Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 23 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 23

 

E N la prisión empezó a escribir, en la celda alumbrada por reflectores que no se apagaban ni de día ni de noche, con las ventanas enrejadas y tapiadas además con planchas blindadas de acero, en Memphis, en el edificio de los juzgados, recién devuelto a Estados Unidos, en un avión que despegó en secreto de Londres a medianoche, que llegó a un aeropuerto militar antes de que amaneciera.

El avión se detuvo en una pista alejada de la terminal y varios policías y un médico subieron a él. Le quitaron las esposas y le ordenaron que se desnudara por completo. Cuando lo hizo se quedó de pie entre ellos, con las gafas puestas, obediente y atónito. Lo volvieron a esposar mientras el médico lo examinaba. Tenía la carne pálida y reblandecida y había engordado en los últimos dos meses, en la cárcel de Londres donde lo mantuvieron recluido mientras se completaba el trámite de la extradición. Después del examen médico le dieron otra ropa distinta: una camisa a cuadros, un mono vaquero, unas sandalias de goma. De pronto pareció un granjero incongruente. Le pusieron encima un chaleco antibalas y le ajustaron las correas. Se dejaba hacer, manso y abstraído, la cabeza ladeada, los ojos en el suelo. El médico que lo examinó en el avión y siguió atendiéndolo luego en la cárcel dijo que no miraba a los ojos y que dejaba la cabeza caída hacia un lado como si el cuello no la sostuviera del todo.

En una caravana de furgones blindados y coches de policía lo llevaron del aeropuerto a los juzgados de Memphis por una carretera previamente cortada al tráfico. No pudo ver nada por la ventanilla ni tampoco luego por la ventana de la celda. Perdió muy pronto el sentido del tiempo. Empezó a escribir desde el primer día, todavía con las marcas de las esposas en las muñecas, en cuadernos de hojas amarillas rayadas. Al policía que lo custodiaba en la celda de Londres le había dicho que se haría rico escribiendo, que vendería a Hollywood los derechos cinematográficos de su historia.

En medio de la celda especialmente construida para custodiarlo, bajo la luz candente de los reflectores que no se apagaban nunca, escribía inclinado sobre una mesa metálica, durante horas, la cara muy cerca del papel, el brazo izquierdo abarcando el cuaderno, como para protegerlo de las miradas de los policías, o de los ojos de las cámaras de televisión repartidas por todos los ángulos. Echaba de menos su máquina de escribir portátil, el sonido de las teclas junto al balcón abierto en la habitación del hotel en Puerto Vallarta, sentado delante de una mesa baja, en pantalón corto y camiseta, con la brisa del mar en el balcón, trayendo los olores fuertes de los espetos de pescado que se tostaban en la playa, a la llegada de la noche, las hogueras como luciérnagas en la oscuridad. En la noche del 4 al 5 de abril, en algún momento del viaje de ocho horas entre Memphis y Atlanta, había parado el coche en un arcén y había tirado la máquina de escribir y el tomavistas a un pantano sobre el que brillaba la luna.

Escribía las letras inclinadas y separadas entre sí, fluidamente, con faltas de ortografía, sin tachar nunca, con un bolígrafo de punta fina, llenando las hojas enteras, de principio a fin, sin márgenes, por las dos caras. Escribía sudando bajo el calor de los focos, en un perpetuo día artificial sin relación alguna con el mundo exterior, del que ni siquiera le llegaban los sonidos, ahogados por el fragor de los ventiladores que estaban siempre en marcha, enormes y rugiendo como hélices de avión. En una de las paredes de la celda había un gran reloj, pero eso no le devolvía el sentido del tiempo, porque las agujas podían estar señalando una hora del día o de la noche.

Tenía mapas a su disposición, lápices, bolígrafos y recambios de tinta de diversos colores, una agenda del año anterior y otra del año en curso en las que rellenaba los huecos de los días anotando los hechos que recordaba, los lugares en los que había estado, los nombres de ciudades, dándole al tiempo, a los catorce meses de la huida, la claridad de un orden del que de otro modo habrían carecido.

Dibujaba croquis para acordarse de la disposición de las mesas en un bar o de las habitaciones y el cuarto de baño a lo largo del corredor de un motel. Se autohipnotizaba para visualizarse solo en la celda, suprimiendo las voces de los guardias armados que jugaban ruidosamente a las cartas o veían programas de deportes en la televisión, gritando como si estuvieran en la barra de un bar, rodeados de botellas de cerveza. Cerraba los ojos queriendo dormir y la luz se filtraba por la membrana demasiado fina de los párpados acentuando el dolor en los globos oculares y la presión sobre las sienes y la nuca de los huesos del cráneo. Se despertaba sangrando por la nariz. Brotaba la sangre de pronto y manchaba la hoja en la que estaba escribiendo. Le dieron permiso para tener a mano un rollo de papel higiénico. Tragaba sangre y sentía náuseas. No había un ángulo de la celda en el que no estuviera siendo observado por una de las cámaras de televisión, ni una mampara que cubriera el rincón del retrete. Un policía con la mano en el cinto de la pistola lo miraba tan sin parpadear como el objetivo de una cámara. El guardia si acaso apartaba un momento los ojos y se ponía con disimulo la mano delante de la nariz para disipar algo el olor. Al principio hasta recogían los orines y las heces para examinarlos en alguno de sus laboratorios. Guantes de goma, mascarillas, recipientes de plástico que cerraban herméticamente. Examinaban y probaban la comida antes de servírsela. Hasta le daban un primer sorbo al vaso de agua. Desenrollaban por completo el papel higiénico y lo enrollaban de nuevo antes de reponerlo. Miraban y tocaban los lápices, los cuadernos, la goma de borrar, el sacapuntas. Uno de ellos trajo un pequeño destornillador y le quitó al sacapuntas la hoja mínima de acero afilado.

