Como la sombra que se va
Capítulo 4
H ABÍA llegado después de medianoche a una ciudad deshabitada. La había visto desde el avión, asomado a la ventanilla, las manos crispadas en los brazos del asiento cuando comenzaba el descenso, cuando un ala se volcó bruscamente al tiempo que ascendía, dibujándose en la negrura, el horizonte del mar. Vio la ciudad abajo, una constelación pálida de luces filtrada por la niebla. Vio sobre la lámina del agua brillando en la claridad de la luna un buque con el castillo de proa y la cubierta iluminados. Buques de carga salían a diario de Lisboa rumbo a las colonias de África, rumbo a Brasil, a Goa, en la India, a Macao. Macao es una isla que está en la desembocadura del río de las Perlas. El avión de Londres era el último que aterrizaba esa noche en el aeropuerto. Menos de la mitad de los asientos estaban ocupados. Él era uno de los viajeros silenciosos que dormitaban o leían, varones casi todos, hombres de negocios o funcionarios diplomáticos acostumbrados a volar que abrían maletines y revisaban papeles y miraban el reloj para asegurarse de que el avión no llegaría con retraso. En la cabina en penumbra los iluminaba el breve cono de las luces de lectura sobre los asientos. Algunos fumaban cigarrillos y hacían sonar los cubitos de hielo en los vasos de whisky que les servían las azafatas sigilosas, inclinadas servicialmente sobre ellos. Nadie podría decir que él no era uno más de esos viajeros. La gabardina, el traje, la corbata, la camisa blanca, las gafas, los pormenores dudosos corregidos o filtrados por la cualidad tenue de la luz. Tan sólo le haría falta un maletín con documentos que habría desplegado con naturalidad sobre la bandeja delante del asiento, un hombre de negocios atareado que aprovecha el tiempo del vuelo. James Bond lleva su pistola, los cargadores y el silenciador en un maletín así. Pero ellos guardarían fajos cuantiosos de billetes bien doblados en carteras de piel, cheques de viaje, tarjetas con sus nombres y cargos impresos, con domicilios y números de teléfono.
La luz de la lamparilla de lectura iluminaba sus manos, que sostenían un libro abierto, haciendo brillar las uñas lacadas por la manicura reciente. En el aeropuerto de Heathrow había facturado una maleta que pesaba doce kilos. El avión pertenecía a la British European Airlines y tenía la salida a las 10.40 de la noche, y la llegada a la 1.15 de la madrugada. Los datos triviales y exactos permiten una sensación engañosa de omnisciencia. Se volvió a poner las gafas antes del aterrizaje para estar seguro de que no las olvidaba. Si se concentraba podía notar cómo se le dibujaba en los labios el atisbo de sonrisa que había en la foto del pasaporte. La dueña de la casa de huéspedes de Memphis dijo que al hablar con ella tenía una sonrisa forzada y sin motivo que la puso nerviosa. Conservaría esa misma expresión reservada pero afable en la cara cuando se detuviera ante el funcionario de inmigración, en un vestíbulo de la zona de llegadas del aeropuerto en el que tampoco había casi nadie a esa hora tardía. El ligero gris en las sienes acentuaba su respetabilidad.
El libro que estaba leyendo era Psico-Cibernética, del doctor Maxwell Maltz. Yo lo tengo ahora mismo encima de mi mesa. Lo leía despacio, a veces murmurando las frases para entenderlas mejor, leyéndolas de nuevo. Algunas las subrayaba con un lápiz. Un ser humano siempre actúa, siente, se comporta, de acuerdo con aquello que imagina ser verdad acerca de sí mismo y de su entorno. Llevaba consigo también una novela de espías y un brazado de periódicos y de revistas. Traía unos cuantos cuando subió al avión y luego repasó también los que ofrecían las azafatas. Los viajeros de los aeropuertos llevaban periódicos y revistas bajo el brazo y bolsas con emblemas de compañías aéreas o maletines ligeros. Examinaba de golpe primeras páginas de diarios y portadas en color de revistas semanales; las fotos, lo primero de todo; los titulares, fijándose ahora más en los de las columnas laterales, los de las esquinas inferiores, porque la búsqueda, la cacería más bien, parecía haberse ralentizado o interrumpido y porque sencillamente seguían sucediendo cosas que desplazaban los sucesos de unos días o unas semanas atrás. Tres mil ciento cincuenta agentes del FBI participan en la investigación; la Real Policía Montada de Canadá, la policía mexicana. Agentes especiales de Interpol seguían una pista al parecer segura que situaba su paradero en un barrio dudoso de Sydney, en Australia. Quería doblar bien los cuadernillos de los periódicos pero sus páginas tan amplias se le desordenaban en seguida en una hojarasca ruidosa. Se distraía leyendo anuncios por palabras o noticias curiosas y se olvidaba de la búsqueda.
