El codigo Givenchy

Julie Kenner · Capítulo 60 de 77

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El codigo Givenchy

Capítulo 59

—La verdad, ahora que hemos encontrado esta pista lo veo todo mucho más claro —ironizó Stryker.

Sonreí. Habíamos dejado Tiffany's con nuestra pista e íbamos directos al Starbucks más cercano. Stryker estaba sufriendo una crisis severa de derrotismo, pero yo había vuelto a mi elemento. Códigos auténticos, no esa pseudo búsqueda del tesoro por la isla de Manhattan, corriendo entre pistas esotéricas. Esto era divertido, me recordaba a mi primer código descifrado.

Si no fuese por el pequeño inconveniente de morir si metía la pata o Lynx me encontraba, lo estaría pasando en grande.

Stryker regresó con un caffè latte y su aburrida taza de café solo.

—Así pues, ¿qué sabemos? —Se inclinó hacia delante—. En realidad, yo no sé nada. Así que la pregunta correcta es: ¿qué sabes tú?

—Un poco más que nada —repuse. Y sí, me sentía ligeramente satisfecha y pagada de mí misma. Le enseñé mis notas—. La referencia a la

«urna secreta» es un poco extraña...

—No me digas.

—... así que tendremos que dejarla a un lado de momento. Ésta es la clave —aseguré señalando la segunda línea, «Para Rebecca»—. Y

literalmente, me refiero.

—Vale —dijo—. ¿De qué demonios estás hablando?

—¿Lees novelas de espías? ¿Algo de Ken Follett?

Sacudió la cabeza.

—¿La isla de las tormentas? ¿La clave está en Rebecca?

—Lo siento. —Y se corrigió—: Espera. La segunda tenía algo que ver con un código y un libro, ¿no?

—Exactamente. Al igual que Enigma, el sistema fue utilizado durante la guerra. Se envió un código con un libro como clave. Rebecca, de Daphne du Maurier.

—Entonces, ¿necesitamos un ejemplar del libro?

—No, no. La referencia a Rebecca sólo nos indica a qué tipo de código nos enfrentamos. La clave no es ese libro. Es otro.

—¿Cuál?

Me encogí de hombros. Stryker había conseguido comprender el fondo de la cuestión. Se removió en su asiento, tomó un trago rápido de café y se removió de nuevo.

—Vale. Pero ¿estás segura que no se trata de Rebecca? ¿Cómo lo sabes?

—Por estos números. —Señalé el primer número de cada par—. Tienen que ser números de página. Y Rebecca no tiene ochocientas páginas. Se trata de otro libro.

—De acuerdo. ¿De cuál?

Negué con la cabeza.

—Ni idea.

Stryker gruñó.

—Entonces, si estos números son páginas, ¿qué significan éstos? —

indicó los números que seguían al signo de dos puntos con el dedo, uno tras otro.

—No estoy segura. Palabras o letras. No estaremos seguros hasta que averigüemos de qué libro se trata.

Le miré, dándome golpecitos con el bolígrafo en la barbilla y asintiendo lentamente con la cabeza.

—Ni idea. Es una lástima que Warren no esté aquí.

—¿Warren?

—Un compañero de estudios fanático de los anagramas. Los del Silencio de los corderos le aburrieron por demasiado fáciles. El solucionaría éste en un segundo.

—No hay problema —respondió Stryker—. Yo puedo hacerlo.

—¿De verdad? —Enarqué las cejas.

—Pues claro. —Abrió el ordenador y yo sacudí la cabeza, escépticay divertida.

Pero en menos de dos minutos había accedido a un generador de anagramas de Internet y tenía una lista entera de palabras que podían formarse a partir de urn secret roi.

—También cabe que no se trate de un anagrama —dije mientras leía una lista que no parecía nada útil—. Tal vez se refiera a una cripta. Roi significa

«rey», ¿verdad? ¿Tal vez realeza muerta? ¿Cenizas en una urna?

—Sigue leyendo —dijo Stryker. Sus ojos no se apartaron de la pantalla ni un momento.

Lo hice.

Torre cine sur

Reunir sector

Oh, sí. Estas resultaban útiles. No. Mantuve la boca cerrada y seguí leyendo mientras Stryker avanzaba por la lista. Resulta sorprendente la cantidad de palabras y frases (si bien es cierto que sin sentido) que urn secret roi podía producir.

