente pintados, a veces con un halo de santidad en torno a la cabeza. Le apretaban las manos hasta hacerle daño, lo estrujaban, le hacían fotos de muy cerca y lo deslumbraban con los flashes, le palpaban un brazo o un hombro, como para asegurarse de que lo estaban tocando de verdad, le ofrecían a sus hijos pequeños levantándolos en brazos hacia él, le tendían una mano abierta pidiendo dinero, le mostraban el certificado médico de una enfermedad, la factura de un tratamiento que no podían pagar, una carta de desahucio, un recibo exorbitante del alquiler o de la luz.
En cualquier momento, de alguna parte, lejos o cerca, en un instante, en la décima de segundo de un fogonazo, de un flash de fotógrafo, podría venir un disparo y todo habría terminado, la gran oscuridad no terrorífica sino consoladora, sin tiempo siquiera para un aviso, ni para tener miedo: como cuando Medgar Evers, compañero de tantos años de lucha, volvía a su casa una noche y una bala por la espalda lo abatió en la misma puerta, todavía con la llave en la mano; o como aquella vez, en Nueva York, en Harlem, cuando estaba firmando libros en unos grandes almacenes y se le acercó tanto la mujer menuda con las gafas, con la cara chupada y la mirada casi dulce, con esa expresión de timidez asustada que ponían algunas personas al aproximarse a él, incapaces de sostener su mirada, huidizas de tan reverentes; la mujer con un abrigo pobre abrochado en el cuello y un bolso apretado contra el pecho, con aire de sirvienta o de enfermera retirada, de devota propensa a arrodillarse en las primeras filas de la iglesia y a alzar las manos abiertas en éxtasis, como una orante primitiva en la pintura de una catacumba romana.
A él le pareció que le estaba tendiendo una pluma para que firmara, diminuta entre el gentío, manteniendo con dificultad el equilibrio delante de las otras personas que aguardaban en cola y se apretaban contra ella, en el calor húmedo de la multitud y de la falta de ventilación. Brillaba, y tenía una punta afilada, pero no era una pluma y no se la estaba ofreciendo.
De pronto la mano pequeña se cerró en torno a aquel objeto que de pluma se había transformado en cuchillo, y la mujer le decía algo y ahora sí lo miraba de muy cerca a los ojos, detrás de las gafas, con sus lagrimales enrojecidos y las pupilas muy dilatadas, y adelantaba el abrecartas puntiagudo y dorado sin que nadie la contuviera, sin que nadie pareciera darse cuenta de lo que sucedía, aunque había tanta gente encima y alrededor, como si el arma y el ataque fueran un secreto compartido por ellos dos nada más en ese momento, mientras la mujer se lo clavaba en el pecho no con un golpe seco sino hincando y apretando, como presionando con un destornillador, atravesando primero la tela de la camisa empapada en sudor y punzando la piel antes de atravesarla y de ahondar en la carne, tan cerca de la aorta que si hubiera respirado un poco más hondo o hubiera estornudado en ese momento la punta del abrecartas la habría traspasado y él se habría ahogado en su propia hemorragia.
Se quedó con el abrecartas clavado en el pecho, atónito, la expresión inmóvil, como en un fotograma detenido. Seguía llevándolo clavado mientras la ambulancia aceleraba con gran alarido de sirena por las calles de Harlem, camino del hospital. Al cabo de cinco horas se lo sacaron después de abrirle el pecho. Él no recordaba nada al principio, en la cama del hospital, cuando salía de la anestesia, sólo la dulzura de haberse quedado poco a poco dormido.
Miraba las caras desde el atril donde estaba la Biblia, delante de los micrófonos y bajo los focos, la cóncava lejanía del auditorio en el templo masónico, tan grande que aunque había dos o tres mil personas en las gradas daba la impresión de estar casi vacío. La falta de público agrandaba los ecos y hacía que sonaran con más violencia los golpes en los postigos de las altas ventanas sacudidos por la tempestad, el crujido y el retumbar de los truenos vibrando en las cristaleras polícromas que el fogonazo de los rayos hacía resplandecer durante décimas de segundo.
Parecía una tormenta del fin del mundo, el comienzo del Diluvio Universal. Mientras se apaciguaban los aplausos y los gritos y se hacía poco a poco el silencio él sujetaba con las dos manos los lados del atril, en un gesto instintivo que sin embargo le parecía a él mismo teatral, un elemento más de una actuación, como los trucos de un comediante o de un político. Pero si se apoyaba esta noche era para no desfallecer, vencido no por el cansancio, sino por el tedio y el descrédito de sí mismo, reflejado en las caras de sus amigos, los fieles, los habituales, Abernathy y los otros, Andrew Young, Kyles, resueltos y capaces pero también fatigados, gastados por la monotonía de una lucha que no se terminaba nunca ni parecía que lograra ningún resultado indiscutible, que se disgregaba a veces en mezquindades administrativas y en disputas internas de vanidades, recelos, irrisorias ambiciones.
Si todo fuera marchar con serenidad y coraje abriéndose paso entre filas de policías armados y de blancos feroces, o ir a la cárcel, o pronunciar sermones arrebatadores escuchando al final de cada frase el coro enardecedor de la multitud. Pero había que organizarlo todo, que recaudar dinero, que someterse a servidumbres políticas, que cortejar a las celebridades y a los ricos que firmaban cheques, que perder días enteros en discusiones sobre estrategia o sobre organización, en sesiones de repaso de la contabilidad para saber si alguien se había quedado con dinero o había sido negligente o tramposo en el gasto.
