Como la sombra que se va
Capítulo 10
C UANDO él nació su madre tenía diecinueve años. Dio a luz ocho veces más en los veinte años siguientes. Unos días se emborrachaba a solas y otros con su marido. Vivían en una cabaña sin agua ni electricidad. Su segunda hija, Marjorie, se quemó viva a los seis años mientras jugaba con unas cerillas. La detuvieron con frecuencia por embriaguez y desórdenes públicos, por robo, por prostitución. Robaba en las tiendas cuando no tenía dinero para comprar vino barato y cuando no robaba se prostituía con otros borrachos, con carcamales lascivos. Para costearse las borracheras llegó a prostituir a su hija de doce años. Los servicios sociales le quitaron a los hijos pequeños. Una inspectora que llegó a su casa abrió un armario y cayó sobre ella una cascada de botellas vacías. Los niños estaban llenos de piojos y jugaban y se peleaban entre las botellas y la basura. Ella murió de cirrosis hepática a los cincuenta y un años.
Su padre vendía y compraba chatarra y conducía una camioneta que retemblaba como al filo del desguace. Se cansó del negocio de la chatarra porque era ruinoso y porque decía que cualquiera se aprovechaba de él y lo engañaba y lo vendió todo para comprar una granja y dedicarse a la agricultura y al ganado. La granja resultó ser un erial con una cabaña medio abandonada y al poco tiempo se había convertido en un vertedero de chatarra y basura.
Su padre cambiaba cada cierto tiempo de ocupación y de domicilio y de ciudad y arrastraba a toda su familia creciente consigo. También cambiaba de apellido, inventando variaciones para que, en caso de peligro, los acreedores o los agentes de la ley tuvieran más dificultad en encontrarlo. A un hombre le convenía dejar tan poco rastro como le fuera posible. Cambias una letra del apellido y ya los has burlado, o al menos les costará más dar contigo, y ganarás algo de tiempo. Unas veces se llamaban Raynes y otras Ryan, Roy, Rayn. Ninguno de sus ocho hijos tenía exactamente el mismo apellido. Lo vencía el abatimiento y se pasaba días enteros sin levantarse de la cama, y sus hijos tenían que quedarse callados o que irse de la casa aunque fuera invierno para no importunarlo. El esfuerzo honrado de un hombre no podía nada ni servía de nada frente a todas las trampas de los estafadores y los poderosos, los chupadores de sangre, los parásitos del esfuerzo de otros, los comunistas, los negros, los católicos, los judíos, los banqueros, los prestamistas, los recaudadores de impuestos, los predicadores. Los negros se pasaban los días tirados sin hacer nada y apareándose como animales.
El único oficio que merecía su respeto era el de atracador. Un atracador roba a cuerpo limpio a los chupasangres de los bancos y se juega la vida sin más defensa que su arma de fuego, su revólver de culata nacarada, su escopeta con los cañones recortados, su metralleta desbaratando con vendavales de plomo las mesas y las montañas de papeles tramposos y los cristales esmerilados de las ventanas de los bancos.
De un día para otro se apoderaba de él un arrebato de energía y despertaba temprano a su hijo mayor y no le permitía ir a la escuela porque le hacía falta que le ayudara en el negocio. No había mejor escuela que la escuela de la vida. Los maestros eran cómplices de los predicadores y los comunistas y los judíos y los negros, parásitos como ellos, disfrutando de largas vacaciones pagadas a costa del trabajo de la gente honrada que no conocía sábados ni domingos ni cuatros de julio ni días de acción de gracias. Vestido con la ropa vieja y demasiado grande de su padre el niño tiritaba con el estómago vacío y se quedaba adormilado oyendo diatribas feroces en la camioneta de chatarra, ella misma una chatarra ambulante.
Un motivo de orgullo de la gente del pueblo era que ningún negro se había atrevido nunca a pasar en él una sola noche. Su padre frenaba en seco y la camioneta se detenía con un escándalo de desguace en la esquina de unos billares, el letrero luminoso encendido con la primera luz del día. La vida de un hombre no podía ser nada más que trabajo. Su padre le compraba una gaseosa o no le compraba nada y él se pasaba el día sentado en un taburete, olvidado de la luz diurna, viendo a su padre jugar al billar en una niebla de humo y de conversaciones de borrachos, hechizado por el estanque de poderosa claridad artificial sobre el tapete verde, la trayectoria de las bolas veloces y los sonidos secos del choque del marfil, muerto de hambre.
A los dieciséis años, en 1944, encontró su primer trabajo, en la sección de curtiduría de una fábrica de zapatos. Se quedó en ella dos años. En todo ese tiempo llevó una vida ordenada y laboriosa. Decían que era un avaro precoz. En dos años, y ganando un sueldo muy escaso, se las arregló para acumular mil dólares en su cartilla de ahorros. No fumaba. Era muy tímido y muy retraído con las chicas. Su patrón en la curtiduría lo apreciaba mucho. Su abuela, su tía abuela y su tío, con los que prefirió irse a vivir para alejarse de sus padres y sus hermanos, lo describían como un buen muchacho, limpio, responsable, digno de confianza. Ahorraba casi cada céntimo que caía en sus manos. Quería llegar a algo, ser alguien. Parecía raro porque era muy solitario. Sólo mostraba cercanía hacia su patrón, que lo trataba como un padre. Era alemán y puso empeño en enseñarle el oficio de la curtiduría. Se murmuraba que era nazi. Incluso durante la guerra hablaba con admiración de Hitler, y renegaba de Roosevelt por haberse aliado con Stalin para atacar a Alemania. La fábrica suministraba calzado para el ejército. Con el final de la guerra se acabaron los pedidos militares y tuvo que cerrar. Dijo después que su vida habría sido de otra manera si la fábrica de calzado hubiera seguido abierta.
Ingresó en el ejército seis semanas después de que se le acabara el trabajo en la fábrica. Durante el período de instrucción destacó por su puntería en los ejercicios de tiro. Lo destinaron a Bremerhaven, en Alemania, a la Policía Militar. Bremerhaven era todavía una ciudad en ruinas. Por todas partes el mercado negro y la prostitución eran tan visibles como los efectos de los bombardeos de la guerra. Grupos de veteranos nazis tendían emboscadas de noche a los soldados americanos que se aventuraban a solas por las calles oscuras, montañas de escombros en los que brillaba a veces la luz débil de un sótano, el letrero rojo de un cabaret. En los cabarets los soldados negros se mezclaban sin miramiento con los blancos y las mujeres alemanas se restregaban en público contra ellos y no tenían escrúpulos en llevárselos a la cama. En Alemania empezó a beber y a participar en peleas. Acusado de embriaguez y de resistencia a la autoridad pasó tres meses en un calabozo militar. En diciembre de 1948 fue licenciado antes de tiempo del ejército «por ineptitud y falta de adaptabilidad al servicio militar».
