Como la sombra que se va
Capítulo 12
V OLVÍA solo al hotel Portugal, un poco antes del amanecer o con la primera claridad del día, y se quedaba a veces en su habitación del primer piso, la número 2, hasta la caída de la noche, con el pestillo y el cerrojo echados, con la cortina corrida. Volvía desaliñado, aunque no del todo indigno, la corbata floja, los picos de la camisa levantados, el pelo muy peinado y grasiento, oliendo a alcohol transpirado, las gafas de sol protegiéndole los ojos de la luz temprana y excesiva del día, el puñado de periódicos y revistas bajo el brazo, la cabeza baja, incómodamente torcida para evitar cualquier contacto con la mirada del recepcionista, como si tuviera un tic, un doloroso espasmo muscular, o como si mostrara una contrición burlesca por haber pasado fuera toda la noche.
Traía una bolsa de papel con comida, que compraría en las tiendas mínimas de los callejones cercanos, paquetes de galletas, latas de conservas, leche condensada. La limpiadora, Maria Celeste, encontraba migas y restos de cosas medio mordidas sobre la colcha, que algunas veces no había sido ni apartada, como si durmiera sobre ella, sin meterse en la cama, sin desnudarse, ni quitarse los zapatos siquiera, porque había rastros de suciedad y de barro a los pies. No hacía llamadas de teléfono ni las recibía. Sobre las hojas de periódico las latas de conservas habían marcado su contorno aceitoso.
Dejaba en remojo en el lavabo su ropa interior, rozada y remendada. Él mismo se lavaba también las camisas. Sobre la mesa de noche o en el suelo, junto a la cabecera, estaban los libros, las ediciones baratas que había traído consigo y que conservó hasta el final, el manual de hipnotismo del profesor Alfred Lunk, en realidad un folleto grapado y mal impreso, y el de psicocibernética del doctor Maxwell Maltz, las novelas de los agentes secretos Quiller y Robert Belcourt, un fascículo del curso de cerrajería moderna del Locksmith Institute de Nueva Jersey. En el cajón guardaba revistas con fotos en colores de mujeres desnudas en posturas inauditas, primeros planos de bocas y muslos muy abiertos, y también otras con ilustraciones entre aventureras y eróticas en las portadas, True Magazine, Men’s Real Adventures, con relatos de expediciones en busca de templos perdidos en la selva o de travesías en veleros por islas del Pacífico de nombres exóticos que le gustaba decir en voz alta, inseguro de la pronunciación, nombres de islas que parecían nombres de mujeres nativas desnudas y ofrecidas, Bora Bora, Moorea, Aitutaki, Kiritimati, Banaba.
En hojas sueltas de papel y en los márgenes de los periódicos había columnas de cantidades mezquinas, de números diminutos, sumas y restas, multiplicaciones, listas de gastos. En la taza del váter flotaban a veces trozos de papel menudos como confeti; en los bolsillos de sus pantalones y de sus chaquetas había también trozos igual de pequeños, con frecuencia recortes de anuncios por palabras, mezclados con centavos americanos de cobre, briznas de los papeles que desmenuzaba por una precaución que ya era un hábito nervioso, como desmenuzaba con las uñas los filos de los manteles de papel en las casas de comidas, o reducía a montoncillos de bolitas prensadas el recibo de una compra, un posavasos de cartón con el nombre de un club, el sombrero y el cactus del Texas Bar.
En la sección de informaciones portuarias de un periódico portugués leía a diario nombres de buques de carga, fechas de llegada y de partida. En un mapa grande y mal doblado de la ciudad había dibujado círculos en torno a varias direcciones: la embajada de Canadá, en la Avenida da Liberdade; la de la República de Sudáfrica, mucho más lejos, hacia el norte, más allá de la gran estatua del rey o el dignatario con un león y del parque en el que una mañana se quedó dormido, a la sombra húmeda de un árbol, después de una noche de alcohol.
Despertó con brusquedad, temiendo que le hubieran robado. Hacía un calor pegajoso y el cuello apretado de la camisa le irritaba la piel. Palpó bolsillos sucesivos en busca del pasaporte, del revólver, del dinero, el fajo cada vez más escaso de billetes de veinte dólares, el de los deslucidos billetes portugueses. Tan agobiante como la sensación del tiempo que ya estaría acabándosele era la de la rápida desaparición del dinero, tiempo y dinero deshaciéndose a la misma velocidad entre las manos, días baldíos y expectativas postergadas o fracasadas, plazos agotándose. Y él solo y con los bolsillos casi vacíos en contra de toda esa gente que al cabo de un mes y de una semana no había cesado de buscarlo, miles de ellos, en América, en Europa, en México, en Canadá, policías uniformados, detectives de paisano, agentes federales, funcionarios huroneando en archivos, científicos con batas blancas en los laboratorios, examinando huellas dactilares, pelos, muestras de escritura, glóbulos de saliva seca en el reverso de los sellos, o al menos eso dicen, soplones, guardias de prisión, individuos de traje gris llamando a puertas y mostrando credenciales. Hay 3.075 agentes del FBI dedicados exclusivamente a la búsqueda, dice esos días un informe de J. Edgar Hoover; se han gastado hasta ahora 781.407 dólares; los agentes han cubierto 332.849 millas en el curso de las investigaciones; el Departamento de Justicia está revisando una por una 2.153.000 solicitudes de pasaporte en Estados Unidos; la policía canadiense tiene que revisar 200.000; se han comprobado 53.000 huellas dactilares. Algo con lo que no había contado nunca y que lo siguió desconcertando hasta el final de su vida fue que se desatara todo aquel revuelo por la muerte de un negro.