Desde niño lo habían hechizado los periódicos, las fotografías y los anuncios de las revistas, todo lo que fueran palabras o imágenes impresas, las caras felices de los hombres y las mujeres en los anuncios de coches, las amas de casa sonrientes en sus cocinas de superficies blancas y brillantes. Se fijaba en gestos para imitarlos: cómo sostener una copa de whisky dejando sobresalir hasta la mitad los puños de la camisa, mostrando los gemelos; cómo encender un mechero para darle fuego a una mujer en el momento mismo en que saca el cigarrillo, justo cuando está llevándoselo a los labios.
Pero no sólo buscaba el nombre antiguo y las fotos de la ficha policial que ya no se le parecían. Buscaba, temiendo encontrarlo, sabiendo que más pronto o más tarde aparecería, el nombre de ahora, el que ya escribía con fluidez en las casillas de los formularios y repetía en voz alta cuando se lo preguntaban. Imaginaba con un impulso de fatalidad el momento futuro en que lo identificarían. Fatalidad y miedo y un fondo de jactancia, de orgullo. Según la psicocibernética, ensayar mentalmente con un máximo de claridad posibles situaciones futuras le permitía a uno buscar con antelación las mejores salidas. En el laboratorio de la imaginación se sintetizaban experiencias beneficiosas igual que se sintetizan vitaminas en los laboratorios químicos.
Se acercaría al mostrador y aguardaría con ademán de obediencia detrás de la línea blanca mientras el pasajero anterior sorteaba el trámite sin miedo ni dificultad; cuando él entregara su pasaporte emitido en Toronto una semana antes notaría una expresión peculiar en los ojos del funcionario o del policía que lo examinaba, una mirada de soslayo hacia algo y luego hacia él, hacia la cara que él apartaría con un gesto habitual, vuelta hacia un lado, hacia la derecha, huidiza pero no demasiado, como un reflejo de timidez que parecía también de rendición, la mirada en el suelo y la barbilla cerca del hombro, los ojos muy claros que el interlocutor no llegaba a encontrar, los párpados moviéndose, con una agitación nerviosa de alas de insectos.
Había vivido otro momento así, la noche anterior, o la madrugada anterior, ya no estaba seguro, en el otro aeropuerto, en Heathrow, después de un viaje no de poco más de dos horas sino de una noche entera, la noche que terminó de repente cuando se encendieron las luces y ya eran las siete de la mañana aunque habían sido menos de las dos cuando se le cerraron los ojos, aunque al otro lado de la ventanilla había una oscuridad sin fisuras, la extensión de una pista de aterrizaje charolada por la lluvia. Junto al mostrador de Inmigración había una bandera británica. En el bolsillo trasero del pantalón notaba el peso del revólver, marca Liberty Chief, calibre 38, de fabricación japonesa. El pasado está lleno de pormenores exóticos. En 1968 no hay controles de seguridad ni detectores de metales en los aeropuertos y un fugitivo puede obtener por correo y sin ninguna dificultad una partida de nacimiento a nombre de otro y con ella un pasaporte canadiense legítimo. El policía de Inmigración le habló de una manera tan rara que él tardó un poco en darse cuenta de que a pesar de todo le hablaba en inglés. Detrás de él colgaba de la pared un retrato en color de la reina de Inglaterra. 007 al servicio de Su Majestad. El policía estaba recién afeitado y olía a colonia. Era muy joven, un novato inseguro y concienzudo, los peores. Estaba empezando su jornada de trabajo. Comparó el pasaporte y la ficha de entrada y se fijó en la diferencia mínima, la única letra mal escrita. Por un gesto que dura menos de un segundo o por una sola letra se te tuerce para siempre la vida. La semejanza entre la cara y la foto era perfecta pero no así la del nombre escrito a mano con letras mayúsculas en el formulario de entrada y el que estaba impreso bajo una lisa superficie plástica en el pasaporte. Sneyd, Sneya.
Un error de mecanografía, dijo, queriendo sonreír, ajustándose las gafas sobre la nariz, tan fina que resbalaban, quizás más ahora, después de la operación, con un principio de sudor, la cara muy blanca, más todavía bajo los tubos fluorescentes, el revólver en el bolsillo del pantalón, apagones sucesivos de décimas de segundo según se abrían y se cerraban los párpados. La culata del revólver estaba forrada de cinta aislante. El funcionario miraba el pasaporte abierto y la ficha y lo miraba a él sin encontrar sus ojos, miraba la fila de viajeros esperando más allá, detrás de la línea blanca, a través de la sala, hacia los ventanales del fondo, contra los que chocaban oleadas de lluvia. Entonces él buscó en el bolsillo interior de la gabardina y sacó un sobre alargado, con un membrete oficial, y rebuscó con los dedos nerviosos hasta mostrarle al funcionario un certificado de nacimiento, esta vez con el nombre completo y sin equivocaciones, mecanografiado en mayúsculas, garantizado por sellos oficiales, Sneyd y no Sneya, Ramon George Sneyd, ciudadano de Canadá nacido en Toronto, el 8 de octubre de 1932. Dijo que tenía también un certificado oficial de vacunación y buscó en varios bolsillos hasta encontrarlo. El héroe de la novela que estaba leyendo era también canadiense, veterano del servicio secreto británico durante la guerra. La novela se titulaba Misión en Tánger. En la portada una mujer de melena negra está sentada de espaldas sobre una toalla, en la arena, y no lleva puesta la parte superior del bikini, aunque su mancha blanca se dibuja en la espalda morena. En la edición que yo tengo el papel barato se ha vuelto ocre y quebradizo, las páginas se descuadernan, los cantos de la portada están gastados después de muchos años en almacenes y en librerías de segunda mano, a la intemperie, en cajones de puestos callejeros.