No bastaba la nobleza de los ideales para garantizar la honradez de las personas. No había quien no escondiera una flaqueza lamentable, una susceptibilidad rencorosa y fácilmente herida, una propensión al abatimiento o a la euforia excesiva. Todos, bien lo sabía él para su propia vergüenza, hechos de los materiales más frágiles, del barro y del polvo de la tierra, de una mezcla de oro y de arcilla quebradiza de alfarero, como la estatua en el sueño del rey Nabucodonosor, al mismo tiempo nobles y viles, héroes un momento y cobardes o codiciosos o lascivos un momento después, humildes por fuera y soberbios por dentro, profetas poseídos por el fervor de la justicia y la ira contra la iniquidad y comediantes o actores capaces de conmover a una multitud y a la vez de permanecer íntimamente fríos, como mirando de soslayo un espejo para asegurarse de que logran el gesto adecuado, descreídos en secreto no por la pérdida de la fe sino por la repetición de las mismas palabras, por muy verdaderas y necesarias que fueran, los golpes oratorios de efecto seguro, las mismas bromas dichas mil veces, toda la rutina sin variación que los más próximos saben esperar y predecir, con resignación, con cinismo, con aburrimiento, palabra por palabra, una noche y todas las noches, y a veces varias veces al día, como los ayudantes y los técnicos que rodean a un candidato en una campaña electoral, que viajan con él y lo observan de muy cerca y acaban viéndolo como una penosa parodia, un monigote de aspavientos activado por una energía histérica, empolvado y maquillado para las cámaras de televisión, sudando a chorros bajo el calor de los focos.
Pero la causa de la justicia y de la igualdad seguía siendo sagrada, ahora más que nunca, la vindicación obstinada de la no violencia, ahora que en los guetos de las ciudades se encendía la furia y que el fuego químico del napalm lanzado desde aviones americanos quemaba en Vietnam a fugitivos despavoridos y las bombas incendiaban selvas y arruinaban aldeas de chozas y campos de cultivo. Cómo no alzarse contra la guerra en Vietnam al mismo tiempo que contra la segregación y la explotación en América. Trescientos mil dólares gastaba el gobierno en matar a cada presunto enemigo vietnamita; pero gastaba menos de cincuenta dólares al año en cada uno de los pobres a los que ayudaba tan mezquinamente en América.
Repetía esas cifras en sus arengas públicas previendo el clamor con el que serían recibidas. Con la voz ronca de fatiga anunciaba como si transmitiera una visión la gran marcha de multitudes bíblicas que avanzaría hacia Washington antes del verano, más populosa todavía que las de 1963, con exigencias más perentorias y tajantes, trabajo, sustento y dignidad para todos y cada uno, ahora que el tiempo se agotaba, que la impaciencia de los humillados estaba empezando a estallar.
Llegarían por millares desde todo el país, no sólo desde el Sur, en trenes especiales, en caravanas de autobuses, con sus mochilas y tiendas, para acampar en las extensiones imperiales de césped, a la sombra de los grandes árboles sureños de los parques de Washington. Llegarían en furgonetas viejas de campesinos, en carros de mulas como los de los aparceros más pobres de las plantaciones de algodón, con monos gastados de lavarlos tanto y sombreros de paja.
Llegarían caminando en columnas compactas, cantando himnos para aliviar la fatiga, como habían caminado por las calles de Montgomery el año entero del boicot y diez años después por la carretera entre Selma y Montgomery, sesenta kilómetros en cuatro días, una multitud que iba creciendo y multiplicándose sin que nadie lo hubiera previsto así, menos de tres mil personas al principio y veinticinco mil al final, blancos y negros, rabinos, curas católicos, monjas, profesores de las universidades del norte, tiesos obispos episcopalianos, todos caminando juntos, el rumor de millones de pasos muy audible cuando cesaban los cantos y se hacía el silencio, a pesar de la lluvia, el barro, las llagas en los pies, la falta de descanso, el acoso de los racistas blancos. Cuantas menos fuerzas tenía y más lo gastaba el desánimo, más urgente era también no rendirse, con esperanza o sin ella, con la ayuda del Espíritu Santo o con una sequedad de alma para la que tal vez no existía un antídoto.
Los profetas habían sido vulnerables al desánimo, pero no a la vanidad ni la ambición. Habían sido llamados y habían obedecido, sabiendo que habría sido preferible que no les tocara a ellos, que fueran otros los reclamados, los que llevaran a cabo lo que era necesario hacer y levantaran la voz para transmitir las palabras que no venían de ellos, sino de más alto o más hondo, no lo que convenía decir o lo que era apropiado decir sino lo que tenía forzosamente, inevitablemente que ser dicho, al precio que fuera.
A Jeremías, Jehová lo mandó a predicar junto a la puerta de Jerusalén por la que pasaba el cortejo del Rey, y para que se callara lo azotaron, lo encerraron en un calabozo, lo sujetaron de pies y manos en un cepo. Isaías no se había lanzado a predicar para hacerse una carrera política. Amós habría preferido seguir cuidando a sus ovejas y recolectando higos. Dios elegía inapelablemente a un enviado y había una arbitrariedad terrorífica en esa selección, porque no parecía que procediera de ningún motivo, de ningún rasgo o capacidad particular del elegido.
Era pavorosa la simplicidad de esa llamada. Dios decía el nombre del elegido o el marcado dos veces. Abraham, Abraham, dijo, y Abraham contestó, Heme aquí. Y para lo que Dios lo estaba reclamando era para que degollara a su hijo Isaac y lo ofreciera en sacrificio. Dios imponía y exigía sacrificios humanos y no daba a cambio ninguna explicación. Él mismo reconocía que atormentaba a Job y se lo arrebataba todo sin ningún motivo. Él recibía con agrado las ofrendas de Abel y desdeñaba las de su hermano Caín. Él llamaba dos veces a Moisés y le ordenaba que se presentara ante el Faraón para pedir el fin del cautiverio de su pueblo; pero era Él también quien endurecía el corazón del Faraón y lo obstinaba en su negativa, atrayendo sobre sí mismo y sobre toda la tierra de Egipto las plagas que Dios enviaba.
Dios partía las quijadas de los enemigos de David y les trituraba los dientes. Dios celebraba que los niños de pecho de los babilonios murieran estrellados contra las piedras. Dios separaba las aguas del mar Rojo para que lo atravesara su pueblo y luego condenaba a ese mismo pueblo, en castigo por su ingratitud, a que marchara errante por el desierto durante cuarenta años antes de dejarlo acercarse a la Tierra Prometida.