En 1949 cumplió ocho meses de cárcel por robar la caja de un restaurante chino en el que se había colado después de la hora del cierre por el conducto de la ventilación. Cuando intentaba huir se le cayeron por el camino sus documentos de identidad militar, que llevaba guardados de mala manera en el bolsillo de atrás del pantalón, y no costó nada identificarlo y detenerlo. En 1950 fue condenado a dos años en la prisión estatal de Illinois por asaltar a un taxista. Le puso una pistola en la nuca, pero el taxista salió del coche de un empujón y echó a correr. Él pasó al asiento delantero para escapar conduciendo el taxi pero el taxista había quitado la llave de contacto. Entre 1955 y 1958 cumplió condena por fraude postal en la prisión federal de Leavenworth. En Leavenworth hizo cursos de español, redacción, mecanografía e higiene sanitaria. En 1957, en virtud de su buen comportamiento, le concedieron permiso para concluir su condena en una granja penitenciaria de régimen más benévolo. Renunció al traslado porque en la granja trabajaban juntos presos blancos y negros, y compartían los mismos dormitorios.
En 1959 lo detuvo la policía veinte minutos después de atracar un supermercado. Entre él y su cómplice habían reunido un botín de ciento noventa dólares. Habían planeado bien el golpe, pero bebieron tanto mientras elaboraban machaconamente todos los detalles que cuando llegaron al supermercado estaban borrachos y todo salió mal. En el forcejeo para reducirlo uno de los policías lo golpeó en la cabeza con la culata de la pistola. En las fotos de perfil se le ve una herida ancha como una matadura de caballo entre el pelo sucio y revuelto. En una foto de cuerpo entero lleva una camisa a cuadros como de palurdo de campo y un pantalón medio caído con los bajos deshilachados, unos zapatos grandes y viejos sin calcetines. El juez lo condenó a veinte años de cárcel en la prisión estatal de Missouri. Cuando lo sacaban esposado de la sala se escapó de un tirón de los policías que lo custodiaban y estuvo corriendo durante quince minutos de un lado a otro del edificio de los juzgados antes de que lo atraparan.
En la prisión tenía un comportamiento irreprochable. Fue allí donde tal vez descubrió y desde luego perfeccionó su talento para pasar inadvertido y no dejar recuerdos. Se relacionaba con otros presos pero quienes estuvieron más cerca de él lo veían como un solitario. No hablaba de su familia ni de su pasado. Lo más que llegaba a decir era que su padre y su madre estaban muertos. En la biblioteca de la prisión leía libros de derecho, enciclopedias geográficas, manuales de autoayuda, novelas de espías y policiales. Tenía predilección por los mapas y las revistas de viajes y por las historias de James Bond.
Hacía ejercicios para mantenerse en forma, tablas de gimnasia, flexiones. Era extremadamente ahorrativo. No fumaba ni jugaba a las cartas. Tomaba anfetaminas y trapicheaba con ellas y hay quien lo vio alguna vez inyectárselas. Tenía las venas muy finas y no lograba acertar con la aguja. Ganaba pequeñas sumas alquilando a otros presos novelas policiales y revistas eróticas usadas.
A su manera tranquila y furtiva estaba examinando siempre posibilidades de fuga. Le dijo a otro preso que su aspiración era cavar un túnel bien hondo que llegara a Virginia y esconderse allí para siempre en una cueva, en un bosque. Perfeccionaba proyectos de vida, calculando detalles que por su misma precisión adquirían una realidad ilusoria: al salir de la cárcel daría un solo golpe muy bien preparado que le reportara veinte o treinta mil dólares; con ese dinero podría vivir el resto de su vida, gastando muy poco, escondido en una playa, en alguna aldea de pescadores de México.
En diciembre de 1966 se sometió a petición propia a un examen en el hospital psiquiátrico de la cárcel. Se quejaba de dolores en el plexo solar, taquicardia y algo que él llamaba «tensión intracraneal». Le contó al psiquiatra que había aprendido todas esas palabras en una enciclopedia médica en la biblioteca. Leía muy inclinado sobre el libro abierto, murmurando las palabras, apuntando las más difíciles en un cuaderno para buscar luego su significado en el diccionario. En períodos diversos dijo haber reconocido síntomas de cáncer y de enfermedades del corazón. Consultaba un libro de medicina y detectaba en sí mismo cada uno de los síntomas de una enfermedad en el momento mismo en que los leía. El psiquiatra diagnosticó personalidad obsesiva-compulsiva y sociopatía. «El sujeto pertenece al tipo antisocial con rasgos de ansiedad y depresión.» Su coeficiente intelectual era de 108, muy ligeramente por encima de la media.
El 23 de abril escapó de la cárcel escondido en un carro de pan que otros presos cargaron en un camión de reparto. La orden de busca y captura tardó casi dos semanas en hacerse pública. En el cartel con su foto y sus huellas dactilares estas últimas estaban equivocadas. La recompensa que se ofreció para quien ayudara a atraparlo era de cincuenta dólares. Cuando él lo supo se sintió ofendido por una cuantía tan mezquina. Había supuesto, con optimismo infundado, que a raíz de su fuga se vería incluido en la lista de los diez delincuentes más buscados por el FBI.
Después de saltar de la caja del camión echó a andar por la orilla del río, siguiendo la línea del ferrocarril. Se escondió en un túnel bajo las vías hasta que se hizo de noche, escuchando la radio, por si en algún boletín de noticias daban la alarma de su fuga. Caminó toda la noche comiendo de vez en cuando chocolatinas medio derretidas. Volvió a esconderse al amanecer y echó a andar en cuanto oscureció. Cuando veía cerca una casa con las ventanas encendidas daba un rodeo, antes de que empezaran los ladridos de los perros.
El tercer día las chocolatinas se le habían acabado. Tenía los pies muy hinchados pero ya no se quitaba los zapatos. Si lo hiciera no podría volver a ponérselos. La tercera noche llegó a un remolque abandonado cerca del río. Encontró media botella de vino, algo de comida, una manta. Se internó en un bosque y se envolvió en la manta para dormir bajo un árbol. Cuando lo despertó la lluvia echó a andar de nuevo, la manta chorreando sobre la cabeza y los hombros. Amaneció y se secó al sol tiritando. En la caminata de la cuarta noche los pies ya casi no lo sostenían. El quinto día volvió a amanecer lloviendo. En el remolque había encontrado una caja de cerillas. Encendió una hoguera para calentarse bajo un puente del ferrocarril. Intentó apagarla al oír que alguien se acercaba. Eran unos operarios que le preguntaron qué hacía y siguieron su camino cuando él les dijo que había salido de caza y que apagaría bien la hoguera y se marcharía en cuanto escampara. La mañana del sexto día llegó a una pequeña ciudad. Esperó por los alrededores a que se hiciera de noche. Compró en una tienda dos cervezas y varios sándwiches.
El 3 de mayo de 1967, haciéndose llamar John Larry Raynes, entró a trabajar como lavaplatos en un restaurante de un barrio residencial a las afueras de Chicago, el Indian Trail. La dueña, la señora Klingman, conservó un excelente recuerdo de él. Lamentaba que se hubiera quedado tan poco tiempo. «Era un hombre tan agradable —recordó luego, un año más tarde, cuando empezaron a presentarse desconocidos preguntando por él—. Estuvo aquí dos o tres meses y sentimos mucho que se fuera. Entró como friegaplatos, pero lo ascendimos en seguida y le aumentamos el sueldo. Era tranquilo, limpio, eficiente, cumplidor. Nunca llegaba ni un minuto tarde. Me daba pena cuando llegó. Había pasado una temporada cazando y tenía muy heridos los pies. Mi hermana le trajo una de esas vendas largas del hospital y le enseñó a ponérselas. Él se lo agradeció mucho. Ojalá se encuentre bien ahora. Al poco de irse le escribimos a la dirección que nos había dejado para decirle cuánto lo apreciábamos y asegurarle que siempre tendríamos un puesto de trabajo guardado para él.»