Escribía alentado por el roce del bolígrafo sobre el papel, la presión de la punta sobre el espesor mullido de la pila de hojas, su tacto suave para el dorso de la mano, los nudillos, las yemas de los dedos. Escribía recordando con una precisión fotográfica que le ayudaba a confirmar los mapas y las agendas y los croquis de lugares que dibujaba, el plano de una habitación en la que había pasado una sola noche, la orientación de la casa de huéspedes en Memphis con respecto al Lorraine Motel. Escribía dejándose llevar por asociaciones de ideas o de imágenes y tenía que volver atrás para ajustarse a la cronología de los hechos. Intencionadamente dejaba espacios en blanco, eludía nombres que era preferible no decir, actos que mantendría siempre secretos. Algunas escenas las describía una y otra vez, en borradores sucesivos, queriendo lograr un máximo de fidelidad a los hechos, o al menos de cohesión interior. Otras cambiaban de un párrafo a otro. Releía lo escrito y al darse cuenta de las contradicciones tachaba tan enérgicamente que rasgaba el papel o rompía la hoja en pequeños pedazos y los tiraba a la papelera que le habían puesto a su lado.

 

Escribiendo se veía a sí mismo desde fuera, y muchas veces de espaldas. Se veía como en una película, como en una de las novelas que había estado leyendo durante la huida. De manera impremeditada empezó a deslizarse hacia la ficción. Organizaba series meticulosas de hechos comprobables e introducía en ellas, tentativamente, un dato ficticio, un nombre que aludía a alguien no exactamente inventado, porque tenía una base real, construida con pormenores muy ricos, pero que mezclaba rasgos de varias personas más o menos parecidas, o los envolvía en un retrato por completo arbitrario, hecho en parte de recuerdos y en parte de fabulaciones caprichosas y de cosas leídas en los libros.

Antes de emprender una misión los agentes secretos se encuentran con un superior o con un mensajero de cuya identidad no siempre están seguros pero que les da las instrucciones necesarias sobre la misión que han de cumplir. El jefe del espionaje británico al que obedece James Bond no tiene un nombre completo, sólo una inicial, M. Quizás antes de ponerse a escribir en la celda de Memphis con las chapas blindadas sobre las ventanas y las luces que no se apagaban nunca él ya había empezado a perfilar la figura del hombre al que llamó Raoul, o Roual, y del que siguió escribiendo y hablando durante muchos años, hasta el final de su vida, como quien elabora borradores sucesivos de una narración que no da por terminada nunca, que nunca llega a cuajar en una forma definitiva.

Raoul aparece y desaparece. Se llama Raoul unas veces y otras Roual. Tiene acento español y el pelo oscuro y ondulado. Otras veces el pelo sigue siendo negro pero con brillos rojizos, como si Raoul viniera de un origen mezclado, hispano e irlandés quizás, canadiense de origen francés. Aunque también es posible que se tiñera el pelo. Que se tiñera el pelo y que su nombre fuera falso. Tampoco él se llamaba de verdad Eric Starvo Galt y ése era el único nombre suyo que habría conocido Raoul. Pero años después, en otro recuerdo, Raoul es rubio, o castaño claro, el pelo de color arena.

Más allá de esos datos cambiantes hay una extraordinaria vaguedad descriptiva. Raoul es de estatura normal, ni alto ni bajo. No llama la atención por su delgadez, pero no está gordo, o no llega a saberse. Una vez él dijo reconocerlo en una fotografía: es corpulento, con el pelo negro y espeso, la cara grande, los rasgos carnosos. Resulta ser la foto de tres transeúntes tomada por casualidad en Dallas, en noviembre de 1963, cerca del lugar donde fue asesinado el presidente Kennedy.

Raoul puede estar vinculado al asesinato de Kennedy, al contrabando de armas a favor de los rebeldes anticastristas en Cuba. Raoul llevaba trajes oscuros y camisas, pero nunca corbatas. Aparte del posible acento hispano no se sabe nada sobre el sonido de su voz. Tampoco del color de sus ojos. Él aseguraba que lo tuvo muy cerca numerosas veces y habló con él y viajó con él durante largas horas en un coche y se reunió en bares y cafeterías y en varias habitaciones de hotel, pero nunca dio informaciones precisas que ayudaran a identificarlo. Es una cara sin rasgos, una silueta opaca que se perfila a contraluz, por primera vez en la barra de la Neptune Tavern, en Montreal, un día del verano de 1967.

