Como la sombra que se va

Ann Benson · Capítulo 24 de 27

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Como la sombra que se va

Capítulo 24

 

H E buscado su rastro en Lisboa y ahora lo busco en Memphis. Ahora voy caminando por una calle desierta de Memphis, recién salido del hotel, de la habitación en el piso noveno del hotel desde la que se ve una esquina por la que no pasa nadie, un cruce de calles con muy poco tráfico, a un lado un edificio enorme de hormigón que es un aparcamiento, al otro la arquitectura en serie de un Holiday Inn, y hacia el oeste, sobre las terrazas, como una ancha lámina de metal azulado, el río Mississippi, azul metálico virando a oro según cae la tarde y el disco amarillo y luego rojizo del sol se recorta en la bruma, en el aire cálido y saturado de humedad, por encima del río y del horizonte de bosques del otro lado de la orilla, donde empieza el estado de Arkansas.

Digo en voz alta los nombres de lugares que estoy viendo con mis propios ojos por primera vez, que ya han dejado de ser palabras relucientes de la literatura: Memphis, Tennessee, Mississippi, Arkansas. He estado mirando el río y la ciudad desde la ventana de la habitación, sin abrir la maleta, impaciente por salir a la calle, antes de que empiece a anochecer. Vi primero el nombre de Memphis, con algo de incredulidad, en la tarjeta de embarque, y luego en el panel de salidas en el aeropuerto de Newark. Tres horas después descendía inestablemente el pequeño avión sobre un paisaje plano de bosques muy verdes tamizados de bruma y el piloto dijo por el altavoz de la cabina: «Welcome to Memphis, Tennessee».

El nombre apareció luego en las letras blancas sobre fondo verde claro en los indicadores de la autopista, un rato antes de que apareciera el gran río, ocupando toda la anchura del horizonte, coronado a lo lejos por el arco doble de un puente de hierro, «The mighty Mississippi river», anunció con reverencia el taxista, señalando la corriente con una mano oscura y como de pergamino, con anchas uñas muy claras.

Entre los verdes de jungla surgían a veces fábricas abandonadas, con ventanales de marcos oxidados y cristales rotos y muros de ladrillo comidos por plantas trepadoras, como las ruinas de una civilización tropical extinguida. En algunos indicadores hemos visto repetirse el nombre de Graceland. El taxista hablaba con una voz lenta, de graves profundos, una voz que sonaba como si saliera de una tinaja o de un odre o de un pozo cavado en la tierra. Nos dijo que el gobierno americano había tramado el asesinato de Martin Luther King, que F. D. Roosevelt había sabido con anticipación la fecha del ataque japonés a Pearl Harbor y no había hecho nada, que ningún judío fue a trabajar a las Torres Gemelas la mañana del 11 de septiembre de 2001.

Nos dijo no sin orgullo que se llamaba Ulysses y que era nacido y criado en Memphis, born and raised, y había vivido en la ciudad todos los días de su vida. Desplegaba en su vestuario una elegancia como de negro cubano y unas patillas blancas y muy largas resaltaban con una piel que tenía un brillo de antracita. Después del frío del interior del taxi, el aire de Memphis era caliente y húmedo. La sahariana impecable del taxista Ulysses era marrón claro y blanca, sus pantalones marrón claro con una raya perfecta, sus zapatos charolados y a juego. Desde el piso noveno del hotel, Memphis era un cruce de avenidas desierto en el calor de la tarde, Second Street y Union Avenue. Por las aceras muertas no caminaba nadie y los semáforos cambiaban del verde al rojo sin que se detuviera ningún coche ante ellos. Union Avenue se prolongaba en línea recta hacia el oeste, hacia un ancho espacio abierto y deslumbrado por el sol más allá del cual estaba el río.

 

Lo que uno elige contar es una parte de lo que uno ha visto y vivido. El escritor que cuenta en primera persona un viaje es una proyección novelesca y siempre solitaria de sí mismo, un personaje familiar de los libros. Voy por Memphis una tarde de mayo buscando su rastro pero no voy solo como los viajeros de la literatura. Tú vienes conmigo por esta calle en la que no nos cruzamos con nadie y estabas en la habitación del hotel cuando yo me asomaba a la ventana y veía el río en la distancia y el disco amarillo y luego rojizo del sol en la bruma violeta.

He preguntado en la recepción cuánto se tarda en llegar al Lorraine Motel y la recepcionista me ha mirado con extrañeza cuando le he dicho que tenemos la intención de llegar caminando. «En coche son sólo cinco minutos.» Pero está tan poco acostumbrada a calcular distancias a pie que se queda desconcertada, como ante una posibilidad que no se le hubiera ocurrido nunca, como si le hubiera preguntado cuánto se tardaría en llegar al Lorraine Motel a caballo, o en globo. Abre sobre el mostrador un mapa muy esquemático de la ciudad y señala con un lápiz el itinerario, casi en línea recta, hacia el sur, paralelo al río.

 

Hace mucho calor todavía cuando salimos a la calle. Hay en ella una inmediata desolación de ciudad americana que se acentúa según nos alejamos del hotel. Más edificios de aparcamientos, arquitecturas en serie como de centro comercial. Hay tiendas o almacenes con las persianas metálicas echadas y escaparates de comercios vacíos. En los pocos locales que están abiertos no se ve a nadie. Calles fantasma de ciudad americana sin tiendas abiertas ni gente que camina.

La vida y la multitud estallan de pronto en el paréntesis de Beale Street, con sus neones encendidos en plena luz del día y una discordia sonora de rhythm and blues en los altavoces de todos los bares. Música y poesía de los nombres: Louis Armstrong tocando con maestría suprema el Beale Street Blues en una grabación de 1928. El sol oblicuo de la tarde baja en línea recta desde el río y relumbra en las ventanas de Beale Street, en los muros de ladrillo rojo que se recortan contra el azul muy suave del cielo.