Trabajó en el Indian Trail durante ocho semanas, por un salario de ciento diecisiete dólares. «Era muy tímido —dijo una compañera—. Nunca tomaba la iniciativa en una conversación. Era muy solitario. Dijo que tenía que dejar este trabajo porque le era preciso volver a navegar para no perder su licencia de marino mercante. “Me han ofrecido trabajo en un barco y voy a aceptarlo.”»
Cada tarde, al salir del restaurante, tomaba un autobús para regresar a su habitación alquilada. Cada noche bebía en ella una o dos cervezas antes de acostarse. Leía el periódico, el Chicago Tribune, de la primera a la última página, especialmente la sección de anuncios por palabras. Escuchaba el transistor. Algunas veces leía también novelas de misterio o de espías y libros sobre Canadá y América Latina, revistas con ilustraciones de colores chillones en las portadas. Los libros los compraba en puestos callejeros. Consideraba con mucho cuidado y anotaba en una libreta cada gasto que hacía. Un par de noches a la semana se sentaba un rato en un bar, bebiendo vodka con zumo de naranja, ya que no le gustaba el sabor del whisky.
En julio de 1967 estaba en Montreal y ya se llamaba Eric Starvo Galt. Se acordaría de uno de los malvados megalómanos de las novelas de James Bond, Ernst Stavro Blofeld. Alquiló una habitación en una casa de huéspedes, en la zona portuaria, a la orilla del río Saint Lawrence, en una calle de bares, clubes nocturnos y hoteles baratos. En los bajos de su edificio había un club llamado Acapulco, con un letrero luminoso que prometía «Espectáculos de Acapulco, Sombreros, Sarapes». En esa época unos seis mil buques llegaban cada año al puerto de Montreal. Allí se desembarcaba la heroína que venía de Marsella. Cuando hablaba con alguien en un bar o en la barra de una hamburguesería contaba que era un marinero de permiso y que pronto tendría que volver a navegar. Frecuentaba sobre todo la Neptune Tavern. Las lámparas del techo colgaban de grandes timones de barcos. Detrás de la barra el anaquel de las bebidas tenía forma de rueda de timón. Los muebles eran de roble oscuro, con herrajes de cobre dorado como los arcones de los barcos.
El 19 de julio por la mañana atracó a mano armada un supermercado y se llevó los mil setecientos dólares canadienses que había en la caja. Esa tarde compró un traje marrón, un pantalón de lana, una camisa blanca, una camisa amarilla, un bañador amarillo, un pijama rojo, calcetines, ropa interior y corbatas. En la peluquería del hotel Queen Elizabeth, lujoso y anticuado, se cortó el pelo y por primera vez en su vida tuvo inclinada ante él a una dependienta uniformada y muy joven que le hizo la manicura. El 21 de julio se encargó un traje a medida, de lana marrón.
Nunca hasta entonces había tenido un traje ni se había puesto corbata. Nunca se había acostado con mujeres que no fueran prostitutas de bajo precio, de las que se ofrecían en la calle. A un compañero de la prisión le decía siempre, con una mueca de experiencia en gran parte ficticia, que las mujeres eran para usar y tirar, que un hombre en peligro no podía fiarse de ellas.
El 31 de julio estaba alojado en la Grey Rock Inn, junto al lago Quimet, en una zona de bosques y tranquilos enclaves de turismo de montaña. Esa noche, en un salón del hotel donde se celebraba un baile con orquesta, conoció a una mujer muy atractiva, de treinta y tantos años, que se había fijado en él porque entre todo el bullicio él era el único que estaba solo en una mesa y que no bailaba. Ella tenía dos hijos pequeños y se encontraba en un proceso de divorcio amargo y complicado. Había ido con una amiga al hotel junto al lago en busca de unos días de respiro. «Era limpio, elegante, tímido. Fue su timidez lo que me atrajo. Era un hombre educado que escuchaba con atención y no hablaba mucho. Había tan poca agresividad en él. A mi alrededor, en aquel baile, todos los hombres te acosaban, intentaban palparte, querían llevarte cuanto antes a sus habitaciones o a sus coches. Eric no era así. No daba un escándalo ni era presuntuoso. Gastaba su dinero con generosidad, pero sin despilfarro, y no hacía ostentación cuando me invitaba. Me las arreglé para casi empujarlo a la pista de baile. A mí me gusta mucho bailar. Pero él, qué torpe era. No tenía oído para la música. Yo intentaba enseñarle, y él se lo tomaba con agrado. Me dijo que era de Chicago, y que trabajaba en el negocio de un hermano suyo. Creo que me sentí muy a gusto con Eric. Parecía tan solo y tan perdido. No es que sintieras pena de él sino que querías ayudarle a que se divirtiera un poco y no estuviera siempre solo. Según pasaba la noche pareció que iba tomando más confianza, y se volvió más protector hacia mí. Cuando otros hombres se me acercaban medio bromeando Eric los ahuyentaba, muy calmado, pero muy firme. A una mujer le gusta eso. Sobre todo a una mujer que se siente desechada. Bebimos mucho los dos, pero ni él ni yo nos emborrachamos. Los dos sabíamos bien lo que estábamos haciendo. Luego nos fuimos a su habitación. Y me quedé hasta la mañana siguiente. Mi experiencia de los hombres es bastante limitada, pero no miento si digo que Eric actuó conmigo con toda normalidad. En cuanto a la impresión que él se llevó de mí, fue muy elogiosa, muy halagadora.»
A ella le sorprendió que vistiendo tan bien tuviera un coche muy viejo. Él le explicó con visible vergüenza que el coche era en realidad de la mujer de su hermano. Volvieron a verse algún tiempo después, en Montreal. Él estaba más nervioso, mucho más ausente. La conversación derivó hacia asuntos raciales y de pronto él le pareció otro, más violento, tenso de furia, aunque no levantó la voz. Le dijo que ella defendía a los negros porque no sabía cómo eran ni había tenido nunca que vivir cerca de ellos.
El 25 de agosto llegó a Birmingham, Alabama, en un tren desde Chicago. Pasó la noche en un hotel frente a la estación. En el libro de registro firmó como John L. Raynes. Al día siguiente alquiló una habitación en una casa de huéspedes que no tenía ni letrero ni nombre, en una zona frecuentada por prostitutas, drogadictos y borrachos. El nombre que dio era Eric S. Galt. Dijo que era ingeniero naval, que trabajaba diseñando barcos en un astillero de Pascagoula, Mississippi. Al dueño de la pensión le pareció un huésped ejemplar, tan bien vestido y tan digno que estaba fuera de lugar en aquel barrio venido a menos, entre la gente derruida que lo frecuentaba, los borrachos aguardando a las nueve de la mañana a que abrieran las tiendas de licores de las esquinas, los hippies mugrientos. «Cada mañana se marchaba después del desayuno y nunca volvías a verlo hasta la hora de la cena.» Por la noche, durante un par de horas, veía tranquilamente la televisión en la sala común. No recibía visitas ni llamadas telefónicas.
