Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 3 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 3

 

F UI por primera vez a Lisboa a principios de enero de 1987 porque estaba escribiendo una novela que en parte sucedía allí. Yo no me daba cuenta de lo joven que era. Pensaba que no era joven y que mi vida ya estaba hecha y nada podría cambiar mucho en el porvenir: treinta años, casi treinta y uno, casado, con un hijo y a la espera de otro, una escritura de propiedad a mi nombre y una hipoteca que terminaría de pagarse al comienzo del próximo siglo, una plaza fija de funcionario. Debajo de una superficie tranquila mi vida era una yuxtaposición sin orden de vidas fragmentarias, un sinvivir de deseos frustrados, de piezas dispersas que no cuadraban. Una gran parte de lo que hacía me era ajeno. Lo que yo era por dentro y lo que me importaba de verdad permanecía oculto para la mayoría de las personas que trataban conmigo. Por pereza, por la pura inercia de las coacciones exteriores, llevaba años instalado en la conformidad y en el disgusto, en la sensación de habitar mundos transitorios y muy separados entre sí, ninguno de los cuales era del todo el mío. Era funcionario, porque no había encontrado otra forma de ganarme la vida, pero también, o en realidad, era escritor, aunque no se me ocurría usar con naturalidad la palabra. Oír a alguien llamarse a sí mismo escritor me sonaba tan embarazoso como oírlo llamarse poeta. ¿Cómo puede estar uno seguro de ser un poeta? Yo era funcionario por oposición, pero eso tampoco me hacía sentir que formara parte del mundo al que pertenecían tan apaciblemente mis compañeros de oficina. Era uno de ellos porque una gran parte de mi vida transcurría en aquel lugar, y porque me trataban con afecto, pero también veían en mí una rareza, porque escribía artículos en el periódico y había publicado una novela, y porque mi trabajo diario tenía que ver sobre todo con gente rara y casi siempre forastera, que solía vestirse de una manera llamativa o excéntrica, artistas, músicos, actores de teatro, intrusos en aquellas oficinas municipales donde yo los recibía. Pero también estaba claro que para esos artistas, que casi nunca sabían nada de mi dedicación a la literatura, yo era un funcionario, instalado detrás de mi mesa metálica, ajeno a ellos en mi sedentarismo y en la formalidad de mi trabajo y de mi apariencia.

 

Llevaba una vida en la oficina y otra vida fuera de ella, igual de fragmentada. Estaba casado pero mi mujer tenía su trabajo en otra ciudad y nos veíamos los fines de semana. De viernes por la tarde a domingo por la noche estaba casado y tenía un hijo y de lunes a viernes vivía solo. Tomaba un autobús el viernes por la tarde y en poco más de una hora había llegado a mi otra existencia. Si era mi mujer la que había venido conduciendo a Granada, con el niño en el asiento de atrás, la vida en común y la paternidad se interrumpían para mí el lunes por la mañana temprano. El piso al que regresaba por la tarde ya era el de un solitario. Los viernes, cuando le tocaba venir a ella, yo pasaba una o dos horas limpiando, queriendo corregir el desorden masculinamente acumulado durante varios días. Había un mareo de tránsito de un mundo a otro, de la soledad a la compañía y de los fantasmas a las presencias reales. La misma casa era otra. Subido a mis brazos el niño se apretaba al llegar contra mí, su cara redonda muy pegada a la mía, sus piernas atrapándome.

 

También la ciudad cambiaba en esos dos o tres días: se volvía matinal y serena, y en ella anochecía mucho antes; en su topografía no predominaban los bares nocturnos sino los paseos con columpios, los supermercados y las pastelerías; los despertares tempranos olían a polvos de talco y a sudor y colonia infantil, no a resaca ni a ceniza de tabaco enfriada; en vez de Billie Holiday o John Coltrane o Tete Montoliu, en el equipo de música sonaban canciones de series de dibujos animados. Los fines de semana apenas existía la literatura.

 