En esta ciudad de gente como aletargada y ritmos tan lentos lo ganaba una parálisis que tenía algo de extenuación invencible y hechizo. Se pasaba el día entero tumbado sobre la colcha en la habitación del hotel o salía a caminar hasta que se extraviaba por lugares en los que no había estado nunca y en los que perdía el sentido del tiempo.
Eludía instintivamente las calles anchas y rectas y la plena luz. Atisbaba desde fuera el interior de las pequeñas joyerías calculando la posibilidad de un atraco. Pero no sabía ni las cuatro o cinco palabras imprescindibles y tampoco habría sabido cómo o dónde vender el botín. Le daba pánico ser detenido y juzgado y enviado a la cárcel en un país de idioma desconocido. Qué podría robar en la mayor parte de esas tiendas, con sus mostradores angostos, sus vendedores viejos, sus mercancías sin valor; cómo huir, hacia dónde, sin tener un coche, en esa ciudad de calles torcidas y estrechas, de cuestas, escalinatas, callejones que terminaban en montones de basura o tapias en ruinas, zaguanes de los que venían llantos de niños y olores a bacalao y a sardinas asadas.
Las mujeres gordas y gritonas se quedaban calladas al mirarlo pasar, el extranjero evidente con su traje demasiado recio y oscuro para el calor de mayo, con el mapa abierto en las manos, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara mientras trepaba por una cuesta que no terminaba nunca y se hacía cada vez más empinada. Entonces doblaba una esquina y entre los muros cariados por la humedad y la ropa tendida se abría de golpe el horizonte del río, los pilares rojos y los cables del puente atenuados por la bruma. Más allá de los hangares portuarios de ladrillo rojo se alzaban grúas de cuellos inclinados y velámenes de yates mecidos por la brisa, altas proas redondas de buques de carga. Grandes buques inmóviles permanecían anclados en el centro del río. Ferries veloces partían hacia la otra orilla dejando atrás estelas como arcos de espuma.
El sonido de las sirenas se mezclaba al de los trenes y las grúas en las terminales de carga, al de los motores de las lanchas y los chillidos de las gaviotas y el retumbar de los tranvías cuesta abajo. No se acostumbraba a caminar por una ciudad de adoquines, de calles estrechas y torcidas, de peldaños y ángulos quebrados. Bajaba hacia los muelles y el río temiendo tropezarse o resbalar en los mosaicos pulimentados de las aceras, percibiendo cada vez más intensos los olores portuarios, mientras la ropa tendida ondeaba y restallaba al viento sobre su cabeza, el olor a brea y a pescado podrido, el olor a bodega, el olor a limo y a algas, el olor a aceite de máquinas, a pintura y a óxido, el olor a las pilas de sacos de café y cajas de bacalao y penumbras de almacenes.
Compraba a veces revistas de navegación a vela y estudiaba con detalle las fotografías en color, el brillo del cobre dorado y muy frotado de los instrumentos, las planchas de maderas tropicales de las cubiertas, donde había mujeres en bañador tendidas en hamacas, con gafas de sol, con melenas rubias, sosteniendo vasos altos de bebidas, fumando cigarrillos mentolados y extralargos. Con su diploma de la International School of Bartending no le habría costado nada conseguir un trabajo de camarero o incluso de mayordomo en un yate —la chaquetilla blanca, una gorra, las manos expertas agitando rítmicamente las mezclas de bebidas en la coctelera—. Aquellas mujeres aburridas de sus maridos millonarios, sexualmente insatisfechas, se entregaban sin reparo a los marinos bronceados y forzudos de la tripulación, le hacían guiños por encima de las gafas de sol al barman uniformado que les acercaba las bebidas, manteniendo un equilibrio supremo con la bandeja en alto, a pesar del oleaje. El agente secreto Robert Belcourt pilotaba una lancha rápida de contrabandistas de tabaco que cubrían de noche la ruta entre Tánger y Palermo.
Aunque su cara pálida y su aire definitivo de tierra adentro lo desmentían sin remedio le gustaba contar a los desconocidos o a las mujeres en los bares que trabajaba en la Marina mercante, unas veces como oficial, otras como barman o cocinero, según su capricho o la credulidad del oyente. Pasaba semanas embarcado, remontando el Mississippi en buques de lentitud majestuosa, desde Nueva Orleans a Saint Louis. Recorría el golfo de México hasta las islas del Caribe, fondeando en La Habana.