El 30 de agosto compró un Ford Mustang 1966 de segunda mano. Era un coche de líneas deportivas, de techo bajo, de morro afilado, tapizado en piel roja, con una radio de botones de plástico imitando marfil. James Bond conduce un Mustang rojo en una película de esos años. Había leído la oferta de venta en la sección de anuncios por palabras del periódico local. Al vendedor le sorprendió que sacara del bolsillo del pantalón, en plena calle, a la luz del día, un fajo macizo de billetes de cien y de veinte dólares, parado en la acera, delante del coche, contando los billetes como si los deshojara. Le dijo que trabajaba de marino en una barcaza de carga en el Mississippi, entre Nueva Orleans, Memphis y Saint Louis. El coche tenía veintitrés mil kilómetros. Navegar le gustaba, explicó, pero eran muy fatigosos los turnos seguidos de veintiún días. Al vendedor le extrañó que siendo marinero estuviera tan pálido y tuviera las manos tan delgadas y suaves. Observó que no llevaba anillo de casado.
El dueño de la casa de huéspedes estaba encantado con él. «No puede usted imaginarse una persona más agradable que Eric S. Galt. Tranquilo, educado, limpio. Pagaba puntualmente y por adelantado su cuenta al principio de cada semana. Si le dabas conversación hablaba sobre todo del tiempo. Me pareció un buen tipo que se hubiera quedado temporalmente sin trabajo.»
En la solicitud de un carnet de conducir del estado de Alabama declaró que había nacido el 20 de julio de 1931, que pesaba ciento setenta y cinco libras, que medía cinco pies y once pulgadas, que tenía los ojos azules y el pelo castaño, que era marino mercante en paro. Aprobó el examen de conducir con una nota alta. Según el certificado médico tenía una visión perfecta en los dos ojos. Eric Starvo Galt cobra un grado más sólido de existencia porque ahora es un nombre y una fotografía en un carnet de conducir.
Había comprado una máquina de escribir portátil de segunda mano. El 1 de septiembre escribió en ella una carta a una empresa de material fotográfico de Chicago encargando un proyector Kodak, una cámara Kodak Super 8, un mando a distancia con un cable de seis metros de largo. El 5 de octubre, en una tienda de fotografía de Birmingham, compró una cámara Polaroid. Desde entonces, y hasta el día de su detención diez meses después, la llevó siempre consigo. Le gustaba comprar cosas por correo y rellenar a máquina los boletines de pedido que publicaban las revistas. Envió un giro postal de un dólar a una empresa situada en Hollywood, solicitando un producto químico, E. Z. Formula, que, untado sobre un cristal, lo convertía en un espejo de dos direcciones. Ese producto se anunciaba en revistas baratas de crímenes. Leía y recortaba en ellas ofertas de estudios por correspondencia, de remedios contra la calvicie, de manuales para aprender karate o hipnotismo o taquigrafía. Se matriculó en un curso de cerrajería por correspondencia impartido por una escuela de Nueva Jersey, Locksmith International. Encargó por correo, a la Modern Photo Bookstore de Nueva York, una Focal Encyclopedia of Photography, enviando un cupón de pedido que recortó de un anuncio en la revista Modern Photography. Dejó en él una huella muy clara de su pulgar izquierdo.
Cada domingo, a las nueve de la noche, buscaba un bar donde hubiera un televisor para ver el programa «FBI: The Ten Most Wanted Criminals», en cuyo momento culminante se repasaba, en sentido inverso, la lista de los diez criminales más buscados en Estados Unidos. Cada domingo esperaba encontrar su nombre y la fotografía de su ficha policial en la lista.
No tenía pasaporte, ni certificado de nacimiento, ni número de seguridad social, ni pruebas documentales de haber trabajado en nada. Tenía un carnet de conducir, los papeles de un coche a nombre de Eric Starvo Galt, una caja de seguridad alquilada en un banco, una dirección que era la de la casa de huéspedes. Le daría cierta confianza escribirla en el encabezamiento de las cartas de negocios que redactaba a máquina, debajo del nombre falso y convincente, que tenía algo de nombre de agente secreto de novela, Eric Starvo Galt, Eric S. Galt, la ese y el punto signos casi de distinción, 2608 Highland Avenue, Birmingham, Alabama. Rellenaba cuidadosamente con letras mayúsculas los casilleros en los boletines de pedido que recortaba en las revistas. Escribía a máquina las direcciones en los sobres. Al salir de la casa de huéspedes llevaba las cartas ya franqueadas en el bolsillo y obtenía una modesta satisfacción al deslizarlas por la tapa abierta del buzón pintado de azul.
Nada más instalarse en Birmingham se matriculó en una escuela de baile. Le interesaban sobre todo los bailes latinos, chachachá, bolero, mambo. Su instructora dijo que era «un solitario torpón que vino aquí una o dos veces y que no podría aprender a bailar aunque asistiera a clase cada uno de los días que le queden de vida». Era reservado y evasivo. Tenía la nariz recta y afilada, un fuerte acento del Sur, un habla de mundo rural más que de ciudad, a pesar de su traje a medida y sus zapatos de cocodrilo siempre bien lustrados. Llevaba un anillo dorado con una piedra oscura.
Volvía cada tarde a la casa de huéspedes con el Birmingham News bajo el brazo. Lo leía meticulosamente en su habitación, desde los titulares de la primera página a los anuncios por palabras, las noticias de concursos agrícolas, los calendarios de servicios religiosos en las diferentes iglesias, las listas de nacimientos, las necrológicas, la cartelera cinematográfica. El 1 de octubre vio el anuncio de venta de un revólver de segunda mano, calibre 38, de cañón chato, de fabricación japonesa, marca Liberty Chief. Llamó al teléfono que venía en el anuncio y se presentó en casa del vendedor, que luego no consiguió recordar nada de su cara o su aspecto. Pagó por el revólver sesenta y cinco dólares. El hijo del vendedor sí guardaba un recuerdo preciso: dijo que tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años, que pesaría unas ciento setenta libras y mediría cinco pies y ocho o nueve pulgadas, que su pelo era oscuro con algo de gris en las sienes, que hablaba con acento del Sur, que vestía una camisa deportiva y pantalones de lona.
Tenía insomnio, la garganta inflamada, una tos seca. Temió que fuera neumonía, o cáncer de pulmón. Un médico le hizo una receta de antibióticos. Visitó a un psiquiatra que lo oía hablar sin prestarle mucha atención y que le recetó un antidepresivo, después de mirar el reloj.
El 6 de octubre, por la mañana temprano, cargó su maleta, su máquina de escribir y sus cámaras en el coche y se despidió del dueño de la casa de huéspedes. Le dijo que había encontrado por fin trabajo en un barco mercante que zarpaba del puerto de Mobile al día siguiente. Conduciendo casi sin parar rumbo al sudoeste atravesó Alabama, Mississippi, Louisiana, Texas. En el mapa desplegado junto a él en el asiento delantero, sobre la piel roja de la tapicería del Mustang, cada estado tenía un color diferente: Alabama amarillo, Mississippi rosa pálido, Louisiana verde, Texas morado.
Recorrió casi dos mil kilómetros en treinta horas. Para mantenerse despierto y no parar de conducir en toda la noche tomaba anfetaminas. Veía la carretera invariablemente recta abriéndose delante de los faros, las luces fluorescentes y los neones de colores de las gasolineras, los grupos de cabañas viejas de madera de los negros, en claros de tierra desnuda, los moteles, los restaurantes de comida rápida abiertos veinticuatro horas, un horizonte de bosques monótonos, de plantaciones de algodón, de extensiones rojizas cada vez más áridas. El 7 de octubre por la tarde cruzó la frontera de México en Nuevo Laredo. Le pusieron en la ventanilla una pegatina con la etiqueta de turista que llevaba marcada esa fecha. En la revista True, en la biblioteca de la prisión, había leído un reportaje con fotos en color sobre Puerto Vallarta: playas abrigadas de arena blanca, palmeras que se inclinaban sobre la espuma de las olas, bungalows con techos de palma y barandas frente al mar. Desde Acapulco se llegaba por una carretera de tierra, un río de barro al final de la temporada de lluvias.