 

Está solo, en una mesa apartada. Ya ha elegido llamarse Eric Starvo Galt y por primera vez en su vida viste un traje digno y una corbata y nota al frotarse las manos la suavidad reciente de la manicura. Ha atracado un supermercado o quizás un prostíbulo y busca la manera de conseguir un pasaporte o algún documento de identidad como marino que le permita seguir huyendo. Al cabo de los años habrá perfeccionado la historia hasta contarla en frases cortas aprendidas de las novelas policiales. Raoul ha estado observándolo con cierto disimulo desde la barra y al cabo de unos minutos se acerca a su mesa y se sienta frente a él. Alza la mano para pedirle una bebida al camarero.

Raoul parece envolverse a sí mismo en misterio, escribe él, en parte recordando y sin duda, en gran medida, inventando, corrigiendo versiones anteriores, orales o escritas. Raoul habla de una manera, con largos circunloquios, tanteando, explorando. «Su conversación derivaba como una niebla fría», escribe él, muchos años después, en otra celda, avejentado y enfermo, peinado todavía con una onda a la manera de los años sesenta, el pelo gris y ya muy clareado, tieso de fijador. Escribe que sospechó que Raoul podía ser un yonqui, porque llevaba siempre camisas de manga larga y chaquetas, como el que quiere ocultar marcas de agujas en los brazos.

De las palabras confusas que le dice Raoul él deduce que le está proponiendo algo, ofreciéndole algo a cambio, algo que él necesita más que nada, dinero para esconderse, un pasaporte. Él tiene un coche viejo. Raoul le propone que vaya conduciendo a la ciudad fronteriza de Windsor, y que lo espere allí, en una cierta calle apartada, cerca de la estación de autobuses. Raoul hace preguntas pero no las contesta. Él detiene su coche en el lugar indicado y espera. Unos minutos después aparece Raoul caminando por la acera con un paquete en la mano, envuelto en papel de regalo. Él baja la ventanilla y Raoul le entrega el paquete y le indica que lo guarde debajo del asiento.

Deberá ir hasta el paso fronterizo y encontrarse de nuevo con Raoul al otro lado, en territorio americano. Mientras conduce ve en el espejo retrovisor que un taxi lo sigue de cerca. Raoul viaja en el asiento trasero. Prefiere no preguntarse qué hay dentro del paquete. Después de pasar la aduana ya no ve el taxi en el que venía Raoul. Espera, según le ha sido indicado, en la cafetería de la estación de ferrocarril, en uno de los reservados que dan a la parte de atrás, a los retretes y la cocina y la salida de emergencia.

Desde el reservado puede vigilar la entrada. Tiene el paquete sobre las rodillas, disimulado bajo la mesa. Se distrae un momento y cuando vuelve a mirar Raoul está parado delante de él, tapándole la claridad de la entrada. Raoul tiene el don de las apariciones y las desapariciones bruscas. Se sienta frente a él y le reclama el paquete. Lo tapa con la gabardina ligera que traía bajo el brazo. Saca una cartera gastada y abultada de cuero y va contando despacio mil dólares en billetes de cincuenta y de veinte. Los billetes crujen y huelen a nuevo. Raoul le dice que viaje a Birmingham, Alabama, y que espere allí las instrucciones que le llegarán en una carta enviada a su nombre a la lista de Correos. No le dice, ni siquiera aproximadamente, cuánto tiempo ha de esperar, ni qué nueva tarea le será encomendada. Tan sólo que cuando termine satisfactoriamente ese trabajo, el que sea, recibirá doce mil dólares y un pasaporte, y podrá irse a donde quiera, «a cualquier sitio del mundo».

 

Es como un agente secreto enviado a cumplir una misión de la que por cautela ni él mismo sabe nada. Viaja en tren de Detroit a Birmingham. Llega una mañana temprano y alquila una habitación en un hotel cerca de la estación. Recuerda luego el nombre del hotel y traza una cruz para situarlo en el plano de Birmingham, donde también está marcada la casa de huéspedes a la que se trasladó después y el edificio de Correos en el que se presenta cada pocos días para preguntar si hay alguna carta a su nombre, Eric S. Galt.

La carta llega al cabo de varias semanas de espera. El nombre está escrito a máquina en el sobre, que no tiene remite. En el interior hay una hoja con una fecha, una hora, el nombre de un café, Starlight, al otro lado del edificio de Correos. Un poco antes de la hora indicada ronda por precaución los alrededores de la cafetería, con la curiosidad de ver llegar a Raoul, de saber si vendrá en coche, o en taxi, o a pie. Ha anochecido y no hay gente por la calle, ni tráfico. En la acera casi a oscuras brillan las luces fluorescentes de la cafetería, el letrero rojo intermitente que indica que permanece abierta las veinticuatro horas.

Se sienta al fondo de la barra y pide un café a la camarera hosca y fatigada, impaciente por que acabe su turno. Advierte que a su lado hay una taza de café, un azucarero, un periódico abierto. Se oye la descarga de una cisterna en la cafetería desierta y en la puerta del lavabo aparece Raoul.