En bares de umbría fresca y grandes ventiladores en el techo bebía daiquiris y mojitos y como era barman diplomado sabía corregir y dar instrucciones sobre mezclas a los camareros, acodado en su rincón favorito de la barra, libre del uniforme de marino durante los largos permisos, vestido con un traje blanco de lino. Mulatas de curvas prietas y faldas ceñidas se acercaban a él moviendo mucho las caderas, ofreciendo a su mirada voluptuosos escotes, como en los anuncios de daiquiris y marcas de ron. Luego él las seguía escaleras arriba, los culos rotundos ascendiendo por delante de él, hasta dormitorios con cortinas echadas que removía la brisa del mar.
Había una luminosidad de doble página a todo color en la revista Life. Todo era claro y explícito como en las novelas pornográficas, como en los primeros planos de las revistas, con sus brillos de papel satinado y sus pormenores de obstetricia. Cruzó sobre haces de rieles de tren y llegó a un muelle en el que una hilera de vagonetas se deslizaba hacia una bodega abierta en el costado de un buque. En la proa estaba escrito en letras blancas un nombre: Minerva Zoe. Un oficial de pelo rapado y rubio, casi blanco, le dijo en inglés que estaba previsto que zarpara tres días después hacia Angola. El oficial se lo quedó mirando un momento como si su cara o su aspecto general le sonaran de algo. El Minerva Zoe era un buque mercante pero había sitio para un pequeño número de viajeros. El billete de ida costaba algo menos de trescientos dólares. La única formalidad, para un ciudadano canadiense, era un visado, un trámite simple en el Ministerio de Ultramar. Pero Angola no era el mejor sitio para hacer turismo, dijo el oficial, con una media sonrisa en su cara roja de nórdico. Había una guerra, aunque los periódicos en Portugal casi no hablaran sobre ella o contaran sólo victorias, una guerra cruel y sanguinaria, a most vicious bloody war.
Vería lo que hasta entonces sólo había imaginado, con una extraordinaria capacidad de concentración, adiestrada por horas innumerables de inmovilidad en literas de celdas, en habitaciones de casas de huéspedes, mirando al techo o a la pared, rígido, vestido por completo, a veces con un revólver bajo la almohada, o con un pincho afilado por él mismo y con un mango envuelto en cuerda o en esparadrapo o cinta aislante, alerta siempre, espiando sonidos próximos o lejanos. Vería la orilla deslizarse quedándose atrás, acodado en la barandilla de la cubierta, o mejor aún, más seguro, asomándose al ojo de buey de un camarote, notando la vibración de las máquinas, la prodigiosa sensación física de estar yéndose, de una vez por todas, de una manera mucho más rotunda que si se alejara pisando el acelerador de un coche o se abandonara temerosamente al despegue de un avión.
No sería ya el que miraba los barcos varado en un muelle, el que se quedaba fascinado mirando cómo el casco empezaba a separarse del borde de piedra mientras los marineros se afanaban sobre la cubierta y se empequeñecían en la distancia gradual y los pasajeros agitaban manos o pañuelos. Habría subido por una pasarela insegura, asiéndose a la barandilla. Habría mostrado documentos indudables, fotografías con su nombre limpio de sospecha, los sellos en el visado. La cabina en la que se alojara sería más pequeña que las peores habitaciones de las casas de huéspedes, pero cuando se tendiera en ella no tendría la sensación de estar en una celda o en el interior de una trampa, porque se movía aunque permaneciera quieto sobre la colcha, con su traje oscuro, con sus zapatos de cocodrilo, sin quitarse siquiera las gafas de concha que se habría puesto antes de subir al barco para parecerse más aún a la foto del pasaporte.
Se iría quedando atrás el resplandor blanco de la ciudad atenuado por la bruma, los tejados rojizos y los campanarios, los muros por los que se desbordaba la vegetación de jardines abandonados, las fachadas de azulejos y desconchones sobre las que colgaba ropa tendida; al pasar bajo el puente de pilares rojos el barco cruzaría su ancha sombra que atravesaba el río, la superficie del agua en la que el sol brillaba con una intensidad que hería los ojos. Había estudiado en el mapa el contorno de la desembocadura del río. La sensación de irse se haría definitiva cuando quedaran atrás los últimos acantilados y el faro y tuviera delante de sí todo el océano abierto, como no lo había visto nunca, ni siquiera desde los muelles de Montreal o desde el balcón de su cuarto en el hotel de Puerto Vallarta, donde sonaba de día y de noche el oleaje del Pacífico y el viento estremecía y volcaba las copas de las palmeras.
Desde la baranda de su habitación en el hotel Tropicana veía relucir en la noche las olas rompiendo contra la arena y las hogueras encendidas para asar el pescado. Pero ese recuerdo de unos meses atrás no le parecía suyo. Pertenecía a la vida de otro y a un tiempo mucho más lejano, o ni siquiera eso, a una vida inventada, a una película o a una novela, a un anuncio de ron, un pasado mentiroso para contar en un bar. Recién llegado a Lisboa supo que habían seguido su rastro hasta Puerto Vallarta y encontrado a Irma porque vio en un periódico su propia cara recortada de una foto que se había dejado tomar con ella y que no debió permitir. Pero había bebido, había estado fumando marihuana y bebiendo mojitos en la terraza del hotel, mirando las siluetas de los grandes barcos petroleros inmóviles en el horizonte, mientras ella hablaba en español y se reía, y su amiga les hizo la foto, Irma pegándose a él con su vestido escotado de flores y su cara demasiado oscura, y él girando la cabeza con desagrado instintivo, muy bronceado, rojo más bien, con sus gafas de sol, con el pelo tirante, negro en la foto, irreconocible, para su gran alivio; pues cada foto suya que encontraban y difundían en los carteles de búsqueda y captura y en todos los periódicos de todas las ciudades del mundo era tan distinta de todas las otras que multiplicaba la confusión en vez de facilitar la búsqueda.