Apareció en Puerto Vallarta con su Mustang blanco y nadie en el pueblo había visto un coche así. Se alojó primero en el hotel Río, luego en el Tropicana, que daba a la playa, a la Bahía de las Ballenas. Desde la baranda de su habitación veía el Pacífico al final de la bahía y los chorros verticales de agua que ascendían desde las jorobas montañosas de las ballenas. En el asiento trasero del Mustang iba la máquina de escribir portátil. Ahora dijo que era escritor; un escritor americano probablemente llegado a Puerto Vallarta en busca de tranquilidad, resuelto a completar allí una novela interrumpida, quizás un guión de cine. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con fijador y usaba gafas de sol con montura dorada. La Polaroid iba siempre colgada del hombro. También llevaba consigo la cámara Kodak de Super 8. Por la terraza abierta y a través de las paredes poco sólidas del hotel se difundía el teclear de su máquina de escribir. En Puerto Vallarta John Huston había dirigido unos meses atrás el rodaje de La noche de la iguana. En la película, prestando mucha atención, se ve durante unos segundos, desde un autobús en marcha, la fachada y el letrero del hotel Río, un parpadeo del pasado.
Empezó a frecuentar dos de los prostíbulos de Puerto Vallarta, Casa Susana y Casa Azul. Casa Susana tenía un salón con el piso de tierra, una barra de bar y una máquina de discos en la que sonaban éxitos americanos de hacía varias temporadas. Los discos se rayaban a veces y para que avanzaran había que dar unos golpes secos a la máquina. Las mujeres aguardaban abanicándose en sillas bajas, contra la pared del fondo, relucientes en el calor, con los labios y los ojos muy pintados en las caras morenas y las piernas abiertas. Niños desnudos y animales corrían entre las mesas, cerdos, gallinas, perros. En Casa Susana conoció a una mujer joven, teñida de rubio, con la piel muy morena, que se hacía llamar Irma, por la película Irma la dulce. Su nombre real era Manuela Medrano López. Irma contó luego que el americano del coche deportivo blanco, Eric, la llevaba en el Mustang a playas apartadas y le tomaba fotos, vestida o desnuda, a veces en posturas eróticas. La hacía sentarse con las piernas abiertas y la falda levantada en el asiento delantero del coche. Le hizo promesas vagas de contratarla como estrella para la productora de cine pornográfico que estaba empezando a montar en Los Angeles. La pornografía era entonces una industria en ciernes, medio clandestina. Eric, el americano, era muy tranquilo y nunca se reía. Unas veces la invitaba y otras le regateaba el pago por sus servicios sexuales. Llevaba a todas partes consigo la cámara Polaroid y un pequeño manual de conversación en español, aunque apenas sabía decir unas cuantas palabras, y no entendía cuando se le hablaba. Tenía mucho interés en aprender bailes latinos. De vez en cuando se montaba solo en el coche y desaparecía. Irma dedujo que iba a comprar marihuana a una de las plantaciones del interior de la selva. Un día que estaba muy borracho, en una de las mesas de Casa Susana, le pidió que se casara con él. Ella primero se echó a reír y luego le dijo que no. Cómo iba a fiarse de él, le dijo, si estaba yéndose siempre con otras mujeres. Se lo dijo medio en español medio en inglés, con palabras sueltas, con muchos gestos, señalando a una de las prostitutas con las que él se iba algunas noches, quizás para herirla, una morena muy menuda y más joven a la que llamaban la Chilindrina. Él se puso muy serio y sacó su revólver del bolsillo trasero del pantalón y le apuntó entre las cejas.
En Casa Azul las mujeres esperaban a los hombres en estrechos cubículos horizontales situados a diversas alturas, como celdillas de un panal. Para llegar a ellos había que subir por escaleras de mano. Un hombre iba subiendo y miraba al paso el interior de un cubículo desde el cual lo llamaba una mujer. Gritos, jadeos y suspiros se difundían de un lado a otro en un rumor que podía oírse desde lejos, y que actuaba como una invitación, un afrodisíaco sonoro. A él lo vieron subir y bajar muchas veces, por las estrechas escaleras verticales: gafas oscuras, camisas floreadas de turista, la piel tan pálida que ni siquiera se enrojecía al sol, refractaria como cal, como piedra pómez.
La playa más apartada de todas era la de Mismaloya, a quince kilómetros de Puerto Vallarta. Sólo había una cantina delante del mar, y muy pocos turistas se aventuraban tan lejos. El camarero de la cantina lo reconoció meses después, cuando le enseñaron sus fotos, aunque dijo que nunca había llegado a oír su nombre. Recordó que llegaba con una mujer teñida de rubio en un fulgurante coche blanco, que le pedía unas bebidas y se apartaba con la mujer a la sombra de las palmeras, cerca del agua. En La noche de la iguana, Ava Gardner se baña de noche en la playa de Mismaloya, borracha y descarada, en compañía de dos hombres muy jóvenes que la rondan luego por la playa tocando maracas.
El 14 de noviembre de 1967 se marchó de Puerto Vallarta. La noche anterior se había emborrachado sombríamente en Casa Susana, hablándole a Irma o Manuela en una voz murmurada que ella no habría entendido aunque no atronaran el recinto del patio las canciones de la máquina de discos. Se había peleado con un marinero negro tan borracho como él que le dio un empujón involuntario. El negro era más alto y fornido que él pero se quedó quieto cuando vio el revólver que había aparecido en su mano. Buscando las palabras en su pequeño manual de conversación le dijo luego a Manuela que volvería a buscarla en cuanto resolviera un negocio pendiente en Estados Unidos. Llevaba un alijo de marihuana camuflado en la rueda de repuesto del Mustang.
Condujo sin prisa por las autopistas a la orilla del Pacífico hasta llegar a Los Angeles. Le gustaba conducir bebiendo una lata de cerveza fría y escuchando música country en la radio del coche. Conducía con las gafas de sol y apoyando el codo izquierdo en la ventanilla abierta, recibiendo en la cara la brisa húmeda del océano, la camisa de verano abierta sobre el pecho, la piel quemada por el sol de la playa Mismaloya. Le gustaban las canciones de Johnny Cash. Se veía a sí mismo con incredulidad, con admiración, desde fuera, como si se estuviera viendo en una película, o leyendo una novela donde el protagonista asombrosamente era él, la vibración del motor del Mustang en el pedal del acelerador, la música a todo volumen en la radio, desbaratada por el viento.