El nombre del protagonista era Robert Belcourt. Los espías llegaban de incógnito a sus ciudades de destino haciéndose pasar por hombres de negocios, por reporteros o fotógrafos internacionales. Les gustaba actuar por su cuenta y aunque no tenían miedo de aceptar misiones peligrosas eran indisciplinados e imprevisibles y colmaban la paciencia de sus superiores. Seducían a mujeres atractivas y siempre peligrosas y hasta letales porque podían trabajar al servicio de poderes enemigos. Robert Belcourt hablaba cinco idiomas, regentaba una productora cinematográfica, sabía pilotar veleros y lanchas de motor. Con la tapadera de buscar localizaciones en Tánger para una película investigaba en el hampa de los contrabandistas siguiendo un hilo que lo llevara al jefe del espionaje soviético en el norte de África.
El funcionario comparaba el impreso de inmigración con el certificado de nacimiento y con el pasaporte siguiendo línea por línea con un lápiz, la punta muy afilada suspendida unos milímetros por encima de la superficie del papel. Con un poco que presionara se quebraría. Un lápiz afilado así puede clavarse en la yugular y producir una hemorragia. Rodeó con un círculo tenue los dos nombres distintos: Sneyd, Sneya. La pequeña cuchilla del sacapuntas estaría tan afilada como la de la hoja de afeitar que habría usado el funcionario esa misma mañana, muy de noche todavía, mirándose en el espejo, con la camisa azul del uniforme planchada y recién abotonada. «Un error de mecanografía», repitió él, asintiendo, dócil de antemano, culpable de esa falta menor, casi agradecido, las palmas de las manos húmedas en secreto, el último botón del cuello de la camisa hiriéndole la piel, caminando luego como si flotara por un corredor de luz fluorescente sin sombras cuando el policía le indicó con la mano que pasara, ya olvidado de él, borrándolo de su memoria, aguardando con aire de cansancio a que se acercara el siguiente viajero.
Desde las siete de la mañana hasta el embarque del vuelo nocturno a Lisboa se quedó en la terminal de Heathrow. Un hombre solo un día entero en la zona de tránsitos de un aeropuerto; alguien que sólo la tarde anterior se montó por primera vez en un avión, que nunca antes había pisado un aeropuerto. Todo sería raro y desconcertante para él. No habría subido nunca en una escalera mecánica. No sabía lo que era facturar el equipaje ni guiarse por los indicadores. Se extraviaba en una confusión de signos. Lo aturdirían las llamadas en los altavoces, los avisos de números de vuelos a punto de despegar y de números de puertas. No sabría lo que era una puerta de embarque. Seguía a otros e imitaba lo que hacían. Caminando detrás del gordo odioso llegó desde el control de pasaportes a la sala donde giraban las cintas transportadoras de los equipajes.
Recogió su maleta y no sabía a dónde ir. Al otro lado de los altos muros de cristal Londres era un panorama de hangares y pistas de aterrizaje y un horizonte bajo y nublado en el que la luz no cambiaba según iba avanzando el día. Empujaba una bandeja en el autoservicio de la cafetería y al acercarse a la caja a pagar no miraba la cara de la cajera. Tenía que fijarse en lo que hacían otros para saber cómo actuar, dónde se recogía la bandeja, dónde el cubierto y la servilleta de papel. Buscaba una mesa apartada que estuviera cerca de alguna salida y que le permitiera al mismo tiempo pasar inadvertido y estar atento a lo que sucedía. Lo tranquilizaba verse más o menos idéntico a la mayor parte de los pasajeros varones que circulaban por la terminal. Si pudiera verlo ahora algún conocido de los tiempos de la prisión, o alguien de su familia, su padre. Su padre vivía ahora en una cabaña de una sola habitación rodeado de chatarra y basura y en compañía de varios pastores alemanes que ladraban con furia a quien se acercara. Había hablado con unos periodistas, quizás para sacarles algo de dinero, pero decía el periódico que se había negado a que le hicieran fotos. «Si los negros se enteran de que soy su padre vendrán a quemarme la casa y matarán a tiros o ahorcarán a mis perros.» También decía que su hijo no era tan listo como para haber actuado solo; que probablemente a esas alturas ya estaría muerto.
