Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 22 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 22

 

M E gusta el título de aquellas memorias terribles de Louis Althusser, El porvenir es largo. El porvenir dura mucho más de lo que casi siempre da a entender la literatura. Se pone el punto final en una novela como esa nota final, discordante, o rotunda, o dubitativa, que deja en el aire Thelonious Monk, una conclusión inesperada, que no culmina sino que interrumpe, un quiebro. Pero el tiempo sigue fluyendo, aunque a nosotros no nos esté permitido indagar qué sucede con los personajes después del final.

Casi nadie ha tenido el talento o la audacia de Flaubert para incluir en una novela el porvenir que ya no cuenta, porque viene después del desenlace, y es tan superfluo en apariencia que el lector, al cabo del tiempo, se olvida por completo de él. El recuerdo descuidado y el olvido corrigen retrospectivamente los libros. El lector fiel de Madame Bovary cree recordar que la novela termina cuando muere su protagonista, cuando Emma expira después de su agonía tortuosa, insoportable de leer, con esos detalles físicos en los que Flaubert ha puesto una voluptuosidad atroz, mucho más acusada que en las escenas eróticas. A uno se le olvida, pero la novela continúa después de que lo novelesco haya concluido, igual que empezó también mucho antes de que la heroína apareciera. A diferencia de las novelas, las historias de la realidad no tienen principios claros ni desenlaces definidos, y en ellas los personajes no están clasificados como protagonistas o secundarios.

Charles Bovary sigue viviendo, aislado en la deshonra, la vergüenza y la ruina. Conserva una veneración trastornada por su esposa muerta, pero va descubriendo cosas inesperadas y crueles sobre ella, cartas que confirman y detallan la infamia y la prolongan después de la muerte, que infectan a los vivos como una enfermedad para la que no existe ese remedio infalible de todos los males en la literatura o en el cine, el punto final.

Sólo después de las muertes sucesivas de Emma y de Charles cobra presencia en la novela el único personaje que es del todo inocente, la víctima de unos y otros, de la que el lector ya ni se acordaba, y en la que apenas había reparado, igual que no habían reparado en ella su padre o su madre, obsesionados cada uno con sus pasiones y sus desgracias. Es la hija a la que Emma trajo al mundo sin haberla deseado, la que la importunaba con su existencia y además le parecía fea, a la que dejó casi recién nacida al cuidado de una nodriza, una campesina de una aldea cercana que acostaba a la niña sobre un puñado de paja en el suelo de su choza inmunda.

La niña posee una historia, igual de larga o de dolorosa que cualquiera, pero no tiene derecho a una novela, ni siquiera a un lugar prominente en la novela de otros. Cuando muere su padre, acaba bajo la custodia de unos parientes que la tratan mal. Lo último que se sabe de ella es que está trabajando de obrera en una fábrica. Ahora no me acuerdo ni siquiera de si tiene nombre.

El porvenir es largo, y las historias reales acaban abruptamente, frustrando el instinto de saber más, o se disgregan unas en otras, se dispersan, hilos sueltos que no se sabe a qué trama pertenecen, que se enredan con otros y acaban muy lejos del punto de partida. Las historias de la realidad se parecen a esas secuencias musicales africanas o asiáticas que no tienen una forma cerrada y que pueden prolongarse sin fatiga y sin grandes variaciones durante muchas horas, días enteros, días y noches, fluyendo como ríos, como fluyen sin orden ni principio ni fin los cuentos de Las mil y una noches.

Pero la ficción, como la música europea, es un arte de límites. Lo que empieza ha de terminar. «In my beginning is my ending», dice T. S. Eliot. La partida de un avión o de un tren provee un final nítido y conveniente para cualquier historia. La llegada y la partida delimitan la fábula en el interior de un marco temporal, como las dos columnas de la Praça do Comércio delimitan para la mirada la anchura del cielo y del Tajo, la sugestión del océano que empieza más allá del otro límite, la silueta del puente 25 de Abril. El tren se pone en marcha, el avión levanta el vuelo en los últimos fotogramas o en las últimas líneas y, a continuación, esos pasajeros que han subido a él y que tanto nos importaban ya no son cosa nuestra. Alguien cruza un umbral o baja la escalera de una estación de metro o desaparece tras una puerta cerrada y deja de existir. Detrás de las puertas de la ficción lo que hay es un vacío como el de la parte trasera de un decorado de cine. La palabra FIN está sobreimpresa en las imágenes aunque no la hayamos visto. En Casablanca el motor del avión se ha borrado al mismo tiempo que las hélices se sumergían en la niebla de la pista de despegue. El avión vuela con destino a Lisboa pero a nosotros nos daría igual que se perdiera sobre el Atlántico y no llegara nunca. Es una tentación sugestiva pero ilícita imaginar a Victor Laszlo y a Ilse dando un paseo por la Praça do Comércio, el traje de lino claro de él y el vestido blanco de ella relumbrando en la claridad de Lisboa, las dos siluetas recortadas de lejos contra el horizonte del río, o avanzando bajo los soportales, en la sombra fresca de las bóvedas y de los vestíbulos de los edificios de los ministerios, camino de la oficina de Correos o de algunas de las dependencias oficiales en las que se tramitan visados para viajar a América.