Raoul toma el periódico y la taza de café y le indica que lo siga hasta un reservado. Esta vez cuenta tres mil dólares en dos fajos distintos. Los billetes son siempre de veinte y de cincuenta. Raoul los cuenta con la velocidad de un cajero, asegurándose con miradas de soslayo de que la camarera no los observa. Junto al dinero le traslada nuevas instrucciones enigmáticas: tiene que comprar un coche de segunda mano en buen estado, aunque no deberá gastar en él más de dos mil dólares; también una cámara de cine en Super 8 y un equipo de rodaje casero con indicaciones específicas, que le entrega en una hoja escrita a máquina. En una servilleta de papel con el nombre de la cafetería impreso en diagonal con letra cursiva anota un número de teléfono: le dice que es de Nueva Orleans, y que rompa la servilleta una vez esté seguro de sabérselo de memoria. Recibirá nuevas instrucciones por correo en el plazo de unas semanas, pero si ocurre algo, si se presenta una emergencia, deberá llamar a ese número. Raoul le da a entender que el siguiente paso será probablemente un viaje a Nueva Orleans. Se marcha antes que él de la cafetería, bruscamente, sin decirle adiós ni darle la mano, con su periódico doblado bajo el brazo. En octubre llega una carta citándolo para unos días más tarde en un motel de Nuevo Laredo, en México.

 

Al cabo de tantos años, en la eternidad monótona de la prisión, parece que los detalles se precisan en vez de borrarse, se depuran, se afilan, como la prosa en la que los cuenta, tan distinta de las marrullerías legales en las que sigue enredándose y queriendo enredar a otros con una obstinación exasperada, clamando su inocencia, sugiriendo conspiraciones en las que él siempre es una víctima, un chivo expiatorio, una pieza en una maquinaria criminal dirigida por poderes oscuros, el gobierno, las agencias de espionaje.

Él cumplía instrucciones y esperaba, escribe. Presentaba su nuevo carnet de conducir con el nombre de Eric S. Galt en una ventanilla de la oficina de Correos y sonreía brevemente y daba las gracias al funcionario que le decía que aún no había llegado nada para él. Cuando por fin llegó el sobre con las indicaciones necesarias, a principios de octubre, cargó la máquina de escribir y el equipo intacto de filmación en el Mustang y condujo casi sin descanso hasta Nueva Orleans, donde tenía que llamar por teléfono para saber el lugar y la hora de su cita con Raoul. Marcaba el número en una cabina y no había respuesta. No era prudente llamar dos veces desde la misma cabina. A la tercera o cuarta tentativa una voz contestó. Raoul había tenido que marcharse anticipadamente. Se encontraría con él en Nuevo Laredo. La voz dijo el nombre de un motel y una dirección y la llamada se cortó.

En el puesto fronterizo le dieron las indicaciones para llegar al motel. Apenas se había echado a descansar en la cama, exhausto tras cuatro días de viaje, llamaron a la puerta y era Raoul. Una vez más era evidente que había estado espiando su llegada. Le habló como si hubieran estado juntos unas horas antes. No le explicó nada ni le preguntó por su viaje ni por su vida durante los meses de espera. Raoul nunca pierde su consistencia huidiza de sombra. Un taxi en marcha estaba aparcado a la entrada del motel. Raoul subió a él y le ordenó que lo siguiera en el Mustang. Cruzaron de vuelta la frontera hacia Texas. Una vez pasada la aduana Raoul dejó el taxi y subió al Mustang con él.

Llegaron a una casa aislada, al final de una barriada polvorienta. Había un coche delante de la casa. El conductor mantuvo inmóvil su perfil de indio mientras Raoul abría el maletero, sacaba de él un neumático de repuesto y lo cambiaba por el que había en el maletero del Mustang. Viajaron de nuevo hasta llegar a la aduana. Allí Raoul se bajó del coche y cruzó a pie el puente fronterizo. Él obedecía, un agente cumpliendo una misión tan secreta que ni él mismo sabe nada de ella, un mercenario eficiente que no hacía preguntas. Detuvo el Mustang y vio en el retrovisor que Raoul venía hacia él, un sombrero sobre la cara, las mangas largas a pesar del calor. Raoul subió y le dijo que regresara al motel. En la puerta estaba el mismo coche de antes con el mismo conductor, enlutado y severo como el empleado de una funeraria, alerta y de perfil.

Raoul cambió de nuevo los neumáticos de repuesto de un maletero a otro. A la mañana siguiente vino a su habitación y le dio dos mil dólares. Los billetes eran tan nuevos que tenían un olor poderoso a tinta y resbalaban entre los dedos. Él le preguntó a Raoul que cuándo le daría por fin el pasaporte prometido. Raoul lo miró como si no entendiera al principio, como si le costara aceptar que se le había hecho una pregunta. En la puerta de la habitación apareció silenciosamente el otro hombre, el conductor enlutado con su cara de indio. Supo en ese momento o imaginó mucho después que había intuido que el conductor tenía una pistola y había estado a punto de dispararle a quemarropa. Raoul le dijo que tuviera paciencia; que quizás le convenía quedarse en México algún tiempo; que llamara de vez en cuando al número de teléfono de Nueva Orleans.

 

La historia ahora ha cobrado una dirección, todavía velada; los días indolentes de México se revelan como un preparativo de algo, el punto de inflexión que anticipa la curva de un regreso donde antes estuvo sólo la flecha de la huida. El que imaginó que podría quedarse para siempre en Puerto Vallarta, sesteando en una choza de penumbra fresca junto al mar, viendo pasar a lo lejos, en el horizonte de la bahía, las jorobas como islas coronadas de géiseres de las ballenas, viaja hacia el norte a mediados de noviembre, conduciendo el Mustang de un amarillo casi blanco con matrícula de Alabama, y alquila una habitación en un hotel para jubilados y paralíticos en Los Angeles, en la periferia sórdida de Hollywood Boulevard.