Pero no podemos perder tiempo ahora, cuando falta tan poco para que se vaya del todo la luz de la tarde. La animación y la música se quedan bruscamente lejos nada más pasada la esquina de Beale Street. Lo que viene después es una extensión de avenidas sin tráfico, edificios abandonados, solares de edificios convertidos en aparcamientos, aparcamientos clausurados con vallas metálicas, atravesados por grietas como costuras en el asfalto de las que brotan malezas, hierbas altas, troncos delgados de árboles. La hierba crece en las costuras de las aceras rotas sin que nadie la pise, surge de debajo de la tierra en las rendijas del alcantarillado. En el cruce de Second Street y Martin Luther King Jr. Avenue los semáforos oscilan sobre cables muy altos y la mirada se pierde por carreteras y descampados sin distinguir ni una sola figura humana en la lejanía.

Pasan muy pocos coches, pero la calzada es tan ancha como una autopista y la luz ha vuelto al rojo antes de que alcancemos la otra acera. Hacia el este se ve una iglesia de torres góticas aislada en medio de un solar. Hacia el oeste, contra el fulgor que viene del río invisible, más allá de un aparcamiento en el que las vallas metálicas han sido parcialmente derribadas, se levanta un bloque macizo de ladrillo rojo oscuro que ocupa una manzana entera, con muchas filas de ventanas sucesivas, todas tapiadas, con un armazón metálico sobre las terrazas, de las que se desbordan plantas trepadoras. Ese armazón debió de sostener un gran letrero luminoso que se vería desde muy lejos. En letras desvaídas, a la altura de los últimos pisos, se distingue un nombre: HOTEL CHISCA. Sobre un lateral cuelgan los restos de una marquesina. Ese nombre me suena de algo, pero no recuerdo qué. Lo he visto en alguna parte, una sola vez.

Ahora pasamos delante de un edificio muy largo, de una sola planta, con dinteles de puertas y marcos de ventanas art déco, con todos los cristales rotos. En el interior se ven muebles derrumbados, sillas rotas, cosas tiradas por el suelo, cubiertas de polvo, restos de basura, cristales de botellas, grafitis viejos por las paredes. Hasta los grafitis y las bolsas y los contenedores de comida son de hace mucho tiempo. Sobre la puerta principal, tapiada con ladrillos y maderas en aspa, un cartel con tipografía de hace tres cuartos de siglo indica que el edificio fue un almacén de suministros de todo tipo para salas de cine: entradas, programas, palomitas de maíz, caramelos, chucherías.

Desde el otro lado de la calle alguien nos mira ahora, una figura igual de aislada que la nuestra: una negra muy joven, con un niño de la mano, empujando un carrito de bebé. Su sombra muy alargada se proyecta hacia nosotros. El carrito avanza a saltos sobre la acera desventrada.

 

Caminando por una ciudad vacía se pierde con facilidad el sentido del tiempo y el de la distancia. Pero ya no podemos estar muy lejos. Salta el recuerdo: en el hotel Chisca dijo James Earl Ray que se tomó un helado en la tarde del 4 de abril. Por los rectángulos de ventanas desaparecidas se ven escombros y vigas de tejados que se hundieron hace tantos años que una vegetación espesa de maleza y árboles ha crecido en ellos. Magnolios prodigiosos han ocupado el espacio de lo que alguna vez fue un jardín trasero, levantando el suelo a su alrededor, volcando los muros cercanos. Un tronco retorcido de hiedra ha reventado la escalinata de otro hotel clausurado, y sus ramas trepan hasta lo más alto del mástil sobre el que todavía permanece la carcasa oxidada donde estuvo el nombre. Sobre una ruina mucho más reciente, aunque cerrada a cal y canto, hay un letrero vertical en rosas y azules, como una tentativa de psicodelia fracasada: HOLLYWOOD DISCO.

Una pared entera está ocupada por un mural mexicano de calaveras con sombreros y vírgenes y nopales y agaves y atardeceres de colorido abominable. Por un portón abierto de par en par viene un vendaval de rancheras feroces. Dos camareros inmóviles al fondo de un patio emparrado, lleno de mesas en las que no hay nadie, nos miran pasar con caras idénticas de aburrimiento y de intriga, tal vez de fallida esperanza.

Al doblar una esquina aparece de pronto, muy alto sobre los tejados, al fondo de la calle, el letrero inesperado y reconocido del Lorraine Motel: cuando se iluminara de noche, su flecha intermitente de neón rojo atraería desde lejos a los conductores, en este límite despoblado de Memphis, cerca de las calles donde vivían los negros pobres y de las fábricas y los almacenes que no iban a tardar mucho en cerrarse, y del edificio enorme de la estación a la que llegaban cada vez menos trenes. Las tipografías diversas, Lorraine, Motel, aluden al mundo de hace medio siglo tan indudablemente como el verde claro de los dos postes metálicos que lo sostienen, que es el mismo de las puertas de las habitaciones, un color de aquel tiempo, a su modernidad desvanecida. Lo que he visto tantas veces en fotografías y en documentales lo tengo ahora delante de mis ojos. En cuanto lleguemos al final de esta calle pisaré el lugar en el que he vivido imaginariamente durante los últimos meses. Unos pocos pasos más y será como traspasar un velo, como ingresar en el espacio y en el tiempo de una película antigua, en el interior de un libro no terminado, que dejé en suspenso para venir aquí.

 

El Lorraine Motel es más bajo y alargado y mucho menos imponente de lo que yo esperaba. En el edificio anexo, una construcción moderna, ya están cerradas las puertas del museo de los Derechos Civiles. Reconozco las dos filas de las habitaciones, con los ventanales anchos y las puertas que dan a la baranda corrida, una arquitectura racionalista de entonces, de formas simples y abiertas y colores claros, ajena del todo al ladrillo sombrío del vecindario, con su hollín arcaico de fábricas y de locomotoras de carbón. El Lorraine Motel podía haber estado en Florida, en California, delante del mar, con un fondo de palmeras. En la explanada que hay delante del aparcamiento estaba hace cincuenta años la piscina. La habitación 306, hacia el centro, en la primera planta, se distingue por una corona de flores blancas y rojas colgada de la baranda, justo donde Martin Luther King tenía apoyadas las dos manos cuando sonó el disparo. Debajo de la habitación hay aparcados dos coches, dos modelos de los años sesenta, como los que se ven en las fotos de aquel día, uno de ellos un largo Cadillac blanco con alerones fantasiosos, idéntico al que el dueño de una funeraria de Memphis ponía a disposición de Luther King cuando estaba en la ciudad.