En las lejanías de los corredores distinguía muy pronto los uniformes de funcionarios, de policías o de vigilantes. Más peligrosos serían los policías de paisano, aunque él podía reconocerlos con una sola mirada. Lo llevan escrito en la cara. En la puerta de cristal esmerilado de un puesto de policía distinguió a distancia el cartel con las grandes letras blancas sobre negro, WANTED, y las tres fotos debajo, una de frente, otra de perfil, las dos de ocho años atrás, la tercera la más rara, la más inútil, porque ésa sí que no se le parecía nada, la foto con esmoquin y pajarita de camarero, con unos ojos como incrustados que no eran los suyos. El esmoquin alquilado le quedaba desastrosamente mal y la pajarita estaba estrujada y torcida.
Rondaba los kioscos de la terminal. Miraba las portadas en colores de las novelas de bolsillo. Se acercaba a las zonas más apartadas en las que se exhibían las revistas con mujeres desnudas o casi desnudas en las portadas. Revistas de mujeres, de yates, de viajes, de residencias de lujo, de automóviles, el papel satinado, los colores muy vivos, los cielos azul claro, las olas rompiendo en playas al atardecer, el oro de las pulseras y de los relojes contra las pieles bronceadas, la miel oscura de las copas de ron y el otro oro luminoso de los vasos de whisky con hielo, las gotas brillantes de condensación en la superficie del cristal. Antes de tomar un periódico del expositor repasaba con la mirada furtiva las primeras páginas de todos. Tal vez sabía de antemano que el tratado de extradición entre Estados Unidos y Portugal excluía los delitos que pudieran ser castigados con la pena de muerte. Pero también es posible que no hubiera planeado volar a Lisboa nada más llegar a Londres. Vio el nombre de la ciudad en un panel de salidas, las letras cambiando con un sonido seco de fichas de dominó, formando ese nombre, Lisboa, despertándole el recuerdo de algo escuchado o leído en alguna parte, en cualquiera de los periódicos que estaba leyendo siempre, en alguna conversación de marineros en un bar de la zona portuaria de Montreal, en la Neptune Tavern, con sus brillos de maderas bruñidas en la penumbra alcohólica. Quizás no había planeado nada y tan sólo se movía hacia delante por un impulso instintivo de huida, de llegar cuanto antes lo más lejos posible, o no distinguía ya entre un plan viable y una fantasía. Un día entero sentado de espaldas en los corredores y en las salas de tránsito, eligiendo filas de asientos de plástico en las que no hubiera nadie más, de cara a los ventanales, a una primera claridad que se filtraba en la niebla y luego la disipaba según iba progresando el día, o que duraba invariable en una grisura de lluvia, declinando hacia el atardecer al cabo de un tiempo hecho exclusivamente de tedio y silencio, mientras por los altavoces sonaban avisos de salidas de vuelos hacia lugares lejanos del mundo y llamadas urgentes a pasajeros retrasados.
Canjeó el vuelo de regreso a Toronto por un billete a Lisboa y le devolvieron catorce dólares. Dijo más tarde que desde una cabina del aeropuerto llamó a la embajada de Portugal y que le aseguraron que una vez en Lisboa podría solicitar un visado hacia Angola o Sudáfrica. Un hombre solo, de espaldas, con una maleta entre las piernas, el pelo muy apurado en la nuca, las orejas salientes, más visibles desde atrás, una de ellas más grande que la otra, una pila de periódicos descuadernados en el asiento contiguo, una novela entre las manos. De vez en cuando bajaba poco a poco la cabeza y daba una corta sacudida antes de quedarse dormido.
Fue al lavabo y se echó agua fría en la cara, delante del espejo. Sacó su pequeña bolsa de aseo y se afeitó muy cuidadosamente. El agua fría y la loción le despejaron el cansancio. Al ponerse de nuevo las gafas se sintió tan protegido como si se pusiera un antifaz. Era un profesor canadiense de viaje por Europa. Iba a Lisboa para abrir la delegación de la empresa farmacéutica en la que trabajaba. Iba a Lisboa contratado como oficial o como jefe de cocina en un buque mercante que cubría el trayecto hacia las colonias portuguesas en África. En una esquina de la barra de un falso pub antiguo con luces atenuadas pidió una hamburguesa y una cerveza y lo alarmó el precio de expolio que le cobraran, cuando logró hacer el cálculo en dólares de lo que había pagado. De pronto comprendía con un acceso duradero de pánico que el dinero podría terminársele antes de que se le acabara el tiempo. En el bar él era el único que estaba solo. Había una radio encendida en una repisa junto al anaquel de las bebidas pero los otros bebedores hablaban y reían muy alto, las rojas caras encendidas, y él no lograba oír bien lo que parecía un boletín de noticias. En un intervalo de silencio creyó oír el antiguo nombre dicho con un acento que lo volvía irreconocible. En la pantalla silenciosa de un televisor detrás de un panel de vidrio vio la cara antigua, la cara ajena y despavorida de otro que ya no era él, delante de una escala graduada, cortada por abajo por los números negros sobre fondo blanco de la ficha policial, toda una vida antes, ocho años atrás. Empujó una puerta de cristal queriendo oír lo que estuvieran diciendo en el noticiario de la televisión. Un titular se superpuso al pie de la fotografía: ¿ESCONDIDO O SEPULTADO? Un momento después lo que había en la pantalla era una multitud de gente barbuda y furiosa agitando puños en el aire, ondeando banderas. Luego un anuncio en el que jóvenes felices de ambos sexos, en ropa de baño, bebían refrescos de naranja en una playa con palmeras.