Partidas y llegadas y fechas dan principio y ponen fin a las historias, pero el porvenir dura mucho tiempo y el pasado es tan largo como el porvenir. Por dónde empezar el relato de lo que no se sabe dónde ni cómo tuvo su comienzo, su sórdido origen. El 8 de mayo de 1968 a la una y cuarto de la madrugada Ramon George Sneyd llegó a Lisboa. Cuanto más precisos sean los detalles topográficos y temporales más rotundo parecerá el principio o el final de la historia, más poderosa la aparición sin aviso o la partida súbita del personaje. A las nueve de la mañana del 17 de mayo de 1968 el recepcionista del hotel Portugal ve alejarse de espaldas y desaparecer luego por la puerta giratoria al huésped que ocupó durante algo más de una semana la habitación número 2, los hombros más caídos que cuando llegó, el traje oscuro y la gabardina bajo el brazo en el día ya caluroso. A las once de la noche del 4 de enero de 1987 yo salí de la estación de Santa Apolonia de Lisboa en un tren que se llamaba novelescamente Lusitania Expresso.

 

El porvenir continúa: unos días más tarde, a las ocho en punto de la mañana, yo era de nuevo un funcionario municipal en Granada. También era un padre de familia con un hijo de tres años y medio y otro de un mes, un bebé que se movía aún en la cuna con el desvalimiento de las crías de mamíferos, con su piel roja, irritada, sin pelo, sus ojos de párpados hinchados sin pestañas, las manos y los pies tan pequeños como extremidades de conejo o gato o cachorro, con uñas diminutas y transparentes, adhiriéndose ávidamente, con una obstinación de supervivencia biológica, al pecho de su madre, ahíto luego y colorado, dormido, la boca entreabierta, con un filo de leche derramada en los labios, con un olor a piel de criatura y leche un poco agria.

 

La capacidad de ver a lo lejos es más limitada todavía en el tiempo que en el espacio. El 2 de diciembre de 2012, en otra vida futura que ya ha durado muchos años y que durante aquel primer viaje a Lisboa yo no habría podido imaginar, voy por la Praça do Rossio, de noche, un poco mareado por el viaje y por las ondulaciones visuales de los mosaicos del pavimento. Hemos venido porque aquel hijo mío que tenía un mes la primera vez que yo estuve en la ciudad ahora vive en ella y hoy cumple veintiséis años. Sin que nos diéramos cuenta ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos aquí. Pero es que el tiempo parece que se ha vuelto más veloz, y ahora recordamos algo creyendo que no sucedió hace mucho y resulta que fue diez o quince años atrás.

Desde el momento de la llegada, mirando los colores suaves de la ciudad por la ventanilla del taxi, los rosas, azules, ocres y amarillos gastados de las fachadas, al sol de la primera hora de la tarde, en un diciembre más clemente que el que dejamos hace unas horas en Madrid, nos ganó el remordimiento de haber tardado tanto en volver, la extrañeza de que eso haya sido posible. Cómo puede caber tanta lejanía en tan corta distancia, al cabo de una hora escasa de vuelo.

Has descorrido la cortina de la habitación en la que vamos a quedarnos dos o tres días, en una casa muy alta sobre una colina, y la ciudad entera se ha desplegado ante nosotros de golpe, como un fantástico diorama, el horizonte del Tajo y del puente 25 de Abril diluyéndose en la lejanía, hacia el sudoeste, y a este lado, casi delante de nosotros, una colina boscosa coronada por una iglesia, muy blanca en la tarde, y un poco más allá los muros y las torres del castillo de San Jorge, con banderas ondeando en el cielo muy azul sobre las almenas. Es como estar viendo la Alhambra desde un carmen en lo más alto del Albaicín. Y la casa en sí misma tiene también algo de carmen, de laberinto concentrado, con sus escaleras estrechas, sus techos bajos, sus pasillos esquinados, su fachada hermética que esconde un interior de perspectivas asombrosas, cuartos y corredores de penumbra que se abren sin aviso a las amplitudes del mundo. Hay una terraza con una baranda de hierro, con macetas de geranios y cactus. Por una escalera se baja a un pequeño jardín tapiado en el que hay un granado y un limonero. Habría espacio y abrigo para una huerta, bien protegida de las inclemencias, soleada, con una orientación favorable al sur. En la torre de la iglesia la campana que da las horas tiene una sonoridad diáfana.