Casi no había contacto entre mis mundos segregados. Los habitantes de cada uno no se mezclaban con los de los otros, y en muchos casos hasta desconocían mutuamente su existencia. Yo mismo me podía instalar tan completamente en cualquiera de mis vidas que las otras se me desdibujaban sin dificultad, o se quedaban en suspenso, me parecía a mí, en espera de que yo regresara a ellas, como una casa que se mantiene intacta durante la ausencia del dueño. No siempre sentía la tensión secreta del impostor, aunque tampoco conociera nunca el confort de la pertenencia. El título de una novela de Patricia Highsmith resumía mi vida: El temblor de la falsificación. A veces iba por la calle con mi mujer y mi hijo y veía de lejos a un habitante de mi mundo de lunes a viernes o de la noche y no del día y cambiaba de acera o tomaba un desvío para no encontrármelo. Me quedaba hasta las tres o las cuatro de la madrugada bebiendo en un bar lleno de humo con literatos o músicos o flamencos, y a las ocho y cinco de la mañana había fichado en el Ayuntamiento y fingía prestar atención a las conversaciones de mis compañeros, a esa hora confortable en que las oficinas no estaban abiertas todavía al público. Me aburría lo previsible y lo cerrado de la vida en Granada, pero cuando iba a Madrid me daba vértigo y miedo y tomaba con inconfesable alivio el tren de regreso. Cuando estaba solo salía a los bares casi todas las noches. En esa época, los años ochenta, parecía que algo radiante y definitivo estaba a punto de suceder cada noche en los bares, un encuentro o una revelación, una aventura que le cambiaría a uno la vida, con sólo que aguantara hasta más tarde y siguiera bebiendo, más aún si aparte de alcohol tomaba hachís y cocaína y fumaba hasta que le dolieran los pulmones. Pero casi siempre había una parte de mí que se mantenía reservada y alerta, y no me permitía abandonarme a la celebración o a la borrachera, ni a la beatitud risueña y un poco idiota del cannabis, un filo de escepticismo hacia lo que estaba viviendo, como si lo viese desde fuera. Miraba furtivamente el reloj calculando las horas que podría dormir antes de que el despertador sonara a las siete; notaba el mareo, ese principio de náusea y ese regusto crudo del alcohol que desacredita la borrachera aunque no la disipe y permanecerá en el paladar y en el aliento cuando uno se mire en el espejo por la mañana. Me gustaban esos momentos de resplandor tenebroso de las juergas flamencas en los que ya no se sabe qué hora es y todo parece reflejado o sumergido en un cristal turbio, en una claridad convulsa de luces de aceite, cuando los zapateos y las palmas retumbaban directamente en las sienes y parecía que se desgarraban las gargantas de los cantaores, en una claustrofobia de tabernas cerradas y borracheras primitivas de aguardiente y coñac.

Pero llegado a un cierto punto lo que yo quería era irme a mi casa, salir a la calle oscura y respirar el aire limpio y frío, quedarme en silencio. Hubo una noche, a últimos de septiembre, todavía con la tibieza del verano, después de un recital flamenco en la plaza de Bib-Rambla. Había empezado el curso y yo vivía solo de nuevo, después de la larga temporada conyugal y paternal de las vacaciones. El cantaor, con una cara aguileña y severa, entre de gitano y de sioux, era amigo mío. Yo había trabajado en el montaje del concierto y le había traído un sobre oficial que contenía el pago en efectivo. Le di el sobre, miró el dinero sin contarlo y me firmó el recibo. Veinticinco mil pesetas. Lo gastó todo esa noche. Las veinticinco mil pesetas se le fueron a lo largo de la noche invitando a una cuadrilla de amigos, parientes, palmeros, colegas, conocidos y parásitos, en la que yo también me vi incluido, de bar en bar por los callejones y las plazuelas del barrio del Realejo y luego del Albaicín, por tabernas secretas en edificios a oscuras donde había que llamar de una cierta manera para que se abriese la puerta. Provisiones inagotables de hachís circulaban entre los dedos expertos de los flamencos y sus allegados, que desmigaban velozmente las tabletas olorosas sobre hojas de papel de fumar con hebras sueltas de tabaco rubio.

Iba dando traspiés sobre los empedrados del Albaicín y pensaba con angustia que si me quedaba rezagado y me perdía por los callejones no encontraría nunca la salida de aquel laberinto. Una o dos de las mujeres del grupo me gustaban mucho, y entre la niebla de la borrachera doble de alcohol y hachís pensaba que había algo insuficiente o vergonzoso en mí que me vedaba el cumplimiento del deseo. Me dejaba llevar y me disgregaba entre los otros y en la felicidad de las rachas de música, pero una parte de mí se quedaba lejos y al margen, ajena, desleal. En la cohorte de aquella noche iba un chamarilero o anticuario o marchante de arte que me amedrentaba con su envergadura de arponero, con un vozarrón oscurecido de tabaco que daba órdenes inapelables, exigiendo nuevas rondas de bebidas o indicando en la calle el nombre del próximo bar. Tenía una piel atezada de navegante, los ojos azules y una pelambre rizada, entre rubia y gris, como de irlandés, y se movía a cojetadas, apoyándose en dos muletas, con un pie escayolado. En los bares posaba la pierna tiesa en un taburete y si alguien le llevaba la contraria lo amenazaba blandiendo una de las muletas. Cuanto más borracho estaba más desordenadamente avanzaba por los callejones y más inminente parecía su derrumbe. En el barullo de la juerga sus pequeños ojos azules a veces se quedaban fijos en mí, como si no llegara a inspirarle confianza. En uno de los últimos bares en los que estuvimos me puso una manaza en el hombro para incorporarse y me dijo, la cabeza medio caída sobre el pecho, la voz arrastrada, la mirada recelosa:

—No sé si eres un infiltrado de los bajos fondos en el Ayuntamiento o un infiltrado del Ayuntamiento en los bajos fondos.