Podían darlo por muerto y dejarían de buscarlo; podían presentar un cadáver desfigurado y decir que era el suyo, y ocultar así el fracaso de su cacería. Se volvía invisible. Se borraba del mundo. Barbudo, desconocido, en una playa como la de Puerto Vallarta, en una casa con techo de palma en un claro en la ladera frente al mar, al final de un camino entre la espesura de la selva, rumorosa de lluvia, de cantos y graznidos de pájaros.
Ahora, en Lisboa, en el otro aeropuerto, seguía llevando el certificado de nacimiento en el mismo sobre y en el mismo bolsillo de la gabardina. El aterrizaje le había dado menos miedo que en la llegada a Heathrow, pero sintió alivio al bajar el último peldaño de la escalerilla y pisar sólidamente el asfalto. El aire nocturno le rozó la cara con una suavidad que no había percibido antes nunca, y de la que no llegó a ser consciente. El aeropuerto era pequeño y estaba deshabitado y en penumbra. Los pasos de los viajeros fatigados que avanzaban en fila resonaban por los corredores y los vestíbulos. Si un ser humano se ve a sí mismo como un fugitivo buscado en todo el mundo y destinado a la prisión y tal vez a la silla eléctrica actuará como tal y atraerá sobre sí las sospechas de los otros. Con la disciplina de la autosugestión puedes modelarte como si fueras de arcilla y convertirte en el hombre que imaginas que eres, decía en su manual de hipnotismo el reverendo Xavier von Koss.
El principio de sonrisa volvió a formarse en su cara, en las comisuras de los labios, cuando se detuvo delante del control de pasaportes. Si dices con naturalidad el nombre que has elegido nadie sospechará que es falso; si lo dices como quien no se ha inventado nunca un nombre, quien no ha tenido que fabricarse una identidad. Se repetía en silencio el nombre de ahora, queriendo borrar cuanto antes los nombres anteriores, evitar la posibilidad de que uno de ésos irrumpiera en los labios. Lo decía en voz alta, en tonos diferentes, para habituarse bien a él. Ramon George Sneyd. Lo había encontrado mirando en la biblioteca pública de Toronto las columnas de natalicios en un periódico de 1932. Decía el nombre delante de los espejos fijándose en el movimiento de los labios para asociar más estrechamente el sonido a su cara. La gente que siempre se llama igual no sabe lo difícil que es elegir un nombre falso. Usa toda la vida el mismo nombre y ya le parece que es tan suyo como su cara o sus manos. Será como ponérselo a uno de esos personajes de las novelas. Uno los lee y se da cuenta cuándo son nombres equivocados, nombres ridículos que no puede llevar nadie. Los nombres en las novelas de James Bond eran los mejores. Dos matones de Nueva York que actúan juntos se llaman Sluggsy y Horror. Sluggsy Morant, Sol Horror Horowitz. Él va buscando nombres y cuando encuentra uno que le convence intenta fijarlo en la memoria, pero es mucho mejor anotarlo en seguida.
El apellido Starvo es posible que lo tomara de un personaje de James Bond, Stavro. Los mejores nombres se encuentran en las lápidas de los cementerios. Un cementerio es un yacimiento de nombres seguros. También la columna de los recién nacidos y los recién fallecidos en los periódicos de las ciudades pequeñas. Un buen nombre puede ser el de una ciudad por la que se pasa conduciendo y sin detenerse una noche, alumbrado por los faros un momento y desapareciendo luego para siempre en la oscuridad. Un nombre encontrado al abrir por la mitad una guía de teléfonos, o en las páginas de anuncios por palabras del periódico. Nombres escuchados en las películas, o leídos al final en la lista de los créditos, cuando da tanta pereza acostumbrarse de nuevo a la luz y levantarse del asiento, en uno de esos cines abiertos todo el día y toda la noche, refugios de borrachos y lunáticos y gente sin casa que ronca con la boca abierta, emanando un olor a ropa sucia y a ruina, clientes de las casas de empeños y de las tiendas de licores, de las casas de huéspedes en las que ni siquiera hay papel higiénico en el retrete. John Willard es un buen nombre. Harvey Lowmeyer. John Larry Raynes. Paul Edward Bridgman. Galt, Eric S. Galt, Eric Starvo Galt.