El 19 de noviembre había alquilado un apartamento en el hotel Saint Francis, en Hollywood Boulevard, en una zona de hoteles baratos, tiendas de licores y clubes de striptease. En el Saint Francis se alojaban sobre todo jubilados con pensiones modestas, viejos solitarios, alcohólicos dignos, bastantes de ellos con grados diversos de discapacidad. También bailarinas de striptease o de danza del vientre que trabajaban en los clubes del vecindario, casi todos con nombres de ajada fantasía oriental: Club Fez, Séptimo Velo, Arabian Nights. En la planta baja del hotel Saint Francis había un bar muy poco iluminado que se llamaba Sultan Room, frecuentado sobre todo por huéspedes habituales. Se quedaban sentados durante horas en la penumbra de la barra apurando sus bebidas despacio. En la esquina de enfrente había un bar más oscuro que abría antes, el Rabbit’s Foot, donde empezaban a servir alcohol a las seis y media de la madrugada. En esquinas opuestas, los letreros del Sultan Room y del Rabbit’s Foot brillaban de noche con intermitencias desiguales, con algunas letras de menos. Un camarero del Rabbit’s Foot recordó luego sobre todo su aire evidente de pueblerino sureño recién llegado a la gran ciudad: el traje oscuro, una corbata de lazo, las orejas grandes y separadas, la expresión furtiva y atónita, el habla.
Mientras vivía en el hotel Saint Francis compró un televisor portátil, marca Zenith, con la carcasa de plástico, un asa en la parte superior y dos antenas orientables. En el Sultan Room conoció a una camarera que se llamaba Maria Bonino. Había sido bailarina exótica y de striptease bajo diferentes nombres artísticos: Marie Martin, Marie Dennino, Mary Martinello, casi siempre en el mismo club cercano, el Mousetrap. A través de ella entró en contacto con un autor ocasional de canciones, Charles Stein, que traficaba de vez en cuando con LSD y lo consumía él mismo. Era un hippie calvo, barbudo, con collares de cuentas, sandalias y pies sucios. Decía que después de haber recobrado la fe cristiana se había vuelto sensible a las vibraciones del universo. Por comparación con su desaliño resaltaba más la corrección indumentaria de Eric Starvo Galt. Charles Stein llevaba siempre en la guantera del coche unos prismáticos y una cámara de fotos en previsión de posibles avistamientos de naves extraterrestres. Hicieron juntos un viaje de ida y vuelta a Nueva Orleans, seis mil kilómetros en unos pocos días, en el Mustang de Galt, para recoger a unas sobrinas de Stein. Conduciendo de noche en mitad del desierto Stein frenaba de golpe porque estaba seguro de haber visto las luces de un platillo volante. Contó luego que a lo largo del viaje Galt hizo dos o tres llamadas desde cabinas de teléfonos en la orilla de la carretera recta que no acababa nunca. Se despertó en el asiento contiguo al del conductor, donde llevaba varias horas durmiendo, y vio que estaba solo en el coche detenido en un arcén, a una cierta distancia de una gasolinera. Eran las cuatro o las cinco de la madrugada y tiritaba de frío. En la oscuridad brillaba como un fanal una cabina de teléfonos, y dentro de ella vio a Galt, muy quieto, escuchando. Luego volvió al coche y arrancó sin hablarle. Dijo Stein que estaba seguro de que el nombre que usaba era falso: que no tenía cara de llamarse Galt, y menos todavía Eric; si acaso Bill, o Bob, o Jim.
La Nochebuena de 1967 fue la primera que pasó fuera de prisión desde hacía ocho años. La Navidad, explicó luego, no sin desdén, era una fiesta para gente apegada a la familia. Para un solitario como él no significaba nada. «Una noche como otra cualquiera para sentarse en un bar y quedarse luego en la habitación del hotel tomando una o dos cervezas y quizás viendo un rato la televisión.» Se le había olvidado lo que hizo justo esa noche. Sí se acordaba de que el 31 de diciembre condujo por el desierto hasta Las Vegas. Anduvo un rato por la ciudad, donde no había estado nunca antes, y ni siquiera jugó en un casino. Dio vueltas en el Mustang y estuvo mirando a la gente echar monedas en las máquinas tragaperras. Durmió en el coche, en un aparcamiento, acurrucado en el asiento de atrás. Se despertó tiritando en el frío del amanecer y condujo de vuelta a Los Angeles, por la autopista sin tráfico, ancha y desierta en la primera mañana de 1968.
El 4 de enero acudió a la consulta del reverendo Xavier von Koss, maestro hipnotizador y presidente de la Sociedad Internacional Koss de Hipnotismo, y, según su tarjeta profesional, «una autoridad internacionalmente reconocida en el campo de la hipnosis, la autohipnosis y el auto-mejoramiento personal». El reverendo Von Koss le explicó que lo que necesitaba para fortalecer su autoestima era trazarse objetivos claros en la vida. Dijo que hizo una tentativa de hipnotizarlo, pero que en cuanto le pidió que cerrara los ojos y se dejara llevar por el tictac de un metrónomo notó en él resistencias inconscientes muy poderosas.
Por indicación del reverendo Von Koss compró unos cuantos libros: Rentabilice sus poderes mentales ocultos, de William D. Henry, Auto-hipnosis: la técnica y su aplicación en la vida diaria, de Leslie M. Lebron, y Psico-Cibernética, de Maxwell Maltz. Un ejemplar muy leído y subrayado de esta obra estaba en su equipaje cuando lo detuvieron en el aeropuerto de Heathrow. También compró por correo en esa época una serie de libros de temática sexual, quizás en preparación de su proyecto de dedicarse al cine pornográfico: La respuesta sexual de la mujer, Anatomía sexual, Prácticas sexuales femeninas no habituales, La sensibilidad sexual en el hombre y la mujer.
El 26 de febrero encargó por correo en una empresa de objetos eróticos un par de esposas japonesas de acero, terciopelo y encaje. Ponía anuncios solicitando relaciones con mujeres apasionadas y discretas en las revistas semiclandestinas de contactos sexuales, que le llegaban por correo en sobres marrones sin indicativos. El texto era siempre el mismo: «Varón soltero, blanco, 36 años, desea encuentro discreto con mujer casada, ardiente».
Se miraba durante mucho rato en el espejo del lavabo de su habitación queriendo distinguir los rasgos de su cara que harían más fácil una identificación, los que pudieran quedar más previsiblemente en el recuerdo de alguien. Se tomaba polaroids desde diversos ángulos, con distinta luz, buscando, con la ayuda de los espejos, perfiles y escorzos. Desprendía la lámina de papel adhesivo y veía formarse segundo a segundo la cara en el rectángulo blanco de la polaroid. La dejaba secarse y se volvía a mirar mientras tanto. Casi todo en su cara era por completo común. El pelo liso, más oscuro que claro, los ojos azules, el mentón ligeramente hendido. Tenía una pequeña cicatriz en la frente pero era muy poco visible. El peligro estaba en la nariz y en las orejas. La punta de la nariz sobresalía demasiado. La oreja izquierda era más grande que la derecha y estaba más separada del cráneo, y tenía el lóbulo más largo. Algunas de esas polaroids de prueba las mandaba luego a las mujeres con las que establecía correspondencia en los clubes de contactos.