 

Me escondía de cada vida en la otra. Entre mis actos verdaderos y mis deseos o mis sueños rara vez había una conexión. Había aceptado tener un hijo como había aceptado casarme, o buscado y aceptado un trabajo administrativo, sin pensarlo demasiado, sin una conciencia clara de las consecuencias inapelables de las cosas. Quizás por eso los únicos mundos en los que me encontraba de verdad a mis anchas eran los de la literatura y el cine, donde cualquier cosa puede suceder y al mismo tiempo no haber sucedido, donde las normas tediosas de la vida real no rigen, los disparos no matan a nadie, las desgracias desatan las lágrimas pero no provocan verdadero dolor, las historias empiezan tan limpiamente como terminan, sin dejar residuos, como cigarrillos que no provocaran cáncer ni mal aliento ni dejaran ceniza, sólo volutas de humo flotando en el aire entre los personajes, hilos de humo saliendo de la boca entreabierta de una mujer inexistente y deseable, a ser posible en blanco y negro. Veía películas y leía libros para esconderme en ellos, para quedar absuelto de lo mediocre de la realidad y de mi disimulo y cobardía. Con la literatura y el cine alimentaba un ensimismamiento sin introspección, a la manera de la adolescencia. No me fijaba con atención en nadie más que en mí y sin embargo no me veía. Una vez, en uno de aquellos duelos tristes de reproches que teníamos de vez en cuando, mi novia, o quizás ya mi mujer, me dijo: «Tienes tanta sensibilidad para los personajes de las novelas y de las películas, y no ves a quien está cerca de ti».

 

Era un padre de familia y un adolescente retardado, un aprendiz de novelista y un funcionario, un infiltrado del Ayuntamiento en los bajos fondos o de los bajos fondos en el Ayuntamiento. Si una mujer me gustaba la veía detrás de la gasa luminosa del cine. El deseo no me empujaba a la audacia sino a la parálisis. Vivía angustiado en secreto por inseguridades sexuales más propias de los quince o los dieciséis años, por un apocamiento físico de antiguo niño gordo que no ha superado las humillaciones de la clase de gimnasia. Tenía esa convicción enfermiza, tan propia de los aspirantes a literatos en provincias, de que la vida verdadera estaba en alguna otra parte, de que la imaginación es más rica y poderosa que la realidad y el deseo más valioso que su cumplimiento, y los gigantes más memorables que los molinos, y las historias de ficción mucho más perfectas que el devenir desorganizado y repetitivo y sin lustre de los hechos reales. Creía que la enfermedad era más romántica que la salud, y la borrachera que la sobriedad, y el sobresalto que la calma, y de que lo valioso y deslumbrante ha de ser fugaz, porque sólo dura lo mediocre, y la pasión ilícita y clandestina, y el matrimonio aburrimiento, la creatividad caótica, el trabajo cotidiano vulgar, y la belleza vaguedad y lejanía, y lo concreto romo, y el delirio lucidez, y la razón desabrida frialdad, la noche rebeldía y la mañana sumisión.

 

Sin que me hubiera dado mucha cuenta estaba a punto de tener otro hijo. Ahora me costaba más esconderme y abandonarme a mis desarreglos parcialmente controlados porque mi mujer, un mes antes del parto, estaba de baja por maternidad y ella y el niño vivían en Granada conmigo. Trabajaba por las mañanas en la oficina y al salir volvía a casa y a una grata vida doméstica que parecía haber existido siempre. Llegaba y me recibía mi hijo y mi mujer tenía la casa limpia y ordenada y me había esperado con la comida en la mesa. Acostaba luego a mi hijo a la siesta, le contaba un cuento y me quedaba adormilado junto a él. Más tarde me encerraba en mi cuarto y escribía mi novela. Poco a poco me fui convenciendo de que para terminarla como yo quería me haría falta viajar a Lisboa.

 

Fui a Lisboa no para documentarme sobre los escenarios de una historia que ya estuviera en mi cabeza sino para encontrarla, queriendo rellenar espacios en blanco, zonas cruciales de la trama. O quizás fui también o sobre todo para escaparme durante unos pocos días con la coartada de la literatura. Me acuerdo de las fechas exactas. Tomé un tren en la estación de Linares-Baeza en la mañana fría, soleada y desierta del primer día del año. Casi nadie más que yo viajaba ese día, a esa hora. Al día siguiente mi hijo Arturo cumplía su primer mes de vida. El 2 de diciembre de 1986 por la tarde yo estaba escuchando un disco de Gerry Mulligan y Chet Baker cuando mi mujer se puso de parto. Yo escuchaba música todas las tardes hasta las cinco o las seis y a continuación me ponía a escribir. Vivíamos en un piso pequeño de protección oficial casi en las afueras de Granada, en dirección a la Sierra, a la orilla del río Genil. El pasado de entonces vuelve en oleadas. Por las mañanas yo trabajaba en un edificio de la plaza de los Campos, cerca de la plaza de Mariana Pineda. Entre mi casa y la oficina tardaba caminando unos veinte minutos. Cuando se derretía la nieve en la Sierra al final de la primavera o cuando había llovido mucho el fragor del río podía oírse a lo largo de toda la noche desde mi casa. Cuando mi hijo nació yo llevaba menos de tres meses escribiendo la novela. Había intentado empezar mucho antes, una y otra vez, pero me atascaba o me aburría, y aunque me empeñaba en seguir adelante cada página acababa siendo un suplicio desganado. Quizás la historia no fluía porque era un calco o un enmascaramiento de la realidad. Y como procedía literalmente y voluntariamente de la realidad no tenía nada que ver con Lisboa.