Él se esconde entre los desechos humanos de esos barrios pero no es uno de ellos. Ha caminado con su traje y su corbata y sus zapatos de cocodrilo por las aceras en las que los borrachos duermen tirados al sol. Ha salido impecablemente a las ocho de la mañana de una casa de huéspedes en la que las cucarachas trepaban a las mesas de noche y en las que había basuras tiradas y charcos de vómitos en los pasillos. Cuando ha conducido sin descanso y ha tenido que dormir en el coche se ha aseado a conciencia y con dificultad en los cuartos de baño de las gasolineras. A veces ha viajado durante tres días seguidos sin detenerse nada más que para comprar algo de comida o ir al baño o para dormitar como máximo una hora o dos acurrucado en el coche, en un desvío lateral. Añora el nombre Eric S. Galt tanto como el Mustang blanco del 66 en el que viajó veinticuatro mil kilómetros, no del todo blanco, blanco amarillento, con su escudo de un caballo salvaje al galope en el radiador, con los radios plateados de las ruedas y la tapicería roja. Pisaba el acelerador y el Mustang arrancaba como un potro, el morro deportivo como un hocico afilado.
En el lavabo de la habitación de un motel ha dejado toda la noche en remojo su única muda de ropa interior y la ha lavado y secado la mañana siguiente. Al salir al vestíbulo el recepcionista puede llamarte por el nombre que usaste al llenar el registro y si no estás alerta no te acordarás de él y pasarás de largo sin saber que es a ti a quien se dirige. No puedes llamarte Smith ni Brown ni Jones porque te quedarás en blanco cualquiera de esas veces que a uno le preguntan con toda naturalidad su nombre.
Hace falta un nombre inusual pero no estrafalario. Hace falta concentración y disciplina mental para que el nombre forme parte cuanto antes de uno, y adiestrarse en una firma simple. El reverendo Von Koss asegura en su libro que sólo usamos el diez por ciento de la capacidad de nuestro cerebro. En los test de inteligencia que le hacían los psicólogos de la prisión él siempre obtuvo una puntación superior a la media. No mucho, pero algo. La maestra de primaria lo miraba como a un retrasado mental pero el profesor de historia en el primer año del instituto se fijó en su afición por los mapas y por los periódicos y le regaló un atlas universal.
Una vez elegido el nombre hay que repetirlo como repiten los católicos la murga del rosario. Firmar una y otra vez en los márgenes del periódico y romper luego la página en trozos diminutos. Su madre vendió el atlas o se lo dio al individuo de la tienda de licores a cambio de una garrafa de vino barato. Hay que quedarse de pie delante del espejo, recién afeitado, la cara fresca de loción, y decir el nombre, con entonaciones diferentes, según para qué momento, y deletrearlo sin vacilación, más importante todavía. En la prisión un compañero de celda le llamaba el Pensador, con sorna, aunque no sin admiración, porque lo veía siempre leyendo. Manuales de yoga, diccionarios, folletos sobre hipnotismo, novelas, revistas, manuales de fotografía, guías ilustradas de tablas de gimnasia. La autohipnosis es el secreto del éxito. Galt, ge a ele te. Sneyd, ese ene e i griega de. Y hay que saltar si hace falta de un nombre a otro, de un pasaporte a otro, de una vida entera a otra del todo diferente, otra fecha de nacimiento, otro lugar, hasta otro país, otros oficios inventados, otros padres. Si le preguntaban por sus padres y no tenía más remedio que contestar decía que estaban muertos hacía mucho.
Al funcionario del aeropuerto de Lisboa le dijo que era ejecutivo de una compañía internacional de alquiler de coches. La empresa para la que James Bond fingía trabajar se llamaba Universal Export. El funcionario tenía la camisa del uniforme arrugada y el mentón sombrío de barba, los ojos muy oscuros. Se llamaba António Rocha Fama. Es un buen nombre que parece inventado. Podría concentrarse y enviarle ondas mentales hipnóticas para que no se fijara en la equivocación del nombre, la letra única que conspiraba de nuevo contra él. La primera regla en adiestramiento de la hipnosis es aprender a no parpadear. Basta un solo movimiento de los párpados en el momento crítico y el sujeto ya casi hipnotizado saldrá de su trance. Junto a la fila de los recién llegados una limpiadora negra fregaba el suelo con gesto fatigado, empujando un cubo lleno de agua sucia. Qué raro que hubiera negros también en Portugal. Pensaba que Portugal sería como México, que habría gente con cara de indio pero no negros. Había negros cargando maletas y limpiando los cuartos de baño en el aeropuerto de Londres. Había un negro sentado tranquilamente y bebiendo junto a dos blancos en el bar. El funcionario se fijó en el nombre equivocado. Pero tenía sueño y estaba muy cansado, en la soledad del aeropuerto a deshoras, en el silencio, tan cansado como la limpiadora que empujaba el cubo con el pie y se apoyaba en la fregona, con un trapo rojo en la cabeza. Parece que no hubieran salido de África. Él sacó el sobre con el certificado, servicial de nuevo, contrariado, un ciudadano canadiense sin nada que temer, un ejecutivo o propietario de una empresa en viaje de negocios. El funcionario se pasó la mano por el pelo crespo en desorden y le devolvió el pasaporte. «Será mejor que lo arregle en su embajada antes de volar de nuevo», le dijo, aliviado él mismo de dejarlo pasar, los ojos enrojecidos, pálido de sueño.