No podía saber, recluido hasta la caída de la noche en su habitación del hotel Portugal, deslizándose luego por las calles menos frecuentadas hacia el Cais do Sodré, hasta qué punto se había vuelto invisible, había logrado lo que ni él mismo imaginaba, desaparecer sin rastro, como una sombra que se va, como el gánster de la película en blanco y negro que se somete a una operación de cirugía estética y cuando le quitan las vendas tiene la cara de Humphrey Bogart, o como el supremo criminal Ernst Stavro Blofeld, que en una novela de James Bond es gordo, lento, blancuzco, de ojos desorbitados, de cabeza afeitada, y en otra es flaco y bronceado, con una melena blanca, con unas lentillas de fosforescencia verde.
Era una más entre las figuras de hombres y mujeres que se reflejaban en los espejos del Maxine’s o del Texas Bar; aparecía y desaparecía al pasar junto al escaparate de una tienda.
Era invisible en Lisboa y al mismo tiempo parecía que estuviera en cualquier parte. Se había disuelto en la invisibilidad exactamente en la mañana del 5 de abril, recién amanecido, al día siguiente del disparo, después de viajar durante toda la noche entre Memphis y Atlanta, quizás deteniéndose para dormir una o dos horas, en algún sitio apartado, sin salir del coche. Alguien vio desde una ventana un coche blanco que se detenía en el aparcamiento entre dos torres de viviendas sociales, de ladrillo oscuro rojizo. El cielo estaba ya azul sobre las terrazas pero a la altura de la calle aún quedaban oquedades nocturnas. El coche blanco llegó con los faros encendidos. Alguien se asoma muy temprano a una ventana alta y se fija en ese Mustang, tan llamativo en una barriada de gente pobre y trabajadora, en el ruido del motor que cesa de golpe al mismo tiempo que se apagan los faros. Hay luces encendidas de madrugadores en algunas ventanas de los bloques idénticos y sombríos. Tan rara como la presencia del coche es que sea un hombre blanco el que lo conduce, el que lo deja aparcado y echa a andar con tanta naturalidad, después de recoger una bolsa de plástico del maletero y de cerrarlo con llave, después de bajar la tapa con un golpe seco que resuena nítidamente en la quietud del amanecer.
Mira a un lado y a otro, pero no hacia arriba, no hacia la ventana desde donde alguien lo observa y lo recordará después, aunque no de inmediato, cuando el Mustang lleve ya varios días en el mismo sitio, observado con curiosidad y cautela por los vecinos, por los niños que juegan y se acercan a indagar en su interior pegando las caras a los cristales, fijándose en la pegatina de la aduana de México. Alguien recordará que vio a ese hombre blanco, incongruente en la luz del amanecer y en el barrio de viviendas sociales para negros, bien arreglado, con traje y corbata, caminando hacia la esquina con una bolsa de viaje al hombro, desapareciendo tras ella.
Hacia una hora después un hombre que se le parecía mucho recogió algo de ropa limpia en una lavandería de Atlanta. La dependienta que lo atendió, la señorita Peters, dijo que era un cliente serio, bien vestido, tímido, muy limpio. Vio por la cristalera que se marchaba a pie, no en el Mustang blanco que otras veces dejaba delante de la tienda.
Lo habían visto en el aeropuerto de San Juan, en Puerto Rico, intentando comprar un billete para Jamaica o Aruba. Estaba muy nervioso, moviendo los labios sin hablar, los labios finos y resecos, tirándose del lóbulo de una oreja, delgado pero fuerte, sin sombrero, el pelo castaño rojizo, los dientes delanteros algo salidos, los ojos azules, vestido con un traje marrón, camisa azul, zapatos negros, sujetando una maleta marrón con el asa muy grande.
Un taxista mexicano recordaba haberlo llevado desde Tapachula a Ciudad Hidalgo, hasta la orilla de un río que marca la frontera entre México y Guatemala. Dijo que se había dejado barba, que tenía una cicatriz sobre el ojo derecho, que llevaba una pistola y una mochila verde a la espalda.
El 8 de mayo estaba en el bar del International Inn de Tampa. Dos días después fue visto en la cubierta de un crucero de Jacksonville a Key West, pero también desayunando tranquilamente en un rincón apartado de una cafetería en el aeropuerto de Chicago. Una mujer estaba segura de haberlo reconocido en una zona poco iluminada en el vestíbulo del hotel Miami International. Vestía pantalones oscuros y una camisa abierta. Parecía inquieto y cansado. Se quedó un rato dormido en un sillón. Se marchó del hotel a la 1.45 de la tarde.