 

En Lisboa yo no había estado nunca. El lugar de la novela era Granada porque en Granada habían sucedido o podido o dejado de suceder las cosas que yo quería contar en ella y que no sabía o no me atrevía a contar sin envolverlas en una trama policiaca. La literatura se hace con lo que existe y con lo que no existe. Pero yo no sabía hacer ficción con el mundo que tenía delante de los ojos, ni inventar personajes que llevaran vidas parecidas a la mía, en mi tiempo presente. Para mí, la ficción tenía que ver con lo imaginario y lo soñado, con lo deseado que no podía alcanzarse. Granada era la ciudad sin gloria de todos los días. Al imaginar en ella a mis personajes, Granada se convertía en otra. Mis personajes eran proyecciones románticas de mí mismo, de una mujer de la que me había enamorado de manera parecida a como me enamoraba con dieciséis o diecisiete años, del hombre con el que estaba casada, al que engañó fugazmente conmigo. Retratarme a mí mismo y retratarlos a ella y a él de verdad habría sido tan difícil para mí como escribir sin un filtro de literatura sobre los lugares reales en los que todo aquello había sucedido, sobre lo concreto y lo cotidiano de mi vida.

Granada, queriendo escribir, cerrando los ojos, se me volvía invernal y fronteriza, marítima, igual que yo me convertía, voluntarioso pero más bien inverosímil, en un pianista de jazz, y mi amada en una heroína de película, y su marido en un malvado sombrío y vengativo. Imaginaba que mi insuficiente historia de amor, con su pesadumbre de provincia y sus mezquindades de adulterio, había tenido intensidades pasionales de bolero, y que en ella habían intervenido persecuciones y revólveres, y que desde la colina de la Alhambra y los miradores del Albaicín se podía ver el mar en vez de la Vega.

Entonces me di cuenta de algo. Como en esos sueños en los que un lugar es simultáneamente otro, en mi boceto de novela Granada era también San Sebastián. Yo había vivido en San Sebastián durante un año entero, en 1980, cuando hacía el servicio militar. La imaginación impone sus propias normas. La historia aún no poseía una forma autónoma, pero ya había empezado a emanciparse de la experiencia real, porque había encontrado ella misma su escenario y su atmósfera. Las calles estrechas en torno a la catedral de Granada eran ahora las de la Parte Vieja de San Sebastián, cuando se quedaban desiertas después del cierre de los bares. Un hombre se citaba con una mujer una noche de lluvia bajo los soportales de la plaza de la Constitución. Las sombras nocturnas eran las de mi recuerdo y eran también las de las películas policiales en blanco y negro que me gustaba tanto ver entonces, películas de huidas y de búsquedas, de lámparas bajas y humo de cigarrillos y mujeres que fumaban y ofrecían los labios y podían sostener revólveres y tender trampas letales a los hombres cegados por el amor que las perseguían. Con treinta años pensaba que ya no era joven y estaba sufriendo una intoxicación adolescente de literatura.

 

Lisboa estuvo en el título de la novela mucho antes que en la trama. Un buen título no es una etiqueta añadida al final sino una llama encendida de lejos que alumbra apenas un material desconocido, una dudosa claridad de luna en un paisaje nocturno, una linterna que mueve su haz sin que se sepa quién la maneja, indicando un camino posible. Entonces escribía a máquina. En casa tenía la misma máquina portátil en la que había escrito desde los catorce o quince años. En la oficina me acostumbré a una Canon electrónica que aceleraba excitadamente la escritura, que parecía despertar y hacerla fluir con el almohadillado de las teclas y la velocidad con que se formaban nítidamente las palabras sobre el papel, después de haberse deslizado sobre una pantalla lineal. La Canon justificaba márgenes de manera automática. La hoja salía limpia, sin máculas de tachaduras, como si la tecnología hubiera depurado por sí misma el estilo.

 

Pero el nombre de Lisboa también había tardado en llegar al título, que durante tanto tiempo existió sin una historia que lo acompañara, como la portada de un libro con todas las páginas en blanco. Me acordé de su origen cuando años después encontré algo escrito en un cuaderno antiguo, una de esas cosas que uno escribe a conciencia y luego olvida por completo.