Tras la ventanilla del taxi Lisboa era una ciudad tan deshabitada como el aeropuerto. Los neumáticos rebotaban sobre pavimentos de adoquines. Vio quintas con jardines a oscuras, muros desconchados a la luz de los faros, edificios con muchos balcones y ventanas que parecían abandonados pero en los que a veces brillaba una bombilla en una sola habitación, detrás de una cortina. Los faros abrían túneles de claridad entre filas de árboles, revelaban escalinatas de palacios, extensiones de ruinas dominadas por grúas y por excavadoras. Planchas metálicas cubrían socavones de obras.
Llegar a una ciudad a una hora en la que todo estaba cerrado y no había nadie por la calle era como viajar en secreto, amparado por la noche. En las novelas le gustaba siempre ese momento en que el agente llega a la ciudad extranjera en la que ha de cumplir su misión.
Una vez estuvo esperando escondido a las afueras de un pueblo hasta que se hizo muy tarde. Estuvo escondido en un barracón ruinoso del ferrocarril, asomándose con cautela a una ventana estrecha, viendo la calle principal, casi la única, que se quedaba poco a poco vacía, por la que ya no pasaban coches. En la torre de una iglesia o en la del juzgado dieron las campanadas de las doce. Llevaba dos días sin comer y cinco sin quitarse los zapatos. Desde su escondite veía la esquina iluminada y el letrero de una cafetería. Anunciaba, con pulsaciones de neón, que estaba abierta veinticuatro horas. Él había sido ese fugitivo que se ocultaba por los caminos como una alimaña y bebía agua a lametones en los charcos y ahora era el viajero canadiense recostado en el asiento trasero de un taxi, en una ciudad nocturna que parecía desierta, Lisboa. Un espía en misión secreta en un país extranjero. En la novela La directiva número nueve, que también llevaba en su equipaje cuando lo detuvieron, el agente especial Quiller viaja a Bangkok para encontrar el rastro de un asesino que planea un atentado contra un miembro de la Familia Real en visita oficial a Tailandia. Quiller es un solitario y un cínico pero sus superiores saben que nadie se mueve tan diestramente como él por los bajos fondos de Bangkok. A la luz del salpicadero veía sus propios ojos en el espejo retrovisor en el que se encontraba incómodamente con la mirada interrogativa del taxista.
Según la psicocibernética la mente humana es una computadora que actúa cumpliendo los programas que se han introducido en ella. Las cosas que se van a hacer hay que proyectarlas en la imaginación como en una pantalla en la que ningún pormenor está fuera de lugar y todos han sido previstos. Se puede programar el éxito exactamente igual que con demasiada frecuencia se programa el fracaso.
El taxi se detuvo en un semáforo en rojo y él se vio sacando el revólver y poniéndoselo en la nuca al taxista, que no paraba de hablarle en su lengua incomprensible y melosa, molesta como un jarabe. En un instante vio la escena completa y la descartó igual de rápido. A dónde iría después del atraco, con la maleta y la bolsa de viaje, en una ciudad desconocida. Y qué recaudación podría llevar este taxista, con su visera calada y su cara de campesino, con este coche viejo que rebotaba como chatarra en los adoquines, en las calles que se hacían más estrechas. Le había asegurado, con muchos gestos y con palabras sueltas en inglés, que lo llevaría a un hotel cómodo, barato, bien situado, tranquilo. Como cualquier taxista, tenía cara de estafador y de ladrón. La tuvo más todavía cuando le sonrió con una boca muy grande al detener el taxi y decirle que habían llegado.