 

Cierra los postigos de la ventana, corre la cortina, no enciendas la luz. Desde el interior de esta penumbra Lisboa es un rumor de ciudad lejana. Yo no sabía apenas nada de la vida ni del deseo ni del paso del tiempo la primera vez que estuve aquí. Escribía de oídas. Desprendiéndose de la ropa sin quitarse los ojos el uno del otro los amantes se vuelven de nuevo dos desconocidos, como si se remontaran en el tiempo a la primera vez que se encontraron a solas en la primera habitación. Se ayudan a desnudarse y se van despojando de toda la acumulación de lo que han vivido desde que se conocieron. Los dos cuerpos emergen de las prendas tiradas por el suelo alumbrados por la misma vulnerable inocencia, como saliendo de unas aguas que los han lavado y ungido, limpiándolos de la familiaridad como de la fatiga y el sudor y la desgana de un viaje, jóvenes y madurados y embellecidos por el tiempo, enaltecidos por el asombro y por la gratitud de desearse tanto, anónimos en una ciudad extranjera y en una habitación en la que no habían estado nunca.

Cuando irrumpe el deseo se buscan y se entregan igual que cuando se encontraban furtivamente en habitaciones de hotel y no sabían cuánto tiempo iban a tardar en volver a verse y a veces ni siquiera si se volverían a ver. Ahora han perdido la cuenta de las habitaciones y las ciudades en las que han estado juntos, de todas las penumbras artificialmente procuradas que los han amparado, a media mañana o a media tarde o en tardes lentas que derivaban hacia el anochecer, en habitaciones con ventanas que daban a desfiladeros de edificios, a bahías, a bosques, a plazas con soportales y estatuas, a cielos bajos de invierno, a patios interiores, a la colina de la Alhambra, a una calle de Madrid en la que se alumbraba en los atardeceres el letrero azul del Bar Santander, a una plaza con cafés y tranvías de Ámsterdam, a la lluvia perpetua y silenciosa de Oslo, a un jardín trasero de Nueva York ocupado enteramente por un arce inmenso, que irradiaba en noviembre hacia el interior de la habitación su fulgor escarlata, a un bosque oscuro de musgos empapados y troncos cubiertos de líquenes a las afueras de Breda, a los pinares y al azul inmóvil del agua en la bahía de Formentor, a las terrazas blancas de Cádiz, a una calle de Nueva York sumergida en el torbellino blanco de una tormenta de nieve, a la iglesia y al mirador de Graça y al castillo de San Jorge que ya están iluminados cuando apartamos la cortina y abrimos los postigos de la ventana, recién despertados después de un sueño breve y gustoso, entresueño más bien, porque no hemos perdido la conciencia de estar desnudos y abrazados, muy apretados el uno contra el otro, bajo las sábanas con olor a limpio, en la habitación extraña que ya vamos volviendo nuestra, secreta como un refugio.

Me acuerdo de aquel proyecto que le contaba Jorge Guillén a su mujer en una carta: «Vivir en muchas ciudades y amar en todas ellas a la misma mujer». Yo no podía imaginar que la intensidad de lo que parece siempre fugitivo en la literatura y en el cine puede preservarse intacta a lo largo de muchos años, incluso volverse más honda, con una parte de serenidad y lenta dulzura y otra de trastorno, en esos instantes en los que el deleite mutuo se aproxima al dolor y casi al desvanecimiento. Hay una cara tuya y una cara mía que sólo existen entonces y que nadie más que nosotros ha visto. Te miro luego pintarte los labios en el espejo del cuarto de baño, de espaldas a mí, tus hombros iluminados y tu espalda en la sombra, riéndote por algo, y eres más deseable que cuando te conocí.

 

Todo comienzo es involuntario. Bajé luego por las cuestas de la Mouraria, ya de noche, las calles iluminadas pobremente con mucha basura por las esquinas, los muros desconchados, una infección de pintadas por todas partes, una epidemia. Balcones ciegos, ventanas tapiadas de casas enormes en las que desde hace mucho tiempo no vive nadie. Daba alivio y tristeza distinguir algunos signos de presencias humanas: ropa tendida en los balcones, ventanas iluminadas y abiertas de las que venían los sonidos confortadores de una cena familiar.

Lisboa estaba más sucia de lo que yo recordaba. En una plazuela había una especie de almacén con la cortina metálica levantada hacia el que confluían hombres solos o en grupos pequeños, algunos con barbas y túnicas, acercándose a la pobre claridad eléctrica que venía de la entrada. Había un letrero en árabe pintado en una pared. Probablemente ese antiguo almacén era ahora una mezquita. Al final de la cuesta bajé por unos escalones empedrados hasta una calle estrecha y más habitada, con muchas tiendas abiertas, una al lado de otra, tiendas de electrodomésticos y de teléfonos móviles y fruterías, locutorios de internet con anuncios de ofertas de transferencias de dinero en caracteres chinos o en alfabetos del sudeste de Asia.