Al cabo de unas semanas el dinero se le está acabando: ha de pagar el hotel, la escuela de hostelería, los cursos de baile, el de cerrajería por correspondencia. Llama al teléfono que le dejó anotado Raoul en una servilleta del Starlight Café. Alguien que no es Raoul, tal vez el conductor con cara y ropa de luto, le dice que tenga paciencia, que vaya cada dos o tres días a la oficina de Correos, donde en el momento oportuno le llegará una carta con instrucciones. Debajo de la falsa vida visible en la que es un impostor dócilmente dedicado a memorizar recetas de cócteles y pasos de rumba hay esa trama de tiempos muertos de espera, llamadas, cartas a máquina sin firma en las que se le ordena emprender viajes y acudir a citas.

La curva del regreso empieza a cerrarse tentativamente cuando conduce hasta Nueva Orleans en diciembre, con el pretexto o la tapadera de recoger a las hijas de esa conocida suya que es bailarina de striptease, en compañía del lunático que fuma porros e invoca a la Madre Tierra y ve de noche platillos voladores en los cielos del desierto. En una taberna honda y sombría, el Bunny Lounge, en la esquina de Canal Street y Charles Avenue, dice que lo estaba esperando Raoul, sentado en una mesa apartada, delante de una cerveza. Inventaba esas escenas como si las viera en una película, como en una novela de James Bond en la que se detallan las marcas de cada uno de los objetos que llevan o usan los personajes.

Raoul tiene esta vez una propuesta más clara y más tentadora que hacerle: si participa junto a él en una operación de contrabando de armas con México recibirá doce mil dólares y ese pasaporte que le preocupa tanto. Cuando él le pregunta si debe seguir guardando el equipo de filmación Raoul parece que no se acuerda, y luego se encoge de hombros. Le da dinero, no mucho esta vez, quinientos dólares. A principios de abril, quizás antes, en la tercera o cuarta semana de marzo, recibirá un aviso para venir otra vez a Nueva Orleans, a este mismo bar, a la misma mesa. La cerveza de Raoul se ha quedado sin espuma y él no le ha dado ni un sorbo. El camarero no se ha acercado en ningún momento.

 

Él no es un conspirador, y menos aún un asesino, escribe, argumenta. Si es un espía no sabe qué está espiando ni a favor de quién. En la narración que va perfeccionando a lo largo de los años es un sonámbulo que obedece las instrucciones de otros, un fugitivo que continúa huyendo aunque es probable que nadie lo persiga, como hipnotizado desde lejos, un inocente que poco a poco se va acercando a la trampa que otros han previsto y urdido para él, entretenido mientras tanto en ocupaciones y aprendizajes que no dan ningún resultado: no llega a hacer películas pornográficas, ni termina el curso de cerrajería por correspondencia, y abandona la academia de baile de un día para otro; con un esmoquin alquilado y una pajarita torcida recibe su título de barman, pero no consigue ningún empleo, y cuando le ofrecen uno lo rechaza, diciendo lo que dice casi siempre cuando ha de marcharse de algún sitio, que lo han contratado como oficial o como maquinista en un buque de carga que hace la ruta del Mississippi.

A mediados de marzo interrumpe su vida en Los Angeles. Deja de acudir al psiquiatra que lo estaba tratando; no vuelve para la última cura a la clínica de cirugía estética en la que se ha operado la nariz. Ha llegado la señal, la llamada. En la oficina de Correos ha enseñado su carnet de conducir a nombre de Eric S. Galt y el empleado no ha levantado ni siquiera los ojos para comprobar el parecido. El nombre ya se ha vuelto tan suyo como si lo hubiera llevado desde el nacimiento; lo dice con toda naturalidad, sin un instante de vacilación; lo escribe a máquina en el encabezamiento de una carta, o al final, debajo de la firma, que es lo más difícil de todo, trazar la misma rúbrica siempre. Ha guardado la carta en el bolsillo de la chaqueta y sólo la ha abierto al salir a la calle, en la claridad de la mañana, después de ponerse las gafas de sol.

 

El momento de lo que sea ha llegado. Paga la cuenta en el hotel y carga su equipaje escaso en el Mustang. La máquina de escribir, la Polaroid, la cámara de Super 8, la ropa recién recogida de la lavandería, la radio diminuta, el televisor portátil. Conduce hasta Nueva Orleans por el mismo camino que había seguido en diciembre, guiándose con la ayuda de los mapas marcados con anotaciones; solo esta vez, durante varios días, durmiendo en el coche, subiendo el volumen de la música o de las voces en la radio para no quedarse dormido, hablando en voz alta, la voz ronca y rara después de días enteros de silencio.

En Nueva Orleans el Bunny Lounge está tan vacío como la otra vez y Raoul no se presenta. Lo espera dos horas y luego llama por teléfono desde una cabina en la calle. Una voz que no parece la misma de otras veces le indica que hubo un cambio de planes. Ahora donde lo espera Raoul es en Birmingham, en el mismo sitio del año pasado, el Starlight o Starlite Café, frente a la oficina de Correos. La flecha de la huida ahora da la vuelta sobre el gran mapa de América para completar el círculo de un regreso.