Dios le permitía a Moisés vislumbrar desde la cima del monte Horeb la tierra de Canaán pero no le dejaba el poco más de vida que le habría bastado para llegar a ella. En los terrores de anticipación del huerto de los Olivos, en la noche de la claudicación y el miedo antes del cautiverio, la tortura y la lenta ejecución, Cristo le pide a Dios que si es posible aparte de él ese cáliz. Es posible, puesto que Dios lo puede todo. Pero Dios elige callarse. Un poco antes de expirar en la cruz, según el evangelio de Marcos, Cristo grita una queja humana sin consuelo: Padre mío, por qué me has desamparado. Es Marcos quien cuenta que los que pasaban cerca de él durante su agonía en el Calvario lo escarnecían y se burlaban de él. Hasta los otros dos crucificados lo injuriaban.
En la Biblia Dios era muchas veces oscuridad y terror. En el paraje donde Jacob había luchado toda la noche contra un ángel o un Viviente quedó luego la presencia de Dios y era un lugar pavoroso, aunque en el Génesis no se explica por qué, ni tampoco por qué se sabe que justo en ese lugar está la huella de Dios. Y tuvo miedo Jacob y dijo: cuán terrible es este lugar. Tantos años leyendo el Antiguo Testamento y el Nuevo y sabiéndoselos de memoria versículo a versículo y cada vez le parecían libros más misteriosos, más turbadores en su mezcla de esperanza y horror, de fortaleza y cobijo y negrura y desamparo.
Ahora mismo la ira de Dios se estaba abatiendo sobre Memphis en toda su magnificencia aterradora. El huracán arrancaba los tejados de las casas de los pobres, el diluvio inundaba sus cosas y convertía en barrizales las calles de sus aldeas en el delta. El rayo fulminaba los árboles y los incendiaba y derribaba. Por una carretera se acercaría ella conduciendo en este mismo momento, en un coche con el parabrisas azotado por rachas de lluvia, la mujer a la que él le había rogado que viniera, un viaje larguísimo y un encuentro furtivo, unas horas como máximo. Job fue castigado primero por la malevolencia de Satán y el capricho de Dios y luego por la arrogancia intelectual de pedirle cuentas a Dios, de reclamar explicaciones y motivos. Jonás quiso escapar del destino terrible de la profecía y, en su huida, Dios le tendió una trampa e indujo a los marineros a que lo arrojaran al mar en medio de una tempestad y mandó una ballena para que se lo tragara.
En el fondo de su corazón él se había resistido a volver a Memphis igual que Jonás a la orden divina de predicar en Nínive. Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella, porque ha subido su maldad delante de mí. Cuántas veces había él querido huir como Jonás, desaparecer de un día para otro, desertar de la misión agotadora y tiránica que había caído sobre él cuando era tan joven que casi no se daba cuenta de nada. Había caído sobre él como cae un rayo o una enfermedad o un don, como podía haber caído sobre otro cualquiera, desde luego en alguien más adecuado que él, con más firmeza de carácter, más austero, menos inclinado a los placeres de la vida, con más talento para la organización y más paciencia o más astucia para la burocracia inevitable de un movimiento político, de un empeño sostenido a lo largo de muchos años, contra viento y marea, en las épocas de fracaso y casi capitulación y en las de una euforia que siempre acababa disipándose, o revelándose ingenua, más peligrosa a veces que el fracaso evidente porque conducía con demasiada facilidad al desengaño.
No había sido una llamada. La voz de Dios no lo había despertado en mitad de la noche diciendo dos veces su nombre. Él no había contestado: Heme aquí. Los patriarcas y los profetas oyeron voces, órdenes inapelables. Al ser cegado por la presencia deslumbrante de Cristo en el camino de Damasco, san Pablo había oído su voz. Saulo, Saulo, por qué me persigues.
Pero también los esquizofrénicos oyen voces. Y había algo muy peligroso, muy presuntuoso, en considerarse uno mismo el destinatario de un mandato divino. Podía haber sido más bien, en su caso, un puro azar, una serie de malentendidos. En el principio, en Montgomery, en el 55, no estuvo la voz de Dios en lo alto de una montaña o en un paraje desierto. Fue aquella asamblea en los primeros días del boicot, tan tempestuosa y desordenada como todas, una votación para elegir a un portavoz provisional del movimiento que estaba empezando. Ni siquiera se ofreció él como candidato. Era más joven e inexperto que la mayoría de los presentes, un recién llegado a la ciudad, apenas acostumbrándose a ser el pastor titular de una iglesia. Alguien propuso su nombre y todos lo votaron. Podía perfectamente haber sido otro. Él ni siquiera conocía a la señora Parks antes de que se negara a levantarse de su asiento en el autobús. Él no había tomado nunca el autobús en Montgomery, ni tampoco en Boston, los años anteriores, durante su doctorado, en aquel mundo inimaginable de Nueva Inglaterra, donde uno se acostumbraba tan rápido a entrar por las mismas puertas y a sentarse en los mismos bancos de los parques y estudiar en las mismas aulas y las mismas bibliotecas que los blancos. En Montgomery, como en Boston, él no tomaba autobuses porque conducía siempre su propio coche, regalo de su padre cuando iba a empezar los estudios de doctorado en el Norte.
Cómo podía haber estado prescrito su destino si todo dependió de tantas casualidades, decisiones tomadas en el último momento sin mucha convicción, si volvió al Sur con tanta desgana, en contra de las inclinaciones de su mujer y de lo que él mismo deseaba, aunque apenas se atreviera a decirlo, incluso a reconocerlo ante sí mismo y ante ella. Volvió, en el fondo, por no seguir llevando la contraria a su padre. Le había dado un disgusto al empeñarse en hacer el doctorado después de la graduación, en lugar de quedarse junto a él en su iglesia, en Atlanta. Para qué necesitaba doctorarse en altas teologías y filosofías el pastor de una iglesia baptista en el Sur.