 

El museo lleva cerrado más de una hora. Son algo más de las siete de la tarde, un día de finales de mayo. Esta luz que hay ahora es la misma que habría hacia las seis en los primeros días de abril. Salvo por dos visitantes tan rezagados como nosotros que deambulan haciendo fotos y comprueban antes de irse los horarios del museo, estamos solos en la explanada del Lorraine Motel, y parece que en todo el vecindario.

Hay una quietud profunda en la tarde todavía muy cálida, una humedad atenuada por algo de brisa. El 4 de abril de 1968 el aire estaría más transparente y más fresco que hoy, después de la gran tormenta de la noche anterior. Si doy la espalda al motel tengo delante los muros traseros del edificio donde estuvo la casa de huéspedes de Bessie Brewer, umbríos en el contraluz, por encima de un jardín arbolado y muy cuidado que hace medio siglo era un vertedero de basuras entre la maleza. Ahora no sé distinguir la ventana de la que partió el disparo, por la que se asomó el cañón del rifle con su mira telescópica, a las seis de la tarde, a las seis y un minuto.

También es menor de lo que había imaginado la distancia entre esas ventanas traseras y los balcones del Lorraine Motel. Si no hubiera venido aquí no habría sabido que la habitación de Martin Luther King estaba orientada al poniente. En unos pocos minutos ya no habría habido luz suficiente para hacer puntería desde esa distancia. Las cosas más definitivas estuvieron siempre a punto de no suceder. Aquí, esta tarde, ya no podemos hacer nada más. Subimos hasta South Main. Reconozco la topografía como si hubiera caminado por estos lugares en sueños, con una mezcla de certeza y de irrealidad. En esta esquina donde ahora está la tienda del museo de los Derechos Civiles estuvo el escaparate de Canipe Amusement Company, donde había álbumes descoloridos de discos de segunda mano, carteles de conciertos, un jukebox recién reparado. Justo aquí, en este ángulo hundido hacia dentro, entre el escaparate y la esquina, él dejó caer el envoltorio en el que estaban la maleta y el rifle, y apresuró el paso por esta acera, en dirección al sur, por el descampado en el que se interrumpe la calle, hacia el Mustang blanco aparcado un poco más allá, cerca ya del edificio cúbico de ladrillo que sigue siendo un cuartel de bomberos.

Algunas cosas cambian y otras no. Tampoco existe ya el Jim’s Grill ni se ve el letrero de la casa de huéspedes que ni siquiera tenía nombre, sólo un reclamo, ROOMS-APARTMENTS, según puede verse en las fotos de entonces. La fachada del número 422 es la misma: él cruzó ese umbral. Él subió por una escalera que quizás sigue existiendo tras la puerta cerrada, con la palabra ROOMS escrita en cada peldaño.

Todo lo reconozco y sin embargo nada es exactamente como lo había imaginado. Más allá del cuartel de bomberos la calle tuerce hacia el este y desciende en una cuesta prolongada hacia el edificio de la estación, hacia la carretera que lleva en unos pocos minutos al límite con el estado de Mississippi. El paisaje se ensancha en la salida de Memphis, la calle se vuelve más despejada. Sería un alivio verla alejarse en el espejo retrovisor, en la luz declinante del atardecer, al mismo tiempo que se debilitaban los sonidos de las sirenas, pisar el acelerador del Mustang notando la incrédula ebriedad de haber cumplido el plan y acertado el único disparo, de estar huyendo ahora por carreteras cada vez más apartadas, en un silencio de campos cultivados y bosques, un poco antes de conectar la radio y buscar un boletín de noticias, de comprobar el éxito de la ejecución y la señal de partida de la cacería.

 

A la mañana siguiente el museo está abierto pero el pasado parece haber retrocedido, como el mar en una playa con la marea muy baja. En la explanada delante del Lorraine Motel hay grupos de turistas y expediciones tumultuosas de escolares. La gente se yergue sonriendo para salir en las fotos que tienen de fondo la puerta con el número 306 bien visible y la corona de flores blancas y rojas, más conmemorativa que funeraria, sobre todo en una mañana de sol como ésta, de calor de verano.

El museo está concebido para dar una impresión de cercanía, de experiencia inmediata, sonora y visual del pasado, tangible, nítida como un relato sin retrocesos y sin incertidumbres narrativas: escuchar voces, mirar imágenes en blanco y negro, acelerarlas o detenerlas a voluntad en pantallas táctiles.

El pasado se vuelve practicable; existe en las tres dimensiones del presente. Se pueden ver en los noticiarios los autobuses segregados del Sur y también se puede subir a uno que es idéntico al que tomó Rosa Parks. Se pueden tocar los respaldos de plástico duro, las superficies cromadas, oler el plástico recalentado de entonces, ver los anuncios de 1954 a lo largo del interior del autobús, encima de las ventanillas. Hay una figura sentada y es un maniquí y un fantasma, la mujer de espaldas, con su sombrero y su abrigo, con su aire de frágil rectitud y decencia.

Cuanto más eficaz es la apariencia de cercanía más grave es también la inevitable mentira. En una sala poco iluminada está el autobús quemado en el que viajaba un grupo de Viajeros de la Libertad en mayo de 1961, los Freedom Riders que tomaban autobuses en Washington para llegar a Nueva Orleans a través de las ciudades más racistas del Sur, hombres y mujeres muy jóvenes, blancos y negros, vestidos con una serena elegancia, resueltos al misterioso heroísmo de hacer cosas comunes y ya legales que sin embargo seguían siendo inauditas y podían costarles la vida, y de no responder a la violencia que se abatiera sobre ellos.

Llegaban a las estaciones y ya los estaban esperando hordas feroces de hombres blancos, armados de palos, de piedras, de trozos de tuberías. En las fotos y en las imágenes de los noticiarios de televisión de entonces, en los monitores del museo, se ven esas caras torcidas por la ira, por la borrachera de la barbarie colectiva e impune, caras jóvenes sobre todo, a veces muy jóvenes, casi todas masculinas, hombres con camisas blancas o con monos de trabajo, con rayas y tupés y nucas muy apuradas en las barberías, cercando un autobús o tomándolo por asalto, rompiendo las ventanillas, empujando para volcarlo, retrocediendo cuando por fin ha estallado en llamas, feroces y triunfales, exaltados por la venganza, por el fuego que quemará vivos a los viajeros del autobús si no logran abrir desde dentro las puertas atascadas, si no rompen mientras tanto todos los cristales de las ventanillas para que el humo no los ahogue.