La calle era corta, con dos salidas despejadas. Un periodista de Life escribió unas semanas después que olía a carbón y a pollo asado. La única luz que la alumbraba a esa hora, aparte de los faroles pobres en las esquinas, era la del vestíbulo del hotel. Hotel Portugal, Rua João das Regras, número 4. Dudó un momento antes de entrar, delante de la puerta giratoria. Estaba claro que el edificio había conocido tiempos mucho mejores, y que la calle era pobre, pero quizás intentarían engañarlo, un turista al que no cuesta nada sacarle el dinero. Empujó la puerta y como estaba muy cansado se mareó un poco al cruzarla y temió quedarse atrapado en ella con la maleta. En el vestíbulo había un olor rancio a moqueta y a polvo y una media luz amortiguada de acuario. Hizo un gesto retráctil cuando un botones quiso quitarle la maleta de la mano. No lo había visto acercarse. Por muy en guardia que estés siempre habrá alguien que se acerque sin que te dé tiempo a advertirlo. Con mucho entrenamiento se pueden desarrollar poderes telepáticos para adivinar una agresión unos segundos antes de que suceda. En laboratorios secretos del gobierno investigan técnicas para conseguir la invisibilidad. Lee Harvey Oswald mató a Kennedy en un trance de sonambulismo inducido por el gabinete de hipnosis de la CIA. Apretó el asa de la maleta con su mano muy blanca y los huesos de los nudillos resaltaron bajo la tensión de la piel. Quizás hizo ademán de buscar el revólver, aunque era difícil sacarlo a tiempo del bolsillo trasero del pantalón llevando puesta la gabardina. Le haría falta una sobaquera. Antes de salir para una velada en la que habría por igual sexo y peligro, James Bond se miraba en el espejo para comprobar que la pistola quedaba bien disimulada bajo el corte perfecto de su chaqueta a medida. James Bond mantiene una forma atlética a pesar de que fuma una media de sesenta cigarrillos al día. La gabardina de Ramon George Sneyd llevaba en el forro la etiqueta de una tienda de Toronto. Ningún dependiente recordó luego habérsela vendido. Los mejores trajes a medida del mundo los hacían en Londres los sastres de Savile Row. El suyo se lo había encargado el verano anterior en una sastrería de Montreal que se llamaba Andy’s Men Shop. Era la primera vez en su vida que tenía un traje. El recepcionista del hotel Portugal lo vio acercarse con una sonrisa. La chaqueta del uniforme parecía del siglo pasado, como el hotel entero. Tenía cara de sueño, porque eran las dos de la madrugada. Lisboa era una ciudad nocturna habitada tan sólo por unos cuantos insomnes.
Hay cosas que se saben y cosas que no podrán saberse nunca. El nombre del recepcionista era Gentil Soares. Entonces era joven. Puede estar vivo todavía. Lo estaba al menos en 2006, cuando lo entrevistó un periodista portugués, Vladimiro Nunes. Dijo de él que hablaba mirando al suelo o apartando un poco la cara y que le costaba comprender su inglés porque hablaba en voz baja y separando muy poco los labios. Dijo que algunas veces se pasaba el día entero en la habitación y otras salía temprano y no volvía hasta muy tarde, o incluso al amanecer.
La noche de su llegada llevaba puestas las mismas gafas que en la foto del pasaporte pero los días siguientes no se las ponía nunca o salía con gafas de sol. Estaba muy pálido y tenía al mismo tiempo cara de agotamiento y de alerta, de nerviosismo y de sueño. Cuando el recepcionista le preguntó cuántos días pensaba quedarse en Lisboa dijo que lo habían contratado de jefe de máquinas en un barco y que aún no estaba seguro de cuándo zarpaba. En el camino hacia el ascensor recogió un periódico inglés que un cliente había dejado abierto en una mesa del vestíbulo. No dio propina al botones que le subió la maleta a la habitación.
La habitación número 2 estaba en la primera planta. Salió al balcón y aunque la calle era estrecha le llegó un olor a mar mezclado con el olor mucho más próximo a meados y a alcantarilla. Abajo, en la esquina, oía una conversación en voz baja, una risa. En el hueco de un portal una mujer adelantaba un cigarrillo hacia el mechero encendido que le ofrecía un hombre. En el silencio de las dos y media de la madrugada oyó la sirena de niebla de un barco. Se derrumbó sobre la cama sin desatarse siquiera los cordones de los zapatos. No recordaba cuánto tiempo hacía que no se los había quitado. Le costaría hacerlo con los pies tan hinchados. Pero al menos no tendrían llagas ni sangrarían cuando lograra descalzarse. Cayó en el sueño como en un pozo. Se despertó con la sensación de que había dormido demasiadas horas, una noche y un día entero, y que ahora era otra vez de noche, y que mientras dormía algo irreparable había sucedido. Se despertó de un sueño en el que estaba acurrucado en una celda, o escondido en una tubería, sofocado por la falta de aire. Lo había despertado la trepidación de un tren subterráneo que hacía tintinear la cadena de la lámpara en la mesa de noche. Pero miró el reloj y había pasado sólo una hora desde que cerró los ojos. Él no sabía que los viajes transatlánticos en avión trastornan el sueño. No llegó a dormir bien ninguna de las diez noches que pasó en Lisboa. Notaba el movimiento de los trenes en los túneles cercanos del metro y se acordaba de los mercancías eternos que oía pasar en el insomnio, desde su celda en la prisión.