Le costó mantener su empeño, pero no tanto como había previsto, porque su padre accedió después de resistirse. Fue esa capitulación, y la de su madre, entristecida de que se fuera tan lejos, lo que le hizo tener dudas sobre su propósito. Había sido siempre tan buen hijo que no se acostumbraba a rebelarse contra sus padres. Le costaba alejarse de ellos más de lo que reconocía. Cómo podía haber caído sobre él un mandato divino para guiar una sublevación de los pobres y los perseguidos si se había criado en una atmósfera tan cálida, tan confortable, tan protegida, consciente desde muy niño de una felicidad casi voluptuosa en sus pormenores, la presencia tutelar de su padre y su madre, la hermana mayor que lo protegía y jugaba con él, el hermano pequeño que no le despertó celos con su llegada, sino una grata sensación de haberse vuelto mayor, guía del otro, su modelo y su maestro en los juegos.
La iglesia era una extensión de la casa. De jugar con sus hermanos y aburrirse dócilmente con ellos en los bancos de la escuela dominical había pasado insensiblemente a prestar ayuda a su padre. Dios era un miembro invisible de la familia. El Dios unas veces iracundo y otras benévolo de la Biblia lo imaginaba con la presencia imponente y sobre todo con la voz profunda de su padre. Qué talento natural para la rebeldía puede tener quien se ha educado reverenciando a sus mayores; quien ha deseado y probado con tanta delectación los privilegios de la vida. Atado a un destino del que ya no podría escapar, aun en el caso improbable de que viviera muchos años, imaginaba como un preso porvenires quiméricos, pasados que podían fácilmente haber tomado otras direcciones.
Pensaba sobre todo, con nostalgia morbosa, con envidia retrospectiva de sí mismo, en los días de Boston, la luz invernal en los ventanales de las aulas, las horas de recogimiento en la biblioteca, largos pasillos de estanterías de libros y escritorios apartados, con pequeñas lámparas, con cajones en los que había fichas en blanco y lápices, tal vez junto a ventanas en las que caía tupidamente la nieve. La religión no era una suma de fantasías milagreras y terribles prejuicios, sino un vasto campo de estudio ennoblecido por la disciplina intelectual de la filosofía y por toda la riqueza de la erudición histórica, de la filología, de la arqueología. Los edificios del campus, el ladrillo rojo, la yedra, los verdes del césped, las inscripciones en latín, las escalinatas de mármol, le concedían un sentimiento profundo de pertenencia y arraigo, enardecido luego por la viveza de las discusiones en la cafetería o en los dormitorios, noches en vela de pura pasión intelectual y excitación de aprender.
Pero siempre había un lado sensual en todo lo que le gustaba: el tacto del cuero en los sillones viejos de las salas comunes, el olor a madera encerada; el deslumbramiento sucesivo de las estaciones, tan marcadas en Nueva Inglaterra: los oros y los rojos del primer otoño; el río Charles helado en los días de más frío y nubes más bajas de enero.
Para no contrariar a sus padres sugería en las cartas una añoranza a la que era perfectamente inmune. Disfrutaba con desenvoltura de todo. Asistía sin falta a cada uno de sus seminarios de doctorado y se pasaba tardes de domingo, noches enteras en el silencio de la biblioteca, imaginándose algo novelescamente una vida laboriosa y absorta de monje medieval. En las reuniones con los profesores los estudiantes vestían tan formalmente como ellos. Durante un tiempo, por complacido mimetismo, él también fumó en pipa.
Sentado entre los otros podía llegar a olvidarse de que, a diferencia de casi todos ellos, él era negro. Hablaba en un tono semejante, disimulando el acento del Sur. En la capilla, en los servicios de los domingos por la mañana, los pastores daban sus sermones y leían pasajes bíblicos con un acento tan distinguido y una entonación tan sobria como si recitaran a Emerson o a Milton. Nadie gritaba, ni extendía los brazos y cerraba los ojos en éxtasis. El suelo de madera no retemblaba bajo los golpes sísmicos de las palmas y los pisotones de la congregación, enardecida hasta el trance y la histeria por un predicador que se hubiera quedado ronco y que despidiera sudor y saliva desde el púlpito.
Había llegado a avergonzarse en secreto de sus orígenes. En Boston se acostumbró a preferir los severos himnos luteranos, los coros de hombres y mujeres vestidos de oscuro que sostenían carpetas de partituras de cantatas de Bach. Cuando empezaron a salir juntos, Coretta lo llevaba a conciertos de música de cámara, a recitales de canto y piano. Tenía los ojos rasgados, el pelo liso, la piel clara. Cantaba en la iglesia las arias de soprano de la Pasión según san Mateo. Vestidos con la misma formalidad que si fueran a asistir a un servicio religioso iban a escuchar óperas de Donizetti, oratorios sagrados de Händel y Mendelssohn, la Missa Solemnis de Beethoven, la Misa en si menor de Bach.
Podían haber llevado una vida así, en el Norte, en Nueva Inglaterra. Coretta habría tenido la carrera de cantante que deseaba, aunque él habría preferido que renunciara a ella en algún momento para dedicarse plenamente a la maternidad. Él podría haber aceptado alguna de las ofertas de trabajo que empezaron a llegarle en cuanto se doctoró, en cuanto vio por primera vez, con orgullo, con desmedida vanidad íntima, su nombre ahora completo, Dr. Martin Luther King Jr., la distinción de las iniciales y las abreviaturas, Ph. D. Un profesor de teología o de filosofía, con el traje de lana y las coderas de cuero, la camisa blanca, la pajarita, la pipa, con toga oscura y gorra medieval en las ceremonias oficiales, con un despacho invadido de libros, de revistas académicas y trabajos mecanografiados de estudiantes, y una ventana que diera al césped de un campus, con una casa en un suburbio arbolado y respetable, no lejos de una iglesia a la que asistiría los domingos con su familia, en la que predicaría alguna vez como pastor invitado.
