El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 20 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 19

Stryker logró que entrásemos en el apartamento de Todd —no pregunté cómo—, pero yo no podía seguirle al interior. Aunque tampoco podía enfrentarme a esperar sola en el pasillo, de modo que acabé dentro, pero justo al lado de la puerta, contra la pared, mientras Stryker cruzaba la corta distancia hasta el sofá-cama.

Me di cuenta de que algo iba mal en el momento en que Stryker levantó la sábana y, cuando se volvió para mirarme, supe qué iba a decirme.

—Las sábanas están limpias. Alguien ha hecho un buen trabajo en este apartamento.

Comprobé el cubo de la basura y la mesa, pero el mensaje estrujado no se encontraba allí. Tampoco estaba la carta de la comida con mi mensaje descifrado. La situación era surrealista, y una parte de mí esperaba que Todd apareciese andando en cualquier momento y preguntase qué demonios hacíamos. «Por favor, por favor, por favor, que aparezca...» Pero no iba a hacerlo. Yo lo sabía. Y la realidad me empujaba como la corriente. Me sujeté fuertemente al respaldo de la silla de la cocina y me limité a respirar, esperando recobrar mi equilibrio.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

—Salgamos de aquí.

Me gustó la idea. En realidad me gustó mucho, pero primero tenía que hacer algo. Respiré hondo y rodeé la cama. Mi ropa y mis nuevos zapatos rojos de Givenchy seguían en el revoltijo que había dejado antes de caer en la cama con Todd la noche anterior. Los cogí y seguí a Stryker de vuelta a la

calle. Observé a los transeúntes mientras él detenía un taxi, pero no había señal del mensajero, y no estuve segura de si eso era mejor o peor.

De lo que sí estaba segura era de que me sentía exhausta. Me derrumbé en el interior del taxi y, cuando Stryker me pasó un brazo alrededor y dijo que me recostase y me relajase, no protesté. Me agradaba sentirle junto a mí y que estuviese ahí para protegerme. No le conocía, pero me sentía agradecida por no tener que pasar por aquello sola.

Olía a seguridad, todo jabón y suavizante para la ropa, y por primera vez desde que viera a Todd en la cama me relajé. Cerré los ojos y me fundí en esa duermevela familiar que experimentas cuando has viajado en demasiados taxis sin aire acondicionado.

El rebotar arrullador de aquel taxi sin amortiguadores terminó demasiado pronto. Nos detuvimos en seco con un chirrido delante de mi edificio. Supe que habíamos llegado sin que Stryker me lo dijese. Ésa es la impronta de un verdadero manhattanita: saber que el taxi ha llegado a tu apartamento incluso desde las profundidades de una cabezada.

Stryker pagó al conductor y entramos en el edificio. Cuando nos disponíamos a subir la escalera, vi un sobre metido en el espacio entre mi buzón y el buzón del 4K, el mismo sitio en que el señor Abernathy deja las facturas del alquiler atrasadas.

—Stryker...

Él se volvió hacia donde yo miraba, se acercó a la hilera de buzones y arrancó el sobre. Incluso a esa distancia, pude comprobar que llevaba mi nombre impreso en una cuidada letra de imprenta. Me lo tendió y deslicé el dedo bajo la solapa, rompiendo el precinto. Escudriñé el interior. La misma nota: «Juega o muere.»

—Te está dando una segunda oportunidad —dijo Stryker.

Asentí, sin estar segura de cómo me sentía al respecto. Enfadada, desconcertada, agradecida, además de increíblemente confusa.

En ese preciso momento sólo estaba segura de dos cosas: de que deseaba coger al cabronazo que me había hecho eso y de que me alegraba de que Stryker se hallase a mi lado. Tal vez me estuviese comportando de un modo estúpido e ingenuo y él me reservase una bala de su revólver. Pero

no lo creía así. Su tacto me proporcionaba consuelo y, cuando me aparté a un lado, mi piel se hallaba caliente y mis movimientos eran torpes.

—Parece que hemos vuelto al cuadro número uno —observé, sosteniendo el sobre—. Averigüemos qué significa el mensaje.

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