En su libro Psico-Cibernética, el doctor Maxwell Maltz, cirujano plástico y catedrático de Cirugía Estética en las universidades de Managua y El Salvador, explicaba que la mente humana funciona exactamente igual que un cerebro electrónico: programándose para obtener unos ciertos fines. Un cerebro electrónico determina la hora del lanzamiento, la trayectoria y el punto de destino de un misil nuclear; del mismo modo, el cerebro electrónico de la mente humana determina la trayectoria de la vida para lograr un cierto fin, que equivale al éxito: el éxito de un vendedor de coches que se pone por delante de la competencia, el de un deportista que llega antes que nadie a la meta o logra una puntuación máxima, el de un hombre de mundo que quiere obtener un buen empleo, dominar con soltura los bailes de salón más difíciles, seducir a la mujer más atractiva en una reunión. La información que necesita un cerebro electrónico para funcionar adecuadamente se la suministra el programador. Un ser humano siempre se mueve, siente y actúa de acuerdo con aquello que imagina información cierta sobre sí mismo y sobre su entorno. Si la información es equivocada, el resultado puede ser desastroso, como el producido por un cerebro electrónico donde se almacenan datos erróneos, o que no se corresponden con el fin deseado.
El 15 de enero empezó un curso de barman, que duró hasta el 2 de marzo, en la Lau International School of Bartending. Según el director de la escuela, «era una persona agradable, con un ligero acento del Sur, muy inteligente, con aptitudes para prosperar en el oficio». Un compañero recordó que era lento comprendiendo las instrucciones que se le daban y que tardaba más en aprenderlas porque parecía siempre muy nervioso. Le oyó decir que había sido cocinero jefe en un barco mercante. Otros lo recordaban zurdo; este alumno estaba seguro de que era diestro. No era fumador pero hubo quien estuvo seguro de recordarlo con un cigarrillo entre los dedos nerviosos, de uñas muy pulidas. El día de fin de curso se presentó en la escuela con una chaquetilla de camarero y una pajarita alquiladas. Cada alumno se hacía una foto con el director de la escuela en el momento en que éste le entregaba el diploma, estrechándole la mano, vuelto hacia la cámara con una gran sonrisa. Justo cuando el fotógrafo pulsaba el disparador él cerró los ojos.
El cerebro humano se programa a sí mismo a partir de la elaboración de una cierta autoimagen. La autosugestión y el hipnotismo pueden ser ayudas poderosas. El doctor Maxwell Maltz citaba en apoyo de su tesis las investigaciones del doctor J. B. Rhine, director del Laboratorio de Parapsicología de la Universidad de Duke. En él se había probado experimentalmente que el hombre tiene acceso a conocimientos, ideas y hechos que le han llegado por canales distintos a los de la inteligencia racional. El hombre crea una autoimagen equivocada y de este modo se condena a sí mismo al fracaso. Se ve feo o torpe o poco atractivo para las mujeres, y esa imagen se transmite extrasensorialmente a ellas, de modo que acaban viéndolo como él se veía y en consecuencia lo rechazan. Gracias a la autohipnosis, el cerebro puede programarse para contrarrestar las imágenes negativas. La fuerza de la mente sólo ahora empieza a revelarse en toda su potencialidad, aseguraba el doctor Maltz. El doctor Theodore Xenophon había llevado a cabo extensas y rigurosas investigaciones sobre los fenómenos de la hipnosis en el Laboratorio de Relaciones Sociales de Harvard.
El hombre programa su cerebro para verse a sí mismo como un triunfador y un seductor y el milagro se produce, a condición de que la mente haya visualizado en todo detalle el objetivo buscado, una y otra vez, a ser posible en una habitación en penumbra, con los ojos cerrados. Campeones de golf confesaban que la parte fundamental de su entrenamiento era la visualización meticulosa de las jugadas, incluyendo la pequeña carrera final de la pelota hacia el agujero, el roce contra la hierba, el ligero rocío, la presión exacta de las manos en el palo. Vendedores que acabarían superando los objetivos de sus empresas se veían a sí mismos acercándose al cliente con una gran sonrisa, estrechándole la mano con el vigor justo. Dará igual que un bailarín se agote ensayando una y otra vez los mismos pasos, si no se ha programado psicocibernéticamente para verse deslizándose sobre la pista, flotando sobre ella.
En diciembre se había inscrito en un curso para aprender a bailar la rumba, en una academia llamada National Dance Studios, un sitio cavernoso y triste, muy afectado por la pérdida de popularidad de los bailes de salón, con una clientela más bien espectral de gente solitaria. Era un curso intensivo: veinticinco horas de clases colectivas, otras veinticinco de instrucción particular, o personalizada, como decía el director de la escuela. «Tenía toda la pinta de un caballero del Sur —dijo una instructora—, dientes sanos, uñas limpias y bien recortadas, un anillo de oro con una piedra oscura, gemelos de oro. Se veía que no le faltaba el dinero. Sacó del bolsillo cien dólares en billetes de veinte para pagar el adelanto de la matrícula, y el segundo día pagó el resto, también en efectivo, cuatrocientos sesenta y cinco dólares, como si nada. Vestía bien, aunque no de una manera distinguida, salvo por los zapatos, que eran de cocodrilo, negros, muy flexibles, de suela fina. Era ese tipo de individuo tímido y metido hacia dentro que quiere y necesita aprender a bailar, aunque a él le costaba mucho, no llegaba nunca a soltarse. Era muy tímido, sobre todo en grupos grandes de gente, y con las mujeres. No miraba a los ojos. Las raras veces que estrechaba al mano lo hacía flojamente. O miraba a lo lejos o dejaba caer la cabeza. Se sentaba en una silla y parecía que estuviera viendo algo en la distancia, o perdido en sus pensamientos. Cuando se ponía nervioso se pellizcaba el lóbulo de una oreja. Sonreía muy poco, muy torpemente, con una sonrisa forzada. En cuanto la conversación iba hacia lo personal se quedaba callado. Cerrado como una almeja. Lo vi marcharse muchos días después de las clases, siempre solo, en su coche blanco. Estuvo en la academia por última vez el 18 de febrero. Se fue antes de que terminara el curso. Dijo que iba a trabajar de marinero en una ruta mercante en el Mississippi. Tenía unos ojos azules muy bonitos, con la pupila muy grande. Firmaba con la mano izquierda.»
El 5 de marzo se sometió a una operación de cirugía estética, con anestesia parcial, en la consulta del doctor Russell Hadley, en Hollywood Boulevard, para suprimir la punta demasiado prominente de la nariz. Volvió dos días después para que el médico le retirara el vendaje y observara el proceso de cicatrización. En la tercera visita, el 11 de marzo, el doctor Hadley le quitó los puntos. Meses después, cuando empezó a recibir visitas de agentes de paisano que le hacían preguntas y le mostraban fotos, comprobó con asombro que no conseguía recordar la cara de ese paciente al que había operado y examinado tan de cerca. En su libro de psicocibernética el doctor Maltz aseguraba que delincuentes encallecidos, después de someterse en prisión a operaciones de cirugía estética que corregían sus rasgos más desagradables, habían cambiado por completo su comportamiento, haciendo méritos para conseguir muy pronto la libertad condicional, y convirtiéndose luego en ciudadanos ejemplares y miembros útiles de la sociedad.