La presencia de Raoul está cada vez más despojada de detalles y de explicaciones. Se encuentra con él en Birmingham, por la mañana, en contra de lo habitual, la mañana del 23 de marzo. Raoul le pide que lo lleve a Atlanta, unas tres horas de viaje en línea recta hacia el este. No le dice por qué motivo no lo ha citado directamente en Atlanta. Sobre lo que hablaran durante el trayecto no sabemos nada. Él conduciendo, y Raoul a su lado, en una actitud que excluía de antemano cualquier pregunta, una figura casi sin rasgos, sin historia, sólo ese nombre propio de ortografía insegura, Raoul, Roual.

 

En Atlanta Raoul le dice que se busque un alojamiento para una o dos semanas. La operación de contrabando de armas deberá ir tomando forma despacio, con muchas cautelas, siguiendo pasos muy medidos. El dueño de la casa de huéspedes donde se instala lleva diez días borracho y busca sin éxito el libro de registro entre el desorden de la habitación trastera que le sirve de oficina. Lo único que recordará luego, cuando le pregunten, es que le extrañó mucho lo bien vestido que iba el huésped, en aquel vecindario de drogadictos, borrachos y mendigos. Pero no recordará al otro hombre que al parecer venía con él. Lo había visto siempre solo, pero no podía estar seguro, con aquella borrachera que duraba y duraba. Lo veía solo, vestido de oscuro, con una maleta en la mano, con camisa blanca y corbata, desenfocado en la bruma del alcohol.

Nadie recordará nunca haber visto a Raoul, en ninguno de los lugares en los que él dice que estuvieron juntos. Si acaso lo recuerdan a él, pero no al otro. Ningún camarero del Starlight Café o del Bunny Lounge, ningún recepcionista, ningún huésped. No dejó rastro en ningún libro de registro. Pero nada de eso prueba que Raoul no existiera, sugiere él: al contrario, la falta de indicios de su existencia es la prueba máxima de su astucia, de la perfección de la conjura.

Es en una cafetería de Atlanta donde Raoul le revela el próximo paso, le da la orden que conducirá directamente a su ruina, al cierre de la trampa. La orden implica de nuevo un desplazamiento y la compra de algo. Tiene que volver a Birmingham. Tiene que comprar un rifle de caza mayor con mira telescópica, siguiendo exactamente las indicaciones técnicas que se le requieran. Una vez comprado el rifle tiene que continuar viaje hacia el norte, a Memphis. En los alrededores de Memphis buscará el New Rebel Motel y alquilará una habitación y esperará en ella.

 

Es la noche del miércoles 3 de abril y está diluviando. En la radio han dado la alerta de que se acercaba un tornado. Él se ha registrado bajo el nombre de Galt y espera en su habitación. La maleta está en el suelo sin abrir, porque no sabe cuánto tiempo se quedará en el motel, ni siquiera si pasará aquí la noche. Junto a la maleta, en una caja alargada de cartón que él no ha abierto, está el rifle. Al despedirse de él en Atlanta Raoul le dijo que iba a pasar unos días en Nueva Orleans, ultimando detalles de la operación de tráfico de armas.

Él espera, escuchando la radio, leyendo alguna novela, su manual de hipnotismo o de cerrajería, hojeando el periódico. (Compraba periódicos todos los días, devoraba revistas semanales y mensuales, seguía las noticias en la radio y en la televisión, pero dijo que no se había enterado de que había una huelga de trabajadores de la limpieza en Memphis, o de que Martin Luther King hubiera llegado a la ciudad esa misma mañana. Dijo que no sabía quién era Martin Luther King.) Entre el fragor de la lluvia y el viento tardó en oír los golpes en la puerta de la habitación. Abrió y era Raoul. Impúdicamente inventaba el recuerdo como una aparición de cine en blanco y negro. Chorreando, escribió, vestido con una gabardina. Parecía un espía de Hollywood.

Raoul examina con una mirada la habitación y ve en seguida la caja del rifle. Aunque está muy oscuro afuera y sigue diluviando, cierra del todo la cortina. Abre la caja y saca el rifle. Sentado en la cama, a la luz de la mesa de noche, lo revisa con cuidado, apoyándolo sobre las rodillas: el ajuste de la mira telescópica, el cargador, el tacto bruñido de la culata de madera, el gatillo. No lleva guantes pero después no se encontrarán huellas dactilares que puedan ser suyas. Parece satisfecho, a su manera siempre un poco vaga. Devuelve el rifle a la caja de cartón y se dispone a marcharse. Él no recuerda haber oído el motor de un coche antes de la llamada de Raoul a la puerta. Raoul le dice que al día siguiente se cerrará por fin el negocio. Los doce mil dólares prometidos, el pasaporte, se los entregará entonces.

 

Sólo le queda por cumplir una tarea más, dice Raoul, tendiéndole una hoja de papel en la que hay algo escrito: alquilará mañana, a las tres de la tarde, una habitación en la South Main Street de Memphis, cerca del río, en una casa de huéspedes situada en el número 422, muy cerca de la esquina, encima de un bar que se llama Jim’s Grill. No tiene pérdida: el letrero del Jim’s Grill está siempre encendido. A continuación Raoul desaparece del relato, como si se alejara en la oscuridad de la noche lluviosa, más allá de las luces del New Rebel Motel. En algunas versiones se lleva el rifle consigo.