Debajo del sustrato de pureza de la convicción estaba siempre el murmullo de la duda, del escepticismo, del remordimiento. El precio de la conformidad era enorme, pero no era menor el precio de la rebeldía, y las consecuencias de sus actos no las pagaba él solo. Otros habrían levantado sus voces aunque no lo hubiera hecho él. Con más rabia, con más coraje, con la experiencia directa de ultrajes que él no había conocido. Otros se habían alzado, en las épocas todavía más oscuras, y habían pagado con sus vidas sin que lo supiera nadie y sin que sus verdugos recibieran castigo, mientras él estudiaba en la universidad y viajaba a Boston a hacer su doctorado y recogía a su novia en su propio coche para llevarla a conciertos de música clásica y a bailes de estudiantes, mientras él se permitía el lujo de viajar a Atlanta en avión para las vacaciones y se encargaba trajes a medida.
Moisés podía haber tenido una vida espléndida como príncipe egipcio. Se recreaba en esas divagaciones y se avergonzaba de ellas. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y qué arrogancia compararse con un patriarca del Antiguo Testamento, con Jesucristo en el huerto de los Olivos, en su noche oscura de insomnio y derrumbe; qué insidiosa la sospecha de que todo fuera en vano. En vez de progreso los años parecían traer posibilidades nuevas de fracaso, formas inesperadas de amargura. Después de cada triunfo que había parecido indudable y luminoso había venido siempre la saña de una nueva crueldad. Dos semanas después de la marcha sobre Washington, la bomba que había matado a las cuatro niñas en la iglesia de Birmingham, en una mañana limpia de domingo de septiembre. No se había dispersado todavía la multitud fatigada y jubilosa después de la gran marcha de Selma a Montgomery y una cuadrilla de asesinos que nunca recibirían castigo mataba a tiros a aquella madre rubia y blanca de cinco hijos que había venido conduciendo ella sola desde Detroit para unirse a la sublevación. Y hasta después de muerta los encargados en el FBI de difundir rumores infamantes sobre el movimiento de los derechos civiles filtraron a los periódicos del Sur que había sido una mala madre y una esposa infiel, promiscua, aficionada a acostarse con negros.
La violencia engendraba violencia y la no violencia, en vez de apaciguar a los bárbaros, parecía que engendraba o multiplicaba en ellos el ansia de matar. Los justos eran humillados y asesinados y los impíos quedaban impunes. La sensación nítida del triunfo, la ebriedad de la lucha ganada, de la iniquidad vencida, de la nobleza irrefutable de la abnegación y el martirio, lo había ido abandonando en los últimos años. En los primeros tiempos del movimiento, en Montgomery, en la alegría incrédula de haber resistido y prevalecido en el boicot a los autobuses, creía que las victorias no sólo podían lograrse, sino además ser irreversibles. Trescientos ochenta y un días resistiendo, uno tras otro, caminando por las aceras de la ciudad mientras pasaban los autobuses vacíos, compartiendo coches, aguantando con dignidad el acoso de los policías.
Levántate y toma tu lecho y anda. Los negros se habían levantado en Montgomery tan milagrosamente como el tullido del Evangelio, después de más de tres siglos de inmovilidad y sometimiento, y se habían echado a caminar con esa energía a la vez liviana y solemne con que caminan los hombres y las mujeres por las carreteras de África, ellas gráciles como estatuas con sus tocados de colores y sus cargas en equilibrio sobre la cabeza.
Pasos seguros en una dirección; como esos terrenos que los holandeses ganan al mar; no sueños tal vez, ni paraísos, sino logros concretos. El derecho a sentarse en un autobús o a ir a la escuela, el prodigio de las cosas comunes, pedir un sándwich y un refresco en la barra de una cafetería, registrarse para votar en unas elecciones sin miedo a ser acosado, o golpeado, o asesinado, beber agua en una fuente pública, pasear por un parque. Pero pasaba un poco de tiempo y lo conquistado se perdía, o alguien encontraba una trampa en la ley para malograr su cumplimiento o para retrasarlo o dificultarlo tanto que era igual que si no se hubiera conseguido nada.
Se decretaba la integración en las escuelas y los gobernadores de los estados del Sur las mantenían cerradas. Preferían que los parques se mantuvieran clausurados para todos, también para los blancos, antes de permitir que los negros los pisaran. Y para qué servía el derecho a sentarse en la misma cafetería que los blancos si no tenías dinero para pedir un sándwich y un café, o si vivías en una aldea tan apartada y tan pobre que jamás habría en ella una cafetería. Podías mandar a tus hijos por fin a la misma escuela pública, pero los blancos ya habían sacado a sus hijos de ella y las aulas estaban ahora tan abandonadas como si pertenecieran a las antiguas escuelas reservadas para negros.
La segregación que ya no permitía la ley ahora la fortalecía con más eficacia el dinero. Gastaban miles de millones de dólares en enviar cohetes a la Luna y escatimaban céntimos para las escuelas públicas y los hospitales y los comedores de los pobres. Barrios desventrados, asolados por el delito, por la brutalidad simultánea de los policías y de las bandas, por la miseria y la ignorancia; barrios incendiados por la ira autodestructiva de los mismos que no podían salir huyendo de ellos, como huían en masa los vecinos blancos, los tenderos, los profesores de las escuelas, hasta los pastores de las iglesias, vencidos por la barbarie; barrios de ciudades por las que parecía que acabara de pasar una guerra, supervivientes alucinados errando entre los desfiladeros de escombros.
Y los jóvenes enfurecidos, intoxicados de violencia, con sus collares y sus ropas tribales, sus ademanes de gánsteres, sus armas alzadas como en las sublevaciones africanas, las cintas en el pelo, los puños cerrados, su jerga de atracadores y traficantes, su insolencia de rufianes, tan llenos de odio hacia los blancos como los blancos hacia ellos, contagiados del mismo veneno, despreciándolo a él como si fuera un siervo, un vendido, un Tío Tom, burlándose de él y de todos los que eran como él, inventando insultos muy parecidos a los que usaban los otros, los racistas blancos, apodos siniestros, Martin Lucifer King, Martin Loser King.
