Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 13 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 13

 

V ISTO y no visto. Apenas recién llegado a Lisboa ya tenía que irme. En un abrir y cerrar de ojos terminaba mi viaje. Abres los ojos al despertar en un tren y encuentras en la ventanilla y luego al salir de la estación una luz de primera hora de la mañana que no se parece a ninguna otra de las que conoces. Los cierras y cuando vuelves a abrirlos han pasado los tres días del viaje y es de noche y has llegado a la estación de Santa Apolonia. El tiempo recién vivido adquiere la elasticidad y la amplitud del que se percibe en el interior de los sueños, viajes fantásticos desplegados en un rato de somnolencia, edades enteras de la vida lujosamente invocadas en el minuto anterior al despertar.

El Lusitania Expreso ya estaba dispuesto en un sombrío andén lateral, una hilera de ventanillas iluminadas, las puertas metálicas abiertas, los revisores en los estribos. En cuanto se pusiera en marcha Lisboa empezaría a ser un recuerdo: palabras garabateadas en el cuaderno, recibos y cajas de cerillas con nombres de restaurantes, un carrete de fotos que llevaría a revelar en cuanto llegara a Granada, un mapa de la ciudad muy usado, plegado y abierto muchas veces, con anotaciones a lápiz y trazados de itinerarios, círculos en torno a lugares que había ido buscando, nombres subrayados, mi pequeño diccionario de portugués, la antología de poemas de Fernando Pessoa que había comprado la primera mañana en la misma papelería que el diccionario y el mapa, con una página doblada indicando el comienzo del Opiário de Álvaro de Campos, donde había encontrado un verso que de algún modo tendría que estar en mi novela, Um Oriente ao Oriente do Oriente, la música de una letanía o de un conjuro, como cuando John Coltrane repite muchas veces su invocación, A love supreme, a love supreme, a love supreme, a love supreme, a love supreme.

La pesadumbre de marcharme tan pronto y de ver que se alzaban otra vez delante de mí los acantilados y los muros de mis obligaciones quedaba equilibrada por la seguridad de haber usado y apurado al máximo el tiempo, de llevar inscritas en la zona fronteriza entre la memoria y la imaginación todas las impresiones visuales que necesitaba, las que había venido buscando con plena deliberación y también las otras, las más valiosas, las inesperadas, las caras de los dos amantes que se miran un segundo en dos trenes moviéndose en dirección contraria, el hospital de muros rosados en una ladera umbría y boscosa al atardecer, justo cuando empiezan a encenderse las luces, la tapia de un jardín y la verja junto a la que hay un letrero en azulejos, QUINTA DOS LOBOS, la mujer joven que se va desnudando al ritmo lento de una música detrás de un ojo de buey, sobre una cama giratoria, en el interior de un prisma de fogonazos rosados y espejos, la piel nacarada más blanca por contraste con el raso rojo de la cama, la actitud desganada y gimnástica, la expresión de la cara provocadora y despectiva, negándose a mirar hacia los espejos circulares tras los que se ocultan los mirones, en sus cabinas estrechas de aire muy respirado con olor a desinfectante, mientras van cayendo con un chasquido seco en el contador las monedas de veinticinco escudos, en la repisa sobre la cual hay también un rollo de papel higiénico.

 

Me iba como un espía que ha cumplido su misión, las fotos en el carrete de mi cámara como en un valioso microfilm clandestino. La noche anterior había estado en el Hot Clube de Lisboa, en una plaza en cuesta, despoblada y oscura, la Praça da Alegria, uno de los lugares que llevaba señalados en el mapa antes de salir del hotel. En esa plaza había estado y quizás estaba todavía, a principios de 1987, el letrero de neón y la puerta iluminada y tentadora del Maxine’s Club, donde Ramon George Sneyd estuvo unas cuantas veces con una prostituta de melena rubia platino que se reía a carcajadas, Gloria Sousa, con la que tal vez había recorrido a pie la distancia no muy larga entre la Praça da Alegria y la Rua João das Regras.