Vi mujeres hindúes con saris, musulmanas con velos y ropones largos, grupos de niños muy morenos jugando en la calle, jugando de noche a juegos de corros y de canciones, como hace mucho tiempo que no se ve en las ciudades. Las tiendas eran pequeñas, abigarradas, hondas como cuevas. No tenía la sensación de estar en Lisboa. No recordaba haber paseado nunca por ese barrio. Tampoco llevaba un mapa y no sabía orientarme. Sin saber cómo, desembocando de algún callejón, llegué a la Praça da Figueira. Ahora me doy cuenta de que probablemente tuve que pasar por la Rua João das Regras, junto a la puerta del viejo hotel Portugal, que estaba a punto de cerrarse, que quizás entonces se mantendría aún muy parecido a como había sido en los años sesenta, con esa lenta duración que tienen las cosas arruinadas en Lisboa. Pero no vi el letrero en la fachada, ni me asomé al vestíbulo en el que, cuarenta años atrás, trabajaba como recepcionista Gentil Soares.

De noche la Praça da Figueira tiene algo de reverso desolado y algo turbio del Rossio, algo de aparcamiento, con esa estatua de un rey a caballo que no está en el centro, sino a un lado, de modo que el espacio anchuroso da una impresión de vacío. Pero ahora sí reconocía la ciudad, no porque al fin supiera dónde estaba, sino porque encontraba las sensaciones familiares, las más sutiles, las que se mantienen intactas porque la memoria consciente no las deteriora con el uso, y sólo se recobran al percibirlas de nuevo. Lisboa en diciembre era la bruma fría como una gasa muy ligera y el brillo húmedo de los adoquines y las piedras blancas de las aceras, con su lisura de hueso, y el olor del carbón y del humo y las nubes de humo subiendo de las chimeneas de latón en los puestos ambulantes de castañas asadas.

Al ir solo me volvía con más facilidad el estado de ánimo de mi primer viaje. Eché a andar por la Rua dos Douradores nada más descubrir su nombre en una esquina. Entre los fantasmas errantes de la literatura y de las ciudades Bernardo Soares es tan casi visible por Lisboa como Leopold Bloom por Dublín, como Max Estrella por Madrid, como James Joyce por Trieste, que se parece tanto a Lisboa en ciertas rimas visuales. Pero también Joyce, flaco y borrachín, con su sombrero echado hacia atrás, su pajarita, su bigote breve, sus gafas de cegato, se parece a Fernando Pessoa, y los dos fueron contemporáneos y se pasearon por sus ciudades semejantes.

 

El viaje, el regreso, el cumpleaños de mi hijo, la habitación del hotel, la vista desde la ventana, la caminata cuesta abajo por la Mouraria, suscitaban muy profundamente en mí un estado particular de alerta, de expectativa de algo, una inmediatez de resonancia interior a cada estímulo que recibía, un dejarme llevar muy acentuado por la lasitud del amor. Me volvían a rachas imágenes y sensaciones de lo que nos había sucedido en el secreto de la habitación apenas una hora antes. Dice Joyce en Los muertos: «Moments of their secret life together burst like stars upon his memory». Una de las historias más hermosas que existen sobre el paso del tiempo la escribió un hombre de veinticinco años.

Tenía ganas de encontrarme contigo y también de apurar a solas el tiempo que faltaba para nuestra cita y para la llegada de mi hijo. Pensaba en el modo en que la paternidad y la maternidad modifican la percepción del tiempo. 1986 no era una fecha abstracta del pasado sino el año en el que nació este hijo mío al que ahora habíamos venido a visitar en Lisboa. Nació justo a esta hora, hacia las ocho de la tarde, este mismo día de diciembre, en una Granada ya fría, pero no del todo invernal, con una bruma húmeda en el aire, más visible en la cercanía de cualquiera de sus dos ríos, junto a uno de los cuales vivíamos cuando mi hijo nació. Ese vivíamos se me ha vuelto raro nada más escribirlo porque es una primera persona del plural que no te incluye a ti. Vivir en los pronombres, dice Pedro Salinas.

La Rua dos Douradores desemboca en una calle por la que pasan los tranvías que ahora sé que es la Rua da Conceição. Es esa hora en la que están a punto de cerrar comercios como de capital de provincias antigua, mercerías, papelerías como las que yo frecuentaba en mi ciudad natal, en octubre, al salir de clase, a principio de curso en el instituto, iluminadas en el anochecer que ya llegaba antes, recibiéndolo a uno con la calidad de un aliento humano que oliera a tinta, a papel y a madera.

Como tengo algo de tiempo aún entro en una de ellas. Hay un instinto que lo guía a uno a través del azar para que encuentre las cosas que más van a gustarle. Encuentro unos cuadernos de sólidas tapas de cartón, con lomos de tela, cosidos con hilo, con hojas de papel recio, dócil al tacto, pero no demasiado suave. Abierto entre las manos ese cuaderno tiene de pronto la consistencia de un libro futuro, una promesa de palabras escritas de la primera a la última página, como el tirón anticipado de una historia que ya está pidiendo ser escrita antes siquiera de que se sepa algo de ella.