El 9 de mayo estaba en el restaurante Lido, en la isla de Curaçao, y una turista americana que lo observaba desde la mesa contigua lo oyó pedir la comida con un fuerte acento sureño, y se fijó en que llevaba una camisa blanca abierta, muy arrugada, que tenía el pelo castaño claro y más largo que en las fotos y la cara enrojecida por el sol, y una hendidura en la barbilla.
El 11 de mayo iba en un coche Mercury rojo por una carretera de Arkansas. El conductor que se fijó en él al adelantarlo dijo que tenía la nariz afilada y una oreja más saliente que la otra. Lo vieron en una aldea india en el desierto de Sonora, viviendo con una mujer muy joven y un niño de unos siete años. Pero también aparecía en una foto en la portada del New York Times, en un recorte enviado anónimamente al FBI: el alcalde de Nueva York recibe al de Toronto, y entre la gente del séquito que lo rodea hay una cara de nariz aguileña, pelo hacia atrás y gafas oscuras que es indudablemente la suya, según el testigo o el informador que ha dibujado con lápiz rojo un círculo en torno a la cara, que ha recortado la foto y la ha enviado por correo.
Lo vieron en un hotel de Columbus, Ohio, con un sombrero que casi le tapaba la cara y dos maletas, pagando por adelantado una noche. Estaba esperando un vuelo en la zona internacional del aeropuerto de Los Angeles. Era el fantasma errante de los aeropuertos y de las estaciones de autobús Greyhound, el aparecido de las cafeterías a deshoras y de los bares de los hoteles.
En el aeropuerto de Denver, a las diez y media de una noche de mayo, estaba sentado en una butaca de plástico, delante de un televisor encendido que no miraba, porque leía absorto un ejemplar de Life. Con un gesto furtivo cortó una página, la dobló y se la guardó en un bolsillo, y al marcharse de allí dejó la revista en el asiento. El artículo que había recortado era sobre el asesinato del presidente Kennedy.
Lo vieron en un autobús nocturno entre Huston y México D. F., en un drugstore a las afueras de Alliance, Ohio, en una barbería de Stanford, Florida. El 21 de abril llegó a una gasolinera en Pennsylvania conduciendo un Mustang azul y pidió permiso a los empleados para dormir unas horas en el coche, porque sin más remedio tenía que llegar al día siguiente a Chicago y no podía perder tiempo. Se le veía muy demacrado y vestido sin aseo.
El 5 de mayo una mujer lo vio rezando arrodillado en una iglesia de Tucson en la que no había nadie.
Había estado refugiado en una casita en las afueras de Kansas City y desde un aeropuerto cercano una avioneta lo había llevado a Belle Glade, en Florida, y desde allí a Cuba.
Estaba muerto y lo habían enterrado sumariamente cubriéndolo con piedras y basura en unas ruinas a las afueras de México D. F., según una carta anónima, enviada desde Canadá, que incluía un plano, en el cual el sitio del enterramiento estaba marcado por una cruz a lápiz.
El 17 de mayo llegó a una gasolinera de Oklahoma City conduciendo una camioneta Chevrolet blanca, con matrícula de Nuevo México. Vestía ropa informal, pantalones claros, zapatillas de tenis. Trabajaba de camarero en un bar gay de Los Angeles. Se hospedó una noche en el Woodland Motor Court en Thomasville, Georgia. Llegó en un Mustang blanco del 66 y su único equipaje era una bolsa de aseo, y al recepcionista le pareció huidizo y nervioso.
Estaba en Argentina y en Suiza, en el hotel Clark de Los Angeles, en el Carolina Motel en Columbia, South Carolina, en el Holiday Inn de Tucson, donde tenía una tos muy seca y parecía cansado, en un parque de caravanas en mitad de una zona boscosa en Arkansas, trabajando como botones en el Sun Castle Club de Pompano, Florida, haciendo autostop por una carretera solitaria de Georgia. A las 2.45 de la tarde del 29 de abril almorzaba en la barra de la Glenn’s Bakery and Coffee Shop de Crescent City, California. Llevaba una chaqueta sport a cuadros, una camisa blanca, pantalones grises, y parecía nervioso. Ocupaba un asiento en la última fila del avión en un vuelo de Nueva Orleans a Frankfurt. Se había dejado un bigote poblado y frecuentaba una tienda de artículos de pesca en Portland, Oregón. Viajaba en un autobús entre Palo Alto y San Francisco. Tenía canas en las sienes y le hacía falta un afeitado. Estaba muy moreno, aunque de una manera artificial, como si se hubiera puesto maquillaje, y se había dejado un bigote que parecía postizo.
Miraba la televisión en una sala de espera del aeropuerto de Portland. Iba en el último asiento de un Greyhound que salía de Tulsa, Oklahoma. Llevaba el pelo rapado y tenía los ojos marrones. Vestía un traje marrón, un suéter de lana marrón, una camisa azul. Le decía en voz baja a alguien que iba a su lado: «He matado a un hombre. Estoy en búsqueda y captura en cuarenta y ocho estados. Te lo puedo contar todo sobre ese negro, King. Hay veinte de nosotros comprometidos en esto. Pero como somos policías nadie puede sospechar de nosotros».