 

En la narración del día siguiente hay un aire casi de indolencia. La mañana es apacible y diáfana después de la noche entera de tormenta. Él se levanta sin prisa, paga la cuenta del motel. Conduce hacia el centro de Memphis, sin apuro todavía por encontrar la dirección que Raoul le indicó, porque tiene unas cuantas horas por delante. Se familiariza poco a poco con el trazado de la ciudad, donde no había estado nunca.

Conduciendo hacia el oeste llega por azar a la orilla del Mississippi. Ha comprado un periódico, el Memphis Commercial Appeal. Lo lee mientras desayuna al sol, en la terraza de un café. Mira la corriente apaciguada y poderosa del río, el horizonte de los bosques de Arkansas, el gran puente de hierro. En la primera página del periódico no ve la información sobre la presencia en la ciudad de Martin Luther King ni la foto en la que está apoyado en una barandilla del Lorraine Motel, delante de una puerta con un número bien visible, 306.

Luego encuentra South Main Street y conduce despacio mirando los números de las casas, que aumentan según la calle se va volviendo más deteriorada, con portales sucios, con edificios de almacenes y fábricas, algunos abandonados, con solares de aparcamientos protegidos por vallas de alambre, con letreros de casas de empeños y tiendas de licores, el paisaje idéntico que acaba encontrando en todas las ciudades a las que llega, muchos negros por las aceras, agrupados en las esquinas, blancos borrachos tirados junto a los zaguanes, durmiendo encogidos sobre cajas de cartón, despatarrados algunos, con zapatos sin cordones, roncando bocarriba.

Entró en una taberna a preguntar y le extrañó ver a dos hombres bien aseados, con trajes y corbatas, incongruentes entre los bebedores abatidos y sucios, mirando hacia él. Anduvo un rato perdido. Cuando por fin encontró el Jim’s Grill vio al fondo de la barra a los dos hombres con trajes de la taberna anterior. Esas dos figuras surgen y desaparecen en sus relatos sucesivos, detalles secundarios que se olvidan o que por un momento parecieron prometedores y luego se descartan por su irrelevancia, o se modifican: algunas veces no hay dos posibles sabuesos, sino uno solo; alguna vez los dos visten traje y corbata, o uno de ellos lleva traje oscuro y otro algún tipo de uniforme, quizás una chaqueta galonada de marino mercante.

Dejó el coche junto a la acera y subió a la casa de huéspedes por una escalera en la que la palabra rooms estaba escrita en letras blancas en cada uno de los peldaños. Alquiló una habitación pagando una semana por adelantado, según le había indicado Raoul. El nombre que dio al inscribirse era John Willard.

Cuando baja al Jim’s Grill para tomar algo Raoul está acodado en la barra y los dos hombres habían desaparecido. Suben juntos a la habitación. Se sientan, esperando algo que él no sabe lo que es. Raoul lleva una radio pequeña o quizás un walkie talkie en el bolsillo de la chaqueta. Dice que puede que tengan que quedarse en ese lugar varios días. Quizás lo que está esperando es la llegada de los compradores o los contactos mexicanos en la operación de contrabando de armas. Le pide a él que vaya a una armería próxima a comprar unos prismáticos equipados con lentes infrarrojos.

Son las cuatro de la tarde cuando él sale a la calle y sube al Mustang, respirando con alivio un aire menos viciado que el del interior de la casa de huéspedes. Todo es vago en el relato, aproximado, hecho de hilos que no llevan a nada, de comienzos falsos y espacios en blanco. Da vueltas en el coche sin encontrar la armería y vuelve a la casa de huéspedes para preguntarle de nuevo la dirección a Raoul. Cuando la encuentra, resulta que no disponen en ella de prismáticos con lentes infrarrojos. Compra unos normales que están en oferta y que ha visto en el escaparate. Sube con ellos a la habitación y Raoul está solo todavía.

Ahora Raoul le dice que no va a necesitarlo durante las próximas horas. Mejor se da una vuelta por ahí, toma algo. Igual puede distraerse en un cine, le dice. Él sale de nuevo de la casa de huéspedes y se sienta un rato en el coche aparcado, pensando qué hacer, en la tarde ahora perezosa y vacante. De nuevo aquí los borradores cambian a lo largo de los años, la memoria debilitada por el tiempo, confusa por el hábito de la ficción, lo inventado ya indistinguible del recuerdo. Entró al Jim’s Grill y tomó una hamburguesa y una coca-cola, y decidió que iría a cambiar un neumático a una gasolinera cercana. No entró al Jim’s Grill sino que condujo, siguiendo South Main, hasta llegar al hotel Chisca, donde tomó un helado en la barra de la cafetería. Se fijó en que la camarera negra y muy joven que le servía probablemente era novata, porque se equivocaba mucho y tenía que pedir ayuda al encargado.

En otras versiones toma un sándwich en un restaurante barato que se llamaba Chickasaw. Tampoco identifica con seguridad la gasolinera en la que fue a que le cambiaran o le repararan el neumático, y unas veces lo atienden y se acuerda de la cara del mecánico y otras hay mucha gente y se marcha sin que le presten atención.