Había escrito, en el comienzo de la primera página: El invierno en Florencia. No había nada más en todo el cuaderno. Florencia había estado en mi imaginación antes que Lisboa, y se había borrado, tan sin rastro como se borran sueños que fueron claros y ricos en el despertar. Un técnico de sonido que solía ir de gira con músicos de jazz vino a verme una mañana a la oficina. Llevaba tiempo sin verlo. Era un hombre cordial pero muy agitado por tensiones interiores, por la presión del trabajo y de los viajes continuos, por la dificultad de cobrar a tiempo y la angustia de pagar los plazos de los equipos tan caros y tan complicados que manejaba. Me gustaba escucharlo contar historias de músicos. Años atrás había sonorizado dos actuaciones sucesivas de Bill Evans en un club o en un pequeño teatro de Barcelona. Estaba programado que tocaría una sola noche, y el local se llenó. Pero al día siguiente Evans perdió el avión en el que se marchaban su bajista y su batería, y los organizadores improvisaron un segundo concierto en el que tocaría él solo. Como no dio tiempo a anunciarlo Bill Evans tocó para una sala casi vacía. El técnico de sonido me dijo que fue uno de los conciertos más memorables de su vida. Bill Evans, fatigado, enfermo, con el deterioro de los viajes y los hoteles, su traje correcto pero un poco raído, su cara chupada y su boca arruinada de yonqui, tocó durante más de una hora, sin respiro, ausente de todo, sin levantar la cabeza, como si no hubiera nadie escuchándolo.

En Florencia había acompañado a Chet Baker. Se quedó con un ayudante recogiendo en la sala vacía, y cuando salieron al vestíbulo vieron a Baker de espaldas, delante de la cristalera de entrada, con un abrigo corto y con el estuche de la trompeta en la mano. Diluviaba. Él tenía su furgoneta aparcada frente al teatro. Le dijo a Baker que podía llevarlo al hotel. El ayudante quiso dejarle el asiento delantero, pero Chet Baker prefirió sentarse atrás. El técnico me contó que mientras conducía bajo la lluvia por calles poco familiares y mal iluminadas miraba de vez en cuando a Chet Baker en el retrovisor, su cara pequeña, encogida, cruzada de arrugas, el pelo sucio, el tupé como una reliquia, el aire de juventud decrépita. Permanecía impasible, erguido en su asiento, mirando al vacío, ajeno a la ciudad al otro lado de la ventanilla, ráfagas de edificios monumentales tras el telón de la lluvia. Según pasaran o no por una zona iluminada la cara de Chet Baker era visible o se quedaba en sombras. El técnico se fijó en que le brillaban mucho los ojos. Por la mejilla de pergamino seco me juró que había visto deslizarse una lágrima. Unos meses después Chet Baker estaba muerto. Se había arrojado o había caído accidentalmente desde la ventana de un hotel en Ámsterdam.

 

Al día siguiente tenía previsto volver a España. Pero en realidad no había nada que debiera atender con urgencia, o que sus ayudantes no pudieran hacer por él, y estaba muy cansado, después de una larga gira. No le apetecía encontrarse de vuelta en Granada. Era invierno y en Florencia hacía frío y llovía mucho. Apenas había turistas por las calles o en los museos. Cayó en la cuenta, con cierto estupor, de que llevaba años sin descansar de su trabajo, siempre de un lado a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, teatros y salas de concierto y hoteles en los que pasaba una o dos noches como máximo, el trabajo extenuador de montar y luego desmontar, los caprichos y las manías y las rarezas de los músicos, las horas perdidas en los aeropuertos, los días y noches de reventarse conduciendo una furgoneta. Y quizás también, porque estaba casado y tenía uno o dos hijos pequeños, el agotamiento de la vida en común y de las acuciantes obligaciones paternales, agravado por el remordimiento de pasar tanto tiempo fuera, los viajes y los horarios insensatos.

Decidió quedarse unos días en Florencia, aprovechando los buenos precios del hotel en temporada baja. No hacía nada. Cuando dejaba de llover salía a pasear sin norte, abrigándose contra el frío afilado y húmedo que lo atería más en las caminatas a la orilla del Arno a la caída de la tarde. En las salas de los Uffizi había poca luz y los vigilantes se frotaban las manos sobre las pequeñas estufas eléctricas. En los días claros la luz del sol percutía sobre las aristas de las piedras labradas. Al cabo de unas horas de caminar las manos se helaban en el interior de los guantes y de los bolsillos del abrigo.