Los había visto unos días antes, allí mismo, en Memphis, y antes de que empezaran a lanzar sus gritos y a romper farolas y escaparates había sabido lo que se preparaba. Había sentido el oleaje de la multitud despavorida que empujaba hacia adelante, el miedo primitivo a ser derribado y aplastado. A su alrededor veía las caras asustadas de los amigos, de los trabajadores en huelga con sus pancartas escuetas e idénticas, de vocales y consonantes simples, como los sonidos de una letanía o de un canto de trabajo, I AM A MAN I AM A MAN I AM A MAN. Los trabajadores con sus caras curtidas, sus grandes manos ásperas, de palmas muy blancas, sus ropas dignas de iglesia, rodeándolo a él, queriendo protegerlo mientras el escándalo crecía en la cola de la manifestación, en la cuesta abajo de Beale Street, mientras estallaban como tormentas de granizo las lunas de las tiendas y los policías al acecho preparaban los escudos y las porras y ponían en marcha las sirenas, apretando los dientes bajo las viseras de los cascos, ansiosos de tener un motivo para lanzarse al ataque y sembrar tan fácilmente el terror en la multitud vulnerable y desarmada.
Y mientras los jóvenes provocadores, perfectamente organizados, arrancaban los carteles de sus pancartas para usar los mástiles como porras y empezaban a arrojar las piedras certeras con las que se habían llenado los bolsillos, piedras y tuercas, rompiendo los globos de las farolas, que caían en esquirlas sobre las cabezas de la gente, filos o puntas de cristal que rasgaban la piel y provocaban chorreones alarmantes de sangre en las caras asustadas, más gritos, desvanecimientos, el contagio del pánico, la imposibilidad de hacerse escuchar por mucho que gritara uno hasta quedarse ronco, el impulso de riada que lo arrastraba todo, con la ceguera del que teme ahogarse y no consigue alzar la cabeza sobre el agua.
Luego vio su propia cara en la foto de la primera página del periódico y lo avergonzó la evidencia pública de haber tenido tanto miedo, como si de pronto ya no sirviera de nada la veteranía de tantos años de manifestaciones, la disciplina tan obstinadamente aprendida y practicada de la no violencia: sujeto entre los brazos de otros, como alguien a quien llevan no a la seguridad de un refugio sino al matadero, arrastrado, manso y despavorido como una víctima, no como un mártir, con los ojos desorbitados, como una vaca o una oveja que ha visto ya de soslayo brillar la cuchilla del matarife.
Había deseado morir con más fuerza que nunca esos últimos días, se sabía tan atrapado que ya no habría para él otra vida no ya distinta a la que tenía sino ni siquiera un poco menos angustiosa, de modo que no le quedaba más posibilidad de reposo que la muerte. ¿Por qué no morí yo desde la matriz y fui traspasado en saliendo del vientre?, dice Job. Cerrar los ojos y no volver a abrirlos. Llegar a casa muy cansado una noche, muy tarde, después de un viaje, o de un día entero de reuniones, como llegó Medgar Evers, salir del coche, buscar las llaves en la luz escasa de la calle, en el silencio de la hora tardía y el barrio apartado, y no tener tiempo de sentir el impacto, la bala disparada desde muy cerca, desde un macizo de madreselvas, y no saber nada más. Porque ahora yaciera yo y reposara, durmiera y entonces tuviera reposo.
Cerrar los ojos y perderse en el sueño y no quedar varado en el insomnio de una habitación de hotel, no despertar angustiado de antemano cuando aún fuera de noche. Y alabé yo los muertos, que ya murieron, más que los vivos, que son vivos todavía. Morirse para no tener que abrir el periódico por la mañana ni que poner la televisión esperando imágenes que serían vejatorias para él, noticias en las que algún locutor o algún comentarista experto lo calumniarían, lo darían por desacreditado o acabado, con ese tono de objetividad que se reserva para las cuchilladas más crueles.
El apóstol de la no violencia se había visto envuelto en un motín provocado por sus mismos seguidores a los que ya no controlaba, había salido cobardemente huyendo, lo habían recogido en una limusina y lo habían llevado al hotel más lujoso de Memphis. Mientras tanto, los suyos incendiaban y asaltaban, entregados al pillaje, robando televisores, neveras, cajas de botellas de licores, estrellando las botellas contra las fachadas de las casas, contra las ventanas a las que las personas decentes ya no se atrevían a asomarse.
No había vileza de la que no pudieran acusarlo. Era un comunista emboscado y un traidor a su patria y era también un trepador social y un vendido al dinero de los blancos. Mientras él se refugiaba en su hotel de lujo un policía disparaba a bocajarro a un muchacho negro y lo remataba en el suelo con un tiro en la sien. Predicaba la pobreza evangélica y se dejaba agasajar por los millonarios de Park Avenue y de la Quinta Avenida, el negro dócil que les aseguraba que no habría ninguna revolución, el que viajaba como huésped de honor en el avión privado de Nelson Rockefeller. Mientras había soldados americanos muriendo heroicamente en Vietnam él se ponía de parte del enemigo comunista. Envanecido por su gloria pública no le bastaban todos los avances que habían logrado los negros en los últimos años y ahora amenazaba con una marcha de los pobres sobre Washington, con multitudes sublevadas ocupando los parques, las plazas, los lugares más sagrados de la capital, convirtiéndola en un campamento de invasores.
Había deseado morbosamente morir. Había añorado el desvanecimiento de aquel día en Harlem, cuando la punta del abrecartas le horadaba el pecho y notaba la camisa y el pantalón empapados en la sangre caliente que se expandía como un velo por encima de él, el instante de dulzura en el que perdía el conocimiento. Yaciera yo y reposara, durmiera y tuviera reposo. Había deseado en secreto, con impaciencia obsesiva, con una morbosa vocación de sacrificio o martirio, que se cumpliera cualquiera de las amenazas, que por fin fuera verdad uno de los anónimos, alguna de las llamadas de teléfono en mitad de la noche.