Había llegado al número 4, un edificio con una puerta metálica cerrada, pensando que tal vez me había equivocado, porque no se veía ninguna luz, o que el club había cerrado, nada inverosímil en aquel costado de edificios desiertos, con desconchones en los azulejos de las fachadas, con puertas condenadas y ventanas sin cristales, bajo el alumbrado débil de las lámparas colgadas de cables que atravesaban de un lado a otro la plaza. Cuando el viento hacía oscilar las lámparas sus círculos de luz se movían sobre el pavimento y se proyectaban contra las paredes, agrandando y agitando las sombras, como cuando yo era niño y apretaba muy fuerte la mano de mi padre que me llevaba de noche de vuelta a casa por calles empedradas y plazuelas sombrías en las que resonaban nuestros pasos.

Con una determinación que entonces era muy rara en mí me atreví a golpear la puerta del Hot Clube. Quizás había sobre el dintel un letrero luminoso que he olvidado, y que no quiero añadir para dar al recuerdo una precisión satisfactoria, pero también ficticia. Había ido al Hot Clube con ganas de escuchar jazz y tomar una copa y sobre todo porque quería ver un espacio en el que tal vez tocarían los músicos de mi novela. Volví a llamar con los nudillos y entonces la puerta se abrió como si accidentalmente yo hubiera acertado con los golpes de una contraseña.

La soledad, el cansancio de las caminatas, la extranjería, la intoxicación de literatura, me mantenían sumergido en un estado de sonambulismo. Una chica negra, con jersey de cuello alto, una gran melena como un surtidor de rizos, rasgos de princesa etíope, me dijo que el club abría una hora más tarde. Habría podido enamorarme instantáneamente de ella.

Del interior del club y del concierto que escuché no recuerdo nada. La memoria teje en secreto su insomne tarea novelesca, descomponiendo los materiales de la experiencia en suelo fértil que nutre la ficción; me ofrece tramposamente imágenes de otros clubes de jazz que se me volvieron familiares muchos años después, bóvedas bajas de ladrillo con pósteres en las paredes, escaleras estrechas y sótanos de Nueva York, la fachada neutra del Village Vanguard.

Al final los músicos de mi novela tocaron en un lugar parcialmente inventado. La entrada era la de un cine antiquísimo con molduras y azulejos de alegorías art nouveau que había descubierto nada más cruzar desde el Rossio hasta la Rua dos Sapateiros. Tenía el nombre espléndido de Animatografo do Rossio. Había perdurado como tantas otras cosas en Lisboa, con un deterioro que era la marca del tiempo pero que no conducía a la ruina, por efecto de esa indulgencia entre piadosa y descuidada hacia lo anacrónico que en seguida me había gustado tanto en la ciudad, sin duda por contraste con el bárbaro impulso de demolición que ha arrasado las ciudades españolas. No pasé de la puerta. El interior lo imaginé como el de los cines de invierno de mi ciudad natal, con molduras doradas y cortinas rojas, con pasillos estrechos alumbrados por globos, un lujo rancio que actuaba como un capullo envolvente para nuestras ensoñaciones del cine, sillones de peluche rojo gastado y articulaciones quejumbrosas, columnas huecas, capiteles de purpurina. En un lugar así mi aprendiz de jazzman acompañaba al piano a su maestro, el trompetista que tenía algo de Clifford Brown y de Chet Baker, del que no se diría en ningún momento si era blanco o negro, igual que no se sabría de qué color era el pelo de la protagonista, que tardaba mucho en aparecer y en seguida desaparecía, que llegaba sin aviso y cuando parecía más tangible se desvanecía como un fantasma, porque no era una mujer real sino la proyección de un deseo, alimentado por las películas y las novelas pero sobre todo por la dificultad masculina de ver a las mujeres tal como son, de fijarse en ellas, no sólo contemplándolas a través de la cobardía o el arrobo, de la fascinación y la tosca parálisis de la adolescencia.