 

Abro luego el cuaderno por la primera página sobre la mesa del café en el que estoy esperándote. En la papelería he comprado también un lápiz, por puro capricho, por sostener entre los dedos su contorno firme casi de herramienta, uno de esos útiles de diseño simple y perfecto y finalidad muy específica que se manejan en algunos oficios. Acerco sin ningún propósito su punta afilada a la primera hoja en blanco y escribo la fecha, por gusto, por hábito, por el vicio de escribir, 2 de diciembre de 2012, Lisboa.

He subido por el Chiado y he elegido una mesa al fondo del café desde la que puedo ver bien la entrada. Tú aparecerás en ella en cualquier momento, dentro de unos minutos. Me gusta haber llegado antes de tiempo. Así estoy seguro de que te veré llegar. Me ha gustado siempre cuando apareces inesperadamente; mirarte durante los pocos segundos que tardas en verme tú; verte de lejos, ensimismada, por la calle, más plenamente tú misma porque estás sola y no tienes conciencia de mi cercanía, verte como si yo no existiera en tu vida.

Te vi así una de las primeras veces, cruzando entre distraída y atenta un paso de cebra, en mi ciudad de entonces, camino de la cafetería en la que habíamos quedado unos minutos después. Te veía más claramente porque ni siquiera imaginaba que pudiera enamorarme de ti. Me gusta saber cómo eres de verdad, no con el filtro de los sobreentendidos visuales de la costumbre; como te verá quien se cruce contigo y se fije en ti y se te quede mirando sin saber quién eres. Así te veo de nuevo, de nuevas, con los ojos abiertos de verdad, teniendo que fijarme en cada uno de tus rasgos, en ángulos inusuales de tu cara. Me gusta verte por sorpresa, parada en una acera, mirando un escaparate, cerca de algún restaurante al que llegamos cada uno por nuestro lado, y hay un instante previo al reconocimiento en el que eres una de esas mujeres desconocidas y atractivas a las que miro por la calle. Un segundo más tarde esa mujer que ya ha incitado mi deseo eres tú.

Amar una cara es amar un alma, dice Thomas Mann. Te vi una vez entre la gente que había alrededor de una mesa muy grande, en una terraza de verano, en una ladera de pinares en El Escorial, y andaba tan atribulado o tan perdido en mis cosas que casi no me fijé. Volví a verte unos meses después y no me acordaba de tu cara. Te vi en Madrid, al fondo de un salón de actos, de pie y cerca de la puerta, como si pudieras irte en cualquier momento, con una sonrisa de ironía y paciencia, y cada vez que volvía a mirar hacia ti temía que hubieras desaparecido. Como en esos sueños de dilaciones e imposibilidades me abría paso luego entre la gente y me dejaba enredar en conversaciones y parabienes sin lograr nunca acercarme a donde tú estabas, con tu gran sonrisa paciente y tu melena pelirroja de entonces.

Veía esa gran sonrisa recibiéndome en las terminales de llegada de los aeropuertos, en los vestíbulos de las estaciones y de los hoteles de Madrid. Una vez viajaba hacia ti en un tren y de pronto, casi llegando, no estaba seguro de si habíamos quedado en que me esperarías en la estación de Atocha o en la de Chamartín. Era en aquel mundo anterior a los teléfonos móviles en el que las personas se perdían las unas a las otras, en el que podían no llegar a encontrarse por mucho que se buscaran. Me bajé atolondradamente en Atocha, arrepintiéndome en el momento en el que salté al andén y el tren se puso en marcha hacia la otra estación. Salí al vestíbulo con la esperanza débil de encontrarte a pesar de todo, pero entre los centenares de caras de los que esperaban o deambulaban por allí ninguna era la tuya, aunque hubo unas cuantas que lo fueron y dejaron de serlo en un abrir y cerrar de ojos.

Caí en la cuenta de que si no te veía no iba a saber cómo llegar a tu casa, porque había estado en ella una sola vez y no me acordaba del nombre de la calle. Salí a las diez de la noche al gran descampado de la plaza de Carlos V buscando un taxi que me llevara a Chamartín. Con algo de suerte podía llegar a la estación al mismo tiempo que el tren, o unos minutos más tarde. Pero no había taxis y si pasaba alguno iba ocupado. Yo atravesaba aquellas anchuras desiertas buscando alguna parada de taxis o alguna esquina en la que fuera más probable que pasaran. No se me ocurría en mi angustiado aturdimiento que había una parada delante de la puerta de salida de los viajeros. Miraba el reloj de la estación pero no sabía calcular cuánto tiempo llevaba esperando y me imaginaba que el tren había llegado hacía mucho a Chamartín y tú ya te habrías ido. ¿Y si buscaba una cabina y te llamaba a tu casa? Pero entonces perdería mucho más tiempo.