Llegó el final del plazo que se había dado a sí mismo y decidió prolongarlo. Se confortaba el estómago y el ánimo comiendo guisos de pasta con judías en pequeñas tabernas, al fondo de calles de altos muros umbríos en las que el sol nunca llegaba a penetrar. Ni la arquitectura ni los frescos de las iglesias le decían mucho. En los Uffizi iba a una sala en la que estaba expuesto, rodeado de penumbra, a la luz de unos focos, El nacimiento de Venus, que acababan de restaurar. Iba al museo sobre todo para pasearse por las anchas galerías con suelos de mármol y bustos clásicos en las esquinas y mirar al río tras los ventanales. Le gustaba fijarse en el color verde de los ojos de la diosa y en el dibujo delicado de sus manos y sus pies, el oro del pelo en desorden, agitado por el mismo viento que rizaba olas diminutas. Un día descubrió el Sacrificio de Isaac de Caravaggio. La sugestión de brutalidad y fanatismo lo sobrecogía de un modo que no tenía nada que ver con el efecto que le provocaba cualquier otra pintura. Se alejaba de la sala y volvía al cabo de un rato, me dijo. Hasta le daba miedo quedarse solo delante del cuadro, en el museo casi desierto, umbrío en las mañanas nubladas.

Una tarde se asustó cuando intentó hacer memoria y no supo cuántos días llevaba en Florencia. De su conciencia había desaparecido cualquier marca temporal. Sabía qué hora era si miraba el reloj, pero no había calendario en la habitación del hotel y no conseguía acordarse de la fecha ni por lo tanto hacer el cálculo de los días y semanas pasados desde el último que sí recordaba, el del concierto de Chet Baker. Pero tampoco podía saber su propia edad, porque recordaba el año de su nacimiento, pero no el de ahora mismo, y le daba terror pensar que podría ser muy viejo y que no se había dado cuenta. Temió que si se miraba en el espejo del cuarto de baño vería a un desconocido calvo o con el pelo blanco.

La única sensación temporal que tenía, en estado puro, como una zona de niebla de la que no llegaría a salir por mucho que se alejara, era la del invierno. Estaba en el invierno igual que estaba en Florencia, como en una isla, como en un reino encantado que flotara por encima del pasado y del porvenir, en un presente sin sucesión ni principio. Sentía vértigo y al mismo tiempo sentía una prodigiosa quietud. Las personas conocidas y queridas para él le quedaban tan lejanas como si las estuviera recordando mucho tiempo después. Pensó llamar a recepción para preguntar la fecha y le dio pudor. Pensó llamar a Granada y hablar con su mujer pero tampoco conseguía acordarse del número de teléfono. Recordaba el prefijo de España, luego el de Granada, con más dificultad, y cuando tanteaba el siguiente número todo lo anterior se le borraba, y tenía que volver al principio. Se acordaba con deseo de la Venus desnuda de Botticelli y con miedo del Isaac de Caravaggio, de la mano fuerte y despiadada del viejo apretando la mandíbula del niño, la cara contraída por el pánico, aplastada contra la piedra del sacrificio. Las figuras de los cuadros eran más reales que cualquier persona de carne y hueso, después de tantos días en los que sólo había tratado con desconocidos con los que apenas se entendía —días en los que, en realidad, salvo con los camareros de los restaurantes, no había hablado con nadie.

Comprendió que estaba dándole un ataque de ansiedad. Se tomó dos somníferos y notó poco a poco cómo su lucidez se iba disolviendo en el sueño. A la mañana siguiente despertó sin rastro de amnesia temporal. Me dijo que sintió alivio, pero también algo de decepción. Otra vez el día y el mes y el año y la hora y su propio nombre y su trabajo y su pasado ocupaban lugares precisos en los casilleros del tiempo, como los elementos en el sistema periódico. Decidió que tenía que volver a Granada, que estaba perdiendo dinero, que descuidaba a su familia. Y ahora, varios meses después, echaba de menos el invierno en Florencia, ese invierno sin fechas en el que había vivido como en otro país. «Y ya ves, ahora volver a esto», dijo, con un gesto involuntario de tribulación en las manos alzadas, mirándome, en mi sillón de funcionario, al otro lado de la mesa, donde probablemente habría, entre tantos papeles, algunas facturas de trabajos suyos que yo debía tramitar.

 

De Lisboa me habló por entonces un amigo, el pintor Juan Vida, que había hecho un viaje rápido de unos pocos días. Me habló de una gran plaza con una estatua de un rey a caballo en el centro y un cortejo de elefantes y de un ascensor público que se parecía a la torre Eiffel y que subía desde la parte llana de la ciudad a un barrio en la cima de una colina. El ascensor tenía una cabina de madera bruñida que crujía al subir y manivelas y mandos de latón dorado. Me dijo que en los días despejados había una luminosidad blanca atenuada por la bruma del río, y que la llegada a la ciudad tenía algo de viaje en el tiempo, porque le había parecido a veces que viajaba a la Granada de su infancia, la de las tiendas recónditas de telas o de ultramarinos y los grupos rumorosos de gente en las plazas. Igual que en Granada, había un castillo árabe en lo más alto de una colina, y un barrio de callejones, escalinatas, miradores y cuestas que resultaba un laberinto tan riguroso como el del Albaicín. En Lisboa había plazas tan vecinales como la de Bib-Rambla, con abuelos quietos al sol y limpiabotas, con grupos de negros y no de gitanos en las esquinas. Saliendo en coche de Lisboa había llegado a una especie de ciudad balnearia en la que había quintas pintadas de colores pastel en colinas boscosas frente al mar y una zona de acantilados a pico que se llamaba A Boca da Morte, donde daba miedo asomarse y mirar las olas atlánticas que rompían contra los arrecifes en llamaradas de espuma tan altas que llegaban a mojar la cara.