 

Pero eso era yo, a punto de cumplir treinta y un años, un adolescente tardío, emboscado como un espía tras mi identidad visible de funcionario, de hombre casado, y casado por la Iglesia, padre de dos hijos, un infiltrado de los bajos fondos en el Ayuntamiento o del Ayuntamiento en los bajos fondos, dócil a cada una de las obligaciones y a la densa malla de lazos familiares de la que había escapado tres días para irme a Lisboa, y a la que regresaba ahora, en el tren que cruzaba campos a oscuras con siluetas de cerros y luces de casas aisladas, camino de la frontera en la que no se detendría, porque España y Portugal ya formaban parte de la Unión Europea. Como un adolescente alimentaba una pena melodramática de mí mismo y habitaba hoscamente un mundo real al que me sentía extraño y en el fondo superior y en el que no me fijaba, igual que no me fijaba en el efecto que mi actitud sombría y ausente pudiera tener sobre quienes compartían mi casa y mi vida.

Sin duda hubo trances de felicidad que no agradecí y en los que no reparé mientras me sucedían y se me han olvidado, o de los que ahora, tantos años después, me daría pudor acordarme. En los espacios en blanco permanece alojado el remordimiento casi con la misma intensidad que en el recuerdo cierto del daño que hice. El remordimiento tiene una resistencia extraordinaria al paso del tiempo. Dura nutriéndose de la memoria y cuando la memoria se extingue se adhiere a la amnesia como un organismo capaz de adaptarse a las condiciones más extremas.

En un mes de enero de veintisiete años después pienso con mucho más detenimiento que entonces en lo que sentiría mi mujer durante aquellos días de mi ausencia en Lisboa, todavía convaleciente del parto de nuestro segundo hijo, ocupándose sin mi ayuda de él y de su hermano mayor, en los días de vacaciones de Navidad que siempre pasábamos en Úbeda, con su familia y la mía, la madeja familiar en la que ella se sentía tan cálidamente protegida y que para mí era en gran medida un sordo fastidio, padres y abuelos y tíos y primos, todo multiplicado por dos, visitas familiares y paseos y encuentros con más familia y más conocidos por la calle, yo empujando el cochecito del recién nacido y ella de mi brazo y nuestro hijo mayor de su mano o de la mía, o agarrado al mismo tiempo a los dos, queriendo abarcarnos y afirmar su lugar entre nosotros ahora que había aparecido el hermano, tal vez queriendo instintivamente mantenernos unidos por su mediación, su padre de una mano y su madre de la otra. Intuiría, con el instinto animal de los niños, el tirón de mi impulso centrífugo, el magnetismo inverso entre los dos adultos, todo lo que vería con sus propios ojos infantiles y lo que escucharía disimuladamente sólo unos años después, desconcertado, asustado, demasiado niño para comprender pero ya no lo suficiente como para no recibir el contagio del dolor, el aire tóxico de la disputa y el encono.

Qué pensaría ella en esos tres días, en los que no la llamé por teléfono para preguntar por el hijo recién nacido más que una o dos veces; qué imaginaba sobre lo que estaría yo haciendo al mismo tiempo que inventaba en Lisboa las aventuras de mis personajes. Tenía motivos para no creer lo que le contaba. Le había mentido con frecuencia, y como era tan torpe para mentir como para decir la verdad no le había costado nada descubrirme. A punto de cumplir treinta y un años yo era un adolescente hosco y tardío que aparta la mirada y se esconde en su cuarto para rumiar los agravios sufridos y buscar en la literatura y en la música un refugio contra la realidad.

 

En la cafetería del tren un grupo de bebedores españoles hablaba a voces y reía a carcajadas. La vida volvía a tener un volumen más alto. A mí no me había costado nada acostumbrarme a los modales portugueses, al tono amortiguado y educado de las voces. Había vivido esos tres días en un estado fronterizo de espíritu, una tierra de nadie o de nadie más que yo mismo situada a medias en la imaginación y a medias en el mundo real, clausurada ya, con su principio y su fin nítidamente fijados.

Ahora había que volver y que sentarse de nuevo ante la máquina de escribir para que todo lo vivido y lo aprendido se transmutara en palabras, para reanudar el hilo de la novela, interrumpido demasiados días atrás. En un folio en blanco no había indicativos de dirección. No había nada más allá del punto al final de la última frase. El tren avanzaba en la oscuridad y yo ya sentía la aproximación del trabajo, el momento de la verdad en el que me sentaría de nuevo en mi estudio, a un lado la carpeta con las hojas ya escritas, al otro el paquete de hojas en blanco, y en el centro, delante de mí, la máquina, el teclado que reconocerían con su aguda memoria táctil las yemas de los dedos. Y también los apuntes tomados en el cuaderno, y las fotos que llevaría a revelar en cuanto llegara.