Puedo tocar la chapa estriada y plateada del autobús y puedo subir a él. Veo el bello dibujo del galgo que da nombre a la compañía y el letrero escrito a lo largo del costado, en letras azules sobre fondo blanco: IT’S SUCH A COMFORT TO TRAVEL BY BUS. Pero quién podrá experimentar el terror de ir llegando a Montgomery o a Birmingham y mirar por la ventanilla el espectáculo inocuo de la vida habitual, los escaparates de las tiendas, los logotipos de las marcas de gasolina, la gente en las aceras, y saber que al cabo de unos minutos te estarán golpeando y escupiendo y posiblemente acabes pisoteado en el suelo, pisoteado y sangrando y quizás moribundo o muerto, no por haber gritado consignas de sublevación agitando el puño y ni siquiera por haber exigido igualdad o justicia, sino tan sólo por empeñarte en hacer lo que hace cualquiera, pedir un refresco y un sándwich, en el mostrador de la cafetería de la estación, sentarte a leer un periódico en una sala de espera, haciendo como que no te fijas en el letrero que la reserva para blancos o para negros, ni en las miradas que la gente a tu alrededor empieza a dirigirte.

 

El pasado puede visitarse en el museo no sólo para averiguar lo que sucedió sino para ungirse uno mismo con su poderosa aleación de heroicidad y sufrimiento, de inaudita brutalidad y rebeldía admirable. El miedo, la pobreza, el dolor, se transmutan en martirio. El absceso reventado del odio ya no puede mancharte. Negros dignos e inermes caen abatidos por chorros de agua a presión o porras de policías con escudos y cascos o quieren desprenderse de las mordeduras de los perros azuzados contra ellos. Los chorros de agua tienen tal fuerza que arrancan las cortezas de los árboles y levantan en el aire a hombres hechos y derechos y los arrojan contra las paredes como guiñapos desbaratados.

Cuerpos de hombres linchados, con camisas blancas y cuellos torcidos, cuelgan de los árboles del Sur como de túmulos funerarios. Brillan en la noche hogueras de iglesias de madera blanca atacadas con bombas incendiarias. Entre dos hileras de desalmados que les escupen y les dan empujones y patadas se abre paso un grupo de Freedom Riders muy jóvenes, ellos con trajes y corbatas, ellas con vestidos, como si fueran a asistir a una recepción académica, y una mujer blanca que lleva en brazos a un bebé mueve la boca muy abierta en un monitor sin sonido. Ellos se acordarán siempre de lo que gritaban esas madres con sus niños en brazos: Kill them niggers! Kill ‘em all! La intensidad de la injuria, la vehemencia del odio y su mezcla de vulgaridad e ignorancia, no puede ser traducida.

Enjutos hombres negros desfilan entre un cerco de soldados con fusiles y bayonetas llevando cada uno una pancarta con una sola frase de palabras y letras repetidas que se multiplican silenciosamente en un clamor unánime, I AM A MAN I AM A MAN I AM A MAN.

En una réplica exacta del mostrador de una cafetería de los años cincuenta hay taburetes ocupados por maniquíes de hombres y mujeres que se atreven a desafiar la segregación y taburetes libres, tapizados de plástico rojo o azul eléctrico, en los que uno mismo, el visitante del porvenir, puede también sentarse, codo con codo con las sombras heroicas de entonces, y mirar la carta plastificada con su tipografía de hacia 1950, con la lista de platos y bebidas y los precios irrisorios de entonces, con un cartel discreto pero bien visible sobre la barra, WHITE ONLY. Puedes sentarte en uno de esos taburetes y eso te concederá la sensación de estar viviendo una parte de lo que sufrieron otros.

Experimentar y experiencia son los términos adecuados. A los palabreros de la publicidad les gustan tanto que no paran de repetirlos. Pero esa experiencia es en gran medida una usurpación. Te sentarás en el taburete de metal cromado y tapizado de plástico rojo y por un momento podrás sentir que estás en una cafetería segregada, en Birmingham, por ejemplo, en 1961. Pero nadie vendrá a volcarte en la cabeza un bote de kétchup ni una jarra de café caliente, ni te agarrarán del cuello de la camisa para romperte la mandíbula a golpes contra el filo del mostrador, ni habrá uñas que te arañen la cara y busquen como picos córneos de aves rapaces tus globos oculares.

Los policías encargados de mantener el orden permanecerán mientras tanto a una cierta distancia, ociosos, mirando aunque sin mucha atención, esperando a que la chusma feroz haya satisfecho su furia y culminado su tarea. Cuando llevo mucho rato viendo por todas partes esas caras de los hombres blancos que gritan y golpean y acosan caigo en la cuenta de una semejanza física: Galt, Sneyd, Lowmeyr, Ray, se les parece tanto que podría ser confundido casi con cualquiera de ellos, incluso con cualquiera de los policías que miran y no hacen nada.

 

Por corredores y salas sucesivas el museo se organiza como un viaje en el tiempo, una historia ejemplar y un tránsito de las tinieblas a la luz, de la injusticia a la plenitud de la ciudadanía, de las bodegas de los barcos de esclavos a este presente jovial en el que por fin sucede lo que hasta hace menos de medio siglo parecía inaudito, lo que puede verse en cualquier estancia del museo, blancos y negros mezclados, escolares blancos, negros, hispanos y asiáticos saliendo juntos de los autobuses en los que han venido, obedeciendo con dificultad a los profesores que les indican con gestos que no hablen tan alto, usando pantallas táctiles con destreza impaciente, haciéndose fotos con los teléfonos.