En un suburbio de Dallas llevaba en el Mustang blanco una pistola cargada y una metralleta, y en el asiento de atrás jadeaba con la lengua fuera un dóberman obediente y sanguinario. Se volvía violento cuando bebía y peroraba a gritos contra los negros, los judíos y los católicos.
En la cafetería de la estación Greyhound de Jackson, en Florida, hacia las tres de la madrugada, vestía una camisa negra y unos pantalones gris claro y estaba tomando pensativamente un refresco de naranja. Trabajaba de barman en un hotel de Monterrey. Era cocinero en un restaurante de playa en Isla Mujeres. Iba andando por el arcén de una carretera cerca de Phoenix, Arizona. Bebía solo acodado en la barra del Aztec Bar de El Paso. Conducía un Plymouth Fury del 67 descapotable.
Lo vieron el mismo día en Oaxaca y en un centro comercial de Cleveland. Antes de llegar a Isla Mujeres se había alojado en el hotel Isabella, de México D. F. Se había teñido el pelo de rubio y llevaba una pistola automática. Estuvo en Mérida, en Yucatán, y desde allí viajó a Nueva Orleans. En Nueva York, en el Oasis Bar, en la esquina de la Séptima Avenida y la calle Veintitrés, vestía un blazer azul y unos pantalones de lona. El camarero le preguntó en qué trabajaba y él dijo que era marino mercante.
Una mañana a primera hora salía de una sucursal bancaria en el centro de Ginebra, con una cartera de cuero bajo el brazo. En un bar de la zona portuaria de Sydney habló con él y lo reconoció un confidente de la policía australiana. Estaba en el aeropuerto de Seúl y en el de Hong Kong. En un parque de Taipéi, sentado a la sombra, delante de un estanque, moreno, con gafas de sol, echaba migas de pan a los patos. En el hotel Sheraton de Washington estaba entre el público que asistía a un congreso sobre enfermedades tropicales. No hablaba con nadie y no prestaba atención al ponente. Entre la gente vestida con tanta formalidad parecía fuera de lugar. Vestía una camisa abierta, beige o blanca y algo sucia, pantalones oscuros, zapatos negros. No llevaba calcetines.
Compraba los diarios y las revistas en el kiosco de la Praça do Rossio y se apresuraba camino del hotel. No vería nada a su alrededor. No se fijaría en los mosaicos de las aceras ni en las casas blancas y las fachadas y los muros de jardines de rosa desvaído que se escalonaban colina arriba hacia el castillo de San Jorge. Para que le durara algo más el poco dinero que tenía ya no se sentaba nunca en la terraza de la Pastelaria Suiça. Por la sombra de una calle lateral cruzaba de la Praça do Rossio a la de la Figueira. No reparaba en los vendedores de cosas menudas en las aceras, ni en los tullidos, ni en los grupos de negros que tomaban el sol, ni en las pequeñas casas de comidas de las que brotaban olores incomprensibles para él. Ya no se paraba a mirar el escaparate de la cerrajería que estaba enfrente del hotel Portugal. Pedía la llave de su habitación y no miraba a los ojos al recepcionista. Subía rápido las escaleras, sobre la alfombra pelada. Abría la puerta de la habitación y nada más entrar en ella la cerraba con llave y echaba el pestillo. La cama estaba recién hecha y olía a limpio pero no se fijaba.
Doblaba la almohada, se echaba en la cama sin quitarse los zapatos, aunque siempre tenía los pies doloridos, desde que anduvo durante seis días y seis noches al escapar de la prisión. Mientras revisaba uno por uno todos los periódicos y una página tras otra de principio a fin mordisqueaba cualquier cosa, pasteles con mucha crema, patatas fritas de bolsa, cacahuetes tostados. Masticaba y pasaba páginas, los ojos ávidos buscando, sin descuidar nada, porque a veces las informaciones más valiosas estaban en una esquina perdida.
Hojeaba el periódico portugués para ver la cartelera de cine y la información sobre llegadas y salidas de barcos. Algunas tardes fue al cine para estar solo y protegido en la oscuridad y para oír voces en inglés. Vio El planeta de los simios. Vio una película de mercenarios blancos en África que se titulaba Último tren a Katanga. Leía en voz alta nombres de barcos, puntos de destino, puertos de parada en las travesías. Moçambique, India, Beira, Sofala, Angola, Luanda, Patria, Infante Dom Henrique, Veracruz. Luego reconocía algunos de esos nombres en sus caminatas por los muelles, pintados en letras blancas en el costado de las proas. Leía de pronto sobre sí mismo con un sobresalto de miedo, luego con curiosidad, hasta con un impulso de secreta vanidad. Leía historias contadas con perfecta seriedad en diarios respetables y sin embargo tan infundadas y fantásticas como argumentos de novelas de espías. Expertos en manipulaciones químicas y subliminales lo habían programado y entrenado a él para que cometiera el asesinato y para que fuera dejando pistas falsas que sabotearan la búsqueda. Una organización llamada el Consejo Revolucionario Internacional, a la que pertenecía en secreto Martin Luther King, había planeado su muerte para desembarazarse de él y para desatar un levantamiento general de los negros.