Había muy pocos viajeros en el tren y yo era el único ocupante de mi departamento. Podía quedarme tranquilamente sentado junto a la ventanilla, aguardando el sueño mientras veía pasar ráfagas de sombras, brillos lunares de ríos, luces de pueblos deshabitados en lo profundo de la noche.

Cuando me desperté estaba amaneciendo sobre una llanura pelada en las cercanías de Madrid. Recordaba el viaje entero como si lo hubiera soñado. En Atocha tomé otro tren y a mediodía ya estaba de nuevo con mi familia. No conservo ni una sola imagen de aquel reencuentro.

Esa tarde, el 5 de enero, era la cabalgata de los Reyes Magos. Quedé con mi mujer en que iríamos a verla con nuestro hijo mayor. Yendo a buscarlos me encontré por la calle a un amigo de la adolescencia al que llevaba años sin ver. Nos dimos un abrazo y nos fuimos a tomar una cerveza. Aún faltaba un rato para que empezara la cabalgata. En el bar nos encontramos con otros amigos antiguos. El desasosiego de estar retrasándome lo apaciguaba tomándome una cerveza más, pero ese tiempo perdido me remordía más por dentro, y al mismo tiempo me enfurecía contra mis obligaciones familiares, me permitía sentirme víctima de circunstancias opresoras de las que yo no tenía la culpa, cautivo de responsabilidades a las que mis amigos, menos cobardes o menos complacientes que yo, no se habían sometido. Sólo un día antes yo estaba viviendo en Lisboa una vida inventada de novelista y casi de personaje de novela; ahora, en la ciudad de mi adolescencia, poco a poco embriagado de alcohol y hachís, de las exageraciones sentimentales de la amistad que la borrachera alentaba, actuaba como si tuviera diecisiete o dieciocho años, dejándome llevar por esos fervores y congojas sobre el paso del tiempo a las que son proclives las personas muy jóvenes.

Íbamos de bar en bar y cada vez era más tarde, y hasta se habían apagado hacía rato los clamores lejanos de la cabalgata y las explosiones de los fuegos de artificio. No haber ido a buscar a mi mujer y a mi hijo era ya menos grave que no haber dado señales de vida durante muchas horas, no haber llamado siquiera por teléfono para inventar una excusa, para justificar el retraso, la deserción. Puesto que el desastre era irreparable una copa más en otro bar lleno de humo y de caras y voces confusas no podía agravarlo. La culpa era una anticipación de la resaca. Mis amigos y yo nos reíamos con risas flojas de hachís contándonos historias y comparando recuerdos de los años del instituto, dando tumbos a las tres o las cuatro de la madrugada por las mismas calles de entonces. Quizás el miedo a las acusaciones y los reproches del día siguiente me agobiaba más que la culpa; me inducía a adelantar excusas, a ponerme a la defensiva, a sentirme de antemano víctima de una vejación inmerecida. ¿No tenía uno derecho a salir una noche con sus amigos más antiguos, los más verdaderos, los que lo conocían desde que jugaba con pantalón corto en la calle? Es ahora cuando siento la vergüenza de la que me escabullía entonces con los sofismas marrulleros del que ha bebido demasiado.

Imaginé que mi mujer, después de la cabalgata, se había quedado a dormir con los niños en casa de sus padres. A las cinco de la mañana entré furtivamente a casa de los míos, acertando con dificultad a introducir la llave en la cerradura. Me acosté en el cuarto en el que solía dormir en la adolescencia, muy mareado al apagar la luz, con náuseas, sintiendo que la cama se movía en la oscuridad, como si estuviera de nuevo en una litera del tren que me traía de Lisboa, sin rastro del estado de gracia que había conocido allí, desbaratado por una sórdida sensación de calamidad y de ultraje. Eso no se me ha olvidado.