Apareció un taxi y yo me encontraba tan confundido y tan desalentado que me faltaron los reflejos y estuve a punto de dejarlo pasar. Por muy rápido que el taxi iba Castellana arriba Madrid era esa noche una ciudad ilimitada, y Chamartín estaba en el otro confín del mundo. Yo no llegaba nunca a ella, igual que no se llega nunca a los sitios deseados de los sueños.

Crucé puertas automáticas que se abrían con deferencia inútil ante mí y me pareció que era ya muy tarde y que no quedaba nadie en el vestíbulo de la estación. Te vi antes de que tú me vieras. Estabas dando la espalda con aire de desánimo al panel en el que se indicaban las llegadas de los trenes. Tenías la cabeza baja y el aire perdido y eras más joven y parecías más vulnerable de lo que yo recordaba.

Ahora he levantado los ojos del cuaderno en blanco en el momento justo en el que aparecías a la entrada del café, buscándome con la mirada entre las mesas y la gente y sin verme todavía, apresurada, luminosa, con el pelo revuelto, los labios recién pintados, bolsas en las manos.

 

Mi hijo y su novia llegan contigo. Él y yo nos hemos dado un abrazo largo. Es un hombre joven y fuerte, de mi misma estatura, con una barba tupida, con el pelo liso y castaño, los ojos muy claros y grandes, rasgados, heredados de su madre. Es sosegado y tímido, al menos cuando está conmigo. Pero nadie es plenamente o exactamente él mismo cuando está con sus padres. Hay algo de fraternal entre su novia y él. Están juntos desde que tenían quince años. Yo tenía diecisiete y su madre dieciocho cuando nos conocimos. Las personas muy jóvenes no saben lo jóvenes que son, lo cerca que están todavía de una infancia de la que se imaginan absueltos en la misma medida en la que sus padres la siguen viendo o siguen queriendo verla en ellos. Cuando su madre y yo nos casamos yo tenía la misma edad que él acaba de cumplir. Cuando nos separamos él tenía cinco años.

Estamos los cuatro sentados alrededor de la mesa, en el café de columnas de hierro y molduras de escayola y camareros antiguos, con un ruido grato de conversaciones, con aromas cálidos de pastelería y de suaves cafés tostados portugueses, y yo lo miro a él con una ternura pudorosa y me acuerdo de esas palabras del Evangelio, que transpiran una paternidad tan distinta de la iracunda y vengativa del Antiguo Testamento: Éste es mi hijo amado en quien tengo contentamiento. Es lo que piensa uno el primer día que va a buscar a su hijo a la escuela y lo ve por primera vez mezclado con otros niños, confundido y genérico entre ellos, un niño más que sin embargo es el suyo, su hijo amado en quien tiene contentamiento.

Un hombre ahora, en el gran salto inaudito, en la elipsis temeraria del tiempo. Ahora son ellos los que saben y hablan y nosotros los que hacemos preguntas y escuchamos, los que agradecemos que ellos hablen portugués y nos traduzcan todas las variedades de pastelería de la carta y hagan de intérpretes con los camareros. Cuando uno se recuerda a sí mismo joven lo que recuerda es la imagen de sí mismo que tenía entonces. Por eso, cuando ve a un joven, le da la impresión de que es más infantil o menos adulto de lo que uno era a su edad, por eso y tal vez también por la tentación de la condescendencia. Y al mismo tiempo el joven ve al adulto de la edad de sus padres muy alejado ya de la juventud, instalado casi en la vejez. A cada uno le cuesta ver al otro tal como es, pero le cuesta más todavía intuir cómo el otro se ve a sí mismo. Y así es muy probable que no sepan cuánto se parecen en realidad el uno al otro, cuánto más de lo que se imaginan tienen en común.

Lo único que los separa, lo que sabe el adulto y no puede imaginar el joven, es todo lo largo que puede ser el porvenir, todos los caminos inesperados hacia los que puede derivar su vida: su vida que no es una sola, no sólo por todo lo que puede cambiar, sino por lo que cambiará uno mismo, convirtiéndose no ya en otro, sino en varios otros posibles y sucesivos. Quizás lo que hay en común entre el recién nacido que me pusieron en los brazos hace veintiséis años y el hombre joven que está sentado ahora frente a mí en este café de Lisboa es tan poco como lo que hay entre el padre tan atribulado y tan inhábil que vino aquí unas semanas después porque estaba escribiendo una novela y el hombre que soy ahora.

La mayor diferencia entre los padres y los hijos es que los padres pertenecen al mundo que los hijos no saben imaginar porque es el que existía antes de que ellos nacieran. En 1986 la madre de mi hijo y yo teníamos vidas modestas pero muy seguras: ella su plaza en propiedad de maestra y yo la mía de auxiliar administrativo; los dos una familia, y un piso de protección oficial que seguiríamos pagando con algunos aprietos pero sin ninguna incertidumbre casi hasta que nuestros hijos fueran adultos. A los veintiséis años tú ya tenías un hijo de tres. Tenías veintiocho cuando nos conocimos.