Cursor riente

(Esta al menos resultaba divertida.)

Resurrection

(Al menos era una palabra real.)

Reunir tercos

La última casi me hizo desternillar, así que me sujeté al respaldo de la silla de Stryker para no caerme en un ataque de risa. (Lo sé. Lo sé. No era tan divertida, pero creo que en esas circunstancias tenía derecho a un poco de risa histérica. Reunir tercos. Sí, era una pista muy fácil. Sólo teníamos que ir por la ciudad recogiéndolos...)

Parpadeé, sintiéndome una idiota total. Stryker me miró por encima del hombro.

—¿Qué? ¿Lo has adivinado?

—Resurrection —respondí—. Tiene que ser eso.

—Vale. ¿Por qué?

—Bueno, por una razón: es la única palabra lógica de toda la lista.

El asintió a medias, y yo añadí:

—Además, encaja con uno de los temas.

—¿Temas?

—Las pistas religiosas. Los santos, la catedral, el altar.

—Vale. —Asintió lentamente, y de pronto dijo con vehemencia—: Sí.

Tiene sentido.

—Y si hablamos de resurrección, necesitamos una Biblia, ¿verdad?

¿Una Biblia tiene ochocientas páginas?

—Claro. —Arrugó la frente—. Creo. Seguramente...

Ahogué una risa.

—No estás seguro.

Hizo una mueca.

—Busquemos una Biblia y comprobémoslo.

—De acuerdo. —Hice una pausa—. Ummm, un nuevo problema.

—¿Qué?

—La traducción.

Una sonrisa jugueteó en sus labios.

—En inglés estaría bien.

—Gracias, señor Cómico. Me refiero a que existen cerca de ocho mil millones de traducciones de la Biblia y aún más ediciones. A menos que sepamos qué traducción y qué edición, las palabras o letras que necesitamos no formarán las mismas palabras.

El sacudió la cabeza.

—En la escuela leíste a Mark Twain, ¿verdad? —dije.

—Claro. Huckleberry Finn.

—Ajá. Y compraste un ejemplar barato de tapa blanda, ¿verdad?

—Mi padre tenía una edición encuadernada en cuero muy bonita; pertenecía a alguna colección de clásicos. Leí ésa. Le doblé una página y me leyeron la cartilla.

—Digamos que doblaste la página ciento veintisiete. Si fueses a una librería y mirases la página ciento veintisiete del ejemplar de tapa blanda, las palabras que aparecerían no serían las mismas, ¿verdad?

—Nunca lo he pensado, pero supongo que no.

—Por eso para esta clase de códigos se necesita conocer la editorial, la edición y demás. —Me mordí el labio inferior, pensando—. Tal vez urn secret roi nos lo indique.

—¿O sea que la Biblia habla de la resurrección?

Me encogí de hombros.

—Bueno, podría ser... —Se interrumpió.

—¿Qué?

—No es una Biblia sino un catecismo.

—Ah... —dije. No quería parecer estúpida, pero pregunté—: ¿Qué es eso?

—Una especie de libro de referencia para los católicos. Muy importante para la fe.

—Oh. —Asentí lentamente—. Bueno, tiene sentido. Muchas de las pruebas estaban vinculadas a la religión católica. ¿Existen diferentes ediciones?

—No tengo ni idea.

Suspiré, exasperada.

—Stryker, no me estás escuchando. Necesitamos averiguar qué edición es o no acertaremos con la página, y por tanto interpretaremos mal las pistas.

—No es página —repuso él—, sino sección.

Se reclinó en la silla, al parecer muy pagado de sí mismo.

—Vale. ¿Qué secciones?

—El catecismo se divide en secciones. O quizá son números de párrafo.

No lo recuerdo. Lo que importa es que al menos hay ochocientas de esas secciones, probablemente más. Y todos los catecismos son iguales. No importa cómo estén impresos, las palabras y los números de sección serán siempre los mismos.

Tenía que ser eso.

—Eres un genio —dije, inclinándome sobre la mesa y dándole un abrazo—. ¿Y dónde podemos encontrar un catecismo de ésos?

—Pues está muy claro: en San Patricio.

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