Leía durante horas, en su cuarto del hotel Portugal, con las cortinas echadas, con el fondo de los rumores de Lisboa, con la trepidación periódica de los trenes del metro, la cara hundida en las hojas anchas de un periódico, frente al espejo de la cómoda en el que a veces se miraba, alzando los ojos, un desconocido, su único semejante, su confidente e interlocutor en el mundo, tan solo como Charlton Heston en el planeta Tierra del futuro, entre las hordas de monos que ahora lo dominaban. Leyó que quien había disparado la tarde del 4 de abril desde el cuarto de baño en la casa de huéspedes de Memphis no era en realidad un hombre sino una mujer disfrazada de hombre; que fue él quien disparó, pero en un trance hipnótico provocado por los psicólogos del FBI; que había actuado a sueldo de los servicios secretos de la China roja, interesada en provocar el caos social en Estados Unidos y en acelerar así el triunfo mundial del comunismo; que le habían pagado cincuenta mil dólares; que había escapado definitivamente al cerco del FBI y ya no lo encontrarían nunca; que después de cumplir el encargo del crimen lo habían eliminado para que no pudiera testificar contra los conspiradores en la sombra, que siempre quedarían impunes.
Buscaba con impaciencia morbosa, con una expectativa incrédula de impunidad, las noticias sobre su muerte posible, los rumores. En las alucinaciones de la soledad, de la fatiga y el insomnio, le daba miedo estar ya muerto y no haberlo sabido. Qué diferencia había entre estar muerto y la vida de letargo en suspenso que llevaba en Lisboa. Durante un año entero había sido Eric Starvo Galt y de un día para otro, en Toronto, la identidad a la que aludía ese nombre había dejado de existir. En Toronto, durante varios días, había vivido con dos nombres nuevos y distintos en dos casas de huéspedes, una de ellas regentada por una mujer polaca, la otra por una mujer china. Ninguna de las dos hablaba o entendía bien inglés. A una le dijo que se llamaba Paul Edward Bridgman. Para la otra era Ramon George Sneyd. Podía ser el cadáver en descomposición encontrado en el maletero de un Chevrolet Malibu aparcado junto al aeropuerto de Atlanta, bocabajo, los pantalones bajados hasta las rodillas, los bolsillos hacia fuera, con un tiro en la nuca; o el otro cadáver del que avisaba la carta anónima, mal enterrado en las ruinas de Cuicuilco, junto a una pirámide de mil cuatrocientos años de antigüedad, rodeada de lechos de lava.
Cualquier cadáver sin identificar podía ser el suyo. Lo encontraron al pie de una montaña de escoria en una zona minera de Pennsylvania, vestido sólo con un pantalón corto y una camiseta, con tres agujeros de bala en el tórax. Durante algún tiempo pareció que estaban seguros de haberlo encontrado en una playa de Acapulco, enterrado en la arena, golpeado, degollado. Porque los cangrejos que ya le habían comido los ojos habían picado también las yemas de los dedos no era posible tomarle las huellas dactilares. Una bolsa de plástico con arena empapada en sangre y en fluidos corporales fue recogida y enviada por avión al laboratorio del FBI.
Él era el protagonista misterioso, el hombre de paja, el chivo expiatorio, el asesino a sueldo, una pieza en un engranaje o en una malla que extendía sus hilos al asesinato en Dallas de John F. Kennedy, «una sofisticada máquina de matar» había dicho en un programa de la televisión un sujeto con ademanes de marica y voz aguda de enano, un escritor al parecer experto en crímenes: había una organización que entrenaba intensivamente a sus ejecutores y les lavaba el cerebro para que mataran uno tras otro a personajes públicos; parecía que estuviera hablando de las conspiraciones del doctor Julius No en la cámara acorazada de su refugio subterráneo en un islote del Caribe, con sus dos manos ortopédicas como pinzas de cangrejo; o de la red SPECTRA controlada por Ernst Stavro Blofeld desde su fortaleza inaccesible al filo de un acantilado en los Alpes.
Leía encerrado en la habitación y se mareaba de tanto leer y las palabras se le desvanecían en la penumbra creciente, las letras pequeñas impresas en el papel barato de los periódicos y las novelas de bolsillo. Declinaba la luz al final de la tarde y no encendía la lámpara de la mesa de noche. Leía apoyado incómodamente contra el cabecero de la cama, la almohada rígida doblada bajo la nuca, el cuello torcido. Dejaba de leer y se quedaba aletargado y las hojas sueltas de los periódicos se deslizaban hacia el suelo o crujían como hojarasca de maíz cuando se revolvía en la cama. Al adormecerse sin perder del todo la conciencia se le disgregaba el sentido del espacio y del tiempo. Estaba en la celda de la prisión estatal de Missouri y los clamores de la gente en la plaza cercana eran los que resonaban en las bóvedas altas y oscuras de las galerías, la campana de un tranvía cercano idéntica al ruido metálico de la puerta enrejada de una celda al cerrarse. Estaba en el New Rebel Motel, en las afueras de Memphis, la noche del 3 de abril, mientras el viento de un tornado agitaba como un oleaje las copas de los árboles y el crujido de los truenos hacía temblar los cristales frágiles de la ventana, contra la que golpeaba el granizo con una violencia seca y multiplicada de disparos. La habitación era la misma pero el nombre del motel o de la ciudad se confundían entre sí. El sobresalto de no saber disipaba la somnolencia como un timbrazo agudo. Estaba en la cama sucia de la pensión de Memphis que ni siquiera tenía nombre y se había quedado dormido, en el calor de la tarde, justo cuando más falta le hacía mantenerse despierto, atento al corredor descubierto del segundo piso del Lorraine Motel, justo encima de los coches aparcados, preparando el rifle, acostumbrando las manos a su tacto.