 

Llevaba escritas no sé cuántas páginas de la novela y en realidad no había sucedido nada. Era tan fatigoso como caminar cuesta arriba por una duna y hundirse a cada paso en la arena y no llegar nunca. Al cabo de páginas y páginas los dos amantes que serían el hilo de la historia ni siquiera se habían conocido. Cada mañana llegaba a la oficina y fichaba en un reloj mecánico. Cada tarde me sentaba a escribir en mi pequeño cuarto de trabajo junto a una ventana por la que veía los pisos altos y los tejados de la urbanización, y más arriba, a lo lejos, las colinas áridas cercanas a la Alhambra, las tapias de color tierra rojiza y los cipreses del cementerio.

Pensaba que ese panorama seguiría viéndolo durante muchos años. En los atardeceres, al mismo tiempo que se empalidecía el azul del cielo, se acentuaba el tono rojizo de las laderas y el de las tapias levantadas con la misma tierra. Pero en realidad yo no tenía una imaginación prospectiva. No era capaz de vislumbrar la amplitud y la duración del porvenir. No imaginaba a mi hijo de tres años haciéndose mayor, ni a los niños que jugaban en la plazuela entre los edificios, o que entraban a comprar chucherías en la tienda de Juan, que llevaba abierta menos de dos años, en el barrio nuevo que poco a poco se poblaba de gente, parejas jóvenes con hijos pequeños, con ingresos limitados, beneficiarias de aquellos pisos de protección oficial.

El nuestro terminaríamos de pagarlo en una fecha de un futuro inverosímil, en el principio de otro siglo, 2001. Ni siquiera pensaba mucho en mi nuevo hijo, el que vendría al cabo de unos pocos meses, salvo cuando me angustiaba sin motivo el miedo a que pudiera nacer con alguna enfermedad congénita. Acompañaba a mi mujer en las visitas al ginecólogo y veía esa sombra granulada y pulsátil en el monitor de las ecografías, desplazándose con una lentitud submarina. El médico le ponía a ella un receptor sobre la curva planetaria del vientre y en la consulta resonaban como golpes o como secos redobles metálicos los latidos muy acelerados del corazón de mi hijo, su diminuta obstinación sumergida en aquel refugio acuático, caliente, oscuro, hacia el que yo no proyectaba mi imaginación, ni siquiera mi curiosidad.

 

Me compré a plazos una Canon electrónica igual a la que tenía en la oficina. Al sacarla de la caja y luego del envoltorio de plástico olía poderosamente a nuevo, a metal engrasado, a tinta. Sobre la mesa tenía siempre un paquete de folios en blanco. El papel le daba materialidad al acto de la escritura. El rectángulo blanco era la evidencia visible del salto al vacío que hay entre lo no escrito y lo escrito, el asombro de que haya algo donde un poco antes no había nada. Ir a la papelería a comprar folios era el primer paso en un ritual que también incluía, por esa época, el paquete de cigarrillos y el mechero al alcance de la mano, el cenicero en el que se irían agregando colillas al mismo tiempo que el aire, supongo, se volvía opaco de humo, aunque yo no me diera mucha cuenta, en aquel cuarto tan pequeño, forrado de libros. Vivíamos sin advertirlo en una niebla de humo de tabaco.

Una tarde de septiembre me senté delante de la máquina nueva con el mismo desaliento de todos los días y de pronto me encontré escribiendo algo con lo que no contaba, una primera frase del todo imprevista, larga y llena de quiebros, en la que de algún modo estaba comprimido, sin tediosos preámbulos, todo lo que hasta ese momento yo había sabido de la historia y también mucho más de lo que no tenía idea. Hasta entonces, en todos mis borradores, la historia se había contado en tercera persona. Ahora quien contaba era alguien que veía al protagonista desde fuera, un testigo que observa, que unas veces sabe y otras especula o imagina, que mira la historia pero no participa de ella, o sólo tiene un papel marginal, y de quien no se sabe casi nada, porque no es casi nadie.