El pasado es un parque temático. Uno puede posar junto a las figuras de tamaño natural de las fotografías que cubren paredes enteras como si también hubiera participado en una de aquellas marchas, como si caminara al lado de Martin Luther King. Uno puede entrar en la celda que ocupó Luther King en la cárcel de Birmingham, Alabama, sentarse en un catre idéntico al suyo, leer, proyectada en la pared, la carta que escribió allí, en hojas sueltas, en los márgenes de un periódico, a la luz que se colaba por una rendija, tan débil en la oscuridad como los candiles que iluminaban a los profetas en sus calabozos, y que fue sacada clandestinamente.

Pero quién sabrá cómo era esa oscuridad hedionda, cómo resonarían cerrojos y portillos metálicos y gritos de presos: quién sabrá lo que era el olor a orines y a heces del retrete sin tapa, o el sonido de las cucarachas aplastadas, de sus patas y sus caparazones cuando pululaban por el suelo de la celda; cómo sería la duda insidiosa, en mitad de la noche, la sospecha de la inutilidad de todo aquel sacrificio, el abatimiento anticipado de sufrir en balde y arrastrar a otros al sufrimiento, la sequedad del alma, la cobardía secreta.

Quién imagina el miedo a los pasos que se acercan y el ruido de las porras de los guardias tableteando sucesivamente sobre los barrotes con el anuncio de una paliza inminente: el pánico del que está encerrado en la oscuridad y sabe que pueden golpearlo y romperle los huesos y saltarle los ojos y reventarle los oídos sin que suceda nada, porque los policías que lo torturen nunca serán juzgados ni condenados y ni siquiera recibirán una sanción. Y también pueden dejarlo en libertad a las dos o las tres de la madrugada para que salga solo a la calle y una camioneta al acecho empiece a seguirlo, ocupada por hombres blancos que guardan en el maletero rifles de caza y cajas de cerveza, y su cuerpo aparecerá al cabo de varios días traspasado de disparos y puede que también mutilado, y a sus ejecutores nunca los encontrará nadie, o si los encuentran y los llevan a juicio habrá un jurado que los declarará no culpables. Un grupo de escolares juegan a entrar y salir de la celda, a quedarse encerrados, a sacar las manos extendidas en ademanes de súplica entre los barrotes. Se turnan para hacerse fotografías los unos a los otros, las caras contra la reja, muertos de risa.

 

El itinerario es un relato ejemplar y también un vía crucis. Martin Luther King clama en 1963 ante la muchedumbre en blanco y negro que se desborda hacia la lejanía de las perspectivas oficiales de Washington; en 1965 encabeza la marcha entre Selma y Montgomery; en marzo de 1968 avanza con expresión visible de vulnerabilidad y de angustia en la manifestación de los trabajadores en huelga del servicio de limpieza de Memphis, calle Beale arriba, zarandeado y estrujado, cuando la policía ya está atacando y una parte de la marcha ha derivado en motín, en cristales rotos de farolas y escaparates y tiendas asaltadas.

Las imágenes del discurso de la noche del 3 de abril, en Memphis, son en color. Se proyectan en una sala recogida y oscura como una capilla, en un monitor suspendido del techo, delante de unas filas de bancos. Para verlas hay que levantar la cara, como hacia un crucifijo en un altar. La cara de King está hinchada y brillante de sudor. En la mirada hay una intensidad de extravío. La piel de las sienes y de las mandíbulas se tensa en la crecida de su elocuencia bíblica.

Ni por un segundo se nos olvida que este hombre no volverá nunca más a hablar en público ni que le faltan menos de veinticuatro horas para morir. La misma voz y la misma música oral se ha ido repitiendo en ecos multiplicados por las estancias del museo, una declamación de denuncia y de profecía. Después de escaleras metálicas y corredores con las paredes llenas de fotos y suelo de cemento se sale de golpe a un espacio iluminado por la claridad del día. La última estación del vía crucis es un cuarto de motel.

La luz del presente ilumina el último de los lugares del pasado, preservado como en una urna, detrás de un muro de cristal. Por los ventanales del Lorraine Motel se ve el cielo azul claro sobre las terrazas de Memphis, el aparcamiento en el que sólo hay dos coches de hace medio siglo, la explanada en la que los grupos de turistas y de escolares bajan de sus autobuses y se hacen fotos inmediatamente, antes de ingresar en el museo de los Derechos Civiles.

Detrás del muro de cristal, la habitación 306 permanece detenida en la tarde del 4 de abril de 1968. Hay dos camas, cubiertas con colchas de color crema. Una de ellas está parcialmente deshecha y sobre ella hay un periódico abierto. Está entornada la puerta del cuarto de baño. En una mesa baja hay un paquete de tabaco y un cenicero lleno de colillas (Martin Luther King fumaba mucho; también le gustaba quedarse bebiendo whisky y charlando hasta muy tarde, y comer los platos muy picantes y con mucha grasa de la comida sureña). Desde el interior de la habitación el disparo se oiría como el estallido de un petardo. Quizás se oyó también el golpe del cuerpo arrojado de espaldas contra la puerta, derribado como por un vendaval súbito por el impacto de la bala.

 

He visto la bala un poco después. Me ha costado acostumbrarme a la evidencia de lo que tenía delante de mis ojos, cuando he salido de un ascensor y me he encontrado en lo que fue la casa de huéspedes de Bessie Brewer. Hay que cruzar la explanada delante del museo, y en unos minutos uno llega al otro lado, al otro ángulo desde el que puede verse y contarse la historia, en una dependencia mucho menos visitada, más sombría, a la que no llega el espíritu de la celebración de los derechos civiles conquistados, ni tampoco la pesadumbre noble del luto.

Es aquí donde el perseguidor se escondió, al final de un corredor oscuro con puertas de habitaciones en las que se alojaban borrachos, enfermos mentales, tullidos, desechos humanos empujados a la periferia sórdida de Memphis, a hoteles que ni siquiera tenían nombre ni cerraduras en las puertas y olían a orina alcohólica y a desinfectante contra las cucarachas y las chinches.

He visto la bala que atravesó la mandíbula y luego la espina dorsal de Martin Luther King y era como una flor deforme de escoria guardada entre algodón, en una cajita redonda como las de las pastillas para la tos, una caja de las que usaban los técnicos del FBI para recoger pruebas menudas, como cabellos o botones.

