El codigo Givenchy
Capítulo 48
Hacia las diez y veinte nos encontrábamos de nuevo en la calle, con la bolsa de la compra a remolque y subiendo por Madison hacia la Setenta y seis y el hotel Carlyle. En cuanto estuvimos a una manzana de distancia, extraje el collar del bolsillo y lo contemplé. La cadena no tenía nada de particular, simples eslabones de plata, y la etiqueta del precio sólo destacaba en que era grande y morada y ponía JSG. Por desgracia, el medallón tampoco era demasiado interesante, sólo un pequeño óvalo de plata con la imagen de un ángel sosteniendo una espada y «Ruega por mí» grabado alrededor. La cara posterior era lisa salvo por una inscripción.
—¿Qué dice? —preguntó Stryker.
—No lo distingo. Es muy pequeño y no puedo concentrarme mientras caminamos.
—Entonces para un momento —dijo.
Negué con la cabeza.
—No. Son casi las diez y media y tenemos que llegar al hotel. No puedo arriesgarme a que Lynx encuentre a mis padres antes que nosotros.
Ahora que había escapado de Lynx en dos ocasiones, el miedo por la seguridad de mis padres había aumentado. Había tratado de llamarlos de nuevo, pero no habían contestado. Me dije que todo iba sobre ruedas —sólo estaban en el tren de regreso de Long Island—, pero no podía librarme del nerviosismo.
—Si les ocurre algo... —Me callé. Mi madre podía sacarme de quicio, pero aun así la quería. Y sin duda no pretendía que anduviese corriendo por Manhattan con un psicópata pisándole los talones.
—Los sacaremos de Nueva York —prometió Stryker.
—Eso espero. Pero si no logramos idear algo inteligente para convencerlos, entonces les contaré la verdad. —No quería hacerlo, pero prefería fastidiarlo todo a que les ocurriese algo.
Stryker asintió y se volvió hacia mí cuando nos detuvimos en una esquina, a la espera de que pasasen los coches.
—¿Y qué hay de ti?
—¿De mí?
—Podríamos comprar un billete de avión y sacarte de aquí.
Inspiré. Hasta el momento no me había permitido el lujo de pensar en huir, pero no podía negar el atractivo de dicha posibilidad. Una remota islita mexicana y los veinte mil de Stryker. O al menos lo que quedara de ellos.
Stryker me daría el dinero, estaba segura. Bueno, tan segura como podía sin llegar a preguntárselo directamente.
Pero yo no deseaba huir. No quería vivir en una playa de México. No estoy hecha para el ocio. No recordaba la última vez que me había tomado unas vacaciones sin tener algo más al mismo tiempo —redactar un trabajo, preparar una presentación, ponerme al día con toneladas de trabajo de comité.
Un día en la playa sería divertido. Dos días, estresantes.
Tres días sin mi ordenador, mis libros y mis amigos, una pesadilla. Y
una vida entera sin las comodidades con que había crecido, completamente intolerable.
Supongo que suena un poco ridículo si se compara con la posibilidad de que un chiflado me liquidase al volver la esquina de la Cincuenta y nueve con la Quinta Avenida, pero ésta era mi vida. Y no quería abandonarla.
Había desafiado a mis padres para estudiar en Nueva York y cada día que sobrevivía aquí sin la ayuda económica de mamá y papá constituía una pequeña victoria. Además, me encantaba Nueva York. Era una ciudad acelerada, excitante, y contaba con los mejores zapatos del mundo.
Pero, sobre todo, era mi hogar.
No iba a permitir que un psicópata me arruinase todo eso.
Mi vida. Mi lucha.
—¿Y bien?
—No voy a ninguna parte —repuse.
Aceleramos el paso las últimas manzanas y llegamos al hotel a las diez y media, treinta minutos antes de que, según lo programado, lo hicieran mis padres.
Manhattan cuenta con un montón de hoteles, y el Carlyle se encuentra entre mis favoritos. La posibilidad de avistar una celebridad allí es alta, aunque no tanto como en el Waldorf-Astoria (donde un encuentro con Paris Hilton está prácticamente garantizado). Pero lo que realmente adoro del Carlyle es el olor. Es una tontería, lo sé, pero el hotel se halla tan impoluto que el aroma de los magníficos arreglos florales parece llenar el aire.
Cuando nos acercábamos a la entrada principal, la célebre puerta cochera de diseño art déco, tuve que admitir que el resto del hotel también resultaba bastante imponente. Bajo la marquesina, dos puertas doradas flanquean una única puerta giratoria. Y a ambos lados de la entrada hay unos ingeniosos árboles esculpidos.
Un portero nos sostuvo la puerta y entramos al vestíbulo principal. Al suelo —de mármol negro— se le había sacado tanto brillo que reflejaba las imágenes como un espejo. Atravesamos la zona examinando cada rostro a nuestro paso, ninguno familiar. Cogimos el ascensor hasta la planta treinta y seis, encontramos la habitación de mis padres y llamamos.
Nada.
—¿Y bien? —dije con un gesto hacia la puerta.
Stryker me sonrió.
—¿Estás sugiriendo que cometa un allanamiento?
Puse los ojos en blanco.
—Sólo ábrela.
Sacó el set de ganzúas utilizadas en el Campbell Apartment y empezó a trabajar en la cerradura maestra, bajo el cacharro de la tarjeta magnética, la cerradura que utilizan las limpiadoras y el personal del servicio.
Yo vigilaba, tratando de pensar en una historia verosímil en caso de que algún huésped o miembro del personal nos pillase con las manos en la masa. No debería haberme preocupado: el pasillo permaneció vacío.
Instantes después nos encontramos dentro. La habitación estaba ordenada, salvo algunos efectos personales de mis padres esparcidos por
ahí. Miré en el cuarto de baño. El estuche de maquillaje de mi madre no se encontraba allí, lo cual confirmaba que habían pasado la noche en otra parte.
Suspiré aliviada, al fin capaz de reconocer lo que me había obsesionado: el miedo a abrir esa puerta y descubrirlos tendidos en la cama con sendos orificios de bala en la frente.
—Deberíamos regresar abajo —dijo Stryker— y mantenernos alerta.
Tenía razón, así que bajamos y dimos una vuelta rápida por el hotel.
Aún se servía el desayuno en el Dumonet del restaurante. Entramos y miré alrededor de la sala, de espléndido mármol y paredes recubiertas de terciopelo. Obras de arte magníficas llenaban la estancia, desde ricos grabados hasta detallistas estampas de cacería. Parecía haber un tesoro allá donde miraras.
Lo único que no se veía eran mis padres.
Tuvimos la misma suerte en el Gallery, el Café Carlyle y el Bemelmans Bar. Obras de arte y estilo de categoría, pero yo estaba demasiado preocupada por mis padres para fijarme realmente. Exploramos el resto de rincones y recovecos, y acabamos de nuevo en el vestíbulo. Una vez más, llamé a sus dos teléfonos móviles y, una vez más, saltó el buzón de voz. Les dejé otro mensaje para que me llamaran, aunque no esperaba recibir respuesta.
—¿Y ahora qué?
Stryker me condujo a un sofá granate situado contra la pared y que ofrecía una vista amplia del vestíbulo.
—Esperar. —Me tendió la mano—. Echemos un vistazo a ese collar.
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