Yo había estado leyendo El gran Gatsby y me había impresionado la voz narradora, la mirada y la voz de Nick Carraway. Gatsby no era un héroe del que Nick diera testimonio: era un héroe porque Nick lo miraba. Su cualidad legendaria no estaba en él mismo ni en sus actos sino en la perspectiva de otro; su ambigüedad última, el espacio en blanco en el centro de su carácter y en la mayor parte de su biografía, era el resultado de una falta de información. Siendo en gran medida una invención de sí mismo, Jay Gatsby sólo existe plenamente en la mirada de los otros. Lo que no se sabía y no se decía sobre él resaltaba su figura y ahondaba su misterio igual que el espacio vacío en el papel o en el lienzo da su fuerza verdadera a los trazos. Pintar es hasta cierto punto no pintar y escribir es dejar cosas no dichas, mostrar indicios que se completarán en la imaginación del lector igual que es en el cerebro del espectador de un cuadro y no en el lienzo donde se convierten en figuras los trazos sueltos, las líneas abreviadas del pintor.

Pero no era que yo ocultara cosas: era que no las sabía y que no importaban, y mi error hasta entonces había sido querer apilar pormenores innecesarios, rellenar todo el espacio del relato, con la misma torpeza con que un pintor mediocre llena el cuadro de pintura o un músico amanerado acumula notas hasta que no queda ni un resquicio de silencio. Ahora yo dibujaba a los personajes sobre todo con lo que no contaba o no sabía de ellos; y la historia se desplegaba ante mí como una serie de fogonazos o de rápidos trazos en un gran espacio en blanco. Como los héroes en las tramas sintéticas del cine, sólo existirían en el presente del relato. Vendrían si acaso de un pasado muy reciente, y desaparecerían sin huella en el inmediato porvenir. No tendrían lazos, orígenes, recuerdos de infancia, lealtades familiares, domicilios fijos, trabajos que los ataran a un solo lugar. Serían lo que yo no era. Vivirían en un universo paralelo al mío, igual que habitaban en ciudades que tenían algo de reversos de la Granada real en la que a mí me habría sido imposible situar una historia, ciudades que consistían sobre todo en la irradiación de sus nombres, en imágenes de mi propio recuerdo lejano y de lo que yo había imaginado escuchando los relatos de viajes de otros: el San Sebastián de mis vagabundeos de soldado vestido de paisano, en busca de la simple felicidad de ir por la calle sin uniforme y con las manos en los bolsillos, de asomarme al Cantábrico en la desembocadura del río Urumea, donde el viento desordenaba de noche la espuma furiosa de las olas, bajo los globos de luz del puente del Kursaal; la Florencia de los días solitarios de invierno del técnico de sonido que había estado tan cerca de Bill Evans y de Chet Baker; la Lisboa de mi amigo Juan Vida, su elevador de hierro como una torre Eiffel y su plaza con una escalinata que descendía hasta hundirse en el agua de un río ancho como el mar; aquellos acantilados de A Boca da Morte, acantilados de naufragios y de películas de persecuciones en las que dos hombres pelean en el filo del abismo, en los que tal vez una cara tiene un gesto de vértigo y terror sobre un fondo de espumas rompiendo contra las rocas que en realidad es una tosca transparencia cinematográfica.

 

Pero en ese comienzo intuido, en el largo primer párrafo, había surgido otra ciudad más imprevista aún, un Madrid al mismo tiempo conjetural y verdadero, reducido a unos cuantos escenarios, los de un viaje en parte secreto e íntimamente fracasado del invierno anterior, en el que había perseguido sin fruto fantasmas del deseo durante dos o tres días, recorriendo sin felicidad ni sosiego lugares que volvían a la conciencia convertidos en focos de la historia, limpios ahora de la grisura triste de mi propia experiencia: un hotel grande y sombrío en el que me había alojado, en la Gran Vía, frente al comienzo de la calle Fuencarral y al edificio de la Telefónica; el Café Central, donde había escuchado distraídamente a un grupo de jazz; una casa de comidas antigua en la Cava Alta, la Viuda de Vacas; la luz húmeda de una mañana de domingo en la plaza de Santa Ana, con una claridad rubia y muy fría que era también la de las jarras de cerveza en la barra de la Cervecería Alemana; el tránsito de la tarde de sol ya debilitada al desamparo de la noche invernal, subiendo solo por las aceras anchas y oscuras de la calle de Alcalá, en aquel Madrid sórdido de mitad de los años ochenta, cuando las desembocaduras de Fuencarral y Hortaleza a la Gran Vía eran túneles de sombra, con putas y yonquis y traficantes de droga en los portales y letreros de neón de hoteles baratos. Por mi conocimiento escaso y algo atemorizado de la ciudad esos lugares carecían de conexión entre sí. Al no formar parte de una topografía más completa resplandecían en mi imaginación como islas. Existían tan sólo a la medida de mi novela, como esos fragmentos meticulosos de calles de Nueva York que se montaban en los estudios de Hollywood. La literatura era el reverso de la realidad y el cine más verdadero que la vida.