Un disparo y todo habría acabado. Un disparo que con un poco de suerte no le dolería, que él ni siquiera llegaría a oír. Nadie sabía que no era valiente: la muerte era lo único que ya no le daba miedo. Más miedo que morir le daba despertar por la mañana, escuchar el timbre de un teléfono, abrir un periódico, una carta, llegar a un auditorio y encontrar la mitad de las sillas vacías, empezar un sermón y que no se apagara el murmullo distraído de la congregación, hacer una pausa y que no llegara el aplauso o las exclamaciones de aprobación y de ánimo. Mucho peor que morir era no descansar nunca, arrastrarse sin sosiego de una obligación a otra, con retraso siempre, con la conciencia aguda de que en alguna parte había otra muchedumbre esperando, de que haría falta subir a otro escenario y sentir las luces violentas en los ojos doloridos, sacar fuerzas de flaqueza, palabras que seguían siendo verdaderas y justas pero que él ya había repetido demasiadas veces como para no escucharse a sí mismo con el desagrado de la monotonía y la impostura.
Pero esta noche, en el templo, después de unos primeros minutos en los que le costó esconder la desgana y sobreponerse al desánimo, las palabras empezaban a cobrar por sí mismas un resplandor con el que no había contado, del que ya no sabía que siguiera siendo capaz. No las sentía como suyas. No brotaban servicialmente de su propio repertorio agotado. Resonaban metálicamente en los altavoces con la nitidez del primer crujido de los truenos cercanos. Sentía que era traspasado y desbordado por ellas y poseído por el metal y la cadencia de su propia voz, ya no regida por su razón ni guiada por su voluntad, menos aún por sus destrezas persuasivas de predicador.
Le ocurrió algo parecido en los días de miedo y soledad, un trance así, una posesión, en la cárcel de Birmingham, en la celda de aislamiento a la que no llegaba ningún sonido, sólo los pasos de las botas de los guardias y los cerrojos y los rastrillos, la celda con el retrete hediondo y los roces y gruñidos de ratas y de cucarachas. Entonces tomaron ellos a Jeremías y lo hicieron entrar en la cisterna que estaba en el patio de la cárcel; y metieron a Jeremías con sogas. Y en la cisterna no había agua, sino cieno, y se hundió Jeremías en el cieno.
En la celda alguien había dejado un periódico. Él encontró, en un pliegue de un bolsillo, un cabo de lápiz que no le habían quitado cuando lo registraron. A la luz pobre que venía del corredor empezó a escribir, aprovechando los márgenes del periódico. Empezó a escribir una carta de queja a los clérigos blancos que se declaraban virtuosamente disgustados por la segregación pero que decían lamentar también el extremismo, el radicalismo, la falta de moderación y paciencia del movimiento. Escribía al principio con mesura, con esa cierta pompa formal a la que era proclive. Le dolían los ojos por la falta de luz y porque tenía que hacer la letra muy pequeña para aprovechar bien el espacio. Escribía apoyándose en los hierros del somier, y cuando oía pasos escondía el lápiz y se sentaba sobre el periódico. Pero a partir de un cierto momento escribió tan rápido que los garabatos de palabras iban por delante de su pensamiento. La formalidad eclesiástica había dado paso a una vehemencia vindicadora y ultrajada. Escribía sobre el silencio de los justos, sobre la complicidad de los moderados con el abuso que ellos no sufrían, sobre el escarnio de que los privilegiados pidieran paciencia a quienes llevaban más de trescientos años soportando primero la esclavitud y luego la segregación y el desprecio.
Se le gastaba la punta del lápiz y lo afilaba rozándolo contra la pared. Llenaba de palabras todo el contorno de una hoja del periódico y le daba la vuelta para seguir escribiendo en los espacios en blanco de otra página. Se quedó sin papel y un preso de confianza negro que repartía el rancho le dio una libreta vieja de formularios. Aprovechó para escribir los reversos en blanco y hasta el espacio entre las líneas. Hacía tanto calor en la celda que tenía que enjugarse el sudor de las manos para que no mojara el papel y borrara las palabras. No le importaban la soledad, ni el hambre, ni el asco de las cucarachas, ni el olor del retrete. Escribía sin un solo segundo de incertidumbre, sin tachar nada, sin volver atrás, con una sobria convicción de que lo que escribía era la verdad, que le estaba siendo dictada.
Era así ahora, en el templo, en la noche de Memphis. Hablaba y no escribía, pero las palabras brotaban con la misma urgencia de su garganta fatigada. Estaba en un púlpito delante de dos mil personas, no en una celda, pero la fiebre era idéntica, la crecida interior del trance. Las palabras lo henchían tan poderosamente como el aire llenaba sus pulmones en cada aspiración. Los hombros se le ensanchaban en el interior de la chaqueta. Los músculos pectorales tensaban la tela de la camisa que el sudor adhería a su piel. Las dos manos asían los filos del atril o se apoyaban sobre el lomo de piel gastada o la cubierta de la Biblia.
Tomaba la Biblia pero no la abría porque no había pasaje que no se supiera de memoria, o que no viniera a su boca en el momento justo en que lo necesitaba. Sujetaba el volumen prieto y flexible como si fuera una herramienta, un instrumento de percusión que golpeaban las palmas de sus manos, un martillo que él blandía y que resonaba como el trueno. Ya no era consciente de la cercanía de los habituales, ni lo inquietaba que estuvieran aburriéndose detrás de él, en el estrado, cruzando y descruzando las piernas mientras preveían cansinamente giros oratorios y golpes de efecto, mirando con disimulo los relojes.
Tampoco veía más allá de los focos que le daban en la cara, los que iluminaban el escenario y los de las cámaras de televisión. Hablaba delante de una oscuridad o un abismo y un silencio que sin embargo se poblaban cálidamente de voces. Clamaba desafiándolas y también decía cosas que nunca antes había dicho en voz alta porque sólo las había reconocido ante sí mismo. Estaba solo en lo alto del escenario y a mucha distancia de las gradas en el auditorio enorme y a la vez percibía el coro de las voces de la multitud como si repitiera las llamadas de una canción de trabajo y esperara las respuestas unánimes. Con treinta y nueve años era tan viejo como Moisés y vislumbraba desde el podio como desde una atalaya un porvenir iluminado por esa extraña claridad que tendrán las cosas cuando uno ya esté muerto.
