El codigo Givenchy
Capítulo 49
Escudriñó el collar y la medalla. De plata pulida, la imagen era perfectamente nítida: un ángel de grandes alas empuñando una espada, dispuesto a lanzar un mandoble.
—El arcángel Miguel —dijo.
—Oh —repuso Mel.
—Es una medalla de un santo —aclaró—. Muchos católicos las llevan.
Ruegan a los santos que intercedan en su favor ante Dios.
Ella ladeó la cabeza y lo miró entornando los ojos.
—¿Eres católico?
—Teóricamente sí. —Se le había educado como buen católico, pero había tenido algunas discrepancias con Dios desde la muerte de su madre
—. Mis circunstancias no importan. ¿Las pistas no están siempre relacionadas con el objetivo?
—Bueno, sí, pero yo no soy católica. Soy... —Se detuvo abruptamente.
—¿Qué ocurre?
—Mi perfil. Hace unos años hice un estudio acerca de los códigos y el Vaticano. El Vaticano era muy importante en criptología a principios del siglo diecinueve, e hice una extensa investigación acerca de ello. Incluso presenté el estudio en alguna conferencia. Ya no recuerdo dónde, pero probablemente lo mencioné en mi perfil.
—Bueno, ahí está nuestra conexión. —Giró la medalla y observó la inscripción entornando los ojos.
—¿Qué pone?
Se la tendió a Mel para que la viera.
y = a . cosh (x/a)
—¿Sabes qué es esto? —preguntó él.
—Claro. Es la ecuación de una curva catenaria, pero no sé qué puede tener que ver con nada de esto.
—Ajá. ¿Y qué es una curva catenaria?
—Bueno —contestó Mel—, podría decírtelo, pero entonces tendría que matarte.
Él alzó las cejas y ella sonrió.
—Una curva catenaria es la forma de una cadena flexible suspendida por los extremos y sobre la cual actúa la fuerza deia gravedad.
—Me alegra saberlo. ¿Y qué relación tiene con un arcángel? ¿O
contigo?
—No tengo ni puñetera idea —respondió ella—. Pero debemos averiguarlo.
Él asintió, y por un momento se olvidó de curvas y santos para volver a escrutar los rostros del vestíbulo. Tenía buena vista, pero no era perfecta, y decidió comprobar de nuevo los alrededores. Se levantó y le tendió la mano a ella.
—Es hora de otro paseo —anunció.
Recorrieron el circuito de nuevo y se hallaban de pie junto a un arreglo floral escandalosamente grande cuando Mel tragó saliva. Él la miró, vio su expresión aterrorizada y se volvió hacia donde ella miraba.
Lynx. Cruzaba el vestíbulo a grandes zancadas en dirección al ascensor.
—¿Nos ha visto? —preguntó Stryker.
—No. —Le temblaba la voz de miedo—. Esa mujer junto al mostrador del portero. Ésa es mi madre.
Stryker se volvió y vio una mujer rubia y bien vestida que exigía toda la atención del portero. Lynx no pareció darse cuenta, y Stryker supuso que desconocía qué aspecto tenían los Prescott. Pero se apostaría algo a que Lynx conocía su número de habitación.
—Voy a seguirle —dijo Stryker—. Ve al servicio de señoras. Tu madre se reunirá contigo allí.
—Pero ¿qué...?
Él le puso un dedo en los labios y le besó la frente.
—¿Confías en mí?
—Sí.
—Entonces ve.
Ella asintió y se alejó.
Al otro lado del vestíbulo, las puertas del ascensor se abrieron y Lynx subió. Se cerraron y el asesino desapareció. Pero no por mucho tiempo. No si Stryker tenía voz en aquella partida.
Se apresuró hacia el mostrador del portero.
—¿Señora Prescott?
Ella alzó la mirada.
—¿Sí?
—Tengo un mensaje de su hija. Quiere que se reúna con ella en el servicio de señoras. Creo que debería darse prisa. Me parece que está enferma.
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