He visto la bala y he visto el rifle que la disparó, más pequeño de lo que yo imaginaba, menos pesado sin duda que los fusiles que yo manejé en el servicio militar. He visto el rifle con la culata de madera y con la mira telescópica instalada y los prismáticos por los que él pagó cuarenta dólares y la funda de los prismáticos y la correa que dejó olvidada en el suelo de la habitación 5B.

He visto la habitación 5B asomado al umbral de la puerta, la cama endeble con su cabecero de hierro curvado y la colcha de un color verde enfermizo y el sofá que conserva la mugre de lo muy rozado y no limpiado nunca y la repisa de la chimenea sobre la que cuelgan unos absurdos adornos navideños cubiertos de polvo y la cómoda descabalada con un espejo turbio que él apartó para tener una vista despejada de la ventana.

He visto el cuarto de baño que estaba al fondo del pasillo, preservado con toda su mugre al cabo de casi medio siglo, el linóleo sucio y levantado del suelo, el retrete sin tapa, la bañera pegada contra la pared de la izquierda y el ángulo de la ventana, con sus patas de hierro y sus churretones de óxido, los desconchones en el esmalte, pero ya no las huellas de los zapatos con los que él pisó el fondo, junto al sumidero, para mantener con dificultad el equilibrio mientras apuntaba. Un muro de cristal impide entrar en el cuarto de baño y asomarse a la ventana para ver lo que él vio, pero hay al lado otra ventana y desde ella se ve casi exactamente lo mismo, tan cerca que parece mentira, más cerca aún cuando se miraba por los prismáticos, que tenían una potencia de siete aumentos, o cuando él guiñara un ojo y aplicara el otro a la mira telescópica del rifle.

Se ve la silueta apaisada del Lorraine Motel, la barandilla a lo largo de las habitaciones con sus puertas pintadas de verde claro, la corona de flores blancas y rojas, y más allá del tejado plano el horizonte boscoso, el verde oscuro de la vegetación y el cielo limpiamente azul. Es el mismo paisaje de las fotos en blanco y negro que se tomaron entonces. Pero debajo de la ventana no hay un vertedero de basura, sino un jardín con árboles jóvenes, con una ladera suave de hierba que corta ahora mismo un jardinero con mono de trabajo, difundiendo un olor poderoso a savia que entra por la ventana abierta en la sala diáfana de esta ala del museo donde intento imaginar la disposición antigua de las habitaciones que ya no existen, a lo largo del corredor que termina en el cuarto de baño.

Es entonces cuando descubro lo que no esperaba, la vitrina vertical de dos caras que ocupa el centro de la sala, donde se custodian los objetos sobre los que yo he leído tanto y he visto en fotografías, imaginándolos con tanta precisión que ahora me sorprende que existan de verdad, y los miro sobrecogido, como si mirara, detrás de un cristal, la bacía de barbero de don Quijote, el frasco de veneno del que bebió Emma Bovary, los lentes ahumados y las vendas de momia en que se envolvía la cabeza el hombre invisible de Wells. Veo la bala deforme en su envoltorio de algodón, veo el rifle, veo la maleta en la que él guardó las cosas que preparó para pernoctar en la casa de huéspedes, todo lo que he leído en las listas mecanografiadas del FBI, el bote pequeño de champú, el cepillo del pelo, las latas de cerveza Schlitz con su anilla de plástico, la colcha de fibras sintéticas verdes y azules en la que envolvió el rifle, la radio de bolsillo que llevaba consigo cuando escapó de la prisión, todo ordenado, etiquetado, como los objetos fragmentarios de remotas vidas cotidianas en las vitrinas de un museo, las huellas materiales de un mundo perdido.

Veo el revólver Liberty Chief que llevaba en el bolsillo del pantalón cuando lo detuvieron en el aeropuerto de Londres. Veo sus mapas de carreteras de México y de Alabama y de Georgia, las hojas plegadas con portadas alegres de escenas turísticas. Veo el pasaporte canadiense de Ramon George Sneyd abierto por la página de la fotografía, la cara formal, un poco difuminada al cabo de tantos años, con el principio de sonrisa, con las gafas de concha, la chaqueta, la corbata, el otro pasaporte idéntico en el que hay una errata en el apellido, SNEYA, el certificado de nacimiento y el de vacunación, la chaqueta oscura del primer traje que tuvo en su vida, el que se hizo a medida en Montreal, la chaqueta de un muerto o de un fantasma, colgada de una percha en lo alto de la vitrina como colgaría en un armario, en el interior mustio y oscuro de un armario en el hotel Portugal. Veo la factura de su estancia en el hotel Portugal, las anotaciones a bolígrafo, pero no llego a distinguir lo que pone, ni siquiera las fechas de entrada y salida, sólo el rótulo del hotel en letras mayúsculas azules en el encabezamiento, una de esas facturas que guarda uno en el bolsillo al marcharse y luego conserva sin motivo, reliquias involuntarias de viajes en las que queda impreso un registro del tiempo mucho más exacto que los recuerdos.

 

He venido desde tan lejos para ver de cerca estas cosas: los números de catálogo que remiten a la etiqueta de identificación de cada una, las precisiones de fechas y lugares. Me asomo al interior del Mustang 1966, no el que él conducía sino otro idéntico, el bien más valioso que tuvo nunca, con los asientos tapizados en rojo, los botones de marfil de la radio, la silueta plateada del potro salvaje sobre el radiador, los cromados relucientes, la antena, el morro afilado, el techo bajo de coche de carreras, la chapa pintada de un amarillo claro casi blanco, la silueta deportiva de los anuncios de coches a toda página en las revistas ilustradas (también la matrícula de Alabama: la pegatina del visado de turista adherida al parabrisas, en la frontera de México, en octubre de 1967).

Miro lo más de cerca que puedo para que cada cosa se imprima exactamente en mi memoria. Me aparto para ver algo más pero vuelvo en seguida, inclinándome sobre el cristal, queriendo fijarme en algo que no haya advertido hasta ahora, ajeno al tiempo, a la gente que circula o murmura a mi alrededor, incluso a tu presencia.