Había una congoja estrujándole el interior del pecho, una pena de despedida que era también felicidad. La fiebre que desataban sus palabras se contagiaba a la suya y la acrecentaba. La pena que sentía era la de no ver a sus hijos cuando fueran adultos.
Como un músico en estado de trance se adentraba solo en el desbordamiento de su inspiración y era arrastrado por él, pero al mismo tiempo gobernaba firmemente el rumbo y la crecida del fervor que provocaba en el público. Toda la negrura que había ido germinando dentro de él como un tumor en los últimos tiempos reventaba de pronto en su pecho y salía como un vómito y como un torrente por las palabras de su boca. El miedo se transformaba en coraje, el abatimiento en desafío, la exasperación en serenidad. Desafiaba a quien quisiera matarlo y a quien quisiera difamarlo o escarnecerlo.
De ningún hombre tenía miedo. Ni de ningún hombre ni de nada, ni de la calumnia, ni de la pública humillación con que lo amenazaban chantajistas anónimos, viles oficinistas del FBI. Abría mucho los ojos y parecía que estuviera viendo enajenadamente las cosas que aún no existían, las que sólo llegarían a suceder cuando él estuviera muerto. Moisés tenía ciento veinte años cuando Jehová le permitió ver la Tierra Prometida, al otro lado del Jordán, desde lo alto del monte Horeb. En esta época angustiada de vértigo a nadie se le prometía ya la longevidad de los patriarcas antiguos. Él hablaba con los ojos muy abiertos pero no veía nada, cegado por el sudor y los focos, por la ofuscación de sus propias palabras y la resonancia de su voz en la concavidad del auditorio y en las exclamaciones de la multitud congregada en la sombra, protegida de la tempestad por los muros fuertes y los tejados del templo.
Terminó bruscamente de hablar y sólo pudo mantenerse en pie sujetándose con las dos manos al atril. Abernathy se abrazó a él y lo dejó luego desplomarse en una silla. Estaba tan empapado en sudor como si acabaran de sacarlo chorreando y medio inconsciente de un río.
Qué raro que una noche y casi un día entero después no se hubiera disipado el alivio, el estado de tranquila liviandad, la dulzura sin culpa. Duraba como la tibieza en la tarde de Memphis, en ese momento suspendido en el que aún quedaba un rescoldo de luz y todavía no empezaba el anochecer, aunque ahora el fresco en el aire ya era un poco más incisivo. Quizás tendría que volver a la habitación a buscar un abrigo ligero.
Abernathy aún no salía del cuarto de baño, aunque había asegurado que no iba a tardar nada, sólo un momento para ponerse colonia. El conductor del Cadillac ya lo había puesto en marcha. Ella estaría en su habitación, abajo, con la puerta entornada, furtivamente atenta a todo, quizás pintándose los labios ante el espejo, queriendo distinguir la voz de él entre las de los otros, para salir en el momento justo y no antes y subir a otro de los coches, no al Cadillac blanco en el que iba él. Después de todo, tal vez no iba a darle tiempo a encender ese cigarrillo.
Junto al Cadillac reconoció a uno de los músicos que iban a actuar esa noche, el trompetista. Le había hecho prometerle que tocaría para él Take My Hand, Precious Lord. De niño nada le gustaba más que ir por la calle de la mano de su padre. Dios lo quitaba todo o lo concedía todo, más de lo que se habría atrevido a pedir, más de lo que la pobre imaginación deseaba. Inclinado todavía en el balcón enumeraba los dones que había recibido en ese viaje, en unas pocas horas, el viaje a Memphis que había hecho con tanta determinación y tanta desgana, con un sabor de ceniza en la boca, tan sumergido en la negrura que había creído que ya nunca saldría de ella.
No era que hubiese recobrado la esperanza. Era que no tenía necesidad de sentirla, igual que no sentía el miedo, ni el agotamiento físico, ni el apuro del tiempo, al menos no hoy, no esta tarde. De madrugada, en la habitación de ella, cuando se despedían, le había dicho: «Qué poco tiempo tenemos». Pero lo había dicho sin queja, con la gratitud de que en tan poco tiempo cupieran tantos dones, resplandores secretos en dormitorios ajenos y cuartos de motel, minutos rescatados en el torbellino permanente de las obligaciones, en el destino obligatorio contra el que ya no tenía ningún sentido rebelarse, igual que uno no se rebelaba contra ninguno de los azares que lo constituían, contra la época en la que había nacido o el color de su piel o las identidades de sus padres o de sus hijos. Tendrían, por lo menos, antes de despedirse hasta ninguno de los dos sabía cuándo, el nuevo encuentro de esta noche, muy tarde ya, cuando volvieran de la cena y del acto público posterior y el concierto, la astucia menor de deslizarse de una habitación a otra, mientras los otros hacían como que no se daban cuenta, protectores y cómplices.
Pero había que salir ya. Cuanto más valioso, más breve era el tiempo. Abajo, en el aparcamiento, los amigos subían a los coches, le decían que se diera prisa. Desde el interior de la habitación le llegaba el olor de la colonia que se había echado Abernathy. Dejó de apoyarse en la baranda y no se había incorporado del todo cuando el disparo que él tampoco llegó a oír le traspasó la mandíbula y luego el cuello y la columna vertebral y lo alzó del suelo como un golpe seco de mar arrojándolo de espaldas contra la puerta de la habitación 306 y luego sobre el rellano de cemento, donde quedó tendido, los ojos abiertos y una expresión de estupor o de asombro, una rodilla flexionada y un pie calzado con un zapato negro y un calcetín negro que sobresalía temblando entre los barrotes del balcón.