Hacia las seis, ya declinando la tarde, vuelve hacia la casa de huéspedes y aparca junto al Jim’s Grill, sin moverse del coche. Un ruido seco, como un disparo o un petardo, lo alerta, sin llegar a alarmarlo. Un momento después, en el espejo lateral, ve a Raoul que viene hacia él, apresurando el paso por la acera, con una maleta y un lío de cosas en la mano, una manta o una colcha de la que sobresale el cañón de un rifle. Ve a Raoul que suelta el paquete en el suelo, que abre la puerta trasera del Mustang y entra en él y le ordena que arranque y se hunde en el asiento tapándose la cabeza con una sábana blanca. Él acelera por ese vecindario más deteriorado a cada esquina y empieza a oír sirenas todavía lejanas. Desde el asiento posterior en el que continúa escondido Raoul le dice que se detenga en el próximo semáforo. Raoul sale del Mustang dando un portazo y él acelera y dobla una esquina y ya no puede verlo en el retrovisor y no vuelve a verlo nunca.

 

En la otra versión él no llega a aparcar de nuevo el Mustang delante del Jim’s Grill, ni tampoco a ver a Raoul. El final es todavía más abrupto, un borrador al que se le han dado muchas vueltas pero que no llega a resolverse. Hacia las seis de la tarde vuelve conduciendo desahogadamente por South Main y muy cerca ya de la casa de huéspedes ve un coche de policía atravesado en la calle, con todas las luces giratorias encendidas.

Quizás la cita con los contrabandistas de armas mexicanos era una trampa y Raoul un chivato. Quizás algo ha salido mal en el trato y ha habido un tiroteo. Gira a la derecha en una calle lateral y busca la salida de Memphis. Es un fugitivo y si lo atrapan lo encerrarán de nuevo hasta que termine de cumplir su condena de veinte años. La pereza demorada del día de pronto se convierte en urgencia y en pánico. Las sirenas parecen venir simultáneamente de los cuatro puntos cardinales.

Conduce hacia el sur, a lo largo del río, queriendo cruzar cuanto antes la frontera de Mississippi. Conecta la radio y sólo entonces se entera del crimen, pero tarda unos minutos en comprender el papel que sin él saberlo le ha sido asignado, la clave de la conjura que a lo largo de un año se ha ido tejiendo en torno a él, esa revelación súbita que llega en las páginas finales de una novela. Voces alteradas repiten en la radio cada pocos minutos la alerta, anuncian el objetivo predestinado de la cacería: un hombre blanco, de unos treinta y cinco o cuarenta años, con el pelo castaño, con un traje oscuro, conduciendo un Mustang blanco de 1966, con matrícula de Alabama.

Viajará toda la noche por carreteras apartadas, en dirección a Atlanta, deteniéndose sólo una vez para echar gasolina: en su relato es el hombre inocente que se ve señalado y perseguido por el crimen de otros, el que ha de buscar a los culpables y desbaratar su conjura al mismo tiempo que no deja de huir. A la mañana siguiente toma un autobús en Atlanta y se queda dormido en el camino hacia el norte, recostado en el asiento, sin quitarse las gafas de sol. A la una y media de la madrugada el autobús llega a la estación de Cincinnati. Hasta dos horas después no sale el siguiente autobús hacia Detroit. Para no quedarse en la estación desierta y casi a oscuras echa a andar por una calle hasta que encuentra el letrero encendido de una taberna.

Por la ventanilla trasera del autobús que se aleja de la ciudad ve después resplandores de incendios. Columnas de camiones militares avanzan en dirección contraria. Soldados muy jóvenes, ateridos de frío, miran con caras asustadas a los pasajeros del autobús. En los cruces de carreteras hay vehículos policiales con todas las luces encendidas y guardias con chalecos antibalas, cascos de acero y fusiles automáticos.

Él se queda dormido y cuando abre de nuevo los ojos, con la sensación alarmante de que ha pasado mucho tiempo y de no saber dónde está, ya ha empezado a clarear. Al fondo de la carretera recta, en la luz azulada, se ven grandes hogueras y columnas de humo sobre los tejados de Detroit. La ciudad huele a cenizas húmedas y a neumáticos quemados. El mismo titular con letras muy grandes y la misma cara están en las portadas de todos los periódicos, que ondean como ropa tendida en la claridad fresca de la mañana.

En una barbería soleada y recién abierta él se corta el pelo y se da un afeitado. El peluquero es un viejo de manos expertas y un poco temblorosas que tiene puesta la radio pero no parece prestarle atención. Siguen buscando al conductor del Mustang blanco, blanco amarillento más bien, con matrícula de Alabama. Él ha roto el cerco, casi, se ha revelado contra su papel de culpable, de chivo expiatorio. Cruza en un taxi la frontera de Canadá. Toma un tren y vuelve a quedarse aletargado o dormido. A las cinco de la tarde del sábado 6 de abril, llevando una bolsa de viaje y un periódico bajo el brazo, sale de la estación en Toronto y echa a andar sin rumbo. El punto más lejano del mapa al que llega en la huida, un mes y dos días después, es Lisboa. La novela de Raoul no se completa nunca.