A una edad a la que nosotros apenas habíamos viajado mi hijo y su novia han vivido ya en varios países. Hablan con fluidez idiomas que nosotros desconocíamos y se trasladan de un país a otro y de una lengua a otra con una naturalidad que para nosotros era inimaginable a la edad que ellos tienen: nos parecía más bien propia de los libros y de las películas. Pero, a diferencia de nosotros entonces, ellos viven en el aire. Hacen trabajos ocasionales y alquilan apartamentos para unos pocos meses, como máximo. Después de cenar nos llevan al que ellos comparten, por callejones y escalinatas del barrio de Alfama. Es la primera vivienda propia que mi hijo tiene en su vida, fuera de la casa familiar. Hay mapas pegados a las paredes, carteles, libros por todas partes. Es el lugar de una vida austera, provisional, emancipada de la mía, en gran parte ajena a ella, como era ajena mi vida a la de mi padre cuando había entre nosotros casi la misma diferencia de edad que entre mi hijo y yo. Yo fui durante tres días un transeúnte extranjero en Lisboa y mi hijo vive y trabaja en la ciudad y estudia el idioma. Yo vine como un fugitivo de la vida a la que él acababa de llegar para extraviarme en mis fantasías de amores novelescos y de literatura y él convive apaciblemente con su novia, y aunque lo desearan no podrían pensar en tener un hijo, no sabiendo de qué van a vivir ni dónde, más allá de los próximos meses.

 

Paseando con ellos hemos perdido pronto la orientación. Ahora vamos por calles estrechas que nos son desconocidas, en las que de vez en cuando se ve la luz de una casa de comidas o de una taberna diminuta, por plazuelas con iglesias blancas que me hacen acordarme de las iglesias mudéjares del Albaicín, con su formas despojadas, sus muros de cal, sus ventanas con celosías. Tú vas delante, charlando con la novia de mi hijo. Él y yo nos hemos quedado rezagados. A veces no os vemos y nos guían vuestras voces y el sonido de vuestros pasos sobre el adoquinado.

Ahora que por fin estoy con él, en su cumpleaños, después de meses de no vernos, me gana una timidez que probablemente se parece a la suya. Cuánta falta me haría tu desenvoltura, tu talento para establecer una claridad cordial en las conversaciones. Me gustaría contarle a mi hijo cosas sobre mí mismo que no le he contado nunca. No podía decírselas cuando era niño y ahora que es adulto no sé cómo hacerlo. Me acuerdo de una conversación de varias horas que tuve con su hermano mayor hace unos años, una noche, por Bruselas, horas caminando y hablando, recapitulando mi vida y la suya, a través de la ciudad que él conocía y yo no, mientras se cerraban los bares y los restaurantes y las calles se quedaban vacías, y luego, ya exhaustos, en el bar del hotel, hasta que los camareros recogieron las mesas y empezaron a apagar luces, los dos a la vez reconciliados y heridos, cada uno de los dos consciente del lugar que ocupaba en la vida del otro, del daño que sólo pueden infligirnos los que más amamos.

Pero quizás también es bueno ir paseando así, dejándose llevar por la conversación igual que por el trazado de una calle, disfrutando de la clemencia de la noche, del hecho simple de estar juntos. Mi hijo me cuenta cosas sobre su trabajo. Traduce subtítulos para documentales y películas de ficción. Hay temporadas en las que le llegan de golpe muchos encargos y tiene que pasarse jornadas de doce o catorce horas delante del ordenador; otras veces se queda sin nada que hacer. Hay agencias que tardan mucho en pagarle o que le regatean. De vez en cuando tiene que subtitular películas para festivales de cine sanguinario y fantástico, y acaba estragado de tantas vísceras, espantado de la clase de público que alimenta monótonamente su imaginación de esas cosas. Pero le gusta descubrir películas minoritarias, de países improbables, que si no fuera por su trabajo no sabría que existen, y sobre todo documentales.

Le pregunto qué desearía en su trabajo, si hay algo que siente que le falta, si necesita dinero. Pienso en el descontento incurable que yo tenía a su edad, la sensación de estar atrapado en una vida y en una ciudad y en un trabajo que no me gustaban, el desasosiego de escribir, la sospecha de estar escribiendo para nadie, el encono de los deseos ocultos. Con una naturalidad que me sorprende, mi hijo me dice que está contento. Quisiera tener algo más de estabilidad pero no se queja. Hace cosas que le gustan y que más o menos le dan para vivir. Toca la guitarra en un grupo de música pop y está empezando a componer algunas canciones. A él y a su novia les gustaría quedarse en Lisboa, pero si ella no encuentra un trabajo tendrán que volver a Granada. Quizás está mucho más dotado para el disfrute tranquilo de la vida de lo que yo estaba cuando tenía sus años. Lo que más le gusta traducir son los documentales: de viajes, de vidas de músicos, de historia del siglo XX, de enfermedades, de descubrimientos científicos, de animales, de selvas, de expediciones polares, de investigaciones submarinas. Vive enclaustrado en cada uno de ellos durante los días que tarda en completar la traducción, y es como si viajara solo, sedentariamente, por mundos sucesivos, en su cuarto de la Alfama, horas y horas delante de la pantalla del portátil.