El 18 de marzo, lunes, se marchó de Los Angeles. Ahora atravesaba el país de oeste a este, en una trayectoria de dilatado regreso: Arizona, Nuevo México, Texas, Louisiana, Mississippi, Alabama, Georgia, Tennessee por fin, Memphis. Se detuvo un día entero en Nueva Orleans, el 21 de marzo. De allí condujo hasta Selma, Alabama, donde Martin Luther King participaba esos días en diversos actos públicos. Un poco antes, Luther King había estado en Los Angeles. Viajó a Atlanta desde Selma, y se quedó allí cinco días. La casa de huéspedes que encontró en Atlanta no tenía ni recepción. El gerente manejaba el negocio desde un cuartucho de la planta baja. Estaba tan borracho que no sabía en qué habitaciones había huéspedes y en cuáles no, y se le había extraviado el libro de registro. Cuando él llegó el gerente llevaba catorce días seguidos de borrachera. Se sorprendió mucho al ver entrar a aquel viajero de tan buen aspecto, con su traje oscuro y su buena maleta, bien afeitado, con un corte de pelo cuidado y reciente. Al principio sospechó que pudiera ser un policía. Llevaba en el coche un mapa de Atlanta en el que había rodeado con círculos a lápiz rojo los lugares por los que habitualmente se movía Luther King: su casa, la casa de sus padres, la iglesia de la que era pastor, Ebenezer.
El viernes 29 de marzo viajó desde Atlanta a Birmingham, Alabama. No había estado en la ciudad desde octubre del año anterior. Se registró en un motel con el nombre de Eric S. Galt. Unas horas después, cuando fue a comprar un rifle de caza con mira telescópica en una tienda de armas, dijo que se llamaba Harvey Lowmeyr, o Lowmeyer. No necesitó presentar ningún documento de identidad. Dijo que estaba planeando una excursión de caza de ciervos en Idaho con un hermano suyo. A los dependientes de la tienda les dio la impresión de que aquel cliente pálido y poco fornido no sabía nada de caza, ni de vida al aire libre, ni de armas de fuego. Sopesaba con torpeza el rifle entre las dos manos, pero prestaba mucha más atención al folleto con las instrucciones de montaje y funcionamiento. Se ponía unas gafas de montura gruesa de concha para leer la letra muy pequeña y tenía las uñas rosadas de manicura. Su traje marrón parecía de buen corte pero estaba arrugado, como si hubiera dormido con él. Llevaba la corbata torcida. El aliento le olía un poco a alcohol. Volvió al día siguiente, el sábado, a primera hora de la mañana, con el mismo traje arrugado y las mismas gafas, y dijo que necesitaba un rifle más potente. El que eligió por fin disparaba las balas a una velocidad de novecientos metros por segundo y tenía fuerza suficiente para derribar en seco a un rinoceronte adulto lanzado al galope. Pidió que le instalaran una mira telescópica. Desde el interior de la tienda lo vieron alejarse hacia su coche sobre el asfalto del aparcamiento, los hombros encogidos y la caja del rifle en la mano, como si fuera un maletín, las puntas de los pies abiertas hacia fuera, una oreja más grande que la otra.
El lunes 1 de abril llevó una bolsa de ropa a una lavandería de limpieza en seco de Atlanta: cuatro camisetas, tres pares de calzoncillos, un par de calcetines, una toalla, una chaqueta de sport, los pantalones de un traje, una corbata. A la empleada le extrañó ver a alguien tan bien vestido en aquel vecindario que en los últimos tiempos se había llenado, desagradablemente, de hippies, drogadictos y mendigos.
El 3 de abril, yendo de Atlanta hacia Memphis, se desvió de la autopista y siguió por un camino de tierra hasta llegar a una zona apartada: una pradera, vallas blancas caídas, un cobertizo abandonado. Sacó el rifle del maletero y montó la mira telescópica. Durante su servicio militar se había distinguido como un excelente tirador. Ajustó un cargador, probó el tacto y la presión del gatillo, el encaje de la culata en el hombro. A través de la mira las cosas lejanas aparecían tan precisas como si las tuviera delante: una lata oxidada, el tronco de un árbol, un comedero de pájaros colgado de una rama, hecho con una botella de plástico con un círculo recortado en el centro. Bastaba apretar muy poco el gatillo para que estallara el disparo. Las cosas se deshacían en esquirlas de vidrio y motas de polvo en las líneas cruzadas de la mira telescópica. Después de cada disparo había un gran silencio en el campo.
El viaje entre Atlanta y Memphis duraba siete horas. Él hizo dos paradas más en la carretera. En un drugstore compró un kit de afeitado Gillette. El dependiente lo recordó luego porque en aquella tienda rara vez paraba alguien que vistiera un traje y una corbata, y porque la ropa era visiblemente demasiado recia para el calor húmedo que hacía. Luego paró unos cien kilómetros más allá en una barbería, donde se cortó el pelo. El cielo empezaba a encapotarse según iba acercándose a Memphis, y el viento azotaba los árboles. En el horizonte prematuramente oscurecido estallaban relámpagos.
Hacia las siete y cuarto de la tarde alquiló una habitación en el New Rebel Motel, a las afueras de Memphis, bajo el nombre de Eric S. Galt. Oleadas furiosas de lluvia golpeaban las ventanas. Los truenos crujían como si estuviera abriéndose la corteza de la Tierra. El vigilante de noche, en sus rondas por los alrededores del motel, vio el Mustang blanco aparcado delante de su habitación, y la luz que seguía encendida a las cuatro y a las cinco de la madrugada.
El 4 de abril por la mañana compró un periódico en el que venía, en la primera página, una foto de Martin Luther King, con un pie en el que se mencionaba el motel en el que estaba alojado, el mismo al que acudía siempre cuando iba a Memphis, el Lorraine. Un editorial hostil señalaba que King volvía a Memphis para alentar de nuevo motines y desórdenes entre los negros y atizar el peligroso extremismo de los basureros municipales en huelga.
A las tres de la tarde alquiló una habitación en una casa de huéspedes que estaba a poca distancia del Lorraine Motel, en un vecindario muy degradado, en los márgenes de la ciudad, con el paisaje habitual de casas de empeños, tiendas de licores, hoteles para vagabundos y borrachos. Dijo que se llamaba John Willard. En un sitio como aquél no hacía falta ninguna identificación.
A la encargada de la casa de huéspedes el recién llegado le pareció tan fuera de lugar como el coche que había aparcado cerca de la entrada. Llamaron a la puerta de la habitación que usaba como oficina y cuando abrió sin quitar la cadena vio a un hombre pálido de cara triangular que miraba de soslayo y tenía una sonrisa irritante, forzada, sin conexión con los otros rasgos, una sonrisa torcida de burla.
Por un corredor con puertas sucesivas lo condujo hasta una de las habitaciones libres. Se cerraba con un candado. En el agujero donde había estado el pomo asomaba el gancho de una percha de alambre. Había un sofá verde desventrado y una bombilla sucia colgando del techo, un colchón torcido en un somier. Sobre la repisa de una chimenea que no habría sido usada desde hacía años colgaba una guirnalda absurda de bolas de Navidad y hojas de acebo polvorientas y descoloridas de plástico. La encargada, Bessie Brewer, una mujer gorda con el pelo liso y sucio y una camisa de hombre, se disculpó por el olor tan fuerte a desinfectante: el anterior huésped, un abuelo borrachín, había muerto en la habitación hacía una semana.
Satisfecho al parecer, con la sonrisa invariable en la cara, preguntó por el cuarto de baño. Estaba justo al lado. Sobre la puerta había, pegado con esparadrapo, un letrero escrito a mano: TOILET & BATH. El retrete no tenía tapa y en el fondo de la bañera había un charco de agua sucia. Por la ventana se veía, al otro lado de un baldío con tapas derruidas y basuras, la hilera de balcones del Lorraine Motel, la puerta corrida de cristal de una habitación, tapada a medias por una cortina translúcida, hinchada como una vela por la corriente de aire. El 4 de abril de 1968 era jueves.