Contemplo los objetos como si llevara una lupa, como si fuera un arqueólogo que descubre algo medio enterrado y lo va exhumando muy lentamente, para no dañarlo, apartando la tierra, limpiándola con una brocha menuda. Lo reconozco todo y sin embargo hay algo en cada cosa que la vuelve extraña, el indicio de un secreto que yo no habría intuido si no las tuviera delante, si sólo las imaginara a partir de lo que hubiera leído de ellas, incluso si las hubiera visto nada más que en fotos. Hay una mezquindad, una vileza material de cosas de saldo, muy rozadas y usadas, de categoría ínfima, de hechura tosca o descuidada. La radio tiene un aire precario, y es tan pequeña que los sonidos, las voces, la música, saldrían débiles y distorsionados de ella, y habría que acercarla mucho al oído. El bote de champú es uno de esos botes diminutos de plástico que hay en los cuartos de baño de los hostales más baratos; la maleta es de un material que imita malamente la piel y tiene un cierre de cremallera y un asa de plástico duro; la colcha está entretejida de fibras sintéticas y lleva adherida una mugre de cama de pensión en un barrio de borrachos pobres, de cama alquilada por horas en un prostíbulo; el cepillo tiene el mango de plástico transparente y las cerdas sucias; y el revólver es más pequeño de lo que uno imaginaba, vulgar como un grifo, como una mala imitación de un revólver, su cañón corto y estrecho casi como un lápiz, la culata toscamente envuelta en esparadrapo sucio. Las cosas dicen lo que uno calla; revelan obscenamente en público lo que uno habría preferido que quedara en secreto; persisten en una duración quitinosa. Lo que ellas cuentan sin palabras vuelve irrelevante la ficción.

 

Uno sigue queriendo imaginar. La literatura es querer habitar en la mente de otro, como un intruso en una casa cerrada, ver el mundo con sus ojos, desde el interior de esas ventanas en las que no parece que se asome nunca nadie. Es imposible pero uno no renuncia a esa fantasmagoría. Uno pasa junto a uno de esos edificios grandes y deshabitados de Lisboa o de Memphis y quiere saber cómo serán por dentro, a la luz que se filtre por las maderas en aspa que tapian las ventanas. Uno abre los ojos en la oscuridad en medio de la noche y tiene la sensación de haber despertado en la conciencia de otro, de estar atrapado o encerrado en ella, una celda de aislamiento sin ventanas, cumpliendo condena por un crimen que no sabe cuál es, aunque también sabe que no es inocente.

A la conciencia se llegaría mejor a través de los sentidos. Habría que saber cómo olía de verdad el interior de la habitación 5B, el hedor particular del cuarto de baño. Cómo sonaban los peldaños de la escalera tan estrecha y oscura cuando él bajaba o subía por ellos: subió la primera vez, hacia las tres de la tarde, para alquilar la habitación; subió después más lentamente, cargado con la maleta, pero no con el rifle, que seguía en el coche; la maleta en la que había guardado las cosas necesarias para quedarse al menos una noche en la casa de huéspedes en la que no había de nada: ni champú, ni papel higiénico. Cómo ha de ser un hotel para que no haya ni papel higiénico en el cuarto de baño.

Bajó a la calle a las cuatro y dio vueltas en el Mustang buscando una armería o una tienda de óptica en la que le vendieran unos prismáticos. Cuando volvió media hora más tarde otro coche ocupaba el espacio junto a la acera en el que él había aparcado antes, justo a la altura del Jim’s Grill y de la entrada de la casa de huéspedes. Encontró un sitio libre un poco más allá, no muy lejos, pero aun así a una distancia menos favorable, porque ahora tenía que recorrerla llevando la caja del rifle, visible aunque la tapara con la colcha.

Apagó el motor pero todavía no salió del coche. Imagino el olor de la tapicería roja recalentada por el sol; el tacto duro y suave del volante, tan familiar para sus manos después de haber conducido más de veinte mil kilómetros. Quizás llevaba el revólver en la guantera; quizás tenía puesta la radio, buscando noticias sobre la huelga de la basura o sobre el huésped célebre que se alojaba tan cerca, en el Lorraine Motel.

Iba a salir pero vio algo detrás del cristal de un escaparate. Antes de hacer cualquier movimiento miraba alrededor; antes de dar el paso entre un bar y la acera, o cuando iba a entrar en un sitio en penumbra y esperaba a que sus ojos se adaptaran a ella. Vio tras el ventanal de un almacén de papel a una mujer que miraba hacia la calle, probablemente una secretaria. Miraba de soslayo, para evitar que lo vieran de frente, y para no despertar alarma en quien se sintiera observado por él. Miraba de soslayo apoyando las dos manos en el volante, pensando anticipadamente en cada uno de los movimientos que tendría que hacer para sacar del maletero la caja del rifle y llevarla por la acera a lo largo del trecho que ahora lo separaba de la casa de huéspedes.

Se quedó más de veinte minutos así, sin hacer nada, vigilando, recostado en el asiento del coche, ajustado el retrovisor para tener una vista más amplia de la calle. Estuvo quieto tanto tiempo que su presencia intrigó a la mujer que miraba por el ventanal, ociosa al terminar su turno en el trabajo, esperando a que apareciera el coche de su marido, que vendría a recogerla.

 

Ella no lo vio salir ni alejarse. Se distrajo con algo y cuando volvió a mirar ya no había nadie en el asiento del conductor del Mustang blanco. Nadie recordaba luego haberlo visto sacando una caja de rifle tan llamativa del maletero, ni recorriendo la acera hasta la puerta sobre la que colgaba el letrero vertical con la palabra ROOMS, entre el escaparate del Jim’s Grill y el de Canipe Amusement Company, los dos con los cristales opacos de suciedad, dejando entrever interiores oscuros, desde los cuales nadie lo vio tampoco, ningún bebedor con los codos adheridos a la barra grasienta del bar, tampoco uno de los raros coleccionistas ensimismados que escrutaban en Canipe’s los discos de segunda o tercera mano apilados en cajas de cartón, con etiquetas de géneros y precios escritas a mano.

Subió la escalera y luego atravesó todo el corredor hacia el fondo, donde estaba la habitación 5B. Oiría, al pasar junto a las puertas, los murmullos de los huéspedes, quejas de enfermos, monólogos lentos de borrachos, músicas y voces de televisores, somieres crujiendo bajo cuerpos derrumbados.