Le aviso de lo que él sin duda ya sabe, el peligro de estos oficios en los que uno pasa demasiado tiempo a solas y aislado de la realidad exterior, en los que no hay horarios ni más disciplina que la que uno pueda imponerse, a no ser la disciplina angustiosa de los plazos que se acercan y el remordimiento de haberlo ido dejando todo para el final. Cuando era niño lo intrigaba mi trabajo. Si yo estaba escribiendo en un cuaderno él se sentaba frente a mí al otro lado de la mesa y escribía también en una libreta de la escuela. La aparición de las letras blancas o verdosas sobre el fondo negro en las pantallas de los ordenadores antiguos le producía una intriga inagotable. Después de la Canon electrónica en la que había escrito la novela de Lisboa compré un ordenador tosco y grande, un Amstrad jurásico, que se estaba quedando obsoleto según yo aprendía con grandes dificultades a usarlo. Lo dejé un día imprimiendo un texto largo, en una impresora tan ruidosa como las antiguas máquinas de télex. Mi hijo entró al cabo de un rato al comedor con una información asombrosa: «En tu cuarto hay un padre invisible escribiendo».

Al cabo de algún tiempo, y sin que nadie le explicara por qué, el padre invisible fue más invisible todavía porque dejó de escribir en el cuarto y de vivir en la casa, y se volvió un visitante que llegaba a veces sin aviso desde otra ciudad, en un taxi, con una bolsa de viaje, con una cartera de mano en la que pesaba mucho un ordenador portátil.

 

Hemos desembocado en una gran plaza despejada que también es un mirador sobre el Tajo. Una estatua de un santo sobre un pedestal, enorme como un golem, resalta en la sombra con el brillo lunar de la piedra blanca de Lisboa.

Durante algún tiempo, cuando mis hijos eran todavía niños —trece años, once, nueve, seis— viví con la certeza de que me iba a morir pronto. Pero la muerte no me daba miedo, después del primer golpe de terror en la consulta de un médico. Me moría de tristeza pensando que iba a dejar de verte y que no vería hacerse adultos a los hijos. Un niño suele parecerse muy poco al hombre o a la mujer que será. Yo pensaba que iba a morirme sin llegar a saber cómo serían las caras y las vidas de mis hijos cuando se hicieran mayores. El porvenir de diez o quince o veinte años más tarde era un país que me estaba vedado, hermético como la Corea del Norte o la Mongolia Exterior a las que constaba la prohibición de viajar en los pasaportes españoles antiguos.

Este momento, esta noche, son el porvenir que yo no pensaba que vería. No quiero que se me olvide el regalo excepcional de estar vivo. La corriente del Tajo tiene un resplandor oleoso en la noche sin luna. La silueta punteada de luces del puente 25 de Abril me hace acordarme del puente George Washington de noche, sobre la amplitud oscura del Hudson. En el centro del río hay un gran carguero inmóvil, con una torre de varios pisos en la proa, con grúas inclinadas, con la cubierta iluminada y deshabitada en la niebla como un campo de fútbol en el que acaba de celebrarse un partido nocturno.

El flujo de la vida común va tejiendo y destejiendo sus argumentos, sus simetrías, sus resonancias, sin necesidad de que nadie invente nada, igual que se dibujan las curvas de un río o los brazos de un delta o los nervios de una hoja sin que intervenga la mano ni la inteligencia de nadie. En cierto sentido, una novela se escribe sola.

Con una curiosidad igual de aguda pero algo más reservada que cuando era niño mi hijo me pregunta si estoy trabajando en algo: se acuerda del cuaderno abierto sobre la mesa cuando entró en el café. A veces no hay que contar las cosas para que no se malogren. Otras veces, contarlas a quien tenga los oídos muy atentos es una manera de ayudar a que lleguen a existir. Le digo a mi hijo que esa tarde, durante mi paseo a solas, viendo las sombras de la gente en la Praça da Figueira y luego en una calle larga y estrecha de la Baixa, me he acordado de algo que leí en un libro sobre el asesinato de Martin Luther King, algo que me hizo mucha impresión y que me llevó a escribir un arranque, el esbozo de un relato, aunque en el libro no se le concedía mucho espacio, ni se le daba importancia: que su asesino, James Earl Ray, cuando estaba huyendo, pasó diez días en Lisboa.