Soñaba eso a veces, que estaba en la habitación 5B y se echaba en la cama o en el sofá un momento y se quedaba dormido, y aunque quería despertar no lo lograba, y mientras tanto el otro, tan cerca, en el motel de enfrente, más allá de un terraplén lleno de malezas y basura, se asomaba al balcón y se apoyaba en la baranda en mangas de camisa, y luego entraba de nuevo en su habitación y desaparecía tras la puerta azul turquesa de la habitación 306 y la cortina echada sobre el gran ventanal. En el sueño, o en la imaginación vívida de su conciencia extenuada, él sabía lo que iba a pasar, unos minutos más tarde, un plazo muy breve pero no insuficiente si despertaba del todo, si actuaba con rapidez y determinación.
Por segunda vez la oportunidad se ofrecía. El hombre, la piel tan negra de su cara reluciente ahora de loción o colonia, aparecía de nuevo en el balcón, esta vez no en mangas de camisa, sino vestido con una chaqueta azul marino, con unos gemelos de oro en los puños muy blancos, relucientes en el sol rojizo de las seis de la tarde, que proyectaba su sombra contra la puerta de la habitación. Tenía que despertar del todo, que incorporarse rápido, que envolver el rifle en la colcha vieja robada en algún otro motel, que deslizarse sin ser visto al cuarto de baño, que cerrar la puerta, que apoyar el cañón del rifle en el marco de la ventana, que ajustar la mirilla, que apuntar no haciendo caso a los golpes que un huésped borracho daba en la puerta queriendo abrirla, que limpiarse en el pantalón el sudor de las manos para que no se le escurriera el metal del rifle y el que le corría por la frente y le llegaba a los ojos; tenía que apuntar bien y que ver claro acercando todavía más la imagen con los prismáticos, que separar bien las piernas para no perder el equilibrio en el interior resbaladizo de la bañera. Pero sobre todo tenía que despertarse, que romper el maleficio de la inmovilidad y el letargo y saber dónde estaba, en qué habitación de qué hotel de qué ciudad qué día de qué mes y qué año y a qué hora, frente a qué ventana o balcón, en Memphis, en Birmingham, en Puerto Vallarta, en Atlanta, en Acapulco, en Los Angeles, en Selma, en Montreal, en Toronto.
Abrió los ojos del todo incorporándose en la cama y la lucidez no lo libró de la incertidumbre porque la habitación estaba a oscuras. Un largo ruido estridente fue por un momento el de la reja de una celda; luego fue, con un golpe de alivio, el de la cortina metálica de la ferretería del otro lado de la Rua João das Regras, a la hora del cierre. Atraídos por ese reconocimiento vinieron, confirmándolo, los otros sonidos de Lisboa. Campanas de tranvías; voces de vendedores en la calle; la sintonía de un programa de televisión saliendo por una ventana abierta, junto al tintineo de los platos y los cubiertos en un comedor; la trepidación del metro; silbidos de vencejos; una voz oficial dando noticias en la radio; un jadeo de mujer en una habitación cercana pero no contigua; los periódicos en el suelo, crujiendo bajo sus pisadas.
Sin encender la luz fue al cuarto de baño a lavarse la cara. Miró con extrañeza sus propios rasgos borrosos en la penumbra del espejo. Mojó el peine y se repasó el pelo, corrigiendo la raya, curvando con cuidado la onda sobre la frente. Se ajustó el nudo demasiado estrecho y algo torcido de la corbata, que llevaba sin hacer de nuevo mucho tiempo. La cara que veía era la de las fotos policiales antiguas y mal impresas, la de los otros nombres que publicaban los periódicos y aparecían en letras grandes al pie de los carteles de busca y captura, o en las pantallas de televisión, los domingos por la noche, en el programa del FBI, donde él seguía ocupando cada semana el puesto número uno en la lista de los diez más buscados.
Se miró a los ojos aguantando sin parpadear durante más de un minuto. Cambiar la cara de un hombre es cambiar su destino. Contrajo los músculos en las esquinas de la boca hasta lograr la sonrisa exacta que tenía en la foto del pasaporte canadiense. Se puso las gafas y era de nuevo Ramon George Sneyd.
Ya era de noche cuando salió a la Rua João das Regras y cruzó en diagonal la Praça da Figueira en dirección al Rossio. No se había puesto la gabardina. Llevaba el revólver en el bolsillo de la chaqueta. Se miraba de soslayo en las ventanillas de los tranvías y en los espejos de los escaparates, tan despojado de sustancia como su propio reflejo, como su sombra, invisible e impune, atraído a distancia por los letreros de neón que ya estarían brillando por las esquinas, las calles estrechas, los arcos como túneles del Cais do Sodré.