Nadie lo vio tampoco en ese trayecto. Se desliza sin peso, una silueta de perfil, la cara pálida de rasgos afilados, el traje digno en ese lugar inmundo, quizás la misma chaqueta oscura que yo he visto en la vitrina, el pelo recién cortado esa misma mañana, las gafas de sol.

En la habitación 5B retira el aparador que estaba delante de la ventana y pone junto a ella una silla, la única que hay. Le da escrúpulo tocar las cosas. También tiene que poner cuidado para no dejar huellas dactilares. Abre la caja sobre la cama. Extrae de ella el rifle. Pone en él una sola bala. Con el rifle sobre las rodillas mira por la ventana, apartando con algo de asco la cortina muy sucia.

El sol rubio y debilitado de la tarde relumbra en las grandes ventanas del Lorraine Motel. Mira por los prismáticos. Distingue con claridad el número 306 sobre una puerta pintada de verde claro. En el Lorraine Motel todo es moderno, sin rastro de uso, con el lustre de lo nuevo. Cortinas color crema protegen del sol los interiores de las habitaciones, cada una con cuarto de baño individual, televisor y aire acondicionado. Debajo del balcón, en la zona del aparcamiento, hay negros muy bien vestidos en torno a un gran Cadillac blanco. Brillan cristales de gafas de sol, anillos de oro en las manos oscuras. Él ajusta los prismáticos, recorriendo una por una las caras, ninguna la que busca. Está tan inmóvil, tan alerta, tan apartado del mundo exterior, a pesar de su sigilosa cercanía, como un rato antes, cuando pasaban los minutos y no salía del Mustang detenido en la acera.

 

La puerta de la habitación 306 está abierta, y hace un momento estaba cerrada. Se ha distraído mirando al grupo alrededor del Cadillac. Una corriente de aire hincha la cortina. Mira el reloj y ya son más de las cinco y media. Mueve hacia un lado el círculo de los prismáticos, a lo largo de la barandilla. Entonces lo ve, por sorpresa, sin ninguna dificultad, quieto en el balcón, indudable, al mismo tiempo reconocido y distinto a cualquiera de las imágenes que ha visto de él.

Está en camisa, abrochándose los gemelos, la cara vuelta a medias hacia el interior de la habitación, los labios moviéndose, hablándole a alguien que estará detrás de la cortina. La sorpresa ha sido tan grande que él no hace nada todavía. Observa, nada más, con el asombro de tenerlo tan cerca, en un instante detenido, como en un trance hipnótico en el que no existe el tiempo, justo ahora que necesita actuar tan rápido.

La imagen construida tan meticulosamente en el laboratorio de su conciencia se ha vuelto real. Levanta el rifle, poco a poco, pero para apuntar tiene que sostenerlo en un ángulo muy forzado, tiene que hacerlo sobresalir de la ventana. En la cruz de la mira telescópica ve muy cerca la cara del otro. Le brillan las mandíbulas, como si acabara de afeitarse y se hubiera puesto loción. Lo ve tan cerca que le extraña no oír lo que dicen sus labios al moverse.

 

Pero ahora ya no lo ve. Ha hecho un movimiento brusco con los prismáticos y lo ha perdido. El balcón está vacío, aunque la puerta sigue entornada, y la cortina se mueve. El tiempo ha dado un salto brusco. Ahora son casi las seis menos cuarto. Deja el rifle apoyado contra la pared y se asoma al corredor. Por la puerta entornada del cuarto de baño se ve que no hay nadie dentro. En unos segundos, sin envolver el rifle en la colcha, ha entrado con él en el cuarto de baño. Lleva en la mano izquierda los prismáticos. La puerta, afortunadamente, tiene pestillo, aunque no costaría nada arrancarlo de un empujón.

Le sudan las manos. Debería haberse adherido trozos de esparadrapo a las yemas de los dedos pero no hay tiempo. Quizás el negro se ha marchado ya. Cualquier segundo cuenta. El tiempo está paralizado y a la vez huye más veloz que nunca. Para ver bien la barandilla junto a la habitación 306 tiene que permanecer de pie con las piernas separadas en el interior de la bañera. Tiene que mantener el equilibrio y que hacer puntería apoyando el cañón del rifle en el marco de la ventana y que ayudarse con los prismáticos para ver mejor.

En el aparcamiento del motel dos de los negros han subido a un coche, no el Cadillac blanco. La única manera de abandonar el motel desde la habitación 306 es salir al balcón y bajar por la escalera metálica hacia los coches aparcados. En esta postura tan difícil el nudo de la corbata le oprime el cuello. La chaqueta le dificulta el movimiento de los brazos. Su estabilidad precaria depende del punto de apoyo del cañón del rifle en el marco de la ventana. A su espalda alguien sacude el pomo de la puerta del cuarto de baño. Todo oscila en segundos de lo nítido a lo borroso, de lo fijo a lo inestable. Gotas de sudor se le escurren por la frente pero no puede limpiárselas porque tiene las dos manos ocupadas. Alguien protesta desde el otro lado de la puerta del cuarto de baño, una voz arrastrada de borracho.

En la calle han empezado a encenderse algunas farolas. Dentro de unos minutos ya estará oscureciendo. Si se concentra con energía suficiente en hacer que el otro vuelva a aparecer en el balcón podrá lograrlo. Parpadea y al abrir bien de nuevo los ojos lo ve. Está en el balcón, las manos en la barandilla. Le da ahora la impresión de que llevaba allí ya algún tiempo. Ahora se ha puesto chaqueta y corbata. Mira al frente: por un momento, en el cerco de los prismáticos, se encuentra con sus ojos, grandes y rasgados, con un brillo húmedo.

Es más pequeño, más redondeado de lo que él imaginaba. En la mano izquierda lleva un cigarrillo sin encender. Parece que se había quedado absorto, mirando hacia el otro lado de la calle, hacia la línea de ventanas en la parte trasera de la casa de huéspedes, por encima del solar lleno de maleza y basura. Ahora apoya los codos en la barandilla y se inclina como para decirle algo a alguien. El borracho había desistido de zarandear la puerta y se había alejado renegando y arrastrando los pies. Casi no tuvo que hacer presión con el